La Atlántida
III. El descubrimiento de la Atlántida
Después de algunos años de estudios e investigaciones, en 1948 estuve seguro de
que la relación de Platón era un documento histórico: Basileia debía encontrarse a
ocho kilómetros ochocientos metros (cincuenta estadios) al este de Heligoland.
A decir verdad, dudaba que el Mar del Norte hubiese dejado subsistir vestigios de
la isla sumergida. Sin embargo, me procuré una carta marina y busqué la presencia de
una colina sumergida o de amontonamientos de piedras.
El momento en que desenvolví el mapa quedará para siempre grabado en mi
memoria; desde el primer momento, distinguí sobre el fondo del mar una elevación
submarina y unos amontonamientos de piedras de origen desconocido. Steingrund
(fondo rocoso) es el nombre que los designa.
Sobre el terreno, me di cuenta de que la prueba definitiva de la autenticidad de las
noticias suministradas por Platón y de la precisión de mi tesis se encontraba allí. Si,
además, podía descubrir en este lugar vestigios de habitación, o si esas piedras
formaban murallas, tendría la seguridad de que se trataba de los restos de Basileia.
Los «expertos» objetaron que lo que tomaba por unos muros no eran más que un
montón de rocas o de bloques, residuos de una antigua morrena. Por otra parte, el
«fondo rocoso» constituía un enigma geológico cuyo misterio todavía nadie había
intentado descubrir.
Entonces me procuré antiguos mapas de Heligoland; uno de ellos, dibujado en
1649 por el cartógrafo y matemático Johannes Mayer, natural de Husum, lleva en el
lugar del «fondo rocoso» una inscripción. Se leen las palabras templum y castellum,
alusión a las leyendas y a la tradición de los habitantes de Heligoland. El más antiguo
mapa conocido —fechado en 1570— indica en la parte oriental de Heligoland la
presencia de siete iglesias, ahora desaparecidas. Una inscripción precisa: «Se puede
todavía verlas durante las grandes mareas», y viejos pescadores me señalaron que, en
el mismo lugar, se levantaban aún unas paredes o murallas de piedra, restos de una
«ciudad dorada» cuya riqueza era proverbial.
Fortalecido en mi decisión de emprender nuevas investigaciones, decidí encontrar
los restos de edificios, en caso de que los hubiese.
¡Tarea grandiosa la que había emprendido! ¡Era allí donde se levantaba la ciudad
de que hablaban Ramsés III y los sacerdotes de Sais, Solón y Platón, aquélla cuya
existencia conocían los profetas judíos Amos y Jeremías y que había sido cantada por
Homero! Desde hacía dos mil quinientos años «los locos y los prudentes, los
utopistas y los poetas, los filósofos y los sabios, los Padres de la Iglesia y los herejes»
la buscaban. ¡Había hecho correr torrentes de tinta! Por su causa se habían
ennegrecido toneladas de papel. Allí, cerca de Heligoland, simple montón de ruinas,
se encontraba la ciudad más misteriosa de la historia.
Ignoraba todavía la naturaleza de los obstáculos que me quedaban por vencer. La
primera vez que había enseñado el mapa de la bahía de Heligoland a un especialista explicándole: «Aquí se encuentra la Atlántida; en este punto buscaré los vestigios de
su acrópolis», se echó a reír y me trató de visionario.
Desconocía entonces la existencia de los informes de geólogos que señalaban la
presencia, en Heligoland, de mineral cuprífero y de filones de cobre. Sin embargo,
basándome en las noticias suministradas por Platón, declaré: «Hay o había, en
Heligoland, yacimientos cupríferos». Acerca de lo cual, un conocido geólogo me
calificó de loco. «¡Jamás ha existido la menor huella de cobre en la isla!», escribió.
Para reunir los fondos necesarios para la exploración del «fondo rocoso», empecé
a dar conferencias sobre el tema: «La Atlántida, isla del Mar del Norte». Poco
después, un periódico publicó un artículo sin firmar que decía: «Los hiperbóreos de
las inscripciones egipcias eran sardos, sículos u otros pueblos ribereños del
Mediterráneo… El relato de Platón es un mito filosófico-político que tiene como
punto de partida unos datos exactos; la Atlántida estaba situada al oeste de la
Península Ibérica… ¡Pretender que las noticias suministradas por la Odisea se
apliquen a nuestra comarca es seguir las huellas de los sectarios que todo lo hacen
remontar a la Biblia!».
A falta de conocimientos precisos, el autor del artículo recurría a la
grandilocuencia. Otro «especialista» declaró a su vez que poseía «pruebas múltiples
del origen balcánico de los hiperbóreos». Esos escépticos, la cosa quedó rápidamente
probada, conocían la existencia de los textos egipcios, pero eran incapaces de probar
la exactitud de sus opiniones. Pues bien, no hay en los Balcanes ni «océano circular»
ni islas; sin embargo, es cierto que de allí venían los inmigrantes, si tenemos que
creer a las inscripciones y los relieves egipcios. Asimismo, confundían feacios,
cretenses y phrst, mezclaban los sakar y los sekelesa, lo que para ellos no era
inconveniente para decidir la cuestión.
Otro declaraba: «Es hermoso ser autodidacta, pero esto no significa
necesariamente que uno tenga la condición de Schliemann; el problema de la
Atlántida es mucho más difícil de resolver que el del emplazamiento de Troya. ¡Que
el pastor de Bordelum lo tenga bien entendido!».
Otro decía: «Spanuth se figura que resolverá un problema al que generaciones de
sabios no han podido dar solución. En materia de atlantología, es, además, un noble
desconocido».
En resumen, la tempestad se levantó antes incluso de que mi barco hubiese
podido poner rumbo al «fondo rocoso»; en resumidas cuentas se me rogó
oficialmente «que, por favor, dejara de lado este proyecto insensato».
Sin embargo, tuve algunas satisfacciones. Especialistas pertenecientes a diversas
disciplinas científicas me ayudaron con sus consejos, me comunicaron el resultado de
sus trabajos y me dieron referencias. A la salida de una conferencia que di en Munich,
algunas personas de aquella ciudad me propusieron participar económicamente en la
expedición que proyectaba.
Pero el 15 de julio de 1950, día fijado para el primer reconocimiento, la tempestad estaba en su punto culminante; duró nueve días. Los medios de que
disponía me permitían resistir diez días. Hasta la penúltima noche, el barco quedó en
el puerto; mis compañeros y yo escuchábamos los avisos descorazonadores del
servicio meteorológico. Por último, al amanecer del décimo día, el cielo se aclaró, el
mar quedó calmado y apareció el sol. La salida tuvo lugar. En la proximidad del
«fondo rocoso» nos rendimos a la evidencia: la boya luminosa que señalaba la
presencia del bajo fondo había sido arrastrada. Antes de empezar, tuvimos que
realizar unos sondeos para encontrar el emplazamiento. Finalmente la sonda registró
una profundidad de nueve metros; el plomo tropezó con piedras. Tomé una enfilada
en la «Düne», otra en Heligoland y, en seguida, el buzo descendió. Comenzaba
apenas éste a transmitir sus primeras observaciones por teléfono cuando oímos los
ruidos de un motor; aprovechando el buen tiempo, una escuadrilla de bombarderos
ingleses se entregaba a ejercicios de bombardeo sobre Heligoland. Las explosiones se
sucedían y levantaban verdaderas trombas de agua. El buzo volvió a la superficie
precipitadamente. Debajo del agua, las explosiones le hubieran resultado fatales. Fue
preciso abandonar la zona peligrosa y esperar… Cuando los últimos bombarderos
pusieron rumbo a su base, la noche caía; el cielo se cubrió, la tempestad se manifestó
de nuevo y tuvimos que refugiarnos en el puerto.
En plena noche el barco atracó en Cuxhaven; reinaba una absoluta oscuridad y el
faro de Heligoland estaba apagado. De pie en la proa, trataba yo de olvidar la serie de
reveses que había sufrido durante los días precedentes. ¿Mi proyecto era insensato,
como me habían dicho? ¿Era una «quimera» como había escrito un historiador
vienes? Buscar la Atlántida ¿era perder tiempo y dinero? Troya, que Schliemann
había encontrado con tanta dificultad, estaba situada en tierra firme y además,
numerosos documentos atestiguaban su existencia. La Atlántida, por el contrario,
había sido tragada por el mar; unas aguas cargadas de arena y de barro la ocultaban a
las miradas. En resumen, por centésima vez examinaba el pro y el contra, dudando
alternativamente de la exactitud de mi tesis y del valor de las objeciones de mis
adversarios. ¿No era preferible, desde un principio, renunciar a mi «insensato»
proyecto?
Estas cuestiones me preocupaban y titubeaba sobre lo que convenía hacer.
Reflexionaba igualmente sobre la suerte que habían conocido ciertos outsiders de
la ciencia, de la forma como, contra viento y marea, habían obligado a la suerte a
sonreírles; me decía que en definitiva las objeciones eran fáciles de refutar. En su
mayoría eran o puramente gratuitas o insuficientemente fundadas. Agradecía también
a mis amigos y a los especialistas que me habían ayudado con sus consejos y
sugestiones. Comprenderían que renunciase antes de haber descubierto la solución.
Sabiendo, además, qué perspectivas abriría, una vez resuelto, el problema de la
Atlántida, convertido en «mi problema», me mantenía con valor.
Al día siguiente, al amanecer, la cuestión estaba decidida; el barco atravesó las
esclusas del puerto de Cuxhaven; yo las conocía bien por haber estado de guardia en ellas al principio de la guerra. Mi decisión estaba tomada: costase lo que costase, iría
hasta el fin.
Diez días más tarde, a bordo de otro barco, partía para Heligoland. El servicio
meteorológico anunciaba «vientos variables de débil intensidad». Pero, en el
momento de llegar a nuestra meta, se levantó la tempestad y nos obligó a refugiarnos
en el puerto más cercano.
El prefecto romano Albinovanus Pado, que participó en la expedición organizada
por Germánico para castigar las tribus germánicas, tenía razón al escribir en su diario:
«Los dioses mismos gritaban: ¡Atrás! ¡Se oponían a que descubriéramos los mares
sagrados y las moradas divinas, ahora desaparecidas!».
Este pasaje le fue inspirado por una tempestad que puso a la flota romana en
peligro en la bahía de Heligoland.
Mientras tanto, habíamos recogido cierto número de datos precisos para proseguir
la exploración submarina del «fondo rocoso». Conocía el yacimiento del punto
culminante de la colina desaparecida donde los pescadores de Heligoland me habían
señalado la existencia de murallas ciclópeas y ruinas. Para poner mi proyecto en
ejecución era indispensable utilizar como base de operaciones el puerto de
Heligoland; además, teniendo en cuenta las condiciones del mar, era preciso que la
expedición tuviese una duración no de diez días, sino de treinta.
Dos años más tarde las autoridades de ocupación inglesas evacuaron Heligoland;
esta evacuación permitió utilizar el puerto de la isla.
En el mes de noviembre de 1950, los miembros de un club de Hamburgo me
invitaron a exponer mi tesis. Al final de la conferencia, el presidente se levantó y me
dijo:
—Nunca como hasta hoy había sido tan escéptico; jamás tampoco había estado
tan convencido como lo estoy ahora. ¡Díganos qué podemos hacer por usted!
Éste fue el comienzo de la nueva expedición que tuvo lugar en el verano de 1952.
El 15 de julio, en el momento que el barco se disponía a iniciar el camino hacia
Heligoland, una vez más la tempestad hacía estragos; esta vez, esperamos quince
días. El 28 de julio, el mal tiempo cesó; una débil brisa soplaba cuando abandonamos
el puerto. Llegamos por la noche; el viento se levantó y las olas golpeaban la
escollera y los muelles. Hasta el 31 no pudimos pensar en explorar el «fondo rocoso».
Según mis cálculos, eran necesarios 40 minutos para cubrir la distancia (8180
metros). Al terminar el tiempo previsto, se paró el barco: fue arrojada el ancla y el
buzo descendió.
El hilo del teléfono me comunicaba con él. Yo esperaba… Pasaron algunos
minutos; de repente, se puso a gritar:
—Percibo delante de mí una muralla alta, de piedra. Me encamino hacia ella; al
pie yacen enormes piedras; una de ellas mide dos metros por uno; se levanta a 90
centímetros sobre la arena. A la derecha y a la izquierda veo otras de las mismas
dimensiones; muchas son cuadradas… Ahora voy a probar de escalar el muro… mide dos metros de alto… está hecho de bloques unidos entre sí. Estoy arriba… Rectilínea,
la muralla se extiende a derecha y a izquierda; distingo un segundo recinto, paralelo
al primero. Voy andando por el primer muro.
Hubo algunos momentos de silencio y luego, de nuevo:
—Se acaba; se diría que es un pasillo. Desciendo… al pie del muro, en la
dirección del paso, hay una piedra mayor que las otras: dos metros de largo, un metro
ochenta de ancho. Sobresale 80 centímetros. Por todas partes, al fondo del paso, veo
arena blanca y pequeños guijarros. El muro continúa al otro lado. Ahora vuelvo a
subir sobre la muralla; la segunda se extiende paralela a la primera, y entre las dos
hay arena. Desciendo al foso que separa los dos muros… escalo el segundo. Está
construido de la misma manera que el primero, pero en piedras blancas, muy grandes;
las otras eran rojas. No veo dónde termina… Más lejos, distingo unas piedras blancas
y, encima, un lecho de bloques de color rojo.
A cada nueva zambullida, el buzo traía indicaciones análogas; sobre un punto, el
muro exterior se bifurcaba en ángulo recto hacia el interior de la circunvalación. De
una anchura de doce metros en la base, los muros tienen dos metros de alto por dos
cincuenta; el foso que los separa tiene por todas partes seis metros de ancho. Los
sondeos acústicos que ejecutamos —el último día desgraciadamente— indican que
ciertas partes de la circunvalación, de 4,50 metros de altura, se levantan verticales en
relación con el fondo. El buzo no pudo ver la totalidad de las murallas. Nuestras
medidas, que concuerdan con las indicaciones comunicadas por los pescadores de
Heligoland, revelan que la longitud total de la muralla es de 927 metros; la anchura
del conjunto —recinto exterior, foso y muro interior— es de 200 a 300 metros. Al
norte y al sur, los muros describen un amplio arco de círculos alrededor de la colina
central, el «fondo rocoso»; en el oeste, parece que el mar haya deteriorado
fuertemente los vestigios, pero la huella es perfectamente señalada por el sondeador
acústico.
Al terminar las inmersiones, el buzo, Beelte, declaró:
—Simétricas y paralelas, estas murallas no pueden ser una construcción natural;
fueron edificadas por la mano del hombre.
En tiempo de calma se observa la huella de la circunvalación desde la superficie;
con la marea descendente y ascendente, cubiertos por 7,80 metros de agua, los muros
hacen el oficio de rompeolas submarino. Encima se forman corrientes, pero en la
vertical del espacio comprendido entre los recintos el agua permanece tranquila.
Los pescadores de Heligoland conocían la existencia de las murallas; en medio de
sus piedras cogen las más hermosas langostas. No es raro que tres o cuatrocientas
nasas se alineen en la base de los muros sumergidos. Cada nasa está dominada por
una boya visible, lo que permite darse cuenta de la importancia de la circunvalación.
Los antepasados de los actuales habitantes de Heligoland recordaban una leyenda:
para ellos, el «fondo rocoso» era lo que subsistía de «la ciudad de oro», absorbida por
el mar en una época remota.
Al final de la expedición de 1952, el capitán y la tripulación del barco estábamos
convencidos de que el recinto descubierto por nosotros en el «fondo rocoso» era el
conjunto de los diques que, según Platón y Homero, protegían la acrópolis y el
templo de los atlantes y de los feacios. La concordancia entre las indicaciones
suministradas por Platón, en Timeo y Critias, y por Homero, en la Odisea, y las
ruinas próximas a Heligoland es absoluta.
1. Las murallas se encuentran a «cincuenta estadios (ocho kilómetros
ochocientos metros) del centro (de la llanura), en una montaña por
todas partes de aspecto mediocre»; en otros términos, en dirección del
continente, a partir de una isla formada por rocas blancas, negras y
rojas.
2. El muro de protección mide cinco estadios de largo (927 metros) y
encierra la colina.
3. Está hecho de «piedras rojas y blancas» y unos pasos lo cruzan, como
dice Platón.
4. Se encuentra allí el ámbar. Nosotros mismos «pescamos» un gran trozo
en la proximidad del «fondo rocoso»; los pescadores lo recogen con
frecuencia en sus redes. El ámbar que las olas arrojan a la costa
proviene efectivamente de la isla desaparecida, donde antiguamente «se
extraía del suelo en numerosos lugares».
5. Asimismo, en la isla de Heligoland hay cobre bajo una forma dura y
maleable; las leyendas hablan incluso de la existencia de canales o de
canalizaciones en cobre.
6. La tradición —leyendas de Heligoland, de Frisia y del Schleswig— y
los mapas antiguos mencionan la presencia en la colina, ahora llamada
«fondo rocoso», de un templo dedicado a «Fósiles»; este «Fósiles» no
es otro que el «Posites» de los dorios y Poseidón de los griegos. La
patria de Posites es, por consiguiente, la «patria de Poseidón». El
nombre de Basileia mencionado por Piteas de Marsella, por Diodoro de
Sicilia y por numerosos escritores de la antigüedad, y la expresión «isla
santa» de que se sirvió Platón, están perpetuados en Heligoland
(Heiliges Land = tierra santa).
Es la prueba de que la Atlántida, la isla capital del imperio atlante o nórdico,
contemporánea de la Edad del Bronce, ha sido encontrada. Conocemos ahora su
emplazamiento y sabemos que ha existido.
De nuevo, como en 1950, se hizo de noche cuando, viniendo de Heligoland,
nuestro barco cruzaba hacia la costa. Esta vez el cielo estaba estrellado y el faro de Heligoland indicaba la buena ruta que pasa por encima del «fondo rocoso». El mar
era fosforescente. De pie en la proa, recordaba el largo camino que había recorrido;
pensé en la ciudad desaparecida, en los hombres que murieron el día que el Mar del
Norte absorbió esta tierra. Es aquí donde, después de vagar diez años a través del
mundo, Ulises fue huésped de los feacios; es de aquí de donde partió, para regresar a
Itaca, acompañado por los votos y las oraciones de Nausícaa: «¡Buen viaje, huésped!
¡En la patria de tus padres, cuando regreses, recuérdame!».
El pasaje de la Odisea donde Homero describe su travesía nocturna me viene a la
memoria; los siglos parecían abolidos. Los versos del poeta griego resonaban en mi
oído:
Como, delante del carro, se ve a cuatro caballos lanzarse a la una, remontarse y devorar el camino bajo los chasquidos del látigo; así se levantaba la proa, y, en el fuerte ímpetu de la estela, balanceaba el mar retumbante; corría, volaba, partiendo las olas de los mares llevando este héroe de los divinos pensamientos cuya alma conoció en otro tiempo tantas angustias. Ahora, inmóvil, dormía, olvidando todos los males sufridos.
Pensaba igualmente en el pasaje del Antiguo Testamento donde el profeta Amos,
hablando de «la isla de las columnas», escribió; «Así dice el Eterno: ¿No he hecho
salir Israel del país de Egipto, como los filisteos de Caphtor?».
Como los sacerdotes de Sais dijeron a Solón, no fueron ni «la injusta codicia ni la
sed de poder» los que empujaron el pueblo de los atlantes al camino del éxodo. Si
creemos la Escritura, fue el mismo Dios; en una época en que se produjeron
cataclismos y catástrofes en la escala mundial, Dios hizo cruzar a este pueblo una
Europa asolada, destrozada por el hambre, y lo condujo a un país donde encontró una
patria. Sobre unas antiguas bases, creó una nueva civilización. Estos acontecimientos
fueron, seguramente, el origen del derrumbamiento de un mundo, pero sobre sus
ruinas se edificó el nuevo. Tal fue el punto de partida de la civilización occidental.
Perdido en mis pensamientos, estaba persuadido de que el momento anunciado
por Séneca en Medea había llegado:
En los siglos futuros una hora llegará en que se descubrirá el gran secreto escondido en el océano, se encontrará la poderosa isla. Tetis de nuevo revelará la región y Thule, en adelante, no será más el país de la extremidad de la tierra.
Ecogramas del «Steingrund» cerca de Heligoland. Puede apreciarse en los ecogramas la disposición de los fondos marinos cercanos a Heligoland.