La guerrera

Jane Feather · Capítulo 6 de 26

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La guerrera

Capítulo 4

–Hemos caído en una emboscada, señor.

La expresión de Cato perdió su benevolencia.

–¿Decatur?

–Sí, señor – asintió Giles.

Cato soltó la mano de Portia.

–Lleva a tu prima al abrigo, Olivia, y ocúpate de sus necesidades. Está medio congelada – dijo, y se volvió hacia Giles-Venga, hombre; cuéntame.

Se alejaron caminando hacia el alcázar, donde se alojaban los hombres.

Portia volvió a ponerse el guante.

–Por aquí – dijo Olivia, abriendo la marcha hacia el arco que conducía al patio interior y el foso.

Portia irguió sus hombros y la siguió.

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-Aquí vivirás tú – dijo Olivia, abriendo la puerta de una pequeña habitación situada en uno de los baluartes-No es un cuarto muy bo… bonito

– dijo, en tono de disculpa-Pero Di… Diana dice que éste es el que debes tener.

Portia entró en la habitación. El aspecto de las paredes de piedra había sido suavizado por medio de algunos tapices deshilachados, y había esteras en el suelo.

Un fuego débil ardía en el hogar, y en un candelabro doble de peltre parpadeaban unas velas de cera. La alta ventana abierta en la gruesa piedra estaba sellada con pergamino aceitado al que las ráfagas de viento helado hacían tamborilear. Además de una cama baja y estrecha había un taburete, una mesa pequeña y una prensa para ropa blanca.

Con una sola mirada, Portia lo abarcó todo. El escaso mobiliario le reveló con claridad cuál sería su posición en esa casa.

–¿Voy a compartirla?

–¡Oh, no! – repuso Olivia, escandalizada-No, po… por supuesto que no.

–En ese caso, es un palacio – afirmó Portia, alegre, quitándose los guantes- Mucho más cómoda que los lugares a los que estoy habituada, te lo aseguro.

La expresión de Olivia se tornó dudosa.

–Supongo que, dentro de un minuto, traerán tu eq… equipaje. Cuando tengas tus cosas contigo, te resultará mucho más acogedor.

Portia rompió a reír.

–¿Equipaje? Lo que llevo puesto es todo lo que tengo. Ah, además de la pequeña caja que estaba amarrada a la silla de Parches. No quisiera perderla

– dijo y, por un instante, su sonrisa se desvaneció-Ya sé que es muy poco lo que puedo mostrar después de haber estado diecisiete años en este mundo, pero esa caja es todo lo que tengo.

Lo único que tenía para demostrar quién era, pensó ella. Por más que esos pequeños recuerdos pudieran parecer patéticos a otros ojos, eran sus únicos lazos con la vida que había conocido y con el único padre que había tenido vivo.

–¿No tienes más ropa que ésta? – preguntó Olivia, atónita.

Portia negó con la cabeza y dijo, volviendo a su anterior alegría:

–Sólo lo que llevo puesto. Con todo, esta ropa es un enorme avance respecto de la que llevaba cuando me encontró el sargento Crampton – dijo,

desabrochándose la capa y arrojándola sobre la cama, para luego inclinarse para atizar el magro fuego de la chimenea-La leña está verde – comentó-Tal vez pueda encontrar algunos troncos secos cuando haya empezado a conocer el lugar.

Olivia frunció el entrecejo. Sospechaba que lady Granville había dado la impresión a los criados de que no era necesario que se esmerasen por proporcionarle un confort especial a la recién llegada.

–Debería conducirte ante Di… Diana.

Portia se enderezó. Al parecer, el tartamudeo de Olivia empeoraba cuando tenía que enfrentarse a su madrastra.

–¿Es una gorgona?

Olivia asintió:

–Es horrorosa.

–Oh – dijo Portia, comprendiendo la situación-Supongo que le fastidiará tenerme aquí.

Olivia volvió a asentir.

–¿Y lord Granville lo sabe?

Olivia negó con la cabeza:

–¡No! Di… Diana nunca le muestra su lado malo. Él cree que ella es maravillosa y bu… buena.

–Los hombres siempre son así de ciegos – comentó Portia, desencantada y conocedora -Ni los más agradables ven lo que tienen debajo de sus narices. Bueno, enfrentemos a la gorgona, pues.

La sonrisa de Olivia ahuyentó las sombras de su rostro pálido y compuesto; sus ojos negros se iluminaron, transformándole el semblante.

–Me alegra tanto que estés aquí…

Después de haber visto lo que vio durante los últimos cinco minutos, Portia se reservó su opinión y se limitó a decir:

–Para mí, el castillo Granville es un gran avance, comparado con la calle St. Stephen.

Diana las aguardaba en la sala. Dejó a un lado su bastidor y contempló a Portia con mirada penetrante y nada amistosa.

–Olivia te ha mostrado tu habitación.

–Sí, señora – respondió Portia, haciendo una cortés reverencia -Le agradezco mucho su hospitalidad.

–Sí, en mi opinión, está por encima del deber familiar – dijo Diana con frialdad-Yo espero que retribuyas la generosidad de mi esposo como él se merece.

«Ah – pensó Portia-De eso se trata.»

–Señora, no creo que pueda acusarme de falta de gratitud.

–Tu habitación está muy cerca de la habitación de los niños. De ese modo, podrás oír si lloran por la noche y echar una mano a la niñera, en caso de que lo necesite. ¿Sabes coser?

–Tengo habilidad para las artes domésticas, señora.

–Bueno, en ese caso podrías ocuparte del guardarropa de Olivia. Mi costurera está demasiado atareada para prestarle la debida atención.

Además, están las prendas de la casa para remendar. No me cabe duda de que querrás ser útil del modo que puedas.

Portia se limitó a hacer otra reverencia. Percibía, a su lado, que la desesperada necesidad de hablar y la mortífera frustración de saber que no podría expresarse en forma coherente hacía temblar a Olivia. Portia la miró fugazmente de reojo y dejó caer un párpado en un guiño casi imperceptible.

La puerta se abrió con tanta fuerza que los troncos ardieron en el profundo hogar y Cato Granville entró sacudiéndose la nieve de las botas y quitándose los guantes.

–¡Por Cristo, qué frío hace fuera! Lamento que hayas tenido un viaje tan accidentado, Portia.

Su sonrisa era agradable pero en sus ojos se veía una pregunta.

–¿Accidentado? – inquirió Diana, sonriendo y entrecerrando sus ojos grises.

–Decatur – aclaró, conciso, su marido. Giró hacia el aparador de roble y levantó un botellón de jerez-¿ Una copa de vino de bienvenida, Portia?

–Sí, señor, gracias – dijo ella, aceptando el ofrecimiento con una nueva reverencia cortés.

–¿Y tú, querida?

Cato entregó una copa a su esposa, sirvió una pequeña cantidad para Olivia y luego vaciló un instante para decidir cuánto serviría en la tercera copa. Pero la muchacha era tres años mayor que Olivia. Por fin, llenó la copa hasta el borde y se la ofreció a Portia.

–Bienvenida al castillo Granville, Portia – dijo, inclinando la cabeza a modo de brindis por ella, mientras sus ojos seguían interrogándola-Debes

de estar agotada después del viaje. A juzgar por la descripción de Giles, ha sido una pesadilla.

–La tormenta de nieve empeoró las cosas – admitió ella-Pero sus hombres se llevaron la peor parte, señor.

–Sí, me imagino que así es – coincidió Cato. Volvió a llenar su copa mientras observaba con atención a la muchacha, sus ojos levemente entornados-Giles me ha asegurado que no has sufrido daño.

–Sí, señor.

Le pareció que lo mejor era una respuesta breve. El jerez en su estómago vacío le hacía aflojar las rodillas; por eso, dejó la copa.

–Dios mío, ¿qué ha sucedido? – dijo Diana, bebiendo con delicadeza de su copa y mirando a su marido con los ojos dilatados de alarma.

–Decatur tendió una emboscada a mis hombres y les robó – dijo Cato-Secuestró a Portia durante un breve lapso. – y se volvió hacia Portia, con sus ojos todavía entornados-¿Qué sucedió, exactamente?

–Nada de particular interés, señor – dijo Portia, juiciosa-Él me obligó a que lo acompañara, a pesar de que yo había intentado matarlo con mi daga, y…

–¿Qué dices? – preguntó Cato, mirándola espantado.

A Diana se le cayó la copa de los dedos, súbitamente inertes. El líquido marrón se volcó a sus pies, sobre la alfombra, y ella soltó una exclamación irritada.

–Oh, perdóneme, señora. No ha sido mi intención impresionarla – dijo Portia, desbordando de arrepentimiento y preocupación. Se arrodilló y sacó su pañuelo para secar el líquido derramado-Creo que su vestido no se ha manchado.

–¡Por el amor de Dios, niña, déjalo ya! – exclamó Diana, empujándola-Si lo frotas, será mucho peor. Olivia, toca la campanilla para llamar a Clayton. – Se abanicó con brío-Quizá no te he entendido bien.

–Yo arrojé mi daga a lord Rothbury, señora, pero como él llevaba puesta una chaqueta de búfalo, la hoja no penetró lo bastante hondo para matarlo –

explicó Portia, con expresión de franca inocencia.

Olivia contuvo una carcajada. Y si bien estaba tan estupefacta como Diana, adivinaba que Portia estaba divirtiéndose en grande a costillas de lady Granville.

–¿De dónde habías sacado el cuchillo? – preguntó Cato, al tiempo que hacía un ademán a su esposa indicándole que se callara, en una actitud de poco frecuente impaciencia.

–Me lo había dado Jack. Era para protegerme del acoso de los hombres

– dijo Portia, con lo cual creó un efecto más devastador aún-Con todo, nadie podría decir que yo fuera muy acosada, ¿verdad? – comentó, sonriendo con serenidad al marqués y a su esposa-Sin embargo, puedo decirles que he tenido algunos encuentros desagradables.

Cato tuvo que esforzarse por tomar el control de la situación. Dijo, conteniéndose:

–No me parece que sea un tema para mencionar en la sala de recibo de mi esposa. Y, volviendo a Rothbury, ¿te ha interrogado?

–Él quería saber quién era yo y por qué viajaba con la protección de Granville, señor. Me llevó a la cabaña de un colono y, allí, la señora de la casa nos dio de comer.

–Muy considerado de su parte – comentó Cato, sarcástico-Sin duda, tendría alguna intención detrás de esa actitud.

Diana ya se había recuperado y, mirando a Portia con el más profundo desagrado, dijo:

–Olivia, ¿por qué no llevas a la niña de vuelta a su habitación? Puede cenar sola allí. A juzgar por el tono de su conversación, es evidente que ella no está acostumbrada a la buena compañía; podría sentirse fuera de lugar.

Supongo que ya habrán subido su equipaje y podrá abrir sus maletas.

–En cuanto a eso, señora, no tengo equipaje que valga la pena mencionar – se apresuró a decir Portia, sin poder contenerse-Pero le digo que me muero de hambre; tengo el estómago pegado al espinazo.

Olivia le lanzó una mirada de asombro al oír que Portia había adoptado la cadencia de los callejones de Yorkshire. Diana, disgustada, frunció la nariz, y las cejas de Cato se alzaron de tal modo que se unieron a la raíz del cabello. Un minuto antes, su visitante había estado hablando con un acento perfecto. Se le ocurrió que, tal vez, se había esforzado tanto por impresionarlos y, por accidente, había caído de nuevo en su manera de hablar habitual.

Entonces, la observó con mayor atención y, de pronto, le recordó intensamente a su medio hermano. Los ojos verdes, sesgados, de la muchacha estaban entornados y, aun así, eran perspicaces, brillantes y

penetrantes y comprendió que, pese a su juventud y a su pobreza, la hija de Jack no era ninguna tonta. Lo que hacía la muchacha era defenderse, a su modo, de la desagradable condescendencia de Diana.

Miró a Olivia y vio que su hija, lúgubre y retraída, estaba sonriendo ampliamente.

Cato todavía estaba tratando de decidir cómo debía reaccionar ante semejante situación, cuando Olivia se lanzó a hablar.

–Ven, Portia. Yo cenaré contigo y te contaré todo lo que quieras. Eso será lo mejor, ¿no… no cree, señor?

Portia aprovechó la entrada y volvió a hablar de modo impecable y moderado.

–Gracias, señor – dijo, como si él ya hubiese accedido a la propuesta de Olivia-Admito que estoy fatigada. A menos que quiera usted saber algo más sobre mi encuentro con lord Rothbury.

–Mañana por la mañana – dijo él, despidiéndola con un ademán al tiempo que se debatía con la sensación de que el suelo le faltaba bajo los pies.

La muchacha volvió a hacer una reverencia y, junto con Olivia, fue hacia la puerta. Entonces, ella se detuvo y miró por encima del hombro:

–Me dio un mensaje para usted. No era muy cortés, pero él insistió mucho en que yo no olvidara transmitírselo.

Cato permaneció inmóvil, con una mano apoyada en la repisa tallada de la chimenea y la otra sujetando la copa. Clavó los ojos en el rostro pálido y pecoso de Portia.

–Entonces, dámelo.

–Él le envía sus saludos… y dice que lo verá en el infierno.

De la boca de Diana brotó una exclamación indignada y por los ojos castaños de lord Granville pasó un ramalazo de furia.

Tras un breve cabeceo de despedida, Portia abandonó la sala seguida por Olivia.

Más tarde, Portia estaba acostada, despierta, contemplando el reflejo del fuego en el cielo raso abovedado. El viento batía el pergamino engrasado que cubría la ventana, y ella se acurrucó bajo las gruesas mantas, disfrutando con la tibieza y la seguridad de su habitación privada, y con la posibilidad de cerrar su puerta con llave. No sabía por qué había cerrado con llave, a menos que se debiera a la costumbre que le había quedado tras

años de viajar con Jack a sitios poco seguros, donde era igualmente posible que a uno le cortaran la garganta por unas monedas como pasar una noche apacible.

No era probable que le cortaran la garganta en el castillo Granville aunque si Diana – lady Granville- tenía la posibilidad, procuraría reducir al mínimo la situación de Portia.

Olivia la había llevado a ver a las dos pequeñas que dormían en cunas.

Hasta ese momento, Portia no había tenido mucho trato con niños pequeños y tampoco le interesaban demasiado. Aun así, al ver la actitud autoritaria de la niñera, había sacado la conclusión de que se esperaba de ella que fuese muchacha para todo trabajo en la guardería, y que estuviese a disposición de la señorita Janet Beckton.

Portia se volvió de lado, se acurrucó, levantó las rodillas hasta su magro pecho y las abrazó con fuerza. Se sentía abrigada, seca y bien alimentada, a cambio de la pérdida de su independencia; un intercambio bastante razonable. Este castillo situado en las desoladas colinas de Lammermuir estaba demasiado lejos de la civilización urbana para brindarle la oportunidad de trabajar. Y si bien, en lo más crudo del invierno, la lucha estaba suspendida, la incierta tregua no duraría mucho tiempo. En cuanto lord Leven y sus refuerzos escoceses se reunieran con el ejército del Parlamento al mando de lord Fairfax, la causa realista se vería realmente amenazada por una fuerza que la superaba en número. Una mujer sin familia, merodeando por los campos de batalla, sólo tendría un modo de sostenerse.

Hacía rato que Portia había rechazado ese modo, por más que le brindara la única posibilidad de comer y de tener un techo sobre la cabeza.

Claro que, si ella hubiese sido un hombre, se haría soldado y seguiría la llamada del tambor. Entonces, tendría comida y paga. Con sonrisa desganada, recordó que hubo una vez en que semejante plan no le parecía absurdo. Pensó que, en aquel entonces, ella era una niña y, como tal, no había perdido la creencia infantil en la magia.

Portia bostezó y la inundó una abrumadora oleada de fatiga. Le dolía todo el cuerpo. Por la mañana, todo se vería mejor: siempre resultaba así.

Portia se entregó al sueño, sin saber que seguía sonriendo. Su último pensamiento, antes de quedarse dormida, fue para el grandote pelirrojo

Rufus Decatur cortando el pan en rebanadas con la habilidad de un ama de casa…

La despertaron unos golpes que aporreaban su puerta; ella se sentó bien despierta pero desorientada. Parpadeó y paseó la mirada por ese ámbito desconocido, pobremente iluminado por la luz que llegaba desde la ventana metida en un nicho.

–¡Portia!

Se repitieron los golpes y ella recuperó el recuerdo de lo sucedido.

–Un minuto, por favor – dijo, bajando de la cama, temblando en el aire helado, arrastrando con ella una manta mientras se dirigía, descalza, a la puerta y hacía girar la llave-Señor, ¿qué hora es? – preguntó bostezando.

–Las ocho pasadas – respondió Olivia, pasando junto a ella y empujándola-Lo más asom… – se esforzó, desesperadamente, durante un tiempo que para Portia fue eterno, tratando de acabar la palabra- asombroso

– logró decir, al fin-¡Ha sucedido algo asombroso!

Portia volvió a la cama y metió los pies congelados bien adentro de las mantas, que conservaban el calor de la noche.

–¿Qué ha sucedido?

–¡Mi padre!

La excitación de Olivia, que se manifestaba en sus ojos agrandados, no permitía saber si ella creía ser portadora de buenas o de espantosas noticias.

Portia aguardó, paciente, a que la muchacha ordenase sus pensamientos.

–¡Él… él se ha declarado en favor del Parlamento! – dijo, al fin, Olivia-Esta misma mañana está izando su estandarte.

–Caramba, qué interesante – comentó Portia, pensativa.

Los Granville eran la familia noble más influyente del Norte, y su toma de partido por el Parlamento representaría un duro golpe para los realistas.

–Mi madrastra se ha metido en la cama – dijo Olivia. Hizo una profunda inspiración y dijo de carrerilla-: Siempre que sucede algo así se mete en la cama.

Una vez concluido el esfuerzo, suspiró ruidosamente y miró a Portia con la expresión de quien ha hecho lo máximo que se podría esperar de ella.

–Bueno, eso debería representar un pequeño alivio para todos –

cOmentó Portia, y fue recompensada por una breve carcajada de Olivia.

Portia apartó las mantas con gesto decidido-Tengo que levantarme.

–Ja… Janet se preguntaba dónde estarías.

–¿La niñera? – preguntó Portia haciendo una mueca mientras se desenvolvía de las mantas y permanecía, temblando, cubierta sólo con las enaguas-Tengo la impresión de que será difícil que esta señora y yo nos llevemos bien – observó, mientras se vestía rápidamente, con los dedos morados de frío-Pero antes necesito conseguir leña para el fuego y agua para lavarme. ¿Dónde puedo obtenerlos?

–Llama a una criada.

Portia negó con la cabeza.

–No creo que nadie en el castillo Granville tome a bien la petición de atenderme. Por otra parte, yo soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma – murmuró, mientras se ponía la capa sobre los hombros-: Ojalá no sufriera el frío de una manera tan horrorosa.

Fue hacia la puerta, con Olivia siguiéndole los pasos.

–Primero vamos a la cocina.

Olivia se encogió de hombros, en señal de que accedía y siguió a esa especie de tromba que había entrado en su vida, una Portia que en ese momento casi corría por el corredor con la capa ondulando a su alrededor.

En la cocina, Olivia observó a Portia que, de una manera suelta y fácil, se presentó a las criadas y a la cocinera, que se afanaban entre ollas y asadores. En pocos minutos, Portia consiguió una jarra con agua humeante para lavarse en el fregadero; cuando volvió a la cocina, pudo sentarse ante un plato con tajadas de ternera y huevos.

–¿Has desayunado, Olivia? – preguntó, mientras untaba mantequilla dorada sobre una rebanada de pan de cebada-Estos huevos están muy buenos.

Indicó el sitio que estaba a su lado, en el banco, señalando con el cuchillo.

–¡Por el amor de Dios, lady Olivia no puede comer en la cocina! –

exclamó la cocinera-Vamos, milady, márchese. Éste no es lugar para usted.

–No quiero marcharme – declaró Olivia en actitud empecinada que una interesada Portia no dejó de advertir.

Olivia se sentó al Iado de Portia y miró, desafiante, a su alrededor.

–¡Dios nos libre y guarde! – musitó un criado, desde la despensa-¡A su señoría le dará un ataque!

–¡Qué va! – exclamó, riendo, un pastelero de físico rotundo y mejillas rojas-¿Ella? Esa mujer es de hielo y nos congelará a todos; quedaremos

como la mujer de Lot. Eso hará su señoría.

Golpeó la masa con el rodillo haciendo volar harina por el aire en forma de fina niebla.

–¡Tú calla! – lo regañó la cocinera, señalando a Olivia con gesto significativo, aunque la muchacha, de todos modos, no parecía prestarles atención.

Un silencio un tanto incómodo reinó en la cocina, quebrado sólo por los ruidos de las ollas y sartenes, hasta que se abrió la puerta dejando entrar una ráfaga de aire helado, y entró lord Granville con Giles Crampton.

–¿Cuántos barriles de cerveza tenemos en la trascocina, Garsing? –

preguntó Cato con aire alegre al mayordomo del castillo, hombre que se diferenciaba de los demás criados por las pesadas llaves del sótano que colgaban de su cinturón-Mañana por la mañana, quiero media docena, por lo menos, en la guardia externa. Y gruesas tajadas de solomillo, algunos cochinillos y un par de ovejas en espetones sobre las hogueras. ¿Podría ocuparse de eso, señora Quick? Tenemos que celebrar algo.

Golpeó el suelo con los pies y se sopló las manos, con las mejillas enrojecidas por el frío. A pesar de todo, sus ojos estaban brillantes y de todo su cuerpo emanaba energía y determinación.

Entonces, su mirada se posó sobre las dos niñas sentadas a la mesa, y se puso ceñudo.

–Olivia, ¿qué haces aquí?

Portia se levantó de un salto y respondió por ella.

–Ella me hace compañía mientras yo desayuno, milord.

–¿Y por qué desayunas en la cocina? – insistió él, y su ceño se ahondó.

–No me pareció oportuno que sus criados me atendieran, señor.

Cato echó una mirada en derredor, por la cocina, y los criados eludieron su mirada. Volvió la vista hacia su hija y su ceño se intensificó más aún.

–¿Dónde está tu madrastra? Estoy seguro de que ella no habría estado de acuerdo con que estuvieras aquí.

Olivia se ruborizó por el esfuerzo de articular las palabras. Cato esperó, golpeando sus guantes en la palma de la mano. Portia, sin haber vuelto a sentarse, comió con disimulo el último bocado de carne que tenía en el tenedor.

–Mi señora ma… madre está en cama, señor.

Cato frunció el entrecejo. Tal como él temía, Diana estaba muy conmocionada por su decisión de cambiar de bando. Pero ella era su esposa y lo apoyaría una vez que se hubiese habituado a la idea.

Cato perdió interés en la presencia de su hija en la cocina, y se volvió de nuevo hacia Giles, que lo esperaba, pacientemente, junto a la puerta.

–Giles, mañana será día de fiesta para los hombres; les dirá que traigan a su familia al festejo. Abra las puertas y dé la bienvenida a los aldeanos, también. Al menos, a todos aquellos que apoyen al Parlamento – añadió, empleando un tono que daba a entender que lo sorprendería la presencia de disidentes-Si no vuelve a nevar, procuraremos que haya música y baile. Un día de fiesta para todos los que decidan unirse a nosotros.

Hizo un gesto expansivo.

–Los hombres se alegrarán mucho – dijo Giles, resplandeciente-Ya están de ánimo festivo. No verá a nadie que le dé la espalda al estandarte.

–Bien – dijo Cato, haciendo un gesto de satisfacción y enfilando hacia la puerta. Entonces, se detuvo y echó una mirada a Portia que, al no ser ya el foco de la atención, había vuelto a ocupar su sitio y estaba terminando el desayuno.

Cato examinó con atención el pálido rostro pecoso como si fuera capaz de leer sus pensamientos tras los claros ojos verdes. ¿Por qué tenía él la impresión de que esta recién llegada a su hogar era tan indescifrable como un enigma? Con súbita decisión, como para sorprenderla desprevenida, le preguntó de repente:

–¿Qué impresión personal te dio lord Rothbury, sobrina?

La pregunta tomó por sorpresa a Portia que, de todos modos, respondió con calma:

–No creo haberme llevado ninguna, milord. Al menos, puedo decir que no me ha parecido muy interesante.

Cato alzó una ceja. Si a su sobrina lord Rothbury no le había resultado interesante, debía de ser un miembro muy poco común del sexo femenino, de acuerdo con lo que se decía. Se afirmaba que ese individuo asolaba la campiña como un semental encabritado, dejando a su paso un rastro de corazones destrozados y de hijos bastardos. Entonces recordó el episodio de la daga y pensó que la hija de Jack era un ser muy poco convencional.

Cato se volvió de nuevo hacia la puerta.

–Olivia, deberías ir a ver a tu madrastra. Ella podría necesitarte.

Se puso otra vez los guantes y salió de la cocina en médio de una nueva ráfaga de aire frío.

Una vez fuera, se encaminó a la plaza de armas, de donde salían los hombres después de la instrucción de la mañana. Cato se detuvo y echó un vistazo a las almenas del castillo, donde ondeaban los pendones con los colores del Parlamento. Constituían un espectáculo impresionante, recortados contra el cielo azul. El aire era tan frío que dolía respirar, y el sol era una pálida rueda amarilla que pendía sobre las acurrucadas colinas de Lammermuir, sin dar un ápice de calor.

¿Dónde estaría Rufus Decatur en ese momento? ¿Escondido en su refugio privado de las estériles tierras de las colinas Cheviot? El conde de Rothbury sabía, desde la tarde anterior, que Cato Granville se había pasado al bando del Parlamento. Los bandoleros de Decatur habían extraído la información de los menos estoicos de los compañeros de Giles por medio de tormentos, mientras el propio barón ladrón, en persona, había recibido a la sobrina de Granville junto al fuego, en la cabaña de un colono. A Cato no le quedaban dudas, casi, de que el ataque a sus hombres tenía, como propósito principal, obtener esa información.

De todos modos, no había diferencia alguna puesto que esa información era de dominio tan público como era posible y, cualquiera, en kilómetros a la redonda, podía ver ondear las banderas en las almenas del castillo Granville. Aun así, Cato ardía en deseos de saber de qué modo atacaría su enemigo. ¿Seguiría Rufus sentado sobre la cerca, contemplando la conmoción que se desarrollaba a su alrededor, con la mirada irónica de un observador, planeando su entrada en el caos en el momento en que les diese, a él y a su banda, el máximo beneficio?

Cato no creía que Rufus basara su decisión en otra cosa que no fuese su propio interés. Si Decatur se aliaba con el bando ganador, podría esperar recompensas. Esperar que la casa de Rothbury recuperase su antigua posición de riqueza, influencia y prestigio.

Si eso era lo que él quería. Rufus Decatur era un delincuente y un líder de nacimiento. Atraía a los hombres como el polen a las abejas. Tanto a hombres buenos como a malos. Hombres que querían excitación. Hombres que no estaban dispuestos a aceptar las leyes comunes de la sociedad.

Alguien con esas características, ¿podría regresar al mundo civilizado?