El codigo Givenchy
Capítulo 58
La catedral de San Patricio tal vez sea el cielo de la Quinta Avenida para algunas personas. Para mí, el cielo es la Quinta Avenida en sí. Más concretamente, las tiendas que flanquean la Quinta Avenida.
Así pues, resultaba irónico que el hecho de recorrerla a paso sereno —
pasando por todas las tiendas que normalmente me quitaban el aliento— no podría haberme importado menos. Iba ajena a todas ellas, y eso que me acompañaba un hombre que llevaba una buena suma encima. De verdad, no me importaba en absoluto. (Bueno, si hubiésemos pasado por Manolo podría haberme importado un poco, pero afortunadamente la dirección que llevábamos nos alejaba, de modo que no tuve que sufrir la agonía de no entrar.)He de reconocer que sentí una leve punzada de ¡ohdiosmío! cuando traspusimos las puertas de Tiffany's. La mayoría de las chicas acuden allí con sus maridos o prometidos (o amantes o papás ricos). Yo lo hacía para salvar mi propia vida.
Eso me despejó inmediatamente.
La dependienta que se nos acercó llevaba el cabello recogido al estilo de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, un detalle sin duda buscado.
—¿Puedo ayudarles?
Su pregunta me colapso. La caminata por la Quinta Avenida había transcurrido en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos, y yo iba tan exultante por saber dónde buscar la pista siguiente que no había pensado en cómo buscarla.
Por suerte, Stryker no se cohibió tanto como yo.
—Un amigo me dijo que había comprado un regalo para mi novia y que podríamos recogerlo aquí. ¿Han dejado algo para Melanie Prescott?
«¿Novia?» Le di vueltas a la palabra y decidí que me gustaba. Sí, creo que me gustaba mucho.
Mientras Audrey se dirigía a la parte de atrás del mostrador para buscar el misterioso paquete, yo me incliné hacia Stryker.
—¿Estás seguro? —susurré.
—Sí. ¿Tienes alguna otra sugerencia?
—Pues no. Supongo que podría haber un mensaje garabateado en la pared del lavabo, pero este lugar es demasiado elegante. Probablemente limpian el lavabo cada media hora. —Él hizo una mueca—. Espero que aciertes. Si no, habrá que recurrir a Paddy para ver si tiene otra idea útil.
Audrey volvió a reaparecer con un portafolios.
—En este momento tenemos varios artículos a la espera de ser recogidos. ¿Puede repetirme su nombre? —Me miró, con el bolígrafo preparado para escribir.
—Melanie Prescott.
Pasó las páginas y fue recorriéndolas con el bolígrafo.
—Lo siento, ese nombre no figura en la lista.
—Ah. —Y ahora ¿qué?—. Ummm, suele llamarme por un mote tonto.
Y, ejem, no imagino que lo haya mencionado, claro, pero quizás utilizara las iniciales. ¿Hay un JSG?
Contuve la respiración mientras ella volvía a repasar la lista. Sacudió levemente la cabeza.
—Lo siento.
—Oh, vaya...
—¿Podría haberlo puesto bajo otro nombre, cariño? —preguntó Stryker.
Y explicó a la amable señorita Hepburn—: Nuestro amigo Lynx es un verdadero bromista.
Ella tamborileó sobre el portafolios, eficiente, pero ni con mucho tan paciente.
—¿Compruebo ese nombre?
—Sí —respondió Stryker—. Por favor.
De nuevo contuve la respiración. Y de nuevo la mujer negó con la cabeza.
Suspiré. Era obvio que Stryker había desperdiciado su oración. Debería haber encendido el cirio y pedido a María que descubriéramos esta estúpida pista. Ladeé la cabeza y ese pensamiento ridículo alentó otro.
—Sabes —dije—, quizá Lynx lo ha dejado a tu nombre.
Stryker me miró desconcertado, pero me siguió la corriente.
—Es posible. Pruebe con...
—Miguel —dije, interrumpiéndole—. Miguel Luis.
De nuevo con el bolígrafo en la página, y todo el proceso me resultó tan familiar que estuve a punto de irme a la ligera de allí cuando nos comunicó la noticia.
—Tengo un Luis Miguel —repuso la dependienta.
—Eso es —contestó Stryker—. Ése soy yo.
La frente de Audrey se arrugó cuando ésta me miró. Yo me encogí de hombros.
—Imaginé que en una lista el apellido iría en primer lugar...
Audrey elevó el mentón y le pidió un documento de identidad a Stryker.
—Vaya, cariño —tercié—. Te dije que trajeras la cartera.
—Lancé una mirada a la dependienta con la esperanza de que surgiera la habitual complicidad femenina—. Nunca me escucha, ya sabe —añadí.
Se le torció la comisura de los labios y yo, alentada, continué—: Entiendo que no pueda dejar que nos lo llevemos (mañana regresaremos con su carnet de conducir), pero ¿podríamos al menos echarle un vistazo?
—Bueno, no sé. Eso no es...
—Sé que es delicado —proseguí rápidamente—. Pero hemos quedado esta tarde con Lynx y sé que va a preguntar si me ha gustado.
—Nos estaría sacando de un apuro —añadió Stryker.
Audrey se humedeció los labios, miró alrededor, probablemente para comprobar si el encargado los observaba, y al final asintió.
—Vale. Sólo un vistazo.
Juro que deseé besarla, pero me contuve; supuse que sólo apreciaría el gesto si provenía de Stryker.
Cuando volvió a salir de la trastienda traía una caja azul de Tiffany's de tamaño similar a una de zapatos. La destapó, se abrió camino a través de capas de material de embalaje, y extrajo una placa de cristal.
—Qué... ejem, bonito —farfullé—. ¿Qué es?
—No estoy segura —contestó ella—. Resulta un poco grande para pisapapeles.
Aquella cosa tenía unos veinte centímetros de largo por diez de ancho y dos y medio de grosor. Cristal sólido, con algo grabado. Me incliné para distinguirlo, con Stryker a mi lado, que inspiró bruscamente al darse cuenta de lo mismo que yo. Era eso. Ésa era nuestra pista.
—Oh, ahora lo entiendo —dijo Audrey mientras leía el papeleo—. Es un pedido especial. —Miró el mensaje grabado y alzó la vista hacia mí—.
¿Tiene algún significado para usted?
—A nuestro amigo le gustan los acertijos —respondí—. ¿Puede dejarme lápiz y papel? —No nos llevaríamos aquella cosa, pero sí el mensaje.
Urn secret roi
Para Rebecca:
552:2, 9:15, 36:6, 602:6, 635:67, 274:9, 800:67, 642:54, 641:9, 148:53, 45:30, 51:7, 161:14.
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