La guerrera
Capítulo 7
La puerta del frente se abrió cuando él llegó a ella, él entró con su carga y la depositó con cuidado.
–¡Por los huesos de Cristo, George! ¿Hacía falta envolverla como a Cleopatra en su alfombra?
7
Portia reconoció esa voz. La había oído, dentro de su cabeza, innumerables veces en las pasadas semanas.
–Le ruego me perdone, milord, pero la muchacha ha resultado un poco tramposa – dijo George, con su característico tono amable, al tiempo que se inclinaba para desatar la envoltura de lona.
–Me sorprendes – dijo Rufus Decatur, divertido-Yo había creído que una doncella alimentada a leche y vestida de sedas no te habría causado más dificultades que un ratón.
Por fin, las ligaduras quedaron desatadas y Portia, olvidando por un minuto su premura, se libró de la manta lanzando un potente suspiro. Se puso en pie, forcejeando con los dedos para aflojar los cordones de la caperuza que, todavía, estaban amarrados bajo el mentón.
–¿Por qué has hecho esto otra vez? – gritó, sacudiendo la cabeza para hacer caer la caperuza hacia atrás.
–¡Por Dios querido, George! – exclamó Rufus-¿Qué diablos me has traído?
Estupefacto, clavó la mirada en ese pequeño ser de rostro pálido, ojos verdes y pelo rojo.
George dijo, inseguro:
–Es la muchacha Granville, señor.
–¡Oh, Madre Santa! – musitó Portia-Usted quería a Olivia. – Con súbita urgencia, cruzó las piernas-Tengo que usar el excusado.
Sin hablar, Rufus señaló una puerta que estaba detrás de él, con la expresión de quien ha encontrado algo repugnante en su pastel de cumpleaños. Portia salió corriendo hacia el excusado que se encontraba fuera.
–¿Eso significa que nos equivocamos? – preguntó George, vacilante.
–¡Así es! – contestó Rufus, tratando de contener su incredulidad y su ira
– Hombre, ¿cómo es posible que hayas traído justamente a la que no era?
–Había dicho que la chica que queríamos raptar llevaba una capa azul, señor. La de la otra era marrón.
George mostraba una expresión abatida.
–¡Oh, Dios del cielo!
Rufus miró fijamente a George mientras comenzaba a cobrar sentido todo el absurdo de la situación. Oyó unos pasos tras él y giró hasta quedar de frente a la no querida rehén que regresaba del retrete.
–¿La capa azul?
Portia frunció el entrecejo, tratando de entender a qué se referiría; luego su ceño se aflojó.
–Es de Olivia – respondió, despreocupada – Ella me la había prestado.
–Ya entiendo – dijo Rufus – Está bien, George, puedes marcharte.
–Lo siento mucho, milord.
Rufus lo despidió con un gesto de resignación.
–¿Cómo ibas a saberlo?
George titubeó: los hombres de Decatur no cometían errores. Y si los cometían, pagaban por ellos en moneda de culpa y de reproche que ellos mismos se cobraban.
–Márchate – repitió Rufus, con un poco más de suavidad – Tú no tienes la culpa, George.
–Sin embargo, es un verdadero embrollo, ¿no es así, milord?
–Tienes talento para decir las cosas con excesiva suavidad, amigo mío –
afirmó Rufus, lanzando una breve carcajada carente de alegría.
Con mirada interrogante, se volvió hacia Portia y le preguntó, en medio del momento de incómodo silencio que provocó su ácida carcajada:
–¿Cómo te has arañado de ese modo?
–La chica se escapó cuando mi caballo tropezó – informó George, que seguía de pie, indeciso, junto a la puerta-Se metió directamente en una maraña de espinos.
–Al parecer, tienes la costumbre de escapar – comentó Rufus con acritud.
–Sí, he adquirido esa costumbre cuando otros toman el hábito de raptarme – replicó Portia.
Sentía unas tremendas ganas de llorar y tuvo que hacer uso de toda su fuerza para mantener a raya la amenazadora debilidad.
–Habría sido mejor para todos que hubieses sido más eficaz para huir –
comentó Rufus, ya sin rastros de humor. Se volvió hacia el desconsolado George, que estaba junto a la puerta-Por ahora, eso es todo, George. Ve a comer y a beber un poco de cerveza. Si ves a Will, dile que venga.
George asintió, balanceando la cabeza y salió. Rufus se volvió de nuevo hacia Portia, que estaba de pie junto a la mesa, con aspecto torvo, y se aferraba del borde con tanta fuerza que le blanqueaban los nudillos.
–Y ahora, ¿qué diablos haré contigo? – preguntó él, sin dirigirse a ella en particular y en un tono de punzante exasperación-No creo que este desliz de su hermano valga mucho para Cato Granville.
Las lágrimas que Portia había estado conteniendo asomaron a sus ojos y se soltaron, resbalando por sus mejillas. Con gesto furioso, se pasó una mano por los ojos pero sus lágrimas siguieron manando.
Rufus quedó por un instante sin saber qué hacer, consciente de que el llanto era la última reacción que hubiese esperado presenciar en Portia Worth. Él la creía combativa y fuerte, dueña de una visión fría y realista del mundo, de modo que este quebranto representaba una sorpresa absoluta para él. Inseguro, avanzó un paso hacia ella.
–¿Qué demonios sucede?
–¿Qué crees tú que sucede? – preguntó ella, enfadada, aspirando por su nariz-Estoy agotada y hambrienta, mi cara está toda rasguñada e inflamada, mis ropas desgarradas, y todo ha sido inútil. Para empezar, no era a mí a quien querías raptar.
Aun desde las profundidades de su mortificación y su debilidad, ella sabía que estaba diciendo algo absurdo pero, por alguna razón que no acertaba a comprender, el hecho de saber que no la querían, condición que había absorbido junto con la leche de su nodriza, fue la gota que desbordó la copa de toda esa malhadada confusión.
–Es verdad; tú no eras el objeto de este pequeño ejercicio – admitió Rufus con calma-Y lamento que hayas pasado tantos malos ratos. Pero, si hubieras hecho lo que George te había dicho, habrías sufrido ínfimas incomodidades o, quizá, ninguna.
–¿Cómo es posible que digas semejante cosa? – dijo Portia, y sus lágrimas se secaron como por ensalmo-Olivia hubiera hecho lo que le decían porque habría estado paralizada de terror. Ella no es como yo, ella ha tenido una crianza refinada, ella ha vivido una vida protegida, siempre.
Habría estado petrificada. ¡Al más puro terror tú lo llamarías ínfima incomodidad, o ninguna…!
Para Rufus fue un alivio comprobar que volvía la Portia Worth que él conocía.
–George no es una persona que dé miedo – señaló-Por eso precisamente lo elegí para esta misión. Él tiene un carácter más bien paternal.
Portia se quedó boquiabierta, incapaz de creer lo que oía.
–¡Carácter paternal! – exclamó-¡Carácter paternal!
–Es el adulto más respetado de nuestra comunidad – dijo Rufus, en actitud un tanto defensiva-Para mí, su consejo y su ayuda son más valiosos que los de cualquiera. Él sabría tratar bien a la muchacha, y eso habría hecho.
–Ah, ¿y yo debo creer que tú tratarías con decencia a la hija de Cato Granville? – se burló Portia, desbordando ironía-Si tú odias a ese hombre, no puedes hacerme creer, ni un minuto, que no habrías hecho que su hija sufriera ese odio.
Rufus palideció bajo su bronceado y sus ojos se convirtieron en un fuego azul.
–Ten cuidado – advirtió en voz baja.
Portia pensó que quizá le convendría ser un poco más cautelosa, al menos hasta que se hubiese extinguido el fuego en esos ojos.
–No debería extrañarte que yo piense así – dijo, en tono más conciliador.
–Sin embargo, me extraña – aseguró él-Por cierto, me exaspera que pienses que podría causarle dolor y sufrimiento a una niña inocente, por algo que no es culpa de ella.
–¿Y qué piensas hacer conmigo? ¿Yo no soy una inocente? ¿Acaso no estoy sufriendo por algo que tú me has hecho, sin que yo tenga la culpa de nada?
Rufus la miró en silencio y, de repente, echó a reír con amargura y la tensión que reinaba en el ambiente se hizo trizas, como si hubiera sido de cristal.
–Creo, muchacha, que has dado con un argumento sólido. Siéntate.
Le puso las manos sobre los hombros y la hizo sentarse sobre un escabel. Portia se resistió a la presión y miró con evidente desafío a ese hombre que se cernía sobre ella. Él sintió bajo sus manos esos hombros tan
delgados que podía distinguir cada hueso como si fuese una rama que él pudiera romper entre sus dedos.
–Siéntate – repitió-Sin duda, me concederás la oportunidad de reparar algunos de los maltratos que dices que te he infligido – dijo él, arqueando una de sus cejas rubiorrojizas, en un desafío que se oponía al de ella-¿Acaso tienes miedo, Portia?
–No – repuso ella, sentándose en el taburete, junto a la mesa-¿Acaso debería tenerlo?
–No – respondió él sacudiendo la cabeza-Sin embargo, como creo haberte dicho en otra ocasión, mi temperamento es impredecible.
Rufus llenó una palangana con agua caliente que sacó de una caldera que colgaba de un gancho sobre el fuego y la llevó hasta la mesa. Mojó una toalla en el agua, sujetó el mentón de Portia con una mano y comenzó a pasarle la toalla levemente, para quitar la sangre seca y la suciedad.
–No soy muy buen enfermero – musitó, sacudiendo la cabeza-¿Cómo es posible que te hayas hecho tanto dafio?
–Yo no sabía que aquello era una maraña de espinos hasta que llegué allí – repuso Portia, preguntándose por qué, de repente, se sentía tan acalorada mientras las grandes y poderosas manos de él hacían girar su cara con extraña e incongruente suavidad.
–Sólo por una cuestión de curiosidad, ¿a dónde pensabas ir si hubieras escapado? – preguntó Rufus, cerciorándose de que había limpiado todos los rasguños visibles. Se sentó en una punta de la mesa, con la toalla húmeda y manchada de sangre todavía entre las manos-Estabas en territorio desconocido, a kilómetros de cualquier parte.
–No había llegado a pensar hasta ese punto.
–¿Sueles ser así de impulsiva?
–Por lo general, no me veo en la necesidad de salvarme de un secuestrador.
Sus ojos rasgados se entornaron y elevó su mirada hacia él, por el enredado halo rojo de su cabello. Con su apariencia, tan similar a la de un espantapájaros, tan delgada, aparentemente tan frágil, con sus pecas destacándose en la palidez extrema de su cutis; la valerosa jactancia de la muchacha conmovió a Rufus.
–Éste es un verdadero nido de pájaros – murmuró, con involuntaria sonrisa, quitándole una pequeña rama del pelo.
Él comenzó a peinarlo con sus dedos, quitándole los cuerpos extraños.
Los ojos de Portia se dilataron y un leve rubor tiñó sus pálidas mejillas.
Rufus desenredó un grumo de pelusa de la manta de uno de los nudos más intrincados de rizos anaranjados, y siguió diciendo, casi como para sí mismo:
–Creo que, en alguna parte, tengo un poco de ungüento.
Dejó caer la toalla sobre la mesa y se acercó a la pequeña alacena revestida de piedras que había en la parte trasera de la cabaña.
–Mira, aquí está. Tiene un olor horrible, pero es eficaz como un encantamiento – dijo él, reapareciendo, al tiempo que quitaba la tapa de un pequeño pote de alabastro-Ahora, quédate quieta. Arde un poco.
Metió un dedo en el ungüento de fuerte olor y lo pasó sobre las magulladuras de Portia. Ella se encogió: él hablaba en serio cuando se refería a que ardía. Sentía como si toda su cara estuviese incendiándose, como si la hubiese picado un enjambre entero de abejas.
–En un minuto se aliviará – dijo él, haciendo girar la cara hacia un lado y otro con la mano con que le sostenía el mentón, buscando heridas que no hubiese visto-Me parece que ya está – dijo, tapando de nuevo el pote-Y
ahora, ¿qué otra cosa teníamos que remediar? ¡Ah, sí: el hambre! El castillo Granville está muy lejos; debes de estar hambrienta.
El modo tranquilo y práctico con que él se movía por la cocina y la alacena, disponiendo pan, queso y carne fría sobre la mesa desmentía, en cierto modo, el poderío contenido que emanaba de su cuerpo de soldado.
Todo en él hablaba de campos de batalla y, sin embargo, parecía muy a gusto en la cocina. Portia descubrió que la fascinaba su diestra eficiencia, la sensación de que este hombre era un individuo de muchos contrastes.
–Primero, prueba esto – le dijo él, llenando de leche espesa y cremosa una taza y poniéndola delante de ella.
–No bebo leche desde que era una niña pequeña – protestó Portia, aun notando, para su estupefacción, que le resultaba sumamente tentadora.
–¿Cuántos años tienes?
–Diecisiete.
Ella bebió un largo trago de leche.
–¿Nada más?
No era que Portia le pareciera mucho mayor; toda su actitud dejaba traslucir una vasta experiencia.
–La vida de la hija bastarda de un vagabundo tiende a hacerla envejecer a una – comentó Portia, irónica. Rufus no hizo más que alzar una ceja y encogerse de hombros. Tomó la jarra de barro con whisky que había sobre la repisa, encima de la chimenea.
–Y bien, ¿qué vas a hacer ahora? – preguntó Portia, mientras masticaba un bocado de pan con carne. Rufus reflexionó con respecto a la pregunta.
–Una de las posibilidades que tengo es echarme a reír como un loco.
Otra, gritar como un espectro.
En el preciso momento en que Portia iba a preguntar cuál habría sido el rescate pedido por Olivia, se oyó un fuerte golpe en la puerta y Will irrumpió en la cabaña como si los sabuesos de Lucifer le mordiesen los talones.
–Infierno y condenación, Rufus. ¡George dice que nos equivocamos de muchacha! – exclamó, echando una mirada a Portia-¿Es verdad?
–Así parece, Will- admitió Rufus, pinchando un trozo de queso con la punta del cuchillo y llevándoselo a la boca.
Will dio unos pasos hacia el interior de la habitación, sin apartar su mirada de Portia.
–¿Qué le pasó en la cara?
–Arañazos y ungüento – respondió Rufus, bebiendo de la jarra de barro-Siéntate, muchacho, y bebe un jarro de cerveza.
Portia apoyó las manos sobre las mejillas que aún le ardían. Sentía su cara tan hinchada como irritada; no tenía idea del aspecto que tendría pero, a juzgar por la expresión del recién llegado, debía de ser bastante espantoso.
Tal vez, el ungüento había sido una estratagema para desfigurarla más todavía.
–No te preocupes: el escozor pronto pasará – dijo Rufus, adivinando lo que decía su expresión. – En una hora, estarás perfectamente bien – añadió, cortando más carne para ella-¿Más leche o prefieres cerveza?
–Cerveza, por favor.
No tenía demasiado sentido responder a esta hospitalidad con encono, por más que la situación tuviese un sesgo tan irreal que Portia comenzaba a preguntarse si no iría a despertarse poco después.
Will seguía mirándola con expresión incrédula y casi no se había movido de al Iado de la puerta.
–Pero ¿quién es ésta?
–Portia Worth – soltó Portia, que no soportaba más que ese idiota hablara de ella como si fuese una muñeca rellena de paja-Y si necesita hacer preguntas que se refieran a mí, ¿por qué no se dirige a mí, sin rodeos?
Will se sonrojó hasta las raíces de sus cabellos muy claros, y sus ojos, de un azul más pálido que los de su primo reflejaban desconcierto.
–Le pido perdón, señora. No quise faltarle el respeto.
–¿Faltarme el respeto? – exclamó Portia-¡Después de haber sido raptada, llevada como un saco, golpeada y sacudida durante horas… habla de falta de respeto!
Perdido, Will miró a Rufus, que estaba de pie, con sus anchos hombros apoyados en la gruesa repisa de roble de la chimenea, sosteniendo la jarra con un dedo pasado por el asa.
–Pero… pero Granville pagará…
–Lo dudo mucho – interrumpió Rufus – Pero puede ser que resulte interesante ver cómo reaccionará. El mensaje del secuestro fue entregado después del rapto de la muchacha. Él necesitará cierto tiempo para pensarlo.
–¿Y si no responde?
De los intensos ojos azules desapareció todo rastro de humor y la expresión del conde se endureció.
–En ese caso, tendremos que pensar en otra manera, Will.
–Pero… pero todavía no entiendo quién es ella… quiero decir, quién es usted.
Will dirigió sus preguntas a Portia y ésta, una vez apaciguado el hambre, escuchaba con atención, esperando entender, por fin, qué quería el conde de Rothbury del marqués de Granville.
–Jack Worth era el medio hermano de Cato. Ella es su hija.
–Ah.
Will siguió mirando fijamente a Portia, quien le devolvía la mirada.
–La hija bastarda – aclaró ella – Que no vale un penique para nadie…
ahora que Jack está muerto.
Se hizo un prolongado silencio entre ellos, hasta que Will, siguiendo sin querer el hilo de los pensamientos, dijo:
–Ah, eso me recuerda algo. Los niños, Rufus. Me seguían, pero deben de haberse desviado – dijo, abriendo la puerta de un tirón y gritando hacia la noche- Luke, Toby, ¿dónde estáis, pequeños demonios?
Una ráfaga entró por la puerta abierta y Portia se echó a temblar.
Entonces, dos bultos pasaron entre las piernas de Will y entraron en la cocina como un par de espectros. Estaban tan envueltos en chaquetas y jubones que parecían tan anchos como altos. Dos pares de ojos azules recorrieron a toda velocidad la cocina.
–Hemos vuelto – anunció Toby.
–Ya veo – repuso Rufus con seriedad.
–¿Quién es ésa? – preguntó Luke, señalando a Portia.
–Mi huésped – respondió su padre, en el mismo tono.
–¿Como Maggie? – preguntó Toby, interesado y perspicaz. Will se ahogó, pero Rufus dijo:
–No exactamente. La señorita Worth se quedará aquí algunos días.
–Ah, ¿sí? – musitó Portia por lo bajo.
¿Quiénes serían esos dos niños y quién sería Maggie cuando estaba en el hogar?
–¿Los llevo a la cama, entonces? – quiso saber Will, señalando a los niños que, de súbito, se habían dejado caer delante del fuego y estaban allí sentados, frotándose los ojos y tambaleándose un poco.
–Tú ocúpate de Toby; yo llevaré a Luke.
Rufus se inclinó y levantó a uno de sus hijos. Lo llevó hasta detrás de una cortina que había en un rincón del cuarto, seguido por Will, que llevaba al otro niño. Portia prestó atención, presa de una completa perplejidad.
¿Acaso nunca acababan las sorpresas, con este hombre? Desde atrás de la cortina llegaban a ella protestas confusas de los niños pero, como nadie les prestaba atención, en unos minutos reaparecieron Will y Rufus.
–¿Los habéis acostado con las ropas puestas? – preguntó Portia, sin poder contenerse.
–Estaban demasiado cansados para desvestirlos – dijo Rufus, sin preocuparse-Por la mañana, te los presentaré como es debido.
–¿Son tuyos?
–Mis hijos naturales – dijo él, con intención-Y no tienen precio, para mí.
Portia sintió que se caldeaban sus mejillas. Levantó el jarro y vació su contenido.
–¿Quieres que haga alguna otra cosa? – preguntó Will, jugueteando con el broche de su capa.
–No. Sólo trata de que George no beba hasta la estupidez empujado por la culpa. Aunque la culpa no es suya, le costará un poco convencerse de ello.
Will asintió y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo, miró a Portia por encima del hombro y vio que estaba contemplando su jarro vacío. Rufus hizo un brusco gesto de despedida con una mano, y Will salió sin añadir otra palabra.
Portia levantó la vista.
–¿Dónde pensaba tener a la pobre, pequeña Olivia? Claro que, en una cueva de ladrones, deben de tener una celda.
–Tenemos una prisión – repuso Rufus, con una sonrisa forzadamente amable-Sin embargo, creo que tú estarás más cómoda en la planta alta. Hay un altillo que ha sido preparado.
–Sin duda, Olivia habría sabido apreciar su consideración, señor.
–Eso espero – respondió él, sin que su sonrisa vacilara-Y espero que usted sepa apreciarla del mismo modo, señorita Worth.
Portia se puso de pie, cayendo en la cuenta de que estaba demasiado cansada para seguir debatiéndose contra un oponente tan diestro.
–Por mucho que disfrute su compañía, lord Rothbury, en este momento creo que prefiero la mía.
–Es su privilegio – repuso él con seriedad-Ven, te conduciré a tu cama.
Portia lo siguió, subiendo por la estrecha escalera de madera que desembocaba en una habitación grande y bien amueblada. Ella paseó la mirada observando la gran cama, los sólidos muebles de roble, el fuego que ardía en el hogar, las esteras sobre el suelo limpio. No había nada de lujoso en esos muebles, pero reinaba un ambiente de comodidad campesina.
–¿Quién duerme aquí?
–Yo – respondió él, abriendo una puerta que daba a una pequeña y pulcra alcoba-Y ésta ha sido preparada para ti.
Portia titubeó.
–Puedes estar muy tranquila en lo que a mí respecta – dijo Rufus.
–De acuerdo con mi experiencia, los hombres que dicen que puedes quedarte tranquila con ellos, por lo general, quieren decir lo contrario –
repuso Portia.
Rufus meneó la cabeza.
–Muchacha, si yo quisiera tener una mujer en mi cama, no tendría problemas en encontrar una que estuviese dispuesta. Y te aseguro que nunca me han atraído las mujeres reacias.
Se hizo a un lado y le indicó, con un gesto, que entrara en la pequeña alcoba.
A Portia no se le ocurrió ningún motivo para no creerle y, además, para mayor seguridad, podría cerrar la puerta con llave. Entró en el cuarto.
–Pienso que encontrarás todo lo que necesites: una bata de noche, toalla, jabón, agua en la palangana, la bacinilla debajo de la cama – enumeró Rufus y, mientras lo hacía, recorría con la vista los elementos contenidos en la habitación, como lo hubiese hecho un ama de llaves experta-Si necesitas algo más, simplemente, llámame.
–Es una pequeña prisión bastante agradable – comentó Portia, pues había visto, de inmediato, que el diminuto ventanuco estaba cerrado con barrotes.
Rufus ignoró el comentario y se limitó a decir:
–Que tengas buenas noches, Portia. – y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.
Portia corrió hacia la puerta: no había cerradura ni pasador. No podía cerrar, si quería, pero por el mismo motivo, tampoco podían encerrarla desde fuera. Se volvió para inspeccionar la alcoba. Era pequeña pero suficiente; y una de sus paredes daba a la parte de atrás de la chimenea de la habitación principal, de modo que de los ladrillos llegaba algo del calor del fuego encendido al otro lado.
Se sentó sobre la cama y reflexionó sobre su situación. Ella era el rehén no deseado; no valía un comino para ninguna de las dos partes que negociarían el rescate. Rufus Decatur bien podría cortarle el cuello y sepultarla en la ladera de una colina, y nadie se enteraría nunca. En verdad, no podía imaginar a Cato enviando soldados dispuestos a luchar por la recuperación de su sobrina. Había cosas mucho más importantes en esta guerra por las que preocuparse que el bienestar de la bastarda fea y pobre de su hermano.
¿Y en cuanto a Olivia? ¿Qué habría deducido del acto de violencia cometido en el foso? Sin duda, la habría aterrorizado, por lo repentino, lo carente de sentido, lo salvaje que había sido. Habría aterrorizado a cualquiera; Portia estaba segura de que Olivia debía de estar preguntándose
cómo podría ayudarla, debía de estar castigándose por haberse quedado ahí, como una tonta, sin hacer nada durante todo ese brutal episodio. Y en el castillo no había nadie capaz de tranquilizarla. Su padre estaba demasiado preocupado y, ¡en cuanto a su madrastra…!
Portia se enroscó un rizo cobrizo en torno del índice. Ella tampoco podría hacer nada por Olivia en este momento. Lo más probable, conociendo el odio que Decatur sentía por cualquier cosa que tuviese la más remota conexión con Granville, era que se negara a enviarla de vuelta; eso significaría una admisión de su derrota. En síntesis, su posición parecía muy poco prometedora.
–No hay el menor rastro… ¡ni una condenada huella! – decía Cato, al mismo tiempo que entraba en la sala de su esposa-Yo no entiendo cómo pudo haber desaparecido sin dejar rastros.
Se derrumbó sobre una silla de brazos junto al fuego y clavó una mirada torva en las llamas.
Diana se incorporó con movimientos elegantes y se acercó al aparador.
Sirvió vino en una copa de peltre y se la llevó a su esposo.
–Esa muchacha no ha traído más que problemas desde que llegó – dijo-Yo me había opuesto a esas expediciones de patinaje desde el principio.
Cato bebió un sorbo de vino mientras su ceño se crispaba cada vez más.
–Yo no vi nada fuera de lugar. A ellas se las veía desde las almenas mientras estaban en el foso.
–Pero, al parecer, no todo el tiempo – señaló Diana con delicadeza, volviendo a sentarse.
–Es evidente que fue así – reconoció Cato, poniéndose de pie y empezando a pasearse por la habitación-¿Cómo está Olivia ahora? ¿Ya ha logrado contar lo que sucedió?
–Nada coherente – respondió Diana, dejando a un lado su bordado-Aunque eso era de esperar, en realidad. Pobrecilla, nunca, ni en el mejor de los casos, es demasiado coherente.
–No siempre ha sido así – replicó Cato, acercándose a la ventana y mirando hacia la guardia interior con las manos unidas a la espalda.
Habían pasado tres horas desde que Olivia había entrado al castillo corriendo y gritando, barbotando algo acerca de tres hombres y de Portia; no habían logrado calmarla lo suficiente como para que relatara lo sucedido
con cierta coherencia. El único hecho incontrovertible era que Portia había desaparecido.
–El médico le ha dado algo que la ayudó a dormir – dijo Diana-Pienso que, tal vez, ella esté en mejores condiciones de hablar después de que haya descansado.
–Ahá – murmuró Cato, volviéndose con gesto impaciente de espaldas a la ventana-Iré a hablar con ella otra vez.
Diana se levantó de inmediato.
–Yo iré contigo.
Olivia estaba acostada en su cama, sus ojos muy abiertos a pesar del sedante que le había dado el médico. Cuando su padre y su madrastra entraron, silenciosos, en la habitación, ella cerró con fuerza los ojos y permaneció muy quieta, deseando que se fueran.
Cato la contempló, con el ceño crispado por la perplejidad.
–Olivia, ¿estás despierta?
Olivia pensó que, en algún momento, tendría que hablar pero que sería muchísimo mejor si Diana no estuviese presente. Dejó que sus párpados se movieran.
–¿La han encontrado?
–Debes decimos qué sucedió, querida. Es muy poco lo que podemos hacer si no sabemos qué ocurrió.
Olivia sintió que había algo inusualmente tranquilizador en la voz de su padre, y por eso abrió bien los ojos. Se esforzó por pronunciar las palabras con mucha lentitud, por controlar su tartamudeo.
–Nosotras estábamos pa… patinando y dábamos de comer a los pa…
patos. Y vinieron tres hombres y se llevaron a Portia.
Se agitó sobre las almohadas y concentró la mirada en su padre, sin hacer caso de Diana.
–¿Portia los conocía? – preguntó Cato, en voz todavía suave. Olivia negó con la cabeza.
–Le echaron una ma… manta sobre la cabeza y se la lle…llevaron.
–¿Dijeron algo?
Olivia volvió a negar con la cabeza. El recuerdo que tenía de toda la escena era borroso. No había percibido el menor ruido. En un momento dado, Portia estaba de pie junto a ella, echando maíz a los patos y, al siguiente, se la habían llevado. A Olivia, lo vertiginoso y absurdo del
suceso le habían provocado terror. Y ella no había hecho nada. Creía haber gritado, pero sólo una vez, y había sido un gesto inútil. No había atraído ayuda.
–¿Intentaron tomarte a ti?
Otra sacudida de la cabeza.
–En ese caso, yo no… no sé… sé lo que habría hecho – susurró.
–Antes habías dicho que eran tres hombres. ¿Qué podrías haber hecho contra tres hombres?
La miraba, ceñudo, aunque estaba perdido en sus propios pensamientos.
Para él, eso no tenía ningún sentido. ¿Por qué querría alguien secuestrar a Portia? En ese momento pensó que ya era la segunda vez que alguien se había ido con ella, en las últimas semanas. Era muy extraño. Del último secuestro, ella había escapado sana y salva pero éste, en cambio, parecía muy diferente. Daba la impresión de haber sido planeado. Los secuestradores sabían de antemano a cuál de las muchachas debían llevarse y fueron directamente al grano, con suma escrupulosidad. Y con una violencia calculada que le daba escalofríos. ¿Tendrían la intención de hacer daño a la hija de Jack?
Habría sido perfectamente posible que se tratase de Olivia. Distraído, estiró la mano y apartó un mechón de cabellos de la frente de su hija. Sus ojos, grandes y oscuros, lo miraron asombrados; él cayó en la cuenta de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que él tuviera por ella semejante gesto de cariño.
–Trata de dormir – dijo él, y estaba a punto de darle un beso en la frente cuando tomó conciencia de la figura rígida de Diana, que estaba a su lado.
Entonces, dijo con su tono habitual- Cuando hayas descansado un poco, te sentirás mejor.
–¿La encontrarás, señor?
–He mandado a algunos hombres a explorar el campo – respondió él-Si es posible encontrarla, ellos la encontrarán.
–Pe… pero ¿harán daño a Portia? – preguntó Olivia en tono apremiante, con ojos enormes, oscuros y suplicantes en su rostro pálido.
–Espero que no. – Fue la respuesta más tranquilizadora que él pudo darle.
–Ven, milord. La niña necesita dormir.
Diana apoyó una mano en el brazo de él, llevándolo hacia la puerta. Él echó una última mirada hacia la cama y vio que Olivia se había recostado otra vez y había cerrado los ojos. Yacía inmóvil, como una estatua, bajo las sábanas blancas muy apretadas a su alrededor.
–Estoy haciendo todo lo que puedo, Olivia – reiteró él, deseando poder decir algo más.
Después, salió de la habitación siguiendo a su esposa.
–¡Milord, milord! – oyó la llamada urgente de Giles Crampton, que llegaba desde atrás, cuando giraba para ir a su propio cuarto situado en el bastión.
Cato se detuvo.
–¿De qué se trata?
–De esto – dijo Giles, gesticulando con un pergamino enrollado-Ha sido entregado hace instantes, milord.
Cato lo tomó y sintió un inmediato temblor de presagio.
–¿Quién lo entregó?
–Un niño pastor, señor. Dijo que se lo había dado un hombre con armadura, que le había dicho que aguardara hasta el crepúsculo para traerlo.
Cato hizo chasquear la lengua contra los dientes.
–Supongo que no hay señales de la muchacha, ¿no?
Giró hacia la puerta de su habitación.
–Se ha desvanecido como si jamás hubiera existido – respondió Giles.–
Nadie le ha visto el pelo a ninguno de ellos.
Cato no daba muestras de escucharlo. Tenía la vista fija en el sello que había sobre el pergamino: era el águila de la casa de Rothbury. Aquel anterior temblor de presagio hizo que se le erizaran los cabellos de la nuca.
Rompió el sello y desenrolló el pergamino. Era un mensaje breve y conciso: Olivia, la hija de Granville, sería retenida como rehén. El precio de su rescate serían todas las ganancias obtenidas de las propiedades Rothbury retenidas por el marqués de Granville, además de un recuento completo de todas las ganancias desde que la mayordomía sobre dichas propiedades había quedado en manos de George, marqués de Granville.
Cato comenzó a reír. Rió y rió, agitándose en una silla y disfrutando con la gloriosa constatación de la derrota total de su enemigo. En vez de Olivia, se habían apoderado de una bastarda huérfana y sin apellido, una muchacha relativamente inofensiva, por cierto, pero sin valor de cambio para nadie.
Cobró conciencia de que Giles lo observaba, incómodo, desde la entrada, preguntándose si su jefe no estaría sufriendo algún tipo de ataque.
Cato le explicó la situación en pocas palabras; entonces, Giles sonrió.
–Me pregunto qué hará ese canalla asesino, señor – dijo, y luego su expresión cambió y entornó los ojos-Qué coincidencia; es la segunda vez que la secuestra, ¿no le parece, señor?
Cato frunció el entrecejo.
–La primera vez fue un accidente, y esta vez ella no le interesaba sino Olivia.
–Sí, puede ser. Pero, la vez anterior, él no le hizo ningún daño. Es posible que esta vez, tampoco – dijo Giles, moviendo los pies-¿Quién podría asegurar que él no está de acuerdo con ella, milord? Quizás ella tenía que llevar a Olivia a un lugar donde ellos pudiesen apresarla y algo salió mal.
Cato miró fijamente al sargento. Giles era un individuo suspicaz y, por cierto, había sacado sombrías conclusiones con respecto al anterior encuentro de Portia con Decatur. Sin embargo, le resultaba imposible creer que ella hubiese sido convencida de participar en un complot con Decatur…
¿o acaso sería posible?
¿Qué sabía él acerca de ella? Que no tenía dinero, ni medios de vida conocidos, fuera de la caridad de él. Era probable que hubiese caído bajo el hechizo de Decatur cuando se conocieron en el camino. No sería la primera mujer a quien eso le sucediese.
Fue hacia la ventana mientras Giles salía y cerraba la puerta, y se quedó allí contemplando la oscuridad. Veía en su mente colinas ondulantes y el sendero que serpenteaba en dirección a la aldea fortificada de Decatur como si estuviese viéndolos a plena luz del día.
Uno de esos días se produciría el enfrentamiento final: Decatur y Granville. La mirada de Cato se endureció mientras él seguía contemplando la noche.
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