La guerrera

Jane Feather · Capítulo 11 de 26

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La guerrera

Capítulo 9

Se desató el cinturón de la muñeca con un breve tirón y luego deslizó una mano bajo las mantas para soltar la hebilla que estaba en la cintura de Portia. Su mano tocó, de inmediato, la piel, la piel más suave y tersa que él hubiese tocado jamás. Era tan asombrosa su delicadeza que su mano se demoró ahí, aun cuando él había notado que el camisón de ella estaría completamente enredado en la cintura y que él estaba recorriendo la curva de una nalga desnuda. La prudencia le indicó que abandonara cinturón y cama sin más trámite, pero sus dedos se mostraron sordos a tan sabios consejos.

Iniciaron un delicado viaje de exploración y la exquisita suavidad de la piel de ella le provocó pequeños temblores de excitación en la ingle. Era una sensación deliciosa, y él detestaba ponerle fin hasta que, de súbito, Portia se removió y murmuró, empujando la extraña mano como si hubiese sido un insecto molesto. A desgana, él la retiró y volvió, con esfuerzo, a la realidad de la fría mañana.

Se deslizó fuera de la cama dispuesto a abandonar el cinturón pero, entonces, sin intención consciente, apartó con mucha suavidad las mantas, escuchando la respiración regular de ella con una sensación de culpabilidad, casi. Las piernas largas y blancas estaban encogidas, los brazos cruzados sobre el pecho; Rufus se sorprendió pensando que había algo muy enternecedor en la línea esbelta y vulnerable de su trasero.

¿Qué diablos estaba haciendo? Se apartó de la cama de un salto, sintiéndose como un violador. Sintió la necesidad de tener un motivo para sus actos y, con hosca concentración y gran cuidado, desprendió el cinturón de la hebilla y lo quitó, deslizándolo, por debajo de ella.

Portia, como por milagro, siguió durmiendo. Rufus volvió a cubrirla con las mantas, se vistió rápidamente y bajó la escalera de puntillas. No llegaba ningún ruido desde la cama de sus hijos, y él salió de la cabaña al amanecer gris, cruzando la aldea y subiendo hacia los puestos de vigía para recibir los informes de la noche. El aire frío le despejó el cerebro y enfrió sus rebeldes deseos; para cuando llegó al puesto del centinela, estaba dispuesto a creer que el episodio no había sido otra cosa que el final de un sueño erótico.

9

No había informes acerca de movimientos desacostumbrados por ese paisaje desolado durante la noche. En las cercanías de la aldea Decatur no

había sitios donde ocultarse a la vista del anillo de vigías apostados en las cimas de las colinas circundantes, y la Juno había dado una luz muy brillante. Mientras Rufus regresaba a la aldea, el sol estaba ascendiendo encima de las colinas bajas del este, y unas pinceladas de rosado y anaranjado cruzaban el cielo pálido. Sería otro luminoso día de invierno.

Giró para entrar en el comedor, bajando la cabeza para pasar por debajo del dintel. Un hombre mayor, que estaba revolviendo unos calderos con gachas, se volvió hacia él.

–Buenos días, jefe. Viene a desayunar, ¿verdad?

–Sí, Bill – respondió Rufus, quitándose sus guantes, asombrado al notar que estaba hambriento-Al parecer, soy el primero.

–Oh, los pequeños han estado aquí hace un minuto.

El cocinero sirvió gachas en un tazón de barro cocido y lo puso delante de su amo. Después acercó un jarro con nata y un recipiente con melaza, oscura y espesa.

–¿Ya están levantados? – preguntó Rufus, mientras se servía crema y melaza, y revolvía la mezcla con ansiosa impaciencia-¿Han comido?

–Se llevaron un poco de pan y desaparecieron – comentó Bill, sin alterarse-Estaban muy entusiasmados con los cachorros.

–¡Oh, no me digas que la perra de Tod ya ha parido! – Rufus suspiró –

Han estado fastidiando con la cuestión de tener un par de cachorros desde que Tod les dijo que la perra estaba preñada.

–Me imagino que le espera una discusión – dijo Bill, sonriendo-¿Tiene ganas de comer unas mollejas?

Rufus asintió, con la boca llena de potaje, tragó, y dijo:

–¿Josiah ya ha ido a la cabaña?

–Sí, hace una media hora. Dijo que echaría un vistazo a la muchacha y se fijaría si necesitaba algo.

Bill echó una mirada astuta al amo mientras cortaba las mollejas en tajadas y las echaba a una sartén. Hasta entonces, nunca había habido una mujer de buena crianza en el fuerte Decatur; las especulaciones cundían entre los miembros de menor jerarquía del comando, aquellos que no tenían confianza con el comandante.

–Bueno – fue lo único que obtuvo Bill como respuesta.

Rufus siguió desayunando tranquilamente. Como esperaba que su rehén fuese una niña asustada e inocente, había ordenado a Josiah, normalmente a

cargo de ayudar en el comedor y de ocuparse de las necesidades básicas de Luke y Toby, que cuidase de Olivia. Josiah era anciano y tenía modales suaves y tranquilizadores, y Rufus había pensado que, para su joven rehén, él sería un cuidador varón menos amenazador que ningún otro de los que estaban en la aldea. Otra cuestión sería ver si la rehén que había obtenido sin quererlo necesitaría de tales consideraciones.

Otros hombres habían ido llenando el comedor para desayunar cuando Rufus ya había acabado el suyo. Salió del bullicioso edificio y se sumergió en la fresca mañana en busca de sus hijos. Oyó sus voces antes de llegar al cobertizo de Tod, el excitado parloteo que, por una vez, sonaba en armonía.

En cuanto entró en el cobertizo, se abalanzaron hacia él; dos pares de ojos azules irradiaban embeleso.

–¡Mira los cachorros, papá!

Lo aferraron de las manos, arrastrándolo hacia el lecho de paja donde una setter rojiza se había instalado con su camada.

–Son ciegos, papá – chilló Luke, balanceando la mano de su padre.

–Es porque son demasiado pequeños para ver.

–¿Nosotros también éramos ciegos? – preguntó Toby, curioso, arrodillándose sobre la paja y acariciando la cabeza de la perra con una mano llena de hoyuelos.

–No, los recién nacidos humanos abren los ojos no bien han nacido.

Rufus se agachó al Iado de sus hijos para admirar a los cachorros.

–Cuando sean un poco más grandes, vamos a quedarnos con dos de ellos – informó Toby a su padre-Tod dijo que podíamos.

–¡Vamos a poder elegir cuáles queremos! – chilló Luke-Una, do, li, tua…

Era una hora demasiado temprana de la mañana para enfrentar tempestades, pero el padre no podía permitirse dar la impresión de que concedería su tácita aprobación.

–No sois bastante mayores para tener perros propios.

Rufus atrapó el dedo de Luke que señalaba, para evitar que lo hincara, por accidente, en uno de los tiernos bultos castaños.

–¡Pero queremos tenerlos! – anunció Toby, y su voz se elevó varias octavas.

–¡Sí, los queremos! – añadió su hermano menor-¡Tod dijo que podíamos!

–No podéis, hasta que no tengáis siete años – dijo Rufus con firmeza, poniéndose de pie y levantando consigo a los niños – Ésa es una edad apropiada para tener un perro. A esa edad yo tuve el primero.

–¡Entonces yo tendré un perro antes que Luke! – vociferó Toby, saltando sobre las puntas de los pies-Ya lo ves, Luke, yo tendré un perro antes que tú.

–¡Eso no es justo! – gimoteó Luke, con el llanto temblándole en la voz-No puede tener un perro antes… no puede.

Rufus comprendió demasiado tarde en qué se había metido. Hiciera lo que hiciese, uno de ellos lo consideraría injusto.

–Falta mucho para eso – dijo, mirándolos ceñudo.

Tenían un aspecto más desordenado que de costumbre, con los chaquetones mal abotonados, los ojos todavía llenos de lagañas, migas de tostadas y manchas de leche alrededor de la boca. Sin duda, habían saltado de la cama en el instante mismo en que se despertaron. Ésa era su costumbre, y uno de los motivos por los cuales preferían dormir vestidos.

Rufus pensó, con cierto asombro, que sin duda no era un hábito muy saludable, y recordó que la noche anterior, aun a pesar de sus propias dificultades, Portia lo había mencionado con desaprobación. Él jamás había pensado mucho en ello, pero ahora veía que, en realidad, estaban muy desaseados.

–Necesitáis un buen baño – declaró, alzando a un niño bajo cada brazo.

Esa perspectiva borró todo pensamiento acerca de los cachorros de la cabeza de los pequeños y creó una alianza inmediata. Protestaron con agudos chillidos mientras su padre los sacaba fuera del cobertizo; retorcían el cuerpo tratando de librarse de los brazos de Rufus.

Portia abrió los ojos lentamente. Era pleno día; los recuerdos de la noche anterior regresaron a ella en una ráfaga precipitada de mortificación mezclada con indignación. Ahora estaba sola en la cama que había compartido con Rufus Decatur. Pasó una mano por su cuerpo. El cinturón ya no estaba.

–¿Estás despierta, muchacha? – dijo una voz masculina desde el extremo más alejado de la habitación; al oírla, Portia se incorporó sobre un codo, parpadeando.

Un hombre mayor que estaba junto al lavabo, poniendo una jarra con agua caliente junto al aguamanil, se volvió. Tenía el rostro sonrosado,

adornado con unas esponjosas patillas blancas y una tonsura igual de esponjosa le rodeaba la calva coronilla. Unos ojos azules, desteñidos, miraban a Portia con bondadoso interés.

–¿Quién es usted? – preguntó ella.

–Me llamo Josiah. El amo me ha dicho que me ocupara de sus necesidades. Aquí hay agua caliente para que se lave – dijo, indicando el lavabo.

–Qué considerado es lord Rothbury – dijo Portia con acritud-¿Qué hora es?

–Las ocho en punto – contestó Josiah, sin demostrar molestia por el tono de ella-Algo en el altillo estaba mal, ¿verdad?

–Su amo, al parecer, lo creyó así – respondió Portia, con tanta ironía como antes.

Ella se sentó, bostezó y estiró los brazos hacia arriba.

–Ah, él quería una compañera de cama, ¿no? – comentó Josiah, meneando la cabeza con aire conocedor.

–En el sentido que usted piensa, no – respondió Portia. Apartó las mantas y pasó sus piernas sobre el borde de la cama-Lord Rothbury me mantuvo prisionera en la cama, sencillamente porque temía que yo volviese a escaparme.

–Ah, sí, he oído algo de eso – dijo Josiah-De que se llevó el trineo de Bertram y todo. Esta mañana, él no estaba demasiado contento, créame. y tuvo que ir a buscarlo.

–Oh, bueno; recuérdeme que debo pedirle perdón – replicó Portia con sonrisa sardónica-Le aseguro que no he querido causar ningún problema a un bandolero y ladrón.

–Eh, alguien se ha levantado de la cama con el pie equivocado –

comentó Josiah con placidez-Tal vez, cuando se lave se apacigüe su temperamento – dijo, yendo de nuevo hacia el lavabo y vertiendo agua caliente en él-También hay un buen trozo de jabón de lavanda.

Echó a Portia una mirada expectante.

–No pienso desnudarme delante de usted – dijo ella-¿O acaso el amo ha decretado que yo no debo tener la menor intimidad?

–Que el Señor la bendiga, muchacha, el amo no ha dicho nada por el estilo. Aunque, en realidad, no tendría por qué preocuparse por mí. Yo he

visto todo, y más de lo que usted podría mostrar- dijo Josiah, riendo entre dientes, mientras iba hacia la escalera-Es usted una pequeña flaca, ¿no?

–Mucho.

Portia se desató las cintas del camisón.

Abajo, la puerta se abrió de golpe y llegaron voces agudas de protesta.

La de Rufus cortó los infantiles quejidos.

–¿Josiah?

–Sí, milord, aquí estoy. ¿A qué se deben tantos maullidos?

Josiah se apresuró a bajar a la cocina, donde Rufus había dejado a los dos niños en el suelo, aunque seguía sujetándolos por el cuello de la chaqueta.

–Estos niños necesitan estar un rato bajo la bomba – anunció Rufus –

Sostén a Toby mientras yo quito estas ropas mugrientas a Luke.

Portia lo escuchaba, atónita. ¿Ese hombre estaba totalmente loco o no tenía corazón? Gritó desde la cima de la escalera:

–Por el amor de Dios, Decatur, no puedes ponerlos bajo la bomba. ¡Está helando!

Sin soltar a los niños, Rufus se acercó al pie de la escalera. Miró hacia arriba y divisó un par de pies descalzos y unas piernas largas y blancas.

–¿Todavía no estás vestida?

–Gracias a usted, mis ropas no sirven más.

Ella retrocedió, tomó una manta de la cama, se envolvió en ella como si fuese una toga y bajó la escalera.

Los niños dejaron de gimotear y la miraron con aire esperanzado.

–Hace demasiado frío para la bomba – declaró Toby – Ella lo ha dicho.

–Sí, claro que sí – reiteró Portia, con firmeza – Qué idea cruel y absurda. Estamos en pleno invierno, por el amor de Dios.

Rufus estaba tan enfadado como desconcertado.

–No hay motivos para lanzar acusaciones alocadas – dijo con rigidez.

–Oh, ¿se refiere a la crueldad? – dijo Portia, observándolo con frío desdén – Mis experiencias en esta guarida de ladrones dan perfecto fundamento a mis acusaciones, milord. ¡Y cuando pienso que esta hospitalidad estaba destinada a Olivia, me dan ganas de arrancarle el corazón!

Rufus soltó a los niños.

–Está bien, Portia, no nos dejemos llevar. De ningún modo se podría decir que hayas sido tratada con crueldad, aunque tienes derecho a mantener tu propia opinión al respecto. Pero no confundas tus experiencias con el modo en que trato a mis hijos. Tú no sabes nada de eso. De cualquier modo, admito que hace demasiado frío para lavarlos fuera. No lo pensé bien. Es que siempre los he puesto bajo la bomba cuando están demasiado sucios.

En sus ojos había una chispa de advertencia.

–Bueno; es cierto que están bastante sucios – dijo Portia, examinando a los niños con mirada crítica – Aunque no tengo mucha experiencia con niños, me imagino que podría bañarlos en una bañera o algo semejante.

La advenencia se desvaneció en los ojos de Rufus.

–No se quedarían quietos – dijo, pesaroso – Y salpicarían agua por todas partes. Cuando ellos estuvieran bañados, la cocina estaría convertida en un lago.

Portia tuvo ganas de reír: había algo de absurdo en el hecho de que el amo de Decatur fuese derrotado por un par de chiquillos. Ella estaba sentada en el último peldaño, con el mentón apoyado en las manos.

–Si les quita toda la ropa, les pasa una esponja y les pone ropa limpia, no estarán ni la mitad de mugrientos.

Rufus pensó en la propuesta y dijo:

–Te propongo un trato. Si tú y Josiah se las arreglan con estos dos, yo buscaré algo de ropa limpia para ti. ¿Qué te parece?

Portia observó a los niños, que habían retrocedido hasta el extremo más alejado de la cocina y parecían listos para huir por la puerta de atrás al primer avance hacia ellos.

–Me parece que usted eligió la mejor parte del trato – dijo ella.

–Como quieras. Si prefieres estar envuelta en una manta, a mí me da lo mismo – dijo Rufus, despreocupado-Es más: ahora que lo pienso mejor, sería algo muy conveniente. Eso te mantendría dentro con más eficacia que cualquier otra restricción. Olvídate del trato.

–Eres un hijo de puta de la peor especie – dijo Portia en voz baja, cayendo en la cuenta de que ambos se habían acercado peligrosamente a un clima de afabilidad.

–¡Eh, cuide la lengua! – exclamó Josiah, arrancado por una vez de su acostumbrada placidez-No use esos términos con el amo.

–Josiah, la señorita Worth no reconoce ningún amo – dijo Rufus-¿No es así? – preguntó, arqueando una ceja a modo de interrogación a Portia-¿No es así? – repitió, al ver que ella no respondía.

–Todavía no me he topado con nadie digno de ese título – dijo ella, en tono helado-Y no espero encontrarlo… en esta vida, al menos.

Se puso de pie y se preparó para regresar a la planta alta.

Rufus se movió con rapidez, la sujetó por la cintura, la levantó y la volvió a la cocina. La sujetó por los hombros y le sonrió, mirándola al rostro enfurecido.

–Vamos, Portia, sólo estaba bromeando. Tengamos una tregua. Ayuda a Josiah con los niños y yo encontraré una muda de ropa para ti. Es una hermosa mañana y, si me prometes no reñir, te sacaré a dar un paseo y te mostraré la aldea.

Fue un cambio de actitud tan abrupto que, por un instante, Portia se quedó muda. En los intensos ojos azules de Rufus bailoteaba la risa, su boca se había curvado en una sonrisa de inesperada dulzura.

–¿Tregua?

Le oprimió la punta de la nariz con el índice. ¡Ay, Dios; cuánto lo odiaba! Una vez más, él estaba manipulándola, burlándose con toda la tramposa arrogancia que mostraban los hombres en cualquier parte. ¿Cómo podía saber él que, cuando la tocaba y la miraba de ese modo, le hacía hervir la sangre? El aborrecimiento que ella sentía por el hombre se esfumaba, sencillamente, con el impacto de una sonrisa que implicaba un profundo conocimiento del mundo, y hasta de ella misma. Él sabía eso y lo usaba en su provecho.

Por la pura fuerza de su personalidad, por su misma presencia física, él le imponía un modo de reaccionar, avasallando el sentido que ella tenía de lo racional y legítimo en las presentes circunstancias.

Rufus apartó las manos de los hombros de ella y Portia se alejó de él, con un gesto hecho como para defenderse de algo.

–Tregua – dijo, en una voz que no parecía la suya.

Entonces, se volvió bruscamente hacia donde todavía estaban los niños, en el fondo de la cocina, y se abalanzó hacia Luke, atrapándolo en medio de un revuelo de miembros que se agitaban y de chillidos. Josiah atrapó a Toby, que se había zambullido bajo la mesa.

Rufus permaneció allí un minuto, sin darse cuenta de que estaba sonriendo, y preguntándose qué sería lo que hacía tan atractiva a su rehén accidental. En ella había rayos y centellas; sin embargo, había momentos en que él veía por debajo de su hostilidad y lo que veía le parecía sobremanera delicioso.

Era perturbador. Rufus giró sobre sus talones y se alejó de los chillidos y del caos que reinaba en la cabaña.

Media hora después, cuando regresó, encontró a sus hijos vestidos con ropa limpia, asombrosamente sometidos, con los rizos rubios bien peinados y las mejillas brillantes. Estaban sentados junto al fuego, temblando como cachorros recién bañados, y contemplaban a su padre con ojos muy abiertos, cargados de recriminaciones.

–Tengo frío – dijo Toby, en tono de reproche.

–Tenemos frío – dijo su hermano en sorprendente acuerdo.

–Tienen frío porque no están habituados a sentir el aire fresco y el agua en la piel- dijo Portia-Casi tuvimos que pasarles una rasqueta para quitarles la mugre.

–Bueno; yo he cumplido mi parte del acuerdo. Dime qué opinas de estas prendas.

Rufus le entregó un lío, y en sus ojos había un extraño resplandor que puso a Portia en guardia, de inmediato.

–Entonces me voy, amo – dijo Josiah, encaminándose hacia la puerta, con Luke y Toby pegados a sus talones. Mientras tanto, Portia tomaba el paquete como si esperase encontrar dentro a un hurón de agudos dientes.

–¿Qué son? – preguntó, señalando el paquete. Rufus sonrió:

–Sube y descúbrelo tú misma. Pienso que te llevarás una sorpresa.

–¿Buena o mala sorpresa?

–No lo sé. Sé que es lo único que pude encontrar. Aquí la provisión de ropa es bastante limitada.

Convencida de que se llevaría una sorpresa desagradable, Portia subió llevando consigo el lío. Podía suponer que él había encontrado un basto vestido de tela casera de alguna campesina y unas enaguas de holanda. Pero a caballo regalado no se le miran los dientes; si estaban limpias, no se quejaría.

Depositó el bulto sobre la cama y lo desató. Atónita, contempló lo que había en él y levantó y sacudió las prendas una a una. Unos pantalones de

piel de ante, calcetines de lana y ligas, una camisa de lino crudo, calzones de lana, un justillo sin mangas de estambre de color oscuro y una capa de lana frisada. Hasta había un cinturón y un par de guantes nuevos para reemplazar a los que se habían roto. Rufus había pensado en todo.

El asombro dejó su lugar al deleite: siempre había deseado librarse de las irritantes restricciones de la feminidad. Ahora tenía una oportunidad de hacerlo.

El agua que Josiah le había llevado antes ya estaba tibia pero de todos modos se lavó escrupulosamente, temblando pero resuelta. Luego, con un placer que lindaba con la languidez, se vistió, disfrutando la extraña sensación de llevar esas prendas. Se sentó en la cama para ponerse las botas y, después, se levantó lentamente, pasándose las manos por el cuerpo, delineado ahora de una manera que no le resultaba familiar. La sensación de libertad que le proporcionaban estas prendas era maravillosa; incluso parecían más abrigadas que los vestidos y las enaguas. Los calzones de lana hacían lo suyo, claro, y los pantalones de cuero resistirían mejor el frío.

Portia llegó a la conclusión de que era un gran avance con respecto a su anterior encarnación pero, como en el dormitorio de Rufus no había espejo, no tenía forma de ver cómo estaba.

Cuando bajó, Rufus estaba de espaldas a la escalera; al oír sus pasos se volvió. Al verla, arqueó una ceja.

–¿Qué te parecen? – preguntó, mirándola por encima del borde de su jarro de cerveza mientras bebía un sorbo.

–Siempre he pensado que yo debería haber nacido varón – dijo Portia –

No tengo formas de mujer. No tengo curvas ni nada.

–Yo no diría que no tienes curvas – murmuró Rufus, pensativo –

Vuélvete.

Portia obedeció. La mirada de Rufus recorrió lentamente la esbelta figura. Enfundadas en los pantalones, sus piernas parecían más largas que de costumbre. El chaquetón se ajustaba a las caderas y estaba abotonado de modo que marcaba la curva de su cintura, ceñida por el cinturón.

–Te va bien – sentenció por fin, con ojos iluminados por la aprobación.

La sonrisa de Portia fue involuntaria y tan encantada que Rufus se sintió extrañamente conmovido. Tuvo la impresión de que ella había recibido muy pocos elogios en su vida. Salvo, desde luego, que otras manos hubiesen estado en contacto con esa piel exquisita o que otro hombre fuese capaz de

apreciar ese espíritu indoblegable, reflejado en un par de ojos de felino del verde más puro.

–Ahora que ya estás vestida, vamos a recorrer la aldea – dijo él, en tono más brusco, el adecuado para los temas prácticos. Le ofreció su capa de frisa – Ponte esto.

–No veo motivo alguno para hacer una gira por una guarida de ladrones

– replicó Portia, mientras aceptaba la capa con gesto automático-Tal vez piense que es el deber de un anfitrión cortés, pero yo le aseguro que puedo pasar por alto la cortesía.

Era evidente que la tregua había terminado. Rufus la miró a los ojos, con los suyos endurecidos como diamantes.

–No te equivoques, señorita Worth. Este paseo tendrá un objetivo muy concreto: será un modo de ahorrarme futuros problemas. Quiero que entiendas que cualquier otro intento de abandonar el recinto será completamente inútil. No puedes escapar de aquí sin ser vista.

–¿Y cuánto tiempo piensa retenerme aquí?

–Todavía no lo he decidido – respondió él.

–Pero lord Granville no va a pagar ningún rescate por mí. Eso ya lo sabe.

–Mi decisión no tiene por qué basarse en las acciones de Cato.

A Portia se le resecó un poco la boca.

–¿Va a matarme?

–¿De dónde has sacado semejante idea? – preguntó Rufus, frunciendo el entrecejo.

–Usted es un ladrón y secuestrador. Odia a los Granville, y yo soy una Granville – enumeró ella, intentando ignorar el resplandor azul que iluminaba la mirada de él, el pequeño latido que pulsaba en su sien. Se produjo un momento de tenso silencio. Entonces, Rufus dijo, frío y terminante:

–Estoy comenzando a fastidiarme con estas acusaciones. Ten un poco de cuidado. Tú no sabes nada acerca de mí. Te sugiero que, hasta que lo sepas, mantengas tu lengua quieta.

La tomó del codo y la hizo salir fuera, al camino.

Él caminaba deprisa, arrastrándola, casi, y ella tenía que saltar para mantenerse a la par. En tono neutro y con la autoridad absoluta del amo que no trataba de disimular su ira, él le fue dando información, hablándole de

todos los detalles relacionados con las características que hacían inexpugnable al fuerte.

Rufus no se detuvo ni una sola vez, no aminoró el paso, devolviendo los saludos de los que pasaban con un brusco cabeceo: hombres que se entrenaban, que afilaban su pica, que aceitaban su mosquete. El lugar bullía de actividad bélica. Portia se desconcertó cuando descubrió que, después de las primeras miradas curiosas, ella no atrajo más atención que si hubiese sido un perro que acompañaba a Decatur en su recorrido. En este lugar,

¿nadie cuestionaba nunca las acciones del amo?

Ni siquiera intentó interrumpir el flujo de informaciones y, aun contra su deseo, comenzó a comprender por qué los hombres de Decatur tenían por su amo una devoción tan carente de crítica. Tal vez él fuese un delincuente, el jefe de una banda de ladrones, pero ejercía una autoridad temible, y la aldea era administrada con sobresaliente eficiencia militar. Ella recordó que Jack, cada vez que mencionaba a Rufus Decatur, daba a entender que era un enemigo digno de ser temido. A pesar de su desprecio por el bandolerismo, su padre había manifestado un renuente respeto por el hombre cuya venganza no era conveniente subestimar. Portia había percibido la misma nota en las opiniones de Cato, acechando detrás del interés que él había mostrado por el anterior encuentro de ella con Decatur, la necesidad que había expresado de conocer los menores detalles.

Se le ocurrió, de repente, que después de haber sido obligada a recorrer la aldea Decatur, ella tendría unos cuantos detalles interesantes para comunicar a Cato. Sintió renovarse ese escalofrío de temor. Decatur no iba a revelar tanto a alguien del campo enemigo si tenía la intención de liberarlo sano y salvo, ¿no?

–Ahora iremos al puesto del centinela – dijo él, en tono cortante, interrumpiendo, por fortuna, el hilo de sus pensamientos. Él señaló hacia lo alto de una colina, donde se elevaba, rizándose, el humo de la hoguera del vigía-A ti te han traído por la sección este del valle. Hay puestos en cada cuarta que da a las Cheviot, y a lo largo de todo el trayecto hasta la frontera.

Del mismo modo, los hay a lo largo del río, dieciséis kilómetros hacia cada lado. Supongo que eso lo habrás descubierto anoche.

Portia no se dignó responder, y Rufus siguió, en el mismo tono:

–Mi primo Will está a cargo de todos los puestos de vigilancia y de dar los informes. Lo conociste anoche.

Mientras ascendían, Rufus notó que Portia había empezado a caminar de una manera diferente, balanceando las caderas y alargando el paso. Sin duda, se adaptaba a la libertad que le concedían los pantalones. Tal como era su ánimo en ese momento, le irritó haber notado semejante cosa.

Cuando llegaron donde estaba Will, él la observó con un interés más franco que el de sus camaradas de la aldea.

–Ese traje es una novedad – observó

–Era lo único que teníamos en el almacén – le informó Rufus-Después de lo de anoche, las ropas de ella no servían para nada.

Will asintió, comprendiendo perfectamente, y Portia, por su parte, mantuvo un silencio de piedra. Sin duda, Will, al igual que Josiah, lo sabía todo con respecto a su humillante y forzoso regreso. Quizá fuese la comidilla de la aldea.

Rufus tomó otra vez a Portia del codo y la llevó en dirección contraria al fuego.

–Mira alrededor. ¿Ves que en la cima de cada colina hay una hoguera y un centinela?

Portia cruzó los brazos en el pecho.

–Me lo has hecho notar; más de una vez.

–En ese caso, confío en que lo hayas entendido – dijo él con frialdad –

Puedes regresar por tu cuenta a la aldea. Yo ya he perdido demasiado tiempo en ti esta mañana y tengo asuntos más importantes de qué ocuparme.

Giró sobre sus talones y comenzó a avanzar a zancadas hacia la aldea.

Tan abrupta despedida dejó boquiabierta a Portia, y una oleada de furia disipó todos sus previos temores. ¿Cómo se atrevía él a rechazarla con tan insultante indiferencia? Echó a correr tras él, aumentando la velocidad en ese suelo resbaladizo, con toda la intención de devolver insulto por insulto.

Saltó sobre un pequeño montículo de piedras, pero su pie quedó atrapado en un resto de hielo, y cayó de trasero, resbalando por el sendero y dando gritos, para ir a chocar con las piernas de Rufus. Éste cayó y sus miembros se enredaron con los de Portia, mientras ambos resbalaban hacia abajo, sin poder detenerse.

Rufus rodó de lado, sujetándola a ella con fuerza contra sí y clavando sus tacones en el hielo. La cabeza de Portia estaba metida bajo el mentón de él, y los brazos de Rufus rodeaban el cuerpo de ella. Rufus sentía las

costillas de Portia, notaba el rápido latido de su corazón contra su pecho, las largas piernas de la muchacha enredadas en las suyas. Ella lo empujó, tratando de apartarlo, mientras al mismo tiempo lo insultaba por ser un arrogante, un torpe canalla. Su cara, roja de indignación, estaba vuelta hacia él, tan cerca de sus ojos que él sólo podía ver un manchón pálido y la cólera que relucía en esos ojos brillantes.

La apretó con más fuerza, resistiendo los esfuerzos de ella por escapar.

–¿Lo has hecho adrede? – preguntó Rufus, sin poder creer que la andanada de furia siguiera derramándose sobre él.

–Y si lo he hecho, ¿qué? – replicó ella, agitada y bullendo de cólera. Se hizo un instante de silencio. Portia vio que los ojos de él se entrecerraban, algo brotó en ellos, algo peligroso que, sin embargo, le provocó una sacudida de excitación en la boca del estómago. El silencio creció hasta que ambos quedaron en suspenso, esperando…

Entonces, las manos de él aflojaron el abrazo que retenía el cuerpo de ella. Le sujetó la cabeza entre las dos manos, enroscando los dedos en los rizos anaranjados que tenía en torno de sus orejas. Cambió levemente la posición del cuerpo, y atenazó con sus piernas las de ella, de modo que la tuvo clavada al suelo, debajo de él. Ella podía percibir cada línea de su cuerpo poderoso apretado al de ella, dejándole su marca. Podía sentir su calor, la tibieza de su aliento.

–Existe algo que se llama compensación, señorita Worth – murmuró él, y poseyó la boca de ella con la suya.

Este beso no fue un beso leve, provocativo. Fue una afirmación dura y posesiva. Sin voluntad consciente, la boca de ella se abrió a la insistencia de su lengua, y sintió la presencia sinuosa del músculo que asolaba la cueva tibia y suave de su boca, saboreándola. Y sus lenguas danzaron, y entonces ella también lo saboreó, exploró los contornos de su boca pasando su lengua por los dientes, por los huecos de las mejillas. Los ojos de Portia estaban cerrados y veía sólo rojo, y su sangre, excitada, bullía. Sintió la protuberancia dura de su erección que se apretaba en el vientre; sus manos rodearon la espalda de él, masajearon sus tensas nalgas. Los dedos de Rufus se enredaron más en el cabello de ella, sujetándola con más firmeza, aún, luego levantó lentamente la cabeza.

Rufus contempló ese rostro sonrojado, vio sus labios enrojecidos, la expresión embelesada de sus ojos. Siguió reteniéndola pegada a su cuerpo,

con sus manos en el cabello de Portia y, por un instante, no se movió.

–Me pregunto qué me habrá impulsado a hacer esto – dijo. En la sonrisa que jugueteaba en su boca había tanta sorpresa como perplejidad-No era esto lo que yo pensaba hacer.

Portia se tocó con la lengua los labios hinchados.

–¿Qué pensaba hacer?

–Algo bastante menos agradable – respondió él, con la misma sonrisa-Y, por alguna razón, en mis tratos contigo, mi rebelde ansarina, siempre me sorprendo a mí mismo.

La soltó y se puso de pie. Se sacudió la capa y los pantalones.

–Levántate.

Se inclinó para tomarle las manos y ayudarla a ponerse de pie.

Con ambas manos, Portia se echó atrás el cabello, tratando de ordenar esa cabellera enredada, tratando de ordenar sus sentidos. El mundo había girado sobre su eje, y ella tenía dificultades en mantenerse de pie en la abrupta pendiente de la colina.

La expresión de Rufus seguía siendo un tanto perpleja mientras la observaba.

–De verdad, eres un ánsar – murmuró él – Eres todo patas y plumas alborotadas.

Echó una mirada hacia lo alto de la colina, preguntándose si alguien había sido testigo de ese momento de locura y, mientras lo hacía, desde la cima norte, se oyó el toque de una trompeta que resonó en todo el valle.

De pronto se desvaneció toda idea de juego, todo vestigio de perplejidad. El toque sólo podía significar una cosa: un centinela había divisado algo fuera de lo común. Rufus echó a andar a paso rápido, trepando de vuelta la ladera.

Portia permaneció en el camino un minuto, mientras seguía tratando de ordenar sus sentidos. Entonces, volvió a sonar la trompeta; sin pensarlo mucho, ella comenzó a ascender siguiendo a Rufus. Esa llamada tenía una nota tan apremiante, tan elemental, que no pudo resistirla.

Will, tenso de excitación, entregó un anteojo a Rufus apenas llegó junto a él.

–Tropa de soldados hacia el norte, a las cuatro en punto.

–¿Hombres de Granville?

Rufus limpió el cristal con el dedo enguantado y luego lo aplicó a un ojo. Ninguno de los dos tomó en cuenta la llegada veloz y silenciosa de Portia.

–No lo creo. No llevan el estandarte de Granville.

Rufus observó la tropa de jinetes que se desplazaban por ese paisaje desierto, a unos ocho kilómetros de allí.

–Parecería que se trata del estandarte de Leven – dijo- Caballería: son unos quince o veinte. ¿Adónde irán?

–Nosotros los detendremos, no importa adónde vayan, ¿no? – preguntó Will, sonriendo de oreja a oreja; la pregunta era meramente retórica.

Rufus bajó el anteojo.

–Bueno… – bromeó-No estoy seguro de eso.

La sonrisa de Will se agrandó.

–¿Cuántos hombres llevo?

–Treinta, con picas y mosquetes. Con petos y guanteletes, pero diles que mantengan la capa cerrada. Ocultaremos nuestra identidad hasta que estemos sobre ellos.

–Bien. ¿Hago sonar la llamada a las armas?

–Por favor – dijo Rufus, volviéndose y viendo a Portia por primera vez-No te pongas en el paso – le ordenó, áspero y autoritario, como si el suceso en el camino no hubiese existido.

A continuación, echó a andar cuesta abajo ya sin tanta prisa, mientras a sus espaldas la trompeta emitía dos notas agudas que provocaron otro escalofrío de excitación en la espalda de Portia.

Ella lo siguió, manteniéndose un poco atrás como para no llamar la atención y, si Rufus había notado que ella iba tras él, no dio señales de ello.

Entró en la aldea; los hombres estaban en el prado, ajustándose los petos, cargando los mosquetes, dándose prisa para reunirse en la orilla del río.

Will apareció desde un lugar incierto, desplazándose entre los hombres, enviando a algunos de ellos de nuevo al trabajo, ordenando a los otros que formasen un grupo bajo un sauce pelado.

Cuando Rufus se acercó al grupo de treinta hombres, las excitadas conversaciones se interrumpieron. Lo miraron, expectantes. Portia, fascinada, se quedó mirando.

–¿Quién apoya un ataque contra los hombres de Leven? – preguntó Rufus, entusiasta, muy plantado con los pies separados y las manos

apoyadas en las caderas.

Sus ojos parecían eléctricos; Portia percibió la energía que brotaba de él como en oleadas, una energía que atraía a sus hombres mientras vociferaban sus eufóricas afirmaciones.

–Les retorceremos un poco la cola – dijo Rufus-Tomaremos por la senda de Morebatcle y los rodearemos y les saldremos al encuentro de este lado de Yetholm. ¿Alguna pregunta?

–¿Tomaremos prisioneros, milord?

–Todos los prisioneros serán escoltados hasta los cuarteles del Rey, en Newcastle – dijo Rufus-¿Algo más?

Algunos respondieron agitando la cabeza.

–Bien, caballeros, en marcha.

Los hombres rompieron la formación encaminándose hacia el establo a la carrera, sin que armaduras y armas los obstaculizaran demasiado. Rufus se dio la vuelta y vio a Portia, que estaba semioculta tras otro sauce. La llamó con un ademán, y ya no había en él ni rastros del hombre que la había besado con tanta pasión hacía poco tiempo.

–Tú te quedarás aquí. Ya sabes dónde está el comedor; allí te darán de comer. Puedes quedarte en mi cabaña – dijo, tomándola del mentón con la mano enguantada y diciendo, en tono de inconfundible amenaza- Si creas alguna dificultad mientras yo esté ausente, te aseguro que lo lamentarás, señorita Worth. ¿He sido claro?

–Como el cristal- contestó Portia, sin bajar sus ojos.

Él siguió reteniéndole el mentón durante un minuto, luego la soltó y se encaminó hacia su casa. Portia se mantuvo a su lado.

En la cabaña, ella se apoyó en la puerta y observó a Rufus cuando levantaba la espada maciza, con su vaina de cuero, de un gancho que había en la pared más alejada. La sujetó a su grueso cinturón y ajustó las correas de un peto sobre su chaquetón de buey. Pasó un dedo enguantado por el filo de una daga curva, luego la envainó y, a continuación, se puso la capa sobre los hombros y la abrochó en el cuello.

–Recuerda lo que te he dicho.

Le dirigió un breve cabeceo y luego, la apartó y salió, llevándose una parte de la corriente de energía que dejó la cocina desierta y sin vida.

Portia se arrebujó en la capa y fijó la mirada en las ascuas de la chimenea. Con un súbito movimiento impensado, se cubrió la flamígera