La guerrera
Capítulo 20
En las últimas filas de la fuerza de Decatur, en medio del silencio que siguió a la declaración de batalla, Portia sufrió un ataque de náuseas. Lo reprimió, pero fue invencible. Se apeó de Penny con dificultad y corrió tras un arbusto, arrojando fuera sus entrañas y sintiéndose en extremo desdichada.
20
-¿Has comido algo malo, Portia? – preguntó Luke, con su débil vocecilIa preocupada, apoyando una mano llena de hoyuelos en la espalda de Portia, que estaba acurrucada en medio de los arbustos.
–Es probable – respondió ella, sentándose sobre los talones y limpiándose la boca con un pañuelo.
–Será por las grosellas silvestres – dijo muy conocedor Toby, acuclillado delante de ella y observándola con la cabeza ladeada.
Su más reciente descompostura había sido consecuencia de una prolongada visita a un arbusto de grosellas.
Portia sonrió sin fuerzas, aunque con la esperanza de tranquilizarlos.
Hasta el momento, había logrado mantener en secreto este desagradable incidente de cada mañana; no quería que los niños fueran corriendo a contar a Rufus sus apuros.
–Ya ha pasado, ya estoy mucho mejor – dijo-. ¿Habéis desayunado?
De sólo pensar en comida le sobrevino otra oleada de náuseas que sintió agitarse en su estómago.
–Bill nos ha preparado unos huevos escalfados – dijo Luke-. ¿En serio, estás mejor?
–Sí, en serio – respondió ella, poniéndose de pie, algo tambaleante, y recogiendo al mismo tiempo su sombrero de paja, que había caído. Si bien no era muy apto para la vestimenta de un soldado, protegía del sol su delicada piel pálida-. ¿Dónde está Juno?
–En una cueva de conejo.
Qué pregunta tan tonta, se dijo ella.
–Volvamos al campamento.
Los tomó de las manos y fueron los tres, caminando, hasta el campamento instalado al pie del castillo Granville pero, antes de que llegaran a la primera hilera de tiendas, atrapó la atención de los niños un soldado que se hallaba reparando el eje roto de un carro de carga, y
corrieron hacia allí a ofrecerle su ayuda, dejando a Portia que continuase sola su camino.
En las dos semanas transcurridas desde el comienzo del sitio, los ingenieros especializados habían construido puentes que cruzaban el foso y eran lo bastante sólidos para sostener las culebrinas; el tronar incesante del cañón era una especie de rito cotidiano, al alba y al atardecer. Hasta entonces, los muros del castillo habían soportado el bombardeo sin mayores daños aunque ya estaban exhibiendo señales de desgaste y resquebrajaduras.
Los arqueros disparaban sus flechas por encima de las murallas en un acoso inflexible y los hombres de Granville devolvían el fuego, aunque de un modo azaroso, sin causar demasiados daños. Implicaba un gran riesgo para ellos permanecer sobre el borde del parapeto el tiempo suficiente para tomar puntería. Los fuegos oleosos eran encendidos por las noches y tornaban la atmósfera asfixiante y pestilente, no sólo para los sitiados sino, también, para los sitiadores. Sin embargo, estos últimos tenían la posibilidad de retroceder, pensó Portia. Para los moradores del castillo, en cambio, esa sofocación de cada noche sería una tortura. No tenían ningún sitio adonde escapar; además, el clima no ayudaba. Se había vuelto caluroso y tronaba, aunque no llegaba el alivio de una tormenta.
En esas primeras horas de la mañana de verano el cielo era de un color gris acero, con masas de cúmulos, y ese clima pesado aumentaba los malestares de Portia. Le causaba dolor de cabeza y le hacía más difícil soportar las náuseas constantes y, además, ocultarlas. En esos días, sus tareas no eran arduas. Ayudaba en la construcción de los puentes con las ligeras escalas de cuerda que usarían si se presentaba la ocasión de escalar la muralla. Participaba en los piquetes que patrullaban el perímetro del campamento y el foso, atentos a cualquier movimiento extraño en el castillo.
Cada vez que pasaba por ese punto, apartaba la vista de la puerta oculta del foso.
El batallón del príncipe Rupert había llegado, según lo prometido; cuando Portia cruzó la pisoteada hierba yendo a la tienda que hacía las veces de cuartel general, oyó la voz del príncipe que se dirigía a sus comandantes y que vibraba de confianza y de buen humor. Hacía poco, el
príncipe había logrado levantar el bloqueo impuesto a York por los rebeldes y estaba eufórico por el triunfo y convencido del éxito.
Empujados por el calor, los hombres habían salido de la tienda y estaban reunidos a la sombra de un haya, en torno de una mesa larga sobre la cual habían extendido un mapa. El príncipe, magnífico con su casaca de color azul brillante con sus tajos forrados de escarlata, su cabello cayendo en una cascada de resplandecientes rizos hasta el cuello de encaje valenciano que se extendía sobre los hombros, señalaba un lugar en el mapa.
–Caballeros, debemos provocar una batalla decisiva, y lo haremos. El Rey lo exige – dijo, alzando al sol su rostro reluciente, y haciendo un floreo con su puntero-. Ése es el deseo del Rey, milores.
Rufus estaba examinando el mapa y su expresión no traslucía nada de la entusiasta convicción del príncipe. Más bien, visto desde cierta distancia, parecía a punto de expresar ruidosamente su desacuerdo, pensó Portia. Ella lo adivinó por la tensión de sus hombros, por la línea de su boca. Sin embargo, para su sorpresa, él se mantuvo en silencio y siguió observando el mapa, con unas arrugas crispándole la frente.
De súbito, él levantó la vista y ella supo que había sentido su presencia.
Rufus se excusó y, apartándose del grupo, se acercó a ella.
–¿Cómo estás, patito? – preguntó, sonriéndole aunque la tensión seguía reflejada en su semblante-. ¿Estás desocupada esta mañana?
–Hasta el mediodía – respondió ella-. ¿Se avecinan problemas?
–No lo sé. El príncipe está convencido de que los hombres están preparados para entrar en acción. Yo no estoy seguro.
–¿Eso quiere decir que abandonarás el sitio?
Rufus dirigió la mirada hacia el castillo Granville. Los pendones seguían flameando en las almenas, en valeroso desafío al ejército que se encontraba a sus puertas.
–Hace ya varios días que están sin agua fresca. Aun cuando hubiesen almacenado barriles de reserva en las bodegas, con una población de quinientas personas y no sé cuántos caballos, no pueden aguantar mucho más tiempo.
Bajó la mirada hacia Portia, y sus ojos azules escudriñaron el rostro de la muchacha.
–Ese sombrero no es muy útil si lo llevas en la mano – dijo, tomando el sombrero, poniéndoselo en la cabeza y acomodando el ala en un ángulo
atrevido-. Estás un poco demacrada. ¿No te sientes bien?
–No. Es el calor, nada más – dijo ella, restándole importancia-. ¿Qué les sucederá a Olivia, a Phoebe, a Diana y a las pequeñas?
–Tendrán un salvoconducto para ir adonde lo deseen. ¿Es eso lo que te preocupa?
–Me preocupa cómo deben de estar sufriendo ahora – dijo ella francamente.
–La responsabilidad de Cato es poner fin a ese sufrimiento – repuso Rufus, cortante-. Será suficiente con que arríe sus estandartes y baje el puente levadizo.
–Y, entonces, tú lo colgarás – afirmó ella.
–No. Será prisionero del Rey, no mío. A mí sólo me interesa su sometimiento – repuso él, frío y decidido.
Portia no dijo nada, aunque su rostro pecoso estaba tenso y sus facciones angulosas se destacaban en el blanco de su piel, a la sombra del ala del sombrero. Ella no le creía. Rufus utilizaba la guerra como pretexto para satisfacer sus propios deseos. Había logrado la restitución de sus títulos y la libertad; aun así, seguía queriendo la vida de Cato en compensación por la de su padre.
Rufus descubrió que estaba esperando una respuesta de ella aun cuando sabía que ella no le daría la que él quería. Él quería que ella le dijese que entendía, que se regocijaba junto con él ante la perspectiva de su victoria.
Pero él sabía que ella no le daría más que una silenciosa aceptación de su obsesión y la lealtad, también silenciosa, que le había prometido. Y sabía que ambas cosas, la aceptación y la lealtad eran dolorosas para ella.
El silencio se alargó y, con un gesto brusco, él volvió hacia donde estaban los hombres, bajo el árbol, dándole la espalda al dolor de Portia y al hecho de que él era responsable de ese dolor. Él no podía hacer nada para detener lo inexorable, aunque lo hubiese deseado.
Portia, con paso pesado, volvió hacia la tienda que oficiaba de comedor.
Aún no había desayunado y se sentía tan hambrienta como asqueada. Todo su cuerpo reaccionaba como si no supiera lo que estaba sucediendo o cómo debía responder. Sus pechos estaban hinchados, su humor oscilaba entre una loca euforia y las honduras de la depresión, y estaba tan pronta a replicar con dureza como a sonreír sin motivo, en ninguno de los dos casos.
Su conclusión fue que el asunto de la reproducción estaba sobrevaluado.
Y todavía no se lo había dicho a Rufus. Quería decírselo pero aún no estaba preparada. No había examinado sus propios sentimientos al respecto y, además, estaba asustada. Él ya tenía hijos y, por lo tanto, para él no sería algo tan fundamental. Ella sabía que él no rechazaría al niño por nacer pero, lo más probable, era que se encogiese de hombros al saberlo, que prometiese mantener al niño y eso fuera todo. El hijo sería su bastardo. La madre de su hijo era su amante. No había compromisos entre ellos, salvo los relacionados con el amor y el honor. Él satisfaría el segundo de ellos, pero Portia no estaba segura en lo que se refería al primero.
Y ella necesitaba más, mucho más que una respuesta correcta. No podía soportar la idea de que su hijo creciera como había crecido ella, sabiendo que no la querían, que era una molestia, una carga sin un lugar en el mundo.
Por otra parte, sabía con sombría certidumbre que un hijo bastardo, nieto de bastardo sufría una doble maldición.
Quiso contárselo a alguien. Necesitaba tener a alguien en quien confiar, con quien hablar de eso y llegar a entender sus propios sentimientos. Pero, aparte de Rufus, ella no tenía a nadie que la escuchara hablar de un tema semejante.
–Eh, muchacha, no has venido a desayunar – saludó Bill al verla aparecer en la entrada de la tienda comedor-. Hay un bonito trozo de tocino gordo y un pan ázimo bien fresco.
–Sólo tomaré el pan, Bill, gracias – se apresuró a decir Ponia, al tiempo que apartaba la vista de la preciada grasa, gruesa y blanca, que rodeaba la tajada de tocino que Bill iba a cortar.
–Como quieras, muchacha, pero es algo bueno que escasea.
–Esta mañana no, gracias. ¿Hay leche?
–Sí, en la jarra que está fuera, en el fondo.
Hizo un gesto con la cabeza hacia la parte posterior de la tienda, donde se conservaban jarras de piedra en cuencos de agua fría.
Portia bebió con ansias, directamente de la jarra. La leche estaba fresca, cremosa, recién ordeñada esa mañana a una de las vacas del pequeño rebaño que pastaba en el valle. El ganado de Granville pastoreaba fuera del castillo. No habría leche para los que se hallaban encerrados tras esos muros. Volvió a dejar la jarra en su lugar y hundió un dedo en el cuenco de agua fría. ¿Cómo sería no tener agua? ¿Racionarla y ver cómo iba descendiendo el nivel, sabiendo que no habría más?
Aun cuando Cato lograra mandar hombres que, sin ser vistos, pudieran salir por la puena secreta, jamás podrían cargar suficiente agua para toda la población del castillo. Sin duda, estaría viendo pasar los días con desesperación cada vez mayor, esperando a que llegaran en su auxilio las fuerzas que rompieran el sitio. Pero Fairfax y Leven estaban demasiado atareados, después de su derrota en York como para distraer tiempo y soldados para auxiliar al castillo Granville.
Ella salió de la tienda comedor y fue hacia el foso. El nivel del agua era bajo. Habían pasado seis semanas, casi, desde la última lluvia y hasta la nieve derretida se había agotado. El lodo y las malezas en el fondo del foso se veían con claridad a través del agua espesa. Cuando estuviese en el agua, estaría tan debajo del nivel de la orilla que sólo podría verla un hombre que mirase dentro del foso. Y los piquetes no lo hacían. Recorrían caminando el perímetro del campamento y la orilla del foso, alrededor del castillo y, cuando no miraban frente a ellos, miraban hacia arriba, hacia las almenas o, directamente, más allá de los muros del castillo. Y el humo de las fogatas le proporcionaba más cobertura aún.
Sería demasiado peligroso bajar al foso enfrente del puente levadizo pues la guardia Decatur era más densa allí. Al contrario, del otro lado, dando la vuelta al islote de los patos… Allí estaba más oscuro pues no llegaban con tanta intensidad las luces del campamento. Una vez dentro del agua, si nadaba cerca de la orilla, era poco probable que la viesen. Por otra parte, el soporte del puente sobresalía sobre el foso aunque el puente estuviese alzado. Ahí habría sombra, y podría emplear el tiempo necesario para encontrar el dispositivo para abrir la puerta.
Sin demasiada sorpresa, Portia cayó en la cuenta de que había trazado su plan sin haber llegado, en forma consciente, a una decisión. Le pareció inevitable entrar en el castillo para hablar con Olivia y con Phoebe.
Necesitaba averiguar cómo estaban y, también, contarles lo relacionado con su estado. Sus amigas no tenían nada que ver con esta maldita guerra, y menos aún con Rufus y con Cato. Ella no estaría traicionando a Rufus si conversaba con ellas, nada más. En una ocasión, él lo había comprendido, por fin había aceptado que ella tuviese necesidad de hacer eso. Y esta situación no era diferente de la de la vez pasada.
Hizo los preparativos con la misma actitud desapegada y eficiente con que había dado forma al plan. Cambió de turno de piquete con Paul, que no
puso objeciones en dejarle el de las cuatro y tomar el de la medianoche.
Rufus no sospechó al ver que ella iba a hacer guardia a medianoche, ni tampoco que se iba a acostar inmediatamente después de la cena, mientras él seguía atendiendo al príncipe Rupert y a sus oficiales.
Cuando él fue a acostarse, a las once, Portia fingió dormir aun cuando estaba demasiado tensa para hacerlo. Él no encendió la lámpara y le bastó con el tenue reflejo de la antorcha que quedaba encendida durante toda la noche, en un soporte que estaba junto a la entrada de la tienda. Ella sabía que él no la molestaría durante la media hora que le quedaba antes de levantarse, y permaneció quieta en su estrecho catre, percibiendo que él estaba quitándose las botas, que posaba su mirada en el rostro de ella y escuchaba su respiración. Luego, se apartó de ella y ella pudo relajarse y escuchar cómo se movía en ese pequeño espacio que olía a hierbas.
Lo veía con la misma claridad que si tuviese los ojos abiertos: veía cada gesto con la claridad del amor y del deseo, sabiendo en qué momento él desabrochaba la cintura de los pantalones, se desabotonaba la camisa, lo veía sacar la camisa de dentro de la cintura del pantalón con ambas manos, en un movimiento rudo y precipitado que jamás variaba. Tras sus ojos cerrados, vio ahora su ancho pecho, los pequeños pezones duros, la línea de vello dorado rojizo que descendía hasta el ombligo, el vientre cóncavo…
Ahora estaba quitándose los pantalones, dando puntapiés para liberar sus pies, agachándose para quitarse los calcetines.
Las cuerdas del catre crujieron bajo su peso y ella supo, con la misma certeza con que lo hubiese sabido si él se hubiera acostado a su lado, que él estaba durmiendo con los calzones puestos. Si hubiese estado acostado a su lado, no los tendría puestos. Sus labios se distendieron en una sonrisa.
Le produjo un profundo placer la idea de que él durmiera vestido, como un célibe, cuando ella no estaba disponible.
De súbito, sintió que le pesaban los ojos, que su respiración adoptaba el ritmo regular del profundo sueño de Rufus. El sueño vino a reclamarla, suave y acariciador como un plumón de cisne.
Algo la despertó a sacudidas. La mano de Rufus, en su hombro, la movía con suavidad y, a través de la puerta de la tienda, oyó al centinela que habían enviado a despertarla, y que pronunciaba su nombre en un ronco susurro.
–Estabas completamente dormida – dijo Rufus con suavidad. Él estaba estirado a través del pequeño espacio que separaba a ambos catres.
Portia gimió, sin poder evitarlo. La impresión de despertarse del primer sueño profundo era demasiado fuerte y, de inmediato, una oleada de náusea se agitó en su vientre.
–Duérmete otra vez – le dijo Rufus-. Yo tomaré tu turno.
–No… no – protestó ella, incorporándose, apartando de sí las pegajosas telarañas del sueño-. No. Es mi guardia; yo la haré.
Apartó la manta y se incorporó, manteniendo la cabeza baja en la esperanza de controlar las arcadas antes de levantarse del todo.
–Portia, ¿estás enferma? – preguntó él, en voz aguzada por la preocupación.
–No, no – dijo, sacudiendo la cabeza-. Lo que sucede es que no me gusta despertarme a medianoche.
Estiró la mano para tomar los pantalones que estaban en el extremo del catre. Se había acostado con toda la ropa puesta menos los pantalones; ahora no tenía más que meter los pies, ya enfundados en los calcetines, dentro de las perneras, subírselos y luego calzarse las botas y estaría lista para salir.
Se puso de pie con cuidado. El mundo giró a su alrededor y su estómago giró junto con él. Se mordió la cara interna de la mejilla hasta que el dolor le hizo brotar lágrimas de los ojos, en tanto se ajustaba la cintura y abrochaba el cinturón. El estoque y el cuchillo estaban listos para ser envainados. Mientras se calzaba las botas, se sostuvo del poste de la tienda.
Rufus estaba apoyado sobre un codo, observándola a la luz débil, con sus ojos entornados. Algo raro sucedía. ¿Se trataría tan sólo de la desorientación que sufría cualquier persona al ser despertada bruscamente?
Todos sus instintos le decían que insistiera en que ella se acostara de nuevo.
Pero, si lo hacía, estaría negándole el respeto que ella exigía y que se había ganado entre los hombres de Decatur. Ella no pedía concesiones y, en el par de ocasiones en que se las ofrecieron, las rechazó con vehemente indignación.
Portia metió el estoque dentro de la vaina y el cuchillo en la bota. Ya estaba en control de sí misma y logró sonreír mientras le soplaba un beso a él antes de agacharse para salir por la pequeña abertura de la tienda.
Rufus se tendió de nuevo y permaneció acostado, con las manos unidas bajo la cabeza, completamente despierto, perturbado por una honda inquietud cuya causa no acertaba a determinar.
Portia saludó con la cabeza al hombre que la había despertado y se encaminó, a través del campamento, en dirección contraria al castillo hacia el perímetro externo, donde el soldado a quien tenía que relevar estaba caminando en la ronda del piquete. Ésta era una patrulla solitaria, que se ajustaba a la perfección a sus propósitos. La actividad principal estaba concentrada en el castillo, pero había que patrullar todo el campamento en su perímetro exterior, y esta franja de terreno desolada cubría la zona boscosa que estaba detrás del campamento. Nadie pasaba por allí. No se cruzaba con otra patrulla. Nadie sabría si la persona de guardia se había escabullido de su puesto durante una o dos horas. En el peor de los casos, Portia había decidido que era un riesgo que valía la pena correr.
Adam la saludó con una sonrisa de alivio.
–Por los dientes del diablo, cuánto me alegro de verte. Aunque pensé que era Paul quien me relevaría.
–Yo he cambiado con él. Quería disponer de tiempo mañana por la tarde.
–Ah, claro – dijo Adam, aceptando sin dificultad el argumento-. Bueno, esto ha estado tan excitante como el lecho de una solterona. Te deseo que lo disfrutes.
Alzó una mano a modo de saludo y se alejó con paso elástico rumbo a un jarro de cerveza en el comedor.
Portia percibió que ya no se sentía descompuesta. Quizás, el remedio fuese el terror. Patrulló su recorrido tres veces. Nadie se acercó a ella. No se oían más ruidos que los habituales crujidos de los animales pequeños y el grito de un chotacabras. La luna estaba en cuarto menguante y se veía como una tajada en el cielo oscuro, en las ocasiones en que las espesas nubes de tormenta se desplazaban. La estrella vespertina se veía de vez en cuando pero, en general, la noche estaba tan oscura como se podía esperar de una noche de verano.
Portia se escutrió entre los árboles y encontró el roble que había escogido aquella tarde. Palpó entre las gruesas raíces cubiertas de musgo y tiró para sacar la gorra oscura con la que se cubriría el cabello. Se quitó las botas, los calcetines y la camisa blanca, y los ocultó debajo del musgo. Sin
camisa, la lana oscura del jubón le producía calor y picazón sobre la piel desnuda, aunque le permitiría fundirse con la oscuridad. Unió el estoque a las prendas que había ocultado bajo el musgo. Ató el cuchillo a la pierna, encima de los pantalones, con una banda de lino y, para más seguridad, envolvió la afilada hoja en varias vueltas de tela.
Sacó la fruta que también había escondido en los bolsillos: manzanas y peras. Era lo único que había podido tomar pues el agua del foso habría estropeado cualquier otra cosa más sólida. Su razonamiento fue que, cuando uno tenía sed, la pulpa húmeda y el zumo dulce de la fruta serían bienvenidos. Su último preparativo consistió en atarse un pañuelo que le cubría la boca y la nariz. A continuación, descalza, avanzó agazapada entre los árboles, dando la vuelta al castillo hasta encontrarse frente a la isla de los patos.
Resbaló, boca abajo, por la cuesta. El piquete seguía recorriendo su línea: era una franja de terreno de poco menos de doscientos metros, entre los puestos. Cuando el centinela hubo cubierto las tres cuartas partes de su recorrido de vuelta, de espaldas a ella, Portia corrió los últimos metros y se dejó caer por el borde del foso. Permaneció allí, buscando un apoyo para su pie de modo que pudiese mantenerse en la superficie del agua, aferrándose a una raíz retorcida que sobresalía del lodo, encima de su cabeza.
Las hogueras ardían junto a los muros, pero el pañuelo la protegía, en gran medida, del humo y también le serviría para amortiguar una tos sorpresiva. Esperó hasta que oyó el regreso del centinela. Cuando él volvió y pasó junto a ella, Portia se adelantó aferrándose a la orilla como un molusco, tratando de mantenerse lo más seca posible, y todo el tiempo que le fuera posible. Había tres patrullas entre la isla de los patos y el puente levadizo y, para ella, el mayor peligro sería cuando siguiera la curva del foso hasta la franja que iba directamente hasta el frente del campamento.
La suerte la acompañó. En la orilla del foso encontró un reborde de tierra del ancho suficiente para dar sustento a sus pies, y pudo arrastrarse como un cangrejo bajo ese saledizo hasta que la sombra de los soportes del puente estuvo sobre su cabeza. Pudo oír, arriba, las voces en sordina de los centinelas que, de vez en cuando, intercambiaban comentarios, aunque el resto del campamento dormía. Lo mismo ocurriría en el castillo… eso esperaba.
De cara a la pared que había debajo del puente levadizo, Portia inhaló una profunda bocanada. Si se detenía a pensarlo, no lo haría. Se deslizó bajo la superficie del agua tanteando las hierbas que se retorcían y se enroscaban en sus tobillos mientras ella nadaba bajo el agua cubriendo la corta distancia que llegaba hasta el punto seguro y oscuro de la pared de enfrente.
Sacó la cabeza del agua y aspiró una bocanada de aire. El aire tenía un olor acre a causa del humo pero era mejor que nada. Se sumergió y esperó, con los pulmones a punto de explotar, por si alguien que pudiera estar en la orilla hubiese notado el movimiento en el agua provocado por su paso. Una vez que se hubiera aquietado el agua, seguirían caminando y lo olvidarían.
Cuando ya no pudo seguir conteniendo el aliento, levantó de nuevo la cabeza, lentamente. El enorme bulto del soporte del puente estaba encima de ella. La muralla del castillo, donde había descendido el nivel del agua, estaba cubierta de verdín. En cambio, por arriba del verdín, el muro estaba tan limpio como ella lo recordaba cuando podía tenerse sobre el hielo. Se acercó más a la pared tanteando con los pies en busca de una hendedura o rajadura donde pudiera pararse y elevarse fuera del agua, hasta el nivel de la puerta. Sus pies exploradores encontraron lo que buscaban. Bastaba sólo para apoyar los pies, pero fue suficiente para que ella pudiera alzarse y encontrar el contorno de la puerta.
Ahora bien, ¿dónde estaba la palanca que la abría? La vez anterior, la había descubierto por casualidad. En esta ocasión, en cambio, no podía mantenerse en pie con la espalda apoyada en ella y encontrar el punto donde debía presionar y tener la misma suerte. Por lo menos, sabía que estaba dentro de la misma puerta y no en el borde. Tocó la parte superior de la puerta y desplazó sus manos sobre la piedra, presionando firmemente con los dedos. Luego, bajó unos centímetros y cubrió esa parte.
Pese a la calidez de la noche, pronto comenzó a sentir frío, a sentir que sus ropas estaban frías y pegajosas. Le temblaban las manos, le sonaban tan fuerte los dientes que estaba segura de que alguien la oiría. Ya no supo si sería a causa del frío o del nerviosismo, pero continuó, empecinada, su minuciosa exploración de la piedra.
Entonces, ocurrió: se oyó un breve chasquido y sintió que la piedra se movía. El corazón le dio un vuelco. La losa giró hacia dentro, tal como ella recordaba que había hecho. Se elevó y traspuso el borde, introduciéndose en