La Atlántida
Prólogo
¿Qué otra leyenda más misteriosa y romántica que la de la Atlántida ha seducido
desde hace generaciones la imaginación de los hombres? Si la incógnita de su
situación y lo trágico de su destino siempre intrigó al hombre, ha sido en realidad
durante el último siglo cuando ha corrido un verdadero torrente de tinta para hablar
de la Atlántida en sus más diversos aspectos. Por desgracia, la mayor parte de esa
literatura carece de valor desde el punto de vista científico y no puede ser tenida en
cuenta por los hombres de ciencia, a los que, sin embargo, la cuestión interesa
profundamente.
Como es sabido, las primeras noticias acerca de la Atlántida remontan a los
tiempos clásicos y se contienen especialmente en el Timeo y en el Critias de Platón.
En esas noticias, poco concretas, se habla de una gran isla llamada Atlántida, más
grande que Asia y Libia juntas, situada más allá de las Columnas de Hércules
(estrecho de Gibraltar); estaba habitada por un pueblo poderoso y guerrero, que en
cierta ocasión se puso en movimiento, invadió Europa y fue rechazado por los
griegos dirigidos por los atenienses. Luego, la gran isla desapareció, tragada por las
olas.
Sin temor a exageración se puede asegurar que el número de hipótesis modernas
de todo género acerca de la Atlántida se corresponde exactamente con el número de
autores —que con razón alguien ha clasificado en «atlantólogos, atlantófilos y
atlantómanos»— que de ella se han ocupado. Naturalmente, también ha existido
quien ha negado la existencia de la Atlántida. Paul Coussin, refiriéndose a los
tratadistas de la isla perdida, ha escrito: «… la luz más esplendorosa no puede hacer
ver a los ciegos… El propio Platón saldría de su tumba y les juraría por el Estigio
que él mismo creó uno por uno los elementos de la Atlántida y ellos no llegarían a
creerlo». No es muy sabido que ésta era ya una opinión conocida en la antigüedad,
pues Estrabón pone en boca de Aristóteles las siguientes palabras: «Él solo (Platón)
la hizo volver al mar, del mismo modo que él solo la había hecho salir de sus olas».
A base de su posición geográfica podemos clasificarlas diferentes hipótesis en los
siguientes grupos: la Atlántida hiperbórea, o sea situada en los países nórdicos
(opinión de Rudbeck, Bailiy, Klée y asimismo, en cierta forma, la del autor del
presente libro); la oriental, que pretende colocarla en el Mar de Azof, Persia, Judea,
Creta, Malta, etc.; la occidental, según la cual habría estado en las Baleares o en
Andalucía; la africana, ubicada en el Atlas, en Túnez, en el Hoggar o, incluso, en los
países ecuatoriales; y la americana (buscada por Colón y otros viajeros antiguos), en
estrecha relación con la hipótesis que sitúa el continente perdido en las Islas
Afortunadas (Canarias), que es al propio tiempo una de las que ha tenido más
partidarios.
A todas estas posibilidades se ha unido la opinión de los geólogos, que han dado
el nombre de Atlántida a un hipotético continente que habría ocupado en tiempos remotos el Atlántico septentrional y del que quedarían como testigos las islas de
Madera, Cabo Verde, Canarias y Azores. Ya en 1913 Termier afirmó que, «hablando
desde el punto de vista geológico, la historia platónica de la Atlántida es muy
verosímil», y añadía poéticamente que el fin que tuvo la Atlántida «se parecerá
quizás, el último día, al último gran día de la humanidad».
La teoría del continente atlántico se apoya, por una parte, en la naturaleza y en
la distribución de los sedimentos paleozoicos en América del Norte y en
Escandinavia, en la forma del fondo actual del océano, en las vastas zonas poco
profundas, accidentales y volcánicas que llegan hasta Groenlandia, en la forma de
las costas canadienses, irlandesas y bretonas, que indican un relieve hundido en
época reciente. Por otra parte, se apoya en la distribución geográfica de los
animales y plantas actuales y extinguidos, que indican conexiones continentales y
facilidades de migración. Según Germain, la fauna de los archipiélagos atlánticos es
homogénea y claramente continental; sus relaciones se establecen con la Europa
meridional y el África septentrional, pero no con el África tropical. Todavía son más
notables las relaciones con la fauna europea de principios del Mioceno, «hasta el
punto que se puede decir que los archipiélagos atlánticos tienen una fauna que es la
prolongación, la supervivencia de la existente en el Mioceno europeo». El mismo
autor indica que la fauna malacológica de las islas Canarias es más reciente y
mucho más cercana a la del África septentrional que la de los demás archipiélagos,
lo que permite deducir que las Canarias quedaron separadas de las Azores, de
Madera y de Cabo Verde mucho antes de su propio aislamiento del continente
africano. La existencia del Mar de los Sargazos viene a apoyar esta teoría de
Germain. Pero ésa es una Atlántida «terciaría», cuyos últimos vestigios pudo
conocer el hombre prehistórico bajo la forma de una plataforma que acercaba las
Canarias, si no las unía, a la costa de Marruecos, todo ello según dicho autor. Pero
precisamente esta parte de la hipótesis es la más frágil. ¿De qué forma la memoria
humana pudo transmitirla noticia del cataclismo? La mayoría de los tratadistas se
inclinan a separar netamente la Atlántida de Platón de esta que nos presentan los
geólogos, y consideran como fantástico y poco fundado aquel posible recuerdo de un
continente perdido bajo las aguas y conservado por la mente de cien generaciones.
Los estudios de G. Lecointre y J. Bourcart en el litoral marroquí han demostrado de
manera suficiente la permanencia de las costas atlánticas del África del Norte, con
contornos casi idénticos a los actuales, al menos desde comienzos del Plioceno. Por
tanto, el hombre no pudo tener conocimiento de los hundimientos o de las
inundaciones que pudieron producirse anteriormente.
Querer identificar la Atlántida de los geólogos con la de Platón parece
exagerado y fantástico. Pero si lo que nos dicen los autores griegos no es pura
leyenda, o, para decirlo mejor, si a tal leyenda se le quiere atribuir una base de
realidad, convendrá suponer que las indicaciones de Platón en cuanto a la extensión
del país, distancias, nombres, situaciones históricas, etc., aunque imprecisas, corresponden a una tradición auténtica deformada por la transmisión oral o escrita.
Sin embargo, ¡cuántas y cuántas preguntas quedan sin contestar en las maravillosas
páginas del sabio ateniense!
Para los españoles, el mito de la Atlántida, quizá por nuestra personal manera de
ser, siempre ha revestido un encanto especial. Los elementos misteriosos que encierra
han sido siempre puestos en relación con Tartessos, el fabuloso reino de Gerión y
Argantonios, uno de los temas más gratos y más relacionados con la figura
romántica de un gran sabio alemán todavía viviente: el profesor Adolfo Schulten.
¿Estaría la Atlántida en una isla de la desembocadura del Guadalquivir? ¿Es posible
identificar el continente perdido con el reino de Tartessos? Y, en todo caso, ¿cuáles
eran las relaciones entre uno y otro? ¿Habría sido aquella isla la homérica isla de
los reacios?
¿Y la posibilidad norteafricana, tan bien explotada desde el punto de vista
novelístico por el genial Fierre Benoit? Algunos sabios alemanes —P. Borchardt, A.
Herrmann, S. Passarge— han buscado la Atlántida en las costas de Túnez, habiendo
sido reunidas sus opiniones por R. Vaufrey. Borchardt, con argumentos en su mayor
parte de orden lingüístico, se esforzó en demostrar que el continente de la Atlántida
era lo que llamamos África del Norte o también África Menor. La isla que ostentaba
la capitalidad del Estado, donde se levantaba el templo de Poseidón, estaba situada
al fondo del golfo de Gabes, en la desembocadura de los grandes chotts, que cabría
identificar con el río Tritón de los antiguos. Los egipcios habrían conocido la
Atlántida con el nombre de «región de los árboles m», habitada por los kuhek, a los
que se puede identificar con los zauékes de Herodoto y con los feacios de Homero,
cuya ciudad, Scheria, habría estado en la propia isla de la Atlántida. A un kilómetro
y medio de Oudref, en la orilla derecha de la sebja de Melah, se encuentra la
localidad de Tell-Gallal, que quizá sea el último testimonio de la isla. Por su parte,
Herrmann prefiere buscar este lugar de múltiples nombres en el emplazamiento del
pequeño oasis de Rhelissia —a siete kilómetros y medio al suroeste de Kebili—, que
incluso habría sido Tartessos y el Jardín de las Hespérides. Sus puntos de vista, a
todas luces exagerados, no desmerecen, sin embargo, sus estudios de geografía
antigua de aquella zona. En el mismo orden de ideas, aunque moviéndose más en el
campo de la geología, se colocan las teorías de S. Passarge.
En cuanto al Sahara, lo que sabemos actualmente de su clima y poblamiento
durante el optimum climático que permitió desarrollarse la cultura neolítica
sahariana (5500-850 a. C.), viene a dar nueva actualidad a la hipótesis que expuso
en primer lugar Berlieux (1883) y desarrolló A. Berthelot (1927). H. Lothe ha
examinado recientemente la cuestión desde nuevos puntos de vista, aunque sin
decidirse a exponerlos en una teoría organizada y haciendo notar que los
argumentos para situar la Atlántida en el Sahara no son todavía suficientes. Uno de
sus argumentos lo constituye un pasaje de las Historias de Herodoto: «Más allá de la Libia, a veinte días de marcha de los garamantes, se halla el tercer montículo de sal
—con agua— que se encuentra en el camino. Alrededor de ese montículo habitan
hombres. No lejos de allí se levanta la montaña denominada Atlas, tan alta que sus
cimas siempre están ocultas entre las nubes. De ella han tomado su nombre aquellos
hombres: efectivamente, se les llama atlantes. Más allá todavía, de diez días en diez
días de marcha, se encuentran otras minas de sal y habitantes. Las viviendas de esos
hombres están construidas con bloques de sal, o sea que esas regiones de la Libia no
reciben lluvias, pues los muros, siendo de sal, no podrían subsistir. Más allá de la
cordillera de montañas, hundiéndose hacia el mediodía en el interior de la Libia, el
país es desierto, sin agua, sin animales, sin madera, y en él no hay indicios de
humedad». Lothe cree que esta descripción se aplica con sorprendente exactitud al
Hoggar, más allá del cual las aldeas de ciertas salinas están, en efecto, construidas
en tierra salífera (In-Salah) o incluso con barras de sal (Taudeni). Al sur se
encuentra el Tanezruft. Como es sabido, Platón indica que los atlantes poseían
caballos, carros de guerra, arcos y pequeños escudos, que es el armamento que
vemos representado en las pinturas rupestres del Sahara. Y cuando sabemos que el
caballo y el carro de guerra fueron importados a África por los reyes pastores hacia
el año 1700 antes de nuestra era, parece que tenemos un número suficiente de
elementos para identificar los atlantes con los neolíticos saharianos hacia el final de
su historia. Pero, como hemos dicho, ni el propio H. Lothe se atreve a ir más lejos.
Para él una de las claves del problema está en la solución que se dé a la cuestión de
los garamantes. Las representaciones de carros de guerra en el arte rupestre
sahariano se creyó que estaban fechadas en el siglo V por la cita de Herodoto que
habla de los carros de guerra de los garamantes. Luego, Dussaud y S. Reinach
hicieron notar que el estilo de los caballos representados al galope tendido en
asociación con los carros estaba emparentado con la representación del galope
volante que se había generalizado por el Mediterráneo oriental en el último tercio
del segundo milenio a. C. y que, precisamente en esa época, ciertos pueblos llegados
de Creta desembarcaron en Cirenaica con la intención de atacar Egipto. Fueron
rechazados y diezmados y entonces se internaron en el Sahara, siendo posible que
incluso hubieran llegado al Níger, como parece probar la extensión geográfica de sus
pinturas y grabados de carros que va de las Sirtes, por Ghadamés, el Hoggar y el
Adrar de Iforas, hasta Gao. El propio H. Lothe ha demostrado que ese antiquísimo
camino fue utilizado por los romanos que habrían llegado al Tassili-n-Ajjer en busca
de los productos originarios del Sudán. Es seguro que la III Legio Augusta tuvo una
guarnición en Ghadamés (Cydarrms) y que llegaron a ocupar la ciudad de Rhat
(Rapsa), a ochenta kilómetros de Djanet. También es sabido que dos expediciones
romanas penetraron en el desierto: la de Septimio Flaco y la de Julio Materno en los
años 70 y 86 de nuestra Era, respectivamente; y que fueron precedidas por una
expedición mucho más importante, probablemente en el 19 a. C., que, al mando del
español Cornelio Balbo, ocupó toda la Cirenaica desde el Fezzan hasta el sur de Argelia, pasó por el Tassili y valió el triunfo a su general al regresar a Roma.
¿Y qué decir de la hipótesis que plantea el libro que el lector tiene ahora en sus
manos?
La hipótesis hiperbórea ha sido defendida con diversas variantes por varios
autores y tuvo como iniciador al médico y botánico sueco Rudbeck (1630-1702). Los
paralelismos entre el mundo nórdico y el mundo mediterráneo son en extremo
cautivadores, y en lo que se refiere a la desaparición de una amplia superficie
continental en el mar del Norte no está desprovista de sentido y es admitida por la
mayoría de los geólogos. Además, los sondajes realizados en muchas ocasiones han
probado la existencia de restos prehistóricos sumergidos bajo las aguas,
especialmente referibles a las culturas mesolíticas que se pueden relacionar tanto
con Inglaterra como con el continente. Todos los datos referentes a esas tierras
hundidas han sido recogidos por J. L. Baudet, que también ha estudiado los objetos
prehistóricos de procedencia submarina de dicha zona. Las amplias perspectivas que
presenta la exploración arqueológica submarina tienen en esta región grandes
posibilidades, empezando por la comarca a la que se refieren los trabajos de J.
Spanuth.
El autor de este libro, Jürgen Spanuth, nacido en 1907, estudió teología en las
Universidades de Tubinga, Berlín y Viena, antes de ser nombrado pastor de la
comunidad luterana de Bordelum, pequeña aldea próxima a Schleswig. En este lugar
se sintió atraído por las tradiciones y leyendas, aún vivas en labios de marineros,
pescadores y campesinos, que hablaban de la existencia de un santuario del culto
solar en una isla de Jutlandia, al finalizar la Edad del Bronce. Analizando los
diálogos de Platón referentes a los atlantes y los relatos de Homero que presentan las
aventuras de Ulises en la isla de los feacios, Spanuth encontró sugestivas analogías
entre los detalles dados por el filósofo y el poeta griegos y las leyendas hiperbóreas.
El mito platónico, los cantos homéricos y las tradiciones frisonas referentes a una
isla desaparecida tienen por origen el mismo cataclismo histórico. Realizada la
exégesis de los textos, el pastor Spanuth consigue una embarcación apropiada y se
lanza a la comprobación de sus asertos. Pero… no queremos anticipar el texto de la
obra; estamos seguros que el lector seguirá el esfuerzo del pastor Spanuth hasta la
última página.
Dr. EDUARDO RIPOLL PERELLÓ
Conservador del Museo Arqueológico de Barcelona