La Atlántida
5. Los nombres de los pueblos invasores
Descendiendo hacia el sur, los hiperbóreos remontan el curso del Elba y luego,
siguiendo el Danubio hacia abajo, arrojan a los ilirios de su territorio: curso medio y
superior del Elba. Kuzleb explica a este propósito: «Existen numerosas pruebas de
que, antaño, unos invasores llegados del norte empujaron a los ilirios, que, al parecer,
huyeron». Arrastrada por los hiperbóreos, una fracción de los ilirios abandonó quizá
su patria; sin embargo, ningún descubrimiento arqueológico prueba que en esta época
los ilirios se instalaran en el sudeste de Europa. Se dirigieron a los Alpes orientales y
luego, de allí, hacia la Apulia y Venecia.
Muchos sabios han emitido la hipótesis siguiente: «Los ilirios, jefes de la “gran
migración”, habrían desempeñado un papel de primera importancia en la conquista de
Grecia y en la destrucción de la civilización micénica». Se olvida únicamente que los
ilirios eran ellos mismos fugitivos; emigraban a causa de la amenaza. Hasta dos o tres
siglos más tarde no penetraron en Grecia. Así queda refutada la tesis de Herbig, que
pretendía que los pueblos del norte eran de origen ilirio.
Hacia finales del siglo XIII a. C., atravesando Silesia, Bohemia y Moravia, los
hiperbóreos descienden a la llanura húngara; todo conduce a creer que vivieron cierto
tiempo en ella y que habían abandonado una parte relativamente importante de sus
efectivos. En efecto, se han descubierto en Hungría numerosos «depósitos»
conteniendo armas y objetos idénticos a los que se han encontrado en el espacio
nórdico.
Continuando su marcha, los hiperbóreos siguen el curso del Danubio; una parte
de los emigrantes franquea el Bósforo y pasa a Asia Menor, otra se desvía hacia
Grecia, el Peloponeso y Creta. Esta ruta está jalonada con numerosos escondrijos y
sepulturas; en todos se han encontrado las armas características del período cuarto de
la Edad del Bronce nórdica: espada de hoja plana, de remaches y puntas de lanza.
En resumen, el estudio de la prehistoria prueba de manera indudable que una
importante fracción de la población del área nórdica emigró hacia el sur al final de la
Edad del Bronce, época en que el hierro apareció en Europa. El hallazgo de
centenares de «depósitos» y objetos de origen nórdico en las orillas del Elba, del
Danubio, en Hungría, Grecia, Creta, Asia Menor, Siria y Egipto atestigua que las
precisiones de Platón corresponden a los hechos.
5. LOS NOMBRES DE LOS PUEBLOS INVASORES
Las inscripciones egipcias mencionan los nombres de los diversos pueblos y tribus que formaban parte de la coalición atlante: éstos son los Phrst, los Sakar y los
Denen. En su Real-Enzyklopädie, Hitzig constata: «Los textos egipcios dan a los
Phrst y a los pueblos que invadieron Siria sus verdaderos nombres indígenas».
Bilabel, por su parte, estima que «estos nombres constituyen importantes indicios
históricos». Nada es más verdadero; gracias a eso, podemos identificar los pueblos
que designan, son los que se establecieron en los países del oriente mediterráneo.
En primer lugar, los textos egipcios mencionan los Phrst, nombre que se
pronuncia «Peleset», «Pherest» o «Pulasati», pues se ignora todavía la verdadera
pronunciación de los jeroglíficos. Estos Phrst desempeñaron un papel determinante
en la tentativa de invasión de Egipto en los siglos posteriores.
Circunstancia rarísima: los arqueólogos y los historiadores que han estudiado los
sucesos de la época están de acuerdo en reconocer que los Phrst y los filisteos de la
Sagrada Escritura no eran más que un solo y el mismo pueblo. Llamaremos, pues,
«filisteos» al pueblo jefe de la coalición atlante, sin preocuparnos de saber si la
pronunciación semítica del término «Phrst» es o no la buena.
Como lo indica el Antiguo Testamento (Jeremías, 47, 4): «Pues el Padre Eterno
va a destruir a los filisteos, los restos de la isla de Caphtor», los filisteos provienen de
las «islas». Del mismo modo, los textos egipcios precisan que las islas de los filisteos
—en el norte— «fueron hundidas por la tempestad»; «su país ya no existe»; «su
capital ha sido destruida», nos dicen.
Según Schachermeyr, los filisteos «habían fundado en Creta un importante
imperio marítimo: poseían el segundo punto de apoyo en las costas de Palestina».
Luego, dominaron toda la parte oriental del Mediterráneo, hasta el punto que este mar
recibió el nombre de «mar de los filisteos» (Éxodo, XXIII, 31).
Sobre el litoral arenoso, llano, pobre en fondeaderos, los filisteos construyeron
excelentes puertos artificiales; hasta entonces la navegación había sido casi
inexistente.
Esto explica el desarrollo de ciudades tales como Gaza, Ascalón, Asdod, Jamnia,
Dor, Achsip y Biblos, que formaban una federación de ciudades libres análoga a la
liga hanseática de la Edad Media.
Ascalón, «la prometida de Siria», eclipsó pronto a sus aliadas. Allí residía el rey
de los filisteos, que llevaba el título de «Soberano de Ascalón». El vocablo
«Ascalón» no es de origen semítico; se trata verosímilmente de un vocablo filisteo y,
por lo tanto, nórdico.
La importante influencia de los filisteos en el Medio Oriente es considerable.
Eran los primeros en saber forjar y trabajar el hierro. En su país se han descubierto las
más viejas fundiciones conocidas. El Antiguo Testamento (Samuel, 1.1, XIII, 19 y
ss.) precisa que los filisteos poseían una especie de monopolio de la fabricación de
los objetos de hierro y que conocían el arte de transformarlo en acero, pero
conservaban secretos sus procedimientos.
Los libros del Antiguo Testamento recuerdan la historia de los combates librados por el pueblo de Israel contra los filisteos; la amenaza que hacían pesar sobre los
hebreos fue la razón del establecimiento de la realeza y de la creación del Estado
judío.
Al mismo tiempo que mencionan a los Phrst, las inscripciones egipcias hablan de
otro pueblo: los «Sakar», que el egiptólogo Grapow escribe «Zeker», E. Meyer, el
célebre historiador, «Zakari», y Schachermeyr, «Takara».
Junto a los filisteos, los sakar participaron por mar y por tierra en el ataque contra
Egipto; del mismo modo que sus aliados, los sakar eran gentes de mar. En los
bajorrelieves de Medinet-Habú ningún detalle de la indumentaria permite
distinguirlos de sus hermanos de armas.
Una casualidad extraordinaria ha hecho que un papiro datado del año 1095 a. C.
se haya conservado. Se trata del papiro Golenischeff, llamado también papiro Uen-
Amun, titulado «Relación del viaje emprendido por Uen-Amun del templo de Amón
(en Karnak) para encontrar la madera necesaria en la construcción de la barca de
Amón-Ra, rey de los dioses». Este texto nos dice que los sakar estaban gobernados
por un rey Bender; residente en Dor, reinaba sobre el litoral vecino. El mismo papiro
menciona que Bender había dado muestras de cortesía y amabilidad para con Uen-
Amun, a quien la huida de uno de sus marineros con el dinero había colocado en una
penosa situación, y que los sakar poseían una flota importante. Entre otras cosas,
dice: «Once navíos sakar vinieron a anclar al mismo tiempo en el puerto de Biblos».
Parece por esto que los sakar disponían de otras factorías en las costas del
Mediterráneo oriental.
En cambio, en ninguna parte el Antiguo Testamento alude a los sakar; sin duda,
los israelitas no hicieron diferencia alguna entre ellos y los filisteos. Para ellos, Phrst
y Sakar no formaban más que un mismo pueblo.
Fundándose en una vaga analogía entre las palabras «Sakar» y «Zakro», pueblo
de la costa oriental de Creta, Flinders Petrie dedujo que los sakar serían originarios de
Creta. Schachermeyr se levanta contra esta interpretación y declara: «Me opongo a
ello, por cuanto este método pone al descubierto el empirismo más condenable».
Otra tesis, debida al profesor Dehn, de la Universidad de Marburg, es de igual
modo inaceptable. Según él, los filisteos, «los restos de la isla de Caphtor» (este
nombre presenta cierto parecido con el de «Kefti», que designa Creta, que aparecía en
Egipto bajo la dinastía XVIII —1580-1350 a. C.—, eran originarios de Creta. Pues
bien, en el Antiguo Testamento, la isla de los filisteos lleva el nombre de «Ai
Kaphthor», que significa islas de las columnas del cielo; se trata de una alusión del
culto rendido a las columnas celestes. Kefti y Kaphthor no tienen seguramente nada
de común. Además la inscripción de Canope compara los «kephtis» a los fenicios,
que vivían no en Creta sino en la costa de Siria. El método denunciado por
Schachermeyr, que consiste en identificar los pueblos mediante simples semejanzas
fonéticas, es erróneo.
El tercer pueblo al cual hacen alusión las inscripciones egipcias es el de los «Denen». Grapow escribe «Denen», E. Meyer, «Danauna», y Schachermeyr,
«Denjen». Son, sin embargo, nombrados al mismo tiempo que los filisteos y llamados
«los Denen originarios de las islas».
Aplicando el método que gustaba a Flinders Petrie se ha intentado identificarlos
con los argivos. La tradición griega nos enseña que los argivos habitaban la Argólida,
comarca del Peloponeso, región devastada por los invasores nórdicos. Schachermeyr
escribe, a propósito de los denen-argivos, «que, ignorando la navegación, los
bárbaros obligaron a los argivos a subir a sus barcos y a luchar contra los egipcios; no
hay otra explicación posible».
Esta tesis no es defendible desde ningún punto de vista. Como ya hemos visto, los
filisteos y sus aliados no ignoraban ninguna de las reglas de la navegación, y se
contaban incluso entre los mejores marinos de la época. ¿Para qué habrían obligado a
los habitantes de los países sometidos por ellos a gobernar sus barcos? Eran
perfectamente capaces de construirlos y dirigirlos ellos mismos. Además, ningún
bajorrelieve egipcio muestra a los argivos «combatiendo a pesar suyo»; los hombres
de la tripulación de los navíos asaltantes llevan las mismas armas, el mismo vestido y
el mismo peinado, casco o corona de cañas, que los guerreros del ejército invasor.
Finalmente, la Argólida estaba habitada por los argivos desde 1400 a. C., mientras
que los denen y sus aliados aparecen solamente en 1200 a. C. en el Peloponeso.
En resumen, parece cierto que los denen, los sakar y los filisteos tenían un origen
común: el área nórdica.
Los sekelesa, los sardana y los vasasa, que las inscripciones egipcias mencionan
como aliados de los hiperbóreos, al parecer no eran más que vasallos. Antes de la
invasión, algunos servían ya como mercenarios en Egipto; en 1200 a. C. otros
lucharon contra los hiperbóreos al lado de las tropas de Ramsés III.
Es verosímil —pero esto no es más que una suposición— que «sardana»
designase a los sardos; «vasasa», a los habitantes de otras islas del Mediterráneo
(¿Baleares?), y «sekelesa», a los sicilianos.
De todas formas, el hecho de que una parte de los sardana, de los vasasa y de los
sekelesa combatiese con los hiperbóreos y otra contra ellos confirma los datos de
Platón: los atlantes habían sometido los países ribereños del mar Tirreno,
incorporando sus habitantes varones a la armada que se preparaba para invadir Egipto
(Timeo, 25). Admitiendo que hubiese en la armada atlante combatientes a pesar de
ellos, éstos no eran los denen, sino los sardana o los sekelesa.