La guerrera
Capítulo 8
Había pasado una media hora después que Portia fuera dejada en el altillo cuando oyó que se abría la puerta principal. Ella todavía llevaba puesta su capa arruinada, estaba sentada sobre una punta de la cama y tenía una vaga conciencia de que la irritación de su cara había disminuido; sin embargo, se sentía incapaz de realizar los movimientos necesarios para meterse en la cama. Era como si los sustos y los sucesos de ese día la hubiesen paralizado y no pudiera hacer otra cosa que permanecer, aturdida, sin siquiera poder ordenar sus pensamientos.
El ruido de la puerta que se abría en la planta baja la puso en movimiento. Se levantó de un salto, fue hasta la puerta de la habitación y la abrió con bríos. Reinaba un completo silencio. Rufus Decatur había salido y la había dejado sola.
Se le ocurrió que él debía suponerla metida en la cama y profundamente dormida, después de las excitaciones y los contratiempos de la jornada.
Salvo que él supusiera que ella estaría demasiado asustada para aprovechar el hecho de que la puerta no estuviese cerrada. Si era así, él se equivocaba de medio a medio.
Atravesó de puntillas el enorme dormitorio y bajó por la estrecha escalera de madera. Alguien había retirado los restos de la cena, el fuego había sido cubierto de cenizas y había una vela nueva encendida sobre la repisa… Era probable que él no tuviera intenciones de ausentarse por mucho tiempo.
Portia echó un vistazo a la cortina que cerraba el rincón de la habitación; entonces, sin poder contener la curiosidad, fue hasta allí, siempre de puntillas, y la apartó. Los niños dormían como animalillos, acurrucados uno junto a otro, bajo una montafia de mantas. Notó, contrariada, que todavía llevaban la chaqueta y el jubón. Si Janet Beckton los viera, le daría un ataque. A pesar de su aprieto, esa idea le hizo sonreír.
Ese revuelto catre, en la cabaña de Rufus Decatur, estaba a un mundo de distancia de la pulcra guardería del castillo Granville.
Contempló los dos rostros dormidos, bajo idénticas melenas de cabello rubio. Recordó el intenso azul de sus ojos y pensó que guardaban una gran semejanza con su padre. Debía de haber alguna madre por allí, una mujer que no merecía la honra de un anillo de bodas.
Su labio se curvó en una mueca desdeñosa y se alejó, tras haber dejado caer la cortina. Al parecer, en este sitio no se concedían muchos honores a las mujeres.
Ante tal circunstancia, ¿dónde quedaba ella? ¿Era una rehén no querida, una mujer solitaria en ese aislado campamento de bandoleros? Tenía su cuchillo, pero sería una defensa endeble si debía enfrentar un ataque decidido. Le trepó por la espalda un escalofrío de miedo que le erizó el pelo. Ahora, Portia comprendía que, si bien le había dicho a Decatur que no tenía miedo, la jactancia no era un buen escudo protector.
Se le agitaba el corazón como si se le hubiese alojado en el pecho todo un enjambre de mariposas. Corrió hacia la puerta, la entreabrió y, al espiar hacia fuera, vio el callejón desierto. El cielo no tenía nubes, tal como había estado durante todo el día, la luz brillante de las estrellas y de la Juno inundaban la aldea y se reflejaba sobre la superficie helada del río. Portia oía voces, risas, música que llegaban desde el edificio en cuyo frente se encontraba el banco de beber, el que ella había deducido que debía ser el comedor comunitario. Si estaban todos bebiendo hasta quedar estúpidos de ebriedad, tal vez ella tuviese una oportunidad de escapar.
Salió sigilosamente a la calle desierta, con su espalda pegada a la pared.
Iba a necesitar un caballo. No había modo de que huyese a pie por esos parajes ásperos y desolados que había visto durante el viaje hasta allí.
Hacía un frío terrible y el olor denso y reconfortante del humo pendía en el aire. Atisbó una luz dorada que salía por las rendijas de las contraventanas cerradas y, cada tanto, percibía el fragante aroma de la comida, mientras andaba deprisa por el callejón, cuidando de ir por la sombra. En esas viviendas cálidas y acogedoras había personas sentadas junto al fuego comiendo la cena, compartiendo bromas, sintiéndose seguras en sus propios lugares, en la camaradería con los de su propia clase.
Mientras crecía, Portia había aprendido que era una extraña, sin lugar propio, sin familia que definiera su espacio en el mundo. Claro que estaba Jack, pero Jack no era una familia en el sentido en que solía entenderse como tal. No era más que la causa de su existencia. Ella se había mantenido junto a él a cambio de un afecto azaroso y difusos medios de subsistencia, hasta que ella misma fue lo bastante mayor como para sostenerse a sí misma y a Jack con su adicción. Ahora, corriendo por el oscuro callejón e imaginando las escenas que debían de darse tras las contraventanas
cerradas, su acostumbrada sensación de aislamiento surgió en ella con fuerza renovada. Estaba tratando de escapar de un lugar al que no pertenecía para regresar a otro al que tampoco pertenecía. Le divertía la paradoja de las diversas situaciones en las que solía encontrarse; ese humor era una buena defensa contra la desdicha. Pero, esa noche, le había fallado.
Prestaba atención para oír el relincho de algún caballo, y su nariz se estremecía, esforzándose por captar el olor del establo. Y lo encontró bien pronto.
Y no sólo un establo sino una cuadra entera de ellos, en el centro de la aldea, con un limpio patio de adoquines ante el cobertizo. Sin embargo, comprendió, de inmediato, que sus posibilidades de llevarse un caballo sin ser sorprendida eran casi nulas. Vio luces en ambos extremos de la cuadra y la puerta de la talabartería abierta. Oyó voces, el entrechocar de los dados y, oculta entre las sombras, vio que un hombre salía al patio desabotonándose los pantalones. El hombre alivió su necesidad contra la pared y volvió a entrar en la talabartería.
Portia se escabulló de nuevo en el callejón y giró, encaminando sus pasos hacia el río. No sabía por qué lo hacía; la única explicación que encontraba era que todavía no estaba dispuesta a aceptar la derrota y a arrastrarse de nuevo hasta su prisión.
Pero, cuando llegó a la orilla, con la espalda apoyada contra un roble sin hojas, la excitación la atravesó. El río helado serpenteaba atravesando la villa, traspasando sus límites, y la luz de las estrellas se reflejaba en su superficie hasta una distancia muy grande. Mucho más allá del fuerte Decatur.
Los ríos conducían a sitios. Los ríos eran avenidas. A las orillas de éste, en particular, debía de haber viviendas, otras aldeas, incluso. Ah, si ella tuviese los patines…
Entonces, lo vio: un trineo amarrado a la orilla, con sus patines cur vos, tersos como la seda. Portia corrió hacia él, agazapándose, aunque no se veían señales de actividad humana, ni ventanas iluminadas por las que emergiesen ruidos y luces. La orilla del río estaba completamente desierta.
Sobre el trineo había una montaña de pieles. No podía haber sido mejor.
En caso de que ella no pudiera encontrar otro refugio, podría acurrucarse debajo de ellas hasta que amaneciera, después que hubiese dejado bien atrás la aldea Decatur. Ahora estaba convencida de que lo conseguiría. Este
trineo, con su carga perfecta, le habían sido puestos allí por el destino. Su destino era escapar.
Pero ¿cómo lo movería? ¿Usarían perros o ponis? ¿O tirarían ellos mismos de los vehículos? Para eso, hacían falta patines.
Entonces vio la pértiga apoyada en la parte trasera del trineo. Era como una pértiga de barcaza; era de suponer que se usaría de la misma forma.
Sería posible moverse en el hielo empujándose con la pértiga. Tan sencillo como conveniente.
Portia echó una mirada nerviosa a sus espaldas y, de pronto, se le ocurrió que todo eso parecía demasiado bueno para ser cierto. Quizá fuese una trampa, una endiablada trampa de Decatur para sorprenderla intentando escapar. No tenía por qué confiar en él, por qué creerle cuando decía que no le haría daño. A los prisioneros de guerra se los trataba bien hasta que intentaban escapar. En ese caso, todas las reglas de buena conducta se arrojaban por la borda. Si llegaban a sorprenderla, ¿qué le harían? Ella se convertiría en una pieza de caza no vedada, si no para Decatur, al menos para su banda de salvajes sin ley. A pesar del frío, el sudor le brotó en la frente. ¡Tenía que escapar! No había alternativa. No se dejaría atrapar.
El trineo era más pesado de lo que parecía; para cuando había conseguido empujarlo por la orilla y ponerlo sobre el hielo, ella estaba sin aliento. Seguía mirando constantemente por encima del hombro pues esperaba que, en cualquier momento, apareciera alguien corriendo desde la oscuridad para enfrentarse con ella. Sin embargo, la orilla seguía desierta y silenciosa, salvo por las ráfagas de música y voces que flotaban en el aire helado y quieto de la noche de luna.
Una vez que estuvo apoyado sobre el hielo, el trineo se tornó ligero y fácil de maniobrar como la barca de un niño. Resbalando y deslizándose, Portia lo empujó hasta el centro del río helado, se metió en él y se situó en la parte trasera, asiendo firmemente la pértiga con las manos. Le dio impulso y el vehículo echó a andar con asombrosa velocidad. Era como un milagro. Ya en movimiento, Portia casi no tenía que empujar. Recordó que iba corriente abajo, descendiendo por las colinas, de modo que el lecho del río repetía la pendiente. Un puro júbilo hizo vibrar su corazón, sintiendo que el artefacto aceleraba bajo sus pies, y que las casas y las luces de la aldea Decatur pasaban silbando. Lo conseguiría.
El vigía de la primera curva del río vio el trineo cuando estaba a menos de cincuenta metros, cuando aún era una oscura silueta que se movía sobre la helada superficie del hielo. Lanzó un breve gruñido de satisfacción.
Necesitaba algo que animara las largas y frías horas de guardia, dentro del escondite construido en las ramas más altas de una enorme haya de hojas cobrizas. Su punto de observación era uno de los seis que cubrían el río, en una distancia de unos dieciséis kilómetros desde la aldea Decatur. El hombre encendió una antorcha que sería vista por los dos centinelas que ocupaban los dos puestos arriba en la colina y por sus camaradas apostados aguas abajo en el río, y se arrebujó en su capa forrada de piel mientras seguía observando el vehículo que se aproximaba.
El trineo pasó deslizándose debajo de su árbol y él vio que la figura que lo conducía tenía destreza en el empleo de la pértiga. El trineo patinaba sin dificultades, haciendo zumbar el hielo. Reconoció el vehículo: era el de Bertrarn, el trampero, que solía vender sus pieles en Ewefell, a unos treinta kilómetros río abajo. Bertram no se sentiría muy contento de perder su trineo y el fruto de una semana de trabajo.
Pero ni el trineo ni su conductora llegarían muy lejos. La antorcha del centinela de la cima ya se había encendido, en señal de reconocimiento, y en diez minutos, el jefe recibiría el alerta.
Llevó menos de diez minutos informar a Rufus del tránsito ilegítimo por el río. Y él necesitó mucho menos tiempo para adivinar quién había proporcionado un poco de diversión a sus centinelas, en medio de sus rutinarias vigilancias nocturnas. Él estaba en mitad de una cena con buena comida, vino y compañía que, hasta cierto punto, habían Oliviado las irritaciones de la jornada; esa novedad no benefició mucho su estado de ánimo.
–¡Por la gracia de Dios! ¿Dónde cree que puede llegar? – preguntó a todos en general-¡No imaginará que puede marcharse tan fresca de aquí en un trineo robado sin que nadie se entere!
–Al parecer, eso es lo que imagina – comentó Will-¿La traigo de vuelta?
–No, maldita sea; yo iré – dijo Rufus, revoleando una pierna por encima del banco junto a la larga mesa y arrojando a un lado su servilleta-Estaba disfrutando con este pastel de lamprea – dijo, en una nueva oleada de irritación-¡Que el diablo se lleve a esa chica! ¡Que me condenen si permito que me arruine la cena!
Se volvió otra vez de cara a la mesa y recuperó su tenedor.
–Jed, trae mi caballo. Estoy pensando que dejaré que llegue hasta la tercera guardia; entonces, la detendré. Dejémosla que piense que se sale con la suya – dijo él, y agregó, con cierto salvajismo-, así, el susto será más grande.
Jed, que era quien había llevado el mensaje, saludó y salió del comedor hacia los establos, para ensillar a Ajax.
Rufus terminó su pastel de lamprea, pero Will vio que su primo ya no disfrutaba la cena; descubrió que en el fondo de su corazón había un poco de piedad por la señorita Portia Worth.
–Bueno – dijo Rufus, apartando su plato vacío y poniéndose de pie-Será mejor que acabe de una vez con esto.
Fue hacia la puerta poniéndose la capa, con expresión torva. Por un poco, hubiese dejado ir a la muchacha, pero algo le impedía permitir que ella lo superase. Cuando él estuviese dispuesto a dejar que se marchara, lo haría. Pero aún no estaba listo. Por otra parte, ella había robado un trineo, para no mencionar la carga que llevaba. El robo era un pecado mortal entre los hombres de Decatur.
Jed retenía a Ajax en la puerta. Sostuvo el estribo hasta que Rufus se encaramó de un salto sobre la silla.
–Envié un mensaje a los vigías, milord. No la detendrán hasta que usted dé la orden.
–Bien.
Espoleado por los talones de su jinete, el gran bayo se precipitó hacia delante.
La tercera guardia estaba a unos cinco kilómetros de la aldea. Rufus se alejó de la orilla y marchó en línea paralela al río. Tenía tiempo de sobra. A un hombre fuerte le llevaría casi una hora cubrir esa distancia empujando el trineo con la pértiga. Contra sus deseos, descubrió que admiraba el espíritu indomable de la muchacha. Sin duda, no debía de tener idea del viaje que necesitaba hacer para quedar a salvo, fuera del territorio de Decatur.
Rufus llegó a la tercera guardia y tiró de las riendas. Preguntó en voz queda:
–¿Dónde está ella?
–A menos de doscientos metros, señor.
Rufus condujo a Ajax hasta la orilla y se quedó allí, inmóvil a la luz de la luna, esperando la llegada del trineo.
Portia no lo vio de inmediato puesto que el esfuerzo de manejar la pértiga requería toda su atención. Lo que al principio le había parecido fácil, ahora era arduo, ya le dolían los músculos de los brazos y los hombros, tenía las manos llagadas de aferrar la pértiga y empujar con ella, a pesar de los guantes. Fatigada, levantó la cabeza preguntándose si estaría lo bastante lejos de la aldea de Decatur como para arriesgarse a parar y descansar. El enorme caballo y su jinete inmóvil llenaron su vista exhausta.
Allí estaban, junto a la orilla, a unos pocos metros de ella, como acusadores del Juicio Final.
Se sintió descompuesta. De súbito, de sus palmas brotó un sudor frío.
Lo único que se le ocurría era lo injusto de la situación. Ella estaba convencida de que iba a lograrlo y ahora, allí estaba él, esperándola…
triunfante. Hubiese querido gritar de frustración pero, por otra parte, sentía un miedo mortal.
¿Podría acelerar y pasar ante él, adquirir suficiente velocidad para pasar de largo? Pero ella sabía que no podría ganar al potro en velocidad. Sería inútil intentarlo. Inútil e indigno… si era que había cierta dignidad en salvarse de una situación tan odiosa. Paradójicamente, su miedo le dio un poco de valor: no le demostraría que tenía miedo.
Portia levantó la pértiga del hielo y el trineo se detuvo suavemente en medio del río. Se sentó sobre la montaña de pieles y aguardó.
Rufus desmontó y avanzó sobre el hielo. Caminaba con cuidado y deliberación hacia el trineo; cuando llegó se detuvo y la miró:
–¿Qué está haciendo, señorita Worth?
–Me estoy escapando – respondió Portia con brusquedad-¿Qué cree usted?
–Yo también había llegado a una conclusión similar – coincidió él, con sonrisa engañosamente amable-Una vez más, me veo obligado a hacerle notar que no es muy eficaz en lo que se propone.
Portia unió las manos sobre su regazo y se estremeció, notando que la transpiración producida por el esfuerzo se secaba sobre su piel, bajo su capa desgarrada y su vestido estropeado. Como ahora estaba quieta, el aire la cortaba; ella deseó que ojalá él no se limitara a estar ahí mirándola con esa sonrisa de tiburón en la boca y esa expresión especulativa en los ojos. Él
estaba enfadado; ella podía percibirlo del mismo modo que sentía las punzadas de viento helado. Él le había dicho que era un hombre de carácter incierto, y ella había presenciado varias veces un atisbo de ese temperamento. Ahora, él estaba torturándola con esta fantasmagórica incertidumbre. Los ojos de él, enfocados en ella, relucían como las astillas azules que la luz de la Juno arrancaba de la superficie helada del río.
–¿Qué piensa hacer? – preguntó ella.
–¿Que qué pienso hacer? – repitió Rufus, arqueando una ceja-¿Cuál sería la acción más apropiada, señorita Worth, según su opinión?
Portia apretó los labios.
–Acabe con esto de una buena vez – musitó, arrepintiéndose de no haberse puesto de pie.
No la ayudaba en absoluto estar sentada allí, y él cerniéndose sobre ella.
–El trineo y las pieles pertenecen a Bertram – informó Rufus, golpeando con el dorso de una mano en la palma de la otra, rompiendo el silencio de la noche con ese rítmico palmoteo-Mañana por la mañana, él querrá tener todo donde lo había dejado; de manera que lo mejor será que te pongas en marcha.
–¿Que me ponga en marcha?
Portia lo miró con creciente horror, pues comenzaba a comprender a qué se refería él. Él asintió.
–Devuelva el trineo, señorita Worth. En la aldea de Decatur no toleramos el robo.
–¡Pero eso está río arriba!
–En efecto, así es – admitió él, alejándose del trineo-Yo iré por la orilla, junto a ti, por si acaso se te ocurriese alguna otra idea tonta.
Sus dientes relampaguearon, blancos, entre las sombras de la barba, aunque su sonrisa distaba mucho de ser amistosa.
Portia se miró las manos. El cuero de los guantes estaba rasgándose en las palmas, y éstas le escocían. Con aire sombrío, se puso de pie, colocó la pértiga en la parte de atrás del trineo y empujó. El vehículo se movió unos pocos centímetros. Era como si los patines hubiesen perdido su filo o estuviesen envueltos en trapos. Se mordió el labio y empujó otra vez.
Rufus estaba de pie en la orilla, observando sus esfuerzos durante un minuto, luego hizo girar a Ajax y puso el animal al paso, manteniéndose a la par del lento avance del trineo. Su ira, sus deseos de castigar demoraron
en disiparse. La muchacha debía de haber estado exhausta antes de lanzarse a esta loca empresa, y lo que estaba soportando ahora debía de ser un puro tormento. Una vez más, no tuvo otro remedio que admirar su espíritu indomable. Recordó que en el castillo Granville él le había dicho que ellos dos eran semejantes. Esa admisión le hizo superar su enfado. En una situación similar, él habría hecho lo mismo que Portia Worth.
Aun así, era en extremo irritante tener que pasar la mejor parte de su velada persiguiéndola. Cuando se dirigió a ella, alzando la voz, esa irritación fue evidente.
–Portia, deja el trineo y ven aquí.
Portia no le hizo caso y, apretando los dientes, empujó con la pértiga contra el hielo. Si se detenía, perdería la poca energía que le quedaba. No veía luces delante de ella y dedujo que los pobladores de la aldea debían de haberse retirado a dormir. Danzaron en su cabeza imágenes de la pequeña cama en el altillo, del fuego y la luz de las velas. Cerró su mente a todo lo que no fuera la necesidad de empujar ese trineo.
La irritación de Rufus volvió a aproximarse peligrosamente a la ira.
–¡Por la gracia de Dios, muchacha! ¿Harás lo que te ordeno? – rugió su voz, desde la orilla del río.
Esta vez, ella alzó la vista y vio que él había frenado y estaba erguido en sus estribos, con las manos haciendo bocina en la boca, para aumentar d volumen de su voz.
–¿Por qué? – preguntó ella, sin dejar de empujar.
¡Qué criatura obstinada!
–Porque yo lo digo – bramó Rufus-¡Ven aquí ahora mismo!
Portia arrojó la pértiga a un lado y salió del trineo. Ya no le importaba más qué otras torturas le infligiría el amo de Decatur. Estaba medio muerta de frío y fatiga, y llegó a la conclusión de que si moría del todo sólo sería un bendito alivio. Fue resbalando y deslizándose hasta la orilla y se detuvo allí, con los brazos en jarra, mirando a Rufus con hosquedad.
–¿Y ahora, qué?
Rufus se inclinó desde la silla.
–Dame la mano y apoya un pie sobre el mío.
Portia seguía vacilando y examinaba con recelo el semblante del hombre: no le resultaba muy tranquilizador. ¿Sería verdad que había cedido y estaba ofreciéndose a llevarla de regreso a la aldea?
–Señorita Worth, si tengo que desmontar uno de nosotros va a lamentarlo – afirmó Rufus.
Impaciente, chasqueó los dedos.
Portia dedujo que se perjudicaría tanto si iba con él como si se quedaba.
Trepó a la orilla y se aferró de esa mano grande sintiendo un vivo dolor en los dedos al rodear los de él. Con los últimos vestigios de sus fuerzas, logró levantar el pie hasta apoyarlo sobre la bota de Rufus; a continuación se sintió volar sin mucha colaboración de sus músculos y caer sobre la silla, delante de él.
–¿Va a dejar el trineo aquí mismo? – preguntó ella – Había dicho que Bertram, o como se llame, querría encontrarlo donde lo había dejado.
Rufus estaba atónito: ¿acaso nada la doblegaba? Entonces, la sintió temblar, sintió la rigidez de su cuerpo delgado. Ella se había vuelto a medias para soltarle su desafío; la Juno iluminó su rostro pálido, y él pudo percibir el agotamiento en sus rasgados ojos verdes y el miedo que se adivinaba tras la actitud desafiante. Sin pensarlo, él levantó su mano enguantada y la puso en la mejilla de la muchacha. Los ojos de Portia se abrieron muy grandes. El miedo cedió su lugar a alguna otra cosa. Era una perplejidad que, sin embargo, tenía un matiz de anticipación. Rufus supo que ella estaba recordando aquel beso juguetón que él le había dado en el patio del castillo Granville. No había significado nada, por supuesto; él no le había concedido ningún significado. Él apartó la mano de la mejilla y, con un gesto vivaz, envolvió con su capa el cuerpo delgado y tembloroso de la joven y espoleó a Ajax, que echó a andar a medio galope.
Portia trató de mantenerse erguida, de no hacer caso de su fatiga. Aún sentía en su mejilla el calor de aquella extraña y breve caricia, aunque todos sus instintos le decían que eso era una aberración, como lo sería la de la garra de un tigre. Él se había burlado de ella y la había manipulado en el patio del castillo; en este momento estaba haciendo lo mismo. Era evidente que le agradaba provocarla; Portia no podía comprender cómo había creído, aunque fuese sólo un minuto, que el gesto era verdadero. Él habría visto la ingenuidad en sus ojos.
–¡Siéntate bien, por el amor de Dios! – exclamó Rufus atrayéndola hacia sí con un movimiento impaciente-Yo no soy un puerco espín.
La sujetaba con tanta fuerza que ella no tuvo otra alternativa que reclinarse contra el ancho pecho del hombre. Oyó el corazón de Rufus
latiendo con fuerza; le pareció que su propio corazón adoptaba el mismo ritmo, sumiéndola en un extraño aturdimiento.
No habían transcurrido diez minutos cuando entraban en la aldea a oscuras; Portia, desde su estupor, pensó estremecida en el tiempo que le hubiese llevado empujar el trineo, en el improbable caso de que hubiera podido hacerlo. Rufus detuvo el caballo ante su cabaña y levantó a Portia de la silla, depositándola en el suelo.
–Entra y prepárate para acostarte. Yo regresaré en cuanto haya llevado a Ajax al establo.
Portia pensó que, sin duda, él era un hombre acostumbrado a mandar y sintió un ramalazo de desdén que la reanimó. Eso significaba que no había perdido por completo su firmeza. Se metió en la cabaña; el calor que allí reinaba era como una bendición. Se inclinó sobre el fuego cubierto de ceniza y estiró las blancas manos ateridas sobre las brasas, mientras la sacudían convulsos temblores. Desde atrás de la cortina le llegó el sonido de alguien que farfullaba confusamente. Se quedó inmóvil, escuchando, pero todo volvió al silencio anterior: debía de haber sido alguno de los niños que estaba soñando.
Rufus entró en silencio en la cabaña, cinco minutos después, y la miró, ceñudo.
–Creí haberte dicho que te preparases para la cama.
–Tenía demasiado frío para ir arriba.
–Está bastante caldeado. Ven – dijo, indicándole la escalera-Espero que hayas aprendido algunas cosas sobre el carácter de un recinto militar pero, por si acaso no lo tuvieras completamente claro, vamos a tomar ciertas medidas que nos aseguren que el resto de la noche transcurrirá en relativa paz.
Le apoyó una mano en la parte baja de la espalda y la empujó con firmeza, para que lo precediera.
En el dormitorio grande, Rufus dijo con brusquedad:
–En líneas generales, este día ha sido muy cansado y me queda muy poca paciencia. Sé que tú estás agotada; por eso propongo que nos hagamos el mutuo favor de irnos a dormir sin más discusiones tediosas.
Se quitó los guantes y se desabrochó la capa, arrojándola encima del arcón que se hallaba a los pies de la cama. El chaquetón de piel de buey le siguió; luego él se sentó sobre el arcón para quitarse las botas y los
calcetines. Portia observaba, con una suerte de horrorizada fascinación, cómo él se desabrochaba el cinturón y se quitaba los pantalones.
–¡Muchacha, por el amor de Dios, no te quedes ahí, como una bobalicona! – exclamó él, mirándola con impaciencia, cubierto solamente con la camisa de lino y los calzones-¿Acaso quieres dormir vestida? Si no es así, te sugiero que te pongas aquel camisón que está en la otra habitación.
Le dio la espalda y se inclinó sobre el lavabo, echándose agua a la cara y pasándose las manos húmedas por la barba y el pelo.
Portia se volvió y fue al altillo, cerrando con firmeza la puerta detrás de sí. No tenía la más remota idea de lo que él había querido decir al hablar de ciertas medidas pero, al parecer, por fin ella iba a poder librarse de sus ropas desgarradas y sucias y a zambullirse en la cama; ésa era una perspectiva demasiado tentadora para perder tiempo resolviendo acertijos.
El golpe en la puerta la asustó de tal manera mientras estaba atándose las cintas del camisón, que casi se desmayó del sobresalto.
–Sal de ahí, Portia. Ya estoy listo para ti.
–¿Qué?
Ella clavó la mirada en la puerta cerrada y le temblaron los dedos.
La puerta se abrió y los ojos azules de Rufus Decatur la escudriñaron desde allí. Él dobló un dedo en un gesto de inconfundible imperiosidad.
–Estoy muy cansado – repitió.– ¡Sal!
Su tono no invitaba a posteriores discusiones; Portia avanzó como si hubiese sido atraída por un imán.
–¿Qué vas a hacer?
Todos los temores anteriores de Portia volvieron a la superficie: estaba a solas con este hombre medio desnudo, en su dormitorio. No había nadie que pudiese oírla y, aun cuando hubiese habido, nadie se interpondría entre el amo de Decatur y su placer.
–Dormir – respondió él, conciso-Y tú también. Y, como ya he corrido suficiente por una noche, voy a asegurarme de que no huirás antes del amanecer.
La sujetó por la muñeca y la arrastró, inexorable, hacia la otra habitación. Portia se sintió como si hubiese perdido toda su voluntad.
Boquiabierta, atónita y muda, vio cómo él le pasaba el cinturón en la cintura, pasaba la correa por la hebilla pero sin sujetarla y seguía
sosteniendo el extremo libre en una mano. ¿Qué perversión estaría imaginando?
–Por fortuna, como eres muy delgada, quedará bastante espacio en el cinturón para que puedas moverte con comodidad – musitó él, inclinándose para apartar las mantas-Tú podrás dormir debajo de las mantas y yo, dormiré encima; me taparé con una alfombra. De ese modo, cumpliremos con las normas de la decencia.
De súbito, se echó a reír con tan franco humor que Portia pensó si el amo de Decatur no habría perdido el juicio.
–Las normas de la decencia no existen en la aldea de Decatur – explicó él-No obstante, tratamos de tener en cuenta los escrúpulos de los demás.
¿Podrías meterte bajo las mantas, por favor?
Portia se quedó sin habla.
–¡Adentro! – dijo él, alzándola y depositándola en el medio de la cama-Acuéstate – le ordenó, echándole las mantas encima; luego se tendió a su lado, cubriéndose con una gruesa alfombra forrada de piel.
Tomó el extremo libre del cinturón, le dio una vuelta en la muñeca y lo ató con un nudo tan complicado que seguramente nadie podría desatar jamás, ante la mirada horrorizada de Portia.
–Ya está. Ahora, tendré la seguridad de despertarme si intentaras fugarte antes de que llegue la mañana. Que tengas gratos sueños, señorita Worm.
Y para absoluta estupefacción de Portia, Rufus Decatur bostezó y se quedó dormido de inmediato.
Ella se mantuvo rígida durante un minuto, casi sin atreverse a respirar.
Hacía instantes, ella estaba esperando ser violada, ahora estaba confortablemente instalada en la cama, tan cómoda y segura como si fuese Jack quien dormía a su lado. A lo largo de los años, ella había compartido dormitorios, camas, mantas y abrigos con Jack, escuchado su respiración estertorosa y, a veces, cuando era pequeña, contenido la respiración aterrada esperando que él volviese a respirar, en esas ocasiones en que parecía que había dejado de hacerlo para siempre. Recordaba con nitidez el increíble alivio que sentía en el momento en que las trémulas sacudidas se iniciaban otra vez y que esos ronquidos de borracho para ella habían sido el único arrullo que le permitía dormir.
Del fondo de sus ojos brotaron lágrimas; ella se las enjugó, preocupada por no despertar a su compañero. El calor de la cama empezó a filtrarse en
sus miembros fríos y fatigados y el mullido colchón de plumas la rodeó como un nido. Tuvo la vaga sensación de algo que le rodeaba la cintura, pero aquello no la incomodaba y, cuando probó de darse vuelta, pudo hacerlo sin la menor dificultad.
Su compañero emitió un breve ronquido, y Portia ya sentía los ojos tan pesados que no creyó poder permanecer despierta un minuto más, aunque hubiese estado de pie en lugar de estar acurrucada en esa acogedora tibieza.
Rufus despertó pocas horas después, poco antes del primer canto del gallo. Siempre había sido madrugador, sin importar lo breve que hubiese sido la noche o lo agitada que hubiese sido la velada previa. Su compañera estaba acurrucada de costado, alejada de él, y su respiración era ptofunda y regular. Se incorporó sobre un codo y contempló el rostro de la durmiente.
Le daba cierta sensación de estar haciendo voyeurismo eso de observar a una persona dormida, pero sus tratos con ella habían sido tan tempestuosos hasta ese momento que aún no había tenido ocasión de evaluarla a su gusto.
Y, a pesar de sus aspectos irritantes, Portia Worth despertaba su curiosidad.
El destino había sacado las cartas de la parte de abajo del naipe cuando le tocó concederle fortuna y favores a esa parte de la familia Granville. Ni la descripción más parcial hubiese podido atribuirle un matiz de óxido, de caoba o de cobre al flamígero anaranjado de su cabellera, que brotaba en torno de su rostro pálido y anguloso. Los ojos, cerrados en ese momento, eran su rasgo más bello, pero eran insuficientes para contrarrestar los más negativos. Sin embargo, los atributos físicos de la señorita Worth eran, tal vez, su aspecto menos interesante. Cualquier hombre que se encontrase cara a cara con un espíritu tan indomable y desafiante habría prestado una atención muy pasajera a sus rasgos. Ella se había formado en una escuela dura; sin embargo, eso no la había aplastado. La compasión por sí misma no era, indudablemente, uno de los defectos de la señorita Worth, aunque el Señor era testigo de que hubiese tenido motivos sobrados para permitírsela, de vez en cuando.
Rufus descubrió que estaba sonriendo y pensó, con cierta acritud, que la suya era una reacción tonta ante el temperamento de su huésped accidental.
No sólo había caído en sus manos un elemento completamente inútil para el regateo de la negociación sino que, además, en lugar de una niña dócil y sumisa, se veía cargado con la responsabilidad de una criatura que no sabía rendirse ante lo inevitable. Eso sumaba el insulto a la ofensa.