La guerrera
Capítulo 21
el negro túnel. Le pareció más oscuro aún de lo que ella recordaba, y ya sentía un frío intenso.
Titubeó, con la puerta abierta tras ella. Todavía no era tarde para volver, para olvidar toda esta locura. Le sonaron los dientes, y comenzó a temblar de frío. Si regresaba ahora…
Aun mientras Portia pensaba en esto, pensaba en la camisa seca que la aguardaba entre las raíces del roble, estaba empujando suavemente la puerta para cerrarla tras ella y avanzaba por el túnel tanteando las paredes como había hecho la vez anterior. La nave del sótano se abrió sobre su cabeza.
Ahora, estaba vacía. Portia fue hacia la abertura que se hallaba en la pared más alejada, que la llevaría hacia la escalera. Se movía rápida y silenciosa, sin pensar.
Con un tenue susurro, la puerta se abrió con tanta facilidad como en la ocasión anterior, y Portia se encontró en el conocido fregadero. Reinaba un silencio profundo. No había fuego en el hornillo, y hasta el reloj estaba en silencio. Atravesó el fregadero a la carrera, en dirección a la escalera trasera. Cuando cruzaba la cocina, oyó un ruido, un paso arrastrado, un murmullo. Se paralizó contra la pared, rogando que su ropa oscura la disimulara en la cocina en sombras. Volvió a oír el sonido y entonces se aflojó: alguien estaba roncando. Era de suponer que alguno de los ayudantes de cocina se había dormido sobre un banco, cerca del horno vacío.
Se escurrió hacia la escalera con la agilidad de cualquier espía en campamento enemigo, y subió corriendo. La escalera daba a un corredor poco frecuentado que se cruzaba con el pasillo principal, donde se encontraban los dormitorios familiares.
Portia había olvidado, casi, que tenía frío y que estaba mojada. La excitación y el terror le habían dado calor y la impulsaron a seguir moviéndose hacia la puerta del cuarto de Olivia. Levantó el pestillo, se escabulló al interior y, cuando cerró la puerta tras ella, notó que su corazón latía con tal violencia que parecía querer escapársele del pecho.
21
-¿Qué pasa? ¿Quién está ahí? – irrumpió en medio de la oscuridad la voz asustada de Phoebe.
–Tranquila: soy yo – susurró Portia, respondiéndole.
–¡Portia! ¿Eres tú?
Olivia se incorporó de golpe en la cama, y su camisón era un resplandor blanco en medio de las sombras que proyectaban las cortinas de la cama.
–Sí. No habléis.
Portia fue corriendo hasta la cama, donde las dos niñas estaban sentadas, una al Iado de la otra, mirándola atónitas.
–Está muy bien decir: «Soy yo» – dijo Phoebe, con cierta indignación-.
¿Cómo se te ocurre que podíamos esperar verte?
–Claro que no podíais – admitió Portia-. Pero, por favor, habla bajo.
–¿Estás toda mojada? – preguntó Phoebe-. Estás mojando el suelo.
–Tuve que cruzar el foso a nado – respondió Portia temblando, rodeándose el pecho con los brazos-. Y, al parecer, no recibo una bienvenida acorde con mis esfuerzos.
–¡Oh, Portia, cIa… claro que sí! – dijo Olivia, saltando de la cama y rodeando a la otra con los brazos en un abrazo impulsivo-. ¡Oh, estás helada! ¡Estás calada hasta los huesos!
–Ya lo sé – dijo Portia, sombría-. Os he traído un poco de fruta.
Sacó el obsequio de los bolsillos y lo dejó sobre la cama.
–Quítate la ropa – dijo Olivia, mientras comenzaba a tirar del jubón de Portia-. Así podremos tratar de secarla.
Phoebe se había bajado de la cama y estaba rebuscando en el armario de la ropa blanca.
–Aquí tienes una bata de lana que puedes ponerte.
–¡Oh, gracias! – exclamó Portia, quitándose deprisa el jubón mojado y frío y los pantalones-. La ropa mojada es lo más asqueroso que hay.
–Aquí tienes una to… toalla.
Portia se frotó hasta quedar seca y, de súbito, tuvo el vívido recuerdo del momento en que Rufus le había hecho friegas para devolverle el calor y la vida a su cuerpo exangüe, después de que ella había estado perdida en la tormenta de nieve. Si lograba entrar en calor lo suficiente, sería capaz de encontrar la ironía de la actual situación.
Metió las manos en las mangas de la bata que Phoebe sostenía y envolvió ceñidamente su cuerpo en ella. Al fin, sus dientes dejaron de castañetear.
–Os he traído un poco de fruta – dijo, de nuevo, señalando hacia la cama-. Sé que no es mucho, pero no he podido traer más.
–Yo no entiendo nada – dijo Phoebe, dándole un entusiasta mordisco a la pera-. Está muy buena… ¿Cómo diantres has podido llegar hasta aquí? Si nadie puede salir, ¿cómo es que tú has podido entrar?
–Hay un modo de entrar – dijo Portia, al tiempo que se sentaba en el poyo de la ventana-. Pero no puedo deciros cuál es. Yo sentí la necesidad de saber cómo estabais. Estaba preocupada.
–Es horrible – dijo Olivia, retrepándose a la cama-. No podemos cocinar nada porque no hay agua.
–Y sólo tenemos cerveza para beber – intervino Phoebe-. Y lord Granville está furioso todo el tiempo, y Diana le echa la culpa a él por todo pero, como no lo dice, por supuesto, se descarga con nosotras. Es de lo más molesto.
Terminada su queja, Phoebe arrojó el corazón de la pera al hogar vacío y eligió una manzana con esmero.
–Y hace mucho calor – dijo Olivia-. Por culpa del humo, no po…
podemos abrir las ventanas. Y mi padre no nos deja salir por miedo a las flechas.
–¿Tú piensas que terminará pronto? – preguntó Phoebe, mirando a Portia con perspicacia.
–No sé – respondió Portia-. Y no puedo hablar sobre esto.
Arrugó su frente un profundo ceño: mantener su lealtad a Rufus y proporcionar consuelo a sus amigas resultaba más difícil de lo que ella había imaginado. No había pensado que iban a formularle esa clase de preguntas; supo que debería haberlo pensado.
–No puedes hablar al respecto porque tú eres el enemigo – comentó Phoebe, con su habitual estilo directo.
–¡Portia no es el enemigo! – exclamó Olivia en tono indignado-. ¿Cómo pu… puedes decir algo semejante?
–Si hablamos en términos estrictos, Phoebe tiene razón – dijo Portia-.
Pero yo no he venido aquí a hablar de la guerra. Al menos, no directamente.
He venido porque quería saber cómo estabais. Y… y… bueno, quería conversar con vosotras.
–¿Te sientes sola estando en el ejército? – preguntó Phoebe.
Portia se encogió de hombros. La llaneza de Phoebe lindaba con la falta de tacto pero, al mismo tiempo, tenía un modo asombroso de identificar la verdad.
–No pensé que iba a sentirme así pero, sí, un poco.
En ese momento comprendió que siempre había estado sola, siempre dependiendo únicamente de sí misma, incluso cuando Jack vivía. Y, como se había convencido de que no necesitaba compañía, no la había echado de menos. Pero Olivia y Phoebe le habían proporcionado una vislumbre de lo que podría brindarle la amistad de las muchachas; era algo que ninguna pasión, ningún amor entre hombre y mujer, por grande que fuese, podría reemplazar.
–¿Y qué sucede con lord Rothbury? – insistió Phoebe en la misma forma directa-. ¿Ya no eres su amante?
–Voy a tener un hijo de él.
A Portia se le escapó la novedad.
–¡Oh! – exclamó Olivia, con los ojos redondos como platillos-. Pe…
pero tú no estás casada.
–No es preciso que lo estés, patito – replicó Portia con amargura-. Y yo soy la prueba palmaria de ello.
–Pero ¿no vas a casarte? – preguntó Phoebe-. ¿No lo harán antes de que nazca el niño?
–No lo creo – respondió Portia, mirándose las manos que retorcía sobre el regazo-. Todavía no se lo he dicho a Rufus, pero… – Levantó la vista, forzando una breve risa apesadumbrada-. Yo no pertenezco a la clase de mujer adecuada para ser una condesa. ¿Pueden imaginarme como lady Rothbury?
–Pero el conde es un bandolero.
–Ya no lo es. El Rey ha perdonado a la casa de Rothbury y ha ordenado la restitución de sus tierras.
Portia tuvo en cuenta que no sería traición divulgar esa noticia. No era un secreto pues, si Cato aún no lo sabía, muy pronto se enteraría.
–Yo pienso que harías una condesa maravillosa – afirmó Olivia, resuelta.
–¿Y querrás serIo? – volvió a preguntar Phoebe con su acostumbrada agudeza-. Tú siempre habías dicho que no eras convencional, que querías ser soldado, que hubieses preferido no ser una chica.
–Sí, bueno, es evidente que la naturaleza no está de acuerdo conmigo –
respondió Portia con cierta acritud-. De lo contrario, yo no tendría este problema tan femenino.
El pequeño reloj dorado que había sobre la repisa de la chimenea dio las tres y Portia se sobresaltó como si la hubiesen pinchado.
–¡Tengo que irme! No me había dado cuenta de cuánto tiempo me ha llevado llegar hasta aquí.
Se quitó la bata y volvió a ponerse las ropas mojadas, temblando.
–¿Nadie sabe que estás aquí?
–Sólo vosotras dos. ¡Y no debéis decir nada!
–¡Claro que no diremos nada! – exclamó Phoebe.
–¿Vendrás otra ve… vez?
–Si puedo, sí – respondió Portia, mientras se abotonaba el chaquetón-.
Pero no sé que pasará ahora – aclaró, mirándolas con aire de impotencia-.
Ojalá pudiera hacer algo por vosotras.
–La fruta estaba maravillosa – dijo Phoebe para consolarla, y agregó, con franca curiosidad-: ¿Te sientes descompuesta? He oído decir que el embarazo provoca náuseas.
–Casi todo el tiempo – respondió Portia, haciendo una mueca-. Desde que me levanto hasta que me voy a dormir.
–Oh, qué horrible. Me alegro pensar que no voy a casarme – dijo Olivia, acercándose a besar a Portia.
–Pero Portia no va a casarse – señaló Phoebe-. La causa de estos problemas es la pasión, no el matrimonio.
Portia rió entre dientes y su depresión empezó a aliviarse.
–Cuánta razón tienes, Phoebe. Permanece virgen y no tendrás nada que lamentar. – Sopló un beso a ambas desde la puerta-. Esta guerra no será eterna. – Entonces comprendió que le faltaba preguntar lo que había venido a pedir-: ¿Seréis las madrinas del pequeño?
–Por supuesto – dijo Olivia.
–Cuando llegue el momento, envíanos tu sortija y nosotras nos reuniremos contigo… de algún modo – afirmó Phoebe.
Por primera vez, a Portia no le pareció que la idea fuese antojadiza y poco realista. Había elegido dos madrinas para su hijo, y sabía que sus amigas encontrarían la forma de cumplir con ese compromiso. Hasta el hijo bastardo de una bastarda podía contar con amigos en posiciones elevadas. Y
Olivia y Phoebe, se casaran o no, jamás carecerían de las comodidades mundanas.
Dentro de su pecho sintió un sitio cálido que la protegió del frío y del miedo, mientras ella se escurría sigilosamente por el corredor, atravesaba el fregadero y se metía en el negro túnel. Tuvo la impresión de que le llevaba mucho menos tiempo que cuando había llegado; en pocos minutos, estaba en la puerta que daba al foso.
Por el lado de dentro, la palanca no estaba disimulada puesto que no era necesario ocultarla a aquellos que la usarían. Portia la levantó con suavidad y empujó. La puerta se abrió. Todavía era de noche pero, más allá de la negrura total del túnel, se veía una oscuridad menos densa. Pudo distinguir las tiendas de los sitiadores al otro lado del foso y las antorchas parpadeantes de los vigías. Las hogueras junto a la muralla estaban extinguidas y el humo era menos espeso y acre.
Se zambulló en el foso y el agua le pareció tibia, casi, a través del frío pegajoso de la ropa mojada. Se estiró para volver a cerrar la puerta y, en ese momento, su cuerpo quedó recortado contra el gris de la pared pues una antorcha arrojaba su luz sobre las aguas quietas y oscuras del foso.
Portia sintió la luz en la espalda y se sintió expuesta como si fuese una mancha negra sobre un papel blanco. Su corazón martilleó dentro del pecho. No se atrevió a moverse. Entonces, oyó el grito y supo que estaba perdida, que estaban dando la alarma. Se oyeron gritos excitados, pies que corrían, la luz intensa de más antorchas. Portia se deslizó dentro del agua pues no se le ocurrió qué otra cosa podía hacer. Cuando la piedra se cerró sobre su cabeza, restalló un mosquete y la bala se estrelló contra la pared, detrás de ella. Desesperada, nadó bajo el agua tratando de orientarse.
¿Estaba yendo hacia la orilla? Las balas de mosquete silbaron sobre el agua y comprendió que estaban esperando el momento en que su cabeza emergiese del agua y les ofreciera un blanco propicio. Sus pulmones estaban a punto de reventar.
Cuando sintió que ya no podía más, que tendría que aspirar aire o agua, levantó la cabeza. Alguien gritó desde la orilla, el arma disparó otra vez y la bala dio al Iado de su cabeza, salpicándola. Se hundió de nuevo después de haber aspirado una bocanada de aire. Ese segundo le había permitido recuperar el sentido de dirección y, además, le había dado la ocasión de ver que había tres hombres en la orilla, con los mosquetes amartillados. Si ella lograba que disparasen los tres al mismo tiempo, tendría tiempo de darse a conocer mientras ellos recargaban las armas.
Portia había abandonado toda esperanza de escapar. Ahora, sólo quería conservar la vida. Levantó la mano fuera del agua. Disparó un mosquete.
Levantó la otra mano y obtuvo como respuesta otro disparo. Entonces, levantó la cabeza y se zambulló de inmediato bajo el agua. El tercer tiro dio en el agua, tan cerca de su cabeza que pudo sentir el olor de la pólvora.
Levantó la cabeza y gritó la contraseña de ese día. Después, gritó:
–¡No disparéis! – Mientras, se acercaba chapoteando a la orilla, haciendo todo el ruido que podía, como demostrando que se entregaba.
Los tres centinelas se agacharon y la sacaron a la orilla. Ella quedó tendida boca abajo, jadeando, ahogándose con el agua que había tragado en los últimos instantes de desesperación. Ellos permanecieron junto a ella.
Portia veía sus botas. Hasta que uno de ellos la empujó con el pie, dándole la vuelta. Ella levantó la vista y vio rostros desconocidos: no eran hombres de Decatur sino miembros del batallón del príncipe Rupert, y no la conocían.
–Pertenezco a la milicia de Decatur – dijo.
–¿Y qué hace un soldado de Decatur saliendo del castillo? – quiso saber uno de los hombres, volviendo a empujarla con el pie.
–Estoy seguro de que muy pronto responderá todas las preguntas – dijo uno de sus compañeros-. Llevémoslo con el capitán.
Dos de ellos se inclinaron, la tomaron de abajo de los brazos y la hicieron ponerse de pie.
–Yo sé caminar – protestó ella, pero no le hicieron caso y siguieron arrastrándola a través del campamento dormido, hasta la tienda donde se alojaba el capitán de la guardia.
El capitán de guardia del batallón del príncipe estaba sentado sobre un barril de cerveza y jugaba a los dados con su inmediato inferior. Él levantó la vista, interesado, cuando los centinelas entraron con su prisionero.
–¿Qué tenemos aquí? – dijo, empujando hacia atrás el taburete de lona, poniéndose de pie y acercándose a Portia, a quien habían arrojado al suelo, de rodillas.
–Lo sorprendimos saliendo del castillo, señor. De la muralla, saliendo de alguna puerta secreta. Estaba cruzando el foso a nado.
–Muchacho flaco – observó el capitán. Asió con una mano el cuello de la ropa de Portia y la obligó a levantarse-. Bueno, oigamos tu historia, muchacho.
Portia negó con la cabeza y la mano del capitán se estrelló contra su boca, cortándole el labio con su pesada sortija de sello y aturdiéndola.
–Vamos, vamos – dijo él, persuasivo y malicioso-. Pronto cantarás.
¿Quién eres?
Portia se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano.
–Estoy con la milicia de Decatur.
El capitán volvió a golpearla en la mejilla y ella se mareó y cayó de rodillas.
–Mande buscar a lord Rothbury – boqueó, entre lágrimas de dolor que le oprimían la garganta. Nunca la habían tratado de ese modo y, junto con el terror, le sobrevino una oleada de rabia al ver que alguien tenía la audacia de emplear con ella una violencia tan innecesaria-. Él responderá por mí.
Se hizo un momento de silencio, hasta que el capitán dijo:
–¿Qué sabes tú de lord Rothbury, muchacho?
–Ya se lo he dicho, estoy en su milicia – repitió Portia, obstinada. Se tambaleó.
El hombre vaciló, sin saber cómo proceder ante la aparente seguridad de su prisionero.
–Está bien – dijo, al fin-. Pero, si resulta ser una estratagema, lo pagarás, muchacho – amenazó, volviéndose hacia uno de los centinelas-. Ve a despertar a lord Rothbury. Los demás, podéis volver a vuestros puestos.
La llamada urgente del centinela despertó a Rufus de su sueño. En un solo movimiento, se había sentado y levantado del catre, y había recogido sus pantalones.
–¿Qué pasa?
–El capitán de la guardia me ha enviado, milord. Hemos apresado a alguien que salió del castillo, señor, y cruzó el foso a nado. El capitán quiere interrogarlo, pero el prisionero dice que usted lo conoce.
–Parece interesante – comentó Rufus, mientras se vestía rápidamente.
Una persona escapada del castillo Granville era un acontecimiento interesante, por cierto.
Siguió al centinela a través del campamento y se agachó para entrar en la tienda de la guardia saludando, alegre:
–¿Y bien, qué tenemos aquí, capitán?
Ahí estaba Portia, un tanto tambaleante, de pie justo en el centro de la tienda.
Rufus observó su ropa empapada, su boca hinchada y sangrante, el hematoma que se hinchaba en su pómulo.
–En el nombre de Dios, qué… – empezó a decir, volviéndose colérico hacia el capitán de la guardia-. ¿Qué demonios es esto?
El capitán se encogió al ver la expresión furibunda del conde de Rothbury.
–Lo sorprendimos tratando de cruzar a nado el foso del castillo, milord.
Los centinelas lo vieron salir del castillo por una puerta disimulada. – Y, al ver que la expresión del conde cambiaba siguió, más seguro-: Él dice que usted lo conoce, milord.
Rufus hizo caso omiso del capitán. Se volvió hacia Portia, con su rostro duro, como de granito, y sus ojos vacíos de expresión.
–¿Qué estabas haciendo en el castillo?
Portia se tocó otra vez el labio con la punta de un dedo y lo retiró pegajoso de sangre.
–Fui a ver a Olivia y a Phoebe.
A esta altura, sería más sencillo decir la pura verdad, sin protestas ni defensas. Sin embargo, vio, con el corazón pesado, que Rufus ya se había alejado de ella.
–¿Cómo entraste?
Ni su voz ni su semblante tenían expresión. Era como si no tuviese el menor interés en la persona a quien estaba interrogando sino sólo en la información.
–Hay una puerta oculta – dijo ella, desdichada-. Yo la descubrí mientras estuve en el castillo.
Ahora sí, aquella inquietud profunda y sin motivo aparente quedó explicada. Ahora Rufus veía que todo encajaba en su lugar. Ella sabía de la puerta y no había dicho una palabra. El sitio podría haber terminado mucho antes si los sitiadores hubiesen podido entrar en el castillo por sorpresa. Ella tenía la información y no la había dado a conocer. Y sólo podía haber una razón para su silencio.
Él se convenció de que ella había estado engañándolo desde el principio. Ella había acudido a él ofreciéndole una información que lo convenciera de su sinceridad, pero Granville le había ofrecido el tesoro sólo como una manera de introducir un espía en su campamento. Era muy
simple y, sin embargo, él había caído en la trampa. Una sola vez había bajado la guardia ante una Granville y se habían burlado de él.
Desapareció el frío desapego y vibraron en su voz los temibles demonios de la ira, tan terribles que creyó que iban a desgarrarlo.
–Tú has empleado esa puerta para entrar en el castillo desde que comenzamos el sitio. Has estado visitando a tu familia, llevándoles información, brindándoles consuelo. ¿Qué tiene que decir Cato con respecto a…?
–No – gritó ella-. No, no es verdad. Ésta es la primera vez. Yo no te he traicionado, Rufus. Lo que quería era ver a mis amigas. Nada más.
–Usted perdone, milord, pero estoy confundido – intervino el capitán, inseguro-. ¿Éste es uno de sus hombres?
Rufus se estiró hacia delante y arrancó la gorra de la cabeza de Portia.
–No – dijo, distante-. Ella no es uno de mis hombres pero viaja con nosotros.
–Ah, sí – dijo el capitán, asintiendo para indicar que comprendía.
Era bastante común que algunas mujeres siguieran al campamento, pero no lo era ver a una vestida de ese modo. Lo que sucedía era que ésta pretendía algo mucho más siniestro que seguir al tambor-. ¿Y usted dice que ha estado espiando?
–Eso parece – repuso él, con la misma actitud remota-. Y no por primera vez.
–¡No, no es así! – se defendió Portia, percibiendo la desesperación en su propia voz. No podía creer que Rufus la hubiese negado ante el capitán, la hubiese rebajado al nivel de una prostituta-. Tú sabes que no lo he hecho.
Él no hizo caso de su defensa.
–¿No niegas que has entrado en el castillo por la puerta secreta?
–No.
–¿No niegas que sabías que, haciendo eso, estabas complotando con el enemigo?
–Olivia y Phoebe no son el enemigo – dijo ella en voz apagada, al comprender que no lograría convencerlo de la inocencia de sus intenciones.
Esta vez, no.
–Tú estuviste en ese castillo. Estuviste con el enemigo – replicó él, haciendo un gesto despectivo con la mano-. Tú juraste lealtad al estandarte Decatur y has traicionado ese juramento.
Portia negó con la cabeza, sintiendo que le palpitaban el labio y la mejilla.
–Por favor, Rufus…
–¿Llevaste algo al castillo?
Ella sintió la interrupción como el raspar de una lima en el hierro. Lo miró, acongojada.
–Fruta, nada más – respondió-. Se me ocurrió que debían de tener sed.
Así supo que, de esa manera, se había condenado a sí misma. El capitán se apresuró a decir:
–Eso es ofrecerle consuelo y socorro a los rebeldes, los enemigos del Rey. Es traición, y debe ser resuelta por el cuartel general.
Rufus miró directamente a Portia.
–¿Cómo he podido dejarme engañar así? – dijo-. Tú eres una Granville.
Tú llevas en tu sangre el germen del engaño y la traición.
Le dio la espalda y se alejó, con un gesto de disgusto.
–Es un tema para el cuartel general, milord – repitió el capitán-. Ella será enviada para ser interrogada en cuanto amanezca.
–Rufus… – suplicó Portia, extendiendo la mano. Él no podía abandonarla. No podía, estaba segura. Él miró por encima del hombro y dijo, con el mismo tono frío y distante:
–No puedo hacer nada por ti. Tú te has condenado sola.
Apartó la puerta de la tienda y se fue.
Portia clavó la vista en la puerta de la tienda, que aún se movía por el impulso que él le había dado al apartada. No podía creer que todo su mundo se hubiese derrumbado de manera tan súbita, tan completa y por una causa tan injusta. Pero ya estaban amarrándole las manos con una cuerda gruesa y áspera y la empujaban fuera, hacia la noche, y su mente se desbordó con la realidad de la prisión, con los horrores del interrogatorio que le aguardaba en York, con la muerte del espía en la horca al final de tanta agonía. Quiso gritar la injusticia que se cometía con ella, pero su lengua estaba paralizada.
La obligaron a sentarse al pie de un árbol, a unos metros de la tienda de la guardia y la ataron firmemente al tronco pasándole una cuerda por debajo de los brazos. Con el extremo libre de la cuerda que le sujetaba las muñecas, le ataron también los tobillos y la dejaron así, atada, temblando, esperando el amanecer.
Rufus atravesó el campamento andando. Estaba ciego y sordo, encerrado en su propio mundo, donde la ira ardía como un volcán y la herida era un foso negro, tan helado como su rabia era caliente. Algo perforó su trance y oyó su propia voz una y otra vez en su cabeza.
–No puedo hacer nada por ti.
Se convirtió en una cantilena que no dejaba entrar nada más, hasta que finalmente se detuvo, se dio la vuelta y fue en busca de Will.
Fuera lo que fuese lo que ella había hecho, él no podía condenarla a aquello que le aguardaba en York. La locura de su obsesión lo había impulsado a hablarle como lo había hecho, pero ahora ya había recuperado el control. Si bien la ira aún lo quemaba y el dolor seguía congelando cierto centro profundo de su ser, había recuperado el raciocinio y no podía olvidar lo que ella había sido para él, lo que ella había significado para él. No podía hacerse a un lado y dejar que le hicieran daño, y no podía verla morir. Ella era falsa y merecía cualquier castigo, pero él no podía permitirlo.
Incrédulo, Will escuchó el relato de lo ocurrido y no hizo ningún comentario pues había comprendido que el amo de Decatur había logrado controlar a sus demonios hacía escasos instantes. Escuchó sus órdenes y cruzó sigilosamente el campamento.
Portia apoyó la cabeza en el tronco del árbol. Le ardía y le palpitaba la cara y había perdido la sensibilidad en las manos. Cuando Will surgió de entre los árboles, desde atrás de ella, se limitó a mirarlo pues su boca estaba demasiado hinchada para moverla, aun cuando hubiese podido pensar qué quería decir.
Él se arrodilló y le cortó las ligaduras sin demora.
–Ven. Tienes que estar lejos de aquí antes de que vengan a llevarte.
Ella logró decir:
–No sé si podré andar.
Ni siquiera sabía si podía permanecer de pie. Su mente ya no podía seguir el hilo de los acontecimientos y su cuerpo, al parecer, se había rendido.
Will no replicó. La levantó sin dificultades y la llevó sobre el hombro, a media carrera, hasta la tienda de Rufus. Éste estaba aguardándola pero sus ojos seguían fríos y remotos mientras Will la depositaba sobre su catre y salía deprisa.
–Quítate esa ropa mojada, rápido – ordenó Rufus, indicándole una pila de ropa seca que había preparado -. Si aún estás aquí cuando amanezca, ya no podré salvarte. Date prisa.
Aturdida, Portia se desvistió y se puso las prendas limpias y un par de botas. El silencio que reinaba entre ellos era duro. Ella no podía mirarlo a la cara pues le resultaba imposible soportar el terrible desprecio y la traición que veía en sus ojos. Percibió que esa tremenda cólera había desaparecido, aunque este frío y despectivo desdén era peor. Aun así, no se atrevió a añadir una sola palabra más en su defensa.
George entró en el preciso momento en que ella se calzaba las botas.
–Los caballos están listos – dijo, y eludió adrede mirar a Portia.
–Tendrás que ayudarla a montar. Ella está agotada.
Era la primera vez que él tomaba en cuenta su estado y Portia sintió una fugaz esperanza. Pero, cuando miró hacia él, Rufus, por su parte, miró a través de ella como si estuviese hecha de aire.
George la levantó, del mismo modo que lo había hecho Will, la llevó fuera y la alzó para ponerla sobre Penny.
–Yo la guiaré. Tú sólo sostente del pomo – le indicó.
Portia obedeció. Rufus no había salido tras ellos de la tienda y ella no pudo reunir la suficiente energía como para preguntar a George adónde la llevaba. Cuando él chasqueó la lengua para azuzar a los caballos, Juno salió disparada de entre la maleza, ladrando excitada, irguiéndose sobre sus patas traseras, pidiendo que la subiesen a la silla. George no hizo caso de la perra y espoleó a su caballo para que echase a trotar.
–Por favor, George – suplicó Portia, percibiendo las lágrimas en su voz-. Juno…
George lanzó un terno.
–No tengo órdenes concernientes a esta maldita mascota.
–Por favor.
Él la miró bien, por primera vez al parecer, y la línea de su boca se ablandó. Entonces, tiró de las riendas y, cuando Juno saltó, se inclinó hacia ella, la sujetó por el pellejo del cuello y la levantó con brusquedad.
–Aquí está.
Entregó el animalillo a Portia, y ésta logró dedicarle una doliente sonrisa de agradecimiento. No sabía adónde iba pero tener a Juno con ella fue un consuelo instantáneo.
Las horas que siguieron pasaron como en una niebla. Ella no supo si dormía o, simplemente, estaba inconsciente parte del tiempo. Todo su ser estaba concentrado en sus manos, que aferraban el pomo de la montura. Si no lo soltaba, daba lo mismo que tuviese los ojos cerrados, la cabeza colgando, el cuerpo balanceándose. Su mente había dejado de funcionar. No podía pensar en lo que había sucedido o en lo que podría suceder. Existía sólo en el momento presente, en ese pequeño espacio de tiempo que contenía su cuerpo.
A duras penas tuvo conciencia de que pasaron junto a los puestos de vigilancia de la aldea Decatur. Los puestos estaban abandonados, los fuegos apagados. La aldea ya no era un establecimiento militar, y sus escasos ocupantes se conformaban con los pequeños actos del diario vivir que no representaban amenaza alguna para nadie.
George condujo a Penny hasta una construcción de piedra en las afueras de la aldea. Era pequeña y cuadrada, tenía las ventanas enrejadas y su única puerta era de roble macizo que cerraba por medio de una pesada barra que la cruzaba del lado de fuera: era la prisión Decatur.
Portia cayó, en cierto modo, en los brazos de George que se elevaron para ayudarla a desmontar. Se aferraba a Juno como si la perra fuese su único contacto con la vida. No vio lo que la rodeaba y se limitó a permanecer de pie, tambaleante, mientras George levantaba la barra de hierro y le abría la puerta. La hizo entrar en el interior oscuro que olía a moho. Había dos celdas. Eran ámbitos pequeños, de suelo de piedra, con rejas y en cada una había un camastro estrecho y un cubo. Era una prisión; allí no estaban previstas las comodidades.
–Entra, muchacha – dijo George, abriendo una de las puertas de reja y dándole un breve empellón para hacerla entrar en la celda-. Iré a buscar agua y pan. El amo dice que tendrás que quedarte aquí hasta que él decida qué hará contigo.
Portia se dejó caer en la cama. Había allí dos delgadas mantas y le supo a paraíso. Se envolvió en las mantas y se quedó inconsciente de inmediato, con Juno acurrucada junto a su pecho. No oyó a George, cuando éste volvió con una jarra de agua y una hogaza de pan, que depositó en el suelo de su celda, ella no oyó chirriar la llave en la cerradura ni la pesada barra al caer en su soporte en la puerta exterior.
Juno la despertó unas horas más tarde. Estaba oscuro y, por unos momentos, Portia no tuvo idea del lugar en que estaba ni quién era; mientras eso duró fue aterrador. La perra se rascaba y gemía ante la puerta trancada, desesperada por salir.
–¡Oh, Dios!
Portia se incorporó, recuperando el recuerdo de lo que había sucedido y sufriendo las ya conocidas molestias de la náusea. Sentía la cara rígida e hinchada y la boca al doble de su tamaño normal. Fue dando tumbos hasta el cubo y le acometieron arcadas pero, como hacía mucho tiempo que no comía, no pudo vomitar nada. Juno seguía gimiendo.
–No puedo hacerte salir.
Portia se puso en cuclillas sobre el frío suelo de piedra y, por primera vez, tuvo clara noción del aprieto en que estaba.
–Ninguna de nosotras puede salir.
Por la ventana enrejada, que estaba muy alta en la pared, llegaba una luz débil y difusa y ella dedujo que era de la luna. El silencio era absoluto.
¿Acaso la dejarían pudriéndose allí para siempre?
Era una idea espantosa, peor que pensar en lo que la aguardaría en York.
Se esforzó por controlar el pánico, tragó sus lágrimas y arrancó un trozo de pan. A veces, el simple pan le aliviaba las náuseas. Lo mordisqueó lentamente, sintiendo que se le asentaba el estómago. Juno se había sometido a la fuerza de la naturaleza y estaba acuclillada en el rincón más alejado de la celda, mirando a Portia con expresión de disculpa.
Entonces oyó un ruido. El roce de la pesada barra de la puerta exterior, que era levantada. La luz de una lámpara inundó el espacio y Portia no pudo contener un grito de alivio.
–Eh, ¿qué has hecho?
La voz cascada de Josiah fue, para Portia, el sonido más bienaventurado que pudo haber oído jamás. El viejo apoyó su lámpara sobre la mesa que estaba fuera de la celda de Portia. De la fuente tapada que él había apoyado al Iado de la lámpara brotaba un sabroso aroma. Josiah se acercó a la celda y la luz de la lámpara brilló sobre su calva cabeza redonda, tiñendo de rosado su esponjoso anillo de cabellos blancos.
–Será conveniente que saque a la perra fuera… oh, es demasiado tarde –
dijo, al ver el charco, y sacudió la cabeza, enfadado-. Yo eché una mirada
un par de veces y vi que ambas estabais completamente dormidas. Iré a buscar un lampazo.
–¿Podría dejarnos salir?
Portia se puso de pie y se acercó a los barrotes.
–George dice que sólo a la perra – respondió Josiah haciendo girar la llave en la cerradura y abriendo la puerta. Juno pasó corriendo entre sus piernas y el viejo volvió a cerrar-. Volveré con el trapo.
Salió del edificio arrastrando los pies, y Juno corrió delante de él. Portia se sentó en el catre y reflexionó sobre su situación. Era mejor de lo que había pensado hacía unos minutos pero, al parecer, debía quedar prisionera en ese diminuto espacio.
Josiah regresó con un cubo de agua y un lampazo que entregó a Portia, abriendo y cerrando la cerradura con gran precaución.
–Y bien, ¿qué has hecho? George no me lo dijo.
–En realidad, nada – respondió Portia, sombría, mientras limpiaba lo que había ensuciado Juno-. Pero Rufus cree que sí.
–El jefe no suele ser injusto – afirmó Josiah, sin creer en la afirmación de Portia, por lo que se veía-. En tantos años que lo conozco, desde que era un niño…
Abrió de nuevo la cerradura para llevarse el cubo y el trapo.
–No es necesario que siga abriendo y cerrando esta reja – dijo Portia, abatida-. No me iré a ninguna parte. ¿Dónde está Juno?
–Está fuera, correteando por ahí – respondió Josiah, observando el rostro macilento y golpeado de la prisionera, y luego volvió a la mesa dejando la reja sin cerrar-. ¿Quieres algo de comer?
Como solía sucederle en los últimos tiempos, el estómago de Portia le envió señales contradictorias, aunque ella sabía que necesitaba comer.
–¿Puedo salir para comer?
Josiah titubeó de nuevo, luego dijo:
–Si me prometes…
–No me iré a ninguna parte – se apresuró a repetir Portia, yendo al ámbito principal-. ¿Qué le dijo George?
–Sólo me dijo que el amo ordenó que tú debías permanecer en prisión hasta que él dijera lo contrario. Yo debo cuidarte, puesto que sólo quedamos los viejos aquí. – y levantó la tapa de la fuente-. Hay una cuchara para el estofado.
Portia comió de pie porque no había silla. Y, tras la primera cucharada, tomó conciencia de que se moría de hambre.
–¿Cree que podrá traer un poco de agua caliente para lavarme?
–Sí, debo traerte todo lo que necesites – dijo Josiah, asintiendo-. Vaciar el cubo y esas cosas… traerte agua y comida. Cuando venga mañana por la mañana te traeré vino o cerveza.
Portia dejó el cuenco vacío y volvió a su celda.
–¿Podría traerme algo para hacer? Papel, una pluma y tinta, quizás, y uno de los libros de Rufus. Me da lo mismo cualquiera.
Josiah dudó.
–¿Sacar cosas de su cabaña mientras él no está? Prefiero no hacerlo.
–No creo que a él le moleste – dijo Portia-. Y si se enfada, me echará la culpa a mí, no a usted.
Josiah frunció el entrecejo y sus ojos desteñidos contemplaron a la prisionera a su cargo. Parecía desesperada en su desdicha y él sólo podía recordar lo vibrante, dichosa y exuberante que había sido siempre. Fuera lo que fuese lo que había hecho, esta prisión en la aldea casi desierta ya era lo bastante dura como para recargarla de severidad.
–Supongo que podré -dijo tras unos instantes-. Debe de ser muy tedioso estar ahí, sentada, sola.
–Gracias – dijo Portia, con sonrisa tensa aunque agradecida.
Pero cuando Josiah hizo entrar a Juno y se marchó, y la barra de hierro cayó pesadamente en la puerta exterior, Portia se tendió sobre el catre, abatida por la desdicha.
Vio en su imaginación los ojos fríos de Rufus, oyó el amargo despecho en su voz, y le resultó insoportable que él creyese lo que había creído de ella. Ella lo amaba, y se había atrevido a creer que él también la amaba. Sin embargo, él la consideraba falsa; si la hubiese amado, habría sabido que ella no pudo haberlo traicionado. Si la amara, la habría aceptado, la habría aceptado tal como era y no hubiese sucedido nada tan confuso y desgraciado como lo que había ocurrido.
Ella estaba muy cansada de tratar de encontrar un sendero a través de la carrera de obstáculos de su venganza. Muy cansada de renegar de una parte de sí misma para complacer a Rufus. Era un precio demasiado elevado para pagar por el… ¿el qué de él?
¿Cariño? ¿Amor? ¿Pasión?
Oh, ya no tenía importancia. Todo se había convertido en polvo y cenizas. Portia se acurrucó bajo las mantas y se durmió, poniendo fin por cierto tiempo a su desdicha.
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