La guerrera
Capítulo 13
Hacía tiempo que Portia había aprendido una valiosa lección: el alivio de los pesares, sobre todo de los profundos pesares del espíritu, estaba en la acción. Ella no podía hacer nada para modificar su situación, al menos por el momento, pero podía lanzarse a resolver los problemas de Olivia; si en esa distracción se podía incluir un poco de malicia, tanto mejor.
13
Aun cuando Portia no hubiese sabido cuánto aborrecía Olivia a Brian Morse, de todos modos el sujeto le habría desagradado. Cuando, a la tarde siguiente, le fue presentado en la sala de recibo de Diana, a él le bastó echarle una ojeada para descartarla como insignificante para tenerla en cuenta. Una pariente pobre, sin apoyo ni presencia que hablasen en su favor.
–Mi esposo es un hombre muy generoso – dijo Diana en voz baja, aunque cuidando de ser oída por Portia-No conozco a muchos hombres capaces de ofrecer un techo a la bastarda de su medio hermano.
–Una muchacha tan poco favorecida – murmuró Brian, echando una mirada hacia Portia y Olivia que estaban junto a la ventana.
El anaranjado de su cabello atrapaba la última luz del atardecer que caía sobre el rostro anguloso de la joven, dando un duro relieve a su nariz e iluminando sus pecas.
–Olivia – llamó Diana en tono áspero-Ven aquí, a conversar con el señor Morse. No sé qué está pasando últimamente con tus modales. Es muy poco apropiado cuchichear con Portia en un rincón; ella debe de tener mucho que hacer, estoy segura de ello.
–Mi padre ha dicho que Po… Portia tenía que hacerme compañía –
afirmó Olivia, precipitándose a defender a Portia, y sonrojándose, tanto por la cólera como por el esfuerzo para hablar.
–Querida, estoy segura de que tu padre espera que demuestres a tus invitados la atención que debe la hija de la casa – dijo Diana, y agregó con acritud-: El señor Morse desea visitar las halconeras. Te sugiero que lo acompañes. Portia es necesaria en la guardería.
Los ojos de Olivia, en desesperado ruego, se posaron en el rostro de Portia. Ésta dejó caer un párpado en un lento guiño y se dirigió, como al descuido, hacia la puerta de la sala.
–Esta mañana, lord Granville me ha pedido insistentemente que permaneciera junto a Olivia, señora. Según tengo entendido, él desea, en
cierto sentido, que sea su acompañante, hasta que ella haya recuperado sus fuerzas. Si ella debe salir, yo iré de inmediato a buscar una capa. Aunque, a decir verdad, es una tarde muy cruda y no sé si es prudente aventurarse…
–Está bien. – Diana interrumpió irritada el dulce comentario-No había caído en la cuenta de lo tarde que es.
Era muy probable que Cato le hubiese dado esas instrucciones a la muchacha; Diana no podía oponerse a sus deseos sin hablar antes con él.
–Si hace demasiado frío para salir, quizá mi hermana menor quiera pasear conmigo por la galería – sugirió Brian-Estoy impaciente por reanudar nuestro vínculo, puesto que ha transcurrido tanto tiempo.
Recuerdo que eras poco más que una recién nacida.
Disgustada, Portia pensó que ese sujeto tenía una sonrisa especialmente untuosa. Untuosa y muy poco inspiradora de confianza. Además, percibía que él provocaba a Olivia. Por el motivo que fuese, Olivia le temía, él lo sabía y disfrutaba jugueteando con ella.
–Qué buena idea – dijo Portia, dándose la vuelta y enlazando su brazo con el de Olivia-Ven; mostraremos la galería al señor Morse, Olivia.
Eso no era lo que Brian pretendía. Le parecía que quedaba por debajo de su dignidad estar en compañía de semejante espantapájaros, cuya categoría en la casa era poco mayor que la de una niñera a sueldo. Sin embargo, la tentación de divertirse con Olivia era demasiado fuerte; él confiaba en que podría aplastar las pretensiones de la bastarda de Jack Worth en cuanto quedara a solas con las dos muchachas. Después de todo, Olivia jamás le había causado ningún problema.
En el estrecho corredor, él tomó el brazo libre de Olivia y la acercó con firmeza hacia él de modo que Portia no tuviese más remedio que quedar atrás. Ella no vaciló en deslizarse de costado entre Olivia y la pared, y caminó de costado, como un cangrejo, con la espalda hacia la pared.
Brian no le hizo el menor caso.
–Bu… bueno, he… hermanita – dijo él, burlón-, yo te… tenía la es…
esperanza de re… recibir una ac… acogida mu… mucho ma… más cálida.
Al sentir la consternación de Olivia, el enojo de Portia se acrecentó. Se precipitó a la batalla, desviando la atención de Brian de Olivia hacia su persona.
–¿Por qué no eliges a alguien de tu talla, enano odioso?
La expresión de Brian fue de tal estupefacción que Olivia olvidó su terror por un minuto y estuvo a punto de echarse a reír.
–Con esa ropa de terciopelo negro tienes el aspecto de un escarabajo estercolero – siguió diciendo Portia-Quizá sea porque estás muy acostumbrado a ocupar las alturas vertiginosas de un montón de estiércol y entonces elijes ese color para tu ropa porque así te sientes protegido. ¿Nadie te ha dicho que cuando uno tiene piernas demasiado flacas es un error vestirse con terciopelo negro? Exagera el…
Con el rostro rojo de asombro y de furia, el joven se abalanzó hacia ella y ella lo esquivó.
–Tienes que ser mucho más veloz para atraparme, señor Escarabajo Estercolero – lo desafió-Señor Desgraciado Baboso Malvado, que es demasiado cobarde para provocar una pelea con alguien que sea capaz de devolver los golpes.
Fue bailoteando hacia atrás por el pasillo haciéndole un gesto obsceno, mientras Brian farfullaba tratando de hallar las palabras adecuadas.
–¿Te comieron la lengua los ratones? Mira, Olivia, dentro de un minuto, este desecho de albañal va a tragarse la lengua.
Con perfecto sentido de la oportunidad, ella pasó la mano hacia atrás y abrió la puerta de su habitación. Asió hábilmente la muñeca de Olivia y la arrastró consigo, cerrando la puerta rápidamente y echando el cerrojo.
Olivia no podía dejar de reírse. Se derrumbó apoyada en la puerta, que se sacudía a impulsos del violento asalto al que la sometía el apoplético Brian Morse.
–¿Cómo pudiste hacerlo? – preguntó Olivia,enjugándose las lágrimas que brotaban de sus ojos-¿Cómo pudiste decirle semejantes cosas?
–Ah; eso no es nada – desestimó Portia-Tengo un vocabulario mucho más rico que el que oíste. Escucha esto.
Fue hacia la puerta y susurró en el agujero de la cerradura. En un susurro penetrante, pronunció palabras que Olivia jamás había oído hasta entonces. No era preciso que nadie le dijese lo indecentes que eran y, al sentir que fuera se hacía silencio, se abrazó a sí misma. Fue un silencio incrédulo, atónito, y Portia lo aprovechó para seguir hablando con voz suave, con total fluidez, terminando con un floreo al comparar el desdichado miembro viril del señor Morse con el de un cerdo muy pequeño.
No hubo respuesta. Olivia había parado de reír y se limitaba a contemplar a Portia con expresión maravillada, viendo cómo se apoyaba contra la puerta con los brazos cruzados, sonriendo.
–Eso lo ha hecho callar – afirmó, un instante después-En adelante, él tendrá un poco más de cuidado cuando quiera burlarse de alguien.
–Nunca te lo perdonará – dijo Olivia.
–Eso espero – replicó Portia, alegre-Preferiría revolcarme en un montón de porquería antes que recibir el perdón de ese bruto. De cualquier modo, no he hecho más que empezar con el señor Morse. Cuando haya terminado con él, ya no sabrá dónde tiene el trasero y dónde el codo.
Retiró con mucha lentitud el pasador y entreabrió la puerta. El pasillo estaba vacío.
–¿Sabes cuál es la habitación de él?
–No po… podemos entrar allí.
En los ojos de Olivia había vuelto a aparecer el terror y le temblaba la voz.
–No te preocupes: él no nos sorprenderá. ¿Sabes cuál es?
Olivia negó con la cabeza.
–Bailey debe saberlo.
–Bueno, entonces, puedes preguntárselo. Vamos, ya. Tenemos que ir al excusado.
Recogió la capa y la pasó sobre sus hombros.
–¿Para qué? – preguntó Olivia, luego comprendió que era una pregunta idiota.
–No para lo habitual- respondió Portia, escabulléndose fuera de la habitación-Ven.
La llamó, la tomó de la mano y corrió junto con ella por el pasillo que conducía a la escalera de la cocina.
La cocina, como siempre, era una colmena de actividad y nadie prestó atención a las dos muchachas que pasaron y salieron al patio. El excusado estaba en el extremo opuesto de la huerta, donde sus productos podían ser aprovechados. Olivia, que no llevaba capa, temblaba mientras corrían por el sendero, en dirección al resplandor de la lámpara que pendía sobre la puerta y no hizo más preguntas; se limitó a esperar a que Portia le revelara su plan.
Portia sacó la lámpara del gancho que había sobre la puerta y entró en el ruidoso cobertizo, entonces entregó la lámpara a Olivia.
–Levántala bien alto.
–¿Qué estamos buscando?
–Arañas – respondió Portia-Suelen estar en los rincones de los excusados. En ocasiones, hay unas grandes con manchas rojas, que pican.
Aunque Olivia no conocía las intenciones de Portia, no podía contener unas risillas disimuladas, temblando cuando una ráfaga de viento cerró la puerta de un golpe e hizo parpadear la lámpara.
–Ah, aquí están. Ah, eres una belleza – murmuró Portia con cariño, arrodillándose sobre la tierra endurecida-Qué maravillosas manchas rojas tienes – canturreó, al tiempo que sacaba un pañuelo del bolsillo-Ven aquí, métete dentro – dijo, plegando el pañuelo para atrapar su tesoro-Veamos si podemos encontrar otra.
Si bien a Olivia no le gustaban las arañas, estaba fascinada y se inclinó para observar el meticuloso examen que hacía Portia de los rincones más oscuros del excusado.
–Viene alguien – susurró, al oír unos pasos en el sendero.
–¿Y qué? Nadie va a preguntar qué estamos haciendo en el excusado.
Portia metió un segundo ejemplar, especialmente gordo, dentro del pañuelo.
–Yo siempre utilizo la silla con agujero que tengo en mi cuarto – dijo Olivia, dubitativa.
Portia se limitó a sacudir la cabeza y siguió buscando. Una vez que hubo reunido una media docena de insectos, de variados tamaños, se incorporó con cautela. Puso un dedo sobre los labios y abrió la puerta. En el sendero había una fregona de la cocina.
–Buenas tardes, señorita.
Los ojos de la muchacha se abrieron al ver que, después de Portia, salía Olivia llevando la lámpara.
–Buenas tardes, lady Olivia.
–Bu… buenas tardes, Mary – respondió ella, entregándole la lámpara con la esperanza de demostrar aplomo, y echó a andar por el sendero tras los pasos ágiles de Portia, hacia las luces de la cocina.
–Averigua cuál es la habitación de la víbora – le indicó Portia, teniendo buen cuidado de mantener la mano sobre la falda, bajo los pliegues de la capa-Y date prisa. Ellas éstán comenzando a inquietarse; no quisiera que me picasen.
Olivia asintió y fue hacia la mesa de los criados, donde Bailey estaba dando buena cuenta de un plato de solomillo y de un pichel de cerveza.
Portia salió de la cocina y aguardó a Olivia junto a la escalera.
–¿Y bien?
–En la torre este. Pero Bailey no sabe si él está ahora en la habitación.
–Ahá – dijo Portia, ceñuda, mordiéndose el labio-Eso podría presentar un inconveniente – dijo, observando a Olivia con atención-Si él estuviese dentro, tendríamos que hacerlo salir. Bastará con un minuto. ¿Podrías hacer de señuelo?
–¿Quedarme a solas con él? – se horrorizó Olivia, negando con vehemencia con la cabeza.
–Sólo será un minuto – la animó Portia. Comprendió que, en cierto nivel, era preciso que Olivia enfrentase ese demonio encarnado en Brian Morse, cualquiera que fuese-Te juro que estaré cerca.
Olivia tragó saliva e irguió los hombros.
–¿Lo pro… prometes?
–Lo prometo. Vamos. Ellas ya no se tienen quietas.
Echó a andar por el corredor y Olivia, después de una vacilación, la siguió.
Se detuvieron ante la puerta de Brian Morse. Portia se aplastó contra la pared a un lado de la puerta e indicó a Olivia que llamara.
Olivia se limitó a permanecer con la vista clavada en la puerta, paralizada, incapaz de levantar la mano. El silencio se prolongó hasta que Portia estiró un brazo y golpeó con fuerza en la puerta. Pálida, Olivia dio un salto hacia atrás.
La puerta se abrió, y Brian Morse escudriñó a su visitante con sus ojillos como guijarros.
–Dime.
–Di… Diana.
El esfuerzo que hizo para pronunciarlo fue tal que salió en forma de chillido más que de cualquier sonido que se asemejara a la voz humana.
Olivia señaló en dirección de la sala de Diana, mientras se sujetaba la falda, dispuesta a huir si él hacía un movimiento hacia ella.
Brian no se molestó en seguir la conversación sino que, simplemente, cerró la puerta de un golpe a sus espaldas y se alejó. Olivia retrocedió como para ocultar de la vista a Portia, por si acaso a él se le ocurriese mirar hacia
atrás, pero no lo hizo y, en cuanto giró en la esquina, Portia salió de su escondite.
–¡Ten, ponlas en su cama! Hazlo rápido. Yo me quedaré aquí, vigilando.
Si alguien viene, silbaré.
Extendió la mano donde tenía el pañuelo con sus inquietas ocupantes, al tiempo que abría la puerta de la habitación con la mano libre.
–¡Vamos, hazlo! – la animó, al ver que Olivia seguía allí, inmóvil.
Olivia tragó saliva, aceptó el pañuelo y corrió dentro de la habitación.
Portia se quedó junto a la puerta y sus ojos recorrieron el corredor a un lado y a otro.
–Aparta las mantas en la parte de los pies – le indicó en voz baja.
El corazón de Olivia latía con tal violencia que casi le impedía respirar.
Aun así, obedeció las instrucciones de Portia, abrió las sábanas en el lado de los pies, las levantó y sacudió allí el contenido del pañuelo.
–Ahora, mete las sábanas bajo el colchón, bien ceñidas – indicó Portia.
Olivia acomodó las sábanas con habilidad, dio un par de palmadas sobre la cama a modo de buen augurio, riéndose entre dientes con una mezcla de nerviosismo y excitación, y se reunió con Portia.
–Eso es; así está bien. Las arañas se sentirán a gusto en ese sitio cálido; cuando el sapo se meta en la cama, ellas buscarán el lugar más cálido y húmedo. Adivina cuál es – dijo Portia, sonriendo con malicia-Por la mañana, él se levantará cubierto de grandes picaduras rojas, en los puntos más inaccesibles.
–¿Son venenosas?
–No letales – repuso Portia, seria-Te había dicho que no lo mataría.
–Oh, cómo me gustaría verlo – dijo Olivia, abrazándose a sí misma.
–Ya verás mañana cuando se siente a desayunar – dijo Portia, sonriendo.
Brian se detuvo ante la puerta del recibidor de Diana y, con gesto automático, se estiró el jubón y arregló la caída del cuello de encaje sobre los hombros. Todavía no se había recuperado de la experiencia con la bastarda de Jack Worth. Hasta entonces, nadie lo había insultado de ese modo, ni siquiera durante sus expediciones por las más sórdidas tabernas, por eso no sabía qué hacer en esa situación. No se le ocurría informar sobre el incidente a Granville ni a Diana. ¿Cómo podría admitir que una basura ilegítima le hubiese hecho morder el polvo de ese modo? ¿Cómo haría para repetir lo que ella le había dicho? Y lo peor de todo era que Olivia había
oído todo. Esa chiquilla patética había presenciado su derrota. De algún modo, él se vengaría de la bastarda, pero lo haría a su propio tiempo y a su modo. Él era hábil para vengarse. Tenía una memoria persistente; cuando llegara el momento de golpear, sería el momento más dulce.
Llamó a la puerta de la sala y abrió, doblándose en una profunda reverencia.
–Lady Granville, ¿en qué puedo serIe útil?
Ella, que estaba escribiendo una carta, levantó la vista y le sonrió, un tanto sorprendida.
–Caramba, qué deleite que venga a hacerme compañía, señor Morse. En estos últimos días, mi vida ha sido un tanto sombría. Tenemos muy pocas visitas. ¿Quién querría hacer visitas sociales en un campamento armado?
Hizo un mohín de descontento.
–Es claro que mi esposo debe hacer lo que considere mejor pero, en ocasiones, añoro mucho la civilización. Una conversación estimulante, la oportunidad de ocuparse de modas otra vez… Pero si no tengo idea de cuál es la última moda en la corte, ¿sabe usted? – se quejó, pasando las manos con ademán despectivo por la falda de su elegante vestido-Juraría que me ve usted como a una desaliñada total.
–Pero no, por cierto que no, mi querida lady Granville – dijo Brian, sentándose en el sofá, junto a ella-Usted es la verdadera imagen de la elegancia. En la corte, ninguna podría hacerle sombra.
Diana soltó una carcajada musical.
–Me halaga, sir. Le ruego que continúe – dijo, tocándole la mano-Cuénteme las novedades de la corte. ¿Cómo se las arregla nuestra querida Reina en esta adversidad? Cuánto desearía estar con ella para ofrecerle mi apoyo. A ella y a la pobre princesa Henrietta. Qué criatura frágil. Debe de sentirlo muy duramente.
–Estuve en Oxford hace dos meses – dijo Brian-El valor de Sus Majestades es una inspiración para todos los que los sirven.
No creyó necesario agregar que, si bien había estado en Oxford, no había asistido nunca a la corte en el exilio y la única vez en que había visto al Rey y a la Reina había sido en la calle, un domingo que ellos habían ido a la iglesia.
–Ojalá pudiese convencer a mi esposo de que… – Diana se interrumpió, se tocó levemente los ojos con la punta de un pañuelo perfumado-
Perdóneme, señor Morse. No me corresponde criticar las decisiones de mi marido pero me siento tan… tan deshonrada. Mi deber, mi lealtad es para con mi soberano; sin embargo, me encuentro en esta posición tan odiosa…
perdóneme – repitió, hundiendo el rostro en el pañuelo.
Brian le dio unas palmadas en la rodilla y sus ojillos adquirieron una expresión perspicaz. Percibía allí una posibilidad de causar problemas.
–En ocasiones, mi querida señora, uno debe de seguir a su conciencia por más que el deber indique lo contrario.
Diana levantó la vista: en su rostro no aparecían rastros de inquietud que lo desfiguraran.
–¿Qué quiere decir, señor?
Brian tosió con delicadeza.
–Lealtades personales… cuestiones de conciencia individual… No me parece que su esposo pretenda que usted abandone el dictado de su conciencia sólo porque la suya lo lleva por un camino diferente. Mi querida lady Granville, usted y yo sabemos que lord Granville ha adoptado una decisión muy errada. Oponerse al Rey es como oponerse a Dios. El Rey posee el derecho divino de gobernar. Es el representante ungido de Dios.
Ese sentencioso discurso sonaba como música en los oídos de Diana.
–Estoy muy asustada por mi marido – murmuró ella-¿Qué le sucederá, a él y a todos aquellos que se han pasado al bando opuesto al Rey, cuando esta rebelión sea aplastada y ellos deban enfrentar la cólera real?
–Por cierto, es una perspectiva grave – admitió Brian-Lord Granville quizá no ha tenido en cuenta que su familia compartiría su destino.
–Incluso mi padre piensa declarar su apoyo al Parlamento. No habrá dónde buscar refugio – dijo Diana con un estremecimiento.
–Tal vez… pero no; no puedo… no puedo sugerir semejante cosa.
Se puso de pie y comenzó a pasearse, con apariencia de agitación, por la sala tibia iluminada por el fuego.
–Oh, sí; le ruego que me diga lo que está pensando – suplicó Diana.
–Me parece tan… tan ingrato, después de que lord Granville me ha recibido con tanta generosidad; sin embargo… sin embargo no puedo soportar el verla sufrir de ese modo, milady – dijo, regresando al sofá y tomando las manos de la dama-Si usted confía en mí…
–Oh, por supuesto que confío en usted – repuso ella, oprimiéndole las manos-¿Qué quiere decirme?
La ansiedad hacía brillar los ojos de Diana.
–Que quizás usted podría mitigar con sus propias acciones la ofensa que su esposo ha inferido al Rey.
–¿Se refiere a trabajar en contra de mi esposo?
–No exactamente. Sin embargo, tal vez podría usted encontrar un modo de ayudar a la causa del Rey sin que su marido lo supiera…
Él se pasó la lengua sobre los labios. Estaba pisando terreno peligroso, pero Diana lo miraba con tan evidente admiración que ya le parecía saborear el triunfo. Qué golpe: atraer a su causa a la esposa dentro de las murallas de una fortaleza rebelde.
Cato era un hombre poderoso. Un hombre honorable, cuyo apoyo al Parlamento representaba una enorme diferencia para la causa, puesto que la legitimaría a ojos de muchos vacilantes. Si se lo pudiese socavar en su propio territorio, dentro de sus propios muros, haría que él perdiera toda su credibilidad. Y Brian Morse, el instrumento de su caída, sería depositario de la infinita gratitud de un soberano que habría recuperado el legítimo derecho al trono.
–¿Cómo? – susurró Diana, que tenía tanta conciencia del peligro como Brian.
Pero, antes de que él pudiese responder, se abrió la puerta.
–Por Dios, hombre, ¿por qué está de rodillas? – preguntó Cato-Le aseguro que mi esposa ya está comprometida.
Con dificultad, Brian se puso de pie.
–Oh, milord, yo estaba… estaba…
–El señor Morse estaba ayudándome a buscar un color de hilo de seda para bordar – dijo Diana, con calma.
–Ya veo – dijo Cato, inclinándose sobre el cesto de bordado-Quizá yo pueda ayudar.
Diana se limitó a sonreírle.
–Vamos, milord, ya se sabe que no tienes interés alguno en otra cosa que no esté relacionada con esta espantosa guerra.
Cato se encogió de hombros.
–Es probable.
Fue a tirar del cordón de la campanilla.
–Milord, ¿hay algo que te perturba? – preguntó Diana poniéndose de pie.
Fue hacia él y le apoyó una mano en el brazo, en señal de preocupación.
–Es sólo esta maldita guerra – dijo él- Ah, Bailey; tráiganos vino.
–¿Hay algo en particular que le preocupe, milord? – preguntó Brian, al tiempo que se inclinaba para atizar el fuego.
«Tu presencia, infinitamente irritante, y un gran cúmulo de sospechas con respecto a Portia Worth», pensó Cato.
–¿Dónde están las niñas? – preguntó él, ignorando la pregunta-Ya es la hora de cenar, ¿no es así?
–No sé – dijo Diana-¿Envío a alguien a buscarlas… o a buscar a Olivia?
– preguntó, sonriendo a su esposo, y prosiguió diciendo con dulce preocupación-: Milord, he estado pensando que tal vez nos hemos apresurado demasiado al integrar a Portia en la familia. No me parece que debamos alentar la influencia de Portia sobre Olivia, en especial después de esta última escapada… qué cosa terrible. Yo sé que no quieres rechazar a la hija de tu hermano, pero… pero pienso que ella sería más feliz si ocupara un sitio entre los sirvientes.
Cato trató de controlar su irritación. No tenía intenciones de convertir a Diana en su confidente.
–No estoy de acuerdo, señora. A mi parecer, Portia ha convencido a Olivia de que se levantara, al menos. Y eso no es malo. Yo tengo mis propios motivos para desear que ella permanezca dentro del círculo familiar… por lo menos de momento.
Diana se mostró desconcertada.
–¿Puedo conocer los motivos, sir?
Cato negó con la cabeza.
–No es preciso que te preocupes por ellos, querida mía. Todo va bien.
Ah, Bailey… – se volvió al ver que el mayordomo regresaba con el vino-Di a lady Olivia y a la señorita Worth que cenaremos en diez minutos.
–Sí, milord – dijo Bailey, haciendo una reverencia antes de salir. Diana apretó los labios pero no dijo nada; cuando unos minutos después, entraron Olivia y Portia, sonrió con calidez a Olivia y le dio un beso.
–Me siento muy feliz viendo que te sientes mejor, mi querida niña.
Olivia le sonrió sin convicción y se limpió, con disimulo, la mejilla al tiempo que se volvía. Durante la cena, Cato parecía distraído y dejaba la conversación en manos de Diana y de Brian. Pero estaba observando a Portia. Ella se comportaba con perfecto decoro, hablaba muy poco y
respondía con cortesía cuando se le hablaba. Nada en su actitud sugería que él tenía a una espía de Decatur bajo su techo, más había percibido que ella no le había contado toda la verdad con respecto a su viaje a la aldea Decatur. Quizá Giles tuviese razón: el sargento estaba convencido de que había algo extraño en el trato de la muchacha con Decatur.
Él no tenía conciencia de la atención con que estaba observándola hasta que, de súbito, Portia levantó la mirada del plato y enfrentó con audacia la de él. Allí estaba, otra vez, el desafío. Tal vez ella no podía evitarlo, como no había podido evitarlo su hermano. Y quizás ella estuviese burlándose de él del mismo modo que solía hacerlo Jack, creyendo que lo engañaba.
Decidió volver a hablar con ella, sondearla un poco más a fondo.
Después de la cena, Cato llamó a Portia a su cuarto privado del bastión.
Recatada, ella estaba sentada ante él, al otro lado de la gran mesa y trataba de disimular su inquietud… Ella no se engañaba con respecto a Cato. Él era agudo como un estilete. Y no debía, no podía saber toda la verdad con respecto a su encuentro con Rufus Decatur.
–¿Cuántas conversaciones has tenido con Decatur?
Portia lo pensó.
–En realidad, una sola. Al principio, cuando llegué y él cayó en la cuenta de que yo no era Olivia.
–¿Eso lo enfureció?
–Al comienzo, pero luego comprendió que sus hombres habían cometido un comprensible error. Yo llevaba la capa de Olivia, y ellos sabían que debían llevarse a la muchacha de azul.
Olivia había informado a Cato sobre el cambio de capas. Hasta ese punto, las versiones coincidían.
–¿Cómo te han tratado, exactamente?
«¿Con humor, con lujuria, con pasión? ¿O, en realidad, sólo fui provocada y manipulada por el más acérrimo enemigo de los Granville?», se preguntó ella.
–Me tenían en un desván, la mayor parte del tiempo. Intenté escapar robando un trineo y huyendo por el río, pero los centinelas me sorprendieron – respondió a Cato.
Lo miró a los ojos. Cato se puso ceñudo.
–¿Y, al final, cómo escapaste?
–Algunos hombres salieron de expedición y yo me las ingenié para mezclarme con ellos. Y cuando estuvieron bien lejos de la aldea Decatur, me escabullí.
Como ella sabía que ésa había sido su intención y que podría haber dado resultado, sus palabras fueron convincentes.
Portia comprendió que no había adoptado, en forma consciente, la decisión de ayudar a Cato en su guerra contra Rufus Decatur, pero no había decisión alguna que tomar. No pensaba aportarle ningún dato útil.
Cato se frotó la barbilla y comenzó a sentir un chispazo de alivio y optimismo: de momento, no podía acusarla. Su vista se posó sobre un despacho que había llegado esa mañana.
–Mientras estuviste allí, ¿oíste algo relacionado con un ataque a una partida de hombres de lord Leven, en las afueras de Yetholm?
–Lord Rothbury y algunos hombres estaban ausentes de la aldea cuando yo escapé – respondió ella, prudente-Mientras estuve en el altillo no oí nada con respecto a sus planes – lo cual era innegablemente verdadero-¿Ha habido un ataque así, milord?
–Al parecer, sí – dijo Cato, haciendo, al mismo tiempo, un gesto que le restaba importancia. Se puso de pie y comenzó a pasearse por el pequeño espacio-¿Has averiguado el monto del rescate que Decatur hubiese pedido por devolver sana y salva a Olivia?
–No – contestó Portia, mintiendo sin remilgos por primera vez. Ella vio en su imaginación el semblante de Rufus, su rictus de dolor y de furia mientras miraba la casa donde había nacido. Portia oyó su voz áspera y salvaje, describiendo lo que los Granville habían hecho con su padre y con su hogar, contándole lo que había esperado lograr al secuestrar a Olivia.
¿Cómo hubiese podido hablar a Cato de semejante horror, si ella ni siquiera soportaba recordarlo?
Cato la miró con agudeza y supo al instante que ella estaba mintiendo.
Lo veía en sus ojos, en la tensión de su boca. ¿Por qué mentiría si no tenía nada que ocultar?
Él se detuvo ante el fuego y apoyó un pie en la rejilla, un brazo en la repisa y observó con atención a la muchacha:
–Decatur sabía el color de la capa de Olivia. Eso da cuenta de un gran conocimiento de nuestra vida que es dificil de creer. Y me pregunto cómo
sabía él que tenía que buscarla en el foso. ¿Cómo sabía él que vosotras teníais la costumbre de patinar juntas?
–No sé – respondió Portia.
–Pienso si tal vez no habrá un espía entre nosotros – dijo él, con la vista fija en el rostro de ella.
Portia tuvo la sensación de estar caminando sobre piedras, cruzando un rápido torrente. En lo único que podía pensar era en Rufus comiendo la carne ofrecida por Cato en el patio exterior, escuchando con disimulo las conversaciones del enemigo, viendo cómo ella y Olivia patinaban en el foso congelado.
Arriesgó el pellejo en un juego mortífero que para él sólo era diversión.
Durante todo el tiempo, en sus ojos había risa… y ésa fue la primera vez que él la había besado.
Ella bajó la vista y la fijó en sus manos, entrelazadas sobre el regazo.
–Supongo que es posible, milord.
De pronto, Cato sonrió y dijo:
–Bueno, no es necesario que tú te preocupes más. Me alegra de que estés de vuelta, sana y salva. Y sé que Olivia está encantada, pues ella necesita una compañera. Ya puedes volver con ella.
Una vez que ella hubo saludado con una reverencia y salido, Cato volvió a pasearse. En el preciso instante en que la puerta se cerró tras Portia, la sonrisa se había desvanecido. Él estaba seguro de que Portia ocultaba algo: ella no había podido mirarlo a los ojos. Aunque, si ella era espía en su campamento, existía la posibilidad de aprovecharla para su propio beneficio. En tanto ella no sospechara de sus sospechas, podría darle información. O sea, darle desinformación que atraería a Rufus Decatur a la trampa que precipitaría su caída.
Además, ¿qué estaría cocinando Brian esa tarde con Diana, por todos los diablos? Lo cierto era que no habían estado eligiendo sedas de bordar.
Cuanto antes se librase de Brian Morse, más fácil serían las cosas para él.
Cato no sabía que estaban operando fuerzas inesperadas para librar al castillo Granville de Brian Morse. Gracias al excelente coñac de Cato, Brian se fue a acostar temprano y pronto estaba roncando. Las arañas de manchas rojas reaccionaron con cruel indignación ante esa mole de carne desnuda que perturbaba su paz. Los insectos corrieron aprisa a meterse en los huecos y hendeduras donde la carne era más húmeda y suculenta. Brian
se revolvió y se agitó, levantó las rodillas sintiendo, en medio de su sueño de ebrio, el ataque de las incómodas picaduras.
Despertó cuando el criado asignado a él abrió las persianas y corrió las cortinas de la cama.
–Aquí tiene agua para afeitarse, señor. Y el muchacho encargado de las botas ha lustrado las suyas.
Brian se incorporó, y la intensa luz lo hizo parpadear. Le latía la cabeza.
Metió una mano bajo las mantas para rascarse el muslo, y luego la ingle; algo rozó sus dedos impulsándolo a apartar la ropa de cama. Las inquietas criaturas de manchas rojas, expuestas a la luz, parecían una pesadilla provocada por el delírium trémens. De los labios del joven escapó un involuntario chillido.
El criado las miró, atónito:
–¿De dónde habrán salido? Las arañas, digo. Las arañas.
–¡Ya lo sé, pedazo de tonto! – gritó Brian, saltando al suelo-Mátalas.
Se miró las piernas y allí se destacaban grandes ronchas rojas sobre la piel. Giró el muslo hacia fuera y vio la fila de insectos que trepaba en dirección a su mata de vello púbico. Se estremeció de asco y el sirviente comenzó a azotar a las arañas con el atizador.
–No me imagino de dónde habrán salido, señor- dijo el criado, persiguiendo a un ejemplar especialmente robusto que se escurría entre las arrugadas sábanas, en procura de seguridad-Quizá las trajera usted mismo.
–¡Tonto! Claro que no.
Brian comenzó a rascarse y, a medida que se rascaba, las ronchas se hacían más grandes y se extendían.
–¡Tráeme un baño… que sea de agua caliente… de agua hirviendo! –
bramó, y el sirviente salió corriendo.
En el corredor, el criado se tropezó con lady Olivia y con la señorita Worth que paseaban por allí tomadas del brazo.
–Buenos días, Peter. ¿El señor Morse tiene algún problema? – preguntó Olivia.
–Oh, por el amor del Señor, lady Olivia, él está enloquecido – respondió Peter, sonriendo-Yo sé que está mal que me ría, pero era divertido.
Aparecieron arañas en su cama, y lo han picado por todas partes. Ahora, quiere agua hirviendo. Está rascándose de un modo terrible.
Y Peter se alejó, riendo entre dientes.
–¡Oh, Portia, qué inteligente eres!
Portia le dedicó una sonrisa petulante.
–Es una bonita treta, ¿no es cierto?
–Y yo tengo otra – dijo Olivia, con sus ojos oscuros iluminados por la excitación.
–Ah, ¿sí? – dijo Portia, deteniéndose en mitad del corredor, intrigada-
¡Tú piensas jugar tu propia treta al sapo! ¡Bien hecho!
–Sí, lo haré – dijo Olivia, agitando un pequeño rollo de papel, con el rostro enrojecido por su propia audacia y su inventiva-Esta mañana, pasé por la destilería y se me ocurrió dejarle una pequeña sorpresa en su cerveza de la mañana.
–¿Qué?
–Espera y lo verás.
Portia rió entre dientes, encantada al ver que Olivia tomaba la iniciativa.
Ése era el mejor modo de disipar miedos fantasmales.
Olivia casi no podía contener su excitación. Cuando Brian apareció en el comedor, ella se esforzó por no mirarlo demasiado francamente, pero le costaba contener la risa y el delicioso estremecimiento de expectativa.
Brian respondió al saludo de Diana, se disculpó por haberse presentado tan tarde a la mesa del desayuno y casi no miró a Olivia cuando ella le dio los buenos días, tartamudeando. Él disparó a Portia una mirada que era puro veneno, y ella le respondió con una recatada y medida reverencia.
Olivia lo observó con atención y, cada vez que él se retorcía, cada vez que llevaba una mano debajo de la mesa, sabiendo que él estaba rascándose entre los muslos, tenía que ahogar la risa. El dolor que reflejaba la expresión de Brian era cada vez mayor a medida que se disipaban los efectos calmantes del baño y la picazón regresaba con toda su furia.
En un momento dado, él se levantó de la mesa de un salto, como si lo hubiesen pinchado y, cuando Diana lo miró sorprendida, se sonrojó hasta las raíces del pelo prematuramente raleado y fue hasta el aparador levantando las tapas de las fuentes como si estuviese inspeccionando su contenido mientras, todo el tiempo, se frotaba los muslos con desesperación, pasando el peso del cuerpo de un pie al otro.
Olivia echó una mirada a Portia, con sus ojos resplandecientes de risa y, luego, como al descuido, se inclinó sobre el jarro de cerveza de Brian como para tomar el salero. Al mismo tiempo, abrió la mano sobre la tapa del
jarro, después volvió a apoyarse en su silla y se puso a untar de mantequilla un trozo de pan.
¡Oh, qué muchacha pícara!, pensó Portia, reprimiendo a duras penas la risa. No tenía idea de qué habría echado en la cerveza de Brian, pero suponía que sería una sustancia elegida con cuidado.
Brian regresó a la mesa y, mientras se sentaba, hizo a Diana un comentario casual sobre el clima.
–¿Está todo bien, señor Morse? – le preguntó Diana, auténticamente preocupada.
–Desde luego, lady Granville – respondió él, riendo con una risa hueca y poco convincente-Ningún hombre tendría la menor preocupación en el mundo estando en tan deliciosa compañía.
Alzó el jarro y vació su contenido sin respirar. Portia percibió la inmovilidad con que Olivia aguardaba mientras Brian bebía. Esperó a que él dejara sobre la mesa el jarro vacío para reanudar su propio desayuno.
Unos minutos después, Cato entró en el comedor. Saludó a su familia y se sirvió tajadas de ternera del aparador. Hacía horas que estaba levantado y traía en la piel el frío de la mañana y en su actitud la distracción del comandante de cualquier ejército. Aun así, se quedó perplejo cuando vio que Brian se levantaba de un salto y salía corriendo del cuarto.
–Por Dios, ¿qué le pasa a este hombre?
–Yo cre… creo que el se… señor Morse no está muy bi… bien, señor –
dijo Olivia, con aparente preocupación-Da la impresión de estar su…
sufriendo.
Portia se ahogó con una costra de pan.
–Ayer parecía estar perfectamente bien – observó Cato.
–Quizá debería ir a verlo – dijo Diana, poniéndose de pie.
–Ah, yo diría que no lo haga – musitó Olivia en una voz que sólo oyó Portia.
–¿Cómo dices, Olivia? – preguntó Cato.
–Na… nada Importante, sir.
Diana llegó a la puerta en el preciso momento en que se abría de nuevo y Brian aparecía con el semblante muy pálido.
–Perdonadme – murmuró, volviendo a sentarse.
–¿Está usted bien, sir? – preguntó Portia, en un tono capaz de rivalizar con la música de las esferas.