La Atlántida
9. Juegos y diversiones de los atlantes
guardando estas frutas en una isla del océano septentrional, en el país habitado por los
hiperbóreos. Esta isla no puede ser otra que Basileia.
9. JUEGOS Y DIVERSIONES DE LOS ATLANTES
El relato de la desaparición de la Atlántida habla de la existencia, en Basileia, de
campos de deportes y de palestras, de baños situados en la proximidad de los
manantiales dedicados a Poseidón, sobre la colina central, de gimnasios, estadios y
circos donde se desarrollaban carreras de carros. También en esto, a primera vista, se
podría acusar a Platón de haber exagerado, pero la verdad es que, en el área nórdica,
existían, en la Edad del Bronce, lugares de reunión. La muchedumbre acudía a ellos
para asistir a las carreras y a las competiciones deportivas. Disponemos igualmente
del testimonio de Homero; no solamente el aeda confirma en sus detalles la
descripción de Platón, sino que describe una competición de atletas en el estadio de
Basileia.
Entre otros estadios de la Edad del Bronce que se han conservado hasta nosotros,
mencionamos el tan conocido de Stonehenge. Schuchhardt escribe: «A un cuarto de
hora de marcha del pueblo de Stonehenge, se levanta una muralla. Muy larga y muy
estrecha, se extiende de este a oeste, casi en línea recta; de dos mil setecientos metros
de longitud y ciento diez de anchura, salvo en las dos extremidades, se presenta bajo
el aspecto de un amontonamiento de tierra precedido de un foso y ofrece las mismas
características que el recinto circular de piedra de Stonehenge. La he visto el 16 de
septiembre de 1910. A algunos centenares de metros al noroeste existe otra, de la
misma forma pero más pequeña. Sólo está conservada la parte oeste; mide trescientos
sesenta metros de longitud y cuarenta y cinco de anchura. Los ingleses les han dado
el nombre de “cursus”; creen que los que las edificaron las utilizaban como campos
de carreras. Me trasladé al lugar y examiné las dos murallas y los fosos con el más
grande escepticismo; observé todas las posibilidades, buscando saber por qué y
cuándo estos amontonamientos habían sido construidos. En definitiva, me adhiero a
las conclusiones de los arqueólogos ingleses: se trata de campos de carreras; la
elección del emplazamiento y la forma del recinto lo prueban sin duda posible. Las
dos extremidades están ligeramente elevadas —ciento ocho metros de altura—,
mientras que el centro del circo está a ochenta metros únicamente del nivel del mar.
Gracias a esta disposición, los espectadores dominaban toda la extensión del terreno y los conductores podían demostrar su habilidad en las subidas y bajadas. Estos
inmensos estadios estaban destinados a las carreras de carros y de caballos; en la
Edad del Bronce, la equitación y la conducción de carros eran muy apreciadas». Los
grabados rupestres descubiertos en Bohuslän y en Schonen lo atestiguan. Señalemos
de paso que los carros nórdicos estaban mucho más perfeccionados que los más
antiguos vehículos encontrados en las excavaciones efectuadas en el sur y este de
Europa. En definitiva, caracterizado por sus dimensiones colosales y por su vasta
extensión, el campo de carreras de Stonehenge no es, pues, la réplica nórdica de un
estadio griego, sino un monumento original y «autóctono».
De todo esto resulta que en la Edad del Bronce los hiperbóreos tenían un gran
adelanto en materia de atletismo y de juegos públicos. Cuando, expulsados de su país
por la catástrofe de 1200 a. C., invadieron Grecia, no encontraron en Olimpia, tan
célebre más tarde, más que una miserable aldea. Habiéndola destruido, construyeron
sobre las ruinas un vasto santuario dedicado a Apolo, dios que recordaba al Poseidón
de Basileia, y un templo consagrado a Oronos; éste era el hermano de Atlas, fundador
del reino de los atlantes. A imagen de los que existían en su patria, los hiperbóreos
edificaron el famoso estadio de Olimpia; los cronistas griegos precisan que fue
establecido por «los hombres de la raza de oro», locución que designa a los atlantes.
Hablando del árbol sagrado de Olimpia, cuyas ramas sostenían las coronas destinadas
a los vencedores, que un muchacho cortaba con un cuchillo de oro, la leyenda griega
indica «que Hércules lo había llevado del país de los hiperbóreos y levantado en
Olimpia». Asimismo, en los vasos con decoración geométrica hechos por los
descendientes de los conquistadores del año 1200 a. C., se ven carreras de carros y
encuentros de atletismo, claras alusiones al espíritu deportivo introducido en Grecia
por los atlantes. Carreras de caballos y competiciones deportivas son «productos de
importación» de origen nórdico; los terrenos de juego de Basileia y el estadio de
Olimpia tienen un origen común. El espíritu olímpico no nació en Olimpia, sino en
Basileia, donde los atlantes competían entre sí y probaban, en la arena y sobre el
estadio, su fuerza y su valor.
Homero, muerto mucho antes de que existiese el estadio de Olimpia, habla de
Basileia y de sus campos de juego; canta en versos imperecederos el ardor
caballeresco de los luchadores atlantes.