La guerrera
Jack
Calle St. Stephen, Edimburgo, diciembre de 1643
Mi querido hermano:
Cuando leas ésta, podrás estar seguro de que he ido en pos de mi justa recompensa: las honduras del infierno, sin duda. Pero estoy dispuesto a pagar el precio por una vida como la que he vivido. (¡Ah, me imagino tu ceño dolido, Cato! Un alma recta como la tuya no podría entender, jamás, los placeres que se encuentran en los excesos.) Has de saber que estoy pagando por mis pecados y la vida que he vivido; ahora concédeme una muestra de la bondad de tu corazón y de la caridad que fluye tan dulcemente por tus venas, ¡cómo yo bien lo sé! Se trata de mi hija, Portia.
Ella ya ha sufrido conmigo, pero no tiene por qué sufrir sin mí. ¿La acogerías y la tratarías con bondad? Ella no tiene lazos de familia contigo, la pobre pequeña bastarda y, sin embargo, yo te pido este favor a ti, que eres la única persona que podría hacerlo.
Tu siempre degenerado hermano
JACK
Cato estrujó el pergamino. Podía imaginar el tono irónico y burlón de Jack en cada palabra. No le cabía duda de que, en ese momento, debía de estar alimentando los fuegos del infierno, tan impenitente como siempre.
Se inclinó para echar la carta a las llamas pero luego se detuvo. Lanzó un suspiro y alisó la hoja, dejándola sobre la mesa de roble, estirando las arrugas con la palma de la mano. ¿Cuándo habría muerto Jack? La carta estaba fechada el mes anterior. Podría haber demorado algún tiempo, hasta tres semanas, en llegar a Granville. ¿La muchacha estaría aún en Edimburgo? ¿La encontraría en la calle St. Stephen? En el nombre del Señor, ¿cómo podría encontrarla con la conmoción que había en la frontera?
En aquella soleada tarde de su boda, dos años y medio atrás, él se había convencido de que la guerra civil era inevitable. El rey Charles había llegado muy lejos en su impulso de gobernar el país de manera absoluta. El gusano, encarnado en el Parlamento, se había dado vuelta. Ya hacía dos años que el país estaba desgarrado, que había familias divididas, hermano contra hermano, padre contra hijo. Había habido batallas, numerosas batallas y, a pesar de la horrenda carnicería, la victoria no había favorecido a ninguno de los bandos. El invierno había traído una suspensión de las
batallas y cuando llegó el frío Año Nuevo de 1ó43, los ingleses habían retenido el norte de Inglaterra. Sin embargo, ahora enfrentaban un nuevo desafío. El ejército escocés había levantado el estandarte del Parlamento y, encabezado por lord Leven, acababa de atravesar la frontera por Yorkshire trayéndole fuerzas para luchar contra las fuerzas militares leales al Rey, en el Norte.
Cato fue hasta la estrecha ventana de la torreta. Desde allí, podía ver a su propia milicia entrenándose. Era una milicia que, en principio, él había reclutado en nombre del Rey. Los soldados creían que habían sido armados y que se preparaban para luchar por el rey Charles a la orden de su señor, sin saber que las lealtades de su señor ya no eran una cuestión tan simple.
Al comienzo mismo de esta guerra civil, Cato no había tenido más alternativa que apoyar a su Rey y a la causa realista. En aquel momento, en ocasión de una insurrección civil, para un Granville era impensable hacer otra cosa que apoyar al Rey. Él había reunido hombres y dinero en nombre del Rey y había seguido en posesión de su castillo, situado en la frontera, para su soberano. Sin embargo, de manera lenta e inexorable, había ido creciendo en él la convicción de que la causa del Rey era equivocada, de que el Rey estaba destruyendo la vida y la libertad de sus súbditos. Sus consejeros lo desviaban del buen camino por equivocación… sino por pura maldad; ningún individuo que amara de verdad a su patria podía apoyar a un soberano tan terco. Tan ciego ante las necesidades y los derechos de su pueblo. En ese segundo año de guerra, Cato Granville ya estaba dispuesto a dar la espalda al Rey y levantar su estandarte por el Parlamento y la causa de la libertad.
Aun así, la oposición a su soberano iba contra todos los dogmas heredados por él; por eso no había hablado, todavía, de su cambio de bando en el ámbito de su propio hogar; menos aún de hacer público su apoyo al Parlamento. Sin embargo, se acercaba el momento en que ya no tendría más alternativa; cada día volvía a prepararse para ese momento.
Cato se volvió de espaldas a la ventana, sacudió la cabeza con brusca impaciencia y tomó de nuevo la carta de Jack.
Sólo había visto una vez a su hija; había sido en el día de su propia boda, el mismo día en que habían decapitado a Strafford en Tower Hill.
Tenía de ella un recuerdo vago: delgada, sucia, pecas, llamativo pelo rojizo y unos ojos verdes y rasgados como los de Jack, semejantes a los de un
gato, y que tenían el mismo brillo intenso y burlón de los de su padre.
También tenía la muchacha el mismo tono insolente, recordó Cato con disgusto, haciendo una mueca.
Ya tenía bastante en qué ocupar su tiempo sin tener que hacerse cargo, además, de una huérfana sin parientes ni fortuna que la respaldasen. Volvió a estrujar la carta y ya estaba por arrojarla al fuego cuando se detuvo de nuevo. No podía rechazar el pedido de su hermano moribundo. El pedido de un moribundo contenía toda la fuerza de un imperativo moral; por poco dispuesto que estuviese, tenía que hacer algo por la niña.
Abandonó el cuarto del bastión y avanzó por el corredor hacia el salón comedor cuadrado, donde encontró a su esposa y a su hija desayunando.
Tuvo la inconfundible sensación de que había interrumpido algo desagradable.
Cuando él entró, Diana lo miró: la boca de ella estaba un poco más tensa que de costumbre, sus bellos ojos almendrados manifestaban irritación, sus cejas bien dibujadas se arqueaban, expresando enfado. Al ver a su esposo, la irritación se borró de sus facciones con la misma facilidad con que un paño húmedo borraría la tiza de una pizarra. Olivia, con sus grandes ojos negros un poco desviados, apartó su silla hacia atrás, hizo una breve reverencia y volvió a sentarse.
–Bu… buenos días, señor.
–Buenos días, Olivia.
Cato se puso ceñudo, preguntándose cuál sería la causa de la tensión de ese momento entre su esposa y la hijastra de ésta. Olivia tenía con su madrastra una actitud de rígida cortesía, casi muda, aunque Diana no tenía, en su corazón, más interés que el bien de la niña, hasta donde él podía saber.
Diana dijo:
–Milord, tú no acostumbras a desayunar con nosotros. – Aunque su voz era ligera, se notaba en ella un matiz áspero que trascendía al intento de disimulo.
Olivia solía preguntarse si su padre tenía alguna noción de la insatisfacción que le provocaba a Diana la vida en esa zona helada del Norte, metida en un castillo fortificado, lejos de las alegrías y los placeres de la corte. Al parecer, él pasaba por alto las cotidianas reminiscencias de su esposa en relación con las pasadas glorias de la corte, los murmullos
nostálgicos en los que expresaba lo culpable que se sentía por no estar junto a la Reina en esos momentos aciagos. Cato tampoco advertía los ocasionales comentarios de su esposa con respecto a lo valioso que sería el marqués de Granville para el Rey y sus consejeros, siempre que pudiese discernir con claridad cuál era su deber: reunirse con el Rey en Oxford, donde se había recluido la corte desde el comienzo de la guerra.
Tristemente, Olivia llegó a la conclusión de que había muchas cosas que su padre no notaba, más aun, no sabía qué habría podido o querido hacer si llegaba a comprender qué sucedía entre su hija y su esposa, la madrastra de aquélla.
–Tenía la intención de salir a cabalgar, pero llegó un mensajero de Edimburgo, trayéndome la noticia de la muerte de mi medio hermano, señora.
Cato se sentó en un sillón tallado a la cabecera de la mesa y levantó el jarro de cerveza que había aparecido ante él como por arte de magia. Bebió, se sirvió solomillo y untó de dorada mantequilla una rebanada de pan de cebada.
Un estremecimiento de anticipación impulsó a Olivia a quebrar su acostumbrado silencio defensivo y lanzar una breve catarata de palabras:
–¿Se trata de Po… Portia, padre?
–Mi querida Olivia, estoy segura de que si respiraras más profundamente, como te lo he dicho tantas veces, lograrías controlar ese infortunado defecto – dijo Diana, con una de sus dulces sonrisas-Te resultará difícil conseguir un marido si no puedes hablar con claridad.
Dio una palmada en la mano de Olivia. Ésta retiró su mano con brusquedad y la dejó en el regazo. Apretó los labios y posó la vista en el plato, destruida ya su necesidad imperiosa de hablar.
–Mi hermano me escribió acerca de Portia – dijo Cato.
Olivia levantó la vista; le era imposible fingir indiferencia. Cato siguió diciendo, tranquilo:
–En su lecho de muerte, él quiso que yo trajera a su hija a esta casa.
–Tú no eres responsable de la vida de una bastarda, milord – señaló Diana con suave sonrisa.
–Mi hermano reconoció eso. Pero, si examino mi conciencia, no puedo abandonar a la muchacha: ella es mi sobrina consanguínea.
Ante la mínima oportunidad que tuviese, Diana arruinaría esa maravillosa posibilidad. La desesperación y el entusiasmo impulsaron a Olivia a hablar:
–A mí me gu… gustaría que ella viniese – resolló, enrojecidas sus mejillas que, por lo general, estaban pálidas. Las cejas de Diana desaparecieron bajo la espuma de artísticos rizos arracimados sobre su blanca frente.
–Mi querida Olivia, es probable que ella no sea una compañera apropiada para ti… con el padre espantoso que ha tenido – evocó, estremeciéndose de delicada repugnancia-Perdóname, milord, por hablar con tanta franqueza de tu medio hermano, pero… bueno, tú sabes qué quiero decir.
Cato asintió con expresión sombría.
–Ya lo creo.
–¡A mí me gustaría mucho que vi… viniera Po… Portia! – repitió Olivia, tartamudeando más a influjos de la emoción. Diana abrió de un golpe su abanico.
–No te corresponde a ti decirlo, querida mía – la regañó, disparando las flechas de fuego de sus ojos a Olivia, desde atrás de su abanico. Cato no dio señales de oír el comentario de su esposa.
–Me había olvidado de que tú la habías conocido en una ocasión, en la boda, Olivia. ¿En ese momento te encariñaste tanto con ella?
Olivia asintió, pero no se atrevió a seguir hablando.
–Tal vez puedas enseñarle nuestros modales – reflexionó Cato.
En su cabeza daba vueltas la idea de que su hija tuviese una compañera.
En una ocasión, había propuesto que Phoebe, la hermana menor de Diana, les hiciera una larga visita pero, cada vez que él mencionaba el tema, Diana presentaba alguna objeción a la propuesta. Cato sabía que, en realidad, ella no quería a su hermana pues la consideraba torpe y exasperante, y por eso no había insistido.
–¿Cuántos años tiene la chica? – preguntó Diana. Ella cayó en la cuenta de que estaba frunciendo el entrecejo y se apresuró a modificar su expresión alisando, con su dedo índice, cualquier línea que hubiese podido quedar.
Cato negó con la cabeza.
–En realidad, no lo sé. Pero estoy seguro de que es mayor que Olivia.
–Sí, lo es – se atrevió a decir Olivia, con una chispa de desafío en los ojos.
Sabía que, si no participaba en absoluto de la conversación, como quería Diana, Portia no iría. Su padre cedería ante Diana, como de costumbre, alzándose de hombros porque tenía cosas mucho más importantes de qué preocuparse. A ojos de Olivia, para su padre todo era más importante que ella.
Con disimulo, ella aferró el pequeño medallón de plata que llevaba colgado del cuello. Dentro del medallón había un anillo hecho con una trenza de cabello. El recuerdo de aquellos maravillosos momentos de amistad que habían llenado la derruida caseta de botes, en aquella tarde de mayo, le daba valor.
–¿No será demasiado mayor para aprender modales? – se apresuró a intervenir Diana-No es que yo quiera insinuarlo pero ¿no sería más dichosa la muchacha si se alojara con alguna familia apropiada, como una buena familia burguesa, donde pudiera aprender un oficio o hallar un marido de su clase? Quizá, si tú ofrecieras una dote… – concluyó, abriendo las manos en ademán indulgente.
Olivia vio que su padre había asimilado el argumento de Diana y estaba a punto de acceder. Entonces dijo, en una voz tan suave y suplicante que ella misma se sorprendió:
–Po… por favor, señor.
Ese tono sorprendió al padre tanto como había sorprendido a la hija. La miró con expresión cautivada y recordó, de pronto, qué niña cálida, de buen carácter y brillante era su hija en otro tiempo. Y después, había sobrevenido aquel invierno cuando apareció el tartamudeo y ella se había vuelto tan retraída. No lograba recordar cuándo había sido la última vez que su hija le pidiera algo.
–Está bien – dijo.
Diana cerró de un golpe su abanico; en medio del silencio, las delicadas varillas de marfil sonaron al dar unas con otras. El semblante de Olivia se iluminó, se esfumaron las sombras de sus ojos y su sonrisa modificó la seriedad de su expresión.
Cato se volvió hacia su esposa.
–Diana, estoy seguro de que Portia aprenderá a adaptarse a nuestro estilo, si tú la ayudas.
–Como tú ordenes, señor – dijo Diana, inclinando la cabeza en gesto de aquiescencia- Quizá podamos darle alguna utilidad. Tal vez en la nursery con alguna tarea ligera. No me cabe duda de que ella querrá demostrar su agradecimiento.
Cato retiró la silla y se puso de pie.
–Claro que sí: puede jugar con los pequeños y ser una compañera para Olivia. Eso sería muy conveniente; dejaré los detalles en tus manos, tú tienes sobrada capacidad para ello, querida mía.
Saludó con la cabeza y se marchó del comedor. La expresión dulce de Diana desapareció.
–Olivia, si has acabado de desayunar, puedes ir a practicar un poco de posturas. Con tanta lectura, se te ha formado una verdadera giba. Ven.
Ella se levantó de la mesa con movimientos graciosos y solemnes; en su espalda y sus hombros no se veía la más leve curvatura.
Mientras apartaba la silla de mala gana y seguía a su madrastra al dormitorio, donde Diana sujetaría la espantosa espaldera a los frágiles hombros de Olivia, ésta pensó que, con razón, nadie podría acusar a lady Granville de haber metido, jamás, sus narices en un libro.
Cato, que ignoraba la cotidiana tortura a que era sometida su hija, salió del castillo y fue a la plaza de armas donde los soldados hacían instrucción.
Se detuvo a un costado para observar las maniobras. Giles Crampton, el sargento a cargo, era un maestro en el arte de convertir a un grupo de granjeros y de peones de manos enrojecidas y pies grandes en una unidad disciplinada.
Lo bastante disciplinada como para formar parte del ejército del Parlamento. Más aún, serían un orgullo para éste, cosa que Giles Crampton tenia en mente. Él era el único que conocía el cambio de bando de lord Granville, y estaba del todo de acuerdo con su lord.
El sargento, consciente de la presencia de su señoría en el campo, indicó con un gesto a su ayudante que lo reemplazara en la instrucción y se dirigió, brioso, hacia donde estaba lord Granville, haciendo crujir el suelo congelado a cada zancada que daba.
–Buenos días, milord.
Cato le indicó, con un ademán, que caminara junto a él.
–Tengo un recado para ti, Giles. No sé a qué otra persona podría enviar.
–Yo estoy a sus órdenes, milord. Usted lo sabe.
–Sí, pero se trata de una tarea que tal vez no te agrade – aclaró Cato, ceñudo-Se podría decir que es trabajo de niñera. Y llega en el momento menos oportuno posible. No me resulta fácil prescindir de ti.
El paso firme de Giles no vaciló.
–Continúe, señor.
–Necesito que vayas a Edimburgo, recojas a mi sobrina y la traigas.
Cato le explicó la situación; Giles no dijo nada hasta que terminó.
–¿Quiere que vaya hoy mismo?
–Cuanto antes, mejor. Todavía no hay pelea cerca de la frontera. Leven aún está reuniendo sus tropas.
–Y nosotros iremos con él, ¿no es así, milord?
–Sí. Cuando tú vuelvas de Escocia con la niña, nosotros levantaremos el estandarte del Parlamento.
Lentamente, el semblante de Giles se fue iluminando.
–Eso será digno de verse, milord.
–¿Aceptarán el estandarte los hombres?
–Sí, señor. Ellos aceptan órdenes. Los que piensan un poco ya se inclinan hacia el Parlamento.
–Bien – dijo Cato, extrayendo un pesado bolso de cuero de su bolsillo-Con esto podrás pasar.
–¿Y si la muchacha no quiere venir…?
–En ese caso, no la obligues. Si ella tiene sus propios planes, mucho mejor.
Su hermano no podía pretender que él hiciera algo más que ofrecer un hogar a la niña. Giles asintió de nuevo.
–Pienso que iré por los páramos, pues así serán menores las probabilidades de que me tope con alguna patrulla.
Sonrió con astucia.
–Pero más de toparte con bandoleros – dijo Cato con sombría sonrisa-Rufus Decatur habrá dispuesto a sus espías; nada le agradaría más que tender una emboscada a una partida de hombres de Granville.
–He oído decir que él está reclutando su propia milicia para el Rey –
dijo Giles.
–Creo que era de esperar que él terminara por complicarse en la guerra
– dijo Cato con acritud. – Es muy probable que él prevea la posibilidad de obtener gordos botines en medio del caos generado por el conflicto. Es,
exactamente, la clase de anarquía que contribuye al florecimiento de Decatur.
Regresó al castillo, con la frente crispada como siempre que una cadena de pensamientos le causaba frustración y rabia. Durante treinta y seis años, el clan de delincuentes de los Decatur había vivido en las tierras salvajes y estériles de las Cheviot Hills; desde allí mantenían una guerra de nervios y de depredación contra las tierras, propiedades y fuentes de ingresos de todo aquel que fuera leal a los Granville.
Las bandas de asaltantes que habían convertido la frontera norte en territorio propio, sin ley, durante los reinados de Isabel y de James, al fin se habían sometido aunque la de Decatur perduraba, protegida en su aislada fortificación y moviéndose sin dificultad a un lado y a otro de la frontera escocesa, lanzando ataques contra las propiedades de Granville y manteniéndose fuera de la ley, evadiendo siempre la persecución y la captura.
Rufus Decatur comandaba su banda de delincuentes. Era un individuo de enorme reputación en la región y la leyenda que acompañaba su nombre era más grande aún. A pesar de que fuese el jefe de una banda de asaltantes y ladrones, la gente lo amaba por ello y él retribuía ese amor. Él no les quitaba nada a ellos, salvo lo que le entregaran de buena gana y, a su vez, daba con generosidad cuando su ayuda era necesaria. Incluso desde su punto de vista, cargado de envidia, Cato no podía menos que reconocer que la descastada casa de Rothbury constituía una fuerza benéfica en todo el campo, tal como había sido cuando la familia aún retenía la posesión de sus propiedades y de su fortuna.
Había una excepción en lo que atañía a los asuntos de los Granville. En ese sentido, el odio y la malicia de Decatur no conocían límites. Él acosaba y perseguía, atacaba, destruía, sin perder una sola oportunidad de realizar las fechorías que más pudieran perjudicar al marqués de Granville.
Durante toda su vida adulta, cada día Cato se veía impulsado en contra de Rufus Decatur. Ambos tenían la misma edad. Y ambos habían recibido el título de sus padres. Pero, en tanto Cato había recibido, a la muerte de su padre, el manto y las galas de un poderoso noble de fronteras, Rufus sólo tenía un título sin valor, unas propiedades confiscadas y el recuerdo de su padre, que se había dado muerte para no enfrentar un juicio por traición y la