La guerrera
Capítulo 10
melena con la caperuza. Salió de la cabaña sin saber, exactamente, qué haría, aunque colmada de una excitación y un valor que la empujaban por un sendero que ella misma había elegido.
10
El patio del establo parecía un caos. Allí hervía de hombres y caballos, los mozos entraban y salían corriendo de la talabartería con equipos, otros se afanaban llenando alforjas con provisiones de boca. La cabeza y los hombros de Rufus sobresalían de la multitud, sujetando de la brida a Ajax y dándole órdenes a Will, que estaba a su lado.
Después de un minuto de observación, Portia tuvo claro que, tras ese aparente caos, se desarrollaba un proceso bien ordenado, con el que cada uno estaba bien familiarizado. Nadie tenía tiempo de notar su presencia y, aunque la hubiesen notado, sólo verían una figura en pantalones y capa de frisa completamente normal, que podría haber sido cualquiera de los jóvenes que corrían de un lado para otro.
Se escurrió al interior del establo sabiendo exactamente qué caballo estaba buscando: era una delicada yegua llamada Penny, que ya antes había atraído su mirada cuando había hecho el recorrido con Rufus. El animal aún estaba en su pesebre, en el extremo de la cuadra; la silla y los arreos colgaban de la barra horizontal, en el fondo del pesebre. Apenas le llevó unos minutos ensillarla en el cobertizo desierto.
Como al descuido, Portia condujo a la yegua fuera del establo y la sacó al patio, componiendo una actitud que, esperaba, fuese vista como de autoridad y familiaridad. Los hombres ya habían montado y los caballos coceaban y resoplaban, contagiados de la excitación.
Portia montó a Penny y la condujo sin ser advertida hacia el grupo de soldados. Rufus montó al magnífico Ajax, recorrió con la vista a su tropa y, a continuación, levantó la mano indicando que debían ponerse en marcha.
Los jóvenes que habían quedado miraban con envidia a sus compañeros más afortunados,mientras el grupo de elegidos salía del patio y giraba hacia el río.
Toby y Luke llegaron, a tropezones, al prado en el momento en que se acercaba la tropa montada. Treparon una verja, y gritaron:
–¡Papá… papá…!
Rufus detuvo a su caballo y se inclinó para alzarlos y sentarlos sobre la silla delante de él. Aunque estaban acostumbrados a eso, de todos modos les encantaba. Sus gritos de euforia se interrumpieron de golpe. Miraron a su alrededor con los ojos dilatados, con una mezcla de terror y orgullo, mientras Ajax trepaba la colina a la cabeza de los jinetes.
En la cima, Rufus dejó a sus hijos en los brazos del vigía que los aguardaba.
–Envíalos de regreso después de que nos hayamos marchado.
–Sí, milord – dijo el hombre, sonriendo, con uno de los niños en cada cadera-Buena suerte, señor.
Pasaron ante el puesto del centinela y cruzaron la ladera al trote sin que ninguno de ellos descubriera aún que la pequeña tropa de lord Rothbury no era de treinta miembros jinetes sino de treinta y uno.
Portia sufrió una sacudida de sobresalto cuando cayó en la cuenta de que había logrado escapar de la aldea Decatur.
Había actuado sin motivos conscientes, sin estar convencida de que en realidad podría lograrlo. Y, sin embargo, allí estaba, en ese racimo de hombres, sin que su comandante hubiese notado su presencia; podía suponer que llegaría un momento en que podría quedar atrás, escabullirse entre unos árboles, perderse de vista. Entonces, estaría suelta, libre, a pesar de las jactanciosas lecciones de Rufus Decatur con respecto a la seguridad de su fortaleza.
No pudo contener una sonrisa, una sonrisa que se desvaneció cuando pensó cómo iría a recibirla Cato a su regreso. Lo más probable era que tuviese interés en recibir la información que ella pudiese llevarle. Por supuesto, Diana estaría celebrando alborozada la repentina desaparición de Portia, pero al menos Olivia se alegraría de volver a verla.
Los hombres que la rodeaban cabalgaban en silencio, sólo interrumpido por el tintineo de una brida, el entrechocar de una espuela, que competía con la llamada quejumbrosa de un chorlito o el canto jubiloso y emocionado de un mirlo. Era demasiado pronto aún para hacer su apuesta por la libertad puesto que el campo era demasiado abierto y todavía estaba muy cerca de los centinelas. Se las ingenió para seguir pasando inadvertida cambiando de posición como al acaso. No había un orden específico en la marcha, y los hombres iban solos, o en grupos de dos o tres; Portia iba guiando a Penny por entre los pequeños grupos de jinetes, sin quedarse
nunca mucho tiempo en una misma posición, de modo de no atraer la atención. Por las dudas, permanecía bien lejos de la vanguardia del grupo, donde iban Rufus Decatur y Will.
Pronto abandonaron el campo abierto y entraron en una estrecha garganta rocosa que se abría paso entre dos pliegues de las colinas. Las laderas escabrosas se elevaban, altas, tocándose casi en algunos puntos. En ninguna parte se veía más que una tajada de cielo azul; el aire era frío y húmedo, y un constante goteo que bajaba por la superficie rocosa aumentaba los retorcidos carámbanos de hielo.
Ahora marchaban en fila india, en completo silencio. Era como si el ambiente que los rodeaba les hubiese infundido su melancólico espíritu; ya no quedaban rastros de la euforia del principio. Penny escogía con delicadeza su camino entre un capón gris, huesudo, y una hermosa yegua negra. Parecía hallarse a sus anchas, como si ya hubiese participado en muchas expediciones similares, aunque estando emparedada entre otros dos caballos, Portia no tenía posibilidad de escapar en ese estrecho paso. No tendría otro remedio que esperar a que acabara ese cuello de botella.
La cabalgata seguía marchando por la garganta cuando Rufus detuvo a su caballo y dio la señal de alto. Al principio, Portia no pudo ver qué había sucedido; luego vio que uno de los hombres trepaba por la superficie rocosa como si hubiera una escala. Ya arriba, se tendió boca abajo y se alejó reptando.
–A esta altura, deben de estar acercándose – murmuró a Portia el hombre que iba delante de ella, girando sobre su silla para dirigirse a ella, mientras sacaba un bulto de provisiones de su alforja-El jefe tiene mucha habilidad para estimar los tiempos.
Rufus lo debía haber calculado teniendo en cuenta la velocidad con que se movían los hombres de Leven. Pero ¿cómo era posible que lo supiera desde semejante distancia, sin más auxilio que el de ún anteojo?
A pesar de lo sombrío del paisaje que los rodeaba, los soldados desenvolvían sus provisiones, preparándose para la batalla que se avecinaba, perspectiva que no parecía haber afectado en absoluto su apetito.
Portia estaba hambrienta, pero no podía hacer otra cosa que olfatear y fingir indiferencia.
El hombre bajó del promontorio y corrió hasta donde estaba Rufus comiendo tranquilamente pan con queso, a lomos de Ajax. Sostuvieron una
conversación en tonos quedos, y luego una palabra recorrió la fila:
–Están acercándose a la boca. Poneos en posición. Guardaron las provisiones y sacaron los mosquetes.
Los soldados avanzaron hasta un punto donde la garganta se abría como la boca de un embudo, pero hacia un trecho de campo abierto rodeado de árboles sin hojas y de peñascos cubiertos de musgo tan grandes como pequeños oteros. Era como ún corral natural, sitio perfecto para una emboscada.
Los hombres de Decatur se ordenaron en hileras de cinco, una detrás de otra, y se mantuvieron a la sombra del paso oculto. Portia no creía posible que no la descubrieran, si se quedaba a la vista. En esas hileras de cinco hombres no había sitio para un soldado número treinta y uno. Por otra parte, ya no tenía posibilidad de escapar. Hizo retroceder a Penny por el desfiladero. Si nadie miraba hacia atrás, ella podría girar en una esquina y desandar el camino hacia la parte abierta de la ladera; nadie se enteraría.
Desde allí, podría encontrar un modo de regresar al castillo Granville.
Por milagro, nadie le echó una mirada; nadie dio muestras de advertir la presencia de ese jinete solitario que retrocedía. En cuanto llegó a una esquina, Portia hizo girar a Penny en ese reducido espacio. No oyó nada a sus espaldas, pero percibía la tensión que, como una banda apretada, le oprimía el pecho mientras la pequeña tropa de hombres de Decatur aguardaba la ocasión de arriesgar la vida y su destreza, luchando con el enemigo.
De repente, Portia supo que no podría alejarse de la acción inminente: tenía que ver lo que iba a suceder. Se dijo que, después, no tendría dificultades para marcharse. En medio del caos que seguía a la batalla, podría salir de allí y emprender camino sana y salva, sin temor a ser vista.
Desmontó, amarró a Penny a una prominencia de roca, y trepó por el frente del promontorio. El soldado de Decatur lo había hecho de un modo que parecía fácil y, en las grietas, había puntos donde apoyar manos y pies pero, aun así, era arduo trepar; cuando ella llegó a lo más alto del promontorio, estaba jadeando.
Tendida boca abajo sobre el suelo frío, descubrió que tenía una vista perfecta sobre el punto en que se produciría la emboscada. Cuando la patrulla de lord Leven salió al trote de entre los árboles desnudos, el corazón de Portia dio un vuelco y saltó como un saltamontes.
Cuando se produjo el ataque, fue tan veloz y silencioso que los hombres de lord Leven quedaron rodeados antes de tener conciencia de ello. La tropa de Decatur salió del desfiladero y se abrió en abanico rodeando a la escuadra, de modo que quedó encerrada por completo. Para esa observadora que miraba desde arriba, era inevitable que llegara el momento en que los escoceses dejarían sus armas sin luchar, pero en medio de ese extraño silencio, se oyó un rugido estridente y los hombres de Leven se irguieron sobre sus estribos lanzando un grito de desafío.
Al principio, Portia no lo había visto pero ahora el gaitero dejó oír su música marcial, y los escoceses de Leven se precipitaron a la batalla.
Dispararon los mosquetes, entrechocaron las espadas y, por encima de ese estrépito, se elevaba otro sonido más fuerte, más desafiante, más apremiante.
Portia tembló. Las gaitas siempre la hacían temblar. Amaba ese sonido, adoraba bailar con esa música. La llenaba de una loca euforia, en medio de la cual no tenía conciencia de nada que no fuese la vibración de la sangre en los oídos, corriendo por las venas. Era una sensación elemental y salvaje; ella reaccionaba como si tocara una parte honda y esencial de su persona.
A duras penas logró contenerse y no levantarse de un salto para unirse a la refriega. Sin embargo, ¿cómo era posible participar en la refriega si no sabía en qué bando estaba? Con todo, se sorprendió sacando su cuchillo de dentro de la bota. Ahora, su persona física actuaba sin intervención del pensamiento racional del cerebro. Avanzó, todavía echada boca abajo, hasta quedar sobre una roca plana que daba directamente sobre el campo de batalla.
Los hombres de Leven estaban superados en número y habían sido tomados por sorpresa. Y, a pesar de ello, peleaban como demonios. Pronto, la lucha fue cuerpo a cuerpo. En esas condiciones, una vez que habían sido disparados, los mosquetes eran inútiles. Un hombre acosado por todos lados no tenía tiempo para el fastidioso proceso de volver a cargarlo. Relucieron espadas y dagas; un caballo lanzó un quejido y dobló una rodilla, haciendo caer a su jinete.
Portia vio que era Will el que había caído. Él se puso de pie en un tris, espada en mano, mientras su caballo se tambaleaba, en su esfuerzo por incorporarse, sangrando por una herida en el cuello. Uno de los hombres de Leven se volvió y se aproximó al hombre desmontado. El caballo del
enemigo se alzó sobre sus patas traseras, agitando en el aire sus cascos, y el soldado se inclinó blandiendo su espada en un gran arco hacia Will, que estaba en situación desventajosa.
Portia arrojó su cuchillo. Sólo en el momento en que la daga se clavó en el brazo del atacante de Will, ella tomó conciencia del bando que había elegido. Su puntería había sido instintiva y perfecta. Will tuvo tiempo de agacharse y sujetar a su caballo herido. Pudo trepar a la silla en el preciso momento en que Rufus, apareciendo quién sabía de dónde, golpeaba con su espada al enemigo desarmándolo con un prodigioso choque de acero contra acero que le hizo gritar, cuando su brazo, ya herido, sufría una cruei sacudida.
En ese instante, Rufus miró hacia arriba, buscando con la vista el origen del cuchillo que había salvado a Will: Portia todavía estaba tendida sobre la roca. Sabía que ahora estaba descubierta; sabía que, un minuto antes, podría haberse ocultado y salvarse de ser descubierta. El cuchillo habría seguido siendo un enigma hasta que hubiese terminado el encuentro. Entonces, sin duda Rufus habría reconocido el cuchillo, sabiendo que era de Portia, pero entonces sería demasiado tarde. Ella se habría ido bastante tiempo antes.
A pesar de todo, ella no se movió. Los ojos de Rufus la localizaron, su mirada brillante se encontró con la de ella, y luego él hizo girar a su caballo y regresó a la pelea. Había abundantes rocas y guijarros. Habría sido ideal tener una catapulta o una honda pero, como no contaba con ninguna de las dos cosas, tendría que ingeniárselas con sus propios medios humanos.
Inició un constante bombardeo sobre las tropas de Leven.
Su puntería era, en su mayor parte, certera, y la lluvia de piedras y rocas empezó a cobrar su tributo en hombres que intentaban eludir los proyectiles, sin saber de dónde provenían y que les impedían la concentración, dejándolos indefensos para ataques más mortíferos por parte de los hombres de Decatur. Y, por encima de todo ello, las gaitas seguían sonando.
Todo terminó en unos quince minutos, si bien para Portia el tiempo parecía haberse detenido y la escena que se desarrollaba más abajo era una constante repetición de ruidos y violencia. Los hombres de Leven fueron desarmados y desmontados en un proceso de desgaste, hasta que sólo quedaron un coronel y dos soldados aún montados y con la espada todavía en la mano.
El coronel miró a su alrededor y luego, lentamente, levantó una mano haciéndole una señal al gaitero; éste, de inmediato, comenzó a tocar la retirada. El coronel presentó su espada, con la empuñadura hacia delante, y la ofreció a Rufus. Éste negó con la cabeza:
–No, hombre, si me da su palabra, puede conservarla. Ha peleado bien.
–Coronel Neath, del tercer batallón de lord Leven; le doy mi palabra y, con ella, la de mi compañía – dijo el hombre con formalidad, aunque con cierto tono de interrogación en la voz, mientras trataba de identificar la graduación de su vencedor.
–Decatur, lord Rothbury, a su servicio, señor – dijo Rufus, haciendo una reverencia desde su montura, con un brillo levemente malicioso en sus ojos azules.
–Conque Rothbury, ¿eh? – dijo Neath, con expresión de sorpresa-Su nombre es muy conocido al otro lado de la frontera, milord.
–Y detestado, diría yo – dijo Rufus con el mismo brillo malicioso.
–Se lo conoce como salteador y delincuente, sin duda – dijo el coronel en su suave acento escocés-Y también se dice que la mayoría de sus actividades fuera de la ley están relacionadas con el marqués de Granville y con su propiedad. Hay quienes dicen que tiene usted buenos motivos para perseguirlo.
Rufus esbozó una sonrisa irónica.
–Estoy agradecido por esa comprensión popular, coronel. Sin embargo, en mi actual posición, me cobijo bajo el estandarte del príncipe Rupert, en favor de su soberana majestad, el rey Charles. Después de que hayamos atendido a los heridos, los escoltaremos a usted y a sus hombres a Newcastle.
–¿Me concede permiso para hablar con mis hombres?
–No tengo objeciones.
Rufus indicó con un gesto el sitio donde sus hombres estaban desarmando a los soldados del coronel, y Neath, con un saludo formal, se volvió y fue hacia ellos.
Rufus levantó la vista hacia el lugar donde estaba Portia, aún tendida sobre el estómago, mirando desde arriba el campo de batalla. Cuando encontró su mirada, vio que tenía una expresión entre pesarosa y confundida. Él envainó lentamente su espada y luego guió su caballo hacia allí y lo hizo frenar cuando estuvo debajo de ella.
–¿De dónde has salido, ánade? – le preguntó con expresión complacida, las manos enguantadas apoyadas sobre el pomo de la silla.
Portia se sentó sobre la roca, dejando colgar las piernas sobre el promontorio.
–Estuve con ustedes todo el tiempo – respondió ella-Desde que salieron del patio del establo.
–Ya veo – dijo él, asintiendo – Y, después de todo ¿por qué no escapaste?
–No pude hacerlo hasta que comenzó la batalla, y entonces quise ver qué pasaría.
Él volvió a asentir.
–Eso me suena razonable. Lo que no me parece razonable es el motivo por el cual has revelado tu presencia de una manera tan dramática.
–Yo pensé que ibas a estar agradecido.
–Oh, créeme, patito, que lo estoy. Y estoy seguro de que Will te está más agradecido aun. Pero… eh… perdona mi confusión – dijo, arqueando una poblada ceja rojiza-¿Por qué razón te has inclinado por mi lado?
–En realidad, no lo sé – respondió Portia, con tal tono de disgusto y desazón que Rufus no pudo menos que estallar en carcajadas.
Le tendió una mano.
–Ahora, baja… con calma, así no asustas a Ajax.
Portia tomó la mano y se deslizó hacia abajo hasta quedar sentada en la silla, de cara a él. Rufus estaba tan cerca que ella sentía el olor de su piel, la acritud de su sudor, el cuero de su chaquetón de buey. Distinguió el trazado de las líneas de risa alrededor de sus ojos y de las comisuras de su boca, las líneas más claras del ceño en su frente, en contraste con la piel tostada.
–Supongo que debes de tener un caballo por alguna parte.
Los fuertes dientes blancos relampaguearon entre la barba rubio rojiza.
–Tomé prestada a Penny.
–¿Prestada? – preguntó él, levantando la vista otra vez-¿De verdad, sólo pensabas tomarla prestada?
–No – contestó ella, sin titubear-Pensaba robarla. El motivo porque no lo hice es tan enigmático para mí como para ti.
Rufus se quedó pensando y luego dijo:
–Bueno, me alegro de que no lo hayas hecho, puesto que no toleramos el robo, como intenté explicarte claramente la noche pasada, en relación con
el trineo de Bertram. ¿Dónde está la yegua?
–En el desfiladero. Otra cosa, lord Rothbury: en mi opinión, un discurso acerca de los principios morales de una banda de delincuentes está fuera de lugar – repuso Portia, en un esfuerzo por alejar de su mente la abrumadora conciencia que tenía del cuerpo de él, tan grande, tan poderoso, y tan próximo.
Rufus no respondió. La alzó como si fuese un gatito y se inclinó para dejarla en el suelo.
–Ve a buscar a Penny.
Hizo girar a Ajax y lo condujo al lugar donde estaban revisando a los heridos.
Portia fue a buscar a la yegua y, montada en ella, salió del desfiladero.
Se apeó de nuevo y corrió hacia Rufus, que estaba conversando amablemente con el coronel Neath, como si nunca se hubiesen enfrentado en una reñida batalla.
–En Yetholm hay una casa de reputación un tanto dudosa – decía Rufus-Pero su hospitalidad no deja nada que desear. Nos detendremos allí, atenderemos a los heridos, después seguiremos a Newcastle. Parecería que ese soldado suyo tiene una pierna quebrada; en Yetholm podremos encontrar a un componedor de huesos. Ah, Will, ¿cuáles son los daños?
Will miraba fijamente a Portia.
–¿Qué hace ella aquí?
–Ella ha sido notablemente útil- respondió Rufus con sequedad-A decir verdad, tienes una deuda de gratitud con ella. La señorita Worth es capaz de matar con su cuchillo.
La expresión atónita de Will se acentuó; Portia, sin poder contenerse, abrió los ojos lo más grande que pudo, imitándolo. Entonces, la expresión de Will se compuso de inmediato.
–¿Éste es su cuchillo?
–Sí; quisiera recuperarlo – dijo ella-¿El hombre pudo extraerlo de su brazo?
–Consideramos que era preferible dejarlo donde estaba hasta que lo viera un cirujano – contestó Will, desistiendo de descifrar el enigma de la rehén de Rufus. Tenía demasiadas cosas prácticas en que ocupar su mente –
Si lo sacáramos de la herida, él podría desangrarse.
–Tal vez podríamos improvisar un torniquete. Yo iré a buscarlo – dijo ella.
Will miró a su primo con expresión interrogante, y éste se limitó a repetir, pacientemente, su pregunta previa:
–¿Cuál es el daño, Will?
–Ah… aparte del soldado del coronel con la pierna quebrada y del hombre con el cuchillo clavado en el brazo, nada grave. Ned perdió la yema de un dedo y ahora está buscándola. Está convencido de que puede coserIa en su sitio otra vez.
Rufus se acercó a Portia, que estaba vendando al hombre que había recibido su cuchillo en el brazo.
–¿Tienes práctica en cirugía de campaña?
–He tenido que remendar a Jack más de una vez, después de alguna riña; no podíamos pagar a un cirujano – repuso ella-Y he curado heridas peores que ésta.
Cuando arrancó el cuchillo, ella había empleado su propio pañuelo para hacer un torniquete; ahora estaba improvisando un cabestrillo con una servilleta de cuadros que había encontrado en las alforjas de Ajax.
–Como habías acabado tus provisiones, se me ocurrió que no te importaría prestármela.
–De ninguna manera. Cualquier cosa que pueda hacer para ayudar –
dijo él con amabilidad-¿Es mi impresión o hay una nota de envidia en relación a la comida?
–Así es. A nadie se le había ocurrido separar provisiones para mí, también.
–Yo diría que eso se debe a que los cocineros no sabían que tú vendrías con nosotros – le hizo notar Rufus, y se alejó, riendo entre dientes.
Cuando llegaron a Yetholm ya estaba poniéndose el sol. Para entonces, estaba cayendo una helada y los caballos se estremecían y coceaban, y el hombre herido que iba temblando violentamente en una litera no podía controlar los gemidos que salían de entre sus dientes.
Portia, que cabalgaba en la retaguardia de la columna, sentía más frío del que había sentido jamás, a pesar de que su memoria racional le decía que no era cierto. El hambre la roía hasta la médula y no podía dejar de temblar. Estaba tan encerrada en su desdicha que, en un primer momento,
no notó que Ajax había surgido de entre las sombras. La voz de Rufus, vibrando de preocupación, le hizo volver la cabeza sobresaltada.
–Ven aquí; saca los pies de los estribos.
Se estiró hacia ella, la alzó y la depositó sobre el lomo de Ajax. Se quitó la capa, la envolvió en ella y la acercó a él. Ella sintió el peto duro en su espalda y, a pesar de todo, pudo percibir el calor de su cuerpo.
–Will, toma las riendas de Penny.
Portia no había notado la presencia de Will, que había acompañado a Rufus. El joven tomó de inmediato las riendas de Penny y siguió tras de Rufus, que retornaba a la cabeza de la columna.
–¿Cómo supiste que yo tenía tanto frío? – dijo ella, mientras le sonaban sus dientes.
–Fue una suposición acertada – respondió él con hosquedad, sintiendo el viento frío que atravesaba su chaquetón de cuero, ahora que ya no contaba con la protección de la capa.
La aldea de Yetholm estaba como a horcajadas de la senda de carretas yen sus suburbios se levantaba un edificio de dos plantas con techo de paja.
De sus ventanas sin batientes, cerradas con pergamino, brotaba la luz, y de sus dos chimeneas se elevaba un humo espeso. Roncas risas y gritos, en su mayoría joviales, salían hacia la noche por las hendiduras de las puertas y de los marcos de las ventanas.
–¡Gracias a Dios! – musitó Rufus al ver el refugio, espoleando aAjax para que apretara el paso.
–Sí, no creo que ese pobre diablo pudiera sobrevivir mucho más a esto –
dijo el coronel Neath, que cabalgaba a su lado- Es un frío insoportable tanto para los hombres como para las bestias.
Echó una mirada curiosa a la persona acurrucada contra el pecho de lord Rothbury. Por lo común, los soldados no se abrazaban a sus jefes.
Si Rufus notó la mirada, no brindó ninguna explicación y se limitó a comentar:
–Con todo, hace demasiado frío para que nieve; por ello daremos las gracias mañana.
Detuvo su caballo delante de la puerta que se abría directamente sobre el sendero. Will se había apeado de un salto pero, antes de que alcanzara a llegar a la puerta, ésta se abrió en toda su amplitud.
–Bueno, bueno, ¿a quién tenemos aquí en una noche como ésta? –
exclamó una voz alegre. Una mujer sostenía una linterna encima de la cabeza-Pero si es Rufus. Hace mucho que no honras mi casa, Decatur.
–Lo sé, Fanny. Tenemos a un herido. ¿Podrías mandar a buscar al componedor de huesos?
Rufus dejó a Portia en el suelo y luego se apeó. Se volvió hacia Will y le disparó una andanada de instrucciones en cuanto a la disposición de los hombres y de los prisioneros.
–Aunque no es más que un médico de caballos, yo diría que es mejor que nada – comentó Fanny, mientras su mirada perspicaz observaba al numeroso grupo y hacía cálculos-Rufus, ¿has estado en una trifulca o en una batalla al servicio del Rey?
–Lo segundo – respondió el aludido. Indicó a Neath, que había desmontado y permanecía silencioso junto a su caballo-Permíteme presentarte al coronel Neath. Él y sus hombres son prisioneros y van a Newcastle; todos necesitamos abrigo, comida y vino.
El coronel Neath hizo una reverencia.
–Dadas las circunstancias, le estaremos agradecidos por cualquier clase de hospitalidad que pueda ofrecemos, señora.
Fanny asintió.
–En mi casa no nos hacemos mucho problema con la política, señor y ésta es una noche aburrida. Nadie se aventurará a alejarse de su casa con este frío, de modo que son bienvenidos. Estaremos un poco apretados pero, por lo mismo, será más agradable.
–Entra, Portia. Alguien se ocupará de Penny.
Rufus la instó a ir hacia la puerta y Portia entró, sabiendo, con cierta culpa, que ella no se opondría a que alguien hiciera su trabajo pesado.
Al entrar, se encontró en un gran salón en el que había mesas y bancos largos y dos enormes hogares con el fuego encendido, uno en cada extremo.
Varias mujeres y unos pocos hombres holgazaneaban en las mesas, entre jarras de cerveza y botellas de vino. Se veía una escalera que conducía a una galería que abarcaba todo el ancho del salón principal. De las vigas del techo colgaban lámparas y en las mesas había velas de sebo encendidas. El ambiente estaba cargado con el humo de la leña, el olor del sebo, de aceite derramado, de vino volcado, cerveza rancia y carne asada. Pero, por encima de todo, el sitio era cálido.
Portia se quitó la capa de Rufus y, después, la de frisa que tenía debajo.
Su cabello brilló como una llama anaranjada a la luz de la lámpara.
–¡Señor de las alturas, es una muchacha con pantalones! – exclamó Fanny-¿Es una prisionera o una ramera, Rufus?
–Ni una cosa ni la otra – respondió Rufus, al tiempo que recuperaba su capa-Dale una copa de vino, Fanny, que está medio muerta de frío. – Giró hacia la puerta-Volveré dentro de un minuto. Neath, saquemos a ese herido suyo de la parihuela.
Los dos hombres volvieron a salir al exterior y Portia fue sometida a un calculador examen por parte de Fanny y de las otras mujeres que había en el vestíbulo.
–Bueno, acércate al fuego, chica. Estás blanca como un fantasma; nunca había visto algo semejante – dijo Fanny, dándole un empujón-Lucy, dale una copa de aquel borgoña: eso pondrá color en sus mejillas.
–Lo dudo – comentó Portia. Sin embargo, aceptó el vino con una sonrisa agradecida.
Por extraño que resultara, se sentía a gusto y, con el primer sorbo de vino, la inundó una oleada de nostalgia. Casi podía oír la voz de Jack, que la ebriedad tornaba más fuerte, y lo veía jugueteando con alguna prostituta de generoso busto y, cada tanto, acordarse de diluir un poco de vino con agua para su pequeña hija, que estaba sentada a su lado contemplando la escena con somñolienta indiferencia. Portia había pasado muchas noches en establecimientos como éste, acurrucada junto al fuego o hecha un ovillo bajo la mesa mientras Jack se divertía. Se había hecho amiga de más de una mujer que ejercía la misma profesión de la señora Fanny, y se había resistido a unos cuantos ofrecimientos que le habían presentado en los últimos años para que se uniera a las muchachas cuya situación, comparada con la de Portia, a menudo se podía considerar envidiable: estaban bien vestidas, bien alimentadas y cómodas.
–Eres bastante flaca, ¿eh? – comentó Fanny-¿No eres pariente de Decatur?
–No.
Portia bebió un poco de vino. Los dedos de los pies y de las manos empezaban a calentarse, obligándola a hacer una mueca cuando la circulación recuperada le provocaba dolor en las puntas de las extremidades ateridas.
Cualquier otra pregunta que hubiese podido surgir quedó sin formular cuando de repente se abrió la puerta y entraron Rufus y Neath, cargando la parihuela. Detrás de ellos, entraron en tropel sus hombres, algunos sosteniendo a los heridos que podían caminar, otros lanzando exclamaciones en coloridos términos, para señalar el contraste entre el frío gélido de fuera y la tibieza de dentro.
A Portia le impresionó lo bien que se entendían todos, en una camaradería que trascendía las diferencias políticas. Todos ellos provenían de la misma capa social, la guerra civil los había arrancado de sus granjas y talleres, de su vida cotidiana y ahora enfrentaban el duro invierno acampando juntos. Al día siguiente, volverían a ser prisioneros y custodios pero, de momento, no eran más que hombres agradecidos de hallarse al abrigo de un frío mortal. Bebieron vino y cerveza y sus ojos se iluminaron al ver a las mujeres, que se adelantaron, ansiosas.
–¡Eh, Doug, necesitabas esto para humedecer el garguero después de tanto soplar! – dijo uno de los hombres de Neath, poniendo un jarro espumante en la mano dispuesta del gaitero-Buena música la tuya, hombre.
–Sí – admitió el gaitero, complacido, después de haber trasegado su cerveza-Después de que haya comido unos bocados, habrá más música.
Estoy famélico.
–Tú no eres el único – murmuró Portia.
–¡Muchachas, a la cocina! – dijo Fanny, chasqueando los dedos-Ellos no servirán para nada si no les ponen un poco de alimento en la barriga.
Las mujeres se encaminaron hacia la puerta que había en la parte de atrás del vestíbulo, riendo y conversando, al mismo tiempo que entraba el componedor de huesos, trayendo con él una ráfaga helada. Al hombre herido acostado en las parihuelas le dieron coñac hasta que dejaron de sonarle los dientes y sus gemidos se hicieron más débiles, mientras le acomodaban el hueso. El veterinario vendó una muñeca dislocada, examinó el torniquete hecho por Portia y juzgó que sería suficiente hasta que el hombre pudiera ser atendido por un cirujano en Newcastle, en tanto que la herida no le hiciera sufrir, luego se instaló junto al fuego con una taza de vino en la mano y se dispuso a disfrutar con la velada.
Portia atacó el ganso asado, las patatas, las manzanas horneadas. No comía nada tan sabroso desde que la habían llevado al castillo Granville. No se trataba de que la comida en la mesa de Cato fuese mala, sino que el
ambiente que reinaba en la mesa era tan tenso, merced a la mirada dura y crítica de Diana, que era imposible disfrutar un solo bocado. La desdicha que se vivía en las comidas explicaba los frecuentes dolores de estómago que sufría la pobre Olivia; de eso, Portia estaba convencida.
Ahora, en cambio, ella comía con absoluta concentración y disfrute, sin alzar la vista del plato, salvo para beber largos tragos de vino. No notó que Rufus, sentado al otro extremo de la mesa, la observaba.
Rufus tampoco era consciente de que estaba observándola. Will, en cambio, sí lo notó; Fanny, a cuya aguda mirada y a su cerebro alerta no se le escapaba nada de lo que pasaba bajo su techo, sentía gran curiosidad. Ella no había visto antes esa expresión en la mirada del conde. Era de asombro, casi.
–Cualquiera diría que ése es un gusto adquirido – comentó él, levantando su jarro.
-Si es así, entonces lo he adquirido con el nacimiento – dijo ella, sacándose el cabello de la frente y secándose el sudor de la cara con el dorso de su brazo-En realidad, no hemos parado de bailar, ¿no?
–No lo creo – dijo él, estirando la mano para recoger, con la yema de un dedo, una gota de sudor que había en la nariz de ella, y comentando, tras una breve pausa- Oh, parece que es una peca.
Pero no movió su dedo. Los ojos rasgados de ella, fijos en su cara, eran como un fuego verde. Portia sintió que se le cortaba el aliento. No podía apartar su mirada de la de él. Podía seguir el curso de su sangre por las venas, con todos sus sentidos intensificados; sin embargo, sólo tenía conciencia del pequeño espacio que contenía a ambos. El mundo se había reducido a ese ceñido círculo, y la ruidosa compañía que los rodeaba era tan insustancial como las imágenes de un sueño. Estaba ocurriendo algo muy extraño y, una vez más, ella se desorientó, sintió que no tenía control sobre sus reacciones, que ese hombre cuya mirada sostenía la suya era quien provocaba esas reacciones, haciéndolas salir de lo más hondo de su ser.
Entonces, el instante mágico se hizo trizas cuando, de repente, platos y vajilla fueron barridos de una de las mesas con estrépito ensordecedor.
Rúfus retiró el dedo de su nariz y, al fin, su mirada liberó a la de Portia.
Entre tres hombres, arrastraron la mesa hacia el centro del salón.
–Vamos, señoras. ¿Qué tal si hacemos un baile para que vosotras podáis elegir a vuestros clientes? – vociferó un hombre macizo, de pelo negro,
asumiendo el papel de maestro de ceremonias-Doug, tú toca desde la galería. Señoras, subid a la mesa. Caballeros, elegid a vuestra compañera y, si ella los supera en la danza, ella fijará el precio. Si duráis más que ella, la mujer será vuestra toda la noche, sin cargo. El que se caiga de la mesa, pierde. ¿Qué os parece?
La propuesta fue recibida con una oleada de risas. Las mujeres se subieron a la mesa e hicieron algunos pasos de reei, la danza escocesa, a modo de invitación. Los hombres se abalanzaron, señalando y gritando, para elegir compañera. A las órdenes del maestro de ceremonias, cada una de las mujeres se bajó de un salto, se puso junto al hombre que la había elegido y después, una pareja ocupó la mesa.
Doug atacó otra danza típica. Aunque el varón no bailaba con tanta destreza como la mujer, se esmeraba en sus saltos y giros, abriendo mucho los brazos mientras los espectadores palmeaban a ritmo y daban vivas. El hombre dio un paso atrás, su pie resbaló fuera del borde de la mesa, cayó hacia atrás y, a duras penas, pudo caer de pie sobre el suelo.
Los gritos subieron hasta rebotar contra las vigas cuando la mujer se lanzó hacia abajo, para caer en los brazos que la aguardaban, y susurró algo en el oído del hombre. Él hizo una mueca, pero asintió y, llevándola en brazos, subió con ella la escalera que conducía a la galería.
Una pareja tras otra, iban danzando al ritmo de la música, cada vez más rápido. Portia reía y palmoteaba como los demás; la sangre le palpitaba en las venas y la excitación la devoraba. Había brotado de aquel momento intenso y fantástico, estaba ligada a él, si bien lo único que ella sabía de cierrto era que quería bailar. Necesitaba bailar. Sentía la piel como fuego; no sabía si era por el vino, la excitación o por los alocados giros de la danza, aunque tampoco le importaba. Lanzó un repentino grito de júbilo y subió a la mesa al mismo tiempo que una pareja bajaba de ella. El gaitero arrancó con la melodía más rápida y enloquecida que sabía, y Portia mantuvo el ritmo junto con él, convertida en una especie de duende que remolineaba sobre la amplia mesa, con el cabello revoloteando, los ojos encendidos y el cuerpo hecho un borrón, compitiendo con el músico en una lucha de resistencia.
Portia se acercó cada vez más al borde de la mesa donde estaba Rufus, atrapado igual que los demás en la magia frenética de la danza de la muchacha. Sin vacilar, ella se inclinó con las manos extendidas hacia él,