La guerrera
Capítulo 6
mente. De todas las injusticias que se habían cometido contra la casa de Rothbury, la más ardua de soportar era ver que el marqués de Granville había recibido a perpetuidad la mayordomía de las propiedades confiscadas a la familia.
Y ahora, esta última humillación: que las utilidades de Rothbury fuesen usadas para sostener el bando al que apoyaba Granville en esta confrontación civil.
Rufus bebió sin pausa, mientras el fuego del hogar se extinguía y, con él, su furia. En su lugar surgieron un compromiso adquirido en plena frialdad y un plan claro. Y cuando, al fin, dejó a un lado la jarra casi vacía y se encaminó hacia la escalera que lo llevaría a su fría cama solitaria, el plan estaba formado en su mente con toda la perfección que podía tener. Durante su breve -y sorprendentemente entretenida- visita al castillo Granville, había averiguado algunas cosas bastante útiles.
6
Los soldados, sombras que ondulaban a la luz parpadeante de las linternas de cuerno, se confundían con los muros del castillo de Granville.
Desde más abajo del agujero donde espiaba Portia, llegó el relincho de una mula. Si bien ella no podía ver al animal o a los animales pues estaban en algún punto más allá del círculo de luz de la lámpara, esperando a que descargasen sus alforjas, podía ver a los hombres encorvados bajo su carga, que salían de la oscuridad y enfilaban hacia la puerta secreta abierta en la gruesa piedra y que sólo resultaba visible para aquellos que sabían cómo distinguirla.
El acceso a esa entrada secreta era desde el foso, debajo del puente levadizo y era tan baja que no dejaba pasar a un hombre erguido, tal como ella descubrió en una de sus exploraciones diurnas.
No se oía otro ruido, ni un susurro que proviniese de los silenciosos trabajadores. Portia distinguía la silueta robusta de Giles Crampton que supervisaba la operación pero, como solía suceder, no pudo identificar a ninguno de los otros.
Nadie sabía que ella estuviese allí, ni siquiera Olivia, que debía de estar metida en la cama. Portia siempre había tenido la costumbre de familiarizarse a fondo con los ambientes en que se movía. Esa familiaridad podía realizarse mejor por la noche, con el objeto de no ser vista. Era
asombroso lo que una descubría, siendo la escena que se desarrollaba abajo un argumento en favor de esta afirmación.
«Tú y yo tenemos algo en común», había dicho Rufus. ¡Maldita sea!
¿Por qué seguía apareciéndose ese hombre en sus pensamientos? Portia maldijo con vehemencia. El problema era que no podía negarlo. Ella estaba espiando, tal como había hecho Rufus Decatur. Se había escurrido de noche, con la intención de averiguar algo de un entorno en el cual, en realidad, ella no encajaba. Era una descastada, que se buscaba a sí misma del mismo modo que lo hacía el exasperante Rufus Decatur. Él había visto esto, y ella no lo había visto.
Lanzó otro fuerte juramento y se esforzó por volver a prestar atención a lo que había estado observando.
Su puesto de observación de la escena eran los antiguos retretes instalados entre las almenas. Desde el que ella ocupaba se podía ver el puente levadizo. Había sido instalado en la época de la construcción original del castillo, hacía trescientos años, el retrete no había sido usado durante una generación; sin embargo, desde el conducto se tenía una visión clara y directa sobre el foso. Tendida boca abajo, ella conseguía una visión aérea de la actividad que se desarrollaba más abajo. Y esa actividad era de lo más curiosa.
Era la tercera noche de la semana en que ella presenciaba la misma escena. Las mulas llegaban apenas pasada la medianoche, y salían a su encuentro algunos hombres del castillo que habían estado esperándolas. La descarga se hacía de manera veloz y silenciosa y, bajo la mirada de la misma Portia, cuando el último hombre desaparecía en el interior del castillo con su lámpara, la noche recobraba su absoluta oscuridad y su completo silencio.
Portia se impulsó hacia atrás hasta quedar sentada en cuclillas. El diminuto espacio en que se hallaba era húmedo y maloliente y el musgo crecía sobre los muros y las lajas. A pesar de todo, constituía un excelente punto de espionaje y, además, había una serie de huecos similares instalados entre las almenas, suspendidos sobre el foso, de modo que se podía obtener una vista a vuelo de pájaro desde muchos puntos, en todo el perímetro del castillo.
¿Qué había visto ella? Había cierta carga que llegaba con regularidad en mitad de la noche y, a juzgar por la prisa y el sigilo con que era llevada
hasta allí, ni los propios habitantes del castillo estarían enterados de su llegada. Y lo más seguro era que también lo ignorase el propio conde de Rothbury. Con todo, a juzgar por sus actividades anteriores, no había muchos asuntos de Granville de los que Rufus Decatur no estuviese enterado.
Portia bostezó y estiró su angulosa humanidad hasta quedar de pie, erguida. ¿Tendría él espías dentro del castillo? Tal vez él estuviese presenciando la escena, tal como la había presenciado ella. Descubrió que estaba todo el tiempo esperando verlo, sorprender, con el rabillo del ojo, el vago atisbo de alguien conocido, atenta a la aparición de los recién llegados al castillo, en un intento por descubrir un posible disfraz que ocultara la presencia de Decatur. Era una preocupación ridícula y, aunque tener conciencia de ella la irritaba sobremanera, no conseguía librarse de esa preocupación. Y lo peor de todo era que no lograba discernir si le causaba temor la idea de que él se expusiera a un peligro semejante o si se contagiaba de la emoción de una excitación ajena al pensar en su audaz atrevimiento.
Se trataba de una pregunta sin respuestas y que era conveniente no formular. Se escabulló fuera del excusado y recorrió el camino de las almenas pegándose al parapeto en la esperanza de no ser vista por los centinelas que vigilaban en las torres de observación.
Preocupación vana, puesto que llegó sin incidentes al estrecho tramo de escalera de piedra por el cual bajaría al puente que unía la planta de la torre de homenaje donde residía la familia con el recinto limitado por los muros externos del castillo. Rara vez se utilizaba, aunque Olivia le había dicho que, a veces, en verano, ella caminaba por entre las almenas cuando podía librarse de Diana. Pero, en general, para disfrutar del aire libre, la familia utilizaba los jardines y la huerta unidas a la torre, dentro del recinto.
Portia llegó a su habitación sin encontrarse con nadie y, bostezando de manera increíble, se quitó las prendas exteriores y se metió en su cama de un salto. En el cuarto reinaba ahora una atmósfera bastante más cálida, puesto que ella había conseguido una provisión abundante de leña seca; aun así, transcurrió cierto tiempo hasta que dejó de temblar.
Estaba acostada en la cama con la cabeza apoyada en las manos, y reflexionaba acerca de este misterio del castillo Granville. Supuso que, lo que ella había presenciado, formaba parte de la contribución de lord
Granville al esfuerzo bélico. Tal vez valiera la pena investigar qué había detrás de la puerta que se abría hacia el foso.
A la mañana siguiente, despertó temprano, deleitándose al comprobar que brillaba el sol. Una difusa y débil luz amarilla se filtraba a través del pergamino que cubría la ventana. Y si bien era una luz fría, resultaba mucho más vigorizante que la gris uniformidad de los días anteriores.
Saltó de la cama poniéndose la ropa, al mismo tiempo que atizaba el fuego casi extinguido; luego fue a la guardería a ejecutar sus tareas matinales, poniéndose a disposición de Janet.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que Olivia asomó su cabeza por la puerta.
–Mi padre quiere saber por qué no has venido a de… desayunar, Portia.
Portia, que estaba cambiando un pañal, alzó la vista y dijo, sorprendida:
–Pero si yo siempre desayuno en la cocina.
–Mi padre no lo sabe.
Portia hizo una mueca.
–Y supongo que su señoría no le ha dicho que eso fue idea de ella.
Casi no había visto a lord Granville desde la mañana en que ella había llegado. Él se ausentaba del castillo durante días y, aunque no hubiese salido, era raro que hiciera su aparición en la residencia de la familia de modo que Diana reinaba allí de modo absoluto.
Olivia sacudió la cabeza.
–¿Vendrás?
–Por supuesto.
Entonces, Portia entregó el pequeño a Janet y, enlazando su brazo con el de Olivia, ambas se dirigieron al salón comedor por el pasillo.
Olivia no lograba recordar la última ocasión en que se había sentido tan feliz como lo estaba en el presente. A menudo pensaba que Portia era como el sol. Un resplandor amarillo que se extendía sobre el deprimente modo de vida que regía en el castillo de Granville, atravesaba las sombras, echaba un manto de calidez sobre el ambiente frío, húmedo y cerrado de este castillo fortificado. Hasta los criados parecían diferentes. Sonreían espontáneamente cada vez que Portia aparecía en medio de ellos y tenían con ella una comunicación fácil, amistosa y, con frecuencia, de atrevido intercambio de bromas. A Olivia le habían enseñado a considerar a los sirvientes sólo en relación con sus responsabilidades; ahora, en compañía de
Portia, hizo muchos descubrimientos. Veía a la persona que había tras la expresión compuesta y obediente de cada sirviente. Supo de sus familias, de sus dolencias y de sus placeres cotidianos.
Cuando entraron en la sala, a Cato lo asombró ver, en el semblante de su hija, una expresión que le recordaba a la de la niña abierta y feliz que ella había sido en otro tiempo.
Frunció el entrecejo, preguntándose por qué era tan poco frecuente verla sonreír, oírla reír.
Olivia hizo una reverencia y ocupó su asiento junto a la mesa. Portia, por su parte, también saludó, murmuró un «Buenos días», y se sentó.
Diana la miró con disimulado disgusto: era una muchacha tan flaca, tan poco atractiva, con su cutis tan blanco y esas pecas tan fuera de moda y esos agudos ojos verdes. A pesar de todo, vibraba en ella una energía, un sentido de propósito que a Diana le resultaba, en cierto modo, amenazador.
Si bien sabía que era ridículo imaginar que esta bastarda poco favorecida en su aspecto pudiera representar una amenaza para su paz, desde la llegada de Portia, la vida en el castillo de Granville, que nunca había sido demasiado estimulante, había dado un giro desfavorable. No se podía atribuir a Portia la culpa de que el marqués hubiera cambiado de bando de una manera tan impensable; sin embargo, Diana, en su agrio estado mental presente, necesitaba culpar a alguien.
–Tal vez quieras compartir eso que tanto te divierte, Olivia – dijo la mujer, en tono hostil-Disfrutar en público con una broma privada es del peor gusto posible. Es probable que Portia no lo sepa pero, sin duda, tú sí.
El brillo de alegría se extinguió en los ojos de Olivia, y murmuró:
–No hay ninguna broma, se… señora.
–Bueno, pero parece que algo te ha puesto contenta – insistió Diana-Te ruego que nos lo digas.
–Es que, esta mañana, la pequeña bebé ha mostrado su primera sonrisa, señora – dijo Portia, al tiempo que untaba una rebanada de pan de cebada con mantequilla-Yo creo que a las dos nos ha resultado contagiosa.
Olivia miró por entre sus pestañas y captó el guiño malicioso que Portia le hacía desde el otro lado de la mesa. Sintió deseos de reír, y la maldad de Diana perdió su poder corrosivo. Se sirvió un poco de setas con riñones, después un poco de cerveza y se puso a desayunar con toda compostura.
Aunque Cato sentía cariño por sus hijas más pequeñas, ellas casi no alteraban su vida, llena de sus actuales preocupaciones. De todos modos, comprendía que la primera sonrisa de un recién nacido despertase interés en las mujeres. Sonrió, a su vez, con distraída benevolencia mirando a todas y comentó, mientras se servía lomo:
–Espero que la vida en el castillo Granville sea de tu agrado, Portia.
–Me siento sumamente agradecida por su bondad, milord – respondió ésta.
–Confío en que tus ocupaciones sean agradables.
Los ojos verdes de Portia lanzaron una fugaz mirada a Diana, y luego dijo:
–Más que agradables, lord Granville.
–Bien… bien – dijo el hombre con animación. Después de todo, no esperaba otra cosa. Sacó un fajo de cartas del bolsillo de su chaqueta-Una carta de tu padre, querida mía – dijo a Diana-Y una de tu hermana Phoebe, dirigida a Olivia, creo.
En ese momento, sonrió a su hija al tiempo que le entregaba la hoja de papel sellada con lacre. A Olivia siempre se le iluminaba el rostro cuando recibía correspondencia de la hermana de Diana.
Portia observó con cuánta ansiedad Olivia rompía el sello y aguardó, llena de curiosidad, a que leyera el contenido de la carta. Recordaba a Phoebe como una muchacha más bien rolliza y de refrescante franqueza. De suave y bonito rostro, claros ojos azules y el cabello del color del trigo en verano. Sería interesante saber cuánto había cambiado en los tres años transcurridos desde que se habían encontrado en la caseta de los botes.
Cato rompió el sello de su propia carta y se puso, inmediatamente, ceñudo. Provenía de su hijastro, Brian Morse, hijo de la primera esposa de Cato, viuda y nueve años mayor que él. Ése había sido un matrimonio de conveniencia; Elizabeth tenía, entonces, un hijo de diez años.
El matrimonio no había durado más de seis meses pues Elizabeth había sucumbido a una fiebre tifoidea. A la muerte de su madre, la familia del padre había reclamado al niño, y Cato no había vuelto a verlo hasta hacía unos pocos años, cuando el joven había llegado al castillo Granville exigiendo la hospitalidad de su padrastro después de haber sido echado de Oxford por no haber pagado unas deudas de juego y de que la familia de su padre se había negado a recibirlo.
Cato no simpatizaba con Brian Morse. Por más que el joven era bien parecido y daba la impresión de ser amistoso, divertido, buen deportista además de estar familiarizado con las artes de un caballero noble y tuviese una herencia esperándolo, Cato percibía en él algo escurridizo, algo que no era auténtico.
Y Brian escribía para decir a su padrastro que tenía asuntos que atender en el ejército Cavalier, en el Norte, y que iría a visitar el castillo Granville en la primera oportunidad. Sin duda, no se había enterado de que su padrastro había defeccionado de la causa del Rey.
Cato volvió a plegar el pergamino y levantó la vista. Diana estaba un tanto pálida y sus largos dedos, que sostenían la carta de su padre, temblaban un poco.
–¿Pasa algo malo, señora? ¿Está bien tu padre?
–No sé – respondió Diana.
–¿Me permites ver la carta?
Extendió su mano, pues la pregunta no era más que una fórmula de cortesía. Un hombre tenía todo el derecho de leer la correspondencia de su esposa. Diana se la dio y él la leyó en silencio. Al parecer, su suegro comenzaba a dudar del derecho divino que asistía a la causa del Rey. Sin embargo, aún no se había declarado en apoyo del Parlamento sino que se retiraría, por un tiempo, de la corte de Oxford para poder pensar. La pobre Diana, ferviente devota de la corte del rey Charles y de la reina Henrietta Maria, a duras penas se había recuperado de la sacudida causada por la defección de su marido, y ya tenía que vérselas con la de su padre.
Sin hacer comentarios, él devolvió la carta a Diana y dijo, en tono despreocupado:
–Olivia, ¿cómo está Phoebe?
De inmediato, Olivia pasó la carta a su padre por encima de la mesa; éste la devolvió después de echarle un breve vistazo.
–Si bien yo no diría que es fácil de leer, puedo decir que Phoebe está encantada con abandonar Oxford y la corte – comentó él.
–Mi hermana nunca ha poseído la menor elegancia – afirmó Diana-No tiene sentido, no sabe conducirse, no tiene idea de lo acomodada que está, de lo afortunada que es.
Diana se levantó de la mesa.
–Si me disculpas, milord, debo ocuparme de algunas cosas.
Él le respondió con una afable sonrisa, sin darse por enterado del sonrojo de ira ni de las flechas que lanzaban los ojos de su esposa, y Diana salió de la sala cerrando la puerta a sus espaldas con un ímpetu que se asemejaba notablemente a un portazo.
Portia leía la carta de Phoebe y se divertía mucho con la confusión de líneas que se cruzaban una y otra vez. El estilo caótico y entusiasta de la carta coincidía a la perfección con el recuerdo que ella tenía de la redactora.
De repente, cobró conciencia de que Olivia estaba sentada, tensa, al otro lado de la mesa y que sus grandes ojos negros estaban clavados en su padre.
–Estoy seguro de que recuerdas a Brian, Olivia – decía Cato-Al parecer, vendrá a visitarnos otra vez o, al menos, ésa era su intención. Es probable que cambie de idea cuando sepa que el castillo Granville apoya al Parlamento. No sé… – se interrumpió y miró, preocupado, a su hija-¿Pasa algo malo, Olivia?
–No, señor – respondió la muchacha, aunque sus ojos tenían una extraña expresión ausente. Desplazó su silla hacia atrás-Po… por favor, le ruego me excuse, señor.
Cato le lanzó una mirada de desaprobación aunque, de todos modos, le dio permiso con un breve movimiento de cabeza y volvió a la carta de Brian.
Olivia dirigió a Portia una mirada suplicante y luego salió de prisa de la sala, dejando la puerta entreabierta a causa de su premura.
Portia se incorporó a medias, dirigió a Cato una mirada interrogante y éste, después de un segundo, dijo con desagrado:
–Será mejor que vayas a hacerle compañía. Supongo que ella no está bien. No sé qué motivo puede tener para comportarse de una manera tan extraña.
Portia salió de la sala, y Cato contempló con fastidio la abandonada mesa del desayuno, preguntándose por qué se habría quedado solo, con las migas del pan.
El dormitorio de Olivia estaba vacío. Portia permaneció en la entrada, golpeteándose los dientes con una uña, mientras intentaba deducir adónde habría ido Olivia. La capa de ella seguía colgada de su correspondiente gancho, detrás de la puerta, sus guantes estaban tirados, como al descuido, sobre una silla baja, junto a la ventana; por lo tanto, era poco probable que hubiese salido. Cuando se volvió para salir, Portia oyó un débil sonido que
provenía de las profundidades del hogar, y que se asemejaba al andar de un ratón.
–¿Olivia?
Dio un paso hacia el hogar. El fuego estaba dentro de un cesto que había en medio del hogar de piedra y, a cada lado, había bancos de piedra dentro de unos huecos en las paredes.
Olivia estaba acurrucada en el rincón más alejado de uno de esos huecos, y todo su cuerpo formaba una especie de bola apretada, su cabeza vuelta y metida entre las manos y apoyada contra la pared.
Portia se acomodó en el banco a su lado. Estaba muy caliente puesto que la piedra había retenido el calor del fuego; ella experimentó un fugaz sentimiento de envidia. Si su propia chimenea hubiese sido construida del mismo modo, ella habría dormido dentro y, quizá, por una vez en su vida, sentiría verdadera tibieza.
–Y bien, ¿qué tiene ese Brian que tanto te perturba, patito? – preguntó Portia en tono alegre, apoyando una mano en el hombro de Olivia.
–¿Cómo lo sabes?
Olivia levantó la cabeza y la giró, a medias, hacia Portia, aunque siguió acurrucada en el rincón.
–Por una astuta deducción – respondió Portia-Estabas desayunando alegre como una cigarra y, al minuto siguiente, al oír la mención de este señor Morse, saliste huyendo como si te persiguieran todos los demonios del infierno.
–Él es el de… demonio – dijo Olivia, con una voz en la que se notaba, con absoluta claridad, un odio puro.
La recorrió un estremecimiento y se inclinó hacia el fuego.
–¿Qué hizo él?
Se hizo un momento de silencio y luego Olivia dijo:
–No po… podría decírtelo. No pue… puedo descubrirlo.
Portia apretó sus labios tratando de entender.
–¿Quieres decir que no puedes recordar? – Olivia asintió.
–Simplemente, cuando pienso en él siento este te… terrible temor.
–Malintencionado – pronunció Portia con énfasis-Yo he conocido a algunos hombres que han hecho que me sienta así. Son seres aviesos, viscosos.
–¡Sí! – confirmó Olivia, irguiéndose y adelantando el cuerpo-Exacto. Él es una víbora detestable y viscosa. – y volvió a acurrucarse y dijo en un susurro-: Si vi… viene, no po… podré soportarlo.
–Ten en cuenta que yo estaré aquí – dijo Portia, animándola-yo he aprendido un par de tretas que sirven para vérselas con las víboras de este mundo.
Olivia logró esbozar una sonrisa llorosa.
–No en… entiendo cómo he podido vivir antes de que tú vinieras, Portia. Hasta ahora, nu… nunca había tenido una amiga.
–Pues, ahora la tienes – dijo Portia, con una sonrisa. Se deslizó fuera del asiento y pasó nuevamente a la habitación, que parecía una nevera, en contraste con el calor del nicho de la chimenea-Ven – le dijo, cediendo a un impulso-Vamos a patinar. Fuera brilla el sol. Los patos deben de tener hambre y está demasiado hermoso como para quedamos encerradas aquí dentro.
Olivia sentía la garganta áspera e inflamada, como si hubiese estado gritando a voz en cuello durante la última media hora, pero ese miedo sin nombre había cedido. Quizá, después de todo, Brian no venga, pensó. Su padre lo creía posible. Quizás él no venga. No venga, no venga, no venga.
Lo repitió para sus adentros como un mantra hasta que las palabras llenaron su cabeza y disiparon los últimos resabios de miedo.
–Es preferible que nos escabullamos, por las dudas que nos topemos con Diana – dijo Olivia-Está de tan mal talante que, si me pesca, seguro que va a inventar alguna tarea horrible para mí.
–Y si tú me prestas una capa, yo no tendré que ir a buscar la mía y no correré el riesgo de encontrarme con Janet.
Portia fue hasta la puerta, la entreabrió y espió con exagerada actitud conspirativa que hizo reír disimuladamente a Olivia, a pesar de sí misma.
–Ten ésta – ofreció Olivia, descolgando su capa de la puerta-Yo me pondré la me… mejor que tengo.
Fue a buscarla al armario y se la abrochó en el cuello; sus manos ya estaban firmes cuando se ponía los guantes.
–¿Lista?
Portia levantó la caperuza de su capa. Olivia afirmó con la cabeza.
Anduvieron de prisa por el pasillo, caminaron por el puente que iba hacia las almenas y descendieron un tramo de peldaños de piedra que
desembocaba en la guardia externa, donde era muy poco probable que Diana o Janet se aventurasen a salir.
En la guardia externa reinaba la agitación, había soldados que iban y venían deprisa entre el establo, la armería y la herrería. Ante el granero estaban descargando una carreta colmada de provisiones y otra con barriles de cerveza y toneles de vino aguardaba ante la rampa que bajaba a las bodegas.
–¿Por qué mi padre está haciendo traer tantas provisiones? – preguntó Olivia.
–Es probable que esté preparándose para un sitio – respondió Portia, mientras entraban en el establo a recoger sus patines y llenarse los bolsillos con grano para los patos presos en el hielo de la fosa-En mitad del invierno no hay muchas batallas pero, en cuanto llegue la primavera, comenzará la verdadera diversión. Y, como el castillo Granville es una fortaleza tan importante y tu padre ha reclutado una milicia tan numerosa, es muy posible que a los partidarios del Rey se les ocurra sitiarlo para mantener a tu padre y a su ejército fuera de combate.
–Ah – exclamó Olivia, absorbiendo la información.
En realidad, no había podido hacerse a la idea de la posibilidad de una guerra, y menos aún de su realidad concreta. Si bien eso no afectaba, en lo específico, a la seguridad de la residencia familiar, ella tenía prohibido abandonar el castillo para pasear a caballo o ir de caza de cetrería, tampoco podía ir de visita a la aldea de Granville, en la base de la colina. Como el tiempo había sido tan feo, ella no había notado mucho estas restricciones.
Pero cuando llegara la primavera, las notaría de verdad.
Corrió tras de Portia por el puente levadizo, con sus patines de hueso aferrados bajo el brazo. Por fuerza, patinar en el foso se había convertido en su actividad preferida al aire libre puesto que cualquier otra que debieran desarrollar fuera de las murallas estaba prohibida.
Portia ya estaba a medio camino del trayecto hacia el foso y bajaba por la escala de hierro que descendía desde el puente. Se sentó sobre el hielo para asegurar las correas de los patines y luego se levantó con facilidad, mucho más segura ahora de lo que había estado hacía poco tiempo.
Patinó hacia el medio del foso mientras Olivia ajustaba sus patines, y probó de hacer un giro experimental mientras buscaba con la vista, y encontraba, la línea más oscura que indicaba, en la piedra, la entrada
secreta. Esa noche, si no había entrega, tal vez ella pudiera intentar abrirla desde fuera. Sin duda, debía de comunicar con algún pasaje que conduciría al interior de las murallas, pero Portia no tenía demasiadas posibilidades de encontrarlo desde un sitio tan concurrido como el almenar. Tenía que haber alguna palanca o algún retén, a menos que no pudiera ser abierta desde el foso…
–Ahí están. Lo mismo que ayer.
George señaló hacia el foso y las miradas de sus dos acompañantes, envueltos en capas negras, siguieron la dirección que indicaba el dedo.
Estaban ocultos en una maraña de arbustos, sobre una pequeña loma enfrente del puente levadizo; ninguno de ellos ignoraba lo peligroso de su posición, a pocos cientos de metros del castillo de Granville, en una mañana soleada.
–¿Cómo podremos hacer para apoderamos de la chica bajo la vista de los vigías? – reflexionó en voz alta un hombre bajo y fornido, de barba entrecana.
–Espera y verás, Titus – le dijo George con algo que se asemejaba a una sonrisa-Si hacen lo mismo que ayer, patinarán por todo el foso para dar de comer a los patos que están en la isla. Cuando se hallen del otro lado de la isleta, quedarán fuera de la vista desde las torres durante unos pocos minutos. Podremos levantarla del hielo con tanta facilidad como comemos un pastel.
–¿Quién de ellas es la nuestra?
–La de la capa azul. El amo las vio sobre la fosa cuando estuvo en el banquete… ¡Ah, ahí están! Sigamos con esto.
George ya estaba impaciente. Cada minuto de más que estuviesen ahí aumentaba el peligro de que los colgaran con una cuerda, de una de las almenas del castillo Granville.
Los tres hombres de Decatur avanzaron con agilidad, manteniéndose a cubierto de los arbustos y siguiendo a las patinadoras, que daban la vuelta al foso.
La isla que estaba en el extremo más alejado del castillo era un islote de roca salpicada de árboles, que emergía del hielo. Los patos se habían reunido en la orilla y contemplaban, tristes, la superficie helada. Cuando divisaron a las patinadoras, se abalanzaron hacia ellas deslizándose sobre el hielo, y sus roncos chillidos llenaban el aire.
George y sus hombres estaban, en ese momento, cerca del borde del foso, al socaire de la isla.
El bullicio que armaban los patos ahogaría cualquier ruido que hicieran ellos al acercarse y, tal como George había notado, en ese punto los protegía la isla de la vista de los centinelas del castillo.
Las dos muchachas quedaron rodeadas por los patos mientras esparcían el grano sobre el hielo. Estaban de espaldas a la orilla y, cuando los tres hombres echaron a correr, muy agazapados y cruzaron el foso en completo silencio, Portia y Olivia no tuvieron noticia de nada que no fuesen las excitadas aves acuáticas.
En un momento dado, algo alertó a Ponia, una especie de advertencia atávica del peligro. Giró sobre sí misma en el preciso instante en que una gruesa manta caía sobre su cabeza, precipitándola en una sofocante oscuridad, apresando sus miembros, haciéndole perder el equilibrio al punto que hubiese caído si alguien no la hubiese levantado desde el hielo, bien envuelta en la manta, atrapada en un apretado lío. Oyó el grito de Olivia que llegaba desde fuera de esa asfixiante negrura y luego percibió que era llevada a cuestas por alguien que corría a buen paso.
Ella forcejeó, pero le resultó imposible librarse de esas bandas que la trababan. Cuando intentó gritar, su boca se Ilenó de pelusa y de pelo de la manta. Una mano le sujetó la cabeza y la empujó hacia el pecho de su secuestrador. Su nariz y su boca quedaron apretadas contra algo duro e inflexible de un modo que casi no podía respirar.
Oía ramas que se quebraban, malezas aplastadas bajo las botas de alguien y luego, sintió que era pasada a otra persona como si fuese un paquete. Mientras alguien la sostenía en alto, soltaron las correas de sus patines y, después, la alzaron más alto y volvieron a pasarla de mano en mano, sostenida con fuerza en unos brazos y luego, la hicieron girar y la apretaron de nuevo contra ese pecho duro como el hierro. El caballo sobre el cual estaba arrancó de un salto y los brazos que la sujetaban se apretaron más, intentando amortiguar el violento impacto del galope del potro.
Ella intentó respirar y sintió que le palpitaba la cabeza, intentó librarse, con la lengua, de las pegajosas fibras que llenaban su boca y trató de controlar el pánico que le provocaba la absoluta perplejidad ante lo sucedido. Lo que estaba ocurriéndole era increíble. No había motivo ni razón para semejante secuestro. Nadie le guardaba mala voluntad. No tenía
amigos ni enemigos en esta región del mundo, fuera de las murallas del castillo Granville.
«Voy a desmayarme, pensó.» Su cabeza daba vueltas, su corazón latía a toda velocidad, un sudor frío brotaba de su piel. Entonces, milagrosamente, su cabeza fue apartada de ese pecho, se aflojó la manta que la ahogaba y acarició su rostro una ráfaga de aire frío.
Desesperada, jadeó y alzó la cara hacia el cielo, que parecía correr hacia atrás al ritmo del galope del caballo por las laderas de las colinas. Oía el tamborileo de otros cascos de caballos, pero sólo podía mirar hacia el cielo por el modo en que le sujetaban la cabeza.
–Tómalo con calma, muchacha – dijo una voz bronca desde arriba-Todavía tenemos por delante una larga cabalgata; si me prometes que te quedarás callada y quieta, te dejaré enderezarte un poco.
Aunque Portia no estaba convencida de su propia disposición a cumplir cualquier promesa que hiciera en su presente situación, asintió. Su breve cabeceo fue recompensado, de inmediato, por un bendito cambio de posición. Se sintió alzar y quedó semisentada sobre la silla, delante de su secuestrador. Sus brazos y sus piernas seguían atrapados por la manta, y ella no tenía más alternativa que confiar en el hombre para sentirse firme sobre el caballo pero, por lo menos, tenía la cabeza libre y podía ver.
Su raptor era un hombre robusto, rubicundo y de ojos alegres que, para Portia, resultaron una incongruencia insultante teniendo en cuenta las circunstancias. El viento hacía volar hacia atrás la capa del hombre, y entonces ella pudo ver aquello tan duro en que había apoyado su cara: el sujeto usaba un peto de acero… exagerada armadura para un secuestro.
Junto con ellos galopaban otros dos hombres, y sus caballos llevaban el mismo paso vertiginoso que el del secuestrador. Ellos también llevaban petos bajo sus capas oscuras, y mantenían su vista fija delante de sí, sin echar ni una sola mirada en dirección a Portia, ni siquiera por curiosidad.
–¿Quiénes sois? – preguntó ella.
–No es asunto tuyo, muchacha – dijo, sin alterarse, el que la llevaba.
–¿Y de quién, si no? – replicó ella, más atónita que indignada ante tan ridículas palabras-¿Cómo es posible que no me importe ser secuestrada de este modo?
–Acomódate – le aconsejó el hombre en el mismo tono amistoso-Aunque a mí no me corresponda decir nada, si quieres viajar cómoda, lo
mejor que puedes hacer es mantener la lengua quieta y disfrutar el paisaje.
Portia quedó boquiabierta y, por unos instantes, guardó silencio. Luego, se recuperó y pidió:
–Por lo menos, podría soltarme las manos para que pueda sacarme esta cosa sucia de la boca.
–¿Qué cosa? – preguntó el hombre, con curiosidad.
–Pelusa de esa manta inmunda – respondió ella, escupiendo casi.
–Espera – dijo él, metiendo una mano en el bolsillo y sacando un enorme pañuelo-Vamos, saca la lengua, muchacha.
–Yo lo haré.
El hombre se alzó de hombros e hizo ademán de guardar el pañuelo; entonces, Portia lo pensó mejor y sacó la lengua sin mucho entusiasmo.
Con todo, fue un alivio que le quitaran todos los restos de fibras y pelusas; mejor todavía cuando él sostuvo una botella con agua junto a sus labios.
Después de eso, no tenía mucho sentido continuar la conversación, de modo que ella se acomodó, aparentemente resignada, aunque su mente trabajaba a toda velocidad y sus ojos disparaban vistazos a un lado y a otro, en acecho de una oportunidad de escapar, por ínfima que fuese. Aun cuando hubiese tenido sus miembros libres, habría sido un suicidio saltar del caballo a esa velocidad, pero algo podría suceder.
Así fue. De repente, el caballo se desvió para eludir a un puerco espín enroscado que se había cruzado en su camino y tropezó de costado en una zanja que estaba tapada por unos hierbajos. El jinete tiró de las riendas tratando de estabilizar al animal y de ayudarlo a recuperar el equilibrio. Por un instante, aflojó el brazo con que sujetaba a Portia, y ella reaccionó de inmediato, pataleando con las piernas unidas como la cola de una sirena y retorciéndose, se soltó y cayó con fuerza al suelo, a escasa distancia de los cascos del caballo que se agitaban en el aire.
–¡Eh! ¡Atrapadla! – gritó el secuestrador a sus compañeros, que también sofrenaron a sus animales al ver que el otro había tropezado.
Portia se puso de pie con dificultad, se libró a puntapiés del envoltorio de la manta y, dejándose llevar por el instinto, enfiló hacia una maraña de arbustos donde podría hallar un escondite. Sus oídos se llenaron con los gritos que hacían trizas el silencio reinante en las laderas de las colinas; ella cerró la mente a la idea de la persecución y se concentró en llegar a su meta.
El corazón le martilleaba en los oídos y el aire helado penetraba en sus pulmones doloridos.
Se precipitó en medio de los arbustos y, entonces, comprendió su error.
Fue recibida por unas ramas espinosas que engancharon su capa y arañaron su cara desprotegida.
Se la cubrió con las manos enguantadas y se esforzó por abrirse paso.
Pero los espinos se hacían cada vez más espesos y, con el corazón pesado, comprendió que quedaría atrapada en esa maraña impenetrable. Los guantes y la capa quedaron hechos jirones, su rostro sangrando, su cabello, enredado de un modo increíble y, alojados en él, restos de pelusa y de vellón junto con pequeñas ramas y hojas muertas.
Oyó a sus espaldas los pasos pesados de los hombres, que iban cortando los espinos con las espadas. El pequeño cuchillo de Portia estaba, como siempre, metido dentro de su bota y era demasiado pequeño para cortar las recias ramas llenas de espinas aunque, de todos modos, ella lo tenía en la mano cuando, al fin, se vio obligada a detenerse y a volverse.
Los hombres irrumpieron entre la maleza, maldiciendo a medida que iban cortando las ramas.
–¡Por las entrañas de Dios! – exclamó George-Miren eso: la chica tiene un cuchillo. Dámelo, chica – dijo, extendiendo la mano-No te serviría para nada contra nosotros tres.
Cercada por los arbustos de espinos, enfrentada a tres hombres con espadas y petos, Portia supo que estaba perdida. Se inclinó, guardó el cuchillo dentro de la bota, luego se encogió de hombros y volvió las palmas de sus manos hacia arriba, en gesto de resignación.
–¡Por el amor de Dios, pero mira lo que te has hecho! – dijo George-Estás toda ensangrentada y rasguñada. Ven.
Avanzó hacia ella, bajó el hombro y se la echó sobre su espalda, sin ceremonias.
Portia lanzó un grito de indignación y le aporreó la espalda con los puños, pero él no le hizo el menor caso, y siguió avanzando, flemático, saliendo de entre los espinos detrás de sus dos compañeros, que iban despejando el camino con sus espadas.
–Eso que has hecho fue una tontería, muchacha – afirmó, cuando llegaron donde habían quedado los caballos, que tascaban tranquilamente la
hierba de la zanja-Ahora vas a sentirte incómoda y yo lo siento por ti, pero no puedo remediarlo.
Portia pensó en protestar, en rogar, en prometer, incluso, pero el orgullo la obligó a mantener la lengua quieta aun mientras la envolvían de nuevo en la manta. Esta vez, la ataron con tiras de lona que formaron una red alrededor de sus tobillos, su cintura y en los brazos, dejándola liada como un pavo para el mercado. Le subieron la caperuza de la capa y se la ataron sobre la cabeza pero, al menos le dejaron libre la boca y la nariz.
El resto del trayecto se le hizo interminable. Portia iba sentada de lado en la silla, apretadamente sujeta al cuerpo duro y robusto del individuo llamado George. Se sentía muy incómoda porque las ataduras le impedían moyer un músculo, modificar su posición, rascar una picazón que había aparecido en su pantorrilla y que se había extendido rápidamente por todo el cuerpo, causándole un escozor que la enloquecía.
Los hombres, cada tanto, conversaban algunas palabras, pero nada de lo que decían servía a Portia de clave para deducir adónde se dirigían; menos aún saber por qué la habían raptado.
El paisaje era desolado, a duras penas se veían ásperos brezos que eran reemplazados por colinas estériles. Había ovejas y unos pocos ponis pero ninguna señal de vivienda humana, ni siquiera la cabaña de piedra de algún agricultor.
Por último, sus múltiples molestias se fundieron en un solo hecho lamentable: su vejiga estaba a punto de estallar y el continuo trote del caballo no le permitía apartar sus pensamientos de tal situación.
–Parad – dijo, por fin-Necesito ir detrás de un arbusto.
–Bendita seas, muchacha, pronto llegaremos – dijo George, en ese tono suyo tan irritante de puro amistoso-¿Ves las hogueras, allí delante? – señaló con su fusta.
Portia giró la cabeza. Estaban en las últimas horas de la tarde y, si bien aún había sol, se podía ver el humo de una hoguera que se elevaba en el aire claro, desde la cima de una colina a la que estaban ascendiendo en ese momento.
–¿Allí vamos?
–Sí.
–No sé si puedo esperar – dijo ella, con intención.
El hombre echó una mirada al rostro pálido de la muchacha.
–Ya lo creo que podrás, muchacha.
Espoleó a su caballo y el animal se precipitó hacia delante, aunque estaba cansado, en un último esfuerzo cuesta arriba que lo acercaría al establo y a la avena.
Portia apretó los dientes y se esforzó por pensar en cualquier otra cosa que no fuera su urgente necesidad de alivio. Miró alrededor, buscando algo que le diese una clave de su paradero. El olor del fuego se hizo más intenso; por fin, asomaron a la cima de la colina, y ella vio un pequeño puesto de vigilancia donde un guardia solitario, pica y mosquete en mano, vigilaba.
El centinela levantó una mano a guisa de alegre saludo:
–¿Todo bien, George?
–Sí, Tim.
George devolvió el saludo. Si el centinela hubiese sido un miembro menos modesto de la banda, o si hubiesen estado allí Rufus o Will, él habría insistido en dar la contraseña pero, teniendo en cuenta que era un día claro y despejado y que se podía ver a una persona a kilómetros a la redonda, le pareció una tontería.
–¿El jefe está abajo?
–Sí. Creo que hoy aún no ha salido.
–Nos vemos más tarde, en el comedor común, para echar un trago, ¿eh?
–Sí. Termino la guardia dentro de media hora.
Descendieron por la otra ladera de la colina, pero Portia ya estaba tan desesperada por llegar al excusado que sólo captó la vaga visión de un racimo de construcciones a lo largo de un río. Notó que los hombres que veía llevaban jubones de cuero de buey y que su andar se parecía más a una marcha que a una caminata común. Los edificios se asemejaban más a estructuras militares que a las acogedoras cabañas de una aldea, y pudo distinguir una herrería, un granero y una construcción bastante más importante ante la cual se veían unos bancos para beber cerveza. Era de suponer que se trataría del comedor comunitario. Fuera de eso, ella no pudo registrar gran cosa, salvo un ambiente general de animación y de vigoroso propósito.
George tiró de las riendas frenando a su caballo delante de una casa que se hallaba en el extremo más remoto de la aldea, un poco separada de las demás. Se apeó. Levántó las manos hacia la silla y cargó el cuerpo empaquetado de Portia sobre el hombro.