El codigo Givenchy
Capítulo 7
No sé a qué hora desperté. Lo único que sé es que tenía calambres en prácticamente todos los músculos del cuerpo. Ése es el efecto que dormir en una bañera produce a una persona, en especial a una persona que mide casi uno ochenta y que no podría hacer yoga aunque su vida dependiese de ello.
Desdoblé mi cuerpo, moviéndome con cautela para no resbalar, caer hacia atrás y partirme la cabeza en el lateral de porcelana de la bañera. El día ya no empezaba bien, y las heridas autoinfligidas en la cabeza sólo lograrían empeorarlo.
Recordé la extraña nota codificada que me había hecho regresar a casa de Todd. Ahora, con el sol entrando a raudales por la ventana, haciendo brillar la bañera blanca y resplandeciente y destellar el espejo inmaculado (Todd cuenta con una señora de la limpieza tres veces por semana), la nota no parecía de tan mal agüero. Probablemente se trataba de una invitación, seguro que a una de esas fiestas de «hay un asesino en la cena», donde los invitados interpretan algún papel. Ingenioso, si lo piensas. Quiero decir que si yo fuese a ofrecer una fiesta tal vez haría exactamente lo mismo.
Lo bueno de dormir en la bañera es que no tienes que ir muy lejos para ducharte. Recogí las toallas que había utilizado como ropa de cama y las lancé al suelo del cuarto de baño, abrí el grifo y dejé que el chorro me golpease hasta que el último de los dolores desapareció de mi espalda y cuello.
Maravilloso.
No fue hasta que estuve secándome cuando me di cuenta de que Todd no había entrado ni para utilizar el retrete ni la ducha. El apartamento tenía
el tamaño de una jaula para hámsters y no disponía de un pequeño aseo escondido en alguna parte. ¿Tal vez había decidido ducharse en la oficina para no despertarme?
Y yo que creía que la caballerosidad había muerto.
Había dejado mi ropa desparramada sobre el equipo de música, así que me puse uno de sus pantalones de chándal, que colgaba de la puerta del baño. La camiseta de manga larga que se hallaba junto a ellos olía ligeramente a sudor masculino, pero igual me la puse. Reconozco que estaba sufriendo un poco el arrepentimiento de la mañana siguiente, así que no iba a pasearme en cueros.
Aunque tampoco importaba, me di cuenta dos segundos después, al ponerme el reloj en la muñeca. Ya era más de las diez — ¿cómo me las había arreglado para dormir toda la noche en una bañera?— y el salón se hallaría completamente vacío. Lo sabía porque conocía a Todd. Llevados años trabajando en alguna firma de abogados superimportante, y considera pecado mortal llegar después de la nueve.
Ese es el motivo por el cual me sorprendió tanto observar un sospechoso bulto en la cama en cuanto salí del baño. Con razón no había interrumpido mi descanso: no había sido por caballerosidad, sino por agotamiento.
—Todd —susurré mientras bordeaba la mesa de centro que con tan poca delicadeza habíamos empujado a un lado para abrir la cama la noche anterior.
Nada.
—Oh, To-odd —le arrullé desde mi lado de la cama.
Nada.
—¡Todd! —ladré.
Niente!
Jesús, realmente lo había dejado agotado. Me felicité, vitoreando mi proeza sexual, y subí a la cama y me incliné sobre él. Tal vez necesitase dormir, pero me agradecería que le despertase. Todd no era de los que entran en la oficina tratando de pasar inadvertidos después del almuerzo. En absoluto.
Se hallaba tumbado sobre un costado, de espaldas a mí, con las mantas cubriéndole la cabeza. Al principio no noté nada fuera de lo normal.
Entonces me acerqué un poco más para tocarle en el hombro y...
«Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios.»
Sangre. Sangre por todas partes. Y pequeños grumos de algo que procedía del cerebro y...
Me tapé la boca con la mano, tratando de contener las arcadas. Me lancé hacia el teléfono y di un grito ahogado al comprobar que la línea se hallaba cortada. Mi bolso estaba en la mesa. Lo cogí y busqué a tientas el móvil al tiempo que corría hacia la puerta. Mi teléfono nunca tenía cobertura en aquel edificio, y tenía que llamar a la policía. Necesitaba salir al exterior.
Necesitaba salir de allí.
Una vez en el pasillo, pasé por delante del ascensor —no iba a esperarlo
— y corrí escaleras abajo, con la mente a mil por hora. «¿Quién? ¿Quién ha hecho esto?» ¿Tenía Todd algún cliente raro, algún tipo de la mafia que le guardase rencor? Y —oh, Dios, no—, ¿seguía ese alguien raro en el apartamento?
Mi corazón desbocado parecía a punto de explotar, y el pulso me abrasaba los oídos. Sabía que debía sentir algo por Todd, pero la única emoción que experimentaba era el miedo. Luchar o morir, supongo.
La situación era surrealista, el aire tan denso que se podía cortar, mientras luchaba por alcanzar la acera, desde donde podría llamar al 911.
Mi mente se hallaba en blanco y, al mismo tiempo, clara como el agua.
Noté que la pintura se estaba desconchando de la barandilla de la escalera, pero mi corazón se encontraba completamente vacío. Una voz racional me decía que hurgase en busca del llavero con el botecito de espray de pimienta, y lo hice. La voz de la razón en medio de la locura.
En el primer piso, tiré de la puerta que daba al vestíbulo y sufrí un leve ataque cardíaco cuando la puerta no cedió. No podía quedarme atrapada en una escalera. Tiré de nuevo con todas mis fuerzas y en esta ocasión la puerta se abrió. Salí disparada al vestíbulo.
Vacío.
«¡Mierda!» Miré alrededor como una loca, deseando hacer aparecer a un policía, un bombero, un repartidor, cualquiera, por arte de magia. Pero
nada, así que continué corriendo, directa a la luz de la mañana de agosto, parpadeando I uñosamente al abrir el teléfono y tratar de marcar con dedos temblorosos.
«Vamos, Mel. Vamos...»
—Eh, eh, ¿está bien? —Era una voz masculina, y una ma no me tomó del brazo, evitando con eficacia que presionase la tecla llamar—. Vamos.
No puede ser tan malo.
—No, no lo entiende. Ha habido... —Me tragué las palabras, dándome cuenta por fin de quién me hablaba. Me eche hacia atrás y el miedo me embargó. Era el Hombre Misterioso, alto y moreno. El que me había entregado el mensaje que decía que debía jugar... o morir.
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