La Atlántida
8. El templo de Poseidón
Según Platón, el templo de Basileia tenía una «apariencia bárbara» (Critias, 116).
Por «bárbara», Platón quiere decir que el santuario presentaba un aspecto diferente al
de los templos griegos o egipcios. Medía 185 metros de longitud por 92 de ancho y
su «altura estaba proporcionada». Utilizados en profusión, el oro, la plata y el ámbar
decoraban el interior y el exterior. A primera vista, semejante riqueza desconcierta y
se cae en la tentación de pensar que Platón la ha inventado por las necesidades de la
causa. Sin embargo, la antigüedad germana menciona la existencia de otros
santuarios cuya opulencia no es menos fantástica. La leyenda frisona dice del templo
de Fósiles que era «de una grandeza maravillosa» y «decorado de oro y piedras
preciosas esparcidas en abundancia». A propósito del mismo templo de Fósiles, las
Edolas narran que «sus muros, sus columnas y sus pilares eran de oro rojo y su techo
de plata», que la capilla de Thor estaba cubierta de placas de oro incrustadas de
piedras preciosas y rodeada de un recinto del mismo metal. Por último, según el
profesor Atto Huth, especialista en prehistoria germana, «la torre de ámbar» de la
leyenda (que remonta al menos al siglo II a. C.) presentaba tres pisos: el primero, de
cobre; el segundo, de plata, y el tercero, de oro puro. No se puede, pues, rechazar la
narración de la Atlántida bajo pretexto que se trata de una fábula; se apoya en un mito
germánico que se ha perpetuado hasta nuestros días.
Otra precisión no menos importante: Platón narra que el templo de Basileia estaba
cubierto de oricalco. Pavimentos, plafones, columnas y muros resplandecían con el
brillo del ámbar, «oro del norte». Como ya hemos visto, los atlantes lo extraían de
numerosos lugares de su isla. Que esta descripción sea acorde con la realidad está
atestiguado por la comparación siguiente: Homero (lo veremos ulteriormente)
describe también la isla de los atlantes (su fuente de información es anterior a la de
Platón) y la vivienda de Alcínoo: «resplandeciente como los rayos del sol y brillante
como el brillo de la luna», que se levantaba en la cercanía del templo de Poseidón.
Sin duda, se trata de la «sala de los muros cubiertos de ámbar», designados por las
expresiones «castillo de ámbar», «torre de ámbar», de las leyendas frisias que
recuerdan la existencia, en Basileia, de un templo consagrado a Poseidón. En la
leyenda, este santuario desaparecido era la residencia de los muertos y de las almas
de los difuntos. Para los frisios, este templo se encontraba bajo las olas, no lejos de
Heligoland, y para los viejos lituanos, «la isla de ámbar donde habitan las almas»
estaba situada en el océano, en dirección a Occidente. Por último, la crónica de
Nennius, redactada en Inglaterra en el siglo IX de nuestra era, menciona muy adentro
del mar la existencia de una «torre de ámbar que se levanta sobre una isla, residencia
de los muertos». Todas estas leyendas y crónicas concuerdan sobre un punto: la torre
estaba coronada por un irminsul o columna del cielo.
Más extrañas son todavía las tradiciones que precisan que la torre de ámbar estaba
rodeada de tres círculos de agua; era el caso de Basileia. Es, pues, verosímil que el templo de Poseidón y la torre (o el castillo) de ámbar medieval no sean más que un
solo y mismo monumento; su recuerdo está perpetuado a través de las leyendas y
tradiciones germánicas.
Huth cree que la torre tenía la forma de pirámide truncada, con tres pisos
superpuestos, terminada por una plataforma que sostenía la columna del cielo; esta
clase de construcción tenía por modelo la «montaña celeste», monumento
característico de las civilizaciones megalíticas.
Por tanto, es probable que el santuario de Basileia fuese edificado en el Neolítico;
es lo que parece resultar de la presencia de dólmenes y menhires en Schleswig-
Holstein contemporáneos de la construcción en Basileia por los hiperbóreos. El
templo de Poseidón, santuario supremo, estaba coronado por un gigantesco irminsul.
Se han encontrado muchos monumentos semejantes en el área nórdica: el
Borgbjerg, cerca de Boeslunde, sobre la isla danesa de Seeland, por ejemplo. De
forma cuadrada, presenta tres terrazas de diez metros de alto y tres metros y medio de
lado; se han descubierto en este túmulo vasos de oro y copas que, sin duda, servían en
el momento del sacrificio de la sangre. El pasaje del Antiguo Testamento donde
Jehová pone en guardia al pueblo de Israel contra «las columnas y las alturas
sagradas» de los filisteos, parece indicar que, después de haber invadido el Medio
Oriente y de haberse instalado en Palestina, los atlantes hiperbóreos continuaron
adorando a sus dioses, a los cuales ofrecían toros en holocausto.
Todo lleva igualmente a creer que el templo de Basileia encerraba una o más
manzanas de oro; las viejas leyendas germanas narran que en la cima de la «torre de
ámbar una hija del rey tenía una manzana de oro en las manos». Homero habla
también de ello y las antiguas tradiciones griegas recuerdan que «las hespéridos
vigilaban sobre los frutos que otorgaban la inmortalidad» en el país de los
hiperbóreos, cerca del Erídano; allí se encontraban la región del ámbar y Atlas, que
sostenía el mundo con sus manos. Una pintura sobre un vaso, de origen griego,
representa a Atlas tendiendo una manzana de oro a Hércules. En las Ed-das, el lugar
donde son conservadas las manzanas de Idun, es Asgard, al borde de «glasir lundr»,
el bosque de ámbar; «los dioses, al envejecer, las comían y volvían a la juventud».
Para los celtas, la isla del ámbar lleva el nombre de Avalum, «la isla de las
manzanas». Plinio el Viejo narra a su vez que Piteas llamaba «Abalus» a Basileia; se
trata, sin duda, de la palabra celta «avalum» latinizada. Más próximo a nosotros, el
cronista inglés William de Malmesburry llama a la isla del ámbar «ínsula
Avalloniae», expresión que traduce él mismo por «isla de las manzanas», y cuenta
que el constructor del «castillo de ámbar estableció sobre esta isla un magnífico
vergel; en él se cosechaban las manzanas que aseguraban a los hombres la
inmortalidad». Otras leyendas celtas confirman esta denominación y precisan que el
suelo de esta isla guardaba los restos del rey Arthur, en espera del día de la
resurrección.
A decir verdad, en ninguna parte, en la narración de la Atlántida, Platón hace alusión a las manzanas de oro; en cambio, las leyendas griegas hablan de Atlas