La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 22 de 54

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La Atlántida

4. El oricalco

El cataclismo obligó a cambiar de desembocadura; con restos de la isla

sumergida, el mar edificó una muralla costera, el «Lundener Nehrung», que

prolongaba el «Lundenberger Sand». Con una altura de ocho metros y una longitud

de veinte kilómetros, esta barra de arena orientada de norte a sur aislaba el Eider del

mar. Schütte, profesor en la Universidad de Kiel, explica a propósito de esto: «El

Lundener Nehrung y su prolongación transformaron la bahía del Eider en laguna.

Detrás de la barra de arena se formaron pantanos y cañaverales».

El Eider encontró una nueva salida más al norte; la antigua desembocadura se

cegó. Desde entonces, la ruta directa entre Basileia y el mar quedó cortada.

El mismo fenómeno se produjo en la época histórica en el norte de Jutlandia,

donde una marejada alta y los depósitos acumulados por el mar bloquearon durante

siglos el Limfjord, otro paso entre el Mar del Norte y el Báltico que hacia el año 1100

de nuestra era estaba aún abierto a la navegación.

 

4. EL ORICALCO

 

Ciertos pasajes del relato de Platón relativos al «oricalco» prueban, si aún fuera

necesario, que las dos Basileias —la de Platón y la de Piteas— no son más que una.

Siempre ha existido la duda de cuál era la materia que designaba la palabra

«oricalco»; en realidad, la cuestión es fácil de resolver.

He ahí qué detalles da Platón a este respecto:

 

La isla misma abastecía desde luego de todos los metales duros o maleables que se pueden extraer de las minas. En primer lugar, aquel del que hoy sólo conocemos el nombre, pero del que entonces existía, además del nombre, la misma sustancia: el oricalco, después del oro, era el más precioso de los metales que se extraían entonces (Critias, 114).

Recubrieron con estaño fundido el recinto interior y, en cuanto a aquella que rodeaba la Acrópolis misma, la guarnecieron de oricalco (Critias, 116). Habían revestido de plata todo el interior del santuario… en el interior la cubierta era toda de marfil y por todas partes adornada de oro, de plata y de oricalco. Todo el resto, los muros, las columnas, el pavimento, lo guarnecieron de oricalco (Critias, 116). La autoridad de unos reyes sobre otros y sus relaciones se basaban en los decretos de Poseidón. La tradición se lo ordenaba, así como una inscripción grabada por los primeros reyes sobre una columna de oricalco, que se encontraba en el centro de la isla, en el templo de Poseidón (Critias, 119).

 

Gran número de arqueólogos han intentado descubrir el misterio del oricalco.

Fundándose sobre el hecho que Platón menciona esta materia inmediatamente

después del cobre, tratado y trabajado en Basileia, algunos han deducido que se trataba de una sustancia metálica; por este motivo han colocado la Atlántida en

regiones ricas en yacimientos metalíferos. Otros, por el contrario, sacan partido del

oricalco, materia desconocida, para probar que el relato de Platón es un mito. Hasta

tal punto el oricalco se ha convertido en la «llave» del problema de la Atlántida; de la

solución de este «misterio» depende la del enigma de la Atlántida. Pero, hasta ahora,

nadie ha podido decir si el oricalco era una sustancia imaginaria o real.

La mayoría de los arqueólogos y de los filólogos traducen la palabra griega

«arcichalkos» por «aleación de cobre y oro». Pues bien, esta interpretación es

contraria a los datos suministrados por Platón, que nos dice: «Se le extraía de la tierra

en muchos lugares de la isla» (Critias, 714). Se trata, pues, de un producto natural y

no de una aleación. Además, una aleación de cobre y oro no se disolvería en aceite y

no se puede utilizar para pintar muros y columnas; sin embargo, esto es lo que dice

Platón a propósito del oricalco.

Netoliztzky, especialista de la Atlántida, supone que el oricalco era una aleación

de cobre y plata (cobre blanco); por tanto, la Atlántida tenía que encontrarse en la

región de Tartessos, donde existen importantes yacimientos de cobre y plata. Pero el

cobre blanco es una aleación; no se le encuentra tal cual en el suelo y no puede

utilizarse en forma de pintura o de barniz. También Schulten identifica el mineral de

Tartessos con el oricalco. Para el profesor Borchardt, de Munich, la palabra griega

«oreichalkos» designa una aleación próxima al latón (cobre-estaño); esta opinión es

compartida por un prehistoriador holandés, Hermann Wisth. Aquél sitúa la Atlántida

en las regiones polares y remonta su destrucción a ocho mil años a. C. Según él, en

una época en que los glaciares descendían al sur de Suecia y en que la península

escandinava estaba deshabitada, los antepasados de los esquimales actuales habrían

conocido el arte de fabricar el oricalco.

Mencionemos por último la curiosa hipótesis del ruso Mereschkowski; según él,

«el oricalco sería un metal específicamente atlante, desaparecido desde entonces, la

sustancia primitiva por excelencia».

Se comprende, por tanto, que los arqueólogos califiquen de mito la relación de

Platón. Y sin embargo, para saber lo que era el oricalco basta con examinar el

contenido de las tumbas de la Edad del Bronce; las joyas que encierran están hechas

de este material, que «era el más precioso después del oro» (Critias, 114): el ámbar.

Se ha descubierto en las tumbas de la Edad del Bronce, en Egipto, en Creta, en Asia

Menor, en Micenas, en España, en el norte de Francia, en Irlanda, en Inglaterra, en

Alemania del Norte, en Dinamarca y en Suecia oriental. Es, pues, el ámbar, al que

Platón da el nombre de «oreichalkos»; oricalco y ámbar son sinónimos.

Las indicaciones de Platón concernientes al oricalco se aplican exclusivamente al

ámbar. El ámbar tiene «reflejos de fuego» (Critias, 116), era «el más precioso

después del oro»; es la única materia susceptible de ser disuelta en aceite caliente y

que puede utilizarse como una laca. La \ prueba de que los hiperbóreos conocían esta

utilización es la presencia, en una sepultura de finales de la Edad del Bronce, en Sylt, de un anillo de ámbar fundido, grueso como un tálero; se encontraba junto con