La guerrera
Capítulo 22
-¿Cuánto tiempo hace que estás embarazada?
Portia levantó la cabeza del cubo y se apoyó sobre los talones, limpiándose la boca con su pañuelo.
–¿Cómo lo supo?
Josiah se encogió de hombros.
–No es difícil adivinarlo cuando una chica vomita cada mañana. Bueno; entonces, ¿cuánto tiempo llevas así?
Portia se levantó con dificultad. Josiah era la única persona a quien veía esos días y la única en quien podía confiar.
–Me da vergüenza, pero no estoy segura. No puedo recordar cuándo tuve la última menstruación.
Josiah dejó el tazón de potaje sobre la mesa.
–Por lo general, las náuseas acaban después de los primeros tres meses.
–¿Eso significa que no voy a estar echando fuera las tripas toda la vida?
Portia se sintió bastante dispuesta a aceptar que Josiah supiera algo con respecto a tales asuntos.
–En la mayoría de los casos es así – respondió Josiah-, aunque algunas pocas chicas siguen.
–Lo más probable es que yo sea una de esas pocas – dijo Portia, abatida.
Se estiró en ese estrecho espacio, envidiando a Juno que corría, libre, fuera. Josiah cuidaba de que la mascota saliera a correr a gusto tres veces por día. Portia pensó con amargura que eso se debía a que Juno no podía usar el cubo.
–¿El jefe lo sabe? – preguntó Josiah, mientras abría la cerradura de la celda de Portia.
–Cuando estuve segura, nunca llegó el momento apropiado para decírselo.
Portia salió de la celda lanzando un breve suspiro de alivio. Hacía cinco días que se encontraba encerrada, y estaba haciéndosele tedioso. Sus piernas pedían a gritos caminar; su cuerpo,lleno de energía sin usar, no se acomodaba al sueño; su mente bullía, llena de «y si…»
–Josiah, ¿no podría caminar un poco por la orilla del río? Le doy mi palabra, mi palabra de honor de que volveré.
Josiah se sintió incómodo.
–Yo sé que no te irás a ninguna parte, pero no he recibido órdenes.
Portia se quedó sin palabras. El mismo Rufus que ella creía conocer no la habría condenado a esta clase de encierro. Era lógico pensar que, por el apremio de aquellos últimos momentos en el campamento, él hubiese dado órdenes y olvidado especificar los detalles que hacían a sus condiciones de confinamiento. Aunque, quizá no. Quizá fuese así como él quería que fuera.
Si bien había querido salvarla del castigo que recibían los espías, no quería salvarla del propio. Que, en última instancia, era un poco menos impiadoso pero, también horrible.
–Tal vez, podría mandar…
La reflexión de Josiah fue interrumpida por el agudo sonido de las gaitas. Aunque la cabaña estuviese alejada de la aldea, pudieron oír el estrépito de pies que corrían, de gritos.
–¿Qué sucede?
Portia fue rápidamente hasta la ventana enrejada, con la sangre agitada.
Sabía la respuesta en sus huesos y en su sangre: Rufus había regresado.
–Iré a ver. Tú come potaje; yo volveré luego.
Josiah, aunque arrastrando los pies, fue más deprisa que de costumbre en su camino hacia la puerta, dejando entrar una ráfaga de fresco aire matinal y veraniego que llenó a Portia de un doloroso anhelo de salir de su prisión.
La puerta se cerró de un golpe tras la salida del anciano, y Portia oyó cómo caía la barra que la trababa.
Comió sin entusiasmo ni ganas. De todos modos, la falta de acción le embotaba el apetito, y la dieta no tenía una variedad que pudiese estimularlo. Con todo, ella percibía la vida que iba creciendo en ella. Esa vida, en cierto modo, se había hecho intrínseca a la suya. Vivía para este hijo. Su sangre circulaba por el niño. Su mente pensaba por él. Sus pulmones respiraban por él. Era como si su cuerpo estuviese dedicado a nutrir una vida que aún no había descubierto su propia importancia ni sus propias necesidades, sin que ella le hubiese dado instrucciones conscientes.
Ella era ese niño que crecía en su matriz, tal como el niño era ella misma.
La simple tarea de comer, además, la calmó. Ahora, los ruidos que llegaban desde fuera habían cambiado. Ya podía oír las gaitas y los tambores de un ejército, el retumbar de pies que marchaban, con todos los
detalles de una disciplina militar convencional en un campamento que antes había sido refugio de bandidos.
Rufus Decatur ya no era un bandolero, un fuera de la ley. Era el legítimo conde de Rothbury que peleaba por su Rey, y Portia Worth era la traidora a quien él alojaba. Fuera cual fuese el asunto que lo había llevado allí, en un sentido oficial él debía ignorar su presencia. Pero, sin duda, iría a verla…
diría algo, le enviaría algún mensaje por medio de Josiah, de George o de Will.
Los breves ladridos de Juno junto a la puerta anunciaron la llegada de Josiah, precedido por la perra que entraba saltando. Juno se abalanzó hacia Portia como si no la hubiese visto durante una semana.
–Sí, sí, yo también te amo.
Portia se inclinó para acariciarla. Hacía dos meses, ella podía levantarla sin dificultad y tenerla en sus brazos. Pero, a los seis meses, la perra estaba dando muestras de convertirse en un animal grande aunque ella misma no tuviera conciencia de ello, y manifestó su desilusión al ver que la dejaban en el suelo.
–¿Es Rufus?
Portia se esforzó por no dejar traslucir la ansiedad y la esperanza en su voz y alzó la vista hacia Josiah al tiempo que dejaba una mano en el cuello de Juno para tranquilizarla.
–Sí – respondió Josiah, perturbada su habitual tranquilidad-. Ellos han regresado y, también, los hombres del príncipe. Dicen que se avecina una gran batalla. El ejército se pondrá en marcha mañana por la mañana.
El corazón de Portia dio un vuelco.
–¿Ha visto a Rufus?
–A duras penas… ¿Has desayunado? – preguntó, señalando el tazón que estaba sobre la mesa. Sus viejos ojos expresaban preocupación-. Parece estar muy atareado, sí, rodeado por los oficiales del príncipe y todo eso.
–Si él quiere hablar conmigo, supongo que lo hará – dijo Portia, dejando traslucir su abatimiento en la voz. Entró de nuevo en la celda, seguida por Juno -. Después de todo, él sabe que estoy aquí.
–Sí, pero él no sabe que estás preñada – dijo Josiah, echando llave a la puerta de rejas antes de recoger el tazón vacío-. A mediodía, volveré con la comida.
Portia se tendió otra vez en el catre y prestó oídos a los ya familiares ruidos de la puerta y de la barra. ¿Cuánto tiempo pensaría Rufus retenerla allí? ¿Hasta que la guerra hubiese terminado? ¿Hasta que ya no hubiese contra ella acusaciones de traición? ¿Volvería a hablarle alguna vez? ¿O
acaso vendría Josiah, un día, a abrir la puerta diciéndole que era libre?
¿Libre de ir a cualquier sitio a donde la llevasen su capricho y el destino, en tanto no volviese a cruzarse en el camino de Rufus Decatur? ¿Libre de dar a luz al hijo bastardo de Decatur, que jamás conocería a su padre?
Cuando Rufus entró en su cabaña, el vacío le saltó a la cara. Hacía muchos meses que él había vivido allí sin Portia y tenía la sensación de que algo esencial había desaparecido del lugar. Todavía estaba colgada de un gancho su pesada capa invernal, y él sabía que, si iba arriba, vería su camisón sobre la baranda de la cama y que hasta podría imaginar que veía sobre el colchón la huella de su cuerpo. El suyo era mucho más grande y pesado que el de Portia, aparentemente frágil, por eso ella siempre rodaba hacia el valle que él formaba cuando se acostaba de espaldas y ella se curvaba alrededor, pegándose a él como una lapa a la roca.
Nunca en su vida se había sentido tan desdichado como se sentía en ese momento. Ni siquiera cuando era un niño huérfano que andaba a la deriva, con el recuerdo de las últimas palabras de su padre y el estrépito del disparo que lo había matado y el olor del humo que había incendiado el único hogar que Rufus había conocido, reduciéndolo a cenizas. Ni siquiera cuando tuvo ante sus ojos los cadáveres de su madre y de su hermana pequeña, y su preocupación era no saber cómo los sepultaría.
En aquel entonces, todavía le quedaba el futuro que, si bien era aterrador y desconocido, saber que existía le daba esperanzas. Ahora sentía como si le hubiesen cortado algo que era vital para que su vida pudiese continuar. No había nada que esperara con ansias, nada que pudiera planear.
Una sola y única vez en su vida adulta se había entregado, había dado su confianza, su lealtad y su amor a otra persona. Él la había amado… no, todavía la amaba con una potencia tan abrumadora que esa emoción llevaba otras dentro de sí. Y ella lo había engañado, había usado su amor para traicionarlo. Y saberlo le resultaba intolerable.
–¿Vino Portia? – preguntaron Luke y Toby, empujándolo por las piernas en su prisa por entrar.
Se precipitaron de cabeza en la cocina y se enderezaron, echando una mirada en torno de ese ámbito desolado.
–¿No está? – preguntó Luke, en tono abatido.
–No está en ninguna parte – afirmó Toby. Miró a su padre-. ¿Dónde está?
Rufus creía que ellos aceptarían la desaparición de Portia con tanta facilidad como solían adaptarse al cambio constante en su vida. Ahora veía, en cambio, que había sido una expresión de deseos de su parte. El hecho de que no hubiesen hecho preguntas con respecto a su ausencia sólo significaba que habían hecho sus propias deducciones y habían dado por cierto que ella reaparecería en el ambiente familiar. Y, en ese momento, los dos lo miraban con una mezcla de acusación y temor, y él se maldijo por haber sido tan ciego y tan tonto. Portia se había convertido en una parte indispensable de la vida de sus hijos, como de la de él mismo. Y él había estado demasiado sumido en su propia desdicha para fijarse en sus hijos y ver cómo estaban enfrentando la súbita e inexplicada ausencia de la muchacha.
Entonces, para poder responder a sus hijos, tendría que enfrentar la cuestión que había postergado la semana anterior. No podría mantener presa a Portia indefinidamente. ¿Qué debía hacer, por tanto?
–No sé – dijo, respondiendo distraído más a su propia pregunta que a la de Toby.
Los niños lo miraron con expresión escéptica.
–¿Dónde está Portia? – repitió Toby, con una actitud extrañamente adulta de paciencia, como si creyese que su padre no le había entendido bien la primera vez que preguntó.
–¿Cuándo volverá? – preguntó Luke en voz trémula, mirando fijamente a su padre.
–No lo sé bien – respondió éste, tratando de poner en su voz una nota vivaz y despreocupada-. Ella tenía que hacer algunas cosas.
–Pero ni siquiera se despidió. Yo estaba seguro de que estaba aquí –
repuso Toby con la misma madurez que disimulaba una inconmensurable confusión.
–Ella tuvo que marcharse muy súbitamente, y no quiso despertaros –
dijo Rufus-. Ya os he explicado eso. Y ahora, os vais a quedar un par de
días en casa de la señora Beldam, de modo que daos prisa y recoged todo lo que queráis llevar.
En una ocasión, él había dicho indignado a Portia que no dejaría a sus hijos en un burdel pero, si bien podía tenerlos consigo en una situación relativamente tranquila, como era la del sitio, no podía ir con ellos a una batalla. Y Rufus no se hacía ilusiones con respecto al carácter que asumiría la batalla venidera. El príncipe Rupert insistía en que los hombres del Rey estaban preparados para luchar y que era el momento de forzar la batalla decisiva de la guerra. Rufus, en cambio, sospechaba… no, sabía que el príncipe estaba equivocado. Los hombres del Rey no estaban preparados para una batalla decisiva. Y si perdían ésta, era posible que Charles tuviera que rendirse al Parlamento.
Hacía poco que conocía al príncipe, pero le había bastado para convencerse de que este hombre, a pesar de su reputación como comandante supremo, distaba mucho de ser juicioso. Lo más sensato habría sido llevar el sitio al castillo de Granville hasta su conclusión. Alejarse de ahí cuando estaban tan cerca de lograr el éxito había sido precipitado y causado un efecto fatal sobre la moral de los soldados.
El ejército del Rey había estado perdiendo constantemente desde el invierno, y los hombres necesitaban algún éxito indiscutible. La rendición del castillo Granville les habría proporcionado ese éxito. Rufus había visto lo desanimados que estaban los soldados del Rey, por más que el príncipe Rupert se negara a admitirlo. Y Rufus no había tenido más remedio que obedecer las órdenes de su comandante supremo. Por el momento, Rufus se había comprometido con el Rey y estaba sometido a las órdenes del príncipe Rupert, tanto si estaba de acuerdo con ellas como si no lo estaba.
Después de la batalla, si él salía de una pieza de ella, reafirmaría su posición. ¡Cómo lo había enloquecido alejarse del castillo de Cato y dejarlo triunfar cuando él había estado tan cerca de rendirse! Con todo, Rufus estaba convencido de que el enfrentamiento final entre los dos llegaría otro día. En la batalla que se avecinaba, sin duda se encontrarían. Él lo sentía en la sangre, en los huesos, en la piel.
–Con su permiso, amo…
La voz llena de disculpa de Josiah lo sacó de su meditación, Rufus giró en redondo, saludándolo con una sonrisa.
–¿Podría hablar con usted en privado, milord?
Rufus ya sabía que tendría que hablar con Josiah acerca de su prisionera en cuanto regresara a la aldea Decatur, y se había preparado para esta conversación.
–Desde luego – respondió, señalando la escalera-. Niños, recoged vuestras cosas. Bill os llevará en el carro en cuanto estéis listos.
–Ya estamos listos – aseguró Toby, con cierta nota de acusación en su voz-. Cuando Portia estaba aquí, antes de que fuésemos al sitio, en aquel momento, lo habíamos preparado todo.
–Sí, no queremos dejar nada aquí – dijo Luke, aporreando las rodillas de su padre con su cabeza.
–Entonces, id a jugar fuera – dijo Rufus, empujando a los niños con firmeza hacia fuera, volviendo a entrar y cerrando la puerta. Se apoyó contra ella sin hacer caso de los gritos de protesta-. Bueno, ¿cómo está ella?
Josiah se frotó la barbilla y adoptó una expresión grave. Y Rufus sintió un ramalazo de terror.
–¿Qué sucede? – preguntó-. ¿No está bien?
–Oh, sí, milord. La muchacha está tan bien como podría esperarse –
respondió Josiah con lentitud-. Pero necesita un poco de ejercicio, pasear por la orilla del río de vez en cuando. Como yo no tenía órdenes…
Miró a su amo con aire interrogante.
Impulsado por la hondura de su dolor, Rufus había echo a un lado todas las imágenes de la propia Portia, todo reconocimiento de ella como persona.
Y ahora, ella volvía a él con toda su tibia e inquieta vivacidad. Sus largas piernas, su energía, el halo salvaje de su pelo anaranjado, sus verdes ojos rasgados de gato, siempre desbordantes de risa y de picardía, y su aguda inteligencia. Y en su propio cuerpo reverberó la sensación del encierro de ella, de la espantosa inacción, de las horas de aburrimiento.
Le bastarían cinco minutos andando junto al río para llegar hasta ella.
Entonces recordó lo que ella le había hecho y la amargura volvió a él en una ola corrosiva que quemó el recuerdo y destruyó toda suavidad.
–No quiero que los niños sepan que ella está aquí. Mañana por la mañana, cuando Bill se los haya llevado y nosotros hayamos marchado, puedes dejarla en libertad – dijo, desapegado-. Dile que debe marcharse antes de que yo regrese.
Tras lo cual hizo un gesto brusco, pasó junto a Josiah y subió a la planta alta.
Josiah lo escuchó mientras se paseaba, arriba, por el suelo de madera.
Sus pasos no tenían destino, caminaba porque no podía estarse quieto.
Josiah había visto la angustia en su semblante, hacía un instante. Había visto lo mismo en el rostro de Portia, muchas veces, durante la última semana. No tiene vuelta de hoja, pensó Josiah, he aquí a dos personas que están haciéndose desdichados uno a otro por alguna razón… cierta razón que, de acuerdo con la experiencia de toda su vida, no tendría que ser motivo suficiente para tanto dolor. Además, había un hijo en camino. Y si Rufus ignoraba a la muchacha del modo tan completo como, al parecer, tenía intenciones de hacer, él nunca se enteraría.
Josiah hizo un gesto afirmativo con la cabeza y salió sin hacer ruido.
Los niños estaban sentados en la tierra, haciendo dibujos en el suelo con un palo. Cuando Josiah salió, lo miraron y la esperanza que había chisporroteado en esos pares de ojos azules fue reemplazada por una desilusión tal que el corazón del anciano se conmovió.
–Eh, niños, ¿queréis ayudarme a recoger miel?
Semejante invitación, en una situación normal habría provocado en ellos transportes de deleite. Ahora, en cambio, fueron con él en abatido silencio, arrastrando los pies.
Portia pasó las largas horas del día escuchando los ruidos que entraban por la alta ventana de la celda. Gaitas, tambores, pasos de marcha, órdenes dadas a gritos. Percibió una extraña atmósfera que parecía nacer del aire mismo. Una sensación de miedo con un matiz de desesperación en los ruidos del ejército que se preparaba para combatir.
Durante unas horas, ella se paseó por el suelo de lajas de piedra de la celda, bajo la mirada intrigada de Juno, aguzando el oído para captar el ruido de pisadas en el sendero, fuera. Sabía que oiría su llegada aunque él estuviese a cien metros de la prisión; la esperanza se mantuvo hasta el mediodía. Entonces, de algún modo supo que él no iría. Se marcharía sin verla. Sin una palabra de reconciliación, él iría a encontrarse con la muerte, dejando que ella pasara el resto de su vida cargando con el peso de una relación cortada, sabiendo que él había muerto odiándola, creyéndola falsa.
Ella contuvo las lágrimas en pesaroso silencio, mientras esperaba a Josiah.
Había transcurrido la mitad de la tarde cuando la puerta exterior se abrió y entró el anciano respirando agitado, como si hubiese llegado corriendo.
–¡Que el Señor nos bendiga! Por fin ha acabado la faena – dijo, dejando una cesta tapada sobre la mesa-. Espero que no pienses que me he olvidado de ti. – Abrió la celda de Portia y su mirada percibió la extrema palidez de la prisionera, la línea de su boca, sus ojos que brillaban con lágrimas contenidas.
–No, no he pensado en eso – dijo Portia, saliendo al cuarto principal al tiempo que Juno se precipitaba hacia la puerta moviendo la cola, expectante
-. ¿Qué sucede en la aldea?
Josiah dejó salir a Juno y volvió a la mesa para destapar la cesta.
–Asuntos del ejército, soldados marchando por ahí, con aire de importancia. Ahora, ven a comer. Recuerda que debes comer por dos.
–¿Cómo podría olvidarlo?
Portia comió sin ganas; había agotado todas sus energías en el esfuerzo por no preguntar por Rufus, por no preguntar si él había dicho algo sobre ella.
El ejército partió al alba. Portia oyó cuando se marchaba con la luz grisácea de las primeras horas, el ruido continuo de las botas, el golpeteo de los cascos, el tintineo de bocados y estribos. Esta vez, no había música marcial, ni gaitas ni tambores y esa ausencia daba una nota sombría a la partida. Portia se preguntó si al menos habrían izado los estandartes en valiente demostración de cualquier ejército que cree en su fuerza, en lo justo de su causa y en la certeza de la victoria.
Rufus siempre había sido franco con sus dudas respecto de la prudencia del comando supremo del Rey. Su valentía era indiscutible, pero sus tácticas y sus supuestos eran, con frecuencia, bastante poco racionales. Portia se preguntó si él estaría sintiéndose como si cumpliese el cometido de un tonto. Se preguntó qué habría sucedido en el castillo Granville. ¿Habría capitulado Cato durante la semana que él había estado ausente? Era posible, pero no probable. Y si él no se había rendido, ¿cómo habría reaccionado Rufus cuando recibió la órden de abandonar el sitio?
Era horrible permanecer de ese modo, en la ignorancia. Josiah no le había dado información alguna, y el orgullo, inútil y sin sentido, había impedido que Portia preguntara con franqueza sobre lo que había podido averiguar acerca del sitio, de los planes del ejército y del humor que reinaba en el campamento.
Ella se paseó en la celda atormentada por lo que ignoraba, torturada por imágenes de un Rufus muerto, moribundo, malherido, gritando en su agonía. Y entonces oyó el suave pisar de unos cascos, el tintineo lejano de un freno, un breve relincho, y su corazón dio un salto de esperanza. Corrió hasta la puerta de la celda y permaneció allí, aferrada a los barrotes, escuchando los pasos conocidos.
Juno gimió y se alzó sobre sus patas traseras, apoyando las delanteras en la puerta cerrada. Los pasos significaban liberación.
–¿Rufus?
A duras penas, Portia pudo pronunciar su nombre cuando oyó que alguien levantaba la barra en la puerta exterior. Sintió sus manos frías y húmedas, su corazón latiendo tan fuerte que le dolía.
–Rufus…
Su voz se extinguió. Su decepción fue tan grande que no creyó poder soportarla.
Entró Josiah con los brazos cargados y un brillo en sus ojos viejos.
–Ven conmigo, muchacha.
Dejó su carga sobre la mesa y abrió la cerradura de la celda.
–La retaguardia te lleva media hora de ventaja. Y no son hombres de Decatur. Los soldados de Decatur están en la van… donde tú supones que estarán – dijo, y asintió, con cierto orgullo -. Tú podrás mezclarte sin dificultades con los rezagados, porque no te conocen.
–¿De qué está hablando, Josiah? – preguntó Portia, saliendo de la celda.
Emanaba de Josiah una insólita energía, y ella sintió agitarse el comienro de una esperanza sin nombre.
–Es obvio que tienes que ir tras ellos – afirmó Josiah-. He traído tu estoque, tu mosquete y el cuchillo que George te había quitado. Además, el peto, el yelmo y un jubón de cuero. Penny está ensillada y lista para partir.
El ejército se dirige a Marston Moor, un poco más allá de York. Anoche se habló mucho de ello, de modo que, andando, muchacha.
De súbito, Portia comprendió qué estaba pasando. Vio con claridad los pasos a seguir: Josiah le daba la libertad y le proporcionaba los medios para recuperar el control de su destino. Ella ya no estaba impotente.
Ella era un soldado cabal y, por lo tanto, no se hacía más ilusiones sobre la inminente batalla de las que se haría Rufus, lo sabía. Desde el punto de vista más optimista, existían tantas probabilidades de que muriese en el
campo de batalla como de salir andando de él. Ella sólo quería tener la posibilidad de aclarar las cosas entre ellos antes de que él luchara en ese campo.
Mientras se enfundaba el chaquetón de cuero de buey y ajustaba las correas del peto, se negó a pensar que Rufus pudiese no escucharla, que siguiera preso de su ira, de esa furia de venganza nutrida por la obsesión, de que no quisiera oírla. Ella haría que prestara atención, lo obligaría a escucharla.
Josiah le dio las armas y ella envainó el estoque, metió su cuchillo en la bota, colgó el mosquete y la bandolera cruzados en el pecho. De inmediato sintió que había vuelto a entrar en el mundo que ella conocía. Éstas eran las herramientas de su oficio. Escondió el pelo, tan revelador, dentro de una gorra negra de punto y se encasquetó el yelmo de acero. Sólo podrían reconocerIa aquellos que la conocieran bien.
–Josiah, ¿cuidará de Juno?
–Sí. No te preocupes por ella – respondió el anciano-. Tú haz lo que tienes que hacer.
Portia fue hasta la puerta y silbó llamando a Juno. La perrita vino retozando desde la orilla del río, meneando la cola y apoyándole encima sus grandes patas. Portia la alzó con cierto esfuerzo y Juno, extasiada, le lamió la cara.
–Te quedarás con Josiah – le dijo Portia, y la llevó al interior de la cárcel.
–¿Puede retenerIa mientras yo me alejo?
Josiah recibió con placidez ese bulto que se retorcía.
–Vamos; vete, muchacha, y que Dios sea contigo.
–Con todos nosotros – dijo Portia, sombría. Dio un par de sonoros besos a Josiah, uno en cada mejilla-. Nunca olvidaré esto.
–Mira por dónde, muchacha: soy un hombre viejo y no puedo soportar que las personas se hagan desdichadas sin causa alguna. Ve tras él y endereza las cosas. El amo, a veces, es un tipo obstinado y comete errores, como cualquiera.
Le hizo adiós con su mano libre.
Penny estaba ramoneando la hierba, con las riendas anudadas sobre el cuello. Lanzó un relincho a modo de saludo cuando Portia le acarició el