La Atlántida
VI. Las catástrofes naturales acaecidas alrededor del año 1200 a. C.
VI. LAS CATÁSTROFES NATURALES ACAECIDAS
ALREDEDOR DEL AÑO 1200 a. C.
Los que niegan la veracidad del relato atlántico quieren sacar provecho, como uno
de los principales argumentos que lo contradicen, del hecho que los detalles relativos
a las grandes catástrofes, acaecidas contemporáneamente a la desaparición de la
Atlántida, ocasionando con ello la migración de los atlantes, son «meras invenciones»
de Platón, quien las trae a colación como simples «especulaciones cosmológicas» que
hagan más verosímil su mito. Es muy comprensible que se haya planteado dicho
razonamiento. En sus dos diálogos, Platón expone unas catástrofes de una magnitud
tal que es muy comprensible que se le haya reprochado que sean «meras
invenciones», dada su exageración.
Según lo afirmado por Platón, las explicaciones que los sacerdotes de Sais dieron
a Solón eran que jamás en la tierra se había visto un agostamiento semejante y que
enormes incendios habían destruido grandes extensiones de tierra y de bosques; los
frecuentes rayos que habían fulgurado sobre la tierra habíanla carbonizado; se habían
producido muchos terremotos que agrietaron la superficie terrestre provocando
considerables estragos, y las fuentes y los ríos habían salido de madre. Todo esto
había originado que la isla de los atlantes fuera tragada por las aguas, pues, por
último, grandes desbordamientos y poderosas lluvias torrenciales habían inundado la
tierra. Estas catástrofes habían señalado el paso de una era templada y fértil a otra
más dura y climáticamente menos soportable.
¿Corresponden todos estos hechos a realidades históricas? ¿Tuvieron lugar en el
siglo XIII antes de nuestra era estas terribles catástrofes que asolaron de un modo
general la tierra? ¿O tienen razón los que acusan a Platón de haber dejado correr su
imaginación en este relato?
1. EL ACOSTAMIENTO Y LAS NUBES ARDIENTES
Los documentos contemporáneos no dan lugar a dudas de que todas estas
catástrofes tuvieron lugar hacia fines del siglo XIII a. C. A propósito de la sequedad y
de los grandes incendios, las inscripciones de Medinet-Habú rezan así: «Una terrible
antorcha lanzó grandes llamaradas desde lo más alto del cielo como para consumir
sus almas (de los libios) y destruir a toda la raza de su país». Edgerton apostilla a esta traducción que debe entenderse que los rayos persiguieron a los libios para aniquilar a
su descendencia. Análogamente se dice en otros lugares: «El calor (de Sekhmet)
consume su país como si estuviera en un horno. Sus huesos se queman y sus
miembros se asan». «El calor los abrasa como el fuego de un horno». «Por sus
propios pies (los libios) dirígense a… (ilegible), que bajo el azote de un ardor
inmenso sucumbe». «El ardor que allí reina ha provocado el incendio de los Nueve
Arcos». Y en relación a los pueblos del norte se dice en el mismo texto: «Sus bosques
y sus árboles se han consumido bajo el fuego». «Una inmensa llamarada les cierra el
paso» y «un mar de llamas les impide salir». Análogamente se dice del príncipe de
Amor que también ha sufrido los efectos del fuego. Repetidamente se dice de los
enemigos de Egipto que han sufrido el incendio o que el fuego los persigue.
Y el propio Egipto no escapó a estos ardores y al fuego del cielo. Un testigo
presencial nos dice a este propósito: «Puertas, muros, columnas fueron destruidos por
el fuego. El cielo está trastornado. No es posible encontrar ningún fruto, ninguna raíz.
Todo ha sido destruido, aun aquello que ayer todavía existía. Cual lino cortado, el
país se agrieta bajo el agostamiento».
En el libro del Éxodo encontramos lo que sigue: «El Señor envió truenos y piedra
y el fuego se hizo sobre la tierra y el Señor hizo llover copiosamente sobre el país de
Egipto. Hubo, pues, granizo y fuego mezclado con el granizo, y era tan intenso, cual
nunca se había visto en toda la tierra de Egipto desde que existe» (Éxodo, 9, 23 y 24).
Ovidio, en sus Metamorfosis, también hace alusión a estas convulsiones,
basándose, sin duda, en viejas fuentes de información: «La tierra arde, los montes
tiemblan, los valles se levantan, la humedad se apodera de todo, las grandes ciudades
se convierten en ruinas, al mismo tiempo que voraces incendios convierten todo lo
que queda en cenizas. Los bosques y las laderas de los altos montes cubiertas por
aquéllos son presa de las llamas. Ni la misma Escitia, aislada en sus inhóspitas
regiones, pudo salvarse. Y Libia vióse convertida en un desierto» (Metamorfosis, II).
No hay frase en esta descripción que no se pueda confirmar por conocidas
inscripciones contemporáneas o por documentos históricos o pruebas que se deducen
del estudio de las ciencias naturales.
Fue, efectivamente, durante este tiempo, es decir, a finales del siglo XIII a. C.,
cuando Libia quedó convertida en un desierto. Libia, así como muchas comarcas del
actual desierto del Sahara, era todavía en la Edad del Bronce un país feraz y
productivo debido a las aguas que por ella transcurrían. Son muchísimas las pinturas
rupestres que nos lo atestiguan representando rebaños de bueyes, de caballos, dibujos
de peces y de embarcaciones. Y estos dibujos se han encontrado en regiones en las
que hoy ni el mismo camello podría vivir mucho tiempo. También numerosas
sepulturas que se atribuyen a la época neolítica y a los comienzos de la Edad del
Bronce, así como otros hallazgos arqueológicos «de los que se pueden recoger a
carretadas», según Wolfel, contribuyen a confirmar que antiguamente Libia había
sido una región fértil y muy habitada. Pues bien: esta región, como consecuencia de los fenómenos naturales que antes se han descrito, quedó convertida en un terreno
muerto e inhabitable. Los libios buscaron su salvación en el delta del Nilo y el faraón
Merneptah nos dice: «Los libios acuden hacia Egipto, para buscar el alimento de su
cuerpo». Otra inscripción, ésta en Medinet-Habú, dice: «Los enemigos han resuelto
instalarse en Egipto y quieren apoderarse tanto de las montañas como de las
llanuras». Era, sin duda, a ello que se refería el sacerdote informante de Solón,
cuando decía: «También entonces el Nilo fue nuestro salvador».
Mientras en Libia los ríos y los lagos que eran alimentados por los manantiales
existentes en el desierto medio del Sahara se secaban, el Nilo, que entonces recibía
sus aguas del deshielo de las altas montañas cuyas cumbres rebasaban los cinco mil
metros, desbordóse por la fusión de aquellas nieves, salvando con ello a Egipto.
Ovidio dice también: «Incluso la misma Escitia no pudo salvarse de estas
calamidades». Ahora bien, hay que comprender lo que por Escitia designaba Ovidio,
quien, como muchos otros escritores de la antigüedad, designaba con este nombre a
todos los países situados en las riberas del mar del Norte. Estrabón (II, 104) describe
estos países nórdicos como «ta mechri Skython» (las regiones que circundan la
Escitia). (Diodoro V, 23, 3) denomina a toda esta región Escitia, término que también
es común en Piteas.
Y, efectivamente, en dichas regiones se han encontrado huellas de grandes
incendios, así como de una extraordinaria sequía que se puede fechar alrededor del
año 1200 a. C.
En el perfil de las simas marítimas del norte de Alemania, Jonas, director del
Instituto Oceanográfico de Papenburg, en el territorio del Ems, ha encontrado muchos
«estratos de cenizas» que corresponden hacia el año 1200 a. C. Krüger, el antiguo
director de la ingeniería naval de Wilhelmshaven, ha señalado para esta misma época
en las turberas la existencia de una capa «seca», que separa inconfundiblemente los
demás estratos. Muchas otras capas análogas correspondientes a estas fechas vienen a
confirmar esta interrupción en la formación de turberas.
La prueba más importante y decisiva de ésta era de agostamiento y sequedad de
los años vecinos al 1200 la constituye el resumen de estudios de que fueron objeto las
ciudades lacustres de Europa, es decir, los palafitos. En muchísimos lagos y ríos
europeos, más cerca o más lejos de la orilla, se han encontrado restos de poblados que
corresponden a una fecha situada entre el año 2000 y el 1200 a. C. Hasta ahora se
había venido creyendo que estos restos procedían de los llamados palafitos o casas
edificadas sobre plataformas sostenidas por unos postes hincados en el lecho de los
lagos y los ríos.
Pero a medida que se han ido estudiando con atención estas aglomeraciones
prehistóricas, se iba haciendo más denso el misterio que las envolvía. Principalmente
se planteaba el problema de qué motivo había empujado a los habitantes de aquellas
épocas a edificar estas construcciones en un clima tan templado como el europeo. Fue
entonces cuando el arqueólogo O. Paret, de Stuttgart, ahondó en la cuestión y comprobó que desde el punto de vista técnico la hipótesis propuesta para justificar
este sistema de construcción de los palafitos no era suficientemente satisfactoria.
Finalmente, «y como una súbita inspiración del verdadero pensamiento», Paret llegó
a la siguiente conclusión: los edificios situados sobre postes cuyos restos se
encontraban en lagos, ríos y marismas europeos, no eran tales casas lacustres o
palafitos, sino construcciones edificadas antiguamente en tierra firme y no en el agua.
El hecho de que hayan sido muchas las veces que se han hallado lejos del agua
demuestra que en la época en que fueron construidas el nivel del agua era más bajo
de lo que lo es hoy. La diferencia es del orden de cinco metros. Estas aglomeraciones
erigidas en momentos de sequedad en la vecindad del agua —sin agua no hay vida—
fueron evacuadas y luego inundadas cuando subió el nivel de las aguas. Puesto que en
todas partes se descubren las mismas características en los palafitos de la Europa
central y septentrional, «algo tiene que haber que produzca este fenómeno único»:
unas inundaciones sin precedentes que sucedieron a un período de sequedad absoluta.
«Los palafitos fueron un error romántico», pero son el testimonio de una catástrofe
natural de enormes proporciones que desde finales del siglo XIII a. C. produjo un
descenso insospechado de las aguas, al que sucedió un brusco cambio en sentido
contrario en todos los ríos y lagos, como puede demostrarse mediante testimonios
fehacientes. Sólo se producen estos palafitos en dos momentos de sequedad: en los
del año 2000 y en los del año 1200 a. C. Paret pudo demostrar que el segundo
período fue más largo que el primero y mucho peor en consecuencias. Y para buscar
un símil de lo que ocurrió en aquel tiempo, Paret evoca, del mismo modo que lo hizo
en el 2520 el sacerdote de Sais antes que él, el bello mito griego de Faetón, quien
tomando por su cuenta el carro solar de su padre, asoló tantos países que su
progenitor no tuvo otro remedio que inundar la Tierra con lluvias torrenciales para
apagar los incendios que se habían producido. Paret considera que este mito es una
alusión a las catástrofes naturales ocurridas en el año 1200 a. C. «Lo que hasta
entonces se consideró como un período climático ideal, revélase ahora como un clima
catastrófico que acarreó calamidades sin precedente». «Produjo el hambre sobre
todos los pueblos, que llegaron incluso a la antropofagia (restos de huesos en las
turberas de Buchau). Hambre que puso en movimiento a la mayoría de pueblos del
centro y sur de Europa y del Asia Menor, que cambió la faz del mundo antiguo y
cimentó los orígenes de un nuevo mundo. Estas calamidades fueron la causa de todos
los movimientos de pueblos que cambiaron la historia del mundo».
Todas estas observaciones y las inscripciones citadas anteriormente no dejan
lugar a dudas de que el agostamiento y los «grandes incendios» de que se habla en el
mito atlántico tuvieron realmente lugar en los tiempos en cuestión, es decir, hacia
finales del siglo XIII a. C.
Así pues, en lo concerniente a este punto, el relato de Platón no es una «libre
creación poética», sino «una historia verdadera bajo todos los aspectos».