La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 49 de 54

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La Atlántida

II. Las leyendas nórdicas en la «Odisea»

 

1. LOS CONDUCTORES DE LOS MUERTOS

 

Como hemos visto precedentemente, el recuerdo de «la isla del ámbar» se

perpetuó en las leyendas de los pueblos ribereños del Mar del Norte bajo los nombres

de «campos de ámbar», de «torre» o de «castillo del ámbar». En todos, la tierra

hundida es designada por las expresiones «isla de los muertos» o «isla de los

bienaventurados».

Las primeras alusiones a esta tradición se encuentran en las leyendas relativas a

los hiperbóreos. El filólogo Schroder ha probado que el «fondo» folklórico griego se

formó en la época de la colonización de Grecia (siglos XII y XII a. C.); los propios

hiperbóreos introdujeron estas leyendas en la península helénica. Según la tradición

griega, los hiperbóreos vienen del océano del norte, de la costa del ámbar; el Erídano,

río que arrastra fragmentos de ámbar, riega su país. Mayor que Sicilia, se extiende de

norte a sur y una vasta extensión fangosa e infranqueable bordea su litoral.

El «país de los hiperbóreos» es, pues, la península címbrica y las comarcas que la

prolongan hacia el sur.

Siempre a propósito de los hiperbóreos, la leyenda narra que en la costa de su país

hay barcos dispuestos a zarpar para llevar los muertos hacia «la isla de los

bienaventurados». Si tenemos que creer al comentador y gramático griego Tzetzés,

numerosos poetas y escritores antiguos (Hesíodo, Homero, Licofrón, Plutarco,

Filostrato, Dion Casio y otros) incorporaron a sus escritos leyendas referentes a las

islas de los muertos y a los conductores de los difuntos; los conocían gracias a los

propios barqueros y a los habitantes de las comarcas vecinas. En el siglo VI de nuestra

era, Procopio alude también a ellos en su historia de las campañas del emperador

Justiniano contra las tierras germánicas. Actualmente, estas leyendas se encuentran

todavía en el folklore de Frisia y del Schleswig. Una de las más curiosas, propia de

Frisia, habla del viaje emprendido por las almas a «Aland la blanca». Sus barcos

estaban dispuestos a zarpar, la noche más negra del año, Julnacht; sólo entonces las

almas subían a bordo. Cuando el barco estaba lleno, cruzaba él mismo, «contra el

viento y las olas» y «más rápido que el pájaro», en dirección a la isla de los muertos.

Los pescadores guardaban silencio durante la travesía, y la leyenda precisa: «No se

oía ningún sonido, sino murmullos y silbidos apagados, análogos al ruido que hacen

los ratones bajo la paja». Llegadas a destino, las almas abandonaban la embarcación; inmediatamente las barcas regresaban a fuerza de vela, pues al amanecer tenían que

estar de vuelta al puerto.

Ya Friedrich Gottlieb Welcker demuestra que ciertos detalles de la descripción del

país de los feacios, tal como figuran en la Odisea, correspondían a las referencias que

poseemos sobre los conductores nórdicos. En su libro Los feacios de Homero y las

islas de los muertos, publicado en 1845, explica: «Los feacios descienden en línea

recta de los héroes de las leyendas hiperbóreas». O, dicho de otro modo, es preciso

buscar la patria de los feacios en los países ribereños del Mar del Norte.

Esta sugerencia suscitó muchas protestas; se ridiculizó a Welcker, se le atacó con

una extraña violencia. Mayer trata su tesis de «doctrina inconsciente», de

«razonamiento desconsiderado»; Dorpfeld, de «aberración fatal»; Brenning, el

antiguo director de la Escuela de Navegación de Bremen, de «una broma ingeniosa».

En cuanto a Hennig, resalta: «Sólo en la cabeza de un sabio alemán, encerrado en su

torre de marfil, pudo germinar esta idea: los feacios son los conductores de la leyenda

frisia. ¡Bonito ejemplo de pedantería alemana!». Preller, por último, expuso las

razones, que creía definitivas, justificando que la hipótesis de Welcker fuera

rechazada, en esta pregunta: «¿Cómo, en esta época, los griegos habían tenido

conocimiento de esta leyenda?».

Pues bien, como hemos visto, Homero estaba perfectamente informado de las

condiciones existentes en los países nórdicos. Pretender que al final del segundo

milenio a. C. el área nórdica formaba una entidad geográfica aislada, cuya existencia

ignoraban los mediterráneos, es una necedad. El comercio del ámbar y las relaciones

comerciales, y luego la invasión hiperbórea del sudeste de Europa, en 1200 antes de

nuestra era, esparcieron las leyendas y los mitos nórdicos en el área mediterránea.

Afirmar lo contrario es negar la evidencia.

Nada es más fácil que controlar la exactitud de la tesis de Welcker; la

comparación entre las referencias de Homero sobre los feacios y las leyendas

nórdicas de los conductores de los muertos es más que suficiente.

En el canto VIII de la Odisea (verso 555 y siguientes), Alcínoo, rey de los

feacios, pregunta a Ulises:

 

Dinos cuál es tu tierra y tu pueblo y la ciudad donde deberán llevarte nuestras embarcaciones feacias, que, dotadas de razón, bogan sin el piloto y el timón que tienen las otras naves; saben adivinar, ellas mismas, los deseos y los pensamientos de los hombres; conocen las ciudades y las fértiles campiñas del mundo entero, hacen sus travesías sobre el abismo de los mares sin temer ni la menor avería ni la pérdida entre las brumas y las nubes que los cubren.

 

En el canto XIII (verso 70 y siguientes) se lee igualmente:

 

Cuando hubieron alcanzado la nave y el mar, los nobles conductores se apresuraron a tomar los víveres para la ruta y a depositarlos en el fondo del barco; luego, con sábanas de lino hicieron para Ulises, sobre la cubierta de popa, una cama donde el héroe podría dormir lejos del ruido. Entonces se embarcó y se acostó sin decir nada; en orden, los remeros tomaron asiento en sus bancos; de la piedra agujereada se desató la amarra y muy pronto, con las espaldas encorvadas, en el rocío del oleaje y la espuma hundían el remo.

Pero ya sobre sus ojos cae un dulce sueño, sin sobresalto, idéntico a la paz de la muerte: como, delante del carro, se ven cuatro caballos de raza lanzarse a la llanura y encabritarse todos juntos y devorar la ruta bajo los chasquidos del látigo, así apuntaba la proa y, en los borbotones de la estela, rebullía el mar resonante. Y la embarcación corría sin sacudidas y sin riesgo, y el gavilán, el más rápido de los pájaros, no la habría seguido.

Corría, volaba, hendiendo la superficie de los mares, llevando a este héroe de divinos pensamientos, cuya alma había conocido, en otro tiempo, tantas angustias. Ahora, sin un gesto, dormía, olvidando todos los males sufridos.

En la hora en punto en que aparece la reina de las estrellas para anunciar el amanecer en su cuna de bruma, la nave, acabando su carrera por el mar, llegaba a Itaca. El viejo del mar, Forquis, tiene en los campos de Itaca uno de sus puertos. En este puerto, conocido por ellos, penetran los feacios. Encallan sobre la arena y casi una mitad de su nave queda a seco, ¡hasta tal punto los brazos de los remeros habían dado impulso! Saltan fuera de los bancos, y, de lo profundo del barco, levantan a Ulises en sus sábanas y su lino aterciopelado; luego, sin romper su sueño, lo ponen en la arena.

 

Por último, en el canto VII de la Odisea, Homero narra que los feacios llevan por

el mar a Radamanto, el juez de la isla de los muertos, y lo vuelven en seguida a su

morada. Ya en la antigüedad, este pasaje de la Odisea llamó la atención de los

comentaristas de los poemas históricos, llegando a la conclusión de que el país de los

feacios y la isla de los muertos debían encontrarse en la misma región.

Si se comparan las referencias suministradas por Homero sobre los feacios y las

de las leyendas nórdicas que se refieren a los conductores fúnebres, se impone una

seguridad: unos y otros tienen un origen común.

Una de las objeciones hechas a Welcker, que afirmaba que los feacios son los

conductores de la leyenda frisia, es que Homero describió los primeros como seres de

carne y hueso, mientras que los pilotos hiperbóreos eran unos fantasmas.

Este argumento es nulo; los conductores eran también hombres y no sombras. Se

conocía incluso el nombre de uno de ellos, Jan Hugen, un pescador que poseía una

embarcación, mujer e hijos. Hablando de los conductores fúnebres, Procopio precisa

que pescaban, conducían sus naves, practicaban la agricultura y pagaban tributo a los

jefes de los poblados francos.

Asimismo, el término «feacios» utilizado por Homero recuerda los «conductores

negros», nombre que daban a los barqueros las leyendas nórdicas. Pues, bien; feacio

viene del adjetivo phaios (negro), color de la muerte y del luto. En traducción literal,

phaiakoí significa «los negros»; Homero los califica: pompoi apemones hapanton, es

decir, «los seguros barqueros de todos». Es más, incluso precisa que los barcos de los

feacios tienen el casco pintado de negro; las barcas de los barqueros nórdicos, las

velas y los trajes de los hombres de la tripulación eran igualmente negros.

Según Homero, los «negros conductores» cruzan los mares «más rápidos que el

pensamiento», «más veloces que el gavilán»; lo mismo ocurre con los de la leyenda

frisia. Aparecen y desaparecen con la celeridad del relámpago. Según Procopio, sus

barcos alcanzan, en una hora, una distancia que una nave ordinaria emplearía en

recorrer «más de un día y una noche». Las embarcaciones de los feacios prescinden

de galgos y de timones; se dirigen sin miedo alguno, no temiendo «ni la menor avería

ni la pérdida entre las brumas y las nubes». El patrón Jan Hugen de la leyenda nórdica declara: «En el mar, ya no soy yo mismo; a pesar de la bruma y de la noche,