El codigo Givenchy

Julie Kenner · Capítulo 27 de 77

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El codigo Givenchy

Capítulo 26

—Hemos de darnos prisa —dije, avanzando por Broadway con Stryker a mi lado. Buscaba un taxi libre, pero, claro está, no había ninguno—. El barco sale a las siete.

Tenía razón respecto a la pista. Sabía que la tenía. Pero si ese barco salía sin nosotros... Necesitaba el antídoto. Veinticuatro horas, había dicho el mensaje. Y el tiempo se acababa.

Un taxi enfiló la calle media manzana por delante ile nosotros. Salté a la calle y extendí el brazo, pero un cabrón de traje se me adelantó y el taxi se detuvo.

—¡No!

Naturalmente, él no me prestó la menor atención. Sin embargo, Stryker me cogió de la mano y me arrastró hacia el taxi casi en volandas.

—Te doy veinte pavos si coges el próximo taxi —le propuso al del traje cuando nos detuvimos a trompicones junto al taxi. Stryker me hizo sentar en el capó del coche y buscó su cartera.

—¡Eh! —protestó el taxista—. Saca tu culo de mi taxi.

—Cien pavos —dijo Stryker, sacando unos billetes y tendiéndoselos al tipo del traje.

—Tengo una reunión —repuso el otro, pero cogió el dinero.

Stryker lo apartó con el codo, me hizo subir y se escurrió detrás de mí, tendiéndole otros cincuenta pavos al taxista.

—El señor puede esperar al siguiente.

El taxista se limitó a pisar el acelerador, dejando que Stryker cerrase la puerta ayudado por la inercia.

Ahora sí podríamos llegar a tiempo.

Mi optimismo se prolongó todo el camino hasta Broadway y la Treinta y ocho, antes de que el taxi se detuviese delante de un atasco.

Intercambié una mirada de frustración con Stryker.

—Doce minutos —dijo él—. A partir de aquí seguimos a pie. —

Comprobó el taxímetro y pagó la carrera por encima de la mampara.

Bajamos—. Son unas diez manzanas en total, al menos cinco de ellas cruzan la ciudad. ¿Supone un problema para ti?

—Al contrario, supone un aliciente.

Asintió, me cogió el ordenador y se lo colgó del hombro. Luego me tomó la mano y giramos a la izquierda por la Treinta y ocho, directos al centro del distrito de las prendas de ropa.

Como prueba de mi desesperación por llegar al muelle a tiempo, ni siquiera aminoré el paso para contemplar embobada los escaparates. Me limité a correr.

Ni en un millón de años habría pensado que podría mantenerme a la altura de un marine en lo que se refería a actividades físicas, pero no lo hice mal. Por supuesto, cuando llegamos al muelle 83, estaba completamente sin aliento y me había dado flato. El lado positivo era que me alegraba de haber escogido mis zapatillas de Prada en lugar de los zapatos de salón de Givenchy. Un punto para la moda práctica.

—¿Hora? —Jadeé sin resuello, al tiempo que me encorvaba con las manos apoyadas sobre las rodillas para respirar. Al menos no tenía que sentirme culpable por no haber ido al gimnasio esa mañana.

—Seis y cincuenta y ocho.

—Gracias a Dios.

El edificio de Circle Line se alzaba ante nosotros: una estructura enorme que ocupa lo ancho del muelle y se eleva varias plantas. La cúspide se asemeja a una torre de agua enjalbegada, con el nombre de la compañía en letras rojas y un logotipo con la estatua de la Libertad entre las dos palabras.

En la planta principal están las taquillas de los billetes, que yo conocía muy bien. Había pasado un breve período tras una de esas ventanillas cuando acababa de mudarme a Nueva York.

Ahora Stryker se apresuraba hacia la de la izquierda, con la cartera ya abierta. Yo estaba aterrada por la idea de que su reloj fuese retrasado y el barco ya hubiese zarpado del muelle.

Pero estábamos de suerte. Lo habíamos logrado por dos minutos, y corrimos muelle abajo hacia la embarcación blanca y elegante que nos llevaría en un crucero de dos horas por el sur de Manhattan.

En cuanto estuvimos a bordo, prorrumpí en carcajadas. Stryker me lanzó una mirada curiosa, pero yo no podía evitarlo. Me sentía mareada de alivio. Había sido un dia terrible. Agotador, aterrador y un montón de

«adores«mas. Pero ¡lo habíamos conseguido! Habíamos resuelto la pista, habíamos logrado llegar al barco y, maldita sea, eso constituía toda una victoria.

Stryker aguardó un momento, con una sonrisa de regocijo. Después me condujo por la cubierta al interior de la cabina. Yo había trabajado despachando billetes, pero nunca había subido a una de esas embarcaciones, y ahora inspiré, impresionada por el interior lustrado y brillante. El oficial que nos había dado la bienvenida había mencionado que el barco era nuevo en la flota de Circle Line, y se notaba. Todo parecía pulido y elegante, más parecido al salón de baile de un hotel que al interior sucio y húmedo que siempre había imaginado.

Atravesamos una pista de baile de parquet. Los diferentes tonos de la madera estaban dispuestos formando una estrella. Los turistas circulaban por allí sosteniendo sus bebidas, pero pude imaginarme un baile de salón si el yate era alquilado para espectáculos de etiqueta.

—Por aquí —indicó Stryker, conduciéndome entre filas de bancos tapizados en azul marino y elegantes mesas de cromo y madera. Las paredes estaban cubiertas casi por completo de ventanas, y se inclinaban hacia lo alto para ofrecer la vista del cielo. Oí la lenta y lastimera sirena del barco y empezamos a alejarnos del muelle. El sur de Manhattan llenaba la visión y me detuve para contemplar la magnificencia de mi ciudad, pero Stryker me instó a avanzar. Bordeamos una barra de caoba, tras la cual dos atareados camareros llenaban vasos de vino para los pasajeros. Miré con ansia, pero no le pedí a Stryker que se detuviera. Después de todo, ambos debíamos mantenernos despiertos.

—Mira todos los rostros —dijo Stryker—. Si Lynx se encuentra aquí, quiero verle antes que él a nosotros.

Asentí, repentinamente menos interesada por el buen gusto de Circle Line en decoración de interiores y más preocupada por las personas que me rodeaban. Fuimos escaleras arriba hasta la segunda cubierta, menos formal que la primera. Caminamos examinando cada rostro y salimos al exterior.

Una pasarela recorría todo el barco, con bancos acolchados dispuestos contra una barandilla hasta la altura del pecho. Recorrimos toda la cubierta pero no vimos a Lynx, así que regresamos a la cabina.

Vi un aseo de señoras y le dije a Stryker que esperase. Por un instante creí que no iba a apartarse de mi lado, pero afortunadamente no tuvimos que mantener esa discusión. Se apoyó contra una pared mientras yo abría la puerta y entraba en el aseo de señoras, impecablemente brillante.

Había necesitado desesperadamente un baño y, al lavarme las manos, me di cuenta de que también necesitaba desesperadamente un retoque.

Presentaba un aspecto bastante desaliñado, lo cual no resultaba sorprendente, supuse. En el breve lapso de un día me habían envenenado, perseguido, intimidado y amenazado. Aun así, tenía mejor aspecto que tras una noche de alcohol. Supongo que eso tenía algún valor.

Hurgué en mi bolso hasta hallar el cepillo y traté de hacer algo con mi pelo. El calor estival y la humedad del barco habían logrado que de algún modo se viese lacio y crespo al mismo tiempo. En mi propio cuarto de baño

—que Jenn y yo manteníamos mejor surtido con todo lo imaginable—

habría tenido arreglo, pero allí, sin ningún producto salvo un bote de laca tamaño muestra, no tenía opción. Me cepillé el cabello hacia atrás, me lo recogí en la nuca con un pasador y pulvericé las puntas sueltas hasta doblegarlas un poco.

No estaba del todo mal, salvo que ahora mi piel pálida adquiría protagonismo. Se necesitaban medidas drásticas. Vacié el bolso en la encimera y luego volví a meterlo todo, excepto mi neceser de maquillaje.

Me apliqué base de maquillaje, sombra de ojos para que mis ojos resultaran más grandes, un poco de colorete para parecer viva y unos toquecitos de polvos en las zonas con brillo. Dejé los labios para el final; primero los perfilé y luego me apliqué el mismo pintalabios que había usado para dejar

aquel mensaje a Stryker en el aparcamiento. Tuve que alisar la barra de labios con la punta del dedo para eliminar los restos de polvo y suciedad, pero una vez estuvo limpia funcionó perfectamente. ¿Veis? Por eso me gasto una fortuna en cosméticos de calidad. Soportan el uso y el abuso.

Cuando hube terminado, retrocedí un paso ante el espejo e inspeccioné el resultado. No estaba mal, considerando que lo que de verdad necesitaba era una ducha y una cabezadita. Pero me sentía mejor, y el simple hecho de saber que no parecía una vagabunda me proporcionó renovadas energías.

Teniendo en cuenta que mi vida estaba en juego, necesitaba toda la ayuda posible.

Stryker me esperaba donde lo había dejado, y cuando salí del baño me echó una ojeada. Yo esperaba oír algún comentario sarcastico acerca de las mujeres que se acicalan y pierden todo el tiempo del mundo. En lugar de ello, percibí calidez en sus ojos; y esa reacción me hizo olvidar por un instante lo desesperado de mi situación.

—¿Te encuentras mejor?

—Mucho mejor.

—Bien. Tienes un aspecto estupendo.

Sonreí, y me sentí hermosa y femenina cuando me tomó del brazo y me condujo escaleras arriba, a la cubierta superior.

Más pequeña que las otras dos, fue la que más me gustó porque nos encontrábamos al aire libre con una vista espléndida. La brisa fría procedente del agua resultaba refrescante después del calor del asfalto.

Caminamos hacia la popa y nos sentamos en el último banco de la fila. La estela del barco se arremolinaba justo debajo de nosotros y, unida al pulso firme del agua que golpeaba los flancos del casco, creaba una cacofonía envolvente. Me volví a un lado en mi asiento, relajándome ligeramente al contemplar la deslumbrante línea de rascacielos recortados contra el cielo.

—Mantente alerta —me advirtió Stryker—. Aunque no creo que se encuentre aquí.

—Yo tampoco. —Aparté la vista del paisaje y el macabro juego me arrastró de nuevo a la realidad—. De cualquier modo, creo que todavía no soy una presa.

Eso le sorprendió.

—¿Por qué no? La pista del CD es la pista eliminatoria, ¿no? Creí que habías dicho que en JSG, una vez el objetivo resuelve la pista eliminatoria, el asesino puede emprender su cometido.

—Eso es cierto. Pero creo que aún no la hemos resuelto.

El abrió los brazos, señalando el barco.

—No es que esto no me parezca una bonita manera de pasar la tarde, Mel, pero si la solución no era Circle Line, entonces, ¿qué hacemos aquí?

—Quizá sólo pretendí que pasásemos un rato solos —ironicé, pero había verdad en mis palabras. Mis mejillas se acaloraron. La idea de estar a solas con Stryker resultaba atrayente y, en otras circunstancias, un lento crucero por el sur de Manhattan con él sería el broche perfecto para una tarde inolvidable.

Pero la sombra de la posibilidad de morir tenía que entrar y arruinar mi momento de disfrute.

—Es sólo que estoy un poco incisiva —me disculpé. Y fui al grano—.

Solucionamos la parte de Circle Line, pero ¿y qué? No hemos encontrado ninguna otra pista o percibido nada que guarde relación con el juego. Si estuviésemos conectados, probablemente haríamos maniobras por una versión digitalizada de este barco, haciendo clic en los diferentes pun tos a nuestro alrededor hasta hallar la solución. Eso provoca ría al asesino.

—La solución —repitió—. ¿Significa eso que habría terminado?

—No; sólo me refería a esa solución en particular. En realidad sería otra pista que tendríamos que resolver para hallar la siguiente. Y así hasta llegar al final o que el asesino me mate. Lo que suceda primero —pronuncié las palabras como si expusiera una mera progresión geométrica. Pero por dentro me estremecí.

A mi lado, Stryker se quitó la chaqueta y me la colocó sobre los hombros. Antes de hacerlo, sacó el revólver y lo remetió en la cinturilla de los pantalones, ocultando la culata con el faldón de la camiseta.

—Yo no tengo frío —adujo.

Sus ojos se encontraron con los míos y percibí cierta comprensión.

—Lo sé.

Me tomó la mano y enlazó los dedos con los míos. Vacilé, pero después me recosté contra él, y el alivio me colmó cuando me rodeó el hombro con

su brazo. Junto a nosotros, la línea del horizonte parecía flotar y las luces de los edificios comenzaban a centellear en el anochecer.

Permanecimos en medio de un cómodo silencio unos minutos antes de que Stryker hablase de nuevo.

—Probablemente tienes razón. Pero, aun así, has de ir con extremo cuidado. No bajes la guardia.

—No lo haré. —Me volví entre sus brazos—. Qué pena que no podamos quedarnos en este barco para siempre. Si nunca solucionamos la pista, jamás podrá comenzar a cazarme.

Había muchas razones por las que ese plan resultaba impracticable, pero ambos conocíamos la más importante. Fue Stryker quien la pronunció en voz alta finalmente.

—Si no resolvemos la pista, nunca hallaremos el antídoto. Y el reloj avanza. ¿Alguna idea de qué hacer ahora?

Quería que Stryker me apoyara e hiciera que todo fuese más fácil. Pero ésa no era una posibilidad. Yo era la que tenía habilidad para interpretar pistas. Y era mi bonito trasero el que estaba en juego. Me erguí sobre el banco, apartándome de su abrazo al inclinarme sobre él para coger el ordenador.

—Volvamos a la pista —dije—. Y averigüemos qué hemos pasado por alto.

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