La guerrera

Jane Feather · Capítulo 26 de 26

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La guerrera

Epílogo

Él sonrió en la oscuridad, apartando de la frente de su mujer unos rizos húmedos.

–¿Por qué sonríes con tanta petulancia? – murmuró Portia, acomodando su mejilla en la suave pelambre dorado rojiza del pecho de su marido.

–¿Cómo sabes que estoy sonriendo?

Él le acarició toda la espalda, estirando la mano para aferrar el trasero de ella.

–Puedo sentirlo en tu piel – respondió ella, besándole un pezón y pasando una de sus piernas sobre la de él, en un gesto que era, a la vez, lánguido e incitante-. Yo siempre sabré qué es lo que estás pensando.

–Eso debería aterrorizarme – dijo Rufus, deslizando una mano entre los muslos de ella-. Sin embargo, no sé por qué, no me asusta.

–Porque nunca volverás a tener pensamientos que no quieras que yo sepa – predijo Portia, lanzando una breve carcajada sensual.

Indolente, se movió contra la mano de él y su risa se ahondó.

Epílogo

Abadía de Caulfield, Uxbridge, Inglaterra, 1645

-Bri… Brian está aquí – dijo Olivia, inclinando la cabeza oscura para susurrarlo.

–¿Dónde? – preguntó Phoebe, aminorando el paso.

–Detrás de nosotros – respondió Olivia, y la mano que apoyaba en el brazo de Phoebe se puso tensa-. Puedo sentir su mirada.

Portia miró por encima del hombro hacia el claustro del que acababan de salir.

–Oh, sí; ahí está – dijo, alegremente-. Apestoso hijo de puta.

Brian Morse estaba de pie en una puerta de arcada que daba al claustro.

Estaba apoyado contra una columna de piedra, con los brazos cruzados, siguiendo con la vista a las tres jóvenes que caminaban enlazadas del brazo por el rectángulo de tersa hierba.

–¿Qué está haciendo aquí? – murmuró Olivia.

–Me imagino que lo mismo que los demás – repuso Portia, al tiempo que entraban en un círculo de rosales que había en el centro del rectángulo-.

Lo más probable es que merodee en la periferia de las conversaciones de paz. No creo que esté desempeñando ningún papel importante.

–De todos modos, no puede vernos.

Phoebe se inclinó para oler una de las grandes rosas amarillas que trepaban por un enrejado, dentro del pequeño jardín. De pronto, saltó lanzando una breve exclamación de contrariedad y se lamió una gota de sangre que le salía de un dedo, donde la había pinchado una espina.

–Me he manchado el vestido con sangre.

Sacudió inútilmente el lugar donde su vestido de cotonía blanca se había manchado de sangre.

–La mancha quedará – dijo Portia, sin contribuir demasiado a tranquilizarla, y poniéndose de puntillas para mirar por encima de los arbustos-. Ahí están Rufus y tu padre, Olivia. En el claustro de enfrente. –

Frunció el entrecejo-. ¿Quién es ése que va con ellos?

Olivia, que era ahora tan alta como Portia, miró al otro lado. Phoebe, un poco más baja, tuvo que saltar para ver.

–Es el Rey – dijo Phoebe, reverente y admirada.

Su viaje a la corte del Rey, en Oxford, le había dado cierta familiaridad con el soberano que las otras no tenían.

–Vamos a saludarlos – propuso Portia, mojándose los dedos con saliva y alisándose las cejas- ¿Mi sombrero está derecho?

–No podemos sa… salir a su encuentro, simplemente – protestó Olivia-.

Están en medio de una conversación privada. No sería correcto.

–Mi esposo lleva en brazos a mi hija, por si no lo has notado – repuso Portia con dulzura, acomodando el ancha ala de su sombrero de paja-. Si eso no es contrario a las convenciones, no sé qué pueda serIo.

–Eso es verdad – coincidió Phoebe.

Ella estaba muy impresionada por la escena. Rufus Decatur estaba absorto en una conversación con el rey Charles y con el marqués de Granville. Durante esos agitados días de las conversaciones de paz, no era infrecuente que se desarrollaran este tipo de conversaciones, salvo por el detalle de que él llevaba en el hueco de su brazo a un recién nacido. Una niña de ojos verdes, mejillas redondas, una salpicadura de pecas sobre el puente de la nariz y un suave y aterciopelado racimo de rizos rubio rojizos.

La niña se chupaba el pulgar y gorgoteaba; la otra mano estaba metida entre los cabellos de su padre. El conde de Rothbury parecía estar a sus anchas, sin la menor conciencia de lo extraño que resultaba verlo en esa actitud.

–Voy a ser presentada al Rey – afirmó Portia.

Ella dedicó una traviesa sonrisa a sus amigas, más discretas, y salió del refugio de los rosales.

Brian Morse se apartó de la arcada al ver que la condesa de Rothbury cruzaba el prado en dirección a los tres hombres. Su boca esbozó una mueca, sus ojillos de guijarro se endurecieron. La hija ilegítima de Jack Worth había conseguido ser aceptada en la sociedad legítima. Al parecer, a nadie le importaba que su marido hubiese sido uno de los más famosos bribones del país, un simple ladrón y bandolero, hijo de un traidor convicto.

El conde de Rothbury había encontrado el modo de forjar un lugar de influencia en ambos bandos, en estas negociaciones de paz. Y su consorte, esa mujer bastarda flaca y pecosa, sin hacer el menor esfuerzo para adaptarse, era vista apenas como una encantadora excéntrica.

Pero Brian no había terminado con lady Rothbury… más aún: ni siquiera había empezado. Con ella y con esa chiquilla de Olivia. La mirada de sus ojos fríos pasó a su padrastro. Ése también era un hueso. Cato había sido responsable de lo que había envenenado a Brian en aquella espantosa visita. Granville había tenido necesidad de librarse de un partidario realista, no podía albergarlo bajo su techo, y había elegido una manera maliciosa y humillante de lograrlo. Y Brian no tenía intenciones de olvidarlo.

Giró sobre sus talones y entró de nuevo en la fresca penumbra de la capilla de la abadía.

Portia se acercó a los tres hombres con su habitual andar. La sonrisa que siempre le provocaba el ver a Rufus tironeó de las comisuras de su boca. Él no había cambiado mucho después de haber recuperado sus derechos de nacimiento. Seguía llevando la ropa práctica del hombre que trabaja; seguía usando el pelo corto, en contraste con las flotantes melenas del Rey y de sus caballeros. No tenía tiempo para las formalidades y las dilaciones que se realizaban bajo pretexto del protocolo cortesano, y sus modales solían ser bruscos, en el límite de la descortesía. A juzgar por la expresión un tanto distante del Rey, Portia supuso que Rufus debía de estar transmitiendo alguna de sus inflexibles verdades al terco y acosado soberano.

Los tres hombres se volvieron hacia Portia cuando ella se acercó. La condesa hizo una profunda reverencia al Rey, mientras Rufus la presentaba.

Charles la saludó con un murmullo, aunque era evidente que estaba disgustado por algo. Rufus, por su parte, permanecía imperturbable. La niña

echó a reír, alegre, al ver a su madre y le tendió los braros en ansiosa exigencia.

–Oh, veleidosa Eve – dijo Rufus, en tono de reproche, al tiempo que entregaba la niña a Portia.

Ella estampó un beso en la regordeta mejilla de Eve y la niña rió con deleite, asiendo un mechón de cabello de su madre.

–Yo seguiré hablando con mis consejeros – dijo Charles con innegable altivez-. Rothbury, Granville, lady Rothbury, os deseo buenos días.

Inclinó la cabeza y se alejó, mientras los hombres y Portia le hacían reverencias a sus espaldas.

–Yo creía que vosotros erais sus consejeros – comentó Portia, frunciendo su entrecejo.

–Eso sólo ocurre cuando damos a Su Majestad el consejo que él desea oír – repuso Rufus con sonrisa irónica.

Cato sacudió la cabeza, en una insólita actitud de distracción.

–Portia, ¿sabes dónde están Olivia y Phoebe? Tenemos que regresar a Cliveden; acabo de recibir la noticia de que Diana ha empeorado.

–Lamento saberlo – dijo Portia, sincera.

Si bien no le agradaba esa mujer, tampoco le deseaba ningún mal. Hacía tres semanas que Diana estaba enferma y se había quedado en la casa de Cato, en las afueras de Londres, mientras su hijastra y su hermana acompañaban a Cato en su viaje a Uxbridge, donde se desarrollaban las conversaciones de paz en un ambiente que todos trataban de que fuese festivo. Sin embargo, las cosas no marchaban de acuerdo con los planes de nadie.

Cato se tironeó la barbilla.

–La hemorragia no da señales de detenerse. El médico dice que ella está debilitándose mucho.

–Olivia y Phoebe están en la rosaleda – dijo Portia, señalando el centro del cuadrilátero-. No quisieron venir junto conmigo porque les pareció que podría ser una falta de respeto.

–Desde luego, a ti no te pareció que hubiese semejante impedimento para hacer notar tu presencia al Rey.

–Al contrario, me pareció que tenía el imperioso deber de librarte de Eve. En mi opinión, fue una terrible falta de respeto estar conversando con el Rey con la niña en brazos – afirmó Portia con aire altivo.

–Disculpadme…

Cato se alejó hacia la rosaleda, demasiado sumido en sus pensamientos como para prestar atención a las bromas que intercambiaban ellos.

Rufus tendió la mirada hacia el otro lado del cuadrilátero, al claustro que estaba del otro lado y ahora su mirada se había vuelto sombría.

–¿Has notado la presencia de un hombre que estaba parado allí, hace unos momentos?

–Oh, sí; era el Escarabajo Estercolero.

Portia tomó uno de los puños de Eve, llenos de hoyuelos, le chupó los dedos y la niña lanzó chillidos de placer.

–Sigo sin saber – dijo Rufus, y su ceño se hizo más profundo.

–Brian Morse, el hijastro de Cato – aclaró Portia-. Por algún motivo, es el enemigo de Olivia, aunque ella no sabe muy bien qué le espanta de él. Él imita su tartamudeo y la provoca. Es un ser repugnante – dijo, sonriendo al recordar-. Nosotras hicimos que su partida del castillo Granville fuese precipitada y un tanto mortificante. Estoy segura de que nos guarda rencor.

–Entiendo.

Rufus se golpeteó los dientes con una uña, mientras reflexionaba. Había algo en la silenciosa observación a que estaba entregado ese hombre que lo había inquietado. Él, en persona, haría ciertas investigaciones sobre ese señor Morse. Luego, su mirada se despejó y observó a Portia con expresión intrigada.

–Quizá ya es hora de que vuelvas a ponerte los pantalones.

–Oh, ¿acaso no te gusta mi vestido? – preguntó ella, bajando la vista hacia su vestido de seda verde manzana-. Yo creía que era muy bonito.

–Ya lo creo que es bonito – dijo él-. Pero he descubierto que prefiero verte en pantalones.

La nota sensual que había percibido en la voz de su marido hizo brillar los ojos de Portia.

–No sería correcto que llevara pantalones en presencia del Rey.

–No, pero pronto no estaremos en presencia del Rey. Ya he hecho, aquí, todo lo que podía. El Rey es empecinado como un buey. No está dispuesto a hacer la paz en los términos que propone Cromwell.

–¿De modo que la guerra continuará?

–Supongo que sí – respondió Rufus, sacudiendo la cabeza con irritación-. Yo, por mi parte, ya he tenido suficiente. Tengo intenciones de

pasar unos meses controlando la reconstrucción de mi casa, el proceso de civilización de mis hijos, y… – Se interrumpió y apretó con el pulgar la boca de ella-. Y amando a la rebelde que tengo por esposa.

Sus ojos, llenos de vida y de promesas, sostuvieron la mirada de los ojos verdes que contemplaba. Un estremecimiento recorrió la espalda de Portia mientras aguardaba, conteniendo la respiración, el beso con que él selIaría su promesa, esperando el momento en que el círculo encantado se cerrara alrededor de ellos, cuando el mundo se esfumara y ella volviera a confirmar la total certidumbre de que su vida, su alma y su corazón pertenecían a este hombre, del mismo modo que la vida, el alma y el corazón de él pertenecían a ella.

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