El codigo Givenchy

Julie Kenner · Capítulo 29 de 77

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El codigo Givenchy

Capítulo 28

Llegamos al edificio de Naciones Unidas, y el barco emprendió el lento regreso por el East River. Estábamos a medio camino. Faltaba una hora para llegar a las oficinas de la compañía. La idea de perder una hora no me entusiasmaba, pero, ya que no tenía alternativa, pensé que también podía disfrutar del entorno. Y de mi acompañante.

Sin embargo, he de admitir que no estaba del todo segura sobre el protocolo de la situación. Me refiero a que Stryker había pagado nuestros billetes, pero esto no era precisamente una cita al uso, a pesar de lo mucho que le había visto mirarme últimamente. Existía atracción —yo no iba a negarlo, y estaba segura de que era mutua—, pero, por lo que yo sabía, Cosmopolitan nunca había comentado los pros y los contras de salir con tu guardaespaldas, en especial si te han envenenado y un asesino te pisa los talones.

«Oh, Dios.»

Mi buen humor se evaporó por completo. Por unos instantes parecía ser capaz de olvidar mi situación, pero entonces todo volvía a derrumbarse sobre mí. «Quizá no vuelva a tener una cita.» O peor, quizá nunca volvería a ir de compras.

Me aferré a la barandilla metálica y contemplé la ciudad, pero sin ver en realidad el modo espectacular en que el sol se ponía recortando la línea de los rascacielos. Mi vida ultranormal había sufrido una verdadera caída hacia el horror y a mi cabeza le costaba mantenerse a la altura de las circunstancias.

La mano de Stryker apretó mi hombro, con firmeza y apoyo.

—¿Estás bien?

—Sí. No. —Sacudí la cabeza—. No lo sé. —Me volví, apoyándome contra la barandilla—. Estoy asustada. Y no me gusta.

—A nadie le gusta, pero el miedo es algo bueno. Mantiene el flujo de adrenalina. Nos mantiene en guardia.

Fruncí el ceño.

—¿No es bueno? —preguntó.

—Lo que pasa es... —Cambié de idea y traté de averiguar lo que quería decir—. Lo que pasa es que no creo estar suficientemente asustada. Siento como si estuviera fuera de mí, mirándome. No parece real. ¿Tiene sentido?

—Por supuesto.

—Mi mente sabe que todo esto es real... y mortal. Pero no siento nada como si fuese verdaderamente real. Me refiero a que soy de lo más normal.

A las chicas como yo no les ocurren cosas como ésta. Mi horror personal debería limitarse a un apagón en el metro, o al robo de la cartera, o al cierre de Starbucks. No debería ser una verdadera cuestión de vida o muerte.

—En ocasiones la vida te propina una patada en el trasero —dijo, tomando mi mano entre las suyas—. Créeme, he visto cómo ocurrían cosas terribles a chicos realmente buenos. Chicos apenas recién salidos del instituto, sin preparación alguna para el mundo real. Chicos normales del Oeste que comen en el Dairy Queen. Y, entonces, zas, todo se va al infierno.

Había comenzado a recorrer mis dedos con la punta de su índice. Ni siquiera estoy segura de que se hubiese dado cuenta de que lo hacía, pero yo estaba fascinada. Tanto por su contacto como por sus palabras.

—Confía en mí, cariño. A la gente normal le ocurren desgracias continuamente. Un conductor borracho. El cáncer. Lo nombras, y a alguien ahí fuera le ha ocurrido.

—Estupendo —dije—. Ahora además me siento culpable.

Se rió.

—No era mi intención. Sólo quería decir que la mierda en la vida surge de forma inesperada para todo el mundo, y a la mayoría de la gente no le parece real. —Sonrió abiertamente—. Aunque he de reconocer que, de toda la mierda rara que he visto arrojada en el camino de la gente, nada es tan jodido como este juego que nos envuelve.

—Sí. Gracias. Resulta importante destacar en algo.

—Me da la sensación de que tú destacas en muchas cosas.

Seguía sosteniendo mi mano cuando lo dijo, y sentí un leve escalofrío.

Quiero decir, con Lynx o sin Lynx, éste seguía siendo el crucero Harbor Lights, ¿no? Con las estrellas y las luces de la ciudad y la puesta de sol a mis espaldas. El romanticismo estaba en el aire. O, como mínimo, la concupiscencia producida por la adrenalina. No estaba segura de cuál de las dos cosas. Pero estaba segura de que Stryker estaba excitado.

Aparté mi mano, cohibida de repente.

—Lo hago —dije—. Me refiero a destacar. Siempre lo he hecho. Todo sobresalientes. Bastante aburrido, ¿eh?

—En absoluto. Estudias matemáticas e historia, ¿verdad? Criptología.

Eso es excitante.

—Lo es, y me encanta. —Arrugué el ceño y me corregí—: Bueno, me encanta en teoría. En el escenario «interpreta la pista o muere» de la vida real he de admitir que pierde un poco de atractivo.

—Entiendo —repuso secamente—. ¿Y cuánto te queda para acabar?

—Cerca de un año.

—Y después, ¿adónde irás? ¿Washington?

Me reí.

—Ni por asomo. Espero quedarme en Nueva York. Tal vez seguir con el doctorado, o enseñar en una escuela privada. Tengo varias alternativas.

Me miró con un gesto ligeramente desconcertado.

—¿Qué? —inquirí, sintiéndome bajo el microscopio.

—Nada, es sólo que me sorprende. Supuse que tú...

—¿Trataría de entrar en la Agencia de Seguridad Nacional o algo así?

—Bueno, sí.

Me encogí de hombros.

—Solía pensar que me gustaría, pero no le veo sentido. Me refiero a que hay muy pocos trabajos en mi campo y probablemente suena más glamuroso de lo que en realidad es.

—¿Y por qué no intentarlo y tomar una decisión después?

—Porque no me aceptarían —respondí—. No habrá ninguna decisión que tomar.

Sus ojos grises parecían mirar directamente en mi interior.

—Nunca has fracasado en nada, ¿verdad?

—¿Perdón? —Stryker empezaba a traspasar líneas que no debían ser traspasadas.

—En serio. Eres competente, fuerte, inteligente. Apuesto a que has bordado todo lo que has hecho. ¿Me equivoco?

He fracasado sistemáticamente en las relaciones con los hombres, pero decidí no contárselo.

—¿Qué quieres decir?

—Temes fracasar.

—Desde luego que no. —Pero recordé el octavo curso. Todas mis amigas habían elegido mecanografía como optativa. Yo elegí programación informática. Podía controlar y comprender líneas de códigos. Pero asegurar que mis dedos se movieran sobre un teclado como quería el profesor no estaba claro. Y no estaba dispuesta a aceptar nada por debajo del sobresaliente.

—Reconócelo. Tienes miedo al fracaso. Temes presentar la solicitud y, por cualquier razón, no ser aceptada. —Sacudió la cabeza—. Una razón horrible para apartarte de una carrera que resulta evidente que llevas en la sangre. Me refiero a que lo peor que podría ocurriste es que te digan que no.

¿Lo mejor? Bueno, el cielo es el límite.

No me estaba gustando la dirección que tomaba la conversación.

—¿Quieres que admita que tengo miedo al fracaso? Perfecto. Lo admito. Tengo miedo a perder en este juego. Perder y morir. Ésa es la clase de consecuencias que me da miedo. Ser rechazada en una estúpida solicitud de trabajo no es nada comparado con eso.

—Lo siento. No debería haber insistido. —Me cogió la mano y la apretó

—. Pero no fracasarás. No en esto. El fracaso no se encuentra en tu naturaleza.

Aunque resulte ridículo, eso me hizo sentir mejor.

El barco avanzaba con fluidez bajo un puente, y el sonido del tráfico circulando por encima de nosotros armonizaba con el repiqueteo constante de las olas.

—Uau —dije, queriendo cambiar de tema—. Ni siquiera sé dónde nos encontramos.

—Yo sí. —Se apoyó contra la barandilla junto a mí—. Éste es el puente Williamsburg. Y eso es Brooklyn —indicó, señalando a nuestra izquierda.

Puesto que Brooklyn resulta difícil de pasar por alto, es probable que yo sola lo hubiese adivinado, pero me gustaba que me hicieran caso.

—En realidad nunca he estado en Brooklyn —confesé. Arrugué la frente, preguntándome si tendría la posibilidad de ir alguna vez.

—No te has perdido mucho. Pero si de verdad lo lamentas, te llevaré cuando todo esto termine.

Me había leído la mente, y no pude evitar sonreír, aun cuando de ninguna forma iríamos nunca a Brooklyn. (De verdad. Nunca sentiré tanto habérmelo perdido.)

El barco se abría camino por las serenas aguas de verano, pegado a la costa de Manhattan. En rápida sucesión, pasamos bajo el puente de Manhattan y el de Brooklyn. Y, pese a haberlo visto en mil postales, la grandiosidad del famoso puente colgante seguía impresionándome.

Su invitación para ir a Brooklyn jugueteaba de nuevo en mi cabeza y, al pasar el helipuerto del sur de la ciudad, le pregunté:

—¿Crees que el veneno podría ser un simple farol?

—¿Existen los faroles en la versión informática de JSG?

Negué con la cabeza.

—Entonces no podemos correr el riesgo.

—No lo sugería —me precipité a asegurar. De verdad, deseaba alcanzar la pista siguiente (y, esperaba, el antídoto) más de lo que él podía imaginar

—. Sólo estaba soltando ideas al azar.

—Me alegro —dijo—. Puede que esté mejor entrenado para el combate que tú, pero tú conoces el juego y yo no. No a fondo, al menos. Quizá creas que tus ideas al azar no son útiles, pero yo necesito captar todos los detalles que pueda. Nunca sabes cuándo algo puede ser relevante.

—Como que ahora ya sabes que el JSG no es el póquer. Hay pocos faroles.

—Exacto.

Le miré un momento, sin preocuparme por ocultar mi escrutinio.

Realmente irradiaba fuerza. El hecho de que pareciese inteligente también suponía una ventaja, como el de que ese hombre ardía más que el infierno.

Permaneció en silencio durante mi examen; el único indicio de su expectación fue el tic de un músculo en su mejilla izquierda.

—Eres bueno en lo que haces, ¿verdad?

—Sí —dijo.

Breve, suave y al grano. Y nada modesto. ¿Qué puedo decir? El tipo me gustaba de verdad.

—¿Qué haces exactamente? —insistí—. Tú cuentas con todo mi perfil.

Yo apenas sé nada de ti.

—Sabes lo importante.

—No es verdad —repliqué—. ¿Cuál es tu película preferida?

—Los caballeros de la mesa cuadrada.

Reconocí que no estaba tan mal. Demostraba sentido del humor.

—¿Serie de televisión?

—Al margen de la ley.

Persistente pero interesante.

—¿Plato?

—Bistec.

Aburrido, pero al menos era una respuesta inocua para la dieta Atkins.

—¿Libro?

—Peligro inminente.

—Eso es una película —repliqué.

—Antes fue libro. Y es mejor que la peli.

Bueno, estaba bien.

—¿Qué hacías en la Marina?

—Podría decírtelo, pero entonces tendría que matarte.

Alcé una ceja y traté de parecer apropiadamente aburrida.

—Un chiste viejo, Stryker. Vamos. Dímelo. Debería saber qué hiciste para adquirir esa maravillosa destreza que me va a mantener con vida.

¿Verdad?

—Hice un montón de cosas. Participé en numerosas misiones relacionadas con la seguridad. Combatí. Me encargué de inteligencia. Y

eso, de verdad, es todo lo que puedo contarte.

—Bueno, está bien. —Eso era suficiente. Sin duda había ascendido otro escalón en mi confianza.

Ahora dábamos la vuelta a Battery, dejando el East River por la bahía, y respiré sobrecogida cuando contemplé la estatua de la Libertad ante nosotros. Ya había anochecido por completo, las luces de la ciudad quedaban a estribor y la estatua se alzaba a nuestra izquierda. Se erguía victoriosa desde el agua, con la antorcha en lo alto, brillante por la iluminación de los focos, y la bruma en el aire parecía proporcionarle un aura etérea.

Se me hizo un nudo en la garganta. Quizá me hallara atrapada en ese juego, pero yo también iba a luchar por mi libertad.

—¿Te encuentras bien?

—Es sólo que me emociona.

El asintió, y permanecimos en silencio, contemplando cómo la estatua desaparecía detrás de nosotros a medida que avanzábamos por el Hudson, con las luces del World Financial Center alzándose a nuestra derecha. El complejo, un conjunto formado por cuatro altos edificios con tejados geométricos, resultaba interesante no tanto por las cuatro torres que se alzaban allí, sino por las desaparecidas Torres Gemelas.

A mi lado, Stryker se puso tenso.

—¿Stryker? —pregunté con voz suave.

—Estaba en contraterrorismo cuando dejé el servicio —dijo, sin dejar de contemplar la Zona Cero.

Yo quise decir algo, pero no encontré las palabras, así que le cogí la mano. Él la apretó una vez, antes de colocarse detrás de mí. Me envolvió con sus brazos y me atrajo hacia sí. Yo me derretí contra su cuerpo, sintiendo los latidos de su corazón mientras permanecimos en aquella postura, con su barbilla rozándome lo alto de la cabeza.

Guardamos silencio un momento, y cuando habló de nuevo el timbre de su voz vibró y su aliento ardía en mi oído.

—El trabajo merecía la pena —prosiguió—. Era algo en lo que realmente creía. Una parte de mí detestó tener que abandonarlo.

—¿Por qué lo hiciste?

Por un momento, creí que no respondería. Entonces hizo que ambos nos volviésemos para ver la orilla opuesta. Señaló hacia Nueva Jersey.

—Mi madre —dijo—. Vivía justo allí, en Nueva Jersey. En una casucha, pero era sólo suya. Y ahora es sólo mía.

—Lo siento —dije.

Hizo caso omiso del lugar común.

—Dejé el servicio porque mi madre me necesitaba. Tenía linfoma.

Había criado a un hijo ella sola. Lo menos que podía hacer era estar a su lado en el final. —Aspiró hondo—. Pero ésa no fue la única razón. Llevaba tiempo pensando en ello. No soy un tipo de regimiento. No a menos que sea yo quien establezca las reglas. Me había dado cuenta de que la vida militar no era para mí.

—¿Y entonces comenzaste con la seguridad privada?

—Eso es. Tuve suerte de que un amigo mío estaba empezando con una empresa. Podía establecer mi propio horario, escoger mis propios proyectos y trabajar desde Jersey. —Se encogió de hombros—. Así que abandoné la Marina y me convertí en un civil.

—Parece que tomaste la decisión correcta. Tu madre te necesitaba.

—Eso nunca lo dudé. Pero ocasionalmente me arrepiento. Me gusta atrapar a los cabrones de este mundo.

—Hay muchos ahí fuera, Stryker. El que me persigue es una prueba de ello.

—Tienes razón.

—Y eso es lo que haces ahora, ¿no? ¿Proteger a la gente? ¿Eso es lo que querías decir con una empresa de seguridad?

—Gente y cosas —aclaró—. Además me dedico a las evaluaciones.

Investigo los robos de guante blanco. En esencia, soy una mezcla entre investigador privado y guarda de seguridad. No es un mal trabajo, pero no es la profesión de mis sueños precisamente.

—Quizá deberías dedicarte a otra cosa.

—Me lo estoy planteando. Hace poco recibí una oferta para trabajar en Seguridad Nacional. Tendría que trasladarme a Washington, pero es trabajo de inteligencia, y ahí es donde me gustaría acabar.

—Suena perfecto —dije, deprimida ante la idea de que se fuese a Washington. ¿Qué me ocurría? No hacía siquiera un día que conocía a ese tío. Y una vez terminase la pesadilla, tenía toda la intención de recuperar mi vida regularmente programada. Lo mismo que, estoy segura, pretendía Stryker.

—Creo que lo es —aseguró—. En realidad, estaba a punto de aceptar cuando surgió algo más.

«Algo más...»

Mientras el barco se deslizaba por el río hacia el norte, Stryker me llevó de nuevo a estribor. Y al apoyarnos contra la barandilla, nuestros hombros se rozaron y sentí una chispa de electricidad recorrer mi cuerpo. No cabía duda, ese hombre se había agarrado a mi libido y no estaba segura de que fuese a soltarla. Adrenalina liberada, quizá. Pero parecía tan real como los fogonazos de deseo sexual que había sentido por otros hombres.

El barco dio un bandazo y nuestros cuerpos se rozaron de nuevo. Fue entonces cuando de repente me di cuenta: yo era ese algo más.

Tomar conciencia de ello resultó a un tiempo sorprendente y una lección de humildad. Ya le había dado las gracias por no separarse de mí, pero al hacerlo sólo había considerado mis circunstancias. Aún no había caído en el impacto que ese maldito juego tenía en otras personas.

Y esa idea condujo a otra.

¿Y si Stryker y yo no fuésemos los únicos que jugaban? Después de todo, en la versión ciberespacial de JSG podían estar jugándose un número infinito de partidas al mismo tiempo. Y en el mundo real, sabía al menos de otra jugadora: Jamie Tate, una que no había ganado.

Temblé y alargué mi mano hacia la suya. Él me miró con curiosidad.

Me limité a sonreír y contemplé pasar los rascacielos. Pero mi mente daba vueltas, y me preguntaba cuántos objetivos se ocultaban en ese laberinto de luces. Objetivos a quienes no se les había designado un protector como Stryker.

Y por un momento, a pesar de todo el horror, me sentí verdaderamente afortunada.

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