El codigo Givenchy

Julie Kenner · Capítulo 76 de 77

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El codigo Givenchy

Capítulo 75

El pomo de la puerta hizo un ruido y me mordí el labio para no gritar.

Con sigilo me coloqué a un lado de la puerta, preparada. El supondría que yo me alejaría. Con toda seguridad estaba absolutamente cabreado y sólo ansiaba vaciar su cargador en mi cuerpo. Así pues, esperaba que entrase con el arma por delante dispuesto a acribillarme. Y eso me daría unos segundos preciosos.

Pronto comprobaría si estaba en lo cierto.

El pomo de la puerta volvió a hacer ruido, ahora más insistente.

El corazón se me desbocó con latidos tan retumbantes que seguramente los huéspedes de la habitación vecina lo oirían y llamarían al 911.

De nuevo silencio.

El pomo no se movió más. No oí una respiración pesada, ni ningún clic de un arma amartillada. Esperé, con el cuerpo tenso y respirando apenas.

Nada.

Empuñé la barra con más fuerza.

Nada.

Cambié de postura para lograr un mayor impacto en el momento decisivo.

Nad... ¡¡crash!!

La puerta se abrió de golpe y Lynx entró con el arma por delante.

Alcanzó a verme con el rabillo del ojo cuando le descargué el toallero estilo bate de béisbol. Se volvió en un movimiento reflejo pero sus pies resbalaron en la capa de jabón que yo había esparcido en el suelo. Se tambaleó hacia atrás y el disparo fue a parar al techo en lugar de a mi rostro.

Ni siquiera tuve tiempo de felicitarme a mí misma. Le aticé de nuevo con el toallero y le di más o menos en el hombro. Lynx gritó y el arma voló por los aires, cayó al suelo jabonoso y fue a parar debajo de la bañera, junto a la pared.

Me impulsé como una posesa por el breve sendero sin jabón que había dejado para salir, cruzar la habitación y escapar. Ya casi estaba. Ya casi estaba.

Casi...

Sus manos lograron aferrarme los tobillos y caí de bruces. Me revolví y di patadas como una loca mientras él se afanaba en retenerme tirándome de tobillos y pantorrillas, pero tenía las manos resbaladizas, enjabonadas.

—¡Puta! ¡Maldita zorra!

Me gritaba como un desaforado mientras con una mano trataba de agarrarse a alguna parte de mi cuerpo y con la otra abría una navaja de caza.

Le solté una buena patada que le dio en el rostro. Se llevó las manos a la cara gritando de dolor y yo conseguí ponerme en pie, no sin volcar una mesita de café y hacer añicos una lámpara contra el suelo. Llegué a la puerta en un santiamén, pero el muy cabrón había pasado el pestillo y la cadena. Mis dedos resbalaron por el frío metal y Lynx ya se estaba poniendo en pie...

Abrí el pestillo.

Si me alcanzaba con aquella navaja...

Mis dedos se movían torpemente, pero quité la cadena. Le vi con el rabillo del ojo abalanzarse con la navaja preparada.

Abrí la puerta de un tirón y allí estaba Stryker.

—¡Agáchate! —ordenó.

Lo hice sin vacilar, oí un disparo y Lynx cayó al suelo.

Stryker me ayudó a levantarme y me estrechó entre sus brazos.

—Buena sincronización —dije, después de que transcurriera una eternidad—. ¿Cómo lo has sabido?

—No lo he sabido. Regresé porque creí que te merecías un paseo por el parque en uno de esos carruajes de caballos. Entré y... —Hizo oscilar el papel con el código—. Estaba sobre tu escritorio.

Incliné la cabeza hacia atrás y esbocé una débil sonrisa.

—¿Lo has interpretado?

Él rió V me besó la frente.

—Los códigos son tu terreno, ¿recuerdas? Sólo me pareció muy extraño, pero cuando oí el estrépito...

Le rodeé el cuello con los brazos y le besé. Cuando todo aquello había comenzado, pensé que necesitaba la protección de un caballero de brillante armadura. Gracias a Stryker, la tenía.

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