La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 48 de 54

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La Atlántida

10. El arte del tejido entre los feacios

encontrado incluso en una sepultura de la Edad del Bronce una espada con

empuñadura de oro.

 

10. EL ARTE DEL TEJIDO ENTRE LOS FEACIOS

 

A propósito de las mujeres feacias, Homero escribe:

 

De las cincuenta sirvientas que viven en la mansión, unas aplastan el trigo de oro bajo la muela; otras tejen la tela o ruedan la rueca, como rueda la hoja en lo alto del álamo; y relucía como impregnada de aceite líquido la trama de los tejidos, pues así como los feacios eran los más diestros entre los hombres para remar en el mar a bordo de las ligeras naves, así también sus mujeres sobresalían en el tejido de las telas, pues Atenea les había concedido, entre todas, la rectitud del corazón y la destreza de las manos (Odisea, VII, 103, 111).

 

Entre otros regalos, los feacios entregan a Ulises una pieza de lino preciosa.

Diversos arqueólogos han insistido en la habilidad manual de las mujeres germanas

en la Edad del Bronce; para ellas, el tejido, el hilado y la confección de las telas no

tenían secretos. A este respecto, Schwantes precisa: «Los tejidos de la Edad del

Bronce son de una perfección técnica asombrosa. Lo que se ha considerado mucho

tiempo como remiendo, la textura de los vestidos de los hombres en particular que, a

primera vista, parecían hechos de piezas y trozos, es, en realidad, el resultado de una

larga tradición textil». Algunos incluso han hecho remontar el origen del estilo

geométrico, introducido en Grecia por los inmigrantes hiperbóreos, a los motivos

utilizados por los tejedores nórdicos. El arqueólogo Conze explica a este respecto:

«Semper indica con razón que el dibujo y las formas de los vasos griegos

contemporáneos a la invasión dórica tuvieron por origen las realizaciones de los

tejedores del área nórdica. Los hilos cruzándose en ángulo recto dieron lugar al

dibujo lineal. El hecho que los decoradores de vasos adoptaran exclusivamente los

motivos inventados en otra rama del arte manual prueba que en esta época el tejido,

oficio femenino por excelencia, era la primera de las artes». Convencido del origen

nórdico de la ornamentación geométrica que aparece en Grecia hacia 1200 a. C.,

Conze concluye: «Los alfareros que modelaron y decoraron los antiguos vasos

griegos estaban en el mismo punto que sus colegas de raza nórdica; las analogías

evidentes y el respeto hacia los antiguos procedimientos hacen pensar que unos y

otros tenían una herencia artística común y de la misma procedencia». Esta hipótesis

ha sido muchas veces renovada; von Oppeln-Bronikowski explica, también, que el estilo protogeométrico «se deriva necesariamente de los motivos textiles y de la

decoración nórdicas».

La denominación Tuimah o Ta mah empleada por los egipcios para designar los

libios o los hiperbóreos indica igualmente que tenían una sólida reputación de

tejedores. Ta mah significa «país del norte»; Brugsch ha probado que los egipcios

llamaban al lino mah y el país donde crecía ta mah. Curiosa coincidencia: ¡el mismo

ideograma designa a la vez el país del norte y el país del lino!

No es menos extraño que, en los bajorrelieves de Medinet-Habú, Ramsés III

hiciese representar a los hiperbóreos y sus aliados como portadores de ramo de lino.

¿Es para precisar su origen nórdico o su pertenencia al ejército de los atlantes?

¿Quizás haya querido indicar que el lino, vegetal que crece en los países húmedos del

norte, era una planta hiperbórea?

Sea como fuese, con justicia alaba Homero la habilidad de los feacios en materia

de tejido y en la fabricación de telas de lana y de lino.

La descripción de la isla de los feacios contiene numerosos detalles que, con toda

evidencia, no pudieron serle suministrados más que por testigos oculares. En el

octavo canto de la Odisea, Homero narra que, después de haberle preparado un baño

caliente, los feacios invitaron a Ulises a tomar parte en un banquete. Cada invitado

tenía su mesa y su silla (Odisea, VII, 174). Hablando de los germanos, Tácito

también precisa: «Después del baño, toman su comida; cada uno con su mesa y su

silla» (De Germania, XXII). Por el contrario, los mediterráneos tomaban asiento

alrededor de una misma mesa; aquella costumbre les era extraña. Asimismo, el

banquete ofrecido a Ulises por los feacios está preparado en un hogar abierto donde

el fuego quema día y noche (Odisea, VII, 153; VI, 305); el hecho está confirmado por

Tácito. En Grecia, en Egipto y en los países ribereños del «mar Interior», la

templanza del clima hacía superfluo este uso.

En unas sepulturas del área nórdica, se han descubierto unos vasos y unos

recipientes litúrgicos que recuerdan totalmente las copas, las jarras de oro y el caldero

de bronce utilizados por la servidumbre del rey de los feacios. Éstos conocían

igualmente el arpa y el laúd (Odisea, VIII, 98; VIII, 248; VIII, 261), lo cual coincide

con lo que narran los autores griegos a propósito de los hiperbóreos. Sin duda se

trataba de la hrotta, instrumento musical germano (se encuentra todavía en Suecia,

donde se le da el nombre de Tamenharfe), y del win, o winne, análogo al laúd común

en toda el área nórdica.

Hasta aquí, ninguno de estos instrumentos contemporáneos de la desaparición de

la Atlántida, hrotta o win, ha sido encontrado, pero no es menos cierto que las liras de

la Edad del Bronce descubiertas en el área nórdica, y frecuentemente aparejadas dos a

dos, atestiguan la habilidad técnica de los fabricantes de instrumentos de cuerda y de

instrumentos musicales hiperbóreos.

Homero cuenta que, en la sala del castillo real, el sitio de honor se encontraba

«junto al hogar» (Odisea, VI, 305), cerca de la «alta columna» (Odisea, VIII, 66), en el «centro de la sala» (Odisea, III, 473). Lo mismo ocurría entre los germanos; esta

disposición se ha conservado, además, en el norte de Frisia. El sitio de honor alzado y

colocado cerca del hogar de la casa (ostenefd), en Husum, lo atestigua.

El palacio del rey de los feacios descrito por Homero tenía, sin duda, un gran

salón con columnas; la viga principal era sostenida por dos o más pilares. El

arqueólogo Saeftel ha demostrado que esta forma de construcción era conocida en la

Edad del Bronce en el área nórdica. Se puede igualmente suponer que el palacio del

rey de los filisteos, en Saza, cuyo derrumbamiento provocó Sansón, estaba edificado

según este modelo. Es lo que parece resultar de los estudios del mismo Saeftel, que

ha descubierto, además, extrañas analogías entre las casas de los filisteos y las de los

nórdicos de la Edad del Bronce.

Según Homero, los feacios llevaban un manto y un vestido; se han encontrado

ejemplares de los mismos correspondientes a la Edad del Bronce en las turberas del

Schleswig. Tácito confirma, por otra parte, que los germanos se vestían con bragas y

mantos.

Alcínoo, rey de los feacios, habla en sus discursos de las tres hermanas

implacables que hilaban la trama de la vida de los hombres (Odisea, VII, 198); es

verosímilmente una alusión a las tres Afonías, las Parcas de la mitología germánica,

señeras del destino.

Por último, en ninguna parte en el curso de sus viajes, Ulises se benefició de una

hospitalidad comparable a la de los feacios; Nausícaa y Echeneos explican a Ulises

que la hospitalidad es un deber sagrado para sus compatriotas. Este pasaje se puede

comparar con aquél en que, hablando de los germanos, Tácito declara:

 

Negar a un extraño el albergue o la comida es considerado como una falta grave. Cada uno aloja a su huésped lo mejor que puede (De Germania, XXI).

 

Último detalle: la semejanza entre la descripción del festín dado en su palacio por

el rey de los feacios y la de Tácito, al explicar la manera como se desarrolla un

banquete germánico, es sorprendente.

Todos los versos del pasaje relativo a la Feacia que, en sí mismos, no presentan

más que una importancia relativa, constituyen en su conjunto la prueba formal que

Homero disponía de una relación perfectamente explícita y exacta y que se sirvió de

ella para componer la Odisea. No sólo las precisiones que da sobre el emplazamiento

de la isla y de sus habitantes, sino una multitud de detalles: utilización de estacas para

reforzar los diques, presencia de dunas litorales, refugios para los barcos, existencia

de espadas «todas de bronce», desarrollo del arte del tejedor, etcétera, indican que se

trata de un documento histórico, independiente del que sirvió a Platón. Creamos,

pues, a Tácito, que, en De Germania, escribe:

 

Algunos afirman que, en el curso de un largo y legendario periplo, Ulises fue empujado al océano del norte y que llegó a tierra germánica.