El codigo Givenchy

Julie Kenner · Capítulo 51 de 77

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El codigo Givenchy

Capítulo 50

El suntuoso servicio de señoras se hallaba vacío excepto por la empleada que, sentada en un pequeño taburete, ofrecía toallas y artículos para el aseo a cambio de propinas.

La puerta se abrió de golpe y di un respingo, temiéndome lo peor. Pero era mamá.

—¡Melanie! Cariño, ¿estás bien? —Me puso una mano en la frente—.

Un hombre me ha dicho que estabas enferma. —Toqueteó mi chaqueta y me examinó el rostro—. Dios mío, hija, estás horrible. —Me cogió un mechón de cabello, lo levantó y lo dejó caer con una mueca de desagrado.

Ya digo, mi madre posee un verdadero don para fortalecer la autoestima.

No me molesté en responder, sino que la cogí de la muñeca y la arrastré hasta el interior de la cabina para discapacitados. Afortunadamente, la sorprendí y no tuvo tiempo de resistirse. Eché el pestillo y me coloqué delante de la puerta para que no intentase abrirla.

—¡Melanie! ¿Qué demonios...?

Me llevé un dedo a los labios.

—Por favor, mamá. Mantén la voz baja, por favor.

Sus ojos se abrieron como platos y yo me encogí, a la espera de un estallido. Pero mi madre me sorprendió: asintió y se ajustó la falda, asegurándose de no rozar nada.

—¿Qué está ocurriendo, Melanie? ¿Estás enferma? ¿De qué va esto?

¿Es un nuevo juego?

—Estoy bien, mamá. Y no me encuentro enferma.

—Entonces, ¿qué dia...?

—Escucha, mamá, no puedo... no puedo explicarte qué está ocurriendo.

—Melan...

Alcé la mano.

Las cejas delgadísimas de mi madre se arquearon y se le cuarteó el maquillaje en las arrugas de la frente. Nadie interrumpía a mi madre.

—¿Confías en mí, mamá?

Ella parpadeó.

—¿Qué clase de pregunta es ésa?

—Eso no es una respuesta.

—Por supuesto que confío en ti, cariño, te quiero.

—Lo sé. Sé que me quieres, pero a veces... —Sacudí la cabeza al notar que las lágrimas descendían por mi rostro. No había tiempo. Debía centrarme en lo importante—. Tenéis que iros ahora. Tú y papá. Salir de la ciudad. Nada de maletas, equipaje o regresar a la habitación, y nada de hablar con nadie en absoluto.

—¿Melanie? ¿Qué estás...?

—¿Dónde está papá?

—Quería aparcar él mismo el coche. Ya sabes cómo es.

—¿El coche? ¿Habéis venido en coche? —Sólo mis padres conducirían desde Houston hasta Nueva York.

—Bueno, sí. Hemos traído el Lexus.

—Dejadlo. Dejadlo y ya está. Coged un taxi hasta el aeropuerto y volved a casa. Yo me ocuparé del coche:

—Esto es absurdo. No pienso dejar...

—Mamá, hazlo. Por una vez en la vida, haz lo que te pido.

Se irguió en toda su estatura, adoptando su postura hierática, y yo medio me resigné. Pero entonces tendió su mano y me acarició la mejilla.

—Estás llorando —musitó.

—Es importante, mamá. Por favor, por favor, por favor. Marchaos ahora mismo.

Ella observó mi rostro y yo contuve la respiración. Mi madre nunca se había mostrado de acuerdo con mis decisiones. El traslado a Nueva York había sido un error; mi carrera, absurda; mi ropero, frívolo, y mi aspecto, desaliñado. Yo no esperaba que estuviese de acuerdo, pero debía intentarlo.

Y no podía explicarle la razón porque conocía a mi madre: llamaría a la policía sin vacilar. No; debía irse simplemente porque yo se lo pedía. Pero, conociéndola, eso era pedir mucho.

Suspiré. O se iban por las buenas o tendría que pedir a Stryker que los facturase a Texas.

Con la yema del pulgar me enjugó una lágrima del pómulo.

—Si estás en algún apuro, mi niña...

Sonreí.

«Apuro», menudo eufemismo.

—Sólo necesito que hagas lo que te pido. Sin preguntas. Después os lo explicaré con pelos y señales. Lo prometo. —La miré, con la esperanza de que mis ojos no derramasen una lágrima más—. Por favor.

—Bien. Si es tan importante, nos iremos ahora mismo.

—Es más que importante.

—De acuerdo. —Parecía querer protestar.

—Ya —dije—. Tenéis que iros ya. No paguéis siquiera. Llamad desde la carretera y haced que os envíen vuestras cosas. Y cuando salgamos de este aseo, no vuelvas a dirigirme la palabra. Ni me mires siquiera.

—Pero...

—Mamá, por favor.

—De acuerdo.

—¿Lo prometes?

Asintió.

—Dilo en voz alta.

Creí que protestaría, pero una vez más me sorprendió.

—Lo prometo.

—Te quiero. Dile a papá que también le quiero.

—Y nosotros te queremos a ti, hija.

Conseguí esbozar una sonrisa acuosa, abrí la puerta pero me detuve, de pronto recelosa.

—¿Me has mentido alguna vez? —le pregunté.

Mi madre casi sonrió.

—No, hija, nunca.

—Bien. Ruego que no hayas decidido estrenarte ahora.

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