La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 24 de 54

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La Atlántida

6. La existencia de cobre en Basileia

Durante mucho tiempo se creyó que la isla del ámbar de los antiguos era

Heligoland; su situación delante de la desembocadura del Erídano (Eider, a un día de

navegación del continente) era conforme a las indicaciones suministradas por los

escritores y los cronistas de la antigüedad.

Los estudios a los cuales se entregó el geólogo E. Wasmund demostraron la

falsedad de esta hipótesis. Sus conclusiones son claras: «La razón por la cual no ha

habido nunca ámbar en Heligoland es la siguiente: el ámbar no ha podido formarse

sobre el gres y sobre la caliza que constituyen el sustrato de la isla. Sin embargo, es

en Eiderstedt, sobre la costa occidental de Jutlandia, donde las tempestades del oeste

arrojan la mayor cantidad de ámbar amarillo; lógicamente, los yacimientos se

encuentran al oeste de Eiderstedt y al este de Heligoland». Haciendo suya la tesis de

Wasmund, en 1936, el arqueólogo Ch. Delff, de Husum, escribió: «La isla del ámbar

se encontraba al este de Heligoland, a quince o veinte kilómetros de Sankt Peter,

pueblo situado en la punta de la península de Eiderstedt». Estudiando la cuestión, E.

Wasmund constata que esta isla está erosionada por las olas: «Estaba situada al

sudoeste de la península de Eiderstedt, en el lugar donde unos depósitos arcillosos y

aluviales de origen terciario, conteniendo ámbar y partículas de carbón, recubren el

zócalo de gres». Hennig también coloca la Basileia de Piteas «a medio camino entre

Heligoland y Eiderstedt». En realidad estos geólogos y arqueólogos sitúan la isla del

ámbar en el mismo sitio donde se encontraba la «isla del oricalco» descrita por

Platón.

 

6. LA EXISTENCIA DE COBRE EN BASILEIA

 

Platón insiste sobre el hecho de que los habitantes de Basileia «lo extraían (el

cobre) bajo una forma dura o maleable» (Critias, 114).

Durante siglos, se olvidó que Heligoland encerraba un yacimiento de mineral de

cobre; sin embargo, los geólogos señalan la existencia de filones cupríferos en la isla.

Los análisis del geólogo Bolton prueban que la roca de Heligoland «está

impregnada de carbonato de cobre». Las olas arrastran las partículas en las cavidades

del roquedo; lavadas y batidas por la resaca forman las drusas, acumulaciones

minerales. Se encuentran por todo el litoral de Heligoland en los agujeros del

roquedo.

La presencia del mineral de cobre en las capas blancas, verdes y rojizas del macizo de gres abigarrado que forma la punta nordeste de la isla es innegable; la roca

está impregnada de protóxido de cobre. Bolton precisa: «El carbonato ha formado

vetas de mineral rojo que encierra cristales de cobre maleable». Los hay que son

grandes como guisantes; Hoffmann descubrió dos que pesaban, respectivamente,

doscientos cincuenta y trescientos setenta y cinco gramos. Sometidos al análisis

espectral, se ha demostrado que se trataba de cobre prácticamente puro.

Como el gres cuprífero es más resistente que las rocas que lo rodean, se

encuentran guijarros conteniendo cobre sobre todo el contorno de Heligoland; la

proporción de metal es muy elevada.

A propósito del yacimiento de cobre de Heligoland, el geólogo W. Wetzel, de

Kiel, escribe: «La roca contiene muchas variedades de minerales cupríferos; algunos

se presentan bajo la forma de óxido de cobre (Cu O), otros bajo el aspecto de sulfuras 2

con brillo metálico (Cu S), otros aún bajo forma de cristales; esto vale sobre todo 2

para la capas superiores de gres abigarrado. Al parecer, incluso se ha encontrado

mineral de plata maleable en Heligoland. Una parte de la isla ahora desaparecida

llevaba el nombre “de placa de cobre”».

Según el geólogo Schreiter, los antiguos conocían ya la existencia de este

yacimiento cuprífero. En la Edad del Bronce, los pueblos nórdicos poseían ya una

gran experiencia en materia de trabajo de los metales, y del cobre en particular. ¿No

habrían los atlantes aprovechado los yacimientos de Heligoland, situados en las

cercanías de su capital, Basileia? Como Platón narra que los habitantes de la

Atlántida extraían del suelo de su isla «cobre bajo una forma dura y maleable», debe

aludir a la explotación de los yacimientos de Heligoland.

Un pasaje del relato de la Atlántida se refiere quizás a la manera como los

habitantes de Basileia procedían para la extracción del mineral de cobre de

Heligoland; en Critias (115), Platón señala:

 

Sacaron la piedra necesaria de debajo de la periferia de la isla central y del interior de los muros del recinto… Al mismo tiempo que extraían la piedra, abrieron en el interior de la isla dos refugios para navíos, con la roca misma para tejado.

 

Parece inverosímil que los habitantes de Basileia utilizasen cantidades de piedra

tan importantes para edificar simplemente las murallas y los templos de su ciudad;

por otra parte, no se ve por qué razón habrían abierto refugios subterráneos. ¿No

disponían de excelentes y numerosos muelles? (Critias, 115,117). Sin embargo,

puesto que el carbonato de cobre, arrojado por la resaca, se depositaba en las

cavernas y en las costas de la isla, la explotación era más provechosa en las cavernas

y anfractuosidades. Los atlantes ensancharon las cavidades naturales, que les

sirvieron a continuación para resguardar sus navíos. El hecho que el informador al

que Platón debe su conocimiento de Basileia no se acordara del origen de las

cavernas prueba quizá la antigüedad de estas instalaciones.

Witter y Otto, los dos especialistas en metalurgia prehistórica, han probado que los antiguos supieron muy pronto trabajar el cobre; al comienzo de la Edad del

Bronce, no utilizaban más que el cobre puro. Más tarde, aprendieron a tratar con

ácidos los minerales impuros, cobre mezclado con óxido por ejemplo, y más tarde

todavía, los sulfuras de cobre. Al principio, trabajaban el cobre con martillo; después,

en la Edad del Bronce, el hombre aprendió a construir hornos que, gracias a las altas

temperaturas obtenidas, permitieron la fundición del metal. La mayor parte de objetos

en bronce que datan de este período contienen 86 % de cobre puro y 14 % de estaño.

¿Cuál era la procedencia del cobre puro utilizado al principio y hacia la mitad de

la Edad del Bronce? Los yacimientos húngaros, de gran proporción cuprífera,

suministraron quizá la materia prima. Es posible. ¿Pero por qué los de Heligoland no

habrían sido objeto también de una explotación intensiva? El descubrimiento de

placas, perlas de collares, hachas, «franciscas» de cobre, en las tumbas del área

nórdica, y el hecho de que los más antiguos utensilios sean productos de las

civilizaciones litorales megalíticas, confirman, al parecer, esta hipótesis. A este

propósito, el profesor Schwantes, de Kiel, hace observar: «Está probado que son

principalmente las poblaciones megalíticas establecidas en el litoral las que

generalizaron el empleo de los objetos de cobre». Witter, asimismo, llega a una

conclusión idéntica. Además, no se puede negar que las hachas y las «franciscas» de

cobre imitan las hachas y las «franciscas» de piedra de las épocas anteriores, armas

características de los pueblos megalíticos del norte de Europa que sirvieron de

modelo. Para fabricarlas, se utilizó el cobre puro, extraído en el mismo lugar.

¿Cómo las enormes cantidades de cobre necesarias para la fabricación de objetos

y utensilios de bronce habrían podido ser exclusivamente importadas de Hungría? Y,

si éste fuera el caso, aparecería en Hungría «la moneda trueque», o sea los productos

de cambio originarios del espacio nórdico, el ámbar, por ejemplo. Pues bien, nada de

esto se encuentra. Todo lleva a creer que los hiperbóreos se servían del cobre puro y

de los minerales cupríferos de Heligoland; esto explica, por otra parte, la existencia

de inmensas canteras en esta isla en la Edad del Bronce. Una de ellas, la de

«Uthland», se conserva en la actualidad.

En el año 1000 de nuestra era, los monjes que se establecieron de nuevo en

Heligoland, inhabitado durante dos milenios, aluden a dichas huellas. Se cree que el

volumen de la roca extraída alcanzó medio millón de metros cúbicos. Si creemos a

Platón, la extracción se hacía no en un punto determinado, sino en todo el contorno

de la isla, en sectores ahora desaparecidos. En el transcurso de los siglos, las

cantidades extraídas fueron tan importantes que es imposible que los atlantes las

utilizasen sólo para la construcción de murallas y edificios. La hipótesis según la cual

habrían sacado las capas cupríferas es pues perfectamente posible.

Cuando Platón indica que los atlantes «revistieron de cobre, que formaba como

una pintura, el muro que rodeaba el recinto, más exterior», es evidente que exagera.

Sin embargo, los responsables de esta «fanfarronería» no son, al parecer, ni Platón, ni

Solón, sino los propios hiperbóreos. Las leyendas de Heligoland mencionan la existencia de una ciudad donde reinaba una riqueza y una opulencia extraordinarias,