El codigo Givenchy

Julie Kenner · Capítulo 47 de 77

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El codigo Givenchy

Capítulo 46

—Lo siento, de verdad —se disculpó otra vez Stryker. Tras marcharnos de mi apartamento habíamos cogido el metro hacia el norte de la ciudad.

Ahora caminábamos por Madison en dirección a la Sesenta y tres.

—No te preocupes —repetí con aire taciturno—. Teníamos que asegurarnos.

Stryker había destripado los zapatos a conciencia, y juro que se me rompió el alma cuando arrancó la suela. Y cuando tiró del tacón para despegarlo fue como si me hubiese dado una patada en el estómago.

Mis pobres zapatos. Destrozados para nada. Ninguna pista. Nada de nada. Sólo un estropicio irreparable. Casi lloré de sólo pensarlo. Después habíamos decidido que la pista debía encontrarse en la tienda.

—¿Qué hora es? —pregunté mientras nos apresurábamos por la calle.

—Las diez en punto.

Al menos eso era una buena noticia. Givenchy abre de diez a seis. No tendríamos que entrar por la fuerza.

—¿Sabes qué buscamos? —preguntó.

—Ni idea. Confío en que lo sabremos cuando lo veamos.

Me encanta Madison Avenue. Es como otra Quinta Avenida, con la única diferencia de que el turismo masivo aún no la ha descubierto.

Mientras avanzábamos a toda prisa, yo escudriñaba los escaparates que exhibían zapatos, bolsos y las prendas más fabulosas. Una de ellas tenía incluso una vitrina de bolsos V, incluido el muy codiciado Sonata. Siempre he querido un bolso V, pero no se halla al alcance de mi presupuesto.

Givenchy está situada en la esquina de la Sesenta y tres con Madison, justo al lado de Jimmy Choo, lo cual, en mi opinión, constituye la esquina más perfecta de Manhattan. La tienda es elegante y sobria, de escaparates muy cuidados y con estilo, coronados con toldos beige con el nombre y el logo de la marca. Me detuve con reverencia ante un escaparate: zapatos y bolsos suspendidos en el aire alrededor de un único maniquí engalanado con un traje de noche Givenchy y una sencilla cadena de plata con un medallón alrededor del cuello en lugar de los diamantes que cabría esperar con un vestido tan exquisito. Todo en el escaparate tenía una enorme etiqueta rosa, pero no con los precios sino con frases ingeniosas, como si el decorador hubiese pasado horas abriendo galletas de la suerte para dar con las mejores.

—Mira —señaló Stryker.

Seguí la dirección de su dedo y mi mirada aterrizó en la cadena de plata.

—¿Qué...?

Y entonces lo vi: la etiqueta morada sujeta al collar. No se trataba de ninguna frase ingeniosa y elocuente. No, sólo contenía tres iniciales: JSG.

—Necesitamos ese collar —afirmó Stryker.

—No me digas. ¿Está a la venta?

—Lo averiguaremos.

Me sostuvo la puerta para que entrara. Inspiré hondo y cambié el ajetreo y el bullicio de Madison Avenue por el aura apacible de Givenchy. La tienda se hallaba vacía salvo por dos dependientas que doblaban bufandas en el mostrador. Una de ellas, una morena ágil con un traje perfectamente entallado, se acercó. Nos recorrió de arriba abajo con la mirada. Yo me había maquillado en el metro, pero los daños sufridos eran demasiado, y esperé con valentía la desaprobación de la mujer. Pero ella se limitó a sonreír y nos preguntó si podía ayudarnos. Dios, me encanta esta tienda.

—El maniquí del escaparate tiene un collar que nos gustaría ver —dijo Stryker.

—Lo siento. Me temo que esos artículos no están a la venta. Pero, si me siguen, les mostraré lo que tenemos disponible. ¿Están buscando alguna clase de collar en particular?

—Es que... —empecé, pero Stryker me interrumpió:

—En realidad nos interesa ver zapatos. Para ella.

Lo miré boquiabierta, pero él sólo sonrió.

—Por supuesto. ¿Qué número? —preguntó la chica volviéndose hacia mí.

—Ummm, el ocho.

—En particular buscamos un zapato de salón rojo. Con el borde ondulado, así —explicó Stryker, y lo describió con los dedos.

—Borde festoneado, sí. Conozco el modelo. —Señaló una silla—. Por favor, tomen asiento. Vuelvo enseguida.

La dependienta se dirigió a la parte posterior, y yo cogí a Stryker del brazo.

—¿Qué te propones?

—Devolverte tus zapatos —respondió—. Y quitarla de en medio. —

Ladeó la cabeza hacia la ventana—. Ahora ve a coger el collar mientras yo distraigo a la otra.

¡Iba a comprarme unos zapatos iguales a los destrozados! No me lo podía creer. Volvería a tener mis bonitos zapatos. La vida era buena (excepto por las obvias partes malas), y yo me apresuré al escaparate y esperé mi oportunidad. No tardó en llegar. Stryker le pidió a la segunda mujer que le mostrase una chaqueta de sport y, mientras ellos miraban en la otra dirección, me subí a la tarima. La cadena se cerraba con un broche simple, así que cogerla no requería un gran operativo.

Un transeúnte me miró y yo lo saludé con la mano. Después bajé del escaparate y me metí el collar en el bolsillo, junto con la etiqueta morada de JSG. Para cuando la mujer regresó con mis zapatos, ya estaba sentada cómodamente en la barroca silla.

—Le encantarán —afirmó.

—Lo sé.

Me quité las zapatillas de Prada y los calcetines, y deslicé el pie derecho en el zapato. Casi suspiré de placer cuando la suave piel acarició las curvas de mi pie. Me puse el izquierdo y di una breve vuelta por la tienda.

—¿Qué tal? —preguntó la dependienta.

—Perfectos —respondí.

Stryker me sonrió indulgentemente.

—Nos los llevamos.

—¿Estás seguro?

—Completamente. —Señaló con la cabeza las zapatillas—. Por si acaso, tal vez quieras volver a ponerte ésas.

No tuve que preguntar qué quería decir. Quería decir en caso de que tuviéramos que correr para salvar el pellejo. Muy a mi pesar, me quité los zapatos.

Por supuesto, él tenía razón. No podría correr en estampida con los Givenchy. Lynx podría atraparme. O peor: mi carrera podría estropear un tacón.

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