La Atlántida
3. Instrucciones náuticas empleadas por los navegantes que se dirigían a Basileia
Para terminar, Platón cuenta que oyendo a los sacerdotes de Sais contarle la
desaparición de la Atlántida, Solón manifiesta que: «ni él ni ningún griego no habría
sabido casi nada de esto» (Timeo, 21). Así, puesto que antes de Solón, nadie en
Grecia había barruntado la desaparición de la Atlántida ni las hazañas de los antiguos
atenienses, Homero, que murió muchos siglos antes de Solón, no podía haber tenido
conocimiento de aquéllos.
Todo esto parece indicar que los dos relatos, el de Platón y el de Homero, tienen
un punto de partida común: la desaparición de la isla atlante situada delante de la
costa del Schleswig-Holstein. En los dos casos se trata sin duda alguna de la misma
isla. Los relatos se entrecruzan y se completan, y su cotejo permite reconstruir lo que
era, hace más de tres mil años, la existencia de los habitantes de Basileia y del
imperio atlante.
3. INSTRUCCIONES NÁUTICAS EMPLEADAS POR LOS
NAVEGANTES QUE SE DIRIGÍAN A BASILEIA
Para saber hasta qué punto Homero estaba informado sobre la isla real de los
atlantes y para comprobar sus indicaciones, el método mejor consiste en seguir a
Ulises en un periplo y revivir con él sus aventuras en la isla de los feacios.
Después de pasar siete años en la isla de Ogygia con la diosa Calipso, Ulises
vuelve al mar y pone rumbo hacia la isla de los feacios.
Los filólogos han constatado que la Odisea encierra muchos pasajes que, por lo
menos en parte, parecen haber sido tomados del diario de a bordo de un capitán de
navío contemporáneo. Homero tuvo verosímilmente a su disposición mapas o
instrucciones náuticas indicando la ruta a seguir y las distancias que separaban entre
sí las islas y las costas. Los cabos eran determinados en función de la disposición de
las estrellas y de la dirección de los vientos dominantes; en cuanto a las distancias, la
unidad era el «etmal» (distancia cubierta por una embarcación en 24 horas), o sea mil
estadios o 100 millas marinas. Esto es al menos lo que resulta del cálculo de los datos
contenidos en los cantos homéricos; los antiguos escritores mencionan igualmente
cifras semejantes que no tienen por lo demás nada de exagerado. Otras referencias
dejan suponer, en efecto, que en la época de Homero los navíos griegos realizaban
travesías importantes. El periplo de Escílax, geógrafo griego (500 a. C.), indica, por
ejemplo, que los marinos helenos empleaban siete días desde Cartago a las Columnas de Hércules (Gibraltar), puertos separados por 840 millas marinas.
Las instrucciones náuticas entregadas a Ulises en previsión del viaje que, de
Ogygia, le llevará a las costas de la isla de los feacios han sido cuidadosamente
comprobadas. Breusing, antiguo director de la escuela de navegación de Bremen,
constata a este propósito: «Los datos náuticos y marítimos indicados por Homero
están perfectamente fundados; concuerdan en su mayor parte con los datos reales».
Por su parte, Henning declara: «Las instrucciones náuticas entregadas a Ulises por
Calipso son, aunque eso pueda sorprender en principio, de una precisión
sorprendente; aún en la actualidad, un marino no tendría más que observarlas para
mantener su rumbo». Ésta es una de las pruebas más convincentes de la autenticidad
de las descripciones de Homero; las instrucciones atestiguan un espíritu práctico y no
se trata de informes caprichosos.
Citemos ahora el pasaje de la Odisea (V, 279 y siguientes) que relata las
consignas dadas a Ulises por Calipso:
Lleno de gozo, el divino Ulises abrió sus velas. Sentado cerca del timón, gobernaba magistralmente; sin que el sueño jamás cayera en sus párpados, su vista fija en las Pléyades y el Boyero, que se oculta tan tarde, y la Osa, que se llama también el Carro, la única estrella que nunca se hunde en el baño del océano, sino que vuela al mismo sitio mirando a Orión. La opinión de Calipso, la divina, era navegar sobre las rutas mar adentro observando siempre la Osa a la izquierda. Diecisiete días navegó mar adentro; por último, el dieciocho, los montes de Feacia y sus bosques aparecieron; la tierra estaba cerca, ahondando su escudo sobre la bruma de los mares.
Antes de comprobar la exactitud de las indicaciones, recordemos cuál es el punto
de partida del héroe.
Ulises se encuentra en la isla de Ogygia en compañía de la diosa Calipso; vacía de
habitantes, la isla está aislada en medio del océano. Homero llama igualmente a la
isla de Ogygia el «ombligo de los mares» (Odisea, I, 50); la diosa habita una gran
caverna que se abre entre las rocas. Ya los escoliastas griegos especificaban que la
isla de Ogygia estaba situada en el océano; siendo ésta también la opinión de
Estrabón. Recientemente, Wilamowitz-Mollendorf ha hecho notar que la expresión
nesos Ogygie indicaba la situación de la isla en el océano. Ogygia y Okeanos tienen
una raíz común: «og», que significa círculo, mar circular, océano.
Allende las Columnas de Hércules —Homero las llama Escila y Caribdis— en el
océano Atlántico se encuentran tres archipiélagos: las islas Canarias, Madera y las
Azores. Los tres han sido identificados con la Ogygia de Homero.
Sin embargo, buen número de razones se oponen a que las Canarias y Madera
hayan sido la isla de Calipso. Homero insiste varias veces en que Ogygia es una isla
desierta. Pues bien, las Canarias y Madera estaban, al contrario, habitadas desde el
Neolítico. En efecto, último refugio de los hombres de Cro-Magnon, esos dos
archipiélagos quedaron como focos de la civilización neolítica hasta la Edad Media,
época en que los navegantes portugueses y españoles las descubrieron. Asimismo,
Ulises es invitado a tener durante la noche la mirada fija en las Pléyades y el Boyero
y mantener su rumbo. Según los cálculos del doctor Villinger, de lena, en verano — estación durante la cual Ulises emprendió su viaje— estas constelaciones no son
visibles al mismo tiempo, al sur de los 35 grados de latitud. Pues bien, si se admite
que las instrucciones de Calipso tienen un sentido, implica que la Ogygia de Ulises
estaba situada al norte del paralelo 35. Como Madera y las Canarias se encuentran
más al sur, no quedan más que las Azores.
Todas las indicaciones y las descripciones que figuran en la Odisea se aplican
efectivamente a este archipiélago y atestiguan la identidad de Ogygia y las Azores.
Habiendo navegado durante nueve días, en la décima noche y después de haber
dejado atrás Escila y Caribdis, Ulises alcanza las costas de Ogygia. R. Hennig ha
probado que los célebres escollos son los que bordean el estrecho de Gibraltar.
Además, si adoptamos las normas de Homero para determinar el camino recorrido —
100 millas marinas por día de navegación—, constatamos que al cabo de nueve días y
medio Ulises se encontraba a 950 millas de Gibraltar, o sea en San Miguel (952
millas). Es más, la isla de Ogygia es calificada por Homero de «ombligo de los
mares»; tal es, en efecto, el antiguo nombre de San Miguel. En el siglo XVIII, la isla
llevaba todavía, sobre los mapas, el de «Umbelicus maris».
Homero precisa igualmente que, en Ogygia, Calipso habitaba una gran caverna.
El poeta debía tener conocimiento de la existencia de una cueva sagrada en esta isla.
De hecho, hay una en San Miguel; en tiempos prehistóricos representaba el papel de
santuario tribal. En el siglo XV, cuando el descubrimiento de las Azores, los
portugueses descubrieron una estela grabada mostrando una construcción en la cual
Le Cour ve la representación de un templo atlante, además de unos grabados
rupestres semejantes a las inscripciones rúnicas, que no se pueden descifrar, y una
estatua ecuestre muy bien conservada. Por orden de Dom João, soberano de Portugal,
estos objetos fueron embarcados en una nave; la desdicha quiso que naufragase en el
año 1550.
Según Plutarco, la isla de Ogygia se encontraba aislada en la inmensidad del
océano, a cinco días de navegación de las costas de una cueva, y precisa que Cronos,
el primer rey de los atlantes, había pasado en ella la noche con sus compañeros.
Jacob Grimm y Welcker comparan esta leyenda con las viejas sagas germánicas;
se trata de reyes dormidos en las cuevas de las montañas.
Aunque Plutarco se engañase en cuanto al emplazamiento de la isla de Calipso —
las Azores no se encuentran al oeste, sino al sudoeste con respecto a Bretaña—, es
preciso ver en su testimonio la prueba formal de que las Azores son las únicas islas
del océano, al norte del paralelo 35, que pueden ser identificadas con Ogygia.
Además, el hecho de que Plutarco cuente que Oronos, rey de la Atlántida, dormía en
la cueva de Ogygia, mientras que Homero hace de la cueva la morada de Calipso, hija
de Atlas (Odisea, I, 52), prueba que ya los antiguos confundían las Azores y la
Atlántida. Tal es la razón que determina por qué en nuestra época se han buscado
siempre los vestigios del continente desaparecido en la vecindad de las Azores.
El descubrimiento en San Miguel de monedas cartaginesas, fechadas en los siglos VI y VII a. C., atestigua que los navegantes púnicos llegaron muy pronto a las Azores.
El arqueólogo americano Donelly ve en otros objetos, que se remontan a la época
prehistórica y son atribuidos a los fenicios, vestigios atlantes.
Incluso admitiendo que las Azores no hubiesen estado pobladas en la antigüedad,
hay un hecho patente: los descubrimientos efectuados demuestran que recibieron la
visita de navegantes de paso, o que algunos náufragos —Ulises era uno de ellos—
encontraron allí refugio.
La hipótesis según la cual Homero había utilizado como referencia el diario de un
capitán de navío que conocía el emplazamiento de las Azores y su topografía es,
pues, perfectamente verosímil.
En resumen, todo lleva a creer que la isla de Ogygia y la de San Miguel, en el
archipiélago de las Azores, son idénticas; y que éste fue el punto de partida del
periplo de Ulises.
Las instrucciones de Calipso precisan que Ulises no debía apartar la vista de las
constelaciones del Boyero y de las Pléyades. Según Hennig, «estas estrellas se
levantan casi siempre sobre el mismo punto en la bóveda celeste, al este-nordeste».
Manteniendo su ruta, Ulises se dirige hacia la Mancha, penetra en el Mar del Norte y
pone rumbo a la isla de Heligoland. El viaje duró 17 días: los vientos enviados por
Calipso, para ayudar a su protegido, se mantienen durante todo el trayecto. El
decimoctavo día, Ulises descubre la isla rocosa que precede el litoral de la isla de los
feacios. Si aplicamos la tabla de distancias adoptada por Homero, comprobamos que,
después de dieciocho días, un navío salido de San Miguel y navegando a la vela, con
la misma velocidad y teniendo el mismo rumbo que el esquife de Ulises, estaría
efectivamente a 1750 millas de las Azores y a diez o veinte millas de Heligoland.
Hennig tiene, pues, razón al alabar «la extraordinaria precisión» de las instrucciones
náuticas de Calipso.
Sin embargo, serían incompletas si no dieran alguna precisión sobre los puntos de
atraque y sobre el litoral. Los manuales de navegación, antiguos y modernos,
contienen siempre una descripción breve o, mejor todavía, un croquis, que muestra la
silueta de la costa de los lugares propicios para anclar. Se encuentra igualmente esta
indicación en el relato de la llegada de Ulises ante el litoral de Feacia: «La tierra
estaba muy cerca, arqueando su escudo sobre la bruma de los mares» (Odisea, 5,
281).
Por definición, un escudo es una superficie plana o ligeramente convexa que se
hincha en su mitad para formar el umbo; esta comparación poética debía aplicarse
exactamente al perfil de Heligoland vista desde el mar. Representa el umbo del
escudo cuyos bordes son las colinas que hay a lo largo del litoral de la isla de los
feacios-atlantes.
Del lugar donde se encontraba Ulises, es decir, el oeste-sudoeste, las islas, una
rocosa, la otra baja, recuerdan ciertamente un escudo.
Un largo pasaje de la Odisea narra cómo Ulises pone rumbo a la isla rocosa, mientras que la balsa tripulada por el héroe griego se acerca al litoral. De repente,
Poseidón la descubre. Desencadena la tempestad que desmantela el esquife; su
pasajero es lanzado a la costa por las olas. He aquí en qué términos Homero describe
la isla a donde llega Ulises:
Pero cuando se hallaba tan cerca que hubiéranse oído sus voces, percibió la resaca que retumbaba sobre las rocas. Las enormes olas se estrellaban, espantosas, contra la árida costa. Todo estaba envuelto en la espuma del mar. Y no había puertos, ni abrigos para las naves… nada más que los cabos mostrando sus peñascos y sus escollos.
Sintiendo desfallecer sus rodillas y su corazón, Ulises entonces murmuró en su espíritu valiente: —¡Desgraciado de mí! ¡Cuando Zeus, contra toda esperanza, pone la tierra ante mis ojos, cuando he conseguido atravesar este abismo, sin abrigo a la vista donde pudiese salir de este mar de espuma! A lo largo de la orilla no hay más que puntas y rocas alrededor de las cuales brama la marea tumultuosa; por detrás, un acantilado de piedra desnuda; delante el mar sin fondo; ¡en ninguna parte un lugar donde colocar mis dos pies para evitar la muerte!… Y en cuanto intente abordar, un golpe de mar me levantará y me va a lanzar contra la roca desnuda; ¡todo esfuerzo sería vano! Pero si continúo costeando, nadando, y busco descubrir la cuesta de una playa o un puerto, tengo miedo que la borrasca me lance de nuevo al profundo mar abundante en peces. ¡Oh! Me gustaría gritar; dichoso si uno de los dioses no me envía del fondo alguno de estos grandes monstruos que crió en rebaño la famosa Anfitrita. Su espíritu y su corazón no sabían qué resolver: cuando un golpe de mar lo lanza a la roca de un cabo. Allí se habría desgarrado la piel y roto los huesos si Atenea, la diosa de los ojos garzos, no le hubiera incorporado. Avanzó y con ambas manos cogió la roca: jadeante, se suspendió, dejando pasar sobre él la inmensa ola. Pudo sostener el golpe, pero, al volver, la ola lo asaltó, lo golpeó y le volvió al mar. Igual que innúmeras piedrecillas quedan adheridas a los huecos tentáculos del pulpo arrancado de su guarida, igual la piel de su vigorosa mano quedó desgarrada en el roquedo mientras la enorme ola le envolvía. Ahí, hubiera sido el fin del desdichado Ulises, sin el claro pensamiento que le inspiró Atenea, la diosa de los ojos garzos. Cuando emergió, el mar seguía rugiendo; nadó a lo largo de la costa mirando hacia tierra, por si hallaba en algún sitio un punto o una playa lamida por el mar. Siempre nadando, llegó a la desembocadura de un río de hermosa corriente y éste le pareció lugar mejor; sin roca, una playa resguardada de todo viento; reconoció la entrada y suplicó desde su corazón (Odisea, V, 400 a 444).
Nadie mejor que Homero ha descrito el asalto de las olas lanzadas por la
tempestad contra las rocas de Heligoland. Todas las expresiones y las imágenes de las
cuales se sirvió —«cabos apuntando sus rocas y sus escollos», «puntas y rocas
afiladas»— para describir el aspecto de la costa oeste de la isla de Heligoland, son de
una precisión asombrosa; es así como se presenta «la isla santa» a la mirada de los
marinos.
El viento del norte y una corriente favorable colocaron a Ulises a lo largo de la
costa sur y lo llevaron a la desembocadura del río que riega la llanura del país de los
feacios situada detrás del espolón rocoso: «Éste le pareció lugar mejor, sin roca, una
playa resguardada de todo viento».
Homero imagina que el río corre de este a oeste; sólo esta disposición explica que
la ribera septentrional proteja a Ulises del viento del norte que lo ha llevado desde el
oeste-sudoeste a esta parte del litoral. Este río está consagrado a un dios; Homero no
lo nombra, pero Apolonio escribió más tarde que su nombre era «Aigaios».
Es indudable que este río consagrado al dios Aigaios era el Eider, y eso por varias
razones. La primera es que corre de este a oeste y se lanza al Mar del Norte al sur de
Heligoland y de Basileia; la segunda, es que en la Edad Media el Eider llevaba el nombre de «Aegisdora», derivado del nombre de una divinidad fluvial, «Aegis». La
identidad de Aegis y del Aigaios de Apolonio es evidente.
Veamos ahora en qué circunstancias Ulises toma pie en el litoral; en seguida ha
descubierto el trozo de agua tranquila y la orilla llana del río. Las corrientes marinas
le han empujado hacia la desembocadura; pero, de repente, la marea cambia y, de
nuevo, Ulises es arrastrado hacia alta mar. Desesperado, suplica a la divinidad
protectora venga en su ayuda. Y entonces se produce el milagro: el dios detiene el
agua que corre hacia el mar y las olas llevan al náufrago hasta la playa.
A propósito de este pasaje de la Odisea, Hennig escribe: «Ya en 1902, Krümmel
constató que las circunstancias de la llegada de Ulises a la isla de los feacios evocan
de manera inequívoca las de la transposición de la marea. Para los griegos, pueblo
que habitaba las orillas de un mar donde este fenómeno es desconocido, el hecho que
el agua subiera hacia arriba y que este movimiento cesara en un momento
determinado, les parecía un milagro. Gracias a uno de estos “milagros” el héroe de
Homero pudo llegar a las costas de los feacios. Veo en esta semejanza la prueba
definitiva de que Homero al describir la isla de los feacios pensaba ciertamente en un
río que presentaba estas características. Pues está excluido que bajo el efecto de la
sola inspiración poética, un griego haya mencionado un fenómeno natural —o el
cambio de la marea y sus efectos en la desembocadura de un río— que no se producía
ni en su país, ni en un país vecino. Esta circunstancia prueba que, en su relación del
país de los feacios, Homero no ha hecho una obra de imaginación; para escribir la
Odisea, poseía narraciones y documentos precisos redactados por alguien que
conocía perfectamente las regiones ribereñas del océano Atlántico. Si, además de eso,
se medita que, cuatrocientos años después de la muerte de Homero, Piteas de
Marsella fue el primer griego que observó el fenómeno del flujo y del reflujo, que
estudió el juego de las mareas y sus efectos en la desembocadura de los ríos, la
descripción que hace Homero de estos fenómenos en el quinto canto de la Odisea
abre nuevas perspectivas».
Si no es que Hennig se equivoque situando en el oeste de Europa, en las costas
del océano Atlántico, el río mencionado por Homero, tenemos que admitir esta
explicación. Sin embargo, el fenómeno del flujo y del reflujo se producía
efectivamente en la desembocadura del río de los feacios.
Se lee, por ejemplo, en el verso 460 del canto V: «Desató la vela y la dejó caer en
el río y las olas entremezcladas»; en el canto VI, verso 87, se encuentra igualmente:
«Nausícaa lleva la ropa a las orillas del río, donde un agua clara salía a borbotones de
debajo de las rocas y con ella se podía lavar la ropa más negra». Aquí, la expresión
kalor udor significa indistintamente «agua dulce», pues el agua del mar es y ha sido
siempre impropia para la colada. Dicho de otro modo, en el momento que Nausícaa
se instala en la orilla, el río no está ya «mezclado con la ola», sino que arrastra el
agua dulce al mar. Pues bien, esto ocurre solamente cuando un río está sujeto a los
efectos de la marea.