La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 10 de 54

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La Atlántida

VII. Las campañas bélicas de los Atlantes

 

1. CONTRA EGIPTO

 

Las expediciones militares de los atlantes, igual que ocurre con los cataclismos

naturales y las catástrofes mencionadas por Platón, se han considerado sin más como

del dominio de la fábula. Incluso los eruditos que llegan a admitir que dentro del

relato de Platón «hay algún atisbo de verdad», como Adolf Schulten y Wilhelm

Brandenstein —este último, titular de la cátedra de filología de la Universidad de

Graz y el primero profesor de Historia Antigua residente durante muchos años en

España— consideran todo lo que hace referencia a las campañas de los atlantes como

«algo que flota entre las nubes» o niegan por completo tales expediciones. Hay que

confesar que los datos que poseemos hasta ahora de las relaciones existentes entre las

diversas potencias de la Edad del Bronce nos inclinan a este escepticismo. El hecho

de que un pueblo haya atravesado toda Europa, luego el Asia Menor y haya llegado

por fin a las puertas de Egipto con la intención de poner bajo su dominio «vuestro

territorio (Grecia), el nuestro (Egipto) y todos los otros países que se hallan más acá

del estrecho» (Turneo, 25) parece a primera vista inverosímil. Se considera que el

proyecto encaminado a unificar todos los países europeos y mediterráneos bajo un

solo y único cetro es una concepción demasiado moderna para ser verdad entonces.

Si es bastante sorprendente ya de por sí encontrar esta concepción escrita por Platón,

lo es aún más si se reflexiona en los años transcurridos desde que se puso en

ejecución y que tan cerca estuvo de verse coronada por el éxito. La cosa parecía

increíble y por ello la opinión unánime ha rehusado admitir este pasaje del relato de

Platón. Ha habido algunos que han intentado sacar partido incluso de esta

inverosimilitud para demostrar el valor nulo en cuanto a documento histórico de la

descripción platónica referente a la Atlántida.

Y no obstante, los papiros y los escritos contemporáneos demuestran que esta

opinión tomada a la ligera es errónea. Examinaremos por unos momentos los datos

relativos a las campañas bélicas de los atlantes y de este plan «paneuropeo»,

suministrados por Platón, comparándolos con las precisiones facilitadas por los

documentos contemporáneos. Así podremos llegar a demostrar que Platón no ha sido

más que un fiel transcriptor del relato hecho a Solón por el sacerdote egipcio de Sais.

Platón aduce a este respecto lo siguiente:

1. Los pueblos del imperio atlántico habíanse «reunido y formado una

potencia única con el propósito de dominar vuestro territorio (Grecia) y

el nuestro (Egipto), así como a todos los países que se hallaban más acá

del estrecho (de Gibraltar), en el curso de una expedición guerrera»

(Timeo, 25).

2. En el curso de esta campaña los atlantes habían atravesado toda Europa,

y habían dominado a toda Grecia con excepción de Atenas y habían

pasado luego por Asia Menor hasta llegar a las fronteras de Egipto; país

al que pusieron en un gran aprieto, pero al que no pudieron someter

(Timeo, 24, 25; Critias, 108).

3. Entre los países mediterráneos sometidos a los reyes de la Atlántida

figuran: «Libia hasta Egipto y Europa hasta Tirrenia (Etruria)» (Timeo,

25, y Critias, 114). Las gentes de estos países tomaron parte también en

la gran expedición militar.

4. La potencia atlante estaba constituida por un ejército muy bien

organizado y equipado. Contaba con dotaciones de carros de combate y

disponía de una flota guerrera poderosísima. Diez reyes —denominados

«los diez»— bajo el mando supremo del rey de la Atlántida, tenían a su

cargo la dirección de las operaciones (Critias, 119, 120).

5. La expedición de los atlantes tuvo lugar en el mismo tiempo en que

ocurrieron las grandes catástrofes de la naturaleza. Es decir, hacia el

año 1200 a. C., según hemos establecido antes.

 

Es un hecho innegable que alrededor del año 1200 tienen lugar sobre la tierra una

serie de acontecimientos que guardan estrecha similitud con los que nos describe

Platón en su relato sobre la Atlántida.

Los acontecimientos a que nos referimos son los que se denominan en historia

con el nombre de «gran migración», «invasión doria», «invasión egea», «invasión

iliria». Y en cuanto a los pueblos que tomaron parte en este éxodo en masa en sus

momentos iniciales, se los designa como «pueblos del norte» o «pueblos del mar».

Al lado de las inscripciones contemporáneas ya citadas, a las que Bilabel califica

de «documentos del más alto valor histórico», nos ayudan en esta tarea infinidad de

descubrimientos arqueológicos que contribuyen a levantar un velo sobre este período

capital de la historia europea. Con estos datos nos será posible llegar a una

reconstrucción de los mencionados acontecimientos.

Bajo el reinado del faraón Merneptah de la XIX dinastía, los libios y sus aliados

penetraron en territorio egipcio procedentes del oeste. El agostamiento que sufría su

país les impelió a buscar más al este, hacia Egipto, su subsistencia. En esta

emigración les acompañaban sus mujeres e hijos. A las órdenes del príncipe Merije consiguieron los libios llegar hasta Menfis y Heliópolis, en donde se instalaron.

Momento crucial por el que Egipto nunca había atravesado desde los tiempos de

la invasión de los hicsos. Merneptah, hallándose en el quinto año de su reinado, es

decir, en el año 1227 a. C., resolvió alejar al invasor. Al tercer día de «epifi» (abril)

tuvo lugar un gran encuentro cerca de Perir. Al cabo de seis horas de encarnizado

combate el enemigo fue derrotado y buscó la salvación en la huida. Un rico botín

cayó en las manos del victorioso faraón: 9111 espadas de tres a cuatro «espanes» (de

22 a 24 cm) de longitud, todas ellas de bronce. El número de los caídos fue el de

6359 libios, 2370 «gente del norte, originarios de los países del mar (atlantes)», 222

chekelescha (sicilianos) y 742 turuschas (etruscos).

Pero a pesar de que el enemigo (o sea la federación de libios y gente del norte)

sufrió una gran derrota, volvió a reagruparse. La batalla de Perir fue sólo una entre

muchas y sangrientas batallas. Fue asimismo el anuncio de una revolución mundial,

de cuya magnitud y trascendencia no hay otro ejemplo en la historia antigua de la

humanidad.

Por las medidas que se tomaron por parte de los Estados situados en la región

oriental del Mediterráneo, se deduce que no fue una cuestión sin importancia y que

preveían, por el contrario, un terrible peligro.

Hacia finales del siglo XIII a. C. los atenienses construyen sus murallas ciclópeas

y las dotan de torres para su defensa. En Micenas se refuerzan las construcciones

defensivas, al mismo tiempo que se preocupan sus habitantes de asegurarse el

aprovisionamiento de agua. En Tirinto se realizan obras análogas y se construye una

gran fortaleza.

En Asia Menor, los reyes hititas intentan conjurar el peligro firmando alianzas

militares con Egipto y realizando grandes fortificaciones en su capital Boghaz-koy.

Por último, en Egipto los faraones refuerzan el efectivo de sus ejércitos, reconstruyen

las ciudades fronterizas, reclutan mercenarios y movilizan grandes contingentes de

tropas. «Todo ello no son más que los signos precursores de la tempestad», según

afirma el historiador Schachermeyr.

Hacia el año 1200 la tempestad prevista estalla con una violencia insospechada.

Procedentes del norte penetran en Grecia poderosas formaciones de guerreros que

invaden todo el territorio con la única excepción de Atenas, cuyos habitantes se hacen

fuertes y resisten con gran heroísmo al invasor.

Los pueblos del norte invasores llegan por vía terrestre, pero deben haber sido

expertos constructores de naves y diestros marinos. Si escuchamos la leyenda, en

Naupaktos, en el golfo de Corinto, construyeron una imponente flota con la que se

hicieron dueños del Peloponeso, destruyendo y aniquilando a las flotas aquea y

cretense. Luego desembarcaron en Creta, las islas del Egeo y Chipre.

Todo nos induce a creer que una parte muy importante de los conquistadores

habíase segregado del cuerpo principal antes de que éste se di (Troya VII [1] b).

Ochenta años antes (Troya VII a) había sido ya destruida por la invasión micénica helena. Una cadena de ruinas y de destrucciones jalona esta ruta seguida por los

invasores. Parece ser que éstos, «los que seguían la ruta terrestre», operaban

conjuntamente con «los llegados por el mar», es decir, aquellos que, partiendo del

Peloponeso, navegaban hacia Creta y Chipre.

 

Combate entre egipcios e hiperbóreos. Éxodo de los hiperbóreos. Los carromatos que transportan a las mujeres y niños son atacados por mercenarios egipcios. (Según Wreszinski, Atlas zur Altägyptischen Kulturgeschichte).

 

El Asia Menor fue atravesada por completo y ocupada. El poderoso imperio de

los hititas fue aniquilado de tal modo que desapareció casi sin dejar huellas en la

historia. Boghaz-koy, la capital de los hititas, según revelan las excavaciones allí

efectuadas, fue, a pesar de sus poderosos dispositivos de defensa, tomada al asalto,

saqueada y arrasada.

 

Combate entre egipcios e hiperbóreos. Detalle del relieve anterior.

 

Las inscripciones y textos egipcios contemporáneos corroboran los anteriores

datos arqueológicos y nos dan cuenta de cómo se realizó la progresión de los

conquistadores. En una inscripción de Medinet-Habú, Ramsés III nos dice: «Los

pueblos del norte conjuráronse en sus islas. Éstas fueron destruidas y arrasadas por

las tempestades casi al mismo tiempo». No hubo país que pudiera oponerse a la

fuerza de los invasores. Los Hatti (rútilas), Kode, Karkemish, Arzawa, Alasia

(Chipre), fueron pasados a sangre y fuego. Su campo central de operaciones

instaláronlo en una ciudad de Amurru (en la actual Siria del Sur). Aniquilaron al país

y a los hombres como si jamás hubiera habido civilización en el país. Marcharon sobre Egipto precedidos por un vasto incendio. Los Phrst, Sakar, Denen, sumáronse a

ellos y avasallaron a los Sekelesa y Vasasa. Se puede decir que llegaron a extender su

dominio hasta los confines de la tierra y su corazón rebosaba júbilo, pues estaban

seguros de que sus planes se realizarían.

Así pues, todo nos induce a creer que antes de lanzar un asalto definitivo contra

Egipto, «los pueblos del norte y del océano» reagrupáronse en Amurru.

Ramsés III ordenó la movilización general. Fortaleció sus puestos fronterizos del

norte, aseguró los puertos y agrupó toda clase de embarcaciones aptas para el

combate «que de la popa a la proa estaban colmadas de guerreros avezados y fuertes,

armados hasta los dientes». El faraón dio la orden: «Sacad todas las armas, reunid a

todas las tropas de reserva para destruir al enemigo miserable». El reclutamiento y la

distribución de armas corría a cargo del príncipe heredero. Además de las tropas

indígenas formáronse cohortes de negros y de mercenarios sardos. «Todo aquel que

estaba bajo las órdenes del faraón y que se consideraba capaz de usar armas, fue

provisto de ellas». Es en tono orgulloso que se lee: «Los soldados eran los mejores de

Egipto, eran como leones que rugen en las montañas. Las tropas de los carros eran

todas gentes avezadas al combate, héroes y combatientes, duchos en la lucha y que

sabían perfectamente su oficio. Sus corceles temblaban impacientes con el afán de

destruir al enemigo».

 

Escena de combate naval. Nave hiperbórea de los relieves de Medinet-Habú.

 

Al quinto año del reinado de Ramsés III (1195 a. C.), después de algunas

escaramuzas ligeras se produjo el ataque general contra Egipto. Seguramente este

ataque estaba previsto dentro de un plan general de operaciones, pues mientras los

libios atacaban por el oeste, ayudados como en circunstancias anteriores por los

pueblos del norte, desde el mar una poderosa flota de guerra intentó forzar la boca del

Nilo, a la par que el grueso principal de la fuerza se puso en marcha desde el país

amorrita. Ramsés III salió al frente de sus tropas al encuentro del enemigo.

Combate naval entre egipcios e hiperbóreos. De los relieves de Medinet-Habú.

 

 

Se produjo entonces una colisión de significado histórico mundial. Gracias a

todos los recursos de que se han echado mano y, al parecer, a la fortuna excepcional

que le asistió en varios combates, Ramsés III pudo resistir este asalto de los pueblos

del norte. «Cientos de miles» de ellos fueron muertos o capturados. Los barcos de

guerra de la gente del norte, algunos de los cuales consiguieron llegar a la costa

egipcia, «chocaron contra una muralla de cobre» y «fueron cercados por las lanzas de

los soldados, que les obligaron a internarse en el país y les aislaron»; sus ocupantes

«derribados al abordaje, fueron aniquilados y sus cadáveres se amontonaban de la

proa a la popa de sus naves». Los egipcios hicieron zozobrar a muchos barcos y

muchos tripulantes de ellos, que buscaban la salvación nadando, perecieron ahogados

o muertos bajo sus armas. Las mujeres y los niños de estos pueblos del norte o del

mar acompañaban en carretas tiradas por bueyes a los que efectuaban la invasión por

vía terrestre. Muchos de ellos fueron cercados, y mujeres y niños, sin distinción

alguna, fueron muertos o hechos prisioneros.

Wreszinski, el reputado egiptólogo, supone que la decisión de la batalla estuvo en

el mar, debido a la gran prolijidad de detalles que a este aspecto de la guerra se

consagra. Es muy posible. Las ilustraciones que llenan las paredes de Medinet-Habú

también nos dejan entrever por qué motivo la gente del norte, a pesar de sus

innegables dotes marineras, perdió la batalla naval. Sus embarcaciones carecían de

remos y estaban dotadas de velas que únicamente podían impeler hacia delante. Al

parecer, en aquel día decisivo de la batalla reinaba la calma. Las velas cargadas eran

inoperantes y los barcos derivaron al impulso de las corrientes que los llevaban hacia

tierra. Por otra parte, la dotación de combate de los barcos iba provista sólo de espada

y lanza, es decir, iban equipados sólo para la lucha cuerpo a cuerpo y ninguno

disponía de arco. En cambio, desembocando por sorpresa de los diferentes brazos de

mar del delta del Nilo, los egipcios tenían sus barcos propulsados y bien dirigidos a fuerza de brazos y todos ellos disponían de arcos, por lo que cayeron como una

tromba sobre las embarcaciones enemigas. Manteniéndose a distancia, incumbía a los

arqueros el disparar una nube de flechas sobre los pueblos del norte, indefensos sobre

el puente de sus naves. Los egipcios, al objeto de proteger a sus remeros y arqueros,

se escudaron tras los cuerpos de los prisioneros atados a las bordas de las naves.

Cuando la tripulación nórdica fue diezmada por los certeros disparos de los arqueros

egipcios, aproximáronse éstos a las naves enemigas y, lanzando garfios de abordaje,

los marinos egipcios intentaron ensartarlas en las velas cargadas de los barcos

enemigos para hacerlos zozobrar. Una vez logrado, los guerreros fueron aniquilados

fácilmente en el agua y sólo algunos de ellos lograron alcanzar la costa, donde fueron

capturados por los egipcios.

 

Navío egipcio de guerra luchando con una embarcación hiperbórea. De los relieves de Medinet-Habú. (Según Earlier Historical Records of Ramses III. The University of Chicago Press).

 

Los escultores egipcios han inmortalizado en los relieves de Medinet-Habú

escenas impresionantes en que la gente del norte lucha por la vida. En una

embarcación, dentro de la cual todos los demás hombres están muertos o heridos, se

ve a un guerrero que, sosteniendo con su mano derecha a un camarada, cae al agua,

mientras levanta su escudo para defenderse. En otro, los marineros del norte, a pesar

del peligro que sobre ellos se cierne, ayudan a subir un herido a bordo. Los

bajorrelieves de la batalla terrestre muestran escenas que ilustran sobre el espíritu de

compañerismo y sobre la valentía de los guerreros atacantes. Otto Eissfeld, que ha

estudiado tan acertadamente las civilizaciones fenicias y filisteas, tiene razón cuando

escribe: «Los bajorrelieves egipcios que nos explican las batallas libradas por Ramsés

III contra los filisteos demuestran la valentía de estos últimos. Incluso prisioneros y

encadenados, los cautivos mantienen un aire noble y altivo». Luego veremos que los

filisteos tienen un papel importantísimo en la coalición de los «pueblos del norte y

del mar».

Los egipcios cercenaron las manos de los muertos y de los heridos tanto de tierra como de mar, para contarlas y luego hacinarlas. En aquel tiempo éste era el

procedimiento que se empleaba para efectuar el recuento del enemigo caído en el

campo de batalla. Pero, cosa extraña, en tanto que siempre en las batallas libradas por

Ramsés III el número de manos cortadas se cita escrupulosamente —así, por ejemplo,

en la batalla contra libios y pueblos del norte coaligados en las fronteras del oeste de

Egipto, las inscripciones de Medinet-Habú registran un total de 25 067 manos y 25

215 falos—, en esta decisiva batalla del año 1195 a. C. no se dan las cifras exactas de

las manos cortadas. Sólo se dice que fueron cortados «manos y falos sin cuento». En

cambio, en el mismo texto se habla de «tantos enemigos como saltamontes», de

«cientos de miles» e, incluso, de «millones». «Tan numerosos como los granos de

arena del mar» fue, según se dice en las inscripciones, el número de prisioneros.

 

Tripulantes de una nave hiperbórea. Obsérvese la característica «corona de cañas» y los escudos circulares. De los relieves de Medinet-Habú.

 

Destrucción de una nave hiperbórea . Por medio de un garfio, los egipcios hacen zozobrar las embarcaciones hiperbóreas. De los relieves de Medinet-Habú. (Según Earlier Historical Records of Ramses III. The University of Chicago Press).

Prisioneros hiperbóreos . Atados por los codos, los supervivientes de la batalla naval son conducidos a los campos de prisioneros. De los relieves de Medinet-Habú.

 

Todas estas afirmaciones vagas e imprecisas nos inducen a creer que se

escogieron estas expresiones debido a que el número de bajas, tanto de muertos como

de heridos, fue muy superior al de las batallas precedentes.

Un gran bajorrelieve que se ha conservado perfectamente nos muestra la suerte

que se reservó a los prisioneros. Atados fuertemente unos contra otros eran

conducidos a campos de prisioneros. Sentados en línea en los campos esperaban a

que se les interrogara. Uno a uno eran conducidos ante los oficiales egipcios, a los

que es fácil identificar por sus largos mandiles.

Entonces se les marcaba en la espalda, con un hierro al rojo, el sello del soberano.

Inmediatamente seguía el interrogatorio, que quedaba registrado por numerosos

escribas.

El ejército hiperbóreo en el cautiverio. A la izquierda, interrogatorio de los prisioneros hiperbóreos por los egipcios. A la derecha, los prisioneros son marcados con un hierro al rojo vivo. De los relieves de Medinet-Habú. (Según Earlier Historical Records of Ramsés III. The University of Chicago Press).

 

El propio faraón condujo a los reyes y príncipes de los pueblos del norte y del

océano que habían sido capturados en el combate. Ramsés III precisa que habiendo

hecho prisioneros a diez príncipes de los pueblos del norte fueron uncidos a su

cortejo triunfal.

La victoria de Ramsés III parece haber sido total y definitiva, pero la realidad nos

dice que no fue sino una victoria pírrica. Muchas otras veces tuvo que ponerse al

frente de sus hombres para defender a su país. El Antiguo Testamento hace también

alusión a estas continuas guerras entre los egipcios y los filisteos (pueblos del norte).

En el Éxodo (13, 17) se dice: «Cuando el faraón permitió que saliera el pueblo, Dios

no los llevó por el camino de la tierra de los filisteos, que estaba más cerca; porque

Dios pensó que quizá el pueblo se arrepintiese cuando viera la guerra y volviera a

Egipto». Egipto tuvo que pagar muy caro en sangre el precio de estas guerras.

Mientras que en el reinado de Ramsés II Egipto se encontraba aún en pleno apogeo,

bajo el de sus sucesores un período de letargo anuncia la decadencia. Los pueblos

nórdicos pudieron consolidarse en la antigua provincia egipcia de Amurru, la actual

Siria, en donde construyeron puertos seguros en la costa. Durante unos 200 años

lograron mantenerse como amos y señores de toda Palestina y las regiones del litoral

oriental del Mediterráneo, que a partir de entonces tomó el nombre de «mar de los

filisteos» del nombre dinástico de los «Phrst» o filisteos, una de las estirpes de los

conquistadores (Éxodo, 23, 31).

Aliados con los libios, los «pueblos del norte» llegaron incluso a penetrar en

Egipto, donde instauraron una especie de dictadura militar. En el año 946 a. C., un

libio, Sheshonq I, llegó a sentarse en el trono de los faraones.

Si se comparan los hechos históricos según resultan del desciframiento de las

inscripciones contemporáneas y de los descubrimientos y los datos facilitados en el relato platónico de la Atlántida, todos ellos concuerdan perfectamente.