La Atlántida
II. Las leyendas nórdicas en la «Odisea»
1. LOS CONDUCTORES DE LOS MUERTOS
Como hemos visto precedentemente, el recuerdo de «la isla del ámbar» se
perpetuó en las leyendas de los pueblos ribereños del Mar del Norte bajo los nombres
de «campos de ámbar», de «torre» o de «castillo del ámbar». En todos, la tierra
hundida es designada por las expresiones «isla de los muertos» o «isla de los
bienaventurados».
Las primeras alusiones a esta tradición se encuentran en las leyendas relativas a
los hiperbóreos. El filólogo Schroder ha probado que el «fondo» folklórico griego se
formó en la época de la colonización de Grecia (siglos XII y XII a. C.); los propios
hiperbóreos introdujeron estas leyendas en la península helénica. Según la tradición
griega, los hiperbóreos vienen del océano del norte, de la costa del ámbar; el Erídano,
río que arrastra fragmentos de ámbar, riega su país. Mayor que Sicilia, se extiende de
norte a sur y una vasta extensión fangosa e infranqueable bordea su litoral.
El «país de los hiperbóreos» es, pues, la península címbrica y las comarcas que la
prolongan hacia el sur.
Siempre a propósito de los hiperbóreos, la leyenda narra que en la costa de su país
hay barcos dispuestos a zarpar para llevar los muertos hacia «la isla de los
bienaventurados». Si tenemos que creer al comentador y gramático griego Tzetzés,
numerosos poetas y escritores antiguos (Hesíodo, Homero, Licofrón, Plutarco,
Filostrato, Dion Casio y otros) incorporaron a sus escritos leyendas referentes a las
islas de los muertos y a los conductores de los difuntos; los conocían gracias a los
propios barqueros y a los habitantes de las comarcas vecinas. En el siglo VI de nuestra
era, Procopio alude también a ellos en su historia de las campañas del emperador
Justiniano contra las tierras germánicas. Actualmente, estas leyendas se encuentran
todavía en el folklore de Frisia y del Schleswig. Una de las más curiosas, propia de
Frisia, habla del viaje emprendido por las almas a «Aland la blanca». Sus barcos
estaban dispuestos a zarpar, la noche más negra del año, Julnacht; sólo entonces las
almas subían a bordo. Cuando el barco estaba lleno, cruzaba él mismo, «contra el
viento y las olas» y «más rápido que el pájaro», en dirección a la isla de los muertos.
Los pescadores guardaban silencio durante la travesía, y la leyenda precisa: «No se
oía ningún sonido, sino murmullos y silbidos apagados, análogos al ruido que hacen
los ratones bajo la paja». Llegadas a destino, las almas abandonaban la embarcación; inmediatamente las barcas regresaban a fuerza de vela, pues al amanecer tenían que
estar de vuelta al puerto.
Ya Friedrich Gottlieb Welcker demuestra que ciertos detalles de la descripción del
país de los feacios, tal como figuran en la Odisea, correspondían a las referencias que
poseemos sobre los conductores nórdicos. En su libro Los feacios de Homero y las
islas de los muertos, publicado en 1845, explica: «Los feacios descienden en línea
recta de los héroes de las leyendas hiperbóreas». O, dicho de otro modo, es preciso
buscar la patria de los feacios en los países ribereños del Mar del Norte.
Esta sugerencia suscitó muchas protestas; se ridiculizó a Welcker, se le atacó con
una extraña violencia. Mayer trata su tesis de «doctrina inconsciente», de
«razonamiento desconsiderado»; Dorpfeld, de «aberración fatal»; Brenning, el
antiguo director de la Escuela de Navegación de Bremen, de «una broma ingeniosa».
En cuanto a Hennig, resalta: «Sólo en la cabeza de un sabio alemán, encerrado en su
torre de marfil, pudo germinar esta idea: los feacios son los conductores de la leyenda
frisia. ¡Bonito ejemplo de pedantería alemana!». Preller, por último, expuso las
razones, que creía definitivas, justificando que la hipótesis de Welcker fuera
rechazada, en esta pregunta: «¿Cómo, en esta época, los griegos habían tenido
conocimiento de esta leyenda?».
Pues bien, como hemos visto, Homero estaba perfectamente informado de las
condiciones existentes en los países nórdicos. Pretender que al final del segundo
milenio a. C. el área nórdica formaba una entidad geográfica aislada, cuya existencia
ignoraban los mediterráneos, es una necedad. El comercio del ámbar y las relaciones
comerciales, y luego la invasión hiperbórea del sudeste de Europa, en 1200 antes de
nuestra era, esparcieron las leyendas y los mitos nórdicos en el área mediterránea.
Afirmar lo contrario es negar la evidencia.
Nada es más fácil que controlar la exactitud de la tesis de Welcker; la
comparación entre las referencias de Homero sobre los feacios y las leyendas
nórdicas de los conductores de los muertos es más que suficiente.
En el canto VIII de la Odisea (verso 555 y siguientes), Alcínoo, rey de los
feacios, pregunta a Ulises:
Dinos cuál es tu tierra y tu pueblo y la ciudad donde deberán llevarte nuestras embarcaciones feacias, que, dotadas de razón, bogan sin el piloto y el timón que tienen las otras naves; saben adivinar, ellas mismas, los deseos y los pensamientos de los hombres; conocen las ciudades y las fértiles campiñas del mundo entero, hacen sus travesías sobre el abismo de los mares sin temer ni la menor avería ni la pérdida entre las brumas y las nubes que los cubren.
En el canto XIII (verso 70 y siguientes) se lee igualmente:
Cuando hubieron alcanzado la nave y el mar, los nobles conductores se apresuraron a tomar los víveres para la ruta y a depositarlos en el fondo del barco; luego, con sábanas de lino hicieron para Ulises, sobre la cubierta de popa, una cama donde el héroe podría dormir lejos del ruido. Entonces se embarcó y se acostó sin decir nada; en orden, los remeros tomaron asiento en sus bancos; de la piedra agujereada se desató la amarra y muy pronto, con las espaldas encorvadas, en el rocío del oleaje y la espuma hundían el remo.
Pero ya sobre sus ojos cae un dulce sueño, sin sobresalto, idéntico a la paz de la muerte: como, delante del carro, se ven cuatro caballos de raza lanzarse a la llanura y encabritarse todos juntos y devorar la ruta bajo los chasquidos del látigo, así apuntaba la proa y, en los borbotones de la estela, rebullía el mar resonante. Y la embarcación corría sin sacudidas y sin riesgo, y el gavilán, el más rápido de los pájaros, no la habría seguido.
Corría, volaba, hendiendo la superficie de los mares, llevando a este héroe de divinos pensamientos, cuya alma había conocido, en otro tiempo, tantas angustias. Ahora, sin un gesto, dormía, olvidando todos los males sufridos.
En la hora en punto en que aparece la reina de las estrellas para anunciar el amanecer en su cuna de bruma, la nave, acabando su carrera por el mar, llegaba a Itaca. El viejo del mar, Forquis, tiene en los campos de Itaca uno de sus puertos. En este puerto, conocido por ellos, penetran los feacios. Encallan sobre la arena y casi una mitad de su nave queda a seco, ¡hasta tal punto los brazos de los remeros habían dado impulso! Saltan fuera de los bancos, y, de lo profundo del barco, levantan a Ulises en sus sábanas y su lino aterciopelado; luego, sin romper su sueño, lo ponen en la arena.
Por último, en el canto VII de la Odisea, Homero narra que los feacios llevan por
el mar a Radamanto, el juez de la isla de los muertos, y lo vuelven en seguida a su
morada. Ya en la antigüedad, este pasaje de la Odisea llamó la atención de los
comentaristas de los poemas históricos, llegando a la conclusión de que el país de los
feacios y la isla de los muertos debían encontrarse en la misma región.
Si se comparan las referencias suministradas por Homero sobre los feacios y las
de las leyendas nórdicas que se refieren a los conductores fúnebres, se impone una
seguridad: unos y otros tienen un origen común.
Una de las objeciones hechas a Welcker, que afirmaba que los feacios son los
conductores de la leyenda frisia, es que Homero describió los primeros como seres de
carne y hueso, mientras que los pilotos hiperbóreos eran unos fantasmas.
Este argumento es nulo; los conductores eran también hombres y no sombras. Se
conocía incluso el nombre de uno de ellos, Jan Hugen, un pescador que poseía una
embarcación, mujer e hijos. Hablando de los conductores fúnebres, Procopio precisa
que pescaban, conducían sus naves, practicaban la agricultura y pagaban tributo a los
jefes de los poblados francos.
Asimismo, el término «feacios» utilizado por Homero recuerda los «conductores
negros», nombre que daban a los barqueros las leyendas nórdicas. Pues, bien; feacio
viene del adjetivo phaios (negro), color de la muerte y del luto. En traducción literal,
phaiakoí significa «los negros»; Homero los califica: pompoi apemones hapanton, es
decir, «los seguros barqueros de todos». Es más, incluso precisa que los barcos de los
feacios tienen el casco pintado de negro; las barcas de los barqueros nórdicos, las
velas y los trajes de los hombres de la tripulación eran igualmente negros.
Según Homero, los «negros conductores» cruzan los mares «más rápidos que el
pensamiento», «más veloces que el gavilán»; lo mismo ocurre con los de la leyenda
frisia. Aparecen y desaparecen con la celeridad del relámpago. Según Procopio, sus
barcos alcanzan, en una hora, una distancia que una nave ordinaria emplearía en
recorrer «más de un día y una noche». Las embarcaciones de los feacios prescinden
de galgos y de timones; se dirigen sin miedo alguno, no temiendo «ni la menor avería
ni la pérdida entre las brumas y las nubes». El patrón Jan Hugen de la leyenda nórdica declara: «En el mar, ya no soy yo mismo; a pesar de la bruma y de la noche,