La guerrera
Capítulo 12
La puerta se cerró tras ese visitante no deseado, y él se dejó caer de nuevo en la silla de roble tallado, cruzando las piernas y jugueteando con la pluma sobre la mesa con sus largos dedos. ¿Qué estaría haciendo Brian allí?
¿Estaría como espía del príncipe Rupert? Bien podría calcular el tamaño de la milicia de Granville y de su grado de preparación para la guerra. Sin embargo, esos datos no eran secretos. No vendría mal que los realistas supieran lo que cualquiera, en la región, podría averiguar sin dificultades.
Pero no tenían que saber del tesoro que se estaba acumulando en los sótanos del castillo Granville. No tenían que saber cuánto había recolectado Cato para el Parlamento. Cuando llegara el momento de sacarlo de allí rumbo a su destino, Brian Morse no podría estar en el castillo.
Una leve sonrisa apareció en la boca de Cato; levantó la copa. No era una sonrisa demasiado agradable. El tesoro mataría dos pájaros de un tiro.
Rufus Decatur estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de recuperar para el Rey las ganancias de su familia. ¿Qué no estaría dispuesto a hacer por apoderarse de la riqueza que Cato guardaba en el castillo? Sería una hermosa carnada para atraer a Rufus Decatur y hacerlo marchar directamente a un lazo que colgaría de las almenas del castillo Granville. Y
si la hija de Jack se convertía en un inocente peón del juego que jugaba Decatur, la captura de su secuestrador significaría la libertad de ella.
12
-Esta noche no llegaremos a Newcastle – dijo Will, alzando la vista hacia el cielo gris, turbio.
–No, tendremos que hacer vivac junto al camino – dijo Rufus, mirando la procesión de caballos. Los animales estaban más descansados que los jinetes que, en su mayoría, tenían los ojos enrojecidos y tenían resaca, se aferraban a las riendas y se balanceaban en la silla medio dormidos.
Portia cabalgaba junto a él. Tenía la mirada densa y lánguida. Hablaba muy poco, por deferencia a Will, según creía él. Esa mañana, cuando Rufus y su compañera de lecho habían salido al exterior, en ese amanecer grisáceo, el joven no había sabido dónde mirar. A Rufus, la incomodidad de Will le resultaba un tanto cómica, teniendo en cuenta que él había hallado su propio esparcimiento entre las jóvenes mujeres de Fanny pero debía considerar, por otra parte, que Will nunca había conocido antes a nadie como Portia Worth.
Si Rufus lo hubiese sabido, comprendería que el silencio de Portia tenía poco que ver con Will. A la luz fría de la mañana, había resurgido en ella, dura y fría como el cristal, la pregunta que se había afanado por ignorar en medio de los bulliciosos juegos de la noche anterior. ¿Qué sucedería ahora?
¿Ella pasaría a ser una alegre prisionera? ¿Alegre y resignada a su cautividad, en la cama de su secuestrador? No se sentía alegre ni resignada.
Lanzaba disimuladas miradas a Rufus y su expresión no le permitía adivinar nada. No había tenido mucha oportunidad de hablar a solas con él desde que se levantaron. Rufus había estado demasiado ocupado tratando de que sus soldados, después de la ebriedad y la disipación, volviesen a la disciplina militar. No se había mostrado demasiado benévolo al respecto, notó ella. Sin embargo, ninguno parecía resentido con las soeces maldiciones que les había soltado su irritado comandante.
El coronel Neath se acercó desde la retaguardia.
–Ay, siento como si tuviera el martillo de Tor dentro de mi cabeza –
dijo, echando una mirada desconfiada al cielo, tal como había hecho Will-Parecería que va a nevar.
–Sí – se limitó a decir Rufus-Tendrá que hallar un lugar protegido donde acampar. ¿Tenéis tiendas?
–Sí – respondió Neath-Tenemos todo lo necesario. Pero ¿usted no viene con nosotros, hombre?
Rufus negó con su cabeza.
–No, os dejaré a Will y a la mitad de mis hombres para que os acompañen a Newcastle. Los demás, volveremos a Rothbury.
Al oírlo, Portia lo miró. Era lo primero que había oído en relación con los planes de él, si bien no cambiaba mucho su situación a qué lugar fuesen.
Penny estaba tan habituada a mantener su lugar en medio de un grupo de caballos que casi no era necesario guiarla; Portia pronto se durmió cuando, de súbito, la cabalgata se detuvo. Se incorporó de golpe en la silla, sacudiéndose para despabilarse, y vio que habían llegado a un cruce de caminos.
–Aquí nos separamos, coronel – dijo Rufus, inclinándose para estrechar la mano de Neath-Ojalá nos hubiésemos conocido en otras circunstancias.
–Sí, lo mismo digo – dijo Neath, aceptando la mano-Le deseo buen viaje, hombre, pero no buena suerte.
Rufus se echó a reír y levantó la mano a modo de saludo.
–Que Dios lo guarde, Neath. Y que viva para luchar otro día más…
Will, esperaré tu regreso dentro de una semana. Si llegaras a demorarte en Newcastle, hazlo saber.
–¿Por qué habría de demorar? – preguntó Will con aire inocente.
–Porque en los cuarteles generales deben de presentarse muchas oportunidades – señaló Portia, con brusca franqueza.
Will se sonrojó y su caballo se movió inquieto sobre el sendero, percibiendo la incomodidad de su jinete.
–No fue mi intención molestarte – se apresuró a decir Portia.
La disculpa no hizo más que empeorar las cosas; Will enrojeció todavía más. Rufus se compadeció de él.
–Tendrás bastante que hacer, Will; no te quedará mucho tiempo para el retozo – afirmó, al tiempo que hacía girar su caballo hacia el sendero de la izquierda-Buen viaje.
–Buen viaje, Will- repitió Portia, mientras Penny seguía a Ajax por el estrecho sendero sin necesidad de que ella se lo indicara; lo mismo hicieron los quince hombres que regresaban con ellos.
Anduvieron un corto trecho, y Rufus se detuvo en la cima de una pequeña elevación para observar la procesión de prisioneros y escoltas que avanzaba por el estrecho sendero y se perdían de vista en un bosquecillo de árboles jóvenes. Luego, hizo girar a Ajax y emprendió de nuevo la marcha.
Portia ya estaba bien despejada y recordó lo que había dicho él antes:
–¿A este lugar se lo llama Rothbury? ¿Estamos pasando por las tierras de tu familia?
Durante unos instantes, Rufus no respondió y, cuando lo hizo, dijo en voz casi inaudible:
–Lo eran.
La amargura de su tono cortó toda posibilidad de nuevas preguntas.
Siguieron cabalgando, y Portia percibió cómo iba instalándose la oscuridad sobre él, como un manto negro. A ella se le acabó todo deseo de hablar.
Tras ellos, la conocida silueta robusta de George ocupaba un lugar en la cabeza de la cabalgata que avanzaba por el sendero. Nadie parecía tener ganas de hablar; lo único que se oía era el golpeteo rítmico de los cascos y el tintineo de los arneses.
Rufus reprimió esa espantosa compulsión. Él no desconocía el riesgo que significaba tomar ese camino, pero era el camino más corto de regreso
a la aldea Decatur, y lo había elegido bajo el influjo de la euforia que siguió al éxito de su ataque contra la tropa de Neath. Él se había creído a salvo de la locura pero, a medida que se acercaban a ese sitio, sentía que los negros zarcillos de la obsesión se enroscaban a su alrededor.
Cuando llegaron al lugar y él detuvo su caballo, supo que era impotente con respecto a su obsesión y no podía sino rendirse a ella. En el nombre de su padre, en honor de la memoria de su padre… No debía olvidar y no olvidaría.
Se volvió en su silla y dijo a George, en tono neutro:
–Te dejaré aquí. Yo seguiré hacia Decatur y más tarde me reuniré contigo.
La mirada perspicaz de George fue, a la vez, compasiva y afligida. Él sabía dónde estaban.
–¿Está seguro, señor?
Rufus hizo un breve cabeceo de asentimiento.
–¿Adónde vamos? – quiso saber Portia.
–Tú te quedas con George – afirmó Rufus.
Y sin añadir palabra, hizo girar a Ajax y se dispuso a saltar una pequeña valla que daba a un campo de rastrojos.
–Sigamos andando, muchacha – dijo George, acercándose a Portia-Más tarde el amo se reunirá con nosotros.
Ceñuda, Portia guardó silencio y permitió que Penny trotase apaciblemente. Al cabo de unos minutos, dijo:
–Me retrasaré unos instantes.
George asintió. En el campo, se obedecía sin complicaciones la llamada de la naturaleza. Portia se hizo a un lado, dejó pasar a la tropa y luego hizo galopar a Penny de nuevo por el sendero que llegaba hasta la valla.
El campo de rastrojos tenía una cuesta ascendente y, cuando Penny llegó a lo más alto, Portia vio a Rufus a poca distancia, en el borde de la colina. Montado sobre su caballo, tendía la mirada hacia el valle que estaba debajo. Permanecía completamente inmóvil y su silueta, en la tarde que moría, tenía una actitud tan amenazadora que Portia empezó a desear haberse quedado con George.
Estaba a punto de volverse cuando, de pronto, él giró en redondo sobre su silla. Los ojos que la contemplaban a través del espacio que los separaba eran como agujeros vacíos. La tenebrosidad de una terrible ira lo envolvía.
«Yo no sé nada sobre él.» Eso mismo le había dicho él el día anterior…
¿Había sido tan poco tiempo atrás? Hasta este momento, ella no había tenido idea cabal de lo cierto que era. La frágil intimidad de la noche que habían compartido, se hizo trizas como si fuese de cristal.
–Ven aquí, pues, y mira lo que has venido a ver – dijo él alzando la voz, en tono amargo y burlón.
Portia no quería ir y, sin embargo, tuvo que hacerlo. Se vio atraída hacia él como si ejerciera un hechizo endemoniado. Condujo a Penny cuesta abajo hasta que la yegua quedó al Iado de Ajax. El caballo temblaba, y su pellejo se ondulaba en el cuello y los flancos.
–De modo que tenías interés en echar un vistazo a la labor de Granville
– dijo Rufus-¡Bueno, mira, pues!
Señaló con el látigo. Portia miró hacia el valle y vio unas ruinas ennegrecidas. Lo que, en otro tiempo, habían sido ladrillos de suave tono rojizo, estaban chamuscados; se veían paredes derrumbadas, con sus bordes abruptos, que seguían dejando adivinar la forma de la mansión que antaño se elevara allí. Remates de chimenea volcados estaban esparcidos sobre el prado cubierto de hierbajos. Entre tejas de pizarra azul desparramadas, brillaban sobre la hierba fragmentos de los cristales de las ventanas. El parque, que en el pasado había estado cercado y cuidado, era ahora un matorral silvestre, una confusión de arbustos rotos y, lo que en otros tiempos fuera un pulcro camino de grava que iba hasta el grandioso frente isabelino, estaba tapado con malas hierbas.
Portia contempló tanta destrucción en atónito silencio.
–Yo nací en aquella casa – comenzó a decir Rufus en voz colérica, fijando su mirada despiadada en el semblante pálido de ella-Yo tenía ocho años cuando los Granville asesinaron a mi padre, de pie ante la puerta principal de su propia casa. Ocho años cuando incendiaron una casa cuyos cimientos habían sido excavados en esta tierra antes de la Conquista. Ocho años, cuando los Granville empujaron a los Decatur hacia las colinas, como si hubiesen sido animales salvajes.
–Jack me contó que tu padre se había suicidado – dijo Portia, sintiendo su garganta tan reseca que apenas podía hablar-George Granville no mató a tu padre: él mismo se mató.
–Sí, se mató para evitar el deshonor que significaba la muerte de un traidor – afirmó Rufus-Se mató para que su hijo no viese que su padre era
conducido a Tower Hill por un crimen que él no había cometido. Yel hombre cuya mano había estrechado como amigo, más de veinte años antes, lo mató como si él mismo hubiese disparado la pistola.
Portia echó una mirada al rostro de él y después apartó la vista para contemplar la casa en ruinas. Era imposible mirar ese semblante sin quedar aterrada por su expresión. Rufus daba la impresión de no registrar la presencia de ella junto a él.
–En recompensa por su traición, George Granville recibió la administración de todas las rentas de las propiedades Rothbury – dijo, y siguió hablando como si se dirigiera al aire que rodeaba a Portia-Yo tenía la intención de obligar a Granville a devolver esas ganancias, a cambio de su hija. Y, en cambio…
Se interrumpió, miró a Portia con expresión inescrutable y luego siguió diciendo, en un tono suave que contradecía la ferocidad de sus palabras:
–Juré tomar venganza en nombre de mi padre y, si Dios me ayuda, lo haré. Veré arrastrarse a esa rata de albañal, en pago por la traición de su padre.
Horrorizada, Portia comprendió que lo decía muy en serio. y, al mismo tiempo, con dolorosa simpatía, pudo comprender lo que él había perdido.
Sin su padre desde los ocho años, despojado de sus derechos de nacimiento, obligado a crecer en el ríspido mundo donde no regía la ley, fuera de la sociedad. Un niño que había visto morir a su padre de una muerte espantosa.
–¿Y tu madre? – preguntó ella, insegura.
–Murió al dar a luz a mi hermana, cinco meses después de que nos echaran de aquí – respondió él en tono sombrío, remoto-Murió porque nadie acudió a asistir a una perseguida, a la viuda de un condenado por traición. La niña murió pocas horas después.
–Oh, Dios.
Portia trató de alejar las imágenes de ese niño que veía a su madre, escuchaba sus gritos de dolor del parto y observaba impotente sus sufrimientos, hasta la muerte de ella que lo había dejado como un huérfano sin hogar.
Aun así, estaba mal. Jamás acabaría si Rufus seguía preso del deseo de venganza. Eso rebajaba a todos por igual.
–Cato no ha matado a tu padre – dijo ella – Él era un niño, igual que tú.
No puedes culparlo por las acciones de su padre.
–Así habla una Granville – dijo Rufus en voz queda – Es curioso que yo haya podido olvidar, un par de veces, que lo eras.
–No puedo evitarlo – dijo Portia – No puedo cambiar mi sangre, Rufus.
Él no respondió y siguió con la vista clavada abajo, en las ruinas de su hogar. Portia pronunció la única verdad posible:
–Yo no puedo evitarlo, y tú no puedes olvidarlo, Rufus. No hay lugar para mí en la aldea Decatur. No te sirvo como rehén, y no puedo ser cualquier otra cosa para ti. Yo siempre seré el enemigo.
Él volvió la mirada hacia ella, con expresión sombría.
–Estás a una hora de caballo, hacia el sur, del castillo Granville. Vuelve a tu casa, vuelve junto a la chimenea de Granville; ése es tu lugar.
Portia guió a Penny cuesta abajo, volvió al prado y tomó hacia el sur.
No miró atrás; aun así, seguía viendo en su imaginación al jinete sobre su caballo, en lo alto de la loma, solo con su venganza.
Ella, en cambio, estaba sola, simplemente. Regresaba a un lugar donde la esperaba una incierta bienvenida, y donde la torturaría el recuerdo de esos momentos en los que, aunque fugazmente, había pertenecido a un lugar.
El trayecto desde Decatur pasó como en una niebla. Portia tuvo necesidad de preguntar el camino varias veces, pero muy rápido llegó a las tierras de Granville. No había pasado mucho más de una hora desde que había dejado a Rufus, cuando vio la masa grisácea del castillo Granville, sobre la colina que estaba al otro lado del valle. No supo cómo definir lo que sentía. Su infelicidad había ido incrementándose con cada kilómetro que se interponía entre ella y Rufus Decatur. Se sentía como si la hubiesen arrojado fuera, al frío, como un pájaro recién nacido al que hubiesen echado del nido. Y era inútil que se dijera que ella misma había aludido al tema…
que ella se había marchado por propia decisión. Ninguna de las numerosas desgracias que había sufrido en su niñez la habían preparado para este sentimiento de desolación.
Llegó hasta la puerta de torniquete y el centinela le lanzó una mirada suspicaz. Ella se identificó y, al hacerlo, causó un efecto galvanizador. El portón se abrió y el centinela asió las riendas de Penny, gritando por encima del hombro:
–Que venga el sargento Crampton. La muchacha ha vuelto.
Portia desmontó, abatida, y se detuvo en la caseta de entrada, esperando que saliera Giles. Era un recibimiento muy poco ceremonioso para tratarse de una rehén que regresaba milagrosamente.
Apareció Giles. Encontrado en mitad de la cena aún llevaba una servilleta de cuadros. Se quedó mirándola, boquiabierto, y pasaron unos instantes hasta que logró preguntar:
–¿De dónde has salido?
–Me escapé – dijo ella-¿Por qué me retiene aquí, sargento?
Intentaba mostrar cierta altivez, y causó cierto efecto en el sargento.
–Lord Granville está cenando – dijo él, bufando-Pero, será mejor que entremos. Ven conmigo.
Portia iba a decirle que conocía perfectamente el camino hasta el salón comedor, pero se contuvo y se dejó escoltar como una prisionera que ha escapado.
En el comedor, Cato intentaba, sin mucho entusiasmo, entretener a Brian Morse. Desde el primer instante de la visita de éste, Diana se había transformado. Brian había llevado consigo el olor santificado de la corte. Su vestimenta era moderna, sus modales, complicados y corteses, con un fuerte atisbo de coqueteo que lo hacía más picante. Diana se sentía en su elemento, estaba radiante y resplandeciente. Cato, no.
–Brian, si quieres ir de cetrería, yo puedo… – decía Cato, y se interrumpió al oír voces al otro lado de la puerta.
Reconoció el tono vigoroso de Giles Crampton; cuando la puerta se abrió, se puso de pie con indisimulada ansiedad.
El sargento llenó el vano de la puerta.
–Le ruego me perdone por interrumpir su cena, milord, pero…
–No importa, Giles – cortó Cato, dejando caer la servilleta. Vio la silueta de Portia, cubierta con una capa, tras la corpulencia del sargento-Ven, vamos a mi habitación. Te ruego me excuses, querida.
Hizo un cabeceo apresurado en dirección a su esposa y fue hacia la puerta. Allí se detuvo, estupefacto.
–¡Portia! ¡Buen Dios, muchacha! ¿Cómo has llegado?
–Apareció, simplemente, milord – respondió Giles, antes de que la aludida pudiese hablar-Se presentó ante el portillo sin una palabra de advertencia.
–Quizá fuera difícil anunciar su llegada – señaló Cato remarcando las palabras, mientras intentaba absorber esta extraordinaria reaparición, y su posible significado-¿Estás bien, hija? ¿No te han hecho daño?
Portia negó con la cabeza pero dijo, con absoluta sinceridad:
–No, pero admito que estoy fatigada, señor. Es una larga historia.
–Sí, me imagino. Ven, hablaremos en privado.
–¿De qué se trata, milord? – se oyó la voz cargada de curiosidad de Diana desde la mesa, a espaldas de ellos.
–Portia ha regresado – respondió Cato-Esto es extraordinario… bueno, mientras ella no me haya relatado lo sucedido, no puedo decirte nada, querida mía.
Cerró con gesto firme la puerta a sus espaldas y, casi en el mismo movimiento, empujó a Portia delante de él; ambos avanzaron por el corredor hacia la torre, seguidos por Giles.
Dentro, con la puerta cerrada, Cato observó a Portia con el mismo aire de atónita perplejidad.
–¿Qué sucedió?
–Yo no era la persona que ellos querían – respondió ella-Pero supongo que eso ya lo sabe.
–Sí, deduje que ese canalla de Decatur quería a Olivia – dijo, entornando los ojos-¿Cómo te han tratado?
Portia negó con la cabeza.
–El secuestro, en sí mismo, fue violento, pero no tengo queja del trato recibido una vez que llegamos a la aldea Decatur.
Lo dijo mirándolo a los ojos.
–Ella dice que se ha escapado, milord – dijo Giles, mirándola con recelo.
Portia vaciló, y Cato entornó los ojos.
–Es verdad.
¿Cómo podía explicar la verdad?
–Vino en una yegua pura sangre, milord – señaló Giles. Él seguía mirando a Portia con evidente suspicacia.
–¿Un caballo de Decatur?
–Sí – respondió Portia.
–¿Lo robaste?
–Supongo que ésa es la palabra – dijo ella. Se tambaleó un poco y se aferró al respaldo de una silla. No estaba en condiciones de soportar un interrogatorio. Al menos, esa noche – Para mí, fue como tomarlo prestado.
–No es fácil escapar de la aldea Decatur – puntualizó Giles – Tal vez, ellos miraron para otro lado.
Portia lo miró, confundida. ¿Qué estaría insinuando?
–El caballo debe ser devuelto – afirmó Cato – No le daré a Decatur la oportunidad para que me acuse de robo.
–Podríamos llevarla buena parte del camino a Decatur y después dejar que haga el resto del trayecto sola, señor.
–Sí, con un mensaje para el amigo Decatur – dijo Cato, sombrío. Se volvió hacia Portia – ¿Qué pasó con tu ropa?
Portia bajó la vista y contempló su poco ortodoxo atuendo.
–Las mías quedaron arruinadas durante el secuestro – explicó-Estas son las únicas que encontraron en la aldea Decatur. Allí no hay mujeres –
agregó.
Cato asintió.
–He oído hablar de eso – dijo, mirándola con atención-Mientras estuviste allí, ¿te enteraste de algo útil?
–No sé qué le parecería útil a usted, señor.
–¿Te dio la impresión de ser un campamento militar?
–Sí, señor, y muy organizado. Y están bajo la bandera del Rey.
Ceñudo, Cato se quedó mirando a Portia, con su indecente atavío, su cabello convertido en un embrollo enredado por el viento. ¿Estaría diciéndole la verdad en relación con su huida? Había en ella cierto revelador titubeo. ¿Era posible que este asombroso regreso formara parte de un plan más complejo de Decatur? ¿Cómo podía una muchacha tan menuda habérselas ingeniado para escapar de la fortificación Decatur? Y robar la yegua de Decatur. No podía descifrar la conducta de esa muchacha. Era la hija de su hermano y le miraba, ahora, con los mismos ojos que su hermano.
¿Podría confiar en ella? No lo sabía.
Notó que los nudillos de las manos de Portia se habían puesto blancos apretando el respaldo de la silla, también notó sus grandes ojeras. Fuera cual fuese la razón de su vuelta, ella estaba realmente agotada.
–Más tarde hablaremos largo y tendido – dijo, indicándole la puerta con un ademán-Olivia se alegrará de verte. Está preocupada por ti; he sabido
por lady Granville que está enferma y en cama. ¿Por qué no vas a verla ahora?
–Por supuesto, señor.
En pantalones, Portia no podía hacer una reverencia; sólo hizo un torpe cabeceo.
En cuanto abrió la puerta del cuarto de Olivia, se olvidó de su propia infelicidad.
Olivia, con los ojos cerrados, el rostro más blanco que las almohadas, estaba tapada con las mantas hasta el mentón. Estaba quieta como si estuviera en un ataúd; el corazón de Portia dio un vuelco al verla. Cato había dicho que estaba enferma, pero parecía estar al borde de la muerte.
–¿Olivia?
–¡Portia!
Olivia se incorporó de golpe en la cama, inmediatamente la ansiedad de Portia disminuyó: era obvio que la niña no estaba al borde de la muerte.
–¿Eres tú?¿De verdad, eres tú? – exclamó, abriendo mucho los ojos al ver el atuendo de Portia-¡Llevas pantalones!
–Sí, soy yo; en efecto, y llevo pantalones – contestó Portia, cerrando la puerta y acercándose a ella-¿Por qué estás en cama? Tu padre me ha dicho que estás enferma.
–Es verdad – confirmó Olivia, asiendo la mano de Portia y apretándola hasta causarle dolor.
–Ah, cuánto me a… alegro de verte. ¿Qué ha pasado? ¿Porqué llevas esa ropa?
Sus ojos negros se habían iluminado llenos de interés, y sus mejillas habían adquirido un tinte rosado. Portia se sentó en el extremo de la cama.
–Es una larga historia, patito.
–¡Cuéntamela! – exigió Olivia, apretándole las manos con más fuerza.
Portia se quedó en silencio un minuto. De súbito, sintió una necesidad abrumadora de contar sus desgracias, de volcar su corazón. Entonces, Olivia repitió:
–Cuéntame.
Y Portia se puso a hablar. Intentó quitar dramatismo a su relato, pero Olivia percibió la tristeza que se escondía tras el irónico tono de burla de sí misma. Y comprendió que Portia, a quien había creído tan fuerte, tan divertida, tan independiente, había sido herida. La muchacha que había
resultado ser una amiga tan firme para Olivia, ahora necesitaba a una amiga. Olivia sintió un impulso de calidez, de sentirse útil.
–¿Lo… lo a… amas? – preguntó, cuando Portia terminó de hablar.
Portia rió sin alegría.
–¿Que si lo amo? No sé qué es el amor, Olivia. Supongo que amaba a Jack, pero tal vez, simplemente, dependía de él porque no contaba con ninguna otra persona. No, no creo que sea amor lo vivido en mi breve encuentro con Rufus Decatur.
–Entonces, ¿qué fue? – insistió Olivia, sin dejar de oprimir las manos de Portia.
La mirada de Portia se perdió en la lejanía mientras sentía la calidez y la fuerza del reconfortante apretón de Olivia. ¿Qué había sido? ¿Pasión, excitación, curiosidad? Todas esa cosas. Y si había habido algo más, si ella había sentido el comienzo de algo más profundo, la posibilidad de algo más profundo, era evidente que Rufus no lo había sentido. Ella siempre sería el enemigo. Siempre estaría manchada por su propia sangre.
–Por cierto, no fue amor, patito – dijo, encogiéndose de hombros-No creo que haya amor en mi vida.
–Yo te amo – dijo Olivia con vehemencia, echándose hacia delante para estrechar el cuerpo delgado de Portia en un abrazo-Yo te amo.
–¡Oh, Olivia! – exclamó Portia, enjugándose los ojos cuando las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas-¡Mira lo que has logrado!
–A ve… veces es bu… bueno llorar – dijo Olivia, llorando, también.
Portia se entregó por un instante al abrazo de Olivia, luego se apartó.
–Es que estoy cansada y hambrienta – dijo, con débil sonrisa-No estoy llorando.
–Sí, Po… Portia – señaló Olivia, con una sonrisa igualmente débil.
–Vaya par que hacemos – dijo Portia, echándose a reír, recuperada un poco su habitual personalidad. Estudió el contenido de la bandeja que había quedado olvidada, en un costado de la mesa-¿Ésta es tu cena? ¿Cenamos juntas?
–Yo no tengo hambre – dijo Olivia, empujando la bandeja hacia Portia.
–¿Estás segura? – preguntó Portia, mientras arrancaba un trozo de pollo asado. Echó una mirada perspicaz a Olivia-Yo ya te he contado mis pesares; ahora, tú debes contarme por qué te ocultas aquí, haciendo creer que estás enferma.
–Bri… Brian – contestó Olivia, dejándose caer sobre las almohadas-Él está aquí.
–¿Qué problema tienes con él?
Portia arrancó la carne con los dientes y desechó el hueso; después eligió un ala, aguardando con paciencia a que Olivia perdiera la mirada en la distancia.
Olivia se debatió tratando de encontrar algo concreto que respondiera la pregunta de Portia, pero siempre sucedía lo mismo. Sólo detectaba el disgusto y el terror que le provocaba el simple hecho de pensar en él. Y, como siempre, cada vez que ella trataba de aclarar su confusión, se acobardaba. Era algo que no quería saber.
Sacudió la cabeza.
–No puedo decírtelo. No… no lo sé sé. Lo único que sé es que… que me gustaría matarlo.
Impotente, miró a Portia y vio que ella no parecía impresionada por sus sentimientos. Sentía que Portia era una persona muy sólida, que nada la sorprendía.
Olivia estiró la mano inconscientemente y tomó un pan de trigo candeal de la bandeja. Portia le ofreció la mantequilla y después pinchó un trozo de remolacha encurtida que había en un plato. Comieron en silencio unos minutos, hasta que Portia dijo:
–Yo no te haré el favor de matarlo, pero puedo enseñarte un par de tretas que conozco. Si tú quieres, puedes amargarle la vida.
A Olivia se le iluminaron los ojos.
–¿Qué tretas?
Portia sonrió con malicia. Todavía tenía los ojos un poco enrojecidos, pero el antiguo brillo había vuelto a ellos.
–Te lo diré. Pero antes, tienes que levantarte y ser un poco sociable. No podremos hacer gran cosa a Brian si estás escondida aquí.
Ahora, Olivia comía tarta de setas. ¿Portia sería rival digna de Brian Morse? Ella se sentía por entero impotente cuando lo veía, como un ratón herido ante un gato. Pero, quizá, con Portia a su lado, ella podría ser fuerte, de algún modo podría resguardarse de su vileza.
–Muy bien – dijo – Mañana por la mañana me levantaré.
–¡Bravo! – aplaudió Portia.