La guerrera

Jane Feather · Capítulo 19 de 26

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La guerrera

Capítulo 17

–Te enfriarás.

–Aquí hace bastante calor.

–¡Es un horno! – corrigió él con cierta vehemencia-Antes de atreverme a exponer ese cuerpo frágil y pequeño al aire, avivé el fuego hasta que casi incendié la chimenea.

Portia se incorporó.

–¿De modo que tú planeaste esto?

–En realidad, no – dijo, bajando de la cama-Se me ocurrió en un rapto de inspiración – agregó, poniendo los brazos en jarra y mirándola-No sé si recuerdas que tenemos un asunto pendiente.

–Oh, sí – dijo ella, lánguida-Lo recuerdo. – y su mirada se enfocó-

¿Cuándo te marchas?

–Mañana por la mañana. Tenemos que preparar nuestro recibimiento a los hombres de Granville, y la disposición del tesoro. No se puede dejar en cualquier sitio.

–No – admitió ella, logrando un tono melancólico-¿Cuánto tiempo estarás ausente?

–Es difícil saberlo. Pero por lo menos una semana.

–Ah – dijo ella, dando a su boca una expresión pesarosa.

–¿Quién quería ser un guerrero? – se burló él, apartando un rizo de la frente de ella con su dedo.

Portia bajó los párpados para ocultar el chisporroteo de sus ojos.

–Me he resignado a ser una mujer a quien dejan en casa, preocupándose

– murmuró.

–No tienes por qué preocuparte – dijo Rufus, serio-Te prometo que volveré sin un rasguño de esta pequeña expedición, muchacha.

¿Y cuántos no volverán así?, se preguntó Portia.

Ella había traicionado a Cato y a sus hombres para facilitar la venganza de Decatur. ¿O habría protegido a Rufus de la venganza de Cato? Quizá fuese la misma cosa.

17

El tercer día de lecciones Will se sentía tan incómodo como se había sentido el primero. Estaba en la orilla del río, observando a Portia con ojo crítico, viendo cómo tensaba el ligero arco y apuntaba al blanco puesto en el grueso tronco de un roble sin hojas.

Es por los pantalones, pensó él. Eso era lo que le daba ese aire tan extravagante, tan diferente de cualquier mujer que él hubiese visto nunca.

Sin embargo, eso no era todo aunque sí una parte. Todo formaba parte del total de su rareza. Y Will, por su parte, era una persona convencional; sólo se sentía a sus anchas con lo habitual y la gente que conocía. Desde luego, le gustaba la excitación de su vida de bandolero porque estaba acostumbrado a eso. Sabía qué podía esperar de esa vida y de sus camaradas. Esta señorita Worth, en cambio, era tan inesperada y fuera de lo común como si hubiese bajado de la luna.

Al principio, Will no sabía si Portia iba en serio cuando hablaba de unirse a la milicia de Rufus pero, una vez que su comandante se hubo marchado con sus hombres, ella dejó bien en claro que hablaba muy en serio. Y Will había descubierto que era incapaz de resistirse a ella, si bien no sabía por qué. Claro que ella le había salvado la vida y que ella se lo había recordado, pero él podría aducir que su comandante no lo había autorizado y que él no podía actuar sin órdenes. Aun así, sin poder explicarse el motivo, no había podido decirlo.

Había consultado con George, que era el amigo más antiguo de Rufus, el hombre que, a la muerte de los tíos de aquél, por ser el mayor, había asumido el papel de gobernante de ese clan que se hallaba fuera de la ley. Y

George, en lugar de confirmar que la idea de Portia era ridícula, sólo había hecho un guiño con un ojo a Will, sin cambiar su plácida actitud de costumbre, y dijo:

–¿Por qué no? No veo nada de malo en darle algunas lecciones a la muchacha. Después de todo, el conflicto será entre ella y el amo.

Y se había ofrecido a enseñarle a Portia las artes más salvajes de la pica y el mosquete, dejando para Will las delicadezas de la arquería y la esgrima.

George no tuvo inconvenientes con su tarea pues, a su edad, su nueva alumna no le causaba perturbaciones a diferencia de Will quien, en presencia de Portia, se quedaba mudo, reñía sin querer hacerlo y tropezaba a cada rato.

Will se esforzó por concentrarse en la tarea que tenía entre manos. Una vez que había accedido a encargarse de ella, el orgullo no le permititía fallar. No sería su culpa si Portia no lograba aprobar.

Mientras la observaba con atención, vio que probaba su tobillo, en proceso de curación, antes de disparar el arco y, después de tres días de

observación, él supo reconocer en ella todos los signos de nerviosismo que precedían el momento del lanzar la flecha. El ángulo de los hombros, los pequeños reacomodamientos de los pies. Aguardó a que ella levantara la vista hacia el cielo, como hacía siempre en el instante previo a soltar la cuerda del arco.

Y, como siempre, él fue consciente de la renuente admiración que le provocaba la decisión de la muchacha. Si hubiese bastado con esa decisión, ella habría logrado el éxito.

En el preciso momento en que ella soltaba la cuerda, un grito excitado llegó desde el callejón que llevaba al río. La flecha erró el blanco y cayó en el río, resbalando sobre el hielo.

–¡Lo lograremos… lo lograremos! – siguieron gritando Toby y Luke, que aparecieron por el callejón-¡Te vimos, te vimos! – canturrearon, mientras corrían y seguían de largo, resbalando para recuperar la flecha.

Hubo una breve refriega en la que los dos lucharon por la posesión de la flecha hasta que Toby, triunfante, resbaló sobre su trasero de vuelta hacia la orilla, moviendo su botín sobre su cabeza. Luke se quedó en medio del hielo, berreando.

Will fue a buscarlo y lo llevó a la orilla.

–No puedes estar aquí mientras estamos practicando – le dijo.

–Nos quedaremos atrás – protestó Toby-Bien, bien atrás. Muy lejos –

insistió, retrocediendo unos metros a modo de demostración.

–Eso no basta – dijo Will con firmeza.

–Me habéis hecho fallar – dijo Portia, sacando otra flecha del carcaj-Si volvéis a hacerlo, podría errar el tiro y heriros. Y entonces, ¿cómo estaríamos?

–¿Muertos? – aventuró Toby, pensativo.

–Al menos, heridos – repuso Portia-Regresad a la aldea; cuando Wtll y yo hayamos terminado, yo iré a buscaros y llevaremos a Juno a dar un paseo.

–¿Lo prometes?

–Lo prometo.

Se fueron a desgana, mirando por encima del hombro mientras se alejaban.

–Yo pienso – empezó a decir Will con timidez- que usted no se planta bien. Es preciso que separe más las piernas.

Desde su cuello trepó un intenso sonrojo.

–¿Así? – dijo Portia, colocándose en una postura de pies bien separados, mientras acomodaba la flecha en el arco.

–Sí, pero los hombros… – dijo Will, con las manos en los hombros de la muchacha y el rostro en llamas, mientras en su fuero interno enviaba a su primo al infierno. Retrocedió – Pruebe, ahora.

Esta vez, la flecha dio cerca del blanco. Willla recuperó.

–Ya estuvo mejor.

–Debo mejorar mucho – afirmó Portia sin rodeos-Que me condenen si hoy me voy de este sitio sin haber hecho una diana, Will- dijo, tomando de nuevo la flecha y ajustándola en el arco-Dígame qué otra cosa no hago bien.

Usted debe saberlo.

–En mi opinión, se trata del modo en que sus dedos controlan la flecha –

dijo él, todavía tímido- – La sujeta con demasiada fuerza.

Se puso detrás de ella y la rodeó con el brazo para hacerle una demostración. Al hacerlo, el brazo rozó un pecho de ella y él saltó hacia atrás como si lo hubiesen quemado.

Portia se volvió hacia él.

–Mire, Will, ¿no podría olvidar que soy una mujer?

–No es muy fácil- dijo él-Por añadidura, es la compañera de cama de Rufus.

–Ah – exclamó ella, rascándose la cabeza mientras pensaba-¿No podría verme como cualquiera de las otras mujeres que vienen a la aldea?

Will se limitó a mirarla, boquiabierto, como si se hubiese vuelto loca.

Ella suspiró.

–Supongo que no puede. Bueno, veámoslo de este modo. En lo que a mí respecta, como usted es el primo de Rufus, para mí es como un hermano.

¿No podría verme como a una hermana?

–Tal vez pueda intentarlo – dijo Will, con cierta pesadumbre-Pero no es fácil. Nunca he tenido una hermana y, si la hubiese tenido, no creo que hubiera sido como usted.

Portia se dio por vencida. A la larga, Will se acostumbraría. Con George, sus lecciones eran mucho más fáciles. El viejo soldado sólo se ocupaba de su tarea y, tras haber llegado a la conclusión de que su alumna era seria, él se dedicó a enseñarle con la misma prosaica eficacia que empleaba con cualquier nuevo recluta. A Portia le llevó cierto tiempo

habituarse a atacar un saco relleno de paja con la pica, imaginando que la aguda punta estaba atravesando carne y articulaciones humanas. La sed de sangre no formaba parte de su naturaleza y las lecciones de anatomía de George, al tiempo que le señalaban los puntos más sensibles, eran en extremo gráficas.

Ella se convenció de que sólo se trataba de un ejercicio. Tenía que demostrar a Rufus y a sus hombres que ella era capaz de hacerlo. Que podrían confiar en ella en cualquier situación. No era obligatorio que ella tuviese que ensartar, realmente, las tripas de alguien.

Con el mosquete fue mejor. Para disparar una bala tenía que haber cierta distancia, si bien ella no se engañaba con respecto al daño que podría causar. Sus dedos largos y delgados eran hábiles y rápidos; tuvo escasas dificultades en dominar el arte de recargar el arma en el tiempo permitido.

El arma le pesaba sobre el hombro, y el retroceso le empujaba con fuerza el hombro. En el transcurso de unas horas, se le formó un enorme hematoma y tuvo que recurrir a toda su capacidad de resistencia para que George no descubriese cuánto le dolía.

Lo mejor fue el trabajo con el estoque. Jack le había enseñado esgrima cuando ella tenía doce años. Era un deporte en el cual él se había destacado hasta que el coñac le arruinó la vista y los temblores le impidieron sostener nada que fuese más pesado que un botellón de bebida. Will se mostraba mucho más suelto cuando esgrimían en el cobertizo de Tod. Gracias a la destreza de Portia, no tuvo mucho trabajo en enseñarle y, pronto, ambos comenzaron a disfrutar con los asaltos.

A medida que pasaban los días y no había noticias, Portia tenía que reprimir su ansiedad. Trató de convencerse de que, cuanto más tiempo Rufus estuviese ausente, tanto mejor sería. Quería tener una absoluta eficiencia cuando él regresara. Quería que George y Will pudieran decir, sin ningún escrúpulo, que ella era lo bastante diestra como para estar entre ellos en cualquier batalla. Sus lecciones atrajeron a los curiosos. Al principio, se divertían y se mostraban escépticos. Pero luego comenzaron a manifestar ligeros cambios en su actitud. Sus comentarios se tornaron animosos en lugar de burlones, y pronto también empezó a recibir consejos de ellos. Con cada día que pasaba, Portia empezó a sentir que, en cierto modo, gracias a su esfuerzo y sin la ayuda de Rufus, se estaba haciendo un sitio entre esos hombres.

Nunca se sintió amenazada por su situación como única mujer en medio de aquellos bandidos. La experiencia le había enseñado que debía esperar lo peor de los hombres, sobre todo cuando estaban en grupo; al principio, supuso que ellos se contenían porque ella era la mujer del jefe y que ninguno se habría atrevido a invadir el territorio de su comandante. Pero eso no habría impedido las miradas lascivas, las insinuaciones sexuales ofensivas, los comentarios oblicuos y las bromas humillantes. Sin embargo, tampoco hubo nada de eso. Aquello fue una grata sorpresa que hizo mella en sus prejuicios sobre el sexo masculino en general.

Cuando Rufus regresó, ella estaba librando un feroz combate de esgrima con Will, en el cobertizo de Tod. Él se había adelantado un poco a sus hombres y llegó a la aldea sin anunciarse con la intención de sorprender a Portia. Fue para él una decepción encontrar la cabaña vacía; entonces, fue a buscarla al comedor.

–Oh, por lo general, a esta hora del día la muchacha está con Will en el cobertizo de Tod – le informó Josiah, despreocupado, en medio de sus cacerolas.

Rufus sintió curiosidad. ¿Qué asunto cotidiano podría reunir a Will y a Portia en el cobertizo? Se encaminó hacia allí y se detuvo al oír el inconfundible sonido del cruce de aceros. Ceñudo, se escurrió por la puerta entreabierta del cobertizo y se quedó en la penumbra, observando a las dos pequeñas figuras.

Comprobó, de inmediato, que Portia era buena. Era más veloz que Will y, tal vez, un poco más precisa en sus acometidas gracias a su velocidad, pero paraba los ataques con impecable precisión y era rara la ocasión en que su oponente podía sorprenderla con la guardia baja.

¡Dios, cuánto la había echado de menos! Hasta en los momentos de mayor concentración en su plan, al calor del peligro y en medio de la excitación de la victoria, había pensado constantemente en ella. No podía esperar para reencontrarse con ella… no podía esperar a oírle decir que ella lo había echado tanto de menos como él a ella.

Pero, en su ausencia, ella no se había quedado sentada lamentándose, pensó él con amargura. Sin ser visto, la observó unos instantes disfrutando un momento viendo su habilidad. Su gracia y el entusiasmo que demostraba en la pista le hicieron recordar el modo desinhibido con que bailaba y la manera sinuosa y flexible en que ella movía el cuerpo cuando hacían el

amor. Ella reía, eufórica, por haber parado la hoja de Will en tercera y Will, por su parte, con aire sombrío, bajaba el arma.

–Bravo, patito – dfijo. Rufus saliendo de las sombras y aplaudiendo con las manos enguantadas.

–¡Rufus!

Portia arrojó su estoque sobre un fardo de paja y, corriendo por el cobertizo, se arrojó directamente en sus brazos rodeándole la cintura con sus piernas, enlazándole el cuello con sus brazos y besándolo con desvergonzada pasión.

–Estás sano y salvo – declaró, con su boca pegada a la de él-Estuve muy afligida, aunque me esforcé por no estarlo.

–Por supuesto que estoy sano y salvo – dijo él, desdeñoso, sujetándole las nalgas con las manos.

–¿Y pudiste hacerte con el tesoro?

–Ahora viaja hacia Newcastle.

–¿Algún incidente? – preguntó Will, tratando de disimular el embarazo que sentía.

No sabía dónde mirar. Las manos de su primo parecían enormes en el pequeño trasero de Portia.

–Algunos – respondió Rufus-Aunque no tuvimos muertos.

Se hizo un momento de silencio. Portia no podía soportar la incertidumbre. Aun cuando estropease ese momento de recogimiento, ella necesitaba saber. Su traición, ¿había significado la muerte de Cato?

–¿Y Cato?

La breve pregunta pareció estallar en medio del silencio.

Rufus la depositó sobre sus pies.

–Granville no estaba en la emboscada – afirmó él-Sólo sus subalternos… por fortuna para él- añadió, con una áspera carcajada-Los derrotamos de manera tan absoluta que, si él hubiese estado allí, habríamos tenido nuestro arreglo de cuentas. – Luego, con visible esfuerzo, cambió la expresión sombría de sus ojos y dijo con vivacidad-: ¿Y cómo es que estás esgrimiendo con Will?

Will miró a Portia quien, a su vez, miró a Will. Entonces, Portia hizo una profunda inspiración y dijo:

–Will y George han estado enseñándome todas las destrezas necesarias para combatir con la milicia.

–¿Qué? – preguntó Rufus.

–Yo te había dicho que quería formar parte de tus hombres – dijo Portia, con calma-Ahora puedo demostrarte que soy absolutamente capaz de hacerlo. Soy bastante buena, ¿no es así, Will?

Le clavó una mirada penetrante, instándolo a hablar.

Will sintió que le faltaba el suelo bajo los pies. Rufus tenía la expresión de quien no da crédito a sus oídos. Pero Will no era ningún cobarde. Dijo:

–Maneja la espada mejor que yo, y con el arco lo hace decentemente.

–Gracias, Will- dijo Portia en voz queda.

Él le echó una breve mirada y luego se encogió de hombros.

–Es la verdad. Una vez, me salvó la vida, y yo no volveré a temer mientras ella esté a mi lado.

¡Elevado elogio, por cierto! Portia se ruborizó de placer. Sintió el impulso de besarlo, pero los soldados no acostumbran abrazar a sus compañeros de armas.

–¿Quieres decirme que has arrastrado a George a este ridículo asunto? –

quíso saber Rufus.

–Sí, milord. Yo le he enseñado a manejar la pica y el mosquete – dijo el aludido desde atrás de él. Había sabido del regreso del jefe y había acudido de inmediato para enterarse de las nuevas de la expedición. A juzgar por la expresión fulminante del amo, el plan de Portia parecía a punto de desplomarse – La muchacha se desempeñará muy bien, sir. Los hombres han estado observando sus prácticas y todos opinan lo mismo.

Portia no había oído decir eso, y su rubor se intensificó. Antes de que Rufus pudiese reaccionar, dijo, con vertiginosa decisión:

–Yo te lo demostraré, Rufus. En este mismo momento, me has visto esgrimir, pero puedo luchar contigo. – Se abalanzó a recoger su estoque, y trazó con él un veloz saludo en el aire-Y luego, haré tres dianas con seis flechas, después te mostraré que sé disparar y recargar el mosquete en poco más de un minuto… y después te mostraré cómo se destripa un fardo de heno – dijo, con los ojos brillando a raíz de su abrumadora necesidad de convencerlo; las palabras salían a borbotones de su boca en exuberante cascada-Si tú me lo permites…

Rufus levantó una mano.

–No necesito verte hacer esas cosas – repuso él, en tono cortante-Si Will y George dicen que sabes, a mí me basta con eso. Pero eso no cambia nada,

muchacha. ¿En verdad crees que voy a permitir que te expongas a los peligros del campo de batalla?

Portia irguió los hombros y lo enfrentó, su mentón alzado, su boca apretada.

–Si yo deseo exponerme a esos peligros, es asunto mío, no tuyo, Rufus.

Soy lo bastante hábil para luchar bajo tu estandarte; me ofende que digas que no vas a permitirlo, sólo porque soy mujer. Si tus mismos hombres están dispuestos a que me una a ellos, ¿por qué tienes que impedirlo tú?

Al acabar ese apasionado discurso, el silencio que reinaba en el cobertizo era tan denso que habría ahogado una conflagración. Nadie había notado que George se había retirado en silencio.

La expresión de Rufus se mantuvo inescrutable, hasta que dijo con brusquedad:

–Will, dentro de una hora daré un informe sobre la expedición. Reunión general en el salón de entrenamiento.

Will hizo un saludo y salió del cobertizo, manifestando su alivio en cada paso. Rufus se volvió hacia Portia, que seguía mirándolo en actitud de vehemente desafío.

–¿Tienes que mirarme con ese ceño? – preguntó él, con sonrisa interrogante-Una piedra me habría dado una bienvenida más cálida.

Portia titubeó. En ese momento, notó qué fatigado estaba él. Su rostro estaba grisáceo de cansancio, sus ojos, con profundas ojeras, su boca fina se perdía entre la barba. Entonces, sintió un ramalazo de culpa por haber lanzado su ataque antes de que él hubiese tenido tiempo de recuperarse del viaje. No era un asunto tan vital que no pudiese esperar hasta que se hubiesen saludado como era debido.

–Lo siento – dijo ella, con instantáneo remordimiento-Pareces muy cansado, amor.

–Eso es poco decir – dijo él, pasándose una mano por el mentón-Necesito con urgencia un baño y cambiarme la ropa; tampoco me vendría mal una taza de hidromiel.

–Yo puedo ofrecerte todo eso – dijo Portia con una sonrisa, tomándolo de la mano y guiándolo hacia el callejón.

Mientras caminaban hacia la cabaña en un silencio que era, ahora, de contento y de anticipación, ella balanceaba la mano de Rufus.

Él abrió la puerta de la casa.

–Sí… sí, yo también estoy encantado de verte, Juno… creo – dijo a la perra, que saltaba sobre las patas traseras y lanzaba agudos ladridos, en el éxtasis del recibimiento.

Portia alzó una mano y tocó suavemente el rostro de Rufus, pasando la yema del índice por su boca.

–Te daré aguamiel – dijo, llenando un jarro que había en la alacena-

¿Quieres que te prepare el baño?

–Sí, por favor – respondió él, gimiendo mientras se sentaba a la mesa y estiraba sus largas piernas-Dios; estoy agotado. Hemos estado cabalgando doce horas sin parar.

Portia arrastró la bañera hasta delante del fuego, sacó la olla de cobre del gancho, tambaleándose un poco bajo su peso, pero negó con la cabeza cuando Rufus hizo ademán de ayudarla.

–Si puedo tensar un arco y destripar una bolsa de paja con una pica, Rufus, no cabe duda de que puedo cargar con una olla de agua caliente.

Rufus arqueó una ceja pero no dijo nada. Dejó que ella sola echara el agua hirviendo en la bañera mientras él comenzaba a quitarse el chaquetón de cuero. Se quitó las botas y los calcetines, luego se puso de pie para desabrochar el cinturón de la espada y quitarse pantalones y calzones.

Tal vez fuese egoísta de su parte, pero Portia echó al viento cualquier atisbo de contención y preguntó, sin el menor escrúpulo:

–¿Estás tan cansado porque no has dormido en Newcastle? – preguntó, con inocencia, mientras él se metía en la bañera y se sumergía en ella, dejando colgar sus largas piernas por encima del borde-¿O es que estabas tan entretenido con las diversiones de la ciudad para hacer algo tan aburrido como dormir?

Rufus la miró con ojos entrecerrados.

–Por casualidad, ¿no estarás intentando provocar una riña?

–Ésta es una alternativa a hacer el amor – dijo ella, arrodillándose junto a la bañera-Siento la necesidad de cierta excitación.

Se inclinó sobre él para besarlo, pasándole los dedos entre la barba, la lengua sinuosa e insistente, exigiendo entrar en su boca. Su mano descendió por la fuerte columna de su cuello, por su pecho, se demoró en sus tetillas y levantó entre sus dedos la roja pelambre que surgía en vigorosos riros en la parte superior de su cuerpo.

Rufus apoyó su cabeza en el respaldo de la bañera y cerró los ojos, entregándose a las maliciosas caricias, a los provocativos ataques de los dedos de Portia, mientras la misma mano se zambullía bajo el agua, tocando una melodía sobre la piel tensa de su vientre musculoso. Luego, descendió más, entre sus muslos, alzando su órgano blando, acunándolo en su mano, oprimiéndolo con suavidad, retrayendo la pequeña caperuza de carne en busca de la punta sensible.

El miembro volvió a la vida de un salto en la palma de ella, que rió suavemente, mordisqueándole la comisura de su boca, hundiendo la lengua en el hoyuelo de su barbilla.

–¡Por la gracia de Dios, tú eres capaz de levantar a alguien de su tumba!

– murmuró Rufus-¿Qué has estado tramando durante mi ausencia?

Portia se inclinó sobre él y lo rozó con las pestañas, agitando esos dorados abanicos sobre sus labios.

–A ver, arquería, esgrima, asesinato de sacos de paja, carga de mosquetes… ah, y soñar. He tenido tiempo de sobra para soñar, sola en esa gran cama. Y creo que mis sueños han dado buenos frutos – agregó, acompañando con una breve carcajada triunfal, y sentándose sobre los talones-¿Qué opina de eso, lord Rothbury?

–Opino que es hora de que te dé algo para que puedas soñar – declaró-Quítate la ropa.

La excitación se encendió en los ojos de la muchacha.

–¿Aquí…ahora?

–Sí. Date prisa.

Portia se irguió para quitarse la ropa; entonces, ya desnuda, lo miró sin saber qué debía hacer a continuación.

–Ven aquí – dijo él, estirando las manos y atrayéndola hacia sí-Ponte a horcajadas sobre mí… Eso es. Y ahora, guíame hacia dentro.

Portia siguió sus instrucciones, con la lengua entre los dientes y el ceño entre las cejas como señal de concentración. Se levantó un poco para recibirlo dentro de su cuerpo y luego descendió con cuidado, de manera de quedar a horcajadas sobre las caderas del hombre.

–Y ahora, tú tocarás la melodía – dijo Rufus, aferrándola con sus manos de la cintura-Muévete como quieras. Lo que sientas que es bueno. Tú tienes el control.

Los ojos de Portia se agrandaron; no le llevó mucho tiempo comprobar que él decía la verdad. Y no sólo controlaba su propio placer sino, también, el de su amante. Se echó a reír, encantada, adivinando sus reacciones en la mirada brillante que tenía debajo de la suya, sintiendo cada ondulación del cuerpo de él como si fuera suyo. Quiso que los dos quedaran suspendidos en ese glorioso reino sensual y sufrió un ramalazo de decepción cuando comprendió que, a la larga, ella no podía hacer nada para retener la marea de pasión que barría con los diques del control. Pero fue sólo un instante que se perdió para siempre en la maravillosa cascada del placer.

Una prolongada nota de trompeta, sostenida en una vibración de sonido, con una sacudida, sacó a Rufus de su trance posterior al amor.

–¡Por todos los diablos del infierno! ¿Ya ha pasado una hora? – dio unas palmadas en la cadera de Portia-Arriba, amor. Tengo que irme.

Sin ganas, Ponia se puso de pie y Rufus se levantó, lanzando una lluvia de gotas.

–¡Madre de Dios! – exclamó-¿Qué diablos te ha pasado en el hombro?

Tocó la contusión, ya amarillenta, que se extendía desde el cuello hasta el hombro de Ponia.

–Es el retroceso del mosquete – explicó Portia-Ahora, en cambio, uso una almohadilla hecha con un paño arrollado para apoyarlo, y me duele mucho menos.

Rufus permaneció ceñudo, como si estuviese a punto de decir algo, pero luego meneó la cabeza desechando con brusquedad sus pensamientos y salió de la bañera. Ella tenía que aguantar las consecuencias de su propia decisión; si tenía que aprenderlo por las malas, por las malas sería. Ella había dejado bien claro que no quería ser consentida, que no quería ninguna concesión.

–Vístete – dijo él, frotándose vigorosamente con la toalla-Hay asamblea general; eso vale para ti también.

Ponia no estaba segura de haber entendido bien y lo miró con cierta prevención:

–¿Tú vas a… yo voy a… puedo…?

–Sí, yo voy… sí, tú vas… sí, puedes unirte ala milicia- respondió Rufus; en un tono que no daba muestras de gran entusiasmo en relación con su capitulación-Va en contra de mis opiniones; sin embargo, no esperes ninguna concesión. Ni de mí ni de ningún otro, ¿está claro?