El codigo Givenchy
Capítulo 43
No podía ser. Todd no podía haber promovido todo este asunto enfermizo.
¿O sí?
Como la última vez que habíamos estado aquí, vacilé en el umbral y sólo me atreví a entrar cuando Stryker me señaló que cerrase la puerta.
—No quiero que nadie sepa que estamos aquí —explicó, y yo asentí.
Stryker se hincó en la cama, gateando sobre manos y rodillas en busca de Dios sabe qué. Esperé un minuto, pero al final me pudo la curiosidad.
—¿Qué estamos buscando exactamente?
Él sacudió la cabeza.
—No estoy seguro.
Fruncí el ceño y empecé a buscar yo misma, imaginando que lo sabría cuando lo viera.
—¿Quién crees que ha limpiado el apartamento?
—Lynx —respondió Stryker. Y alzó la mirada hacia mí—. O Todd.
Torcí el gesto, perpleja.
—Pero yo vi sangre. Vi... —Cerré los ojos e inspiré hondo—. Vi sesos esparcidos. No puede... Quiero decir, cómo podría... no podría haber sobrevivido de ninguna manera.
Stryker no respondió, pero por su expresión adiviné lo que pensaba: las cosas pueden fingirse y la muerte de alguien puede ser ilusoria.
—No —repetí, sacudiendo la cabeza. Me acerqué al escritorio de Todd y empecé a abrir cajones al azar—. De ninguna manera, no... —Me llevé la mano a la boca y retrocedí un paso.
—¿Qué? —se alarmó Stryker, pero yo no podía responder. Sólo podía mirar la hoja de papel secante que se hallaba sobre la mesa de Todd... y el código que descubrí en ella:
—Vio el mensaje que habías recibido, ¿verdad? —dijo Stryker, tenso.
Asentí en silencio, pues aún trataba de procesar lo que mis ojos veían.
—Esto es incoherente... —repuse al cabo—. Al menos si utilizamos la misma clave de código.
—Tal vez sólo estaba garabateando —sugirió Stryker—. ¿Pudo haberlo escrito después de que volvieseis aquí? ¿Después de ver el mensaje?
—No... —Empecé a comprender—. No es posible. —Cerré los ojos, deseando que la respuesta fuese otra—. Yo lo habría visto; permanecimos juntos todo el tiempo.
Supongo que cabía la posibilidad de que Todd se hubiese levantado después de que yo me fuí a dormir a la bañera, hiciera caso omiso de que ya no me hallaba junto a él y se sentase ante el escritorio para dibujar códigos masónicos y al final hubiese esparcido recibos y notas y fotocopias para ocultarlos. Posible, pero no probable.
—Lo siento —dijo Stryker.
Me limité a negar con la cabeza; mi mente parecía avanzar a través de gelatina. Todo eso sonaba bastante inconcebible. Yo conocía a Todd, ¿no?
—Busca en la cómoda —le dije—. Todd guardaba el pasaporte al fondo del primer cajón a la derecha. —Había descubierto ese pequeño detalle las pasadas Navidades. La bonificación de Navidad de Todd había sido de más de treinta de los grandes, y había bailado por el apartamento, agitando su pasaporte y prometiéndome un viaje a París. Nunca lo hicimos, por supuesto. Los abogados que ganan bonificaciones de treinta de los grandes no disponen de tiempo para gastarlas.
Observé mientras Stryker rebuscaba, sacando diferentes prendas, hasta que estuve segura de que había extraído un volumen de ropa que
sencillamente abarrotaría ese cajón.
—Aquí no está —concluyó. Un músculo de su rostro se contrajo cuando se volvió para mirarme—. Ahora mismo tal vez esté planeando marcharse del país cuando...
—Registra el resto de cajones.
—Mel...
—Hazlo.
Mientras él lo hacía, yo me ocupé del escritorio y el resto del apartamento. Estaba mirando en el interior del depósito del váter cuando Stryker se unió a mí.
—Nada —informó—. Y también he registrado la cocina. No está aquí, Mel. Acéptalo. Él...
Alcé una mano para silenciarlo, salí del baño y me dejé caersobre una silla. Comprendí las ramificaciones. No necesitaba que Stryker me explicase con pelos y señales por qué creía que mi ex estaba participando en el juego mortal.
Ni pasaporte, ni Todd ni sangre. Aquello tenía muy mala pinta. Todas las pequeñas piezas iban encajando. Lo único que faltaba era el motivo.
Formulé la pregunta en voz alta, con la esperanza de que Stryker tuviese una teoría. Sin una explicación, podía seguir pensando que Todd no se encontraba detrás de esto. Podía seguir pensando que mi ex no estaba jugando con mi vida.
Stryker no respondió de inmediato y se limitó a mirarme con ojos tristes.
—No tiene sentido —afirmé, más que nada para llenar el silencio—. Se hallaba allí cuando recibí el mensaje. Vi su cara. Estaba totalmente perplejo.
—La gente suele actuar.
—No Todd —repliqué malhumorada—. Además, ¿por qué iba a hacerlo? Quiero decir, sí, rompimos, pero no valgo tanto. Resulta difícil creer que al dejarle lo empujara a vengarse pergeñando esta pesadilla.
Stryker alzó la comisura de los labios.
—No sé, Mel. Creo que subestimas tu atractivo.
Me sonrojé ante el cumplido, que no supe cómo tomar, pero ahora no me interesaba que me distrajeran.
—En serio, Stryker. Todd ni siquiera jugaba a juegos on-line.
—Tal vez empezó y no te lo contó.
Torcí el gesto, pero insistí.
—Pero ¿por qué querría matarme? ¿Y luego coger el pasaporte y huir del país? Eso es lo que estás pensando, ¿verdad? ¿Por qué haría eso? Tenía un auspicioso futuro aquí, en un bufete muy importante. Estaba ahorrando dinero para comprarse un piso elegante. —Abarqué el apartamento con un gesto—. No está mal como área de servicio, pero podía permitirse mucho más. Ahorraba cada centavo.
—¿Eso te decía?
—Sí. —Fruncí el ceño—. ¿Por qué lo preguntas?
Abrió el cajón medio del escritorio y extrajo una libreta amarilla y lo que parecía el extracto de una tarjeta de crédito. Cogí primero el extracto y solté un grito ahogado al ver el saldo del debe —más de cinco mil dólares
— y que el último pago era inferior al mínimo. A ese ritmo nunca iba a saldarlo.
—Debe de haber atravesado por una mala racha —dije.
Stryker me tendió la libreta amarilla. La cogí.
—Más que mala —comentó, y señaló la libreta.
La miré y cerré los ojos, como si pudiese borrar la verdad de lo que estaba viendo: una lista de acreedores, cada uno seguido de una cifra de cinco dígitos al lado. Y la compañía financiera aparecía junto a todo lo demás.
Stryker agitó el extracto que yo había mirado antes.
—Esto es sólo la punta del iceberg.
Respondí con una mueca. No tenía ni idea de que Todd se hallase en la bancarrota.
—Y empeora —añadió Stryker.
Eso resultaba difícil de creer, pero mantuve la boca cerrada, segura de que Stryker me lo contaría tanto si lo quería oír como si no.
—Pasa las páginas —indicó.
Lo hice y al principio no hallé nada, sólo hojas amarillas en blanco.
Hacia el final de la libreta vi unas anotaciones en tinta negra. Deslicé un dedo para marcar la página y pasé las páginas anteriores. Encontré una
página llena de garabatos. Alguien (era de suponer que Todd) había cogido un rotulador negro y había dibujado los típicos garabatos, laberintos y círculos concéntricos. Los números de teléfono se convertían en dibujos tridimensionales. Y allí, entre los gruesos y enérgicos trazos, había algo más. Algo que yo no deseaba ver en absoluto.
En una esquina se leía: «JSG.»
Y en otra: «MLP.»
Tragué saliva.
—Al menos sabemos un poco más acerca de nuestro enemigo —dijo Stryker. No se mostraba desconsiderado, simplemente práctico, aunque sus palabras me horadaron como un cuchillo.
—No. Esto no puede estar bien. Tiene que tratarse de una trampa —
susurré—. Alguien ha dejado estas cosas en su apartamento para hacernos creer... O sea que no concibo que Todd haya hecho esto.
—Es posible —repuso Stryke—, pero...
—Tú no lo crees.
—¿Sinceramente? No sé qué creer. Pero alguien está dirigiendo el espectáculo. De eso estoy seguro.
—Quiero atraparle —siseé, y apenas me reconocí a mí misma—. Sea quien sea, quiero patearle el culo bien pateado. ¿Me ayudarás?
—Haré más que eso. Yo lo aguantaré mientras tú le pateas el culo.
Eso parecía un plan maravilloso, pensé.
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