La guerrera
Capítulo 19
–Sí, me importa. Pero, al mismo tiempo, comprendo que yo no puedo hacerte de nuevo. Por mucho que lo desee, no puedo reescribir tu historia y, aunque puedo contar con tu lealtad, sé que también la reclaman otras personas.
Su voz sonaba tan triste, tan dolorida y vulnerable como desolada.
Portia comprendió que, por mucho amor que pudiera darle, por maravilloso que fuera el deseo que compartían, la vida de Rufus seguiría siendo desesperadamente solitaria. ¿Cómo podía ser de otro modo cuando su vida, desde sus recuerdos más tempranos, era movida sólo por la venganza? Una vida en la que no había cabida para otras emociones, para las zonas grises de una amistad que pudiera desarrollarse fuera de la fortaleza Decatur.
Ella le tomó la mano y se la llevó a su mejilla.
–Tú tienes mi lealtad, Rufus.
Él no dijo nada, se limitó a acariciarle la mejilla con el dorso de la mano.
19
-Hay severas sanciones para quien se duerme estando de guardia.
Portia abrió los ojos, bostezó y dirigió una sonrisa adormilada a la gran silueta que estaba de pie junto a ella.
–No estoy de guardia.
Rufus asintió, solemne.
–Hasta hace diez minutos, lo estabas.
–¡Oh, eso no puede ser! – protestó Portia, sentándose sobre la hierba musgosa-No es posible que haya dormido tanto tiempo.
Se puso de pie con dificultad, apoyándose en el tronco de un árbol sobre cuyas retorcidas raíces había estado durmiendo tan apaciblemente.
Juno avanzaba a saltos desde la orilla del río hacia ellos, ladrando, encantada. Dejó caer un palo a los pies de Rufus y se sentó con la lengua colgando, mientras lo miraba con clara intención. Él se inclinó para recoger la vara y la arrojó lejos. El cachorro se lanzó a la carrera.
–No sé por qué me he quedado dormida, si sólo me senté unos minutos
– musitó Portia, sacudiendo su chaquetón y quitando pequeñas ramas y troros de musgo de sus pantalones. Le sucedía a menudo. La asaltaba una invencible oleada de sueño y, de pronto, se encontraba cabeceando allí donde se hubiese sentado – Y ahora George me gruñirá y me lo reprochará.
–No, no lo hará. De hecho, hay otra persona que está haciendo tu guardia.
Rufus se sentó sobre la hierba, apoyó la espalda contra el árbol e indicó, con una palmada, el musgo a su lado.
–Tengo para ti una tarea más importante que la de centinela.
Alzó la vista hacia ella protegiéndose los ojos del cálido sol de primavera. Portia miró alrededor. Sus ojos brillaron de lascivia y se pasó la lengua por los labios.
–¿Aquí? ¿No es un sitio demasiado público?
–Ah, moza insaciable: por una vez, no era eso lo que tenía en mente –
declaró él, riéndose de ella – Ven, siéntate que tengo algo que decirte.
Portia lo miró con expresión especulativa. Percibía cierta corriente de excitación en el aire. En apariencia, el semblante de él parecía tan sereno como siempre pero sus ojos habían adquirido ese matiz eléctrico de los relámpagos estivales y se notaba una tensión a duras penas contenida en su cuerpo poderoso, apoyado con aparente despreocupación en el árbol a sus espaldas.
–¿Qué ha sucedido?
Ella se sentó alIado de él.
–Ha llegado un mensajero de Oxford.
Él cerró los ojos, elevó la cara al sol y una leve sonrisa jugueteó en su boca.
–¿Del Rey? No, Juno, llévatelo de aquí. Está todo lleno de inmundicia.
Portia levantó la vara que la perra había depositado en su regazo y, haciendo una mueca de disgusto, la arrojó sobre la hierba.
–Del Rey – confirmó él con la misma sonrisa, sin abrir los ojos, todavía.
–¿Y yo tendría que adivinar? Ten, Juno, ve a buscar esto, más bien –
dijo, lanzando una piña de pino que el animal corrió a buscar.
–No, cuando hayas dejado de jugar con ese animal y puedas prestarme toda tu atención, yo te lo diré.
–Oh, lo siento – dijo, inclinándose hacia él y dándole un beso de petición de disculpas en la comisura de su boca-Soy toda atención.
–El Rey, en su infinita sabiduría, reconoce los servicios de su leal súbdito y ofrece su total perdón a la casa de Rothbury, además de la restitución total de sus propiedades y rentas.
Él abrió los ojos, y Portia vio en ellos un profundo júbilo, una indecible satisfacción y alguna otra cosa, que le provocó un escalofrío de desasosiego. Triunfo, ese triunfo que llega después de haber humillado profundamente a un enemigo, después de haber puesto un pie en el cuello del enemigo caído.
Juno regresó sacudiendo la piña y gruñendo. Sin embargo, algo que flotaba en el ambiente hizo que la perra se hiciera a un lado y se echase sobre la hierba a jugar con el nuevo juguete, clavando en Portia una mirada de adoración.
–Hay algo más – afirmó la muchacha-¿De qué se trata?
–He recibido órdenes de sitiar el castillo de Granville – continuó Rufus-Después de nuestra derrota, en abril, el ejército rebelde superó en número al ejército del Rey en el Norte. Si lográsemos retirar a Granville de la ecuación, de impedir en forma permanente que él lleve a su milicia a la batalla durante las campañas de verano, en cierto modo mejoraríamos nuestra situación.
Sin saberlo, su mano fue hacia el cinturón de la espada, sus dedos juguetearon sobre el plano de la empuñadura de la gran espada curva.
–¿Quién mejor para confiarle la tarea de capturar al marqués y su castillo que su vecino y enemigo jurado, el conde de Rothbury, el súbdito más leal del Rey?
El escalofrío de desasosiego se convirtió en un tornado. Sus palabras triunfales estaban teñidas de acritud; Portia comenzaba a comprender que la lealtad de Rufus Decatur a su monarca no era una cuestión de principios. Él estaba implicado en ese conflicto en beneficio de sus propios fines. Y ella sabía que no sucedía lo mismo con Cato. Cato se había puesto del lado del Parlamento debido a una profunda convicción moral. ¿Eso hacía que Cato fuese un hombre mejor, más honorable?
Era una pregunta que ella no deseaba responder. Ella sabía que, en ese momento, después de la derrota de Selby, en abril, los ejércitos del Rey estaban soportando una fuerte presión. Era lógico que hicieran un movimiento para desarmar a Cato y a sus fuerzas.
–Saldremos al caer la noche – dijo él, poniéndose de pie en un solo movimiento flexible, y tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse-Tengo intenciones de estar mañana por la mañana en la posición, ante las
puertas del castillo, cuando Cato abra los ojos. Ve a la cabaña y recoge tus cosas.
–¿Yo voy?
Los ojos de él se entornaron y el azul se oscureció hasta parecer un cielo a medianoche.
–Tú formas parte de esta milicia. Todo soldado de Decatur físicamente apto participará en este sitio. En su mayor parte, será largo y tedioso pero yo me propongo obtener el sometimiento de Cato antes de que acabe el verano… no me importa lo que tenga que hacer – dijo, escudriñando con su mirada el rostro de ella. En voz muy suave, dijo – ¿Tienes alguna objeción, Portia?
Aunque la demora duró menos de un segundo, Portia supo que él la había detectado. Negó con la cabeza.
–No.
Él siguió escudriñando el rostro de ella con tanta intensidad como si quisiera leerle el pensamiento, y al fin dijo:
–Supongo que Granville debe de estar preparado para un sitio. ¿Es una suposición correcta?
–Sí – respondió ella en voz baja – Tiene provisión de grano, y sus bodegas están llenas. Yo vi los preparativos cuando estaba allí.
El rostro de Rufus carecía de expresión.
–Pero hay una cosa de la que no tiene abundante provisión. Una cosa sin la cual ni él ni su gente podrían vivir. ¿Sabes qué es, Portia?
Ella frunció el entrecejo y se puso a pensar. El castillo de Granville le había dejado la impresión de ser una fortaleza inexpugnable. Además, estaba administrada con suprema eficiencia, no se dejaba nada librado al azar. Negó con la cabeza.
–No, no lo sé.
Él sonrió, aunque su sonrisa no tenía el humor ni la apacible cualidad de una sonrisa.
–Muy pronto lo descubrirás. Hizo una especie de cabeceo afirmativo y se alejó.
En el hueco dejado por su partida. Portia tomó conciencia del movimiento y de la excitación. Los hombres corrían, gritaban, los tambores tocaban a llamada y las trompetas soplaban desde cada torre de observación, reuniendo a todos los que pudiesen estar ausentes de la aldea.
Había acabado el tiempo de las escaramuzas. Los hombres de Decatur iban a tener su primer encuentro genuino con la guerra.
¿Y qué pasará con los inocentes pobladores del castillo? ¿Qué hay con Olivia y con Phoebe? ¿Y las pequeñas? Diana, incluso. ¿Qué han hecho ellas para convertirlas en combatientes contra su voluntad? Para tener que enfrentar el hambre y las privaciones. Para ver al enemigo a sus puertas.
Para soportar ataques de arietes y cañones. Y los permanentes disparos contra las murallas. Para tener que soportar todas las miserias de un sitio, se preguntó Portia.
Portia no pudo contagiarse con la excitación; al contrario, sintió que la tragaba la depresión. Si era leal a Rufus, tendría que tomar parte en ese sitio, aunque no quería tener nada que ver con él. ¿Cuál sería ese secreto que haría caer las murallas del castillo Granville ante los sitiadores?
Volvió a la cabaña y su andar no tenía la elasticidad de costumbre. Juno, por su parte, compensó cualquier falta de entusiasmo haciendo cabriolas y corriendo delante de ella, investigando los olores, metiéndose de cabeza en las cuevas de los conejos, mientras su cola empenachada se movía con frenética excitación.
En la cabaña reinaba el silencio, el fuego estaba amortiguado en el hogar pues, en esos tibios días primaverales, sólo se utilizaba para calentar agua. Portia fue a la planta alta a recoger sus cosas. Eran escasas; cuando las puso sobre la cama, el pequeño montón tenía un aspecto patético. Una muda de ropa interior, calcetines, su jubón de cuero de buey y dos camisas de lino. Distraída, comenzó a plegar las compresas de lino que usaba en sus hemorragias menstruales y las apoyó sobre la pila. En ese instante, sus manos se inmovilizaron y se quedó mirando la cama.
No cabía duda de que ese mes tenía un retraso. ¿Cuánto retraso? Trató de pensar, de hacer memoria. Pero nunca le había prestado demasiada atención a esa periódica molestia. Cuando llegaba, llegaba y siempre era un fastidio. Ella sabía muy poco sobre el funcionamiento de su cuerpo pues había tenido escasas confidentes femeninas mientras crecía y ninguna había ocupado el lugar de su madre. Cuando tuvo su primera pérdida, corrió llorando en busca de Jack, convencida de que tenía una herida espantosa en el cuerpo.
Como de costumbre, él estaba ebrio pero se recompuso lo suficiente para contarle que era, simplemente, una de esas cosas que sucedían a las
mujeres y que tendría que soportarlo. Al día siguiente, él la había llevado a visitar a la madam de su burdel favorito, en Glasgow. Esa mujer había dado a la atribulada niña una brutal lección sobre los hechos de la vida; desde ese momento, Portia se había ocupado de sus propios asuntos sin prestarles más que una mínima atención.
Ahora veía que la falta de atención tenía sus inconvenientes. Se pasó las manos por el cuerpo: parecía igual que siempre. Si ella hubiese concebido,
¿cuándo empezaría a notar la diferencia? Ella se sentía perfectamente normal. No cabía duda de que, si algo tan fundamental como la concepción, hubiese tenido lugar, ella habría notado alguna diferencia.
Abajo, la puerta del frente se abrió de par en par y se cerró de golpe.
–¡Portia…Portia… Portia!.
Los gritos entusiastas de los niños apartaron momentáneamente su mente de ese inquietante problema.
–¿Qué sucede? – preguntó, al tiempo que bajaba la escalera.
–Tenemos que recoger nuestras cosas porque…
–Sí; yo quiero llevar mis soldados – chilló Luke, interrumpiendo el discurso de su hermano, más mesurado que el suyo-. Pero no los encuentro… pensé que los había dejado en la casa de Silas, pero él no los tiene.
El niño comenzó a arrojar cubrecamas al suelo, zambulléndose y girando como una gaviota enloquecida.
Juno, que había entrado junto con los niños, se unió a la búsqueda, acompañándola con excitados ladridos. Toby, que saltaba con la punta de los pies para llegar hasta el anaquel que había sobre su cáma, donde estaba su trompeta de madera, se aferró del extremo del estante y lo hizo caer en medio de una lluvia de juguetes y de piezas de madera de rompecabezas.
–¿Qué diablos pasa aquí? – preguntó la voz de Rufus, en un tono muy cercano al bramido, irrumpiendo en medio del caos-. Esto parece un manicomio.
–Creo que ellos están convencidos de que vendrán con nosotros – dijo Portia-. No vendrán, ¿no es cierto?
–No puedo dejarlos aquí. No habría nadie para cuidarlos – señaló Rufus, alzando la voz por encima del barullo-. iCallaos!
El grito creó un momento de silencio. Los niños, imperturbables, se detuvieron y miraron a su padre con expresión interrogante.
–No puedes llevar a los niños a un sitio – dijo Portia-. Sería peligroso.
Distraído, Rufus se mesó los cabellos.
–Todo hombre apto físicamente vendrá con nosotros. No estarás proponiendo que deje a estos dos al cuidado de los enfermos, ¿verdad?
Esa idea ni siquiera merecía ser considerada.
–No, desde luego que no. Pero no me cabe duda de que debe de haber alguna otra persona. ¿Qué te parecería dejarlos con las mujeres, en la casa de la señora Beldam?
–No voy a dejar a mis hijos en un burdel.
–No veo por qué sería menos adecuado que un campamento militar –
dijo Portia.
–¿Qué es un burdel? – preguntó Toby.
–Un lugar donde viven mujeres – respondió Portia.
–Nosotros no queremos vivir allí – protestó Luke, disgustado.
–No… allí no – coincidió Toby, frunciendo su nariz-. ¡Tengo que encontrar los soldados!
Reanudó la búsqueda con renovado entusiasmo. El nivel de ruido volvió a aumentar y Rufus se puso ceñudo.
–Ellos tienen que venir – dijo, al fin-. Ten en cuenta que no será una batalla campal.
–La decisión es tuya – repuso Portia, al tiempo que se volvía hacia la escalera-. Tú eres su padre.
–Pero a mí me importa tu opinión – dijo Rufus, siguiéndola y dejando atrás el barullo.
–Si es así, respóndeme a esto: tú eres el conde de Rothbury. Ya no eres más un delincuente, ni un bandolero. Tienes tus propiedades que te respaldan. Vas a reconstruir tu casa. Ocuparás tu lugar en el mundo ordenado por la ley. ¿Cómo van a encajar los niños en esa sociedad?
Rufus comprendió que, pese a sus planes inflexibles, cuidadosamente trazados y, ahora, en medio del triunfo, no había pensado ni una vez en tales cuestiones. No había pensado, tampoco, cómo encajaría él mismo en tal sociedad. Lo habían sacado de ella a los ocho años. No tenía práctica en sus reglas ni en sus costumbres.
–No lo sé – dijo en voz baja-. Nunca había pensado en eso-.Y agregó, en un arranque de impaciencia, a la defensiva-: Por el amor de Dios, Portia,
he recibido las noticias esta mañana. Además, estamos en medio de una guerra. Tengo otras cosas en qué pensar.
–Sí, claro que sí – dijo Portia, volviéndose otra vez hacia la ropa que había sobre la cama-. Me ocuparé de preparar las cosas de los niños y las nuestras. Estoy segura de que te necesitan en otro sitio.
Confundido por el tenor de la conversación, Rufus vaciló. Tenía la sensación de que algo se le escapaba, de que Portia estaba presentándole un argumento que trataba de hacerle entender y, sin embargo, no lo lograba.
–En verdad, no se me ocurre otra alternativa que llevar a los niños con nosotros – dijo, regresando al punto en que había comenzado la conversación.
–No, supongo que no – dijo Portia-. No lo había pensado con claridad.
En realidad, no sé qué diferencia habrá para ellos.
–Que vivirán en una tienda, nada más.
–Bueno, seguramente eso les agradará – bromeó, dirigiéndole una sonrisa por encima del hombro mientras seguía plegando y replegando la misma camisa-. Será mejor que regreses a tu trabajo.
–Sí…
Él siguió titubeando y, después, se encogió de hombros sin mucha convicción y salió deprisa, oyendo las voces de sus hijos que lo seguían, flotando tras él.
Portia se sentó sobre la cama con la camisa olvidada entre sus manos.
Llegó a la conclusión de que había estado hablando de sí misma. O, al menos, que ella se había incluido entre los niños. ¿Qué lugar habría para ella en la rehabilitada casa del conde de Rothbury? Su lugar estaba en el campamento militar, en la vida del delincuente, tal como sucedía con Luke y con Toby. ¿Y qué pasaría si ella estaba embarazada? Otro retoño bastardo de Rufus Decatur…
–¡Portia… Portia, te necesitamos! – La cabeza de Luke asomó por la escalera, mostrando los mismos ojos azules que su padre, encendidos-. No puedo encontrar la camisa verde. Y es mi preferida.
La camisa también estaba hecha un harapo, como consecuencia de numerosos encontronazos con los espinos. En una de las poco frecuentes ocasiones en que Rufus había prestado atención a la vestimenta de sus hijos, la había descartado, con la esperanza de que, al estar fuera de la vista, la olvidaría. Durante una semana, había dado resultado pero, al parecer, ya no.
Portia se levantó, diciéndose que dejarse abatir por imponderables era una fatiga inútil. Había suficientes problemas prácticos de qué ocuparse.
–Veré si puedo encontrarIa, Luke.
Estaba oscuro cuando el cuerpo principal de la caballería pasó entre las hogueras de los centinelas de la aldea Decatur. Portia cabalgaba junto a Rufus, a la cabeza, con Juno sobre la silla, erguida y alerta bajo su capa.
Luke y Toby, que iban en el carro donde también viajaba Bill, con los cacharros de cocina, se habían adelantado. Iban acompañados por una reata de mulas cargadas.
Aun ahora, después de haber pasado cinco meses en el fuerte Decatur, Portia se maravilló ante la velocidad y eficiencia con que se había puesto en marcha una operación tan impresionante. Y más aún por el absoluto secreto con que se había realizado. Se habían despachado río abajo barcas cargadas con armas y municiones. En las horas previas al amanecer, las habían recibido y descargado en el punto en que el río pasaba, serpenteando entre las colinas y se vertía en el valle, al pie del castillo Granville. Los carros de granjeros avanzaban traqueteando por la campiña con su carga de culebrinas ocultas bajo fardos de heno, que usarían para alimentar al ganado.
En la aldea había quedado una guardia mínima. No había allí nada que robar ni tropas armadas que pudieran ser destruidas. El razonamiento de Rufus había sido que los merodeadores rebeldes no perderían tiempo en una aldea casi desierta, habitada por los viejos y los enfermos.
No se oían conversaciones en las filas de jinetes. Todos llevaban ropas oscuras y se fundían, en esa noche sin luna, mientras cabalgaban en apretadas hileras a través de ese paisaje desolado. Sin embargo, había una vibración en el aire, un temblor de excitación y anticipación al que sólo Portia parecía inmune. Sentía la presencia de Rufus a su lado. Él no cabalgaba con su habitual postura relajada, y su cuerpo estaba tenso sobre la silla, su vista se disparaba de un lado a otro sin perderse nada. Ni el leve movimiento de una hoja de hierba al pasar una liebre, ni el débil crujido de las matas que producía algún animal nocturno. Un búho ululó, un animal lanzó un grito de dolor y esos ruidos agitaron la noche silenciosa. Juno tembló y se apretó a Portia.
En la mayor parte del trayecto, Rufus eligió un camino que los mantenía lejos de los lugares habitados pero, en una ocasión, atravesaron una aldea
en la que todas las casas tenían los postigos cerrados, haciendo avanzar a los caballos por la franja de hierba que corría paralela al sendero de grava.
A Portia le pareció fantasmal pasar entre esas casas donde las personas dormían, amortiguado el sonido de los cascos por la hierba, el brillo cruel de espadas, dagas y pistolas oculto bajo las capas oscuras. Esas gentes despertarían por la mañana sin tener ni la más remota idea de que había pasado un ejército en medio de ellos.
A las dos de la madrugada llegaron a la ladera boscosa que había frente al castillo Granville. Ocultos entre los árboles, los hombres desmontaron, ataron los caballos y comieron las provisiones que llevaban en las alforjas.
Frascos de vino pasaban de mano en mano pero no se oía un solo ruido, nada que pudiera ser oído al otro lado del valle, por los vigías que había en los bastiones del castillo Granville.
Portia caminó hasta el linde de la arboleda, mordisqueando una rodaja de pan ázimo cubierta de mantequilla y se detuvo a contemplar la mole del castillo que, en la oscuridad, parecía de un blanco grisáceo. Rufus pensaba moverse en el preciso momento en que rompiera el alba, llevando a sus hombres al asalto y rodeando los muros del castillo antes de que los centinelas terminasen de comprender qué estaba sucediendo. Una vez que los sitiadores estuviesen en sus puestos, el castillo quedaría tan sellado como un tambor.
Ella se volvió sintiendo, más que oyendo, unos pasos a su espalda, sobre el suelo musgoso. Rufus se puso a su lado. Le pasó una mano sobre el hombro y le acercó un frasco de vino a los labios.
Ella bebió con gusto el áspero vino, y negó con la cabeza cuando él la invitó a que bebiese de nuevo.
–¿Qué harás si Cato envía a sus hombres a la lucha?
En el desolado silencio que los rodeaba, su voz era un susurro.
–No lo hará – repuso Rufus con una chispa de satisfacción en los ojos.
Bebió abundantemente del frasco-. Si lo hiciera, sufriría pérdidas inaceptables. Tendría que bajar el puente levadizo, y nosotros lo bloquearíamos desde nuestras posiciones.
–Sí, claro. ¿Y tú tienes suficientes hombres?
–Hacia el mediodía, se unirá a nosotros la infantería del príncipe Rupert.
Y con la infantería vienen ingenieros especializados en obras de sitio. No hay modo de que Granville y sus hombres puedan salir.
Desde cualquier parte, apareció en la cabeza de Portia la imagen de la puerta oculta debajo del puente levadizo. Sintió las líneas de la piedra en sus manos, pudo ver el túnel bajo y estrecho que corría hasta los sótanos, subir la escalera de piedra y salir al fregadero.
Ella no había hablado de la puerta cuando había contado a Rufus la conversación entre Cato y Giles que había oído por casualidad. Sólo había pensado en advertir a Rufus que se le tendería una trampa. En medio de la niebla de su agotamiento, los detalles ajenos a eso se le habían pasado.
¿Debía decírselo, ahora? Sin embargo, por esa puerta no podía salir una tropa entera. Saldríán a la altura del foso, en medio del campamento de los sitiadores y, si bien un hombre solo podría evadir el ojo atento de los vigías de Decatur, todo un grupo no podría lograrlo.
No era necesario que ella hablase a Rufus sobre la existencia de la puerta. Si Cato no podía usarla para eludir el sitio realista, Rufus no tenía por qué saberlo. Portia podría olvidar su existencia.
Pero si Rufus supiera que existe, podría aprovecharla para entrar en el castillo, pensó ella.
Sintió un vuelco en la boca del estómago. Su piel se erizó como si hubiese pasado a través de un lecho de ortigas. Si, en verdad, era leal a Rufus, tendría que decirle algo que le daría una ventaja. ¿Lo haría?
–Rufus – se oyó la voz de Will, que llegaba desde la oscuridad, y el aludido giró, quedando de espaldas a Portia.
Ella respiró hondo. La ocasión había pasado… de momento.
–¿Ya está, Will? – preguntó él, con un acento urgente, ansioso en su voz.
–Sí – respondió el otro, acercándose a ellos.
Él no había llegado con la caballería, y Portia vio que tenía el rostro ennegrecido de tierra y que sus dientes blancos brillaron cuando sonrió.
Percibió su excitación, sintió cómo emanaba de él en oleadas.
–Está hecho. Ellos estarán sin agua en el término de una semana.
–¡Bien hecho! – lo felicitó Rufus, palmeándole el hombro-. Has apostado una guardia en la presa.
–Sí – confirmó Will, sonriendo.
–¿A qué te refieres? – preguntó Portia, apoyando una mano sobre el brazo de Rufus-. ¿Qué presa?
–Ah, bien, yo te había dicho que tenía una pequeña sorpresa para Cato –
respondió, con esa sonrisa que Portia odiaba ver-. La única debilidad del castillo Granville es la provisión de agua. Recogen agua del arroyo que baja desde las colinas, detrás de nosotros. Si embalsas el arroyo, cortas el suministro – explicó, abriendo las manos con las palmas hacia arriba, para demostrar lo simple de la táctica-. Cuando Cato se encuentre con que le queda poca agua, entonces lo veremos saltar.
Portia sabía que no podía discutir la lógica de esa táctica si no discutía la del propio sitio. Sería beneficioso para todos que terminase lo antes posible. Sin embargo, odiaba el triunfo de Rufus, su jactanciosa satisfacción. No se había jactado de esa forma cuando derrotó al coronel Neath y a sus hombres. A ellos los había tratado con respeto y con honor, hasta con amistad. Pero el coronel Neath era un enemigo normal. Cato, en cambio, no.
Entonces, ella se convenció de que no hablaría a nadie de la entrada secreta al castillo.
Las siluetas surgieron de la oscuridad y treparon la colina. Llegaron con el disparo de los mosquetes, con el redoble del tambor, la música aguda de las gaitas, las llamas anaranjadas y brillantes de las antorchas. El terror y la sorpresa paralizaron, por un instante, a los vigías que estaban en las almenas del castillo Granville. Los centinelas se habían paseado por los baluartes, los guardias en las torres de vigilancia habían jugado a los naipes y a los dados. Los únicos sonidos que habían quebrado la paz habían sido los habituales ruidos nocturnos. Y ahora, como si salieran de la noche, en los minutos previos al alba, una horda vociferante avanzaba sobre ellos.
En el estrecho borde que estaba al otro lado del foso empezó a arder el fuego, en la base misma del castillo; subió el humo en asfixiantes rizos grasientos. Sin que supieran cómo, en algún momento de la noche, alguien había preparado esas hogueras bajo los propios ojos de los vigías. De algún modo, los atacantes habían transportado las astillas a través del foso y las habían apilado contra la base de las murallas. Y ahora, las antorchas trazaban arcos en la oscuridad y caían en medio de la leña seca. Los desagradables hedores del alquitrán y del sebo trepaban por los muros del castillo y el clamor de la fuerza de asalto se tornaba cada vez más feroz, más salvaje. Era una provocación destinada a intimidar, a humillar.
Cato despertó del primer sueño profundo que había tenido en varias semanas. Diana se incorporó de golpe en la cama.
–¿Qué es? ¿Qué es ese ruido?
Cato no respondió. Se puso torpemente los pantalones y salió de la habitación corriendo, descalzo y sin camisa. Por el corredor venía Giles Crampton, corriendo hacia él.
–Es un sitio, milord. Han rodeado las murallas, han pasado el foso. No los hemos visto. No hemos oído nada. Por Cristo y sus ángeles, sir, le juro que deben de haber llegado como fantasmas.
Se retorció las manos, a la defensiva, pero Cato casi no lo escuchaba y no le respondió.
Salió disparado hacia la muralla, sin hacer caso de las afiladas piedras que pisaban sus pies descalzos y corrió hacia la torre de observación que estaba sobre el puente.
–¡Madre de Dios!
Tendió la vista a lo lejos, más allá del humo y las llamas, hasta las filas de soldados que se agolpaban del otro lado del foso. El humo turbio y aceitoso le llenó los pulmones haciéndolo toser. El fuego no podía dañar al castillo en sí mismo. Sería preciso algo más que un poco de leña seca y alquitrán ardiendo para derribar los muros de piedra, pero hacía casi imposible la observación. Sin embargo, también significaba que los sitiadores tendrían dificultades para disparar contra ellos.
Hizo señas a sus hombres, indicándoles que retrocedieran, que dejaran las almenas y se trasladasen al patio exterior, donde podrían abastecerse.
Diana apareció en los peldaños de la torre de honor. Llevaba una capa sobre el camisón y tenía expresión de terror.
–Milord, ¿qué sucede? ¿Nos están atacando?
Cato reprimió el deseo de echarla. Era lógico que estuviese asustada y merecía saber qué estaba ocurriendo.
–Más bien, diría que estamos siendo sitiados, señora – dijo él, tratando de dar a su voz un tono ligero, al tiempo que se acercaba a ella-. Pero no hay nada de qué preocuparse. Estamos bien preparados para soportar meses de bloqueo. Las bodegas y los graneros están repletos. Y FairFax acudirá en nuestra ayuda. En un abrir y cerrar de ojos, él levantará el sitio.
Le pasó un brazo por los delgados hombros y la obligó a volver a entrar delante de él.
–Debo vestirme. Quedará en tus manos calmar a los habitantes de la casa, y a las niñas, por supuesto. Procura que comprendan que no hay motivos para alarmarse.
Apartó a Diana y se alejó. Ella estaba boquiabierta, se sentía perdida por primera vez en su vida adulta. Los gritos y los disparos de mosquete continuaban sin cesar. Ella se tapó los oídos con las manos tratando de no oírlos.
–Diana, ¿qué pasa? – preguntó Phoebe, que llegaba corriendo hasta su hermana, con Olivia pisándole los talones-. ¿Qué ocurre? ¿ Una batalla?
Diana negó con la cabeza, sin quitar las manos de los oídos. Tenía el rostro más blanco que la leche, y no les respondió. Pasó junto a ellas,tambaleándose, y las dejó mirándola, boquiabiertas.
–Señor, jamás había visto a Diana con ese aspecto enfermizo – comentó Phoebe, maravillada-. Tampoco esperaba verla nunca – agregó.
–¡Ven! – dijo Olivia impaciente, tirándole de la manga hacia la puerta y echando a correr.
Llegaron a la guardia externa al tiempo que el cielo comenzaba a aclarar y manchas rosadas y anaranjadas aparecían en el horizonte. Los hombres salían corriendo de las barracas y se arremolinaban en el patio, alzando mosquetes, blandiendo espadas. Olivia se mantuvo en el borde del patio y Phoebe la imitó hasta que llegaron a un estrecho tramo de escalera recortado en el muro. Olivia subió corriendo a las almenas y, entonces, se ahogó, doblándose sobre sí misma.
–¡Qué asco! – jadeó Phoebe, yendo a tumbos hacia el parapeto para observar por encima-. Mira, cuántos hombres, Olivia. Son miles.
Era una gran exageración, aunque a la luz fantasmagórica del amanecer, enturbiada por el humo, la aparición que estaba allí abajo parecía más numerosa.
–Están atacando el castillo – dijo Olivia con cierto estremecimiento de excitación que superaba, con mucho, al miedo-. Es tal como Portia había dicho que sucedería.
–¿Qué sabía Portia al respecto?
La curiosidad de Phoebe se despertó de inmediato.
–Portia lo sabe todo – respondió Olivia con sencillez.
–Eso lo dudo – dijo Phoebe, más realista-. Aun cuando se hubiese unido a ellos, no podría saberlo todo.
–Bueno, pero sabe mucho – afirmó Olivia, y Phoebe no siguió insistiendo.
–¿De quién es el estandarte que han izado? – preguntó Phoebe, inclinándose sobre las almenas y parpadeando con fuerza en su esfuerzo por despejar sus ojos lacrimosos-. ¿Es el del Rey? Sí, creo que sí, pero hay otro… con un águila. Azur sobre fondo de oro.
–¡Decatur!
Las niñas giraron en redondo. Cato estaba detrás de ellas, con su semblante convertido en una máscara de rabia, ya desaparecido todo rastro de su anterior tranquilidad. Su enemigo estaba frente a él. Y el enemigo no era el rey Charles.
Sonó la fanfarria de un heraldo a través del humo que flotaba. La luz aumentaba, el fuego se extinguía. Rufus Decatur, montando su potro zaino, se adelantó al borde del foso y señaló el punto donde podrían tener acceso al castillo si el puente estuviese bajado.
Estaba erguido en su caballo, con el estandarte de la casa de Rothbury hincado en el hoyo de su silla. Le hizo una seña al heraldo de que tocara de nuevo.
El heraldo de Cato respondió inmediatamente y el marqués de Granville subió un peldaño hasta un reborde adosado al parapeto. Las reglas de la guerra y del parlamento le garantizaban su seguridad.
Rufus se irguió sobre sus estribos y su voz resonó en el silencio del amanecer.
–Milord de Granville, he venido en el nombre de nuestro soberano, Su Majestad, rey Charles, a exigir que depongáis las armas que habéis alzado en rebelión y rindáis vuestra persona y vuestro castillo a la merced de Su Majestad.
Cato respondió, en voz tan mesurada como la de su adversario, con las palabras de rigor:
–En nombre del Parlamento, yo apoyaré la causa del pueblo. El castillo Granville no se rendirá.
Se apartó del parapeto. El silencio fue absoluto. Phoebe tuvo la impresión de que nadie sabía qué hacer a continuación, hasta que Cato dijo con aspereza:
–Vosotras no debéis estar fuera. Entrad y quedaos dentro.
Ellas obedecieron sin titubear un instante.