El codigo Givenchy
Capítulo 30
—Has acertado de casualidad —dijo Stryker mientras descendíamos por la calle Cuarenta y dos hacia Times Square.
Aún nos hallábamos a varias manzanas de distancia y todavía no nos habíamos topado con ninguna manada de turistas. En lugar de ello, los peatones con que nos cruzábamos eran típicos neoyorquinos, ultrachic y con prisas, y fluían a nuestro alrededor como una corriente. Apenas me daba cuenta, tan concentrada iba en el reloj de bolsillo que sostenía en una mano.
—No ha sido casualidad —dije, aún encumbrada por la victoria—.
Destreza. Te dije que era buena en este juego.
Encontré sus ojos y comprobé que me sonreía.
—Touché —respondió—. Tan pronto lo has dicho, la respuesta ha resultado obvia. Pero antes...
—No me digas que no sabías la respuesta. —Mi tono se elevó fingiendo horror.
—Ni idea —admitió él.
Eso le ganó puntos. En lo que respectaba a batallas de ingenio, la mayoría de los hombres piensa que lo sabe todo, aunque no lo sepa. Y si pueden fingirlo, lo harán. Aunque Stryker era diferente. Ya lo había demostrado en más de una ocasión, y ese hecho estaba abriéndole finalmente paso en mi cabeza.
—Y ahora ¿qué? —preguntó.
Todas mis autofelicitaciones se desvanecieron con esa única y simple pregunta. Había encontrado la pista, pero por el momento no sabía qué
hacer con ella.
—Pues también ni idea —dije—. Esperaba un reloj de bolsillo con algo como un pastillero que pudiésemos abrir y contuviera una nota junto a una pastilla para que me la tomara o una jeringuilla minúscula con la antitoxina.
Pero no ha habido tanta suerte.
Me miró de soslayo.
—¿Cómo te encuentras?
No era algo en lo que quisiese pensar. Me limité a encogerme de hombros.
—Un poco cansada. Algo mareada de vez en cuando. Pero...
—Ya sé. Te sentirías así aun sin la droga. —Suspiró, y casi pude leer sus emociones: no había forma de estar seguros de que me hubiesen envenenado. Tal vez avanzábamos a ciegas, pero teníamos que avanzar.
Un momento después me tendió la mano.
—Déjame ver.
Le pasé el reloj y él abrió la tapa. Ponía «y quince», una hora imposible.
—Falta la aguja de las horas —dije.
El se lo llevó al oído.
—Tampoco hace tictac. Me pregunto si el mecanismo está intacto.
—¿Tiene al menos los pequeños engranajes y cosas?
—Echémosle un vistazo. Quizás alguien lo ha vaciado para meter tu antídoto.
Traté de no aumentar mis esperanzas cuando dio la vuelta al reloj y extrajo un cortaplumas del bolsillo de sus téjanos. Sacó la hoja y la encajó en una diminuta ranura. Contuve la respiración cuando dio un pequeño giro y ¡paf! De repente contemplé un amasijo de engranajes. Las tripas del reloj se hallaban intactas.
—Maldita sea —musitó Stryker.
Secundé la idea. Habíamos resuelto la pista y encontrado el reloj. Pero eso no me había proporcionado el antídoto. Y ahora ¿qué? Extendí la mano para coger el reloj.
—Tiene que haber otra pista.
Con Stryker mirando por encima de mi hombro, lo inspeccionamos. En la esfera se leía «Hampden Watch Company» y en la caja «Oneida». En la
parte posterior había un grabado desvaído con fechas (¡1880 y 1906!) y las marcas de un inspector de ferrocarril.
—¿Una pista? —preguntó Stryker.
—Tal vez. —Podría no significar nada—. Pero ¿qué significa?
—No lo sé.
—Yo tampoco —admití, y suspiré.
Estábamos pasando algo por alto. Algo importante.
Y se me estaba acabando el tiempo.
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