La guerrera
Capítulo 11
llamándolo. El grupo bramó y golpeó los pies en el suelo. Rufus saltó sobre la mesa. Portia echó atrás la cabeza, brazos en jarras, y siguió bailando, sonriéndole con tal desafío e incitación que ningún hombre hubiese podido resistirse a ella.
Él se unió a ella, y sus pies parecieron volar cuando la tomó y la arrojó al aire, haciéndola volar lejos, para volver a atraparla luego. Ella se reía con una extraña y salvaje intensidad, adaptándose a él, intentando adelantarse a sus movimientos.
El público, con sus pataleos y sus gritos, ahogaba la música del gaitero.
De súbito, Rufus saltó hacia atrás, bajó de la mesa, estiró los brazos y aferró a Portia por la cintura. La sostuvo por encima de su cabeza como si fuese a arrojar un tronco, de acuerdo con el juego tradicional escocés y luego, acomodó sus manos y puso a Portia alrededor de su cuello, como si fuese una bufanda.
Recogió un candelabro con una mano y un frasco de vino con la otra, y se dirigió hacia la escalera. Portia, aún sumida en el frenesí de la danza que le caldeaba la sangre, casi no tuvo conciencia de que Rufus estaba llevándosela como a un trofeo, que subía los peldaños de madera hasta la galería, acompañados por los pataleos y los gritos de aprobación, y por el sonido ululante de la gaita, como nota final.
11
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Rufus sí sabía adónde iba. Siempre había ocupado la misma habitación en la casa de Fanny. Con la botella entre los dientes, abrió la puerta de un cuarto en el extremo de la galería, entró y cerró de un puntapié.
Apoyó el candelabro sobre la repisa, el frasco sobre una pequeña mesa redonda y, con un movimiento fluido, tomó su trofeo y depositó a Portia en el suelo, sobre sus pies.
–Yo gané – dijo Portia, sin aliento, apartándose el cabello de los ojos.
–Eso es discutible – repuso Rufus, sujetándole el mentón en la palma de su mano. La besó en la boca con labios duros pero flexibles, y ella sintió la sedosidad de su barba sobre la piel. Fue igual que aquella mañana, aunque se le había sumado otra dimensión: la sensación de algo inevitable, de algo fijado por el destino. Portia le devolvió el beso con un fervor que surgía del latido de su sangre. La música, los gritos, las exclamaciones eufóricas llegaban desde abajo con tanta fuerza que ella podía percibir el ritmo y la pasión en las plantas de los pies.
No era consciente de nada que no fuese el estremecimiento de su sangre, el olor de la piel de él, el contacto de su boca con la de él, el sabor del vino en su lengua y en la de él. Las manos de él descendieron por su cuerpo y ella se puso de puntillas y le rodeó el cuello con los brazos, entregándose a la caricia.
Rufus rió quedamente con su boca pegada a la de ella. Llevó una mano a la cabeza de ella, manteniéndola firme y, con la mano libre, sacó la camisa fuera de los pantalones, tironeó con impaciencia de los botones, la extrajo de la cintura y se la quitó sacudiendo los hombros. Todo, sin dejar de retener la boca de Portia con la suya, mientras las manos de ella pasaban por su espalda y apretaban sus hombros con ávida intensidad.
Él se apartó de ella para quitarse las botas sacudiendo los pies y ella lo siguió, riendo, persiguiéndolo con su boca. Él también rió, sin soltar la cabeza de ella, atrayendo la cara de Portia a la suya. Su lengua penetraba y arrasaba, asolando los rincones suaves y dulces de su boca, que ella abrió a él, recibiendo la lengua de Rufus en lo más profundo, sin soltarlo ni siquiera cuando él se bajaba los pantalones por las caderas y se veía obligado a hacer equilibrio sobre un pie, y después sobre el otro para poder quitárselos.
Entonces, los dedos de él se afanaron en los botones de la camisa de ella, sus manos se deslizaron dentro pasando sobre sus pechos, bajando por el torso, subiendo luego hasta los hombros, bajo la camisa, para, finalmente,
retirar la prenda por completo. Los pechos de Portia quedaron apretados contra el pecho de él, y los pezones le dolieron y cosquillearon en una sensación que, para ella, era nueva y maravillosa. Ella se echó hacia atrás mientras él soltaba la hebilla del cinturón y se lo quitaba, dejándolo caer al suelo. Los pantalones y los calzones de Portia resbalaron por sus delgadas caderas en un solo movimiento, y su piel se erizó con la caricia de las manos de él.
Bastó un leve contacto para que ella cayese de espaldas sobre la cama, con los pantalones a la altura de las rodillas, retenidos por las botas. Rufus levantó en alto las piernas de ella mientras le quitaba las botas a tirones y las arrojaba por encima del hombro haciéndolas caer, con ruido sordo, contra los morillos de la chimenea. De la misma manera expeditiva y desenvuelta, Portia fue librada de calcetines, calzones y pantalones; sólo entonces Portia comprendió lo que estaba ocurriendo, con una parte remota y periférica de su conciencia.
Fue una comprensión fugaz, e incluía la clara noción de que, si ella quería que aquello se detuviera, le habría bastado con decirlo. Dentro de esa comprensión también estaba la conciencia de que ella había formulado la invitación y de que el hombre que estaba a punto de quitarle la virginidad no tenía por qué saber que eso era lo que iba a suceder.
Entonces, sucedió. Las palmas de Rufus fueron ascendiendo por las piernas de Portia, desde los tobillos hasta los muslos, los separaron con delicadeza, acariciando la sedosa piel de la parte interna. Su centro, los sitios más secretos de su cuerpo palpitaban abiertos, vulnerables, tensos de un deseo que ella no sabía definir. Lo miró a los ojos, claros y brillantes como un cielo de verano y, en sus profundidades, vio el alma de él. Vio una pregunta que era, a la vez, tierna y exigente. Y, aunque ella lo ignorase todo sobre estas cuestiones, sabía que él quería ver la reacción de ella con el cuerpo de él, quería sentirla dentro de sí.
Guiada por el instinto, ella lo tocó, sintió cómo la carne del hombre saltaba en su palma, y luego él la apretaba contra la hendedura de su cuerpo, penetrando cada vez más a fondo. Portia vio el relámpago de sorpresa de él cuando. sintió la resistencia que ejercía el himen intacto de la muchacha, y luego vio cómo llegaba a él la comprensión, pero antes de que pudiese reaccionar, ella lo aferró por las nalgas y lo empujó hacia ella, apremiante. Él lanzó un breve suspiro y la penetró profundamente, y ella
sólo tuvo conciencia de ese milagro de abrirse, de la plenitud, de la presión que la llenaba hasta lo más recóndito de su ser.
Entonces, justo cuando ella comenzaba a sentir el inicio de cierta gloriosa culminación de sensaciones, él se retiró de su cuerpo. Se dejó caer, pesadamente, sobre ella con la respiración entrecortada y áspera, la piel resbaladiza sobre la piel húmeda de Portia, y a ella le quedó una dolorosa sensación de vacío que debía ser llenado.
Rufus se incorporó sobre un codo, lentamente, y la miró. Ella estaba tendida sobre la manta, mirándolo con expresión interrogante, y en ella se adivinaba el dolor del vacío con tanta claridad como en un libro de estampas infantiles.
–¿Por qué no me lo habías dicho? – preguntó él, en voz baja y llana.
–Porque no importaba. Era irrelevante – dijo ella en voz baja, debatiéndose con la decepción que la llenaba hasta el centro mismo de su ser. El anticlímax le dio ganas de llorar; la abrumaba la idea de que siempre decepcionaría a otros en la misma medida en que ella siempre sería decepcionada.
–¿Estás enfadado? – preguntó, en voz fina, débil.
–Si lo estuviese, no tendrías necesidad de preguntarlo – respondió él, seco.
–No tenía importancia – repitió ella, notando que su voz dejaba escapar sus deseos de llorar.
–Créeme, Portia; por supuesto que importaba – replicó Rufus, tendiéndose de espaldas, con una mano apoyada sobre el vientre de ella, como si la hubiese dejado olvidada allí-No tengo la costumbre de desflorar vírgenes. Y, si la tuviera, debería… – Suspiró-¿Cómo iba a saberlo?
–No podías.
En vista de la franca invitación sexual que le había lanzado ella, era lógico que él hubiese supuesto que ella tenía experiencia. Él sabía cómo había vivido ella. Sabía quién era su padre.
Portia tragó el nudo de lágrimas que tenía en la garganta y giró la cabeza para enjugarse, con disimulo, una lágrima con la punta del cobertor.
Rufus se sentó de nuevo.
–De haberlo sabido – dijo él, remarcando las palabras- habría hecho las cosas de un modo muy diferente.
–¿Cómo? – preguntó ella, súbitamente intrigada a pesar de su desdicha-Yo creí que había un solo modo.
–Lo hay – repuso él, inclinándose sobre ella y recorriendo con un dedo el espacio que había entre las pequeñas y pálidas redondeces de sus pechos-Pero existen diversos refinamientos.
–Ah.
Portia tuvo conciencia de que se le aceleraba el pulso bajo la fija mirada de él. No pudo descifrar su expresión, no sabía de qué estaba hablando él; sin embargo, un estremecimiento de expectativa melló los bordes de su insatisfacción.
–Dime qué sentiste – dijo Rufus.
Él dejó apoyada la palma de la mano sobre un pecho, cubriéndolo por completo.
Portia crispó el ceño, tratando de hallar las palabras para hablar con absoluta sinceridad, aun cuando, bajo la palma de Rufus, su pecho comenzaba a cosquillear y sentía que su pezón empezaba a endurecerse.
–Que… que debería haber sucedido algo que no sucedió.
Él rió quedamente.
–Eso imaginé. Pobre patito.
Bajó la cabeza sobre el otro pecho y recorrió con sus labios esa suavidad. Igual que en la ocasión anterior, él tuvo la aguda percepción de la increíble tersura de su piel. Era como el tejido más delicado, de un blanco irreal bajo la luz de las velas. Dio con su lengua toques rápidos y leves en el pezón, y ella tembló.
Rufus levantó la cabeza y vio el embeleso en sus ojos. La locura de la danza se había disipado, el frenesí que había arrastrado a ambos hasta allí; ahora sólo veía ansiedad y un deseo que iba creciendo lentamente. Desplazó la mano hacia abajo.
Con esa mano sobre el vientre, que acariciaba y presionaba a la vez, la hizo jadear. Portia giró la cabeza sobre la almohada, sacudida por la corriente de sensaciones, el tormentoso tumulto de la sangre en sus venas.
La mano de él se apoyó sobre los muslos cerrados, y éstos se abrieron para él; de su garganta se escapó un breve gemido de anticipación. El cuerpo de Portia pedía a gritos la invasión íntima de sus dedos sabios y, esta vez, las lágrimas que brotaron de sus ojos fueron de atónito placer.
Otra vez, él se apoderó de la boca de ella, al tiempo que la implacable invasión la acercaba cada vez más a ese instante de dichosa aniquilación que había adivinado antes. La piel de su vientre se onduló, los músculos se pusieron rígidos; sus muslos se tensaron apretando la mano de él, sus nalgas se oprimieron, al impulso del deseo imposible de postergar lo que ella sabía que estaba aproximándose y de la desesperada necesidad de entregarse a esa alegría inexorable.
Y cuando ya no pudo contenerse más, él retiró la mano. El cuerpo de Portia pedía satisfacción a gritos. El dolor de la pérdida le hizo gritar; fue entonces cuando él metió una mano bajo las nalgas de ella y sostuvo esa masa redonda, compacta de músculos y enfiló hacia el portal abierto y anhelante de su cuerpo. La carne húmeda y tierna se apretó a su alrededor, y él tocó la comisura de la boca de ella con su lengua murmurándole alguna palabra tranquilizadora que ella, en realidad, no necesitaba en absoluto.
Él le besó los párpados, la punta de la nariz, con una mano sosteniendo, aún, su trasero mientras, con la otra, le acariciaba el pecho. Sintió endurecerse los músculos de sus posaderas y el pezón erguirse en la palma de la otra mano. La piel de Portia estaba húmeda y caliente, sus labios se entreabrieron dejando escapar suaves gemidos femeninos de dichosa expectativa. Él la penetró más profundamente, prestando atención al cuerpo de ella, escuchándolo con el suyo. Y cuando los ojos y el cuerpo de Portia le dijeron que estaba lista, él incrementó su ritmo penetrándola hasta el fondo. Las manos de ella se aferraron a los destacados músculos de sus antebrazos, que lo sostenían encima de ella, y Portia se dejó ir lanzando un grito, hundiéndose en el torbellino.
Rufus la abrazó fuerte mientras la tormenta la arrasaba, la arrojaba hacia lo alto para luego dejarla caer más y más abajo, zambulléndola en las aguas quietas de la aniquilación. Él no tenía prisa por alcanzar su orgasmo, esperó hasta que los párpados de ella se alzaron, revelándole su mirada verde, sumida en el embeleso. Ella estiró una mano, le tocó la boca y sonrió. Y él se maravilló de la belleza de Portia en ese momento de completo abandono.
Sin prisa, él comenzó a moverse de nuevo y el cuerpo de ella se agitó en tomo a él con breves ondulaciones, como las alas de una golondrina. Ella le tocó la boca otra vez, y luego bajó la mano hasta el vientre de Rufus, sorprendiéndolo con lo sabio de su caricia. Los músculos del estómago se le tensaron con su contacto y, emitiendo un suave gemido de placer, él se
retiró del cuerpo de ella un instante antes de perderse, él también, en el abismo del placer.
Ella aplastó la cabeza de él contra su pecho y la retuvo. El cuerpo de él se hundió pesadamente en el colchón y, poco a poco, su respiración se tranquilizó. Abajo, los ruidos seguían sin mengua, y se oían crujidos y gritos más despreocupados que antes.
Después de unos momentos, Rufus abrió los ojos y se incorporó sobre un codo. Delineó la curva del alto pómulo de Portia y le sonrió, lánguido.
–¿Mejor?
–Maravilloso – dijo ella, lanzando una breve risilla maliciosa.
Rufus se levantó de la cama y, con una carcajada, fue a la mesa a recoger la botella. Bebió un sorbo y luego la sostuvo junto a los labios de Portia. Ella bebió, sedienta, y después se dejó caer sobre las almohadas.
–Me pregunto si habré roto el pacto – dijo ella, aún riendo.
–¿Cuál pacto?
Para Rufus, esa risa gutural era tan deliciosa como contagiosa.
–Olivia, Phoebe y yo habíamos hecho un pacto – dijo, con burlona solemnidad-Incluso, mezclamos nuestra sangre y pronunciamos un juramento por el cual prometíamos no ser nunca vulgares. Recuerdo que eso implicaba no casarnos, pero no estoy segura si también se refería a no perder la virginidad.
Rufus arqueó una ceja, y unas arrugas crisparon su frente.
–¿Quién es Phoebe?
–La hermana menor de Diana. Las tres nos conocimos en la boda de Cato y Diana – respondió ella, y su sonrisa adquirió cierta acritud al recordar lo que las había reunido a las tres – Nosotras nos sentíamos fuera de lugar, no queridas. Y, durante unos pocos minutos de una tarde soleada, nos comunicamos. Eramos tres parias sociales creando un juego infantil de fantasía.
En las últimas horas, Rufus había olvidado la existencia de Cato Granville. Había olvidado por qué esta muchacha había entrado en su vida y el problema de qué haría con ella.
–¿Qué sucede? – preguntó ella, al ver que los ojos de Rufus se oscurecían y aparecía una súbita tensión en su mandíbula.
Él sacudió la cabeza, restándole importancia.
–Mañana nos espera un largo viaje. Tratemos de dormir, si logramos que no nos afecte el barullo.
Entre ellos había caído una sombra; el entusiasmo de Portia se extinguió, dejándole en el fondo del estómago un espacio frío y hueco.
Dedujo que su descuidado comentario había recordado a Rufus que ella era una Granville. Y, en consecuencia, ella también lo había recordado. Ella era una Granville, y acababa de traicionar a su prosapia Granville, en la cama de Rufus Decatur. ¿Pensaría Jack que ella lo había traicionado? Quizá no.
Él, por su parte, buscaba el placer sin pensar demasiado en los principios ni en las consecuencias.
Con todo, la sombra no se dejaba apartar. ¿Qué le sucedería a ella ahora? ¿Esto habría cambiado algo? ¿Qué quería ella que sucediera ahora?
–Yo no tengo sueño – dijo, saltando fuera de la cama y escondiendo el pesar de sus reflexiones bajo la manta de su anterior exuberancia-Y la gaita todavía está tocando. Vamos abajo.
Ella se agachó para recoger los pantalones y los calzones.
Rufus titubeó. Sin embargo, en medio del caos de ruidos y jarana, podría postergar la realidad un tiempo más. Por lo tanto, sólo dijo:
–Eres infatigable. – y comenzó a vestirse.
Ya faltaba poco para el amanecer cuando se hizo el silencio en la casa de dudosa reputación de Fanny. El salón parecía una zona de desastre: mesas y bancos volcados, bebida derramada, perros husmeando en busca de restos de comida, moviéndose con agilidad entre los cuerpos de los que dormían allí donde habían caído.
Rufus se contó entre los últimos en sucumbir, y encontró a Portia acurrucada en el nicho de la chimenea, derrotada, al fin, por el sueño. Él la alzó y la llevó a la planta alta, la metió bajo las mantas y, después, se derrumbó a su lado. Sólo se permitiría dos horas, las mismas que permitiría a sus hombres antes de reanudar el viaje.
Pero eran ellos hombres adultos y podrían asumir las consecuencias de sus excesos.
Cato Granville estaba leyendo varios despachos y, al oír una vacilante llamada a la puerta de su habitación de la torre, levantó la vista.
–Adelante.
Para su sorpresa, fue su hija quien se escurrió en la habitación. No recordaba la última vez que Olivia había acudido a él. Hizo un esfuerzo
consciente para despejar su ceño.
Olivia lo saludó con una reverencia y se quedó de pie, en silencio, un minuto. Tenía puesto un vestido bastante deslucido, pensó Cato. Era un castaño amarillento que no destacaba su cabello oscuro. Le daba una apariencia insulsa. En ese momento se le ocurrió pensar que tampoco recordaba la última vez en que había visto a su hija con un vestido que la favoreciese. Tomó nota, para sus adentros, de pedir a Diana que orientase a su hija hacia una vestimenta más atractiva.
–Estaba pensando en Po… Portia, señor – dijo, al fin, Olivia-¿Cuándo volverá?
En sus ojos negros se veía una dolorosa intensidad, y sus manos estaban apretadas sobre su opaca falda.
–Es un asunto muy complicado, hija – dijo Cato-No sé qué sucederá.
–¡Pe… pero no es justo! – protestó Olivia, con la mirada concentrada en su paisaje interior mientras pronunciaba las palabras-Tendría que haber sido yo, no Po… Portia. Tienes el deber de traerla de vuelta.
Ante semejante desafío por parte de su hija, que solía ser retraída, Cato se quedó atónito.
–No es un asunto que te concierna, Olivia – dijo él con severidad-Por otra parte, no me agrada tu descortesía. Puedes marcharte.
Olivia se sonrojó. Saludó en silencio y salió del santuario de su padre.
Se quedó apoyada, de espaldas, contra la puerta tratando de recomponerse.
Esa entrevista le había exigido una buena dosis de coraje y sólo había logrado una demostración de enfado por parte de su padre.
El reloj de la torre dio las cuatro; ella recordó, con amargo disgusto, que debía de acudir a la sala de destilación de Diana. Faltaban algunos frascos de conserva y Diana había interrogado a las criadas de la destilería. Se esperaba que su hijastra aprendiese las artes y destrezas de la administración del hogar.
Se apartó de la puerta y echó a andar, sombría, por el corredor en dirección a la sección doméstica del edificio. Cuando giraba al final del pasillo, una voz le dijo:
–Bueno, pero si es mi pequeña Olivia. Mi pequeña hermana.
Olivia levantó la vista y se le revolvió el estómago. Brian Morse, el hijastro de su padre, le cerraba el paso. Después de todo, había venido. Y
Portia no estaba. Ella le había prometido estar, y no estaba.
Brian Morse era un sujeto delgado, de rostro alargado, ojos castaños pequeños como guijarros, y un sorprendente mechón de cabellos blancos que le crecía sobre la frente estrecha.
«Portia no tendría miedo», pensó.
–Yo no soy tu hermana – logró decir Olivia, en una voz casi firme.
–Oh, qué bravos estamos, ¿no es cierto? – se burló él. Extendió una mano, tratando de asirla por el hombro.
Ella se apartó de un salto con el rostro pálido, sus ojos como dos hoyos negros de disgusto y de miedo.
–¡No me toques!
Él se rió, en la misma actitud burlona.
–Has cambiado la melodía, hermanita.
–¡No!
Con un movimiento repentino, ella se ladeó y pasó corriendo junto a él, sintiendo por primera vez en su vida desesperada necesidad de la compañía de Diana.
Brian Morse, con una sonrisa en sus finos labios, la vio alejarse. Estaba creciendo, convirtiéndose en una joven mujer. Era alta para su edad y su busto prometía. A juzgar por ese breve encuentro, ella debía seguir siendo esa patética criatura que ni siquiera valía el esfuerzo hecho para burlarse.
Siempre le había gustado que su diversión representara cierto grado de desafío.
Y, sin embargo… Su sonrisa se ensanchó. Tal vez resultara interesante comprobar hasta dónde podía llegar, presionando a esa feminidad en ciernes, durante su visita. Hacía cuatro años, recordó, le había sido notablemente sencillo llevarla a la histeria. Era como arrebatar un dulce a un niño.
Siguió su camino rumbo al estudio de Cato y, tras golpear con vivacidad en la puerta y oír la invitación, entró.
Cato se irguió a medias en la silla al ver al visitante.
–Brian, no sabía si esperarte o no, teniendo en cuenta las circunstancias.
–Esta guerra ha separado a muchas familias, milord – dijo Brian, estrechando la mano que se le tendía-Respeto tu decisión, aun cuando no la acepte.
–Ahá.
Cato indicó un asiento y volvió a sentarse él mismo. Los sentimientos de Brian parecían los apropiados, pero sonaban poco sinceros.
–Oh, discúlpame… – dijo, recordando sus deberes de anfitrión, y volvió a levantarse-¿Vino? – ofreció, sirviendo de un botellón que había en el aparador en dos copas de peltre y entregando una a su huésped-Espero que estén atendiendo a tus asistentes.
–He venido solo.
–Ah, ¿sí? – se asombró, levantando una ceja-No es seguro viajar por el campo solo, en estos tiempos.
–Viajo en misión privada para el príncipe Rupert – repuso Brian, con una sonrisa petulante, mientras olía la fragancia del vino.
–En ese caso, es mejor que lo mantengas en reserva – replicó Cato, sin ambages-¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
Por un instante, Brian pareció incómodo.
–Si mi presencia no es bienvenida, confío en que me lo dirás, milord.
–Tu presencia aquí, en tu calidad de partidario de la causa del Rey, no es conveniente – dijo Cato, remarcando las palabras-Como familiar que eres, puedes quedarte tanto como lo desees, por supuesto.
–Mi visita es de índole puramente social. He venido a presentar mis respetos, largamente demorados, a lady Granville. He lamentado profundamente no haber podido asistir a vuestra boda.
Cato bebió un sorbo de vino y asintió de forma vaga. Era probable que Brian lo ignorase, pero él sabía que no había podido asistir a la boda porque había estado preso en París, por deudas.
–Acabo de toparme con Olivia – siguió diciendo Brian-Se ha convertido en una joven mujer. Ya casi no quedan rastros de la niña que yo recordaba desde mi última visita.
–No – admitió Cato con aire sombrío-Ya casi no quedan rastros – dijo, tirando del cordón de la campanilla-Sin duda, necesitarás descanso y alimento después del viaje. Ah, Bailey, acompañe al señor Morse a una de las habitaciones para huéspedes y designe a alguien para que lo atienda durante su estadía.
El criado hizo una reverencia y se apartó para dejar salir a Brian por la puerta.
–Yo te acompañaré a la presencia de lady Granville después de que hayas tomado un refrigerio – dijo Cato.