La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 3 de 54

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La Atlántida

Primera parte: Los fundamentos históricos de la leyenda Atlántica

PRIMERA PARTE:

 

LOS FUNDAMENTOS HISTÓRICOS DE LA

 

LEYENDA ATLÁNTICA

I. BREVE RESUMEN DEL ASUNTO

 

Platón, el gran filósofo y pensador griego (429-348 a. C.), ha apuntado el tema de

la leyenda atlántica en dos pasajes distintos de su obra: en el diálogo Timeo y en el

Critias. En estos diálogos se dice lo siguiente acerca del origen y el contenido del

relato sobre la Atlántida:

Solón (640-559 a. C.), uno de los siete sabios y legisladores de Atenas, realizó un

viaje a Egipto al objeto de «recoger conocimientos de los tiempos pasados». Puesto

que los sacerdotes de Sais gozaban por aquel entonces de gran predicamento y en

especial se decía que tenían noticias fidedignas de los hechos pretéritos, Solón

encaminóse hacia allí, donde se le dispensó una gran acogida con muchas muestras

de amistad y respeto.

Los sacerdotes de Sais se mostraron muy bien dispuestos a revelar a Solón la

historia de los tiempos pasados, tanto más cuanto que poseían un magnífico archivo

de inscripciones, papiros y otros documentos recogidos a copia de años.

Pero hubo una cosa que cautivó particularmente a Solón: un relato acerca de una

gesta heroica llevada a cabo por los atenienses, sus compatriotas. De esta gesta se

dice textualmente: «Con todo y que su conocimiento no se ha divulgado, no por ello

deja de ser un hecho verídico» (Timeo, 21).

Fundándose en un antiguo documento egipcio, un anciano sacerdote de Sais

explicó a Solón que hubo un tiempo en que una gran potencia marítima de los

atlantes invadió Europa y Asia (bajo cuya designación los antiguos comprendían

exclusivamente lo que ahora designamos como Asia Menor). Los atlantes habían

sabido reunir todos los pueblos sobre los que ejercían la hegemonía para formar una

poderosa masa guerrera. Entre estos dominios estaban comprendidos «algunas islas y

territorios de tierra firme en el Gran Mar del Norte» y «de los territorios del Mar

Interior, Libia hasta Egipto y Europa hasta Tirrenia». Con toda esta «gran potencia

coaligada y unida» los reyes de la Atlántida quisieron someter a su poderío todos los

territorios griegos y egipcios, así como el resto de todos los otros países libres que

quedaban en el área del Mediterráneo.

Ante este acometimiento de los atlantes, la ciudad de Atenas supo dar una

extraordinaria muestra de valor y tenacidad. Atenas se colocó a la cabeza de la

coalición de todos los Estados griegos amenazados y luego, cuando uno tras otro

fueron sucumbiendo, Atenas supo proseguir sola la lucha y alcanzar para sí la

libertad. Gracias a esta lucha heroica de Atenas, Egipto, que había llegado a una

situación muy apurada bajo la tenaz presión de los atlantes, halló su salvación y pudo

rechazar finalmente y por completo la agresión extranjera.

El origen de las convulsiones y trastornos de todo este tiempo fueron unas

terribles catástrofes de la naturaleza que se abatieron en aquella época sobre la Tierra.

El sacerdote egipcio recordó a Solón una antigua leyenda griega, la de Faetón, quien

habiendo enjaezado el carro del Sol, pero no sabiéndolo conducir como su padre, se había apartado de la ruta habitual, de tal modo que muchos países de la Tierra se

agostaron o bien quedaron yermos y secos en una terrible desolación.

Afortunadamente, al fin Zeus lanzó contra Faetón uno de sus celestes rayos y apagó

el gigantesco incendio gracias a lluvias torrenciales y enormes inundaciones.

El informador de Solón, el sacerdote de Sais, añadió que, si bien esta leyenda

parecía tener todos los visos de una fábula, tenía un gran fondo de verdad, pues algo

por el estilo era lo que pasó realmente en un tiempo pasado.

Antes de que todas estas catástrofes se abatieran sobre la Tierra, en ésta la

temperatura había sido cálida y fructífera. Los montes de Grecia estaban cubiertos de

un mantillo feraz y de vastos bosques, y por doquiera brotaban los manantiales y ríos

que regaban la tierra. Pero después de todas estas catástrofes, el mantillo, que debido

al agostamiento por el terrible calor se había triturado y luego había sido arrastrado

por las lluvias torrenciales, había desaparecido por completo, siendo sustituido por el

subsuelo sobre el que se apoyaba, constituido exclusivamente por rocas y piedras.

En aquellos tiempos se habían producido también terribles terremotos y grandes

inundaciones que habían originado el asolamiento de la patria de los atlantes. La

Atlántida, la isla real del imperio de los atlantes, había desaparecido en el transcurso

de un día y una noche preñados de trágica desesperación y horror, tragada por las

aguas del mar como resultado de dichos temblores e inundaciones. En el lugar donde

se alzaba la isla real, ahora existía un infranqueable mar de cieno.

En otros pasajes del relato atlántico se dan más amplias noticias sobre el exacto

emplazamiento de la isla real, sobre sus dimensiones, sobre el poderío alcanzado por

el imperio de los atlantes, así como muchos otros detalles. También se dice que en la

isla real, Basileia (que quiere decir «la Real»), se levantaba un castillo de los reyes

del imperio atlántico y también se erguía un templo a Poseidón, el dios más poderoso

de los atlantes. En aquella isla los atlantes obtenían el cobre en forma fusible y

maleable y extraían de muchos lugares del suelo de su isla un producto autóctono y

misterioso, el «oricalco». Qué clase de materia era ésta del oricalco no se lo pudo

explicar a Solón el sacerdote egipcio, y únicamente le pudo decir que «hoy día

sabemos solamente el nombre de este material, pero antiguamente había sido mucho

más que este mero enunciar de un nombre, pues entre la gente que lo habían conocido

se le daba una importancia y un valor casi tan grande como al oro».

Además del cobre, los atlantes trabajaban también el estaño en grandes

cantidades. También el hierro les era familiar, pero les estaba proscrito su uso en las

ceremonias y en el culto.

Muchas otras particularidades se explican de la Atlántida y del reino de los

atlantes. Y todos estos detalles proceden, según nos dice Platón, de las fuentes que

consultó el sacerdote egipcio: viejos papiros e inscripciones que consultaba

constantemente para asegurar la fidelidad y exactitud del relato. En los capítulos

siguientes daremos cuenta de estos detalles citándolos y pormenorizándolos.

Solón hizo traducir al griego este relato, que precedentemente ya lo había sido de la lengua de los atlantes al egipcio. Tenía el proyecto de utilizar este tema como

argumento de una obra poética de gran envergadura. Pero las calamidades que a su

regreso encontró en Atenas le impidieron llevar adelante este plan. Esta obra

incompleta de Solón se transmitió de boca en boca entre varios compatriotas suyos,

de tal modo que este relato de la epopeya de los atlantes contra Atenas y la existencia

de la Atlántida llegó finalmente a Critias el Joven, el cual explicó todo lo que su

memoria había retenido en un círculo de amigos y en presencia de Sócrates y de

Platón. Platón escribió este relato de la vieja Atenas y de la Atlántida, preservándolo

así del olvido en beneficio de la posteridad.

Según afirma reiteradas veces Platón, este relato de la Atlántida es una científica

y fiel transmisión de los datos contenidos en antiguos papiros e inscripciones egipcios

reunidos por los sacerdotes de Sais y por ellos estudiados y que Solón recogió y

retransmitió a su vez. La leyenda de la Atlántida, tal como señala Platón, «no es de

ningún modo una elucubración literaria, sino una fidedigna historia bajo todos los

aspectos» (Timeo, 26).