La guerrera

Jane Feather · Capítulo 17 de 26

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La guerrera

Capítulo 15

A través de la blancura, brillaban las antorchas de brea. Desde muy arriba, llegaban las voces hasta ella. Unas manos alzaron a Portia, y ella apretó a Juno contra su pecho, con toda la fuerza que aún le quedaba.

Alguien la obligaba a abrir los labios, la obligaba a beber. Ella tosió, la sorpresa le hizo ahogarse y un fuerte licor le quemó la garganta. El fuerte olor del amoníaco irrumpió en la oscuridad envolviendo sus sentidos y ella se estremeció y abrió los ojos.

–Que el Señor nos proteja: pero si es la muchacha de Granville – dijo la voz atónita de George. Apretó de nuevo el frasco a los labios de Portia-Bebe, muchacha. Has estado a punto de perecer.

Él volvió a pasar la botella con amoníaco bajo la nariz de la muchacha mientras ella estaba tratando de beber, con lo cual se ahogó de nuevo, escupiendo el tosco licor sobre la capa.

En la pequeña choza del vigilante ardía un brasero, hacía calor y estaba mal ventilado, y en el ambiente se mezclaban olores de sudor, de cebollas fritas y de cerveza. Juno salió retorciéndose de abajo de su capa y saltó al suelo, yendo de inmediato hacia el brasero, donde se acurrucó, sacudiéndose.

–¡Por Lucifer y sus ángeles! ¿Qué es eso? – exclamó George. Portia no podía hablar. Tenía los labios ateridos, sentía la lengua congelada, pegada al paladar, la mandíbula apretada. Impotente, miró a George y a su acompañante, mucho más joven, y vio que los dos la miraban boquiabiertos, como si ella hubiese salido del mundo de los espíritus.

George se rascó la cabeza.

–Jamie, corre a buscar al amo. Dile que está la chica de Granville, que ha vuelto por alguna razón.

Jamie se envolvió en su capa, tomó una antorcha del soporte que había en la pared, y salió corriendo, agazapado, por el sendero que iba a la aldea.

Corrió por el estrecho camino y se detuvo, jadeando, ante la casa de Rufus.

Aporreó la puerta y llamó, a gritos:

–¡Eh, milord! ¡Venga rápido! Lo necesitan con urgencia arriba.

Rufus abrió la puerta de par en par.

–¿Qué hay? ¿Soldados? ¿Atacantes?

Mientras preguntaba, tomó el cinturón con la espada, que colgaba de un gancho, junto al hogar.

–No, no, no son soldados, señor – dijo Jamie, negando enfáticamente con la cabeza-Tampoco atacantes.

Rufus se sujetó el cinturón con movimientos menos apremiantes.

–Entonces, ¿de qué se trata, Jamie?

El muchacho era un poco lento; si él lo apresuraba, lo único que lograba era incomodarlo.

–El señor George me ha enviado a decírselo, sir.

–¿A decirme qué, Jamie? – preguntó Rufus, poniéndose la capa sobre los hombros.

–Que está aquí esa chica de Granville – anunció Jamie, orgulloso-Ha regresado, y el señor George no sabe por qué. Ella está medio muerta. La encontraron tirada sobre la nieve y creyeron que estaba muerta…

No pudo concluir porque Rufus lo había empujado para pasar y ya corría por el callejón. Trepó a la colina casi sin aminorar el paso y entró a zancadas en la choza, cerrando la puerta tras él con un golpe.

–¡Santo Cristo!

En dos zancadas estuvo junto a Portia, que se hallaba acurrucada sobre un taburete de tres patas, al Iado del brasero. Ella tenía sus labios morados y él vio que se le habían congelado las lágrimas sobre las mejillas mortalmente pálidas. Todavía pendía nieve de sus pestañas y su flequillo estaba rígido de hielo sobre su frente.

–¿Qué has hecho? – susurró él-¿Qué te has hecho?

Se dejó caer sobre las rodillas y quitó con los dedos el hielo del flequillo. En su desesperación por ver que la vida volviera a esos oblicuos ojos verdes, por ver en ellos el reconocimiento, apretó las mejillas de la muchacha entre sus manos. Ella lo miraba fijamente, sin reconocerlo.

Rufus se había esforzado mucho por no echarla de menos. Había intentado no preocuparse por ella. Había querido convencerse de que un breve encuentro amoroso era todo lo que cualquiera de los dos podía haber esperado. Ella era una Granville y nunca podría ser ninguna otra cosa. Ella había defendido a los Granville cuando él se abrió a ella, mostrándole toda su agonía. Ella se había marchado, dejándolo en su dolor. Ella debería haber comprendido la rabia desesperada que lo había empujado a decir lo que

había dicho, pero le había fallado. No había podido hacer a un lado su lealtad hacia los Granville.

Rufus había alimentado su ira con llama voraz pero ahora, mientras intentaba transmitirle la tibieza de sus manos, de su propio aliento, era como si esa ira nunca hubiese existido. Y ella había regresado. ¿Por qué?

En el estado en que ella se encontraba, él no iba a recibir ninguna respuesta.

Las preocupaciones prácticas barrieron la oleada de emociones. Se inclinó y ayudó a Portia a ponerse de pie y la envolvió en su capa.

–Yo la llevaré abajo.

Esas palabras perforaron el trance de aturdimiento de Portia.

–¡Juno! – logró decir, pese al violento castañeteo de sus dientes.

–Ah! debe de ser el perro, sir – dijo George, inclinándose para levantar a la cachorra-Ella la tenía apretada como si hubiese sido un salvavidas.

Rufus, con Portia abrazada contra su cuerpo para que no se tambaleara, observó con asombro a la poco agraciada perra mestiza. Llena de esperanzas, Juno movía la cola y jadeaba, con la lengua colgando.

–Ella me ha salvado la vida – dijo Portia, coherente pero con un hilo de voz, que sonaba extraño a sus propios oídos-Tiene que quedarse conmigo.

Rufus no le hallaba sentido a sus palabras pero su alivio al oírla hablar fue demasiado grande y, por eso, no le importó. La levantó, la apoyó sobre un hombro y la sujetó con un brazo por la cintura. Luego, George le dio la perrita, que él metió bajo su brazo libre y emprendió el regreso colina abajo, a paso firme. Portia no estaba en condiciones de notar tan indigno medio de transporte. Sólo era consciente de que estaba a salvo, de que pronto acabarían los hondos temblores de frío que llegaban hasta la médula de su ser y que, entonces, ella podría descansar. Más allá de eso no podía pensar.

Rufus abrió la puerta de la cabaña y entró su carga. Dejó a la perra en el suelo y, tras bajar a Portia, la instaló sobre un taburete junto al fuego. Aún parecía apenas viva, y hasta el flamígero cabello anaranjado parecía haberse opacado.

Surgió en su mente la insólita idea de que ella debía de haber llegado caminando desde el castillo Granville. Y él se sintió como le había ocurrido una vez, cuando Toby, completamente vestido, corriendo tras una pelota, había caído al río debajo de la rueda del molino, en el canal del molino.

Cuando el niño estuvo a salvo, el terror de Rufus se había convertido en una ira que ni él ni Toby habían olvidado.

Los temblores sacudían el cuerpo de Portia y sus dientes castañeteaban sin piedad.

–El tobillo – dijo ella, palpando un tobillo sobre la bota-Me duele mucho.

Rufus se arrodillo para quitarle la bota y lanzó una maldición: el tobillo se había hinchado de tal modo que la bota no podía salir.

–¿Qué diablos pretendías hacer? – exclamó, sacando el cuchillo del cinturón y cortando un costado de la bota con movimientos rápidos-

¡Quisiera saber qué bicho te habrá picado para que intentaras hacer semejante cosa, a menos que te hayas vuelto totalmente loca!

–Sí, debo estar loca – aseguró Portia, sintiendo que la invadían oleadas de dolor y de desdicha mientras él retiraba la bota del tobillo – Loca, porque pensé que a mí debía importarme si colgabas o no de una de las almenas de Cato.

Rufus se quedó con la bota en la mano y miró el rostro blanco y crispado de la muchacha con expresión perpleja.

–¿Se puede saber de qué estás hablando?

Pero la mirada horrorizada de Portia estaba fija en su tobillo: parecía que le hubiesen atado un zapato. Un zapato blanco, manchado de rojo. Se quedó mirando, aturdida, ese espectáculo repugnante.

–Al parecer, no – murmuró Rufus, respondiendo a su propia pregunta.

De cualquier modo, en ese momento tenía mayores preocupaciones. Se concentró de nuevo en el pie herido y dijo, pensando en voz alta- Por lo común, el único modo de bajar la hinchazón sería aplicar hielo al tobillo, pero…

–¡No! – gritó Portia; tan horroroso proyecto le arrancó lágrimas de los ojos – No podría soportarlo.

–Si me hubieses dejado terminar, te habría dicho que, como tus músculos ya están congelados, no serviría de nada. – Apoyó con delicadeza el pie y se incorporó-Lo vendaré bien ceñido y luego veremos. En este preciso momento, necesitas quitarte esas ropas.

Fue a la planta alta y en cada paso que daba vibraba la impaciencia.

Portia trató de reprimir sus lágrimas. El enfado de él le parecía ilógico después de lo que ella había pasado por ayudarlo. Además, sentía una fatiga desesperada. Juno trepó por su falda empapada y gimió, expresándole su simpatía.

–Éstas deben de ser abrigadas – dijo Rufus, reapareciendo con una de sus propias camisas de gruesa lana y una bata forrada de piel-Tendrás que hacer la prueba de tenerte en un solo pie… ¿Qué está haciendo este cuzco extraño?

–Ella tiene frío, está cansada y tiene hambre – dijo Portia.

–También está muy sucia – replicó Rufus, sosteniendo a Portia con una mano bajo el codo mientras, con la otra, comenzaba a sacarle la ropa mojada.

Ella se tambaleó, pero más de fatiga que de falta de equilibrio. Rufus sabía que lo más urgente era hacerla entrar en calor, hacer que la sangre circulase bajo la delicada piel blanca. Tenía miedo del congelamiento, en especial en el tobillo hinchado. Mientras desabotonaba, desenganchaba y le quitaba toda la ropa, hasta la última hilacha, disimulaba su preocupación con actitudes bruscas.

Cuando le quitó los pantalones, descubrió que la humedad había traspasado el cuero. Le pasó las manos por el vientre, bajó por los muslos, por las nalgas: la piel de Portia estaba mortalmente fría al tacto. Rufus contuvo el aliento.

–¡Por las espinas de Cristo, muchacha! ¡Estás calada hasta los huesos!

¡Pero qué cosa infantil y demente has hecho! ¿Acaso has perdido el juicio por completo? ¿Qué creíste que estabas haciendo… dando un paseo dominical por las colinas?

Portia bajó la vista y contempló su cuerpo delgado, tembloroso. Su piel tenía un horrible tono blanco, como de muerte, y ella se estremeció de disgusto.

Tembló al pensar que él estaba viéndola desnuda y tuviese que manipular su cuerpo como si ella fuese un pescado sobre un mármol. No podía soportar su desnudez delante de él. Sus piernas parecían varillas y sus pechos estaban encogidos y con carne de gallina, los pezones arrugados.

Tras lanzar una exclamación inarticulada, ella lo apartó de un empujón y tomó la bata que él había colgado ante el fuego para que se entibiara. La arrebató de un tirón.

–Yo puedo arreglármelas… déjame sola.

En su prisa, apoyó sin querer el pie lastimado en el suelo y lo levantó, lanzando un grito de dolor. Rufus la sostuvo, apoyándola contra su cuerpo.

–¡Quédate quieta! – tronó.

Juno, asustada, ladró y se encogió, refugiándose tras la pata de la mesa.

Portia se rindió. Había llegado al límite de sus energías y de su voluntad de soportar.

Rufus frotó enérgicamente el cuerpo de la muchacha con una toalla tratando de que la sangre retornara a la superficie y ese blanco mortal se convirtiese, otra vez, en un saludable rosado. La hizo volverse, le levantó los brazos, le separó los muslos abrasando su suave piel interior, sin dejar rincón sin repasar, por íntimo que fuese. Él tenía la mandíbula apretada en gesto de torva decisión y si, en algún sentido, tenía conciencia de que ese cuerpo había sido suyo, que había jugado con él, que lo había conducido a la cima del placer, no dio señales de tenerla. Durante todo el proceso, Portia rechinaba sus dientes y se esforzaba por no pensar en nada. Empezó a sentir su piel tan áspera como una patata pelada, pero no soltó sonido alguno.

–Y ahora, ponte esto – dijo, pasándole la camisa por la cabeza. La prenda se la tragó, pues llegaba más abajo de las rodillas. Él metió los brazos de Portia por las anchas mangas de la bata forrada de piel tal como hubiese hecho con los brazos de sus hijos para ponerles los chaquetones-Siéntate.

La hizo sentarse otra vez en el taburete y, ya vestida, con su vulnerabilidad escondida bajo la lana y la piel, Portia pudo darse el lujo de inspeccionar el ambiente.

–¿Cuándo fue la última vez que comiste? – preguntó él, mientras le vendaba el tobillo con anchas tiras de tela.

–Esta mañana, comí un bocado de pan. Tuve que darle la carne y el queso a Juno, que estaba muerta de hambre – respondió Portia, en voz apagada.

Sin embargo, ya sentía cierto calor. Un maravilloso calor que penetraba hasta la médula de sus huesos y que, en gran medida, compensaba las palpitaciones que sentía en el tobillo, ahora apretadamente vendado.

Juno movía su cola plumosa y tocó la pierna de Rufus con su pequeña pata.

–Ella también tiene hambre – explicó Portia, como si fuera necesario decirlo – Por favor, ¿podrías darle algo para comer?

Rufus contempló a Portia que, sentada sobre el taburete, quedaba completamente sumergida en esas prendas. Lo único que se veía de ella, en realidad, era la cabeza con su embrollado halo naranja que asomaba por el

cuello de piel oscura de la bata. Ella lo miraba, ahora, con ese amargo valor, mezclado con resignación, que siempre le había inspirado respeto y admiración, aun a su pesar.

Esos sesgados ojos verdes que lo habían perseguido en sus sueños desde el momento en que ella lo dejó. Esa nariz respingona. Esos pómulos altos.

La increíble suavidad de su piel estaba incrustada en la memoria de sus manos. Él la había combatido, la había negado. Se decía a sí mismo que, si el encuentro entre los dos hubiese llegado a su fin de manera natural, él no habría sentido ninguno de estos extraños anhelos ni esta sensación de algo inacabado. Ahora, en cambio, mientras la miraba, reconoció que jamás había sentido por ninguna mujer lo que sentía por Portia Worth. Con todo, no sabía bien qué era lo que sentía aunque estaba seguro de que iba más allá de la simple lujuria de un breve y cómodo encuentro sexual.

La perra volvió a llamarle la atención, rascándole la bota. Él la miró y vio lo lamentablemente pequeña y joven que era.

Se echó a reír. Y Portia, ante un cambio de talante tan repentino, pensó por un instante que se había vuelto loco. Pero entonces recordó que Rufus solía tener esos súbitos cambios de humor. El calor y la fuerza comenzaron a agitarse una vez más. Ella sonrió, dudosa, y se quitó el pelo de los ojos.

–¿Estás contento de verme?

–¡Sí, maldita sea! – respondió él un tanto exasperado – No me preguntes por qué. Apareciste en medio de una tormenta de nieve, medio muerta después de haber estado a la intemperie y me has dado un susto terrible…

Otra vez, bajó la vista hacia la perra y estalló en nuevas carcajadas.

–¡Bonito par hacéis vosotras! Esta patética criatura podría ser tu socia –

dijo, levantando a Juno en el aire para examinarla más de cerca- Creo que ni siquiera debe de estar destetada. ¿De dónde ha salido?

Portia le contó cómo había encontrado a la perrita y a Rufus se le acabaron las ganas de reír.

–Canallas – dijo-Durante semanas, han estado circulando rumores de semejantes brutalidades, pero es la primera vez que hablo con un testigo ocular..

–¿Sólo los rebeldes están comportándose de manera tan salvaje?

–No – respondió Rufus, sin rodeos-Ojalá pudiera decir que es así, pero en los dos bandos son igualmente malos y las represalias son cada vez más bárbaras.

Mientras hablaba, vertía leche en un plato, que depositó en el suelo junto a Juno, quien se abalanzó sobre ella lanzando un ladrido entusiasta.

Él sirvió whisky en dos tazas y dio una a Portia, con la recomendación de que bebiese lentamente, luego se sentó en una esquina de la mesa y se dedicó a examinar atentamente a la muchacha.

–Y bien, ¿qué es todo eso de que vaya colgar de una almena del castillo Granville?

–He venido a avisarte que Cato está preparando una trampa para ti. No pude enviarte un mensaje, puesto que no sabía cómo hallar a tus espías.

Puesto que me consideras una enemiga, no debería sorprenderme que no me hayas hecho confidencias.

Portia se sorprendió de tener energías para desafiarlo.

–No te has quedado el tiempo suficiente para ganarte mi confianza –

dijo él en voz baja.

–No sé cómo hubiese podido quedarme, después de lo que dijiste. Sigo creyendo que estás equivocado al dejarte llevar por la venganza. Pero yo no formo parte de eso, Rufus.

Se alzó a medias en el banco y luego recordó su tobillo. Escudriñó el semblante de él con la mirada.

Rufus se frotó la barbilla, entornó los ojos y clavó su mirada en el fuego. Luego, la levantó y su mirada se posó sobre el rostro pálido de Portia.

–Y si piensas que estoy tan equivocado, dime por qué arriesgaste tu vida y abandonaste el único hogar que tenías para ayudarme. Yo hubiese creído que estarías encantada de verme colgado de las almenas de Granville.

–Cualquiera lo creería – replicó ella, irónica-Créeme que luché contra ese impulso y, por algún motivo que desconozco, perdí.

Rufus sonrió. Sintió que un puro deleite burbujeaba en sus venas. Y al deleite se sumaba un inconmensurable alivio al comprobar que ella estaba indemne.

–¡Oh, patito! ¡No hay nada que embote esa lengua de avispa! Bueno, háblame de esa trampa.

–He oído a Cato hablar con su sargento, Giles Crampton. Yo acostumbraba a merodear por el castillo durante las noches.

Portia hizo un pequeño encogimiento de hombros mientras ofrecía esa incompleta explicación. Él no tenía por qué conocer la existencia de

aquellos antiguos excusados en voladizo. Le contó lo que había oído y él la escuchó en silencio, bebiendo whisky con expresión impasible.

–Yo había averiguado que Cato y sus pares estaban haciendo una colecta por la región – comentó él cuando ella hubo terminado – A estas alturas debe de haber un considerable tesoro – dijo, con sonrisa amarga-Aumentará bastante el tesoro del Rey.

Entonces, su expresión cambió. Se puso de pie y se acercó a ella. Le levantó el mentón sosteniéndolo sobre su palma. Con expresión grave, sus ojos buscaron los de ella.

–Me alegra mucho que hayas vuelto. No sé qué puedo ofrecerte pero, puesto que has sido lo bastante audaz para abandonar el hogar de Cato, me temo que tendrás que aceptar el mío.

Pasó la yema del pulgar por la boca de ella.

–Yo no necesito de tu caridad – replicó Portia, volviendo la cabeza para apartarla de él.

No sabía a ciencia cierta qué le estaba diciendo él. Si le había hecho una invitación, le faltaba algo. Si le estaba ofreciendo un hogar por el solo hecho de que ella no tenía otro sitio adonde ir o como compensación por su información, ella no lo aceptaría.

–No he venido aquí con esa expectativa.

Rufus retiró la mano de la cara de ella y la miró.

–¡Por caridad! – exclamó él.

–Yo puedo arreglármelas sola – insistió Ponia-Siempre me las he arreglado sola.

–¡Dios querido! ¡Si no estuvieras en un estado tan patético…! – dijo, y le dio la espalda para dar una rápida vuelta por la habitación. Luego, volvió y se detuvo, bien plantado, delante de ella-¿Quieres quedarte aquí?

–Si siempre vas a pensar en que soy en una Granville, no – respondió Portia.

De pronto, sintió que había demasiado en juego, más de lo que ella pudiese comprender, todavía.

–Lo eres – replicó él-No sé cómo podría olvidarlo.

–Pero ¿hasta qué punto es importante?

Rufus suspiró.

–Te he echado de menos, Portia. No a la Granville sino a ti.

Portia esbozó una lenta sonrisa y sintió que el calor se esparcía por sus venas.

–Entonces, está bien – dijo.

Rufus tuvo la extraña sensación de haber sido derrotado en una lucha que ni siquiera sabía que estaba librando. Entonces, Portia dijo con suavidad:

–Yo también te he echado de menos. Una y otra vez, miraba a mi alrededor buscando a un viejo con una giba en la espalda, que estuviese acechando en algún rincón de los patios.

Rufus le acarició suavemente el rostro con la mano, sintiendo que su incomodidad se disipaba. Una vez más, notó la palidez de ella, su debilidad, su propia necesidad de cuidarla.

–Voy a buscar algo de comida al comedor. No tardaré mucho.

–Trae algo para Juno también.

Cuando quedó sola, Portia permaneció sentada ante el fuego, adormilada, amortiguado el dolor en el tobillo gracias al alcohol. Por primera vez en su vida, sintió que había llegado al hogar.

Rufus regresó al cabo de diez minutos, sacudiéndose la nieve de la capa y golpeando las botas en la entrada. Detrás de él entró un muchacho que llevaba una bandeja cargada. El muchacho dirigió a Portia una mirada curiosa mientras depositaba la bandeja sobre la mesa y dio la impresión de querer demorarse.

–Gracias, Adam – dijo Rufus con intención, mientras ponía una jarra con tapa sobre el hogar.

–Bien, señor.

El muchacho echó otra mirada a la persona que estaba sentada junto al fuego y, con evidente renuencia, volvió a salir a la nieve.

Hambrienta, Portia olfateó:

–¿Qué es?

–Sopa, lengua de buey estofada, y ponche de vino blanco.

Rufus llenó un tazón con sopa de verduras, con movimientos veloces y eficaces. Se lo dio y se quedó mirándola mientras ella comía; parecían una gallina madre y su polluelo herido, pensó Portia conteniendo una sonrisa.

Esa cuidadosa y preocupada atención tenía mucho de reconfortante. A ella le decía, en cierto modo, que volvía a pertenecer a ese ámbito. Y tanto era

así que Rufus se preocupaba hasta de los aspectos más triviales de su bienestar.

Ella bebió la sopa con avidez, y le pareció maná del cielo. Rufus le acercó un plato con lengua de buey y dejó en el suelo un platillo con menudos de pollo para Juno, que los atacó tras lanzar algo muy similar a un gruñido. Rufus se sirvió más whisky y permaneció de pie ante la chimenea en su pose habitual: un brazo apoyado sobre la repisa, un pie sobre la rejilla.

Divertido por su propia satisfacción posesiva, observó a sus pacientes que comían con firme concentración. El color volvía a las mejillas de Portia y notó que también algo de vivacidad a su cabello.

Al fin, Juno dio por terminada su comida y se acercó al fuego. Se tendió a los pies de Portia y rodó de espaldas mostrando su vientre hinchado, expuesta al calor, sus patas moviendose en el aire.

Rufus retiró el plato vacío de Portia y levantó la jarra tapada que estaba en la chimenea.

–Bebe esto; después, te meteré en la cama.

Llenó un jarro con leche caliente y especiada a la que se había agregado vino, y Portia lo rodeó con sus manos hundiendo la nariz en el fragante vapor.

–¿Dónde están los niños? – preguntó, pues la forma en que Rufus había hablado le trajo a la memoria a ese par de revoltosos. Con un pequeño sobresalto, echó un vistazo hacia el rincón cubierto por la cortina –

Supongo que no estarán fuera, en la nieve, ¿no?

–No, claro que no. No los dejo salir en medio de una tormenta de nieve

– respondió Rufus, indignado ante una insinuación de ese calibre. Estaba llenando un calentador con brasas-Esta noche, dormirán con Will.

–¿Lo hacen a menudo? – Rufus se encogió de hombros y dejó los atizadores. – Bastante a menudo, si están con él cuando les da sueño.

Recogió el calentador y fue a la planta alta.

Portia bebió el ponche. Si bien le parecía un modo bastante azaroso de criar niños, sabía que no le correspondía comentarIo. Precisamente ella, que jamás había vivido una rutina durante su crianza. No se podía presentar a Jack como un modelo de padre.

Cuando Rufus bajó de nuevo y la levantó para llevarla a la planta alta, ella sintió una gloriosa relajación, una cálida y sensual languidez. Tendida en sus brazos, levantó una mano perezosa para tocar el rostro del hombre.

–No alimentes ninguna idea – dijo él, sosteniéndola con la rodilla levantada mientras apartaba las mantas de su cama – La necrofilia nunca ha sido una de mis aficiones.

–No estoy tan cansada – dijo Portia, esperanzada.

–Créeme que lo estás – afirmó él, sacándole hábilmente la bata forrada de piel y metiéndola en la cama.

Él había pasado el calentador por las sábanas; la cama estaba muy acogedora.

Llegó el gemido de Juno desde el pie de la escalera. En relación con la capacidad de trepar con sus cortas patas, el tramo de peldaños debía de parecerle una montaña.

–La perra puede dormir abajo, junto al fuego – dijo Rufus con firmeza, al ver que Portia estaba a punto de abogar por el animal.

La miró, pensando en lo frágil que parecía su cuerpo bajo las mantas.

Sin embargo, él sabía lo fuerte que era, en realidad, al menos cuando no había estado avanzando en medio de remolinos de nieve durante doce horas, para salvarle el pellejo.

–Tengo que hablar con George para decirle que refuerce la guardia.

¿Podrás quedarte sola por un rato?

–Ahá – dijo Portia, bostezando, mientras oleadas de sueño se derramaban sobre ella, inexorables-Pero ¿podría dormir Juno aquí?

–No. Está sucia y tal vez esté llena de pulgas – declaró Rufus – Junto al fuego estará bastante abrigada. Y ahora, duérmete y no discutas.

Se inclinó para besarla y sus labios se demoraron unos instantes sobre los de ella. Había olvidado lo deliciosamente suave que era su boca. Tan suave, dulce y que respondía de un modo tan maravilloso.

–Quiero más – pidió ella, cuando él levantó la cabeza a desgana.

–Después. Entonces, podrás recibir todos los besos que desees – le prometió, con una ligera carcajada.

Entonces, se marchó antes de que ella tuviese tiempo de seguir su canto de sirena, bajó la escalera y salió silenciosamente de la casa.

Juno gemía y rascaba la escalera. Al ver que Portia no bajaba a buscarla, comenzó a ladrar con ladridos increíblemente molestos que impedían dormir a Portia, a pesar de su agotamiento.

–Juno, cállate.

Fue inútil. Los ladridos se hicieron más agudos, hasta que fue imposible ignorarlos. Portia lanzó un quejido, se incorporó y salió de esa acogedora calidez. Se paró sobre una pierna y fue saltando hacia la escalera.

–¿Cómo crees que iré a buscarte si no puedo apoyar el pie en el suelo?

La perra tomó carrera, dio un salto hacia el primer escalón y se cayó hacia atrás. Ladró de nuevo, echando hacia arriba una mirada expectante.

–Y estás sucia – dijo Portia. Juno gimió.

–¡Oh, Señor!

Portia se sentó en el último escalón y se arrastró sobre el trasero.

Aunque los peldaños eran empinados, le resultó asombrosamente fácil descender utilizando un solo pie, mientras mantenía el pie herido rígido, ante ella.

Al pie de la escalera, levantó a la arrobada perrita y la puso sobre su regazo, tratando de izarse hacia arriba. El problema se le reveló de inmediato: era imposible subir del mismo modo, utilizando las dos manos.

Y, además, tenía a Juno sobre el regazo.

Portia se quejó de nuevo. Se volvió hasta quedar de cara a la escalera y levantó a la perra dejándola tres peldaños más arriba.

–Quédate ahí.

Después, dolorida, se levantó hasta llegar donde estaba Juno.

La puerta de delante se abrió con tal sigilo que ella no la oyó, concentrada como estaba en su fatigoso ascenso. No oyó a Rufus hasta que éste exclamó, desde el pie de la escalera:

–¡No puedo creerlo! Dime que estoy imaginándolo, Portia…

–Es por Juno – dijo ella, entre lágrimas y risas-Ya sé que habías dicho que ella no podía subir, pero estaba ladrando y gimiendo tanto que no me dejaba dormir. ¡Por eso estaba tratando de llevarla arriba, para poder dormir! Estoy muy cansada, Rufus.

Las últimas palabras fueron un lamento. A Rufus le pareció irresistible esa obstinada persistencia con que se enfrentaba a todas las contrariedades.

Cualquier otra persona en semejante estado de fatiga habría ignorado los quejidos de la perra. Pero la señorita Worth, no.

Rufus realizó un fluido movimiento y levantó a Juno del peldaño, sosteniéndola por el pellejo del cuello.

–Ch, por favor, no la lleves fuera – suplicó Portia.

–Voy a bañarla – dijo él, sosteniendo al animal con el brazo estirado –

No es lo que suelo hacer a las once de la noche. Sin embargo, la necesidad manda cuando el diablo empuja y tú, Portia Worth, tienes en la mano una de las horquillas del diablo.

Depositó a la perra en el suelo y se adelantó para alzar a Portia. La llevó arriba una vez más y la depositó con gesto firme sobre la cama.

–Esta vez, por favor, ¿puedes quedarte aquí?

–¿No vas a volver a salir? – preguntó ella, y ya se le bajaban los párpados.

–No – respondió él, arropándola tan apretadamente con las sábanas como si fuesen fajas-Y ahora, por el amor de Dios, duerme.

Portia se quedó escuchando, durante un minuto, los reconfortantes ruidos que producían los movimientos de él en la planta de abajo. Oía su voz, suave y un tanto exasperada, hablando con la perra. Mientras intentaba descifrar qué decía él, ella cayó en el profundo hoyo negro del olvido, donde no podían penetrar los gemidos y los ladridos de Juno.

Ésta protestó ruidosamente por el agua caliente y el jabón pero Rufus fue implacable. Al animalejo no le llevó mucho tiempo reconocer la mano del amo y, por fin, cesó en sus luchas y adoptó un aire desdichado, más semejante al de una rata ahogada que al de un perro.

Rufus la frotó enérgicamente con la toalla.

–Sé muy bien que querrás meterte en la cama – dijo- Y que esa dueña tuya me va a mirar con esos ojos verdes rasgados, y yo no podré hacer nada para impedirlo. – Juno movió la cola y esparció una lluvia de gotas por todo el lugar-¡Eres un incordio! – afirmó Rufus en voz bien alta-Y te lo digo directamente: no pienso dormir con un perro mojado y maloliente de modo que quédate quieta.

Por fin, la depositó en el suelo, ante el fuego, se sirvió una generosa ración de whisky y se sentó junto a ella, estirando las piernas hacia el fuego.

Juno apoyó su cabeza en el pie de él y soltó un breve suspiro de contento.

Rufus la miró, ceñudo, pero la perra no hizo más que sonreírle.

Rufus fijó la vista en la bebida y sus pensamientos volvieron a la información que le había llevado Portia. Su activo cerebro consideró y descartó varios planes, mientras él sentía que se le agitaba la sangre con la perspectiva. Se le ocurrió la posibilidad de anticiparse a Granville y, al