El codigo Givenchy
Capítulo 34
Oh. Dios. Mío.
Me hallaba tendida en la cama, envuelta en la suave bata de algodón del Plaza. Todo mi cuerpo se encontraba relajado y saciado, pero al mismo tiempo una corriente eléctrica parecía recorrerme, colmándome y haciendo estremecer cada terminación nerviosa.
Uau.
El me había enjuagado concienzudamente, guiando el chorro de agua por todo mi cuerpo. Había sido lento y metódico, y yo me había sentido en el paraíso.
¿Y el plus? Mi mente funcionaba ahora con toda claridad. Me había duchado y recibido un espléndido masaje íntimo. Había recuperado la confianza y, lo más importante, me sentía completamente viva.
En pocas palabras, me había convertido en un anuncio andante de los placeres del sexo. Y, lo importante, estaba preparada y lista para descifrar ese código.
Stryker se hallaba sentado al escritorio, vestido sólo con un pantalón tejano, el reloj y el portátil de Jenn sobre la carpeta que tenía delante.
Cuando me puse en pie, él alzó la cabeza y me sonrió, y juro que casi vuelvo a derretirme.
No, no, no. Había que volver al trabajo.
—Vale —declaré, mientras caminaba hacia el escritorio—. Revisemos lo que sabemos. —No esperé a que me respondiera, mis pensamientos se arremolinaban con excesiva velocidad—. Un reloj de bolsillo parado en un cuarto de hora y las iniciales JSG grabadas en la tapa.
—En otras palabras, no sabemos mucho —repuso él.
—Exacto.
—¿La página web? —sugirió—. Tal vez pasamos algo por alto la primera vez. ¿Una pista en el enigma que pasamos por alto?
Me mesé el cabello aún húmedo.
—Tal vez. No lo sé.
—¿Y qué hay del coche? ¿Podríamos haber pasado algo por alto?
¿Quizás había otra pista aparte del CD?
—Quizá. Pero si estamos siguiendo el juego, y sin duda eso parece, el reloj debería conducirnos a alguna parte o decirnos algo.
—Ya —convino él—, pero aun así voy a comprobar el número de matrícula.
—Por mí adelante.
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio, sostuvo el reloj en alto y lo miró como si se tratase del amuleto de un hipnotizador.
—Imaginemos que estamos conectados. ¿Qué harías si te encontrases estancada?
—Trampas —contesté sin pensarlo. Y entonces me di cuenta—. ¡Por supuesto! —exclamé, rodeando el escritorio e instándole a levantarse de la silla con la cadera para sentarme delante del ordenador—. He sido increíblemente estúpida. Una trampa, Stryker. Solo necesitamos introducir una trampa.
—¿Una qué?
—Apuesto a que tengo razón. He de tener razón.
Mientras el ordenador arrancaba, apoyó las manos en mis hombros, mirando la pantalla por encima de mi cabeza. Fue un momento hermoso, íntimo. Si no hubiese sido por que el tiempo se acababa, incluso lo habría calificado de perfecto.
El ordenador ya estaba encendido, abrí el navegador e hice clic en la página de JSG. Entonces me detuve, con los dedos suspendidos sobre el teclado.
—¿Qué?
—No he jugado en años. Ni siquiera sé si mi nombre de usuario sirve.
—Apuesto a que alguien te ha rehabilitado.
Hice una mueca.
—Rehabilitado sólo para matarme. Eso tiene una ironía no demasiado sutil.
Para ser sincera, no recordaba qué nombre de usuario había elegido años atrás, de modo que cuando apareció la pantalla de acceso, introduje el nombre y la contraseña que utilizo para casi todo: ChicaGivenchy y Mates... Una tontería, lo sé, pero, dado que se supone que has de mantener tu contraseña en secreto, no me producía demasiada vergüenza.
La máquina runruneó e hizo clic, y el pequeño reloj de arena indicó que la página web estaba decidiendo si se dignaría admitirme o no.
Y entonces, sin más, estuve dentro.
—Arriba a la izquierda —señaló Stryker. Se inclinó tan cerca que su respiración me agitó unos cabellos—. ¿No es ése el icono del menú de ayuda?
Desplacé el cursor sobre el icono, pero no hice clic. Una trampa es una pequeña ayuda on-line que recibes en cierto nivel del juego. Si estuviese jugando de verdad, el ordenador sabría en qué parte del juego me hallaba y proporcionaría trampas para ese escenario en particular. Normalmente trato de evitar las trampas, prefiero conseguirlo por mí misma. Sin embargo, ahora que mi vida se hallaba en juego no me sentía tan vanidosa.
En algunos juegos tenías que comprar un libro o buscar tablones de mensajes a fin de hallar distintas formas de hacer trampas. En el caso de JSG, las trampas estaban justo ahí, en la página web. A un precio, por supuesto.
Pero ésa era la versión on-line. No tenía ni idea de qué ocurriría aquí, en el mundo real. Necesitaba algo que me indicara qué hacer con la pista del reloj de bolsillo, pero al mismo tiempo temía ese algo. Si mi petición on-line realmente producía algo útil, entonces ¿qué significaría? Sin embargo, en ese preciso momento no podía preocuparme por eso. Mi dedo se deslizó por la almohadilla táctil, e inspiré profundamente.
—Venga —me alentó Stryker.
—Aquí voy. —Ahora o nunca. Hice clic antes de convencerme a mí misma de lo contrario. Apareció el icono del reloj de arena y entonces...
Bienvenida ChicaGivenchy.
El reloj contiene las respuestas.
Dispones de todo lo que necesitas.
Resuelve el rompecabezas.
Me recliné en la silla, mirando la pantalla, sin estar segura de si reír o llorar.
Stryker me estrechó entre sus brazos y me besó en la cabeza.
—Lo averiguaremos.
Cerré los ojos con fuerza. No sólo no tenía ni idea de cómo interpretar el mensaje (y mucho menos el reloj en sí), sino que el hecho de que este mensaje existiera sólo suscitó más preguntas acerca de quién se encontraba detrás de todo y por qué me estaba sucediendo a mí. Y cómo. Pero ahora no podía pensar en esas cosas. Porque tenía que interpretar una pista ininterpretable, resolver un rompecabezas y salvar mi propia vida.
Mata Hari, una mierda.
—Déjame ver de nuevo el reloj —dije con irritación, y alargué el brazo.
Él lo puso en mi mano, y yo le di vueltas en la palma, tratando de relajarme para que mi subconsciente asumiese el control y yo pudiese mostrarme brillante.
Vale. Quince. Aguja de los minutos. Un cuarto de hora. Tiempo.
Minutos. Reloj de bolsillo. Bolsillo. Ropa. Bolsillo. Carterista. Bolsillo del pantalón. Reloj.
«Joder.»
Eso no me estaba llevando a ninguna parte.
Sostuve el reloj entre las manos, uniéndolas como si rezase, rogando que la respuesta penetrase en mi piel como por osmosis.
Mientras me hallaba ahí sentada esforzándome en encontrar ideas brillantes, oí decir algo en voz baja a Stryker. Abrí los ojos y le vi pasearse por la habitación, pero se había vuelto hacia la ventana y no pude captar ninguna palabra más.
Bien. De todas maneras, tampoco debía preocuparme por eso.
Abrí las manos y contemplé el reloj. Mi abuelo había tenido un reloj de bolsillo. Trabajó cuarenta años para el ferrocarril, y cuando se retiró recibió
un reloj y una pensión.
Sostuve el reloj en alto por la cadena y fruncí el ceño, sintiéndome más frustrada a cada instante. Tras un momento, lo dejé sobre el escritorio y cogí una hoja de papel del hotel. Esto es lo que escribí: El reloj contiene las respuestas.
Datos del reloj:
Hallado en Circle Line
Marca Hampden.
¿Verdadero reloj del ferrocarril?
Abuelo.
La parte posterior se abre. Mecanismos y demás.
No da la hora.
¿No hace tic?
15.
15.
¿¿¿¿Quince qué????
Inscripción de JSG en el interior.
Dos fechas lejanas grabadas en la parte posterior. Muy desvaídas.
Probablemente originales.
Fechas: 14 de octubre de 1880 (!!!) y 15 de enero de 1906
(¿significado?), cada una marcada con C.P.R.R.-JWC
Otras inscripciones: Oneida (¿joyero?), números de serie (parecen preimpresos).
Joder, joder, joder.
Me resistí al impulso de hacer una bola con el papel y lanzarlo al otro lado de la habitación. En lugar de ello, lo extendí sobre la mesa y recorrí cada uno de los elementos con el dedo, al tiempo que los susurraba en voz alta, con la esperanza de que, de algún modo, uno de ellos activara alguna respuesta en mi cabeza.
Me sentí ridícula y di un violento respingo cuando alguien llamó a la puerta.
—Servicio de habitaciones.
Gracias a Dios. Tal vez si comía algo mi cerebro empezara a funcionar de nuevo.
Al parecer, realmente había pedido todo lo que ofrecía el menú, porque para traerlo se habían necesitado dos chicos. Colocaron los carritos contra la pared y levantaron las tapas que conservaban el calor. Todo presentaba un aspecto para chuparse los dedos, pero ahora no tenía apetito.
—C.P.R.R. —le dije a Stryker cuando colgó el teléfono y se lo metió en el bolsillo—. ¿JWC? ¿Sigues sin tener idea?
—Probablemente sean las señas de un inspector, y lleven décadas ahí.
Los relojes del ferrocarril debían llevar la hora perfecta, y eran inspeccionados de forma regular y marcados en cada ocasión. ¿Crees que forman parte de la pista?
No sabía qué pensar. Regresé al ordenador y observé la pantalla, deseando recibir un ramalazo de inspiración. Nada. Miré el reloj. De nuevo, nada. Finalmente me volví hacia Stryker dándome por vencida.
—¿Y qué hay de ti? ¿Llamabas por lo del coche?
—Tengo una amiga en el Departamento de Vehículos a Motor. Le deberé un gran favor, pero va a ir a la oficina ahora. Volverá a llamarme en cuanto rastree la matrícula.
Suspiré; no me importaba demasiado. En ese momento estaba concentrada en el reloj, aunque no me estuviese ayudando demasiado.
Había pensado que la ducha —por no mencionar las actividades complementarias— me habría proporcionado una nueva perspectiva. Pero no era así, porque parecía privada de toda inspiración.
—¿Mel? —Su mano se deslizó en el interior de la bata para descansar en mi hombro.
Tenía un extraño don para leerme la mente. Su otra mano se deslizó por detrás de mi cuello y lo acarició con delicadeza. Cerré los ojos y suspiré. El dulce movimiento de sus manos por mi piel me tranquilizaba.
—¿Estás bien?
Casi no respondí. No quería preguntas. Quería respuestas. Pero quererlo no era suficiente, así que me levanté de nuevo, dispuesta a encarrilar mis pensamientos.
—Estoy bien. De verdad, estoy bien.
Él me miró con escepticismo, pero asintió.
—De acuerdo, si tú lo dices.
—No te preocupes por mí. Solucionaremos esto.
Se colocó delante de mí y apoyó la palma de su mano en mi mejilla. Se inclinó para besarme y casi me derretí bajo su contacto, luchando contra el impulso de rogarle que volviese a hacerme el amor para así olvidar toda esta pesadilla. Olvidar, sin embargo, no lo haría menos real. Y teníamos trabajo que hacer.
En el momento preciso, sonó mi teléfono móvil. Deshice el beso para cogerlo justo cuando saltaba el buzón de voz. Maldita sea. Comprobé la identidad de la llamada: «Identidad Oculta.» Pulsé la tecla de marcado rápido para escuchar mis mensajes de voz y esperé.
Mi madre. Y, por el ruido de fondo, podía decirse que mis padres se lo estaban pasando en grande, o al menos bebían lo suficiente como para lograrlo.
«¿Melanie? Bueno, maldita sea, no quería hablar con tu contestador...
Ah, cariño, siento mucho no haber llamado antes. Se nos ha pasado el tiempo volando. Ahora mismo salimos hacia Long Island para pasar la noche, pero almorzaremos juntos mañana cuando volvamos a la ciudad.
Estamos en la habitación 3618 del Carlyle. Oh, cariño, espera. Tu padre sugiere que mejor nos veamos en el bar. Vale, pues. Te quiero, cariño.
Adiós.»
Y colgó. Me quedé mirando el teléfono, maldiciendo las tendencias pasivo-agresivas de mi madre. Es típico de ella dictar una orden ejecutiva y luego enternecerse. Deseé que por una vez me pidiese mi opinión, o diese algún crédito al hecho de que yo podría tener algo que decir sobre el modo en que se desarrollaba mi vida.
Arrojé el teléfono al sofá y puse a Stryker al corriente.
—Llámala —dijo—. Dile que salgan de Nueva York.
Palidecí, dándome cuenta de que tenía razón. Mientras Lynx siguiese jugando, ellos se hallaban en peligro. Tal vez no ahora mismo, pero si yo sobrevivía —y tenía toda la intención de hacerlo— Lynx podría tratar de
utilizarlos para acabar conmigo. Eso, técnicamente, no caía dentro de los parámetros del juego, pero tampoco estaba prohibido. La versión del ciberespacio sencillamente no mencionaba el uso de los padres como ventaja estratégica. Utilizar a los amigos on-line del objetivo, sin embargo, se consideraba aceptable. Si Lynx estaba en el juego para ganar, no dudaría en mostrarse innovador en lo que a padres se refería.
Volví a coger el teléfono y marqué el número de mi madre, seguido del de mi padre. Les dejé a ambos el mismo mensaje. Que abandonasen la ciudad; se lo explicaría más tarde.
—Pero no estoy segura de que escuchen el mensaje —le expliqué a Stryker—. Mi madre dijo que olvidaron los cargadores de los teléfonos, y tampoco creo que ninguno de ellos sepa cómo escuchar los mensajes desde otro teléfono.
—¿Puedes llamar a su amigo?
—Ignoro con quién se quedan.
—Tendremos que decírselo en persona. Ahora se encuentran fuera de la ciudad, ¿verdad? Entonces deberían hallarse a salvo.
Asentí.
—De modo que iremos a almorzar con ellos y les diremos que se marchen. Buscaremos alguna excusa, cualquier cosa.
Francamente, no tenía ni idea, pero al menos me alegraba de contar con un plan. Tenía que hacer algo para asegurarme de que mis padres se hallaran a salvo.
El caso es que sí quiero a mis padres. A pesar de todas sus rarezas, los quiero por nuestra historia en común y porque básicamente son buenos y, claro, porque se supone que he de quererlos. Y cuando los viésemos al día siguiente iba a decírselo. No importaba lo loca que me volviese mi madre cada puñetero segundo del día, le daría un abrazo y le diría que la quería con toda mi alma.
—Pero mañana deberemos tener cuidado —dije—. No quiero poner en peligro a mis padres por mantener una última conversación con ellos.
—Llegaremos allí pronto y examinaremos el lugar —prometió Stryker
—. Y nos aseguraremos de que nadie nos sigue. —Se deslizó sobre la cama,
se sentó a mi lado y me cogió la mano—. Nos aseguraremos de que tus padres estén a salvo, Mel. Te lo prometo.
Asentí sin entusiasmo. De repente me sentía agotada, con cl peso del día sobre mí. Un psicópata me perseguía, Todd había muerto por mi causa y mis padres se hallaban en peligro también por mi causa. Y no olvidemos la especie de toxina que corría por mis venas.
—Todo esto es muy jodido —susurré.
—Lo sé. —Me rodeó con su brazo y yo me recosté sobre él, agradecida de nuevo por el contacto—. No vamos a abandonar, Mel. Esto no ha acabado.
—Pero acabará pronto. De un modo u otro. —Odio tener que admitirlo, pero, contra toda lógica, me sentaba bien mostrarme taciturna. Estaba cansada, odiosamente cansada. No sabía si se trataba del agotamiento o la toxina, pero me merecía una crisis nerviosa, y si no podía sufrir una con todas las de la ley al menos podía quejarme por ello—. Todo este asunto es como un tren que se precipita sobre nosotros. Sobre mí. Y no puedo dejarlo atrás. Nadie podría.
—Tú puedes —repuso Stryker. Con el dedo, me cogió de la barbilla y me inclinó la cabeza hacia arriba. Su expresión era sumamente cálida y tierna, y deseé perderme en sus ojos—. Si alguien tiene la fuerza para enfrentarse a esto, eres tú. Igual que yo. Vamos a ganar. Vamos a enseñarle a ese capullo que se equivocó al escogernos.
Sonreí ligeramente, pero no pude responder. Me limité a asentir y traté de parecer segura y confiada. En otras palabras, traté de parecer la mujer que veía Stryker en lugar de la mujer a quien yo sabía que estaba mirando.
—Tal vez sea un tren —prosiguió él—, pero ¿por qué ha de arrollarnos?
¿Qué nos impide saltar a bordo y conducirlo todo el camino hasta el final?
Atraparemos a ese cabrón y acabaremos con este asunto.
En esa ocasión ni siquiera traté de sonreír, demasiado ocupada en rumiar sus palabras. Una y otra vez. Un tren, yo lo había dicho. No lo había captado entonces, no hasta que Stryker había vuelto a repetir las palabras.
Era un tren. Una estación de tren, para ser más exactos.
Mi pulso se aceleró al tiempo que la excitación se disparaba en mis venas. Yo tenía razón. Lo sabía.
Y más me valía tenerla.
—Vamos —dije, cogiendo a Stryker de la mano y atrayéndolo hacia mí
—. Debemos darnos prisa.
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