El codigo Givenchy
Capítulo 20
JUEGA
O
MUERE
* * *
PRESTIGEPARK
39A 89225
Stryker y yo contemplábamos el papel que ahora descansaba sobre la mesa de mi cocina.
—Creo que hemos resuelto la parte de «Juega o muere» —dije—. No estoy segura del resto.
—Bueno, se trata de un parque, ¿no?
Me encogí de hombros.
—Nunca he oído hablar de él. —Jenn y yo tenemos un mapa turístico de Nueva York prendido tras la puerta de entrada, y fui hacia él, desplazando la mirada desde Central Park hasta los demás puntitos verdes.
Fruncí el ceño—. Hay un montón. Y ni siquiera sabemos si se encuentra en Manhattan.
Él se situó a mi lado.
—Probablemente lo está. JSG está ambientado en Manhattan. Apuesto a que están jugando también aquí.
—¿No debería haber una lista de parques? No veo ninguna lista. —
Comencé a tocar la cinta adhesiva que sujetaba el mapa, tratando de
deslizar una uña por debajo—. Tal vez haya una lista en el reverso. —
Desistí de la cinta y sencillamente tiré del puñetero mapa. Se desgarró por la parte inferior, lo cual dejó un pedacito del sur de Manhattan pegado a la puerta.
Stryker cogió el plano y lo extendió sobre la mesa. Ambos nos inclinamos, concentrados en las diminutas listas impresas. Hoteles, restaurantes, museos, parques. Recorrí la columna con el dedo, entrecerrando los ojos ante las letras que parecían nadar ante mí. No vi Prestige Park, pero en ese momento no me fiaba mucho de mí misma, de modo que volví a leer rápidamente la lista.
—No lo veo.
—Yo tampoco —repuso él, y se apartó de la mesa—. ¿Tienes una guía telefónica?
Me encogí de hombros. Rara vez sé si hay comida en el apartamento.
Las probabilidades de que supiese dónde encontrar una guía telefónica eran escasas.
—Puedo mirarlo.
El apartamento no se distingue por su amplitud o capacidad de almacenamiento, así que no tardé en comprobar hasta el último rincón.
—No ha habido suerte —concluí—. En cualquier caso, ¿por qué iba a aparecer en la guía?
—Quizá no se trata de un parque. A lo mejor es un aparcamiento.
—Bueno —dije—. Deberíamos haberlo imaginado desde el principio.
Stryker ladeó la cabeza y sonrió. Tenía una sonrisa realmente bonita.
—Ha sido un día bastante atípico. Creo que podemos perdonarnos no pensar con total claridad.
Tenía razón.
—Vale. ¿Debería pedirle una guía al vecino?
—Probemos primero con Internet.
Cogió el portátil de Jennifer y lo encendí. Mientras el ordenador arrancaba, subí los pies a la silla y me rodeé las pantorrillas con los brazos.
Apoyé la barbilla en las rodillas y expresé algo que me había estado desquiciando.
—¿Por qué limpiar el apartamento de Todd?
—Quizá por lo que has dicho tú. Para mantener a la policía fuera de esto. Incluso si hubieses decidido acudir a la policía, piensa qué impresión causarías si no hay cuerpo ni señales de lucha...
—Pensarían que sólo soy una ex novia chiflada.
—Tal vez.
Eso no me gustaba (vale, supone prácticamente un hecho, pero no me gustaba nada). Cogí mi móvil y pulsé la tecla de marcado directo de la oficina de Todd. Respondió su secretaria.
—Hola, Jan. Soy Mel. ¿Puedes ponerme con Todd?
—Bueno, dichosos los ojos. ¿Qué tal te ha ido?
Cerré los ojos, luchando contra la frustración. Jan sobrepasa los sesenta años y mentalmente ha adoptado a Todd. Creo que se sintió más afligida que Todd y yo cuando rompí nuestra relación.
—Muy bien —respondí—. Pero tengo algo de prisa. ¿Puede ponerse?
—Oh, cariño, me temo que hoy no está.
—Oh. —Realmente había esperado oír su voz. Jan no se había puesto pesimista, de modo que lo tomé como una buena noticia—. ¿Sabes cuándo vuelve?
—La verdad es que no. Ha sido muy impreciso. Sinceramimente —
añadió, bajando la voz—, estoy un poco preocupada. No es propio de él tomarse el día libre así.
—¿Fue impreciso? —repetí, con la esperanza en aumento—. ¿Has hablado con él? ¿Cuándo? —Yo misma había visto a Todd, cubierto de sangre sobre la cama. Pero en aquel momento era presa del pánico. ¿Había visto a otra persona? ¿Había sido todo una broma macabra?
—Esta mañana —dijo y, justo cuando yo iba a caer de rodillas para dar las gracias a Dios, añadió—: Bueno, no hablé directamente con él. Envió un e-mail.
—¿Un e-mail? —Cerré los ojos, segura de conocer el final de la historia.
Stryker me tocó el brazo. Él sólo oía mi parte de la conversación, pero estoy segura de que había captado la situación.
—Al parecer se dirigía a coger un avión. Alguna clase de urgencia familiar. Douglas no está contento —añadió, en referencia al socio
mayoritario de la firma.
—No —coincidí—. Apuesto a que no lo está.
Jan parloteó un poco más, pero yo había dejado de escuchar. Cuando hizo una pausa para respirar, emití los sonidos de despedida adecuados y colgué.
—Se ha ido a casa —anuncié con voz monocorde—. Una urgencia familiar.
—Lo siento, Mel.
Me dirigí a la pila sintiéndome vacía. Abrí el grifo del agua fría y metí las muñecas bajo el chorro. No sé cuándo cogí esa costumbre pero nunca ha dejado de calmarme. Y en ese momento me sentí notablemente tranquila, dadas las circunstancias. Mientras permanecía ahí de pie, me surgió otra idea y me volví, con la cadera contra la encimera y de cara a él.
—¿Has comprobado tus mensajes?
—Así es como supe del dinero, ¿recuerdas?
—Quiero decir recientemente. En el juego, en ocasiones el asesino envía un mensaje. Al menos se desarrollaba así cuando yo jugaba.
En realidad todos los jugadores se comunicaban mediante mensajes entre sí. Recibir un mensaje del asesino ponía nerviosos a algunos jugadores. Y si tenías el rol de asesino, recibir un mensaje de tu objetivo podía resultar igual de inquietante.
—Mierda —dijo—. Deberíamos haberlo mirado hace horas.
—Lo siento.
Extendió una mano para que me acercara.
—No es culpa tuya —repuso—. Como te dije, no ignoro por completo cómo se juega, pero tampoco pensé en ello.
—No lo habrías sabido. No es una regla, o incluso algo que hallarías en las FAQs. Es una de esas cosas que has de jugar de verdad para saberlas.
Me había colocado junto a él, pero no le había tomado la mano. Ahora él cogió la mía, con expresión seria.
—Puede que no conozca los pormenores de JSG, pero conozco el mundo real y sé cómo luchar. Y cómo matar si llega el momento. No dudes de mí, Mel. Prometo que no te fallaré.
—Te creo —afirmé. Y era cierto. Puede que no le conociera, pero no dudaba de él.
Había expuesto su posición y ahora se concentraba en el ordenador.
Aparté una silla que se hallaba junto a él para acercarme más a la pantalla.
Al escribir, su brazo rozó el mío. Era un hombre serio y afectuoso, muy masculino. La clase de hombre que yo había evitado en gran medida en mi vida sentimental, ya que tendía más hacia tíos con los que podía hablar de números. Los deportistas siempre me aburrían como una ostra. No obstante, ahora no me interesaba la materia gris. Quería músculos, y muchos. ¿Qué puedo decir? Me adapto a las circunstancias.
Introdujo sus datos de registro, entró en la página y navegó al centro de mensajes. Dos mensajes. Stryker me miró, e hizo clic en el icono para abrir el primero. El remitente era un tal Lynx, y no nos costó mucho comprender que era el asesino, y que había comenzado el juego con el asesinato de Todd.
Y que había estado vigilándome.
—Equipo de escucha —dije con un escalofrío. Recordé cómo había hecho el amor con Todd, enferma ante la idea de que alguien hubiese estado escuchando nuestros momentos íntimos—. Cabrón.
Decir que no me gustaba ser una víctima era quedarme corta. Había mantenido el control durante toda mi vida: pronuncié el discurso de despedida en la ceremonia de graduación, organicé la primera feria de la ciencia de mi escuela, encontré mi propia ayuda para la matrícula de la universidad dado que mi orientador del instituto era un completo idiota, me abrí camino sola en Nueva York porque mis padres se negaron a soltar un dólar, etcétera, etcétera. La única excepción la constituían mis relaciones con los hombres. Ahí se pierde mi seguridad. Pero, aun así, nunca he sido una víctima. Si algún gilipollas asqueroso me trata mal salgo pitando en un segundo.
—Odio esto —dije.
—Lo sé —respondió Stryker. Fue hasta el televisor y lo encendió. Subió el volumen. Entonces regresó y se inclinó cerca de mi oído—. Puede ser peor. Si os ha estado espiando a ti y a Todd, quién sabe lo que estará haciendo ahora.
Joder, Stryker tenía razón: el asesino podía estar escuchándonos en ese preciso momento. La idea me hizo temblar.
—Sin duda sabe que estamos juntos —señaló—. El mensaje me llegó a mí, no a ti.
—¿Qué dice el otro mensaje? —pregunté por encima del barullo de la tele.
Stryker hizo clic y surgió una nueva pantalla que únicamente mostraba un hipervínculo. Hizo clic en el enlace, la página se abrió y yo di un grito ahogado al contemplar la imagen...
MEL: NADA DE POLICÍAS
JUEGA
A 24 HORAS DE NUESTRO DULCE ENCUENTRO.
O MUERE.
—Jamás he deseado matar a nadie —susurré—. Pero lo quiero muerto.
Quiero encontrarlo y lo quiero muerto.
—Yo también, pequeña.
Me incliné hacia él y cogí una hoja de papel para dibujar el código de nuevo. Podía estar cabreada, pero no era tonta. Contaba con veinticuatro horas para solucionar esa mierda de Prestige Park. (No sabía qué ocurriría en veinticuatro horas, pero no deseaba averiguarlo por las malas.)Comencé con el símbolo que aparecía en la parte superior de la pantalla y escribí diligentemente «N» en mi bloc. No resultaba muy esclarecedor, pero era un comienzo.
Junto a mí, Stryker contemplaba fijamente la pantalla, dándose golpecitos con un dedo en el mentón.
—¿Qué? —inquirí.
Alzó los ojos hacia mí y en ellos se vislumbraba una pregunta. Yo misma me di golpecitos en el mentón.
—Estabas pensando. ¿Qué?
—La página web. Me pregunto si podemos seguirle la pista. Averiguar quién es nuestro enemigo.
—Pero si lo descubre se cabreará. —Miré alrededor, nerviosa.
Hablábamos en voz baja y la televisión estaba alta, pero temía que pudiera oírnos. Bajé la voz aún más—. Si se cabrea, me matará sin más.
—Eso no ocurrirá. Ronda eliminatoria, ¿recuerdas?
—Oh, eso me hace sentir mejor.
—Si queremos ganar, necesitamos sacar ventaja aquí. —Señaló el ordenador—. Debemos saber cómo envió el mensaje. Podría llevarnos hasta él.
—Si queremos ganar —repliqué— necesitamos jugar. Puedo hacerlo.
Puedo ganar. —Aún no había perdido a ese juego, y no iba a empezar ahora. No con una apuesta tan alta. Y, de cualquier modo, ¿cómo pensaba Stryker encontrar al tío? Era un fantasma. No; jugar era mi única alternativa.
—No estoy diciendo que no juegues. Lo único que digo es que necesitas toda la ventaja que puedas obtener. No puedes permitirte perder.
—Una mierda. El reinicio no es una opción. —Y entonces, como sabía que hablaba desde alguna parte de histerilandia, rectifiqué—: Lo sé, de verdad. Es sólo que...
—¿Qué?
Sacudí la cabeza v me estreche el cuerpo con los brazos.
—Mel. ¿Qué?
Cerré los ojos.
—Tengo miedo, ¿vale? Y no me gusta. Entré en la universidad a los dieciséis años. He ganado torneos de matemáticas en los que había que permanecer de pie sobre un escenario y solucionar ecuaciones mentalmente.
La presión es intensa, pero sé sobrevivir en esa mierda. No me asusto. Pero ahora estoy asustada. Sé jugar a JSG. Pero ¿y si no sé jugar a esto?
—Entonces tratemos de terminar cuanto antes. Encontremos a ese cabrón. Atrapémoslo nosotros primero.
—¿Y si con eso no se termina? ¿Y si lo único que conseguimos es empeorarlo?
—No sabrá que le estamos buscando. No hasta que sea demasiado tarde.
—Podría estar escuchándonos ahora mismo —observé—. Incluso por encima de la televisión.
—Lo sé. —La frustración asomó a sus ojos—. Creo que por el momento estamos bien, pero necesitamos movernos pronto.
Asentí. No me gustaba la idea de irme. Mi apartamento tal vez era pequeño, pero en ese momento representaba el único lugar de Manhattan donde me sentía segura. No obstante, debíamos irnos. No podíamos arriesgarnos a que el asesino oyese cada una de nuestras palabras.
—¿Adónde?
—No estoy seguro. Ahora sólo quiero hallar la siguiente pista. Nos preocuparemos de los detalles cuando sepamos que estás a salvo.
Me humedecí los labios.
—Pero no me encontraré a salvo. No si realmente estamos jugando. Si tienes razón respecto a la ronda eliminatoria, tan pronto solucione una pista seré un objetivo andante.
Una vez el objetivo solucionaba la pista de la ronda eliminatoria, el juego comenzaba de verdad. A partir de entonces, el asesino podía eliminar al objetivo en cualquier momento. Por supuesto, en el ciberespacio algunas acciones podían proporcionarte cierto nivel de seguridad, como comprar un chaleco antibalas, por ejemplo. Supuse que eso también se aplicaba en el
mundo real. Pero como no tenía ni idea de dónde comprar un chaleco antibalas —y como Stryker tampoco lo había sugerido—, lo archivé en el modo espera.
—La primera pista —dijo él—. ¿Es la de Prestige Park?
Sacudí la cabeza.
—No lo creo. A ver si recuerdo cómo funciona. —Hacía mucho tiempo que no jugaba, pero empezaba a recordar las idiosincrasias del juego—.
Cuando el juego comienza, todos los jugadores reciben un mensaje que les informa de ello. El objetivo también recibe un mensaje codificado que le indica qué hacer.
—Ese mensaje es el de Prestige Park.
—Cierto —convine—. Ese mensaje conduce a alguna parte del ciberespacio donde el objetivo hallará otra pista. Ésa es la pista eliminatoria. En cuanto el objetivo la encuentra, el asesino es libre de matarle.
—¿Y cuál es nuestro segundo mensaje? ¿El de mi buzón de correo acerca de las veinticuatro horas? ¿Podría ser ésa la prueba eliminatoria?
—No creo. El mensaje de introducción siempre lleva a la pista. Ese mensaje salió de ninguna parte.
—¿Alguna idea?
—Una —respondí. Pero no me gustaba demasiado—. Lo de las veinticuatro horas me hace pensar que se trata de una advertencia.
—Te escucho...
—El truco de JSG depende de que la gente entre y juegue de verdad,
¿no? Terminar un juego, empezar otro. Ese tipo de cosas.
—¿Y?
—Y Grimaldi quería evitar a la gerite que se registra, recibe el rol de objetivo y pasa semanas tratando de solucionar la primera pista. El juego se caracteriza por la velocidad.
—¿Qué hizo?
—Introdujo un contador mortal de veinticuatro horas.
—Es cierto. Ahora lo recuerdo. Si el objetivo no resuelve el código inicial en veinticuatro horas, es eliminado y los jugadores pueden iniciar una nueva partida. —Nuestras miradas se encontraron—. Más razón para
mi teoría de que te encuentras a salvo hasta que lleguemos al final de la ronda eliminatoria.
Señalé al mensaje en la pantalla del portátil.
—Creo que ese mensaje nos dice que el contador mortal de veinticuatro horas se aplica en el mundo real.
—Traduce el resto y quizá lo sepamos con seguridad.
—Lo haré. —Me senté ante el ordenador y cogí mi bolígrafo—. Lo que ocurre es que ya ha transcurrido un día con creces desde que me entregó el sobre. ¿Crees que el tiempo corre desde que me encontré con él delante del apartamento de Todd?
—Es probable —respondió Stryker—. Pero no vamos a arriesgarnos.
Debemos salir de aquí. Ir a trabajar a algún sitio donde no pueda espiarnos, y asegurarnos de que no nos siga después de solucionar la pista.
—Nos iremos apenas haga esto —dije, dando unos golpecitos en la pantalla.
—No deberíamos esperar.
—No deberíamos irnos sin saber exactamente a qué nos enfrentamos.
Cinco minutos es todo lo que necesito.
Creí que iba a seguir protestando, pero no lo hizo. En lugar de ello, fue al dormitorio con su teléfono móvil al oído. Pude oír el bajo timbre de su voz fundirse con la televisión mientras yo trabajaba en el código, con el profundo ruido sordo que proporcionaba un equivalente tranquilizador al aterrador mensaje que lentamente iba revelando. «Antídoto. Ricina.
Mortal.»
Tragué saliva, mirando fijamente el mensaje que había descubierto. No se trataba de un código difícil, pero su intención tampoco era serlo.
Quienquiera que hubiese mandado el mensaje deseaba que yo lo descifrara, y rápido. Éste era un mensaje para mantenerme con vida. Al menos por un breve tiempo.
—Stryker. —La palabra apenas se deslizó entre mis labios. Me aclaré la garganta y lo intenté de nuevo—. ¡Stryker!
Él volvió precipitadamente a la habitación, con la mano en el revólver.
Lo había asustado, pero no me molesté en disculparme. Yo misma estaba bastante asustada.
—Mira —indiqué, y empujé el papel con mi traducción hacia él.
Su mirada pasó al papel y volvió a alzarse, encontrándose con mis ojos.
—Mierda —repuso.
Asentí. Aquel hombre tenía el don de la palabra.
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