La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 31 de 54

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La Atlántida

2. El culto de las columnas del cielo

danzas sagradas de significado mágico. Éste era el caso de Creta, Delos, de la misma

Roma, en la Inglaterra prehistórica, en Visby y en Gotland; crónicas y leyendas han

perpetuado su recuerdo. Veremos más adelante que los atlantes se entregaban también

a unas danzas sagradas.

Según Krause y Schwantes, la forma circular dada a los recintos del oppidum «es

anterior a la forma en espiral adoptada más tarde para esta clase de edificios»; los

círculos concéntricos son característicos del neolítico. Schwantes precisa a propósito

de esto: «Ciertos grabados rupestres escandinavos reproducen un dibujo idéntico». El

más célebre de estos alineamientos solares es el de Stonehenge, en el Wiltshire, en

Inglaterra.

¿Cómo, entonces, suponer que Platón imaginó la existencia de estos laberintos?

Pero todo hace pensar que, siendo el primero de todos, el laberinto sirvió de modelo a

los otros.

Según el relato platónico, el laberinto de Basileia fue edificado por Poseidón en

una época en que «no existían todavía ni naves, ni navegación» (Critias, 113); por sus

dimensiones era el mayor en su género y su decoración la más espléndida de todos

los alineamientos solares. Además, se encontraba sobre una isla sagrada, metrópoli

religiosa del espacio nórdico, donde se rendía culto a las columnas del cielo.

Admitiendo que estos laberintos hubiesen tenido un modelo, éste debería ser el

recinto sagrado de Basileia, principal ciudad de los atlantes.

Por otra parte, ¡poco importa! Lo que cuenta es que esté probada la existencia, en

Basileia, de recintos concéntricos atestiguada por Platón y Solón. El relato de un

testigo que había visto el mismo laberinto sagrado de Basileia sirvió de base a su

narración.

 

2. EL CULTO DE LAS COLUMNAS DEL CIELO

 

Como resultado de los estudios que ha consagrado a los oppida nórdicos, Krause

ha llegado a la siguiente conclusión: «En el centro de los círculos concéntricos que

representan el camino recorrido por el sol en el firmamento, se levantaba una

columna formando eje, símbolo de la columna que sostenía el cielo». Pero, en apoyo

de esta tesis, perfectamente plausible por otra parte, Krause no suministra ninguna

prueba, lo cual hubiese sido fácil. Bastaba leer el relato de Platón para descubrirla.

 

Pero la autoridad de los reyes unos sobre otros y sus relaciones estaban reguladas según los decretos de

Poseidón. La tradición lo prescribía, así como una inscripción grabada por los primeros reyes sobre una columna de oricalco que se hallaba en el centro de la isla, en el templo de Poseidón.

 

Esta columna levantada en el santuario, en el punto central respecto a los cinco

recintos de Basileia, era ciertamente una «columna del cielo». Platón indica que el

toro ofrecido en sacrificio a Poseidón era despedazado en su cima; ésta, en forma de

horca, hacía oficio de plataforma. Un vaso filisteo de 1160 a. C. muestra el aspecto

que presentaba esta columna; se parecía al irminsul de los sajones, tal como la

escultura de Ester la representa. Rudolf von Fulda, historiador de la Edad Media,

narra que los sajones adoraban las columnas del cielo: «Levantaban un tronco de

árbol, más alto que los demás, y lo adoraban; le llamaban irminsul, palabra que

significa “columna del universo”».

Los sajones se imaginaban que esta columna sostenía el cielo y la bóveda

cósmica; simbolizaba el mantenimiento y la perennidad del orden natural. Se le

ofrecían sacrificios y se la bañaba con sangre del toro. Este culto era el de los

germanos, fineses, lapones, de los pueblos del Ural y del Altai, de los viejos

habitantes de las islas Canarias, de los bereberes, de los egipcios, sumerios y de los

indios; se trata, pues, de una creencia universalmente generalizada y una de las más

antiguas religiones conocidas.

Otto Siegfried Reuter, especialista en astronomía germánica, ha demostrado que

esta concepción no había podido nacer en otra parte más que en el norte de Europa:

«Es solamente en el septentrión donde una columna levantada verticalmente señala el

norte; más al sur, sería preciso inclinarla para obtener el mismo resultado. Puesto que

este culto existía igualmente entre los pueblos meridionales, sumerios y egipcios, es

preciso que fuese importado en la época de las grandes emigraciones».

La concepción, esencialmente nórdica, de la columna sosteniendo la bóveda

cósmica estaba extendida en Egipto en tiempos de Tuthmosis III (1500 a. C.); una

inscripción contemporánea lo atestigua. Sobre otra, del reinado de Ramsés II (1292-

1232 a. C.), se lee que la autoridad y la gloria de este faraón «eran conocidas desde

los países del sur, habitados por los hombres de raza negra, hasta los límites de la

oscuridad, allí donde se levantan las columnas del cielo». En un libro sagrado escrito

en vida de Ramsés III, se encuentra igualmente esta frase: «Los dioses que llevan el

cielo viven en el norte, reino de la oscuridad». Por último, el Antiguo Testamento

(Job, XXVI, 10-11) hace, también, alusión a las columnas del cielo: «Límites entre la

luz y las tinieblas, las columnas del cielo se mueven».

Los griegos las llaman «columnas de Atlas»; la leyenda cuenta que Atlas, cuyo

nombre se perpetúa en el de la Atlántida, demostró a los hombres el movimiento de

las estrellas. Tal es el origen del tema mitológico: Atlas, apoyo del cielo. En la

Odisea (II, 52), Homero describe así a Atlas: «El que vigila, a solas, sobre las altas

columnas que guardan el cielo, separado de la tierra». Hesíodo indica en qué lugar

del mundo Atlas sostiene las columnas: «En el extremo de la tierra, delante del antro

de la noche, allí donde el día y la noche se confunden y convergen». Pues bien, como hemos visto en varias ocasiones, por «límites de la oscuridad», por «antro de la

noche», etc., los antiguos entendían los países del septentrión; de ahí viene el nombre

«estela de boreios» con que denominaban a las columnas del cielo.

 

Representaciones de las «columnas del Cielo» . La columna celeste o «irminsul» está representada a la izquierda en un vaso filisteo de 1160 a. C.; a la derecha, en el grabado rupestre de Extern.

 

Más tarde, otra leyenda sustituyó a la primera: Atlas habría confiado a Herakles

(Hércules) la custodia de las columnas del cielo; es lo que explica que a partir de esta

época los escritores y cronistas de la antigüedad no hablan más que de las «columnas

de Hércules». A partir de los siglos VI y V a. C., la expresión se aplica al estrecho de

Gibraltar. Apolodoro precisa, sin embargo, que las columnas confiadas por Atlas a

Hércules no estaban situadas al oeste, sino al norte de Grecia, en la región habitada

por los hiperbóreos. La leyenda griega es formal: los hiperbóreos vivían sobre las

riberas del océano, «en el norte, en el país del ámbar», cerca de la desembocadura del

Erídano.

De este modo se encuentra confirmada la hipótesis según la cual las columnas de

Atlas-Hércules, objeto del culto de los atlantes, se levantaban en el recinto sagrado de

Basileia.

En época más tardía, Tácito dice de estas columnas: «Se conservaron hasta

nuestros días». Según él, Druso Germánico habría intentado encontrarlas, «pero el

océano solo se lo impidió». En su descripción de los países del norte, Séneca

manifiesta también: «Estas columnas son el eje de todas las cosas»; se encuentran «en

el mar de limo», «en la extremidad del mundo», «en las fronteras de la oscuridad»,

«en medio de aguas sagradas», «allí donde los dioses tienen sus escondrijos».

Los testimonios, múltiples y diversos, que acabamos de enumerar prueban que las

denominaciones «columnas del cielo, de Atlas, de Hércules», se aplican al

monumento que se elevaba en el centro del santuario de Basileia: el templo de

Poseidón. E incluso cuando Tácito indica: «Estas columnas fueron conservadas hasta

nuestros días», eso no es de ninguna manera inverosímil.

En un capítulo anterior hemos visto, en efecto, que en el momento de la fase de

regresión de los mares, al principio de la Edad del Hierro, Basileia había resurgido y que entre los siglos IV y I a. C. la isla había sido de nuevo colonizada.