La Atlántida
2. Contra Grecia. Rescate de Atenas
Por lo que se deduce del relato atlántico, en los albores de la Edad del Hierro, es
decir, hacia finales del siglo XIII a. C. y coincidiendo con unas grandes catástrofes
naturales, existió un pueblo poderoso que ejerció su hegemonía sobre islas y países
situados «en el gran mar del norte». Dicho pueblo, «habiendo llegado a una
federación de aliados y vecinos, se propuso conquistar de un solo empuje a Grecia,
Egipto y a todos los países situados más allá del estrecho». Esta acometida tuvo lugar,
efectivamente, en Europa y Asia Menor hasta Egipto, país que llegó a encontrarse en
situación muy apurada a pesar de haber rechazado el ataque. Al invasor sumáronse
las huestes de los libios, tirrenos, sekelesa y vasasa. Este ejército estaba al mando de
«Los Diez», quienes a su vez obedecían al supremo jefe de los filisteos o de los Phrst.
Poderosas unidades de carros de combate, así como una potente flota de guerra,
reforzaban el eficaz ejército de tierra. Con el ataque marítimo se establece el primer
intento de penetrar por mar en Egipto. Durante el curso de esta descomunal
expedición tuvieron lugar muchas catástrofes naturales. Egipto pasó por momentos
muy difíciles y logró conservar su libertad a costa de muchos sacrificios y
penalidades, durante unos doscientos años. Empleando literalmente las palabras de
Ramsés III, esta potencia estuvo a punto de «lograr su propósito de llegar a dominar
hasta el más recóndito rincón de la tierra». Y los prisioneros estaban convencidos de
que, pese a la terrible derrota infligida por el faraón, «llegarían a poder realizar sus
planes».
Es imposible, pues, que Platón, así como la tradición griega y Solón —este último
admite: «No había ningún griego que pudiera llegar a sospechar que todo esto había
ocurrido» (Timeo, 22)—, se hayan podido inventar todos estos hechos, que, según
hemos visto, descansan sobre bases y acontecimientos históricos. Esta concordancia,
que llega a ser casi literal, entre el texto del relato platónico y el de los textos
contemporáneos egipcios, demuestra que los sacerdotes de Sais estaban
perfectamente impuestos de los papiros e inscripciones y que se fundaban en lo que
en ellos se decía para hacer la exposición de los hechos a Solón.
He aquí una prueba suplementaria de que, contrariamente a lo que se ha
pretendido, el relato de Platón no es fruto de la fantasía, sino un documento histórico
perfectamente válido. Se trata, pues, «no de una leyenda poética, sino de una historia
verdadera desde todos los puntos de vista» (Tuneo, 26).
2. CONTRA GRECIA. RESCATE DE ATENAS
Platón escribe que antes de atravesar Asia Menor y Siria, y de lanzarse al asalto
en las fronteras de Egipto, los atlantes dominaron todos los Estados griegos a
excepción de Atenas, que defendió heroicamente su libertad y su independencia. Los
límites del Estado ateniense están claramente indicados (Critias, 110-112);
englobaban el Ática, la región de Megara y Oropos. Platón insiste en el hecho de que
la lucha de los atenienses contra los atlantes fue un modelo de heroísmo y una obra
maestra de táctica militar; a propósito de esto, escribe: «Este gran acontecimiento real
y antiguamente cumplido» (Timeo, 21).
Esta parte del relato de Platón, más que ninguna otra, ha provocado protestas, se
le ha reprochado de no estar históricamente fundado. Aun reconociendo que esta
narración contiene una «base» histórica, Schulten sostiene que este pasaje indica las
razones que llevaron a Platón a disfrazar la verdad: «Platón busca consolarse, él y sus
compatriotas, de las desgracias que habían caído sobre Atenas después de las guerras
del Peloponeso». Otros historiadores creen que el relato de los supuestos hechos
realizados por los atenienses en su lucha contra los atlantes descubre los móviles de
Platón: había inventado una hazaña imaginaria para mayor gloria de su pueblo natal,
Atenas. Según unos, «esta fábula contiene algunos restos de verdad histórica»; según
otros, se trata «de una fábula sin fundamentos», la Atlántida es «una utopía», «una
isla mítica, fruto de la imaginación».
Pues bien, ocurre en este pasaje como con los otros: acontecimientos y
descubrimientos arqueológicos corroboran las noticias suministradas por Platón.
Antes de pasar a Asia Menor, penetrando en Grecia por el norte, los «pueblos del
septentrión y del océano» ocupan por asalto las fortalezas, incendian las villas
helénicas y ponen fin bruscamente a la civilización micénica. En donde quiera que las
excavaciones han tenido lugar se han encontrado pruebas de la violencia de la
invasión atlante; hizo el efecto de una verdadera marea alta.
En cambio, es un punto acerca del cual todos los historiadores están de acuerdo,
esta invasión tuvo repercusiones considerables y profundas. Schachermeyr no titubea
en hablar de «una catástrofe, una de las más espantosas que haya conocido la historia
de la humanidad». Wiesner la compara a «una tempestad sin igual que devastó todas
las regiones ribereñas del Mediterráneo oriental». Weber califica el acontecimiento de
«trastorno en la escala mundial, sin ejemplo en la prehistoria, por la amplitud e
importancia». Paret, por su parte, explica: «[La catástrofe] puso en movimiento todos
los pueblos de Europa Central y Meridional y los de Asia Menor; aniquilando las
antiguas civilizaciones, colocó las bases de un nuevo universo». Bachhofer, por
último, habla como de «una marea alta que influyó sobre la suerte del mundo».
¿Cómo, entonces, se podría todavía negar estos hechos y tachar de «fábulas sin
fundamento», de elucubraciones destinadas a «levantar la moral» de los atenienses?
Los textos antiguos y los descubrimientos arqueológicos se oponen a ello.
En el momento de los trastornos provocados por la invasión atlante, Atenas y el
Ática se salvaron; la composición étnica de sus poblaciones no fue afectada. La cosa es tanto más extraordinaria cuanto que, sucesivamente, Grecia, Creta, Asia Menor y
Siria fueron reducidas a cenizas. Combates que enfrentaban atenienses y atlantes se
desarrollaron a las puertas de la ciudad y la población ciudadana evacuó
temporalmente las pendientes de las colinas para refugiarse en la Acrópolis; del
mismo modo, la leyenda narra que, durante la ocupación de Atenas por los atlantes,
un abuelo de Solón, el rey Kadros, cayó ante el enemigo. A pesar de todo, la ciudad
resistió victoriosamente y defendió su independencia; esto es lo que narra el relato de
Solón.
En sus comentarios sobre las excavaciones efectuadas en el barrio exterior del
Cerámico, cementerio situado a las puertas de Atenas, Kübler explica: «Las
poderosas fortificaciones ciclópeas de Atenas fueron edificadas en el tercer cuarto del
siglo XIII a. C.; servían para proteger a los habitantes, como lo han demostrado las
últimas excavaciones; los habitantes en esta época tuvieron que evacuar las
pendientes de las colinas cercanas a Atenas. Ya se manifestaban los trastornos que
concluyeron en la gran invasión doria (fines del siglo XII a. C.). A juzgar por los
descubrimientos arqueológicos, por las comparaciones filológicas y por la leyenda,
no parece que esta invasión haya afectado directamente el Ática; sin embargo,
algunos combates tuvieron lugar en esta región, y en el siglo XII a. C., el Ática acoge
unos inmigrados griegos expulsados del Peloponeso».
Por su parte, Berve manifiesta: «Sólo el Ática no quedó sumergida por las olas de
los invasores y su población conservó su pureza étnica». Drerup escribe también: «La
invasión doria se quebró sobre el obstáculo del Parnaso; él rompió el movimiento
impetuoso de los hijos rudos del norte y los alejó del Ática».
Se comprende con ello cómo la cerámica micénica, que la invasión de los pueblos
llegados del norte había hecho desaparecer del resto de Grecia, se perpetuara en
Atenas y en el Ática.
No es menos extraño que sólo Atenas y sus posesiones hubiesen podido proteger
su libertad y su independencia cuando toda Grecia, Creta y las islas del Mar Egeo
eran alternativamente ocupadas y dominadas por un poder suficientemente fuerte
para vencer las dos formaciones políticas, las más importantes de la época: la
federación egea y el imperio hitita, y al mismo tiempo, para conquistar la soberanía
de los mares y amenazar Egipto.
Sin embargo, este pasaje del relato de Platón concuerda, también, con la realidad
histórica. Puede extrañar solamente que su autor no hubiese ensalzado todavía más de
lo que hizo esta acción de magnificencia de sus conciudadanos y que ni él ni Solón
comparasen los acontecimientos producidos por los sacerdotes de Sais y la tradición
ateniense; traía a la memoria el recuerdo de las batallas libradas con las hordas de los
guerreros llegados del norte por las tropas del rey Kodros. Si, como pretenden ciertos
historiadores, Platón había proyectado elevar la moral de los atenienses por el relato
de los importantes hechos de sus antepasados, habría sacado mejor partido de la
«materia» histórica de la cual disponía. Y, sobre todo, se habría abstenido de escribir que, en ocasión de unos grandes temblores de tierra en el año 1200 a. C. «en el
espacio de un solo día y de una noche terribles, toda vuestra armada (la de Atenas)
fue hundida de un solo golpe bajo tierra» (Timeo, 25).
Otra prueba de la objetividad de Platón: cuando describe el papel representado
por Atenas en la guerra contra los atlantes, dedica a estos últimos un pasaje diez
veces más importante que a sus rivales. Por lo demás, es por esta causa por lo que el
relato de Platón es conocido bajo el nombre de narración de la Atlántida y no bajo el
de relato de los orígenes de Atenas.
Contrariamente a los reproches de que es objeto, parece que Platón se propuso
como único fin recordar fielmente los sucesos que le habían sido relatados.
Conjunto de los relieves del templo de Medinet-Habú , en Egipto. (Según Atlas of the Bible).