La guerrera
Capítulo 2
ejecución o una muerte lenta en prisión que hubiesen llegado como consecuencia de ese juicio.
Cato comprendía que, a los ojos de Rufus Decatur, él había heredado la culpa de su padre. Su padre había sido un hombre de temperamento rígido, que no admitía zonas grises en cuestiones de honor y de conciencia. Cuando William Decatur se atrevió a manifestar francamente su desacuerdo con las acciones del rey James y a conspirar contra los destructivos consejeros del Rey, George Granville no había vacilado en condenar a su antiguo amigo.
En su carácter de oficial de frontera, había tenido la responsabilidad de arrestar al traidor y de controlar la aplicación de la justicia real; él había cumplido su deber sin titubeos.
Cato no sabía si, de hallarse en circunstancias similares, habría sido capaz de hacer lo mismo que su padre. Él no poseía la rigidez de su padre y, al contrario, lo atormentaba la capacidad de ver ambos lados de un conflicto. Con todo, en lo que a Rufus Decatur atañía, importaba un comino cómo hubiese reaccionado el hijo. William Decatur había muerto, su familia había sido desheredada como consecuencia de las acciones de George Granville y Rufus quería venganza. La batalla que libraba contra el hijo de George era de naturaleza personal; Cato se veía obligado a luchar, lo deseara o no.
Y si Rufus Decatur estaba a punto de entrar en la guerra civil, en el bando contrario al de Cato Granville, la enemistad personal entre los dos adquiriría una dimensión mayor.
La perspectiva de encontrarse cara a cara con su enemigo en el campo de batalla en cierto aspecto alegraba a Cato, pues allí tendría una visión fría, clara y comprensible del encuentro.
2
-¿Adónde vas, Rufus?
La voz soñolienta, que emergía del lío de ropa de cama, sonaba un tanto apesadumbrada. Sonó un suspiro bajo el cobertor de piel y una mujer se incorporó, apoyándose sobre un codo. Una mano áspera, como de quien realiza trabajos duros, apartó el velo de pelo oscuro dejando al descubierto un par de ojos castaños.
–Tengo mucho que hacer, Maggie. Y tú bien lo sabes.
Rufus Decatur quebró de un puñetazo el hielo de la jarra y se echó agua helada sobre la cabeza, exhalando un quejido en el que se mezclaban el dolor y la euforia. Sacudió la cabeza y las gotas de agua helada volaron por el pequeño desván. La mujer ahogó una maldición y se protegió bajo la piel.
Rufus se secó vigorosamente la cabeza con la toalla sin hacer caso de las maldiciones y de las quejas y, un minuto después, Maggie se sentó en la ancha cama arrastrando la piel hasta el mentón y contempló al amo de la aldea de Decatur con el entrecejo fruncido de disgusto.
–Todavía no amaneció.
–Y tú eres una moza perezosa, Maggie, mi amor – afirmó Rufus, tomando la camisa que estaba sobre la baranda de la cama. Al oír su tono, los ojos de la mujer se entrecerraron y ella se reclinó contra la cabecera tallada de la cama.
–Vuelve a la cama.
Este Rufus Decatur era un hermoso, fuerte tipo de hombre; ella nunca se resistía cuando él la llamaba a su cama. Las noches que pasaba allí le brindaban mucho más placer que el que acostumbraba recibir de sus habituales clientes.
Ella recorrió con mirada lasciva el cuerpo del hombre. El mismo color rojizo dorado del cabello que le caía sobre sus hombros y de la barba que cubría su mentón cuadrado se agolpaba en su pecho y formaba un rizado matorral en la ingle. Relucía a la luz del candil en sus antebrazos y sus piernas, formando un contraste con sus miembros bronceados. No se veía carne floja, pero algo en el tamaño de ese hombre le daba una dimensión extraordinaria, como si el desván fuera demasiado pequeño para contenerlo.
–Levántate – fue la respuesta que obtuvo la mujer, a cambio de sus molestias. Él se dobló sobre ella y retiró las mantas-¡Arriba! ¡Me espera un día ajetreado!
Algo en sus intensos ojos azules hizo que su compañera de cama se pusiera en pie, temblando y refunfuñando. Rufus Decatur tenía el temperamento que era de esperar, con sus cabellos rojos; cuando estaba de cierto ánimo no era conveniente contradecirlo.
–¿Vas a atacar otra vez?
Ella se sentó en la cama para ponerse las medias de lana, luego, unas enaguas de franela y después una camisa de lana.
–Es probable.
Él se puso un jubón de cuero de ante y se agachó para atizar las ascuas del hogar. Logró que se elevara una llama y le arrojó astillas hasta lograr que el fuego ardiese, rugiendo por la chimenea.
Maggie se aproximó al calor para acabar de vestirse.
–Se dice que vas a declarar tu apoyo al Rey – observó ella, echándole una mirada astuta-Que tus hombres pelearán junto a los del Rey.
–Habladurías ociosas – dijo Rufus, dándole una palmada en el ancho trasero, al pasar-Encontrarás tu monedero en el sitio de siempre.
Le dedicó una sonrisa fugaz y desapareció de la vista, bajando por la insegura escalera de la cabaña de planta cuadrada. La sonrisa satisfizo a Maggie. Rufus no era hombre de compartir sus asuntos; bien podría haberla rechazado con aspereza. En la aldea de Decatur las cosas sucedían a la vista del público. No había mujeres. Maggie y sus amigas acudían de visita cuando eran llamadas y, con respecto a todas las otras necesidades domésticas, los hombres se bastaban ellos mismos.
Todos sabían que la aldea era más un campamento militar que una comunidad civil; era razonable suponer que Rufus estaba preparándose para lanzar a su bien entrenada banda de asaltantes a una guerra que, según todas las evidencias, no iba a dejar intactos a ningún hombre ni a sus respectivas conciencias. Hasta el momento, sin embargo, nadie que no estuviese dentro de los límites de la fortificación de Rufus tenía un indicio verdadero en cuanto a qué bando del conflicto iría a favorecer el jefe de la aldea de Decatur, y ésa era una cuestión de la máxima importancia y del mayor interés.
Rufus tenía pleno conocimiento de las especulaciones que circulaban por el lugar; adivinó que Maggie habría intentado un sondeo a instancias de la señora Beldam, quien regenteaba a las mujeres que atendían a los hombres de la aldea Decatur. Su curiosidad resultaría satisfecha muy pronto. Él había adoptado una decisión y la daría a conocer a todos uno o dos días después.
El fuego amortiguado emitía un resplandor ceniciento que suministraba una luz pobre a la habitación amueblada con sencillez. Rufus fue andando suavemente hasta una alcoba rodeada de cortinas que había en el rincón opuesto de la habitación. Al espiar detrás de la cortina, él tuvo la sorpresa de descubrir que los dos pequeños bultos que había bajo las mantas del catre aún no estaban listos para iniciar el tempestuoso curso de su vida
cotidiana. Por lo general, despertaban antes del primer canto del gallo, incluso en invierno; Rufus sabía que se levantarían en cuanto oyesen que Maggie se marchaba. Entre tanto, su padre podría disfrutar de este breve y raro lapso de paz en su despertar.
Él recogió la capa que colgaba de un clavo en la pared, junto a la puerta, levantó la pesada barra de madera y abrió. Durante la noche, había nevado mucho y fue preciso que empujara con el hombro para apartar la nieve que se había amontonado junto a la parte inferior de la puerta.
Cuando Rufus salió al gélido amanecer las últimas estrellas se esfumaban en el cielo y la Juno pendía, baja, sobre las Cheviot Hills. El racimo de cabañas de piedra se acuclillaba en una profunda hondonada de las colinas y era inaccesible desde el camino. Sobre las cimas de las colinas de alrededor ardían los fuegos de los centinelas y, al mismo tiempo, los guardianes vigilaban la estéril e inhóspita campiña que se extendía hacia la frontera escocesa.
Rufus se dirigió, a través de la aldea, hacia el río que corría más allá de la fortificación, y cuya ubicación resultaba tan conveniente. El río pasaba, perezoso, bajo su helada superficie pero, aun así, seguía proveyendo de agua a la aldea y era una vía de acceso al mundo exterior, por trineo cuando el invierno lo congelaba, por barca en otras estaciones del año.
Un grupo de jóvenes estaba reunido a la orilla del río, sus capas estaban abandonadas al costado de una fila de cubos que esperaban, junto a la ribera, mientras ellos trabajaban con sus hachas abriendo agujeros en el hielo, que se habían cerrado durante la noche. Al aproximarse Rufus, los muchachos se incorporaron y lo aguardaron, con sus mejillas sonrojadas por el frío y el ejercicio.
–Buenos días, milord.
–Buenos días, muchachos.
Rufus intercambió con ellos saludos y conversaciones triviales, saludando a cada uno por su nombre. Si acaso captó la adoración que brillaba en los ojos de los jóvenes reunidos alrededor de él, no dio muestras de ello.
Éstos eran sus novatos, los reclutas más recientes de la banda Decatur.
Muchos se habían acercado siguiendo a padres, hermanos, tíos a ese mundo de los fuera de la ley. Algunos eran fugitivos de la ley propiamente dicha, otros, simplemente, habían llegado llevados por su ánimo de aventura. Pero
todos ellos tenían una característica que los distinguía: eran profunda e inflexiblemente devotos a la casa de Rothbury, y no guardaban lealtad a nadie que no fuese de su cuadro de jefes.
–Jefe, ¿es cierto que vamos a luchar junto al Rey?
La pregunta, hecha evidentemente en nombre de todos ellos, la había formulado un joven alto, cuya estampa lo convertía en el líder natural del grupo. Diez pares de ojos ansiosos se posaron sobre el rostro de Rufus.
–¿Crees, acaso, Paúl, que Su Majestad aceptará el apoyo de una banda de asaltantes? – preguntó Rufus, en un tono suave que no engañaba a ninguno de ellos, puesto que sus ojos tenían un resplandor que reflejaba la superficie helada del río a la luz de las estrellas que se desvanecían-¿La ayuda de una familia que ha sido desposeída por la traición? ¿La ayuda de un descastado, corrompido por haber pasado años robando ganado, asaltando personas en las carreteras y sólo Dios sabe qué otros crímenes cometidos contra una región respetuosa de la ley?
Paúl lo miró a los ojos:
–Yo creo que Su Majestad aceptará cualquier mano que se le ofrezca, señor – afirmó-Si tenemos en cuenta que lord Leven viene marchando desde Escocia, al Rey no le quedan demasiadas alternativas. – Al jefe le tembló la boca, más de desdén que de humor.
–Sí, quizá tengas razón, muchacho. Bajo la bandera de la lealtad se sepultará una montaña entera de agravios, recuerda lo que te digo. Además,
¿qué no podría lograr un hombre contando con la gratitud del Rey?
Alzó su mano a guisa de saludo y se alejó, haciendo ondular la capa en torno de sus tobillos con la súbita energía de su paso.
Con la gratitud del Rey uno podría lograr el restablecimiento de su posición… un perdón total… La casa de Rothbury podría volver a ocupar su lugar genuino en el mundo regido por la ley. Ah, sí, no son muchas las cosas que no haría un Rey agradecido por un súbdito leal, pensó Rufus riendo para sus adentros. Intervendría en este conflicto para favorecer sus propios fines: no tenía tiempo para la causa del Rey. Charles era tan tonto como lo había sido su padre, James. Pero Rufus no cometería el mismo error que su padre. Él apoyaría al Rey en esta locura y recogería las recompensas de ese apoyo. El precio sería la restitución de sus derechos.
Avanzó por el estrecho sendero que serpenteaba subiendo la ladera de la colina, hacia la primera hoguera de un vigía. Las estrellas ya habían
desaparecido cuando él llegó a la cima, pero el anillo de hogueras que rodeaba el valle seguía ardiendo, tal como seguiría sucediendo durante todo el día, para brindar calor a los vigías que custodiaban el refugio Decatur las veinticuatro horas de cada día.
–Buenos días, Rufus – saludó un hombre alto, delgado, de poco más de veinte años, que estaba junto al fuego calentándose las manos-¿Café?
–Sí, Will, gracias – respondió Rufus, saludando a su primo con un cabeceo.
Él sentía un cariño particular por ese hombre más joven que él, cuyo padre había ayudado al huérfano Rufus a sortear las trampas de la juventud.
Will era el hijo del tío de Rufus, concebido cuando ya era tiempo de que el anciano estuviera sentado junto al fuego, cabeceando, senil y apacible en lugar de andar alborotando por el campo durante el día y dando gusto al cuerpo cada noche, con su compañera de cama con todo el vigor y la virilidad de un hombre en la flor de la edad.
–¿Ha sido una noche apacible?
–Sí. Pero los hombres de Connor divisaron movimientos de tropas hacia el norte. Suponemos que son hombres de Leven.
Rufus recibió, de manos de un hombre armado de pica y mosquete, una jarra con pico llena de aguamiel caliente y aromatizada con especias.
–Más tarde enviaremos exploradores. Si Fairfax y Leven se unen a las fuerzas del Parlamento, el Rey se verá en un bonito aprieto. Ya podría ir despidiéndose de contar con una fuerza superior en el Norte.
Por más que él hablara como si el tema no le preocupase demasiado, a Will no lo engañaba el tono desinteresado. Él sabía que Rufus había hecho una inversión en esta decisión que había tomado.
–¿Piensas que estaremos en condiciones de demorar a Leven? –
preguntó Will, soplando su aguamiel para enfriarla-¿Con algo de persecución judicial, tal vez?
–Sí; en eso pensaba, ni más ni menos – dijo Rufus, riendo entre dientes.
Su expresión se iluminó y sus ojos perdieron el duro brillo de antes –
Ofreceremos un poco de ayuda extraoficial al comando del Rey. Mis señores de Bellasis y Newcastle estarán agradecidos.
Will sonrió al notar que Rufus había abandonado su anterior seriedad y que, ahora, veía esa pequeña incursión bajo la misma luz que cuando planeaba sus alborotadores ataques.
–Granville también apoya al Rey – comentó, un instante después. Rufus no respondió de inmediato y paseó su mirada por las colinas, viendo cómo las nubes nocturnas se apartaban de las que estaban al este.
–Ya lo veremos. Tengo la impresión de que él todavía no se ha comprometido. Si apoyara al Parlamento, mucho mejor. En ese caso, le retorceríamos la cola.
–Sin embargo, se dice que está reclutando una milicia para el Rey – dijo Will, sin poder ocultar su perplejidad.
–Ya lo veremos – repitió Rufus. Él no sabía por qué estaba tan seguro de la ambivalencia de Cato Granville, pues la sentía como si fuera la suya propia. Había pasado toda la vida enemistado con este hombre, espiando sus movimientos, tratando de adivinar sus intenciones hasta un punto en que, a veces, le parecía estar dentro de la cabeza del otro.
Rufus devolvió la jarra al hombre de la pica.
–Me llevaré a unos pocos hombres y cabalgaremos hasta Selkirk.
Veremos qué datos podemos recoger en el camino de Edimburgo.
–Ten cuidado.
–Sí.
Rufus se alejó por el estrecho sendero que bajaba hacia la aldea. Se detuvo cuando llegó a él el alboroto de un altercado que provenía de un jardín, en el linde de la aldea; su expresión perdió el aire sombrío y distraído. Torció hacia un lado pasando por una puerta de madera y entrando en una pequeña huerta. El suelo estaba duro como el hierro y de él no brotaba nada; de todos modos, un grupo de gallinas picoteaba el grano sin hacer caso del aluvión de protestas, aferró con más fuerza los cuellos y los hizo andar delante de él, en dirección a la construcción de piedra que albergaba el comedor común.
La madre de los niños había muerto poco después del nacimiento de Luke. Elinor había sido la compañera habitual de cama de Rufus durante cinco años. Ella no vivía en la aldea y, sin embargo, la relación entre ellos había traspasado el simple intercambio comercial que caracterizaba su trato con Maggie y con las otras mujeres del establecimiento de la señora Beldam. La muerte de ella lo había afectado muy profundamente y, por motivos prácticos, una vez que Luke pasó la etapa de los pañales, Rufus había tomado a su cargo a los niños, en persona. Difícilmente se podía considerar que un campamento militar fuera el sitio ideal para criar a dos
niños pequeños, pero él había jurado a la madre de ambos que ellos llevarían su apellido y que él mismo los cuidaría.
«Piensa que el futuro de estos pequeños sería mucho más rosado si su padre ganara la jugada y si un monarca agradecido le restituyera sus tierras», se dijo Rufus con frío cinismo, haciendo entrar a los niños en el comedor atestado, cálido y cargado de gratos aromas.
Portia se ciñó mejor la caperuza alrededor de la cara para protegerse del viento que, cargado de cellisca, azotaba la región de las colinas de Lammermuir. El caballo resoplaba por la nariz, fastidiado, y bajaba la cabeza para protegerse de las heladas ráfagas. Era una hora avanzada de la mañana y ella abrigaba la esperanza de que pronto se detendrían para comer, pero no había rastros de viviendas confortables en ese tramo del camino de Edimburgo, y los acompañantes de Portia, el agrio aunque no mal dispuesto Giles Crampton y sus cuatro hombres siguieron cabalgando en medio del viento, con la firme resistencia que era de esperar en estos hombres de Yorkshire.
Había transcurrido una semana desde que el sargento Crampton, como él mismo se presentara, había ido a la Rising Sun. Ella había estado sirviendo cerveza y esquivando las manos de los clientes de la taberna cuando ese robusto hombre de Yorkshire había abierto la puerta dejando entrar un remolino de nieve y ganándose, así, las maldiciones de los que estaban acurrucados en torno del parco fuego de turba…
–¿Señorita Worth?
–¿Quién la busca? – preguntó Portia, al tiempo que empujaba el pichel lleno de cerveza al cliente que esperaba y apoyaba los codos sobre el mostrador del bar.
Sus ojos verdes evaluaron al recién llegado, observando sus ropas cómodas y abrigadas, sus pesadas botas, el rostro curtido de un hombre habituado a vivir al aire libre. Supuso que sería un granjero próspero o un artesano. Y, a juzgar por el aspecto de sus manos grandes y cuadradas, acordonadas de venas, los hombros macizos, los gruesos muslos musculosos y la mirada inflexible de sus perspicaces ojos castaños, no era un individuo a quien conviniese contradecir.
–Crampton, sargento Crampton.
Giles metió las manos en los bolsillos de los pantalones y apartó la capa para mostrar las pistolas con cachas de hueso que llevaba en el cinturón y la
espada de vaina sencilla.
«Está claro – pensó Portia-un soldado.» Por todas partes se hablaba de la guerra civil en Inglaterra, aunque la lucha se desarrollaba al otro lado de la frontera.
–¿Qué quiere de mí, sargento? – preguntó ella, apoyando el mentón en la mano y mirándolo con curiosidad-¿Cerveza, tal vez?
–Servir cerveza no es trabajo para una sobrina de lord Granville –
afirmó Giles con acento gruñón-Me haría un favor si dejara este sitio y me acompañara, señorita Worth. Tengo una carta de su tío.
Sacó del pecho un pergamino enrollado y lo dejó sobre el mostrador.
Portia tuvo conciencia de que su sangre se alborotaba, de que se le erizaba la piel. No tenía la menor idea de lo que Jack hubiese escrito a su medio hermano y, sin duda, se refería a ella. Desenrolló el pergamino y leyó la vigorosa escritura.
Giles la observaba. No era nada común que una tabernera supiese leer, si bien ésta, por más que distara mucho de la perfección, con sus manos ajadas, sus enaguas rotas y no demasiado limpias bajo el vestido de holanda, parecía no tener dificultad para descifrar la carta.
Portia recordaba a Cato Granville desde aquella tarde calurosa, en Londres, la misma en que habían decapitado al conde de Strafford.
Recordaba la caseta de los botes, las dos niñas: Phoebe, hermana de la novia, y la prima de Portia, Olivia. La niña pálida y seria, con un fuerte tartamudeo. Habían practicado un juego tonto, mezclado las sangres y prometido amistad eterna. Incluso, habían hecho anillos, trenzando los cabellos de las tres. Recordó, también, que habían manifestado las más absurdas ambiciones, que consistían en garantizar su libertad con respecto a los hombres y al matrimonio. Ella, por su parte, se haría soldado y conservaría su independencia siguiendo el llamado del tambor.
Portia tuvo ganas de reír en voz alta ante lo absurdo de ese juego infantil. Tres años antes, aún conservaba la capacidad de jugar como una niña. Pero ya no.
Su tío le ofrecía un hogar y, al parecer, el ofrecimiento no traía aparejada ninguna condición, aunque Portia sabía que la bondad nunca carecía de ataduras. Aun así, ¿qué tendría para ofrecer a lord Granville la hija ilegítima del vago medio hermano del marqués? No podía casarse para brindar a la familia alianzas con algún poderoso ni aportar grandes
propiedades al contrato de matrimonio. Nadie querría casarse con una bastarda sin un penique. Era poco probable que necesitara otra criada pues ya debía de tener suficientes.
Entonces, ¿por qué?
–Lady Olivia me ha pedido que le diese esto.
El sargento Crampton interrumpió las cavilaciones de la muchacha y apoyó sobre el mostrador un papel sellado con una oblea.
Portia lo abrió; de él cayó un anillo de cabello trenzado: entrelazados, un mechón negro, uno rubio y otro rojizo.
«Ven, por favor.» Sólo estaban escritas esas tres palabras en el papel que envolvía el anillo.
Esta vez, el infantil capricho hizo reír con fuerza a Portia. ¿Qué relación podía haber entre los juegos desarrollados en una caseta para botes y su sórdida lucha por sobrevivir?
–¿Qué sucedería si yo diese las gracias a lord Granville por su oferta pero prefiriera quedarme como estoy…? – preguntó, arqueando una ceja.
–Eso queda a su discreción, señora – dijo el hombre, echando una significativa mirada en torno de la taberna-En mi opinión, no hay alternativa para ninguna persona con un mínimo de juicio.
Portia guardó de nuevo el anillo en el papel y lo envolvió apretadamente, metiéndolo dentro de su corpiño.
–No, sargento, tiene razón. Mejor, lo malo desconocido que el que ya conozco…
Y ahí estaba, ahora, a tres días de marcha a caballo de Edimburgo, enfundada en unas botas que, si bien no eran elegantes, eran prácticas, y una abrigada capa sobre un vestido de lana oscura que, a su vez, iba encima de varias enaguas de lana que ocultaban unos pantalones de suave cuero para que ella pudiese montar a horcajadas y estuviese cómoda. Los viajes por los ásperos caminos de la frontera escocesa no eran aptos para montar de lado.
El sargento Crampton le había dado dinero, sin acompañarlo de explicaciones ni instrucciones, y Portia le estaba agradecida por ello. No le agradaba aceptar caridad y, en consecuencia, la actitud práctica del sargento le había ahorrado molestias. Por otra parte, el sentido común la había inducido a aceptar el ofrecimiento. Sin duda, no hubiese podido viajar, por breve que fuera el trayecto, sin las ropas que ahora llevaba.
A pesar del crudo frío y de la constante humedad helada que le resbalaba por el cuello cada vez que Portia se quitaba la caperuza, sentía una grata euforia. Hacía muchos años que no contaba con un buen caballo para montar. Jack había sido muy puntilloso con respecto a la calidad de los caballos, y rechazaba, tanto para él como para su hija, cualquier animal que no fuese de lo mejor; eso había sido así hasta que la bebida había terminado tanto con su capacidad física para montar como con su capacidad de evitar las penurias gracias a su habilidad en las mesas de juego.
–¿Va bien así, señora? – preguntó el sargento, aparejando su caballo al de Portia.
Mientras hablaba, su mirada vagó por el lúgubre paisaje y Portia percibió en él una tensión desusada, puesto que lo había visto como a un individuo más bien flemático, al punto de parecer soñoliento.
–Estoy bien, sargento – repuso Portia-Aunque esta parte del mundo es horrible.
–Sí – coincidió él-Pero faltan unas cuatro horas para llegar a destino.
Preferiría que no nos detuviésemos, si usted puede tolerarlo.
–Sin dificultades-dijo Portia, de inmediato. Estaba habituada al hambre-
¿Hay algún peligro aquí?
–La banda de Decatur. ¡Esos malditos bandoleros…! – exclamó Giles, lanzando un escupitajo para demostrar su disgusto.
–¡Bandoleros! Yo pensé que habían sido ahuyentados a las colinas hacía años.
–Sí, así fue con todas menos la de Decatur. Ellos están escondidos en las Cheviot y, desde allí, asolan las tierras de Granville y roban su ganado.
¡Miserables asesinos y ladrones!
Portia recordó lo que le había contado Jack acerca de la enemistad entre la casa de Rothbury y la de Granville. Jack conservaba sombríos recuerdos de su padre, que también lo era de Cato. Era un hombre de temperamento inflexible, que impartía una dura disciplina, un padre que no tenía interés en conquistar el cariño de sus hijos. Con todo, Jack sentía menos simpatía aún por Rufus Decatur, conde de Rufus, y su banda de delincuentes. Había una ronda de coincidencia entre Jack y su medio hermano. En el pasado no había sucedido nada que justificara las acciones delictivas y la maldad particular de Decatur y sus hombres. Representaban un azote para cualquiera que tuviese que atravesar las tierras de la frontera; ellos no eran
mejores que las bandas de criminales bandoleros que habían sido perseguidos y exterminados como otras tantas ratas en un campo de rastrojos.
–¿Eso significa que todavía están activos?
–Sí, y en estos últimos meses están peor que nunca – respondió Giles, escupiendo otra vez-Criminales, ladrones de ganado. Decatur, ese engendro del diablo, aprovechará la guerra para sus propios fines, recuerde lo que le digo.
Portia se estremeció. Podía comprender que un mundo en guerra fuese un caldo de cultivo propicio para saldar una poderosa venganza personal.
–¿Lord Granville apoya al Rey? – Giles le lanzó una mirada suspicaz.
–¿Qué tiene eso que ver con usted?
–Me interesa – respondió ella, mirándolo de costado-¿Lo apoya?
–Así es – fue la escueta respuesta.
El sargento espoleó a su caballo y se adelantó para reunirse con los dos hombres que cabalgaban adelante de Portia, a corta distancia. Otros dos cerraban la retaguardia, y le daban la sensación de que estuviese encerrada.
Al parecer, el medio hermano de su padre pretendía protegerla, cosa novedosa para ella.
Ella metió su mano enguantada en el bolsillo de la chaqueta, debajo de la capa. El anillo trenzado de Olivia seguía allí, todavía envuelto en el trozo de papel; Portia había encontrado el suyo en la caja donde guardaba sus escasísimas posesiones personales que tuviesen cierto valor sentimental para ella: el anillo de sello de su padre; una moneda de plata con un agujero que le habían dado cuando era niña y que, para ella, tenía poderes mágicos; una violeta seca que, según recordaba vagamente, le había dado su madre aunque no tenía ninguna imagen de la mujer que había muerto antes de que Portia cumpliera dos años; un peine de marfil al que le faltaban varios dientes; y un pequeño broche de porcelana en forma de margarita que Jack le había asegurado que había pertenecido a su madre. La caja, con su contenido, era todo lo que ella había llevado consigo desde Edimburgo.
¿Cómo sería Olivia, ahora? La recordaba como a una niña demasiado seria y desdichada, había pensado en aquel entonces, aunque le resultara difícil comprender cómo podía ser desgraciado alguien que no sabía qué eran las carencias. Como era lógico, a Olivia la preocupaba su nueva madrastra. Phoebe, la hermana de la novia, por su parte, tenía una
lamentable opinión de su hermana mayor. Portia pensó que quizás Olivia estuviese en dificultades de alguna clase. Si así fuese, ¿pensaría, realmente, que Portia pudiese servirle de ayuda? Portia, que ya tenía suficiente con tratar de mantener unidos su cuerpo y su alma, y que conservaba un ánimo bastante elevado.
El estómago de Portia hizo un ruido audible y ella se arropó en la capa, pensando que una semana de comidas sustanciosas y regulares habían disminuido su tolerancia a andar con el estómago vacío.
Se oyó un grito, un redoblar de cascos de caballos, el disparo de un mosquete y Portia dejó de pensar en el hambre. Su caballo, asustado, retrocedió y ella tuvo que esforzarse por impedir que saliera disparado mientras que, a su alrededor, los hombres se arremolinaban, los caballos relinchaban, los mosquetes disparaban. Oyó que el sargento Crampton gritaba a sus hombres que cerrasen filas, pero ellos eran sólo cuatro, contra ocho jinetes armados que no tardaron en rodear al grupo, separaron a los hombres de Granville y los llevaron hacia unos árboles desnudos que había allí.
–A ver, ¿a quién tenemos aquí?
Portia sujetó con fuerza las riendas. Su tembloroso caballo alzó la cabeza, lanzó un relincha de protesta y azotó el suelo con los cascos. Portia miró y vio un par de intensos ojos azules que brillaban con el mismo humor que vibraba en la voz.
–¿Y quién es usted? – preguntó ella-¿Por qué ha tomado prisioneros a estos hombres?
En el forcejeo con el caballo, su caperuza había caído hacia atrás y Rufus quedó bajo la mira de un par de feroces ojos verdes que lo escudriñaban bajo una enredada mata de cabellos de un rojo tan vívido como las ascuas de un brasero. Ella tenía un cutis blanco como la leche, pero él dedujo que no sería de miedo: estaba demasiado irritada para asustarse.
–Rufus Decatur, lord Rufus, a sus órdenes – dijo él con solemnidad, quitándose el sombrero emplumado con un floreo de la mano, haciéndole una burlona reverencia desde el lomo de su gran potro castaño-¿Quién viaja bajo el estandarte de los Granville? Si es tan amable…
Él arqueó una ceja.
Portia no respondió a la pregunta.