La Atlántida

Jürgen Spanuth · Capítulo 37 de 54

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La Atlántida

9. Juegos y diversiones de los atlantes

guardando estas frutas en una isla del océano septentrional, en el país habitado por los

hiperbóreos. Esta isla no puede ser otra que Basileia.

 

9. JUEGOS Y DIVERSIONES DE LOS ATLANTES

 

El relato de la desaparición de la Atlántida habla de la existencia, en Basileia, de

campos de deportes y de palestras, de baños situados en la proximidad de los

manantiales dedicados a Poseidón, sobre la colina central, de gimnasios, estadios y

circos donde se desarrollaban carreras de carros. También en esto, a primera vista, se

podría acusar a Platón de haber exagerado, pero la verdad es que, en el área nórdica,

existían, en la Edad del Bronce, lugares de reunión. La muchedumbre acudía a ellos

para asistir a las carreras y a las competiciones deportivas. Disponemos igualmente

del testimonio de Homero; no solamente el aeda confirma en sus detalles la

descripción de Platón, sino que describe una competición de atletas en el estadio de

Basileia.

Entre otros estadios de la Edad del Bronce que se han conservado hasta nosotros,

mencionamos el tan conocido de Stonehenge. Schuchhardt escribe: «A un cuarto de

hora de marcha del pueblo de Stonehenge, se levanta una muralla. Muy larga y muy

estrecha, se extiende de este a oeste, casi en línea recta; de dos mil setecientos metros

de longitud y ciento diez de anchura, salvo en las dos extremidades, se presenta bajo

el aspecto de un amontonamiento de tierra precedido de un foso y ofrece las mismas

características que el recinto circular de piedra de Stonehenge. La he visto el 16 de

septiembre de 1910. A algunos centenares de metros al noroeste existe otra, de la

misma forma pero más pequeña. Sólo está conservada la parte oeste; mide trescientos

sesenta metros de longitud y cuarenta y cinco de anchura. Los ingleses les han dado

el nombre de “cursus”; creen que los que las edificaron las utilizaban como campos

de carreras. Me trasladé al lugar y examiné las dos murallas y los fosos con el más

grande escepticismo; observé todas las posibilidades, buscando saber por qué y

cuándo estos amontonamientos habían sido construidos. En definitiva, me adhiero a

las conclusiones de los arqueólogos ingleses: se trata de campos de carreras; la

elección del emplazamiento y la forma del recinto lo prueban sin duda posible. Las

dos extremidades están ligeramente elevadas —ciento ocho metros de altura—,

mientras que el centro del circo está a ochenta metros únicamente del nivel del mar.

Gracias a esta disposición, los espectadores dominaban toda la extensión del terreno y los conductores podían demostrar su habilidad en las subidas y bajadas. Estos

inmensos estadios estaban destinados a las carreras de carros y de caballos; en la

Edad del Bronce, la equitación y la conducción de carros eran muy apreciadas». Los

grabados rupestres descubiertos en Bohuslän y en Schonen lo atestiguan. Señalemos

de paso que los carros nórdicos estaban mucho más perfeccionados que los más

antiguos vehículos encontrados en las excavaciones efectuadas en el sur y este de

Europa. En definitiva, caracterizado por sus dimensiones colosales y por su vasta

extensión, el campo de carreras de Stonehenge no es, pues, la réplica nórdica de un

estadio griego, sino un monumento original y «autóctono».

De todo esto resulta que en la Edad del Bronce los hiperbóreos tenían un gran

adelanto en materia de atletismo y de juegos públicos. Cuando, expulsados de su país

por la catástrofe de 1200 a. C., invadieron Grecia, no encontraron en Olimpia, tan

célebre más tarde, más que una miserable aldea. Habiéndola destruido, construyeron

sobre las ruinas un vasto santuario dedicado a Apolo, dios que recordaba al Poseidón

de Basileia, y un templo consagrado a Oronos; éste era el hermano de Atlas, fundador

del reino de los atlantes. A imagen de los que existían en su patria, los hiperbóreos

edificaron el famoso estadio de Olimpia; los cronistas griegos precisan que fue

establecido por «los hombres de la raza de oro», locución que designa a los atlantes.

Hablando del árbol sagrado de Olimpia, cuyas ramas sostenían las coronas destinadas

a los vencedores, que un muchacho cortaba con un cuchillo de oro, la leyenda griega

indica «que Hércules lo había llevado del país de los hiperbóreos y levantado en

Olimpia». Asimismo, en los vasos con decoración geométrica hechos por los

descendientes de los conquistadores del año 1200 a. C., se ven carreras de carros y

encuentros de atletismo, claras alusiones al espíritu deportivo introducido en Grecia

por los atlantes. Carreras de caballos y competiciones deportivas son «productos de

importación» de origen nórdico; los terrenos de juego de Basileia y el estadio de

Olimpia tienen un origen común. El espíritu olímpico no nació en Olimpia, sino en

Basileia, donde los atlantes competían entre sí y probaban, en la arena y sobre el

estadio, su fuerza y su valor.

Homero, muerto mucho antes de que existiese el estadio de Olimpia, habla de

Basileia y de sus campos de juego; canta en versos imperecederos el ardor

caballeresco de los luchadores atlantes.