La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 8 de 54

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La Atlántida

VI. Las catástrofes naturales acaecidas alrededor del año 1200 a. C.

VI. LAS CATÁSTROFES NATURALES ACAECIDAS

ALREDEDOR DEL AÑO 1200 a. C.

 

Los que niegan la veracidad del relato atlántico quieren sacar provecho, como uno

de los principales argumentos que lo contradicen, del hecho que los detalles relativos

a las grandes catástrofes, acaecidas contemporáneamente a la desaparición de la

Atlántida, ocasionando con ello la migración de los atlantes, son «meras invenciones»

de Platón, quien las trae a colación como simples «especulaciones cosmológicas» que

hagan más verosímil su mito. Es muy comprensible que se haya planteado dicho

razonamiento. En sus dos diálogos, Platón expone unas catástrofes de una magnitud

tal que es muy comprensible que se le haya reprochado que sean «meras

invenciones», dada su exageración.

Según lo afirmado por Platón, las explicaciones que los sacerdotes de Sais dieron

a Solón eran que jamás en la tierra se había visto un agostamiento semejante y que

enormes incendios habían destruido grandes extensiones de tierra y de bosques; los

frecuentes rayos que habían fulgurado sobre la tierra habíanla carbonizado; se habían

producido muchos terremotos que agrietaron la superficie terrestre provocando

considerables estragos, y las fuentes y los ríos habían salido de madre. Todo esto

había originado que la isla de los atlantes fuera tragada por las aguas, pues, por

último, grandes desbordamientos y poderosas lluvias torrenciales habían inundado la

tierra. Estas catástrofes habían señalado el paso de una era templada y fértil a otra

más dura y climáticamente menos soportable.

¿Corresponden todos estos hechos a realidades históricas? ¿Tuvieron lugar en el

siglo XIII antes de nuestra era estas terribles catástrofes que asolaron de un modo

general la tierra? ¿O tienen razón los que acusan a Platón de haber dejado correr su

imaginación en este relato?

 

1. EL ACOSTAMIENTO Y LAS NUBES ARDIENTES

 

Los documentos contemporáneos no dan lugar a dudas de que todas estas

catástrofes tuvieron lugar hacia fines del siglo XIII a. C. A propósito de la sequedad y

de los grandes incendios, las inscripciones de Medinet-Habú rezan así: «Una terrible

antorcha lanzó grandes llamaradas desde lo más alto del cielo como para consumir

sus almas (de los libios) y destruir a toda la raza de su país». Edgerton apostilla a esta traducción que debe entenderse que los rayos persiguieron a los libios para aniquilar a

su descendencia. Análogamente se dice en otros lugares: «El calor (de Sekhmet)

consume su país como si estuviera en un horno. Sus huesos se queman y sus

miembros se asan». «El calor los abrasa como el fuego de un horno». «Por sus

propios pies (los libios) dirígense a… (ilegible), que bajo el azote de un ardor

inmenso sucumbe». «El ardor que allí reina ha provocado el incendio de los Nueve

Arcos». Y en relación a los pueblos del norte se dice en el mismo texto: «Sus bosques

y sus árboles se han consumido bajo el fuego». «Una inmensa llamarada les cierra el

paso» y «un mar de llamas les impide salir». Análogamente se dice del príncipe de

Amor que también ha sufrido los efectos del fuego. Repetidamente se dice de los

enemigos de Egipto que han sufrido el incendio o que el fuego los persigue.

Y el propio Egipto no escapó a estos ardores y al fuego del cielo. Un testigo

presencial nos dice a este propósito: «Puertas, muros, columnas fueron destruidos por

el fuego. El cielo está trastornado. No es posible encontrar ningún fruto, ninguna raíz.

Todo ha sido destruido, aun aquello que ayer todavía existía. Cual lino cortado, el

país se agrieta bajo el agostamiento».

En el libro del Éxodo encontramos lo que sigue: «El Señor envió truenos y piedra

y el fuego se hizo sobre la tierra y el Señor hizo llover copiosamente sobre el país de

Egipto. Hubo, pues, granizo y fuego mezclado con el granizo, y era tan intenso, cual

nunca se había visto en toda la tierra de Egipto desde que existe» (Éxodo, 9, 23 y 24).

Ovidio, en sus Metamorfosis, también hace alusión a estas convulsiones,

basándose, sin duda, en viejas fuentes de información: «La tierra arde, los montes

tiemblan, los valles se levantan, la humedad se apodera de todo, las grandes ciudades

se convierten en ruinas, al mismo tiempo que voraces incendios convierten todo lo

que queda en cenizas. Los bosques y las laderas de los altos montes cubiertas por

aquéllos son presa de las llamas. Ni la misma Escitia, aislada en sus inhóspitas

regiones, pudo salvarse. Y Libia vióse convertida en un desierto» (Metamorfosis, II).

No hay frase en esta descripción que no se pueda confirmar por conocidas

inscripciones contemporáneas o por documentos históricos o pruebas que se deducen

del estudio de las ciencias naturales.

Fue, efectivamente, durante este tiempo, es decir, a finales del siglo XIII a. C.,

cuando Libia quedó convertida en un desierto. Libia, así como muchas comarcas del

actual desierto del Sahara, era todavía en la Edad del Bronce un país feraz y

productivo debido a las aguas que por ella transcurrían. Son muchísimas las pinturas

rupestres que nos lo atestiguan representando rebaños de bueyes, de caballos, dibujos

de peces y de embarcaciones. Y estos dibujos se han encontrado en regiones en las

que hoy ni el mismo camello podría vivir mucho tiempo. También numerosas

sepulturas que se atribuyen a la época neolítica y a los comienzos de la Edad del

Bronce, así como otros hallazgos arqueológicos «de los que se pueden recoger a

carretadas», según Wolfel, contribuyen a confirmar que antiguamente Libia había

sido una región fértil y muy habitada. Pues bien: esta región, como consecuencia de los fenómenos naturales que antes se han descrito, quedó convertida en un terreno

muerto e inhabitable. Los libios buscaron su salvación en el delta del Nilo y el faraón

Merneptah nos dice: «Los libios acuden hacia Egipto, para buscar el alimento de su

cuerpo». Otra inscripción, ésta en Medinet-Habú, dice: «Los enemigos han resuelto

instalarse en Egipto y quieren apoderarse tanto de las montañas como de las

llanuras». Era, sin duda, a ello que se refería el sacerdote informante de Solón,

cuando decía: «También entonces el Nilo fue nuestro salvador».

Mientras en Libia los ríos y los lagos que eran alimentados por los manantiales

existentes en el desierto medio del Sahara se secaban, el Nilo, que entonces recibía

sus aguas del deshielo de las altas montañas cuyas cumbres rebasaban los cinco mil

metros, desbordóse por la fusión de aquellas nieves, salvando con ello a Egipto.

Ovidio dice también: «Incluso la misma Escitia no pudo salvarse de estas

calamidades». Ahora bien, hay que comprender lo que por Escitia designaba Ovidio,

quien, como muchos otros escritores de la antigüedad, designaba con este nombre a

todos los países situados en las riberas del mar del Norte. Estrabón (II, 104) describe

estos países nórdicos como «ta mechri Skython» (las regiones que circundan la

Escitia). (Diodoro V, 23, 3) denomina a toda esta región Escitia, término que también

es común en Piteas.

Y, efectivamente, en dichas regiones se han encontrado huellas de grandes

incendios, así como de una extraordinaria sequía que se puede fechar alrededor del

año 1200 a. C.

En el perfil de las simas marítimas del norte de Alemania, Jonas, director del

Instituto Oceanográfico de Papenburg, en el territorio del Ems, ha encontrado muchos

«estratos de cenizas» que corresponden hacia el año 1200 a. C. Krüger, el antiguo

director de la ingeniería naval de Wilhelmshaven, ha señalado para esta misma época

en las turberas la existencia de una capa «seca», que separa inconfundiblemente los

demás estratos. Muchas otras capas análogas correspondientes a estas fechas vienen a

confirmar esta interrupción en la formación de turberas.

La prueba más importante y decisiva de ésta era de agostamiento y sequedad de

los años vecinos al 1200 la constituye el resumen de estudios de que fueron objeto las

ciudades lacustres de Europa, es decir, los palafitos. En muchísimos lagos y ríos

europeos, más cerca o más lejos de la orilla, se han encontrado restos de poblados que

corresponden a una fecha situada entre el año 2000 y el 1200 a. C. Hasta ahora se

había venido creyendo que estos restos procedían de los llamados palafitos o casas

edificadas sobre plataformas sostenidas por unos postes hincados en el lecho de los

lagos y los ríos.

Pero a medida que se han ido estudiando con atención estas aglomeraciones

prehistóricas, se iba haciendo más denso el misterio que las envolvía. Principalmente

se planteaba el problema de qué motivo había empujado a los habitantes de aquellas

épocas a edificar estas construcciones en un clima tan templado como el europeo. Fue

entonces cuando el arqueólogo O. Paret, de Stuttgart, ahondó en la cuestión y comprobó que desde el punto de vista técnico la hipótesis propuesta para justificar

este sistema de construcción de los palafitos no era suficientemente satisfactoria.

Finalmente, «y como una súbita inspiración del verdadero pensamiento», Paret llegó

a la siguiente conclusión: los edificios situados sobre postes cuyos restos se

encontraban en lagos, ríos y marismas europeos, no eran tales casas lacustres o

palafitos, sino construcciones edificadas antiguamente en tierra firme y no en el agua.

El hecho de que hayan sido muchas las veces que se han hallado lejos del agua

demuestra que en la época en que fueron construidas el nivel del agua era más bajo

de lo que lo es hoy. La diferencia es del orden de cinco metros. Estas aglomeraciones

erigidas en momentos de sequedad en la vecindad del agua —sin agua no hay vida—

fueron evacuadas y luego inundadas cuando subió el nivel de las aguas. Puesto que en

todas partes se descubren las mismas características en los palafitos de la Europa

central y septentrional, «algo tiene que haber que produzca este fenómeno único»:

unas inundaciones sin precedentes que sucedieron a un período de sequedad absoluta.

«Los palafitos fueron un error romántico», pero son el testimonio de una catástrofe

natural de enormes proporciones que desde finales del siglo XIII a. C. produjo un

descenso insospechado de las aguas, al que sucedió un brusco cambio en sentido

contrario en todos los ríos y lagos, como puede demostrarse mediante testimonios

fehacientes. Sólo se producen estos palafitos en dos momentos de sequedad: en los

del año 2000 y en los del año 1200 a. C. Paret pudo demostrar que el segundo

período fue más largo que el primero y mucho peor en consecuencias. Y para buscar

un símil de lo que ocurrió en aquel tiempo, Paret evoca, del mismo modo que lo hizo

en el 2520 el sacerdote de Sais antes que él, el bello mito griego de Faetón, quien

tomando por su cuenta el carro solar de su padre, asoló tantos países que su

progenitor no tuvo otro remedio que inundar la Tierra con lluvias torrenciales para

apagar los incendios que se habían producido. Paret considera que este mito es una

alusión a las catástrofes naturales ocurridas en el año 1200 a. C. «Lo que hasta

entonces se consideró como un período climático ideal, revélase ahora como un clima

catastrófico que acarreó calamidades sin precedente». «Produjo el hambre sobre

todos los pueblos, que llegaron incluso a la antropofagia (restos de huesos en las

turberas de Buchau). Hambre que puso en movimiento a la mayoría de pueblos del

centro y sur de Europa y del Asia Menor, que cambió la faz del mundo antiguo y

cimentó los orígenes de un nuevo mundo. Estas calamidades fueron la causa de todos

los movimientos de pueblos que cambiaron la historia del mundo».

Todas estas observaciones y las inscripciones citadas anteriormente no dejan

lugar a dudas de que el agostamiento y los «grandes incendios» de que se habla en el

mito atlántico tuvieron realmente lugar en los tiempos en cuestión, es decir, hacia

finales del siglo XIII a. C.

Así pues, en lo concerniente a este punto, el relato de Platón no es una «libre

creación poética», sino «una historia verdadera bajo todos los aspectos».