La guerrera
Capítulo 16
mismo tiempo, apoderarse del tesoro con poco o ningún daño para sus propios hombres.
Y el tesoro sería una prenda perfecta para negociar.
Apretó los labios, y su boca, que ya era fina, se hizo casi invisible. Si el Rey quería contar con la asistencia de Decatur, tendría que pagar por ella.
16
Portia fue ascendiendo desde las profundidades del sueño, mientras aún se adherían a ella restos de cálidos sueños que la hundían de nuevo en la blanda almohada. Permaneció hundida en esa tibieza, sintiendo el cuerpo tan pesado que no podía moverlo, con la mente embotada por el sueño.
Durante largo rato, estuvo desorientada y por la pantalla de su mente pasaban imágenes de hielo, de puertas cerradas, de cadáveres fríos.
Después, poco a poco, la memoria fue volviendo a ella. Seguía sin poder mover un músculo, pero su cerebro se despejó y ella supo que estaba acostada en la cama de Rufus Decatur, apretada junto a él, pues el peso de su cuerpo la había hecho rodar sobre el colchón. Percibió que llenaba el ambiente una luz pálida, y una parte de su cerebro la identificó como el reflejo de la nieve. Entonces, recordó la tormenta. Recordó a Juno y, en medio del fantasmagórico silencio que creaba la capa de nieve que estaba al otro lado de la ventana, oyó el resoplido de la respiración de la perra en el extremo de la cama.
Entonces, sintió que algo empujaba contra su muslo desnudo. Ella tenía la camisa enroscada en la cintura, y algo la rozaba, hociqueando sobre su piel. Con movimientos indolentes, bajó una mano y sus dedos se cerraron sobre el duro mástil de carne que crecía, con vida propia, latiendo en su palma.
Portia sonrió. Rufus aún dormía, pero su cuerpo retozaba, obedeciendo a sus propios instintos. Ella jugueteó con él rozándolo suavemente con las yemas de sus dedos, masajeando, haciendo deslizarse hacia atrás el suave capuchón, para poder palpar la punta húmeda. La carne corcoveó en su mano como un animal encabritado. Su sonrisa se ensanchó y su vagina se llenó de una deliciosa y cálida languidez; su mano libre buscó la vulva.
–Déjame, yo lo haré – dijo Rufus con una voz cargada de sueño en la que se adivinaba una sonrisa, acariciándola mientras movía la mano sobre
el vientre de ella y la deslizaba entre los muslos. Encontró con sus dedos el pequeño capullo de su sexo, la tierna y húmeda abertura de su cuerpo.
Permanecieron tendidos, uno junto al otro, bajo el nido tibio de las mantas, jugueteando, hasta que un deseo apremiante barrió los últimos vestigios de languidez. Rufus la hizo volverse con suavidad, de modo que la espalda de ella quedara hacia él, y se apretó a ella curvando el cuerpo alrededor de su trasero.
–No quiero hacerte daño en el tobillo – susurró él, haciéndole sentir su barba sedosa en el hombro y arrancándole una risilla sorprendida-Levanta las rodillas.
Así, el cuerpo de ella se abrió para él, y él se deslizó dentro de ella con una mano en la cintura y la otra en la nuca de Portia, tibia y firme. Portia no podía hacer otra cosa que permanecer quieta sintiendo cómo las olas de deleite la inundaban, despertando sus dormidas terminaciones nerviosas, su piel adormecida por el sueño. Y, cuando él la apretó con fuerza y sopló su respiración rápida y fuerte en el cuello, con su vientre apretado contra el trasero de ella y su carne penetrando profundamente en ella, volcando su simiente en la matriz de Portia, ella se sintió como si se alejara flotando, se sintió sin formas ni articulaciones, como en una burbuja de exquisitas sensaciones.
Tras una suave exhalación, Rufus se dejó caer de espaldas, aflojando las manos sobre el cuerpo de ella.
–Que tengas un buen día, patito.
Portia lanzó una risa perezosa.
–Ése fue un saludo delicioso. ¡Oh,Juno! – exclamó, al sentir que una lengua húmeda pasaba por su mejilla-Caramba, qué bien hueles – murmuró, en tono aprobador, palmeando la cabeza de la perra.
Juno lanzó un pequeño ladrido de placer y saltó de la cama, corriendo hacia la escalera y, luego, de vuelta a la cama.
–Será mejor que salga.
Rufus apartó las mantas y se levantó. Se estiró, y los músculos de su espalda y su trasero se tensaron. Se inclinó para atizar el fuego y hacerlo revivir, arrojando astillas y agregando, luego, un tronco cuando lo hubo encendido.
Portia se regaló la vista con el cuerpo desnudo de él, notando el modo en que la luz pálida que entraba por la ventana se reflejaba en el fino vello
rubio rojizo que se agrupaba en sus omóplatos, en la parte baja de su cintura, a lo largo de sus muslos delgados y poderosos. Somñolienta, pensó que él era muy bello y lamentó el momento en que él recogió su bata, la misma que le había prestado la noche anterior. Juno ladró otra vez, y Portia se incorporó, olvidándose de su ensueño sensual.
–¡Oh, no,Juno!
–¡Por el amor de Dios! – exclamó Rufus, volviéndose hacia la cachorra, que estaba acuclillada junto a la escalera, al ver que un charco se extendía debajo de ella-¡Esta maldita criatura aún no sabe dónde debe hacer sus necesidades!
–No puede evitarlo – dijo Portia-Es muy pequeña y ha estado en la cama toda la noche. Lo más probable es que estuviese por explotar.
–Yo estaba a punto de sacarla – dijo Rufus, fastidiado. Tomó a Juno por el pellejo del cuello y la llevó abajo, con el brazo estirado.
Portia escuchó su voz que, si bien era serena, tenía un indiscutible tono de regaño con la perra, mientras la dejaba fuera. Volvió con un paño y un cubo, y limpió el charco. Portia pensó, con cierta sensación de culpa, que él no tenía una expresión muy satisfecha.
–¿Lo hago yo?
–No – dijo él.
–Todavía no podemos pretender que sepa esas cosas – señaló Portia, esforzándose por no escuchar los gemidos de la perrita que llegaban desde la nieve, al otro lado de la puerta de la cocina-Habrá que enseñarle a hacerlo fuera.
–Yo no imaginé que debía enseñar a una perrita a hacer sus necesidades fuera – refunfuñó Rufus, mientras retorcía el paño en el cubo.
–Tú no tienes por qué hacerlo. Yo lo haré.
Rufus se incorporó sobre sus rodillas.
–Yo te mantendré ocupada… supongo.
Portia se incorporó, apoyándose en las almohadas.
–¿Ocupada? ¿Qué quieres decir?
Rufus recogió sus ropas que estaban en el baúl, al pie de la cama.
–He estado revolviendo mi cerebro, pensando qué puedo hacer contigo
– dijo, quitándose la bata.
–¿Qué puedes hacer conmigo?
El tono de él provocó cierta indignación en Portia. La tibia languidez posterior al acto amoroso iba desvaneciéndose con bastante rapidez. Rufus se puso los calzones y los pantalones y se volvió hacia la cama.
–Éste es un campamento militar, muchacha. No hay mujeres, ni amigas, ni confidentes para ti. Cada uno tiene sus propias tareas, incluyéndome a mí
– dijo, poniéndose la camisa mientras hablaba-Yo no puedo estar todo el tiempo entreteniéndote o…
–¡Yo no necesito que me entretengas! – eiclamó Portia-Hablas como si yo fuese una frívola chismosa que fuera a convertirme en una carga para ti.
–¡No, no, no quise decir eso! – aseguró Rufus, al tiempo que metía la camisa en los pantalones-El hecho es que éste no es lugar ni situación para una mujer. Y no sé qué voy a hacer contigo, de qué podrás ocuparte.
–Oh, supongo que te coseré los botones, te limpiaré la casa y te prepararé la comida – dijo Portia, en acento ominoso- De ese modo, no me cruzaría en tu camino.
–A Josiah no le agradaría eso – dijo Rufus, serio-Se sentiría desplazado.
Portia lo miró con expresión incrédula: ¡él estaba convencido de que ella había hablado en serio!
–Si esto representa un problema para ti, no entiendo por qué me pediste que me quedara – dijo ella.
Por los ojos de él pasaron, como un relámpago, el enfado y la impaciencia. Entonces, se le vio hacer un esfuerzo para reprimirlos. Se acercó a la cama y se inclinó sobre ella. Su boca se cernió sobre ella, provocativa, sus ojos burlones.
–A decir verdad, yo sé exactamente qué es lo que voy a hacer contigo.
Voy a mantenerte en mi cama. La idea de tenerte ahí, acostada, sin nada que hacer salvo esperar mi regreso me resulta deliciosa.
Por un instante, Portia no pudo resistir la promesa sensual que vibraba en su voz y respondió con una sonrisa.
–Gratos sueños, milord – dijo, levantando la rodilla y apretándola con énfasis contra los genitales de él.
Los ojos de Rufus se oscurecieron. Sus manos aferraron, leves, el cuello de ella pero, antes de que él pudiese posar su boca en la de ella, Portia se hizo a un lado.
–Hablemos en serio…
–Oh, yo hablo en serio – dijo él-Quédate quieta.
–¡No! – insistió Portia-Esto es importante, Rufus.
Él la soltó y se irguió, con expresión de sombrío enfado.
–No tengo tiempo para discutir un tema tan insignificante. Tengo muchísimas cosas que hacer esta mañana.
Él se sentó sobre el arcón para calzarse las botas.
–¿Insignificante? ¡En absoluto!
Portia no se explicaba cómo era posible que él no lo entendiese.
–Hay una guerra ahí fuera, Portia – afirmó él, como si hablara con una niña muy estúpida-Tengo que preparar una expedición. En comparación con eso, lo que tú quieres es insignificante.
–¿Vas a ir por el tesoro?
–Por supuesto.
Se abrochó el cinturón de la espada y, cuando se volvió hacia ella, fue evidente que su mente estaba en cualquier otro lugar… otra vez, en ese sitio sombrío adonde Portia no quería acompañarlo.
–Y si tengo un poco de suerte – siguió diciendo, como para sí mismo-Cato Granville y yo nos encontraremos en esta emboscada frustrada – dijo, con esa sonrisa fría, lúgubre que Portia detestaba-Sería un bonito vuelco del tablero que yo clavara la cabeza de Cato en mi espada, ¿no te parece?
–Tú sabes lo que pienso yo – repuso ella, mordiéndose el labio. Rufus la miró un momento con esa misma expresión intimidatoria, y ella le devolvió la mirada sin vacilar.
Se oyó una serie de crujidos de la puerta del frente: era Juno que, desesperada por entrar, embestía con su pequeño cuerpo contra la puerta de roble.
–Maldita perra – dijo Rufus, y su expresión se despejó-Mandaré que alguien traiga el desayuno para ti. ¿Quieres que te lleve abajo?
–Sí, por favor – dijo ella, percibiendo lo desalentada que sonaba su voz.
Ella dejó colgar las piernas por el extremo de la cama y se examinó el tobillo: todavía estaba hinchado y le dolía. Rufus le alcanzó la bata.
–No discutamos, patito – dijo, con evidente esfuerzo-No es necesario.
Ya encontraremos algo que tú puedas hacer.
–Yo quiero ser un soldado – dijo Portia, mientras metía los brazos en las mangas de la bata-Siempre he querido serIo. Si tú vas a pelear en esta guerra; yo también quiero pelear.
Para indignación de Portia, Rufus estalló en carca,jadas, disipada ya su tensión gracias a la suprema ridiculez de esa idea.
–¡El campo de batalla no es lugar para una muchacha! – exclamó.
–No lo he hecho tan mal con el coronel Neath – dijo ella, enfurruñada, ciñéndose la bata.
–En efecto, fue una respetable imitación de David y Goliat – dijo Rufus, todavía riendo -No niego que eres muy habilidosa con el cuchillo. Pero las mujeres no son buenos guerreros.
–Algunas sí – dijo Portia, inflexible-Juana de Arco, por ejemplo.
Boadicea, por ejemplo. Las amazonas.
–¡Basta! – dijo él, levantando las manos en burlona rendición-Tú tienes pájaros en la cabeza, muchacha.
Portia no agregó nada más, y Rufus interpretó que su silencio significaba que ella estaba de acuerdo en desechar tan ridículo tema. La levantó y la llevó a la planta baja, la depositó sobre un banco junto a la mesa, besó su cabello revuelto con distraído afecto y salió, haciendo entrar a Juno antes de marcharse.
La perra se acercó saltando a Portia, extasiada, y trepó a su regazo.
Distraída, Portia le acarició la cabeza y luego, aferrándose a un costado de la mesa, se puso de pie pensando si podría andar por la nieve para llegar al excusado. Tal vez debió haber usado la taza de noche en el cuarto de arriba, pero no le agradaba la idea de no poder vaciarla ella misma.
Fue saltando hasta el fregadero y, junto a la puerta de atrás, encontró un par de zuecos de madera y una robusta vara de endrino. Metió el pie sano en uno de los zuecos y, con la ayuda de la vara, salió saltando al patio trasero. Al parecer, la nevada había dejado unos treinta centímetros de nieve. El reflejo del sol sobre la nieve era enceguecedor y el aire parecía capaz de cortar un cristal. Durante la hora pasada, alguien había quitado la nieve y dejado un sendero hasta el excusado. Pensó que habría sido alguien designado para ocuparse de las comodidades del jefe. No cabía duda de que el rango tenía sus ventajas.
El olor del tocino la recibió cuando volvió a la cocina soplándose las manos para calentarlas y sacudiéndose la nieve del dobladillo de la bata.
–Le he traído el desayuno.
Will, que estaba acomodando las fuentes sobre la mesa, se volvió. Al verla tan poco vestida, se ruborizó. La bata de Rufus le quedaba inmensa y,
aun así, tenía algo de sensual e íntimo. Juno saltaba alrededor de las piernas de Portia saludándola, como si no la hubiese visto durante meses; Will, con evidente alivio, pasó su mirada al animal.
–Qué demonio. ¡Qué bicho más feo! ¿De dónde ha salido?
–Ha venido conmigo. Se llama Juno – dijo Portia, saltando hasta la mesa y sentándose, mientras olfateaba, hambrienta – ¿Podría hacerme compañía unos minutos, Will? Quisiera hacerle algunas preguntas.
–¿Rufus no puede respondérselas?
Will tenía una expresIón como si hubiese preferido meterse en un aquelarre. Portia bebió un sorbo de cerveza y arrancó un trozo de pan.
–¿Qué hay que hacer para ser un soldado en la milicia de Decatur?
Cuando se dio cuenta de que ella preguntaba sobre un tema familiar, Will se sintió más a sus anchas.
–Primero, tiene que poder disparar un largo arco de fresno y acertar a un blanco a unos veinticinco metros – dijo mientras contaba con los dedos-Luego, tiene que ser capaz de manejar una pesada espada de caballería.
Tercero, tiene que poder disparar y recargar un mosquete en dos minutos…
y acertar a un blanco a veinte pasos. Cuarto, tiene que poder manejar una pica.
Era una lista de exigencias que impresionaba, por no decir que amilanaba. Portia pinchó un trozo de tocino con el tenedor.
–¿Tendría importancia si alguien usara una espada más ligera que la de caballería y un arco que pese menos? Siempre que los usara correctamente, claro.
Will lo pensó.
–No se me ocurre que pueda tener importancia – dijo, después de un momento -En tanto los compañeros puedan confiar en uno… – Se interrumpió y la miró con curiosidad-¿Por qué lo pregunta?
–Porque tengo intenciones de unirme a vuestra milicia – respondió ella con sencillez-Y quiero que usted me enseñe todo lo necesario.
Will se quedó boquiabierto.
–No puedo…
–Por supuesto que puede, si está dispuesto – interrumpió Portia-Ya soy buena en la esgrima. Soy experta en el uso del cuchillo. Y soy una arquera pasable. Claro que nunca he usado las armas en batalla… salvo en el caso del cuchillo, pero estoy dispuesta a hacerlo.
–¿Lo sabe Rufus? – preguntó Will, todavía incrédulo.
–Bueno, lo sabe y no lo sabe – dijo Portia, cautelosa-Pero sería un secreto. Quiero darle una sorpresa – agregó, mirando a Will con astucia-En una ocasión, yo le salvé la vida. Y se podría decir que estoy pidiendo una compensación.
Antes de que Will pudiese responder, unos chillidos excitados fueron seguidos por unos enérgicos golpes contra la puerta.
–Son los niños – dijo Will, distraído-Venían detrás de mí.
Se levantó de la mesa y fue a abrir la puerta. Dos pequeñas figuras arropadas entraron dando tumbos, perdiendo el equilibrio como si hubiesen estado saltando para llegar al cerrojo.
–Viene papá – chilló Luke, enderezándose.
–Quiere hablar con Will – explicó Toby, con bastante más seriedad-Te has hecho daño en un pie – afirmó, señalando a Portia.
–¿Cómo fue? – quiso saber Luke, acercándose de rodillas a Portia, y observando con atención su tobillo vendado.
–Me caí en una cueva de conejos – informó ella, plácida.
Ninguno de los niños mostraba inclinación por cuestionar la presencia de ella en la casa de su padre.
–Oh, ¿qué es eso? – preguntó Toby al advertir la presencia de Juno, que había retrocedido ocultándose tras el cesto de los leños y observaba a los extraños seres con cieno nerviosismo-¡Es un cachorro! – exclamó, levantándose de un salto y precipitándose hacia delante-¡Mira, Luke, un cachorro!
Juno gruñó, con el pelo erizado y retrocedió hasta quedar casi en el fuego, al ver que los dos niños iban hacia ella con sus ansiosas manitas llenas de hoyuelos, con sus voces agudizadas por la excitación.
–No la asustéis – dijo Portia-Es muy pequeña y vosotros muy grandes para ella.
Los niños asintieron y bajaron la voz hasta convertirla en un susurro, al tiempo que intentaban hacer salir a Juno de su refugio.
–¿Por qué no viene? – preguntó Luke.
–Porque la habéis asustado – dijo Will-Alejaos de ella, si no le hacéis caso durante unos minutos, tal vez se anime a salir.
Los niños retrocedieron, a gatas, y se sentaron sobre los tobillos a corta distancia de Juno, clavándole la mirada de sus intensos ojos azules.
–Hemos venido a buscar las espadas – dijo Toby, sin sacar los ojos del cachorro.
–Están colgadas del gancho, junto a la de papá – observó Luke. Portia posó su mirada en el gancho donde Rufus colgaba el cinturón de la espada y, por primera vez, notó las dos pequeñas espadas de madera enfundadas en felpa, que colgaban junto al arma del padre, más grande y curva. Era un espectáculo tan absurdo que le hizo sonreír.
–¡Por la gracia de Dios! ¡Sois un par de vástagos de Satanás! ¡Tenéis alas en los pies! – dijo Rufus, apareciendo en el vano de la puerta, que todavía estaba abierta.
Tenía el rostro enrojecido a causa del frío y palmoteaba vigorosamente con las manos enguantadas. Dedicó una sonrisa fugaz a Portia pero era evidente que estaba distraído.
–Ah, Will, me alegra que estés aquí. El viernes, Granville despachará su tesoro. Irán por el camino de Durham.
Se inclinó sobre el fuego frotándose las manos.
–Y nosotros los interceptaremos – afirmó Will sonriendo.
–Algunos de nosotros – repuso Rufus enderezándose, en voz tensa- Yo conduciré la expedición. Tú te quedarás aquí al mando; George será tu segundo.
Will no pudo disimular su desilusión pero no trató de discutir: órdenes eran órdenes.
–Magnífico – murmuró Portia, de modo que sólo la oyese Will.
Él le lanzó una rápida mirada, y ella le hizo un guiño. Él se sonrojó y se volvió hacia Rufus, que no paraba de disparar órdenes mientras se paseaba por la cocina.
–Bien, pon eso en marcha, Will, y llama a reunión general para dentro de quince minutos – concluyó-Ah, y llévate a los niños contigo.
–¡Queremos las espadas! – anunció Toby, saltando hacia el gancho.
–Tened – dijo Rufus, bajándolas-Y ahora, marchaos con Will.
Los tres salieron, y Rufus se volvió hacia Portia. Se acercó a ella y le tomó el mentón en la palma de la mano.
–Al parecer, la jornada se ha escapado de control- murmuró-Perdóname si parezco un poco brusco, patito. Ya sé que es un defecto mío.
–Oh, yo lo entiendo – respondió ella con discreta sonrisa-Eres un comandante muy atareado. Muchas vidas dependen de ti… hasta el trono de
un Rey y…
La boca de él interrumpió el dulce discurso. Y, en esta ocasión, Portia se rindió a la ola de placer abriendo los labios, tocando con la lengua la boca de él, hundiéndola en las comisuras de su boca en insistentes y leves toques, como una mariposa sobre una flor. Ella ya tenía un plan; con él, iba a destruir las rígidas ideas de Rufus con respecto a lo que una mujer podía o no podía hacer en el mundo. Hasta que estuviese preparada para darle la sorpresa, podía darse el lujo de fingir sumisión.
Rufus le sostuvo el mentón en la palma de la mano mientras la besaba, desplazando su boca de la de ella para tocarle la punta de la nariz, los párpados, los altos pómulos angulosos, recorriendo con la punta de su lengua las facciones de ella y la superficie flexible de sus labios.
Un toque de trompeta convocando a asamblea general le hizo erguirse, a desgana.
–Te llevaré de nuevo a la cama, patito. Todavía pareces agotada.
Portia no puso objeciones y, unos minutos después, estaba de vuelta en la cama con Juno acurrucada en la parte baja de su espalda, después de otra visita fuera.
–Eso es – dijo Rufus con un guiño pícaro- Bien arropada y esperándome. Así me gusta.
El ruido de las botas en la escalera se había desvanecido antes de que a Portia se le ocurriese una respuesta lo bastante ácida.
La sensación que la había despertado era tan delicada, tan tentadora que, por un momento, ella creyó que la había soñado. Entonces, percibió el aire en la piel.
Su bata estaba abierta, su cuerpo estaba al desnudo. Y algo se movía sobre su cuerpo, un objeto exquisitamente incorpóreo que le provocaba pequeños estremecimientos de placer a su paso.
Abrió los ojos y se encontró con la mirada intensa de Rufus Decatur. Él estaba desnudo, tendido junto a ella, apoyado en un codo, y le sonreía con malicioso deleite.
–No hables – dijo él en voz baja y, como para reforzar la orden, le tocó los labios con la pluma suave que usaba para escribir.
Entonces, ella comprendió qué era lo que le había provocado tan extraña y maravillosa sensación. Permaneció inmóvil, mirándolo maravillada y sorprendida. La pluma susurró en su oído recorriendo esa
curva con forma de concha, hundiéndose dentro y haciéndola retorcerse con una sensación tan exquisita que resultaba casi dolorosa; hubiese hablado de no haber sido que él le había puesto un dedo sobre los labios. La pluma trazó la curva de los pómulos y recorrió la línea del hombro.
Portia se estremeció, sintiendo que una rara tensión crecía en su vientre.
Sus pezones pedían a gritos la suave caricia, antes de que ésta llegara. Pero, él pasó por el breve monte de su pecho y luego, con delicadeza, con suma delicadeza, revoloteó sobre el pezón hasta que se endureció y la espiral de tensión se apretó más aún en su vientre. El leve toque se desplazó y cosquilleó en su ombligo y luego, con suavidad, él le separó los muslos.
El aire, fresco pero no frío, batió su centro caliente haciéndole sentirse bien abierta, con una exquisita sensación de vulnerabilidad y, sin embargo, sin temor sino, más bien, llena de un hondo e indefinido anhelo. La pluma rozó la cara interna de sus muslos, y la abertura de su cuerpo latió; entonces la sensación cambió. La punta, más aguda que las plumas y, sin embargo, asombrosamente suave, pinchó su piel mientras él iba subiéndola por el muslo en una línea continua, cada vez más cerca de la vulva. La mirada del hombre sostenía la suya. Portia sentía que se ahogaba en esos estanques intensamente azules, tan atentos y, al mismo tiempo, tan desbordantes de malicia. Quiso hablar, incitarlo, gritar expresando la anticipación que llenaba su mente tan por entero que ya no ejercía control sobre su cuerpo.
Su vagina palpitaba, llena de un insoportable anhelo… y aun así, tenía que soportarlo.
Rogó con su mirada el alivio aunque, en ese mundo de profunda confusión, también suplicó que jamás acabara. El abrió los labios húmedos e hinchados que custodiaban los secretos del placer. Su contacto era tan delicado y, sin embargo, la dejaba tan expuesta, a merced del placer que sólo él podría brindarle. Durante una eternidad, nada pasó. Ella permaneció suspendida en el borde mismo de la bienaventuranza; luego, él blandió el delicado instrumento de deleite. El cuerpo de Portia saltó cuando una increíble corriente de alegría la sacudió una y otra vez. Quedó perdida para el mundo. Sin conciencia. Sin otra noción que las grandes oleadas de color escarlata que rompían sobre ella.
Y, antes de que llegara a la orilla, Rufus sonrió y tomó su boca con la suya al tiempo que la estrechaba contra sí. Penetró en su tierno cuerpo abierto y, ahora, su propia carne latía de deseo. Con los ojos muy abiertos,
ella lo miraba, atrapada aún en los ondulantes picos de un orgasmo que había cambiado de forma, que había comenzado a aguzarse, a renovarse.
Rufus se arrodilló entre los muslos de ella y apoyó las piernas de Portia sobre sus hombros. La penetró profundamente, hasta el límite mismo de la matriz y se sostuvo allí, deslizando sus manos por los muslos de ella para ahuecarlas bajo las nalgas alzadas de la muchacha. Ella arqueó la espalda, emitió un breve gemido y trató de atraerlo más hacia su interior, al tiempo que sus músculos internos se apretaban en torno a él. Con una leve y malévola sonrisa, él se retiró lentamente, milímetro a milímetro, hasta que sólo la punta de su carne rozó la entrada del cuerpo de Portia. Entonces, con un solo movimiento veloz, hundió su miembro en ella otra vez.
Portia gritó repetidamente. Era insoportable, era increíble, era inimaginable. Arañó con sus uñas la espalda de Rufus y se aferró a él con desesperación, ciñéndolo con sus brazos, sujetándose como si fuese un leño en un mar embravecido.
Pero, finalmente, sus manos laxas se apartaron de la espalda de él.
–Dulce Jesús, ¿qué ha pasado?
Ella casi no podía hablar, con su boca apretada contra el hombro de él, saboreando la sal de su piel. Rufus rodó hasta quedar de costado y permaneció quieto, con su pecho henchido, su vientre brillante de sudor.
Una mano pesada se apoyó sobre el pubis de ella, y sus dedos se enredaron en los rizos húmedos, en ademán posesivo.
–La petite mort- murmuró él-Para los afortunados que la experimentan.
–La pequeña muerte – dijo Portia, volviéndose para mirarlo, con el éxtasis aún perdurando en su mirada-Podría hacerme adicta a semejante muerte.
Él rió sin fuerzas.
–No siempre sucede, muchacha. En este asunto del amor, siempre hay decepciones.
Portia le acarició los pezones con la punta de su dedo índice.
–¿Es una advertencia? – preguntó.
Él le atrapó una mano y le dio un beso en la palma.
–No esperes llegar a los cielos todas las veces, amor.
–Está bien, no lo esperaré – dijo, sonriéndole-Hasta valdría la pena algo menos semejante a un cataclismo.
Rufus rió y se estiró para cerrar los costados de la bata de Portia.