El codigo Givenchy
Capítulo 39
Puesto que no teníamos un plan mejor, seguimos los letreros que señalaban la vía 15, donde habría una salida más antes de cerrar hasta la madrugada. El tren ya se encontraba allí y los pasajeros pululaban alrededor. Era un andén completamente anodino, en medio de una zona despejada. No había nada que pareciese una indicación, ningún graffiti pintado para mis ojos, ningún diseño geométrico en el suelo de baldosa, dejado de forma inteligente por el asesino. Nada. Absolutamente nada.
—¿Alguna idea?
Traté de pensar. Había estaciones de metro por toda la isla, pero las únicas de ferrocarril eran Pennsylvania y Grand Central.
—Estamos jodidos —admití—. Hemos malinterpretado la pista y estamos en punto cero. Nos hemos equivocado de medio a medio.
—No. —Sacudió la cabeza—. Estamos en lo cierto. Tengo una corazonada de que sí.
Me volví en redondo, con el brazo extendido para abarcar todo el andén y toda la estación.
—¿Una corazonada? —repetí, incrédula—. Stryker, nada de esto sugiere que estemos en lo cierto.
El arrugó la frente, pero no me contradijo. Lo cual era mala señal: yo esperaba que tuviese un as en la manga. Pese a ser socia de Mensa, en ese momento me sentía agotada.
—No pienso rendirme —dijo, cogiéndome del codo—. Y tú tampoco.
Vamos.
Dejé que me condujera de nuevo al interior de la estación. Cruzamos el largo vestíbulo pasando por las diferentes tiendas que ofrecían servicios a turistas y pasajeros atribulados. Ahora se hallaban cerradas, pero anhelé tomar un refresco.
—C.P.R.R. —dijo Stryker cuando nos detuvimos en el pasillo—.
Central Pacific Rail Road. Tenemos «Central» y «Rail Road», el ferrocarril, pero no «Pacific». ¿Alguna idea?
—Ninguna. ¿Y qué hay de JWC? ¿Te dice algo?
—Nada. Volvamos al mostrador de información. Tal vez hojeando alguno de los folletos obtengamos una chispa de inspiración.
Asentí y nos dirigimos hacia allí. Pasó un hombre con una mujer colgada de su brazo. Habían estado bebiendo, al menos eso indicaba su paso vacilante y voces excesivamente altas. Aminoré la marcha, pues había algo en el modo de andar de la mujer que me llamó la atención.
—Mel, ¿qué pasa?
—Lo siento —me disculpé, y lo seguí. Pero ahora caminé más lentamente, tratando de atrapar una sensación difusa. Algo familiar. Algo importante que necesitaba recordar...
Llegamos al mostrador de información, y Stryker cogió un folleto turístico y comenzó a leer datos al azar acerca de la estación. Pero de repente dejé de escucharle: mis sinapsis finalmente habían hecho clic. Y si no me equivocaba, esto no estaba relacionado con la estación Grand Central. Bueno, no exactamente.
—¿Qué pone acerca del Campbell Apartment? —pregunté, interrumpiendo el recitado de Stryker.
Leyó rápidamente y halló la entrada en una página interior.
—Aquí está. Un espacio único, elegancia del Viejo Mundo, antigua oficina del jefe de estación, salón y... —Alzó la mirada repentinamente—.
El jefe de estación se llamaba John W. Campbell.
—Bingo —dije.
—Y escucha esto —añadió—: la dirección del Campbell Appartment es Vanderbilt Avenue, ¡quince!
—¡Aleluya! —exclamé, ofreciéndole mi brazo—. Vamos a tomar un cóctel.
OceanofPDF.com