La guerrera

Jane Feather · Capítulo 20 de 26

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La guerrera

Capítulo 18

La miró con expresión severa, pero Portia se limitó a sonreírle, encantada. En la presente circunstancia, le parecía perfectamente bien que el comandante reemplazara al amante.

–Yo no aceptaría que fuese de otro modo, milord – dijo, tomando la toalla de la mano laxa de él y secándose antes de volver a ponerse la ropa-

¿Has estimado el valor del tesoro de Cato?

Rufus se abrochó la hebilla del cinturón. Estaba vuelto, a medias, de espaldas a ella y Portia no podía verle la expresión.

–Vale bastante – dijo.

Lo suficiente para obtener el perdón de un Rey. Para la restitución de la casa de Rothbury. Suficiente para arrancar a Cato Granville el control de su título de nacimiento.

18

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Portia avanzó, arrastrándose sobre el estómago en lo alto de una colina hasta que tuvo una visión clara del castillo Granville. El puente estaba bajado y, mientras ella observaba, salía del castillo un destacamento de soldados con los estandartes de Granville y del Parlamento flameando en el viento, sobre sus cabezas.

Vio la pequeña isla de los patos en medio del foso. Necesitaría quince minutos para bajar, cinco para dejar su mensaje para Olivia y otros veinte para volver a trepar la cuesta. ¿Cómo podría explicarle ese tiempo de ausencia a su compañero de misión, Paul?

Retrocedió y se puso de pie. Paul estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una roca, y comía tranquilamente una manzana. Los caballos de ambos estaban atados a un arbolillo joven, y se afanaban en consumir el contenido de sus morrales.

–¿Cuánto tiempo calculas que les llevará a los otros llegar aquí? –

preguntó Portia, como al acaso.

–Will dijo que llegarían antes del anochecer – respondió Paul – No creo que él sepa que nosotros llegaríamos tan rápido – dijo, sonriendo, al tiempo que arrojaba el corazón de la manzana-No lo habríamos logrado si tú no hubieses descubierto sus huellas.

Portia abrió su alforja y sacó un paquete envuelto en tela.

–¿Te has comido todo el pollo, Paul?

–Pensé que habías dicho que no te gustaba.

–Nunca dije tal cosa – protestó ella-Oh, bueno, supongo que podré arreglármelas con el queso.

Se encaramó a la roca, con su magro almuerzo de pan y queso.

–Sí, estoy seguro de que si no hubieses encontrado sus huellas, lo más probable es que los habríamos perdido – dijo Paul, mondándose los dientes con una hoja de hierba.

Portia dibujó una sonrisa petulante.

–Ciertamente se sorprendieron cuando aparecimos de golpe delante de ellos.

A ella y a Paul les habían asignado la tarea de seguir a dos hombres que viajaban como prósperos granjeros; Will había descubierto, merced a sus espías que en realidad eran correos rebeldes que llevaban información del general Fairfax, en Hull, a lord Leven, que estaba acampado en las afueras de Durham.

Paul rió entre dientes.

–Sí, el jefe estará contento con lo que hemos extraído de ellos.

Habían seguido a los dos hombres hasta una aldehuela a unos ocho kilómetros del sitio donde estaban en ese momento haciendo su comida campestre y habían logrado darles una desagradable sorpresa. El resultado era que los dos correos estaban alojados en un gallinero, atados y amordazados, aguardando un incierto rescate y que, los papeles que llevaban, estaban guardados en un bolsillo interno de la alforja de Portia.

Seguramente, eran documentos interesantes que revelaban información con respecto a movimiento de tropas que serían de vital importancia para los ejércitos del Rey.

Will había mandado a Portia y a Paul a cumplir esa misión mientras el resto de la patrulla había ido tras una pequeña tropa perteneciente a la milicia de Granville, con la esperanza de tener una escaramuza con ellos.

Durante esos meses de invierno, en las tierras fronterizas del Norte se había desarrollado una guerra esporádica, de breves escaramuzas, de espías, sitios y acoso provocador. No se habían dado batallas decisivas desde que Leven había cruzado la frontera con sus escoceses. Las fuerzas realistas aún retenían el Norte, con la excepción de Hull, pero la primavera estaba en el aire, pronto los ejércitos podrían desplazarse con más libertad y las fuerzas del Rey al mando de lord Newcastle serían superadas en número. Si las dos alas de los ejércitos rebeldes se unían, la causa del Rey quedaría derrotada en el Norte.

Sin duda, Rufus estaría muy interesado en la información que Portia guardaba en su alforja.

–Voy a dar un pequeño paseo, Paul- dijo, bajando de la roca. Paul respondió con un gruñido y cerrando los ojos, con los brazos cruzados sobre el pecho, bajo la capa, se dispuso a hacer una siesta.

Portia sabía que él supondría que ella sólo había ido a responder la llamada de la naturaleza y lo dejó con su suposición. Si tenía un poco de buena suerte, él dormiría la mayor parte de la tarde; incluso, ella podría estar de regreso antes de que él despertara.

Se movió con la velocidad y astucia que había aprendido en las últimas semanas, y atravesó el pequeño grupo de árboles que cubrían la ladera, bajando hacia el castillo, corriendo de un árbol a otro, aprovechando arbustos y rocas para ocultarse. Sus pantalones y su chaquetón eran de lana

oscura se confundían con el paisaje, y su llamativo cabello estaba escondido bajo una gorra que le cubría toda la cabeza. Llevaba un estoque y un cuchillo en el cinturón y, si se veía obligada a usarlos, ya no sería la primera vez. Había aprendido muchas cosas en las últimas semanas y no era la de menor importancia haber hecho a un lado sus anteriores escrúpulos relacionados con el derramamiento de sangre, que se desvanecían en el aire cuando era la propia sangre la que corría peligro de ser derramada.

Ella siguió su camino alrededor del foso hasta que llegó frente a la pequeña isla. Ya, el sol primaveral era tibio; se había suavizado la mordedura cruel del viento invernal. Una semana después, el hielo que cubría el foso sería demasiado delgado para que Olivia pudiese aventurarse sobre él con sus patines. Ésta era la última oportunidad que tenía Portia de dejar bajo el peñasco el mensaje prometido.

Ella había estado torturándose tratando de hallar el modo de hacer llegar el mensaje a Olivia pero, hasta ese día, no había tenido la oportunidad. Aun cuando hubiese podido salir de la aldea Decatur sin ser vista, había estado demasiado atareada para realizar semejante expedición.

El amo de Decatur había sido fiel a su palabra y la nueva recluta había sido absorbida en las filas, sin diferencia alguna por su sexo o su relación con el jefe. Su rango era bajo y se le asignaban, con regularidad, las aburridas y tediosas tareas que se necesitaban para mantener en impecables condiciones los elementos de una armería en gran escala. Desempeñaba su turno de centinela de acuerdo con el orden del día y, si eso implicaba que ella estuviese ausente del lecho de Rufus, el comandante lo aceptaba sin chistar. Y cuando Rufus salía de expedición, no siempre la incluía en el grupo de los que lo acompañaban. En una ocasión, ella había discutido por haber sido excluida y recibió como respuesta que él había consultado la nómina y había visto que ella estaba asignada al adiestramiento con culebrina. y Portia había llegado a la ingrata conclusión de que Rufus, en realidad, no había pensado en la posibilidad de cambiar su asignación para resolver tales conflictos.

La pequeña excursión de ese día había comenzado como una rutina.

Will estaba recorriendo la red de espías que tenía por la región y había llevado consigo un destacamento de diez jinetes, entre ellos Portia y Paul.

De ordinario, Will se habría conformado con perseguir a los correos rebeldes pero la noticia de que se acercaba desde York una pequeña tropa de

Granville le había agitado la sangre. Él quería entrar en acción sin la presencia de Rufus ni de George. Sería la primera vez, y era una buena oportunidad de demostrar su destreza como jefe en el campo de batalla.

A Will le había parecido la solución perfecta enviar a Portia y a Paul tras la huella de los correos, puesto que no era una misión demasiado peligrosa teniendo en cuenta que estaban mejor armados que su presa y contaban con la ventaja de la sorpresa. Ellos habían acordado encontrarse para regresar juntos a la aldea Decatur, a la puesta del sol. De ese modo, Portia contaba con dos horas para hacer lo suyo en el foso. Tenía tiempo de sobra.

Dirigió la vista hacia el castillo y vio los estandartes que flameaban en almenas y bastiones. Sobre el hielo, oculta por la isla, quedaría fuera de la vista para un observador que estuviese en el puente levadizo o en las torres de vigilancia y, cuando ya estuviera en la isla, estaría a salvo de ser descubierta. De cualquier modo, fue preciso que pusiera en juego una buena dosis de coraje para obligarse a salir del refugio de los arbustos y pisar el hielo que ahora tenía un aspecto verdoso y transparente; vio una ominosa resquebrajadura mientras avanzaba.

–¡Diablos del infierno! – exclamó y, agazapándose, corrió por la superficie helada.

No tenía noción de cuál sería la profundidad de la fosa pero, aun cuando fuese poco profunda, se vería en un gran aprieto si se rompiera el hielo. Se escurrió hacia la isla en medio de un revoloteo de patos y se zambulló en la cortina de arbustos.

El peñasco estaba donde ella recordaba. Sacó la carta del bolsillo de su chaquetón, la deslizó bajo la piedra y luego se preparó para la carrera de regreso por el hielo.

Un instante antes de salir de su escondrijo, oyó voces. Estaban muy cerca; ella demoró un minuto para reconocer la voz de Olivia. Pero ¿quién demonios era la otra persona? Una cosa era que Olivia la viese allí, pero sería muy distinto que otra persona la sorprendiese.

No tenía adónde ir. La isla era un poco más grande que una roca grande, y ella estaba utilizando el único lugar para esconderse. Tal vez, Olivia estaría patinando por el foso y pasara ante la isla. Las voces se aproximaron. Eran altas, intensas, de mujer las dos. Portia frunció el entrecejo y rebuscó en su memoria. La segunda de las voces le resultaba

familiar… ah, eso era. Se trataba de Phoebe, la hermana menor de Diana.

No resultaba peligrosa, a menos que hubiese cambiado de manera notable.

Trepó al peñasco y esperó.

Las niñas llegaron a la isla.

–El peñasco está detrás de los arbustos – dijo Olivia, en voz un tanto agitada-Ella pro… prometió dejar un mensaje y aún no lo ha dejado. Estoy preocupada pensando que quizá no haya llegado a Decatur.

–Llegué perfectamente, patito – dijo Portia, disfrutando con la sorpresa.

Olivia lanzó un chillido de sorpresa y de deleite. Alzó las manos.

–¡ah, Portia!

Portia la abrazó.

–Te dejé una nota pero, ahora, es un poco superflua.

Dirigió una sonrisa a la compañera de Olivia: Phoebe no había cambiado en absoluto. Su rostro redondo estaba sonrosado a causa de la sorpresa, sus cándidos ojos grises expresaban su buen talante.

–Por todos los cielos, cómo nos sorprendiste – declaró lo que era evidente – Olivia estaba convencida de que estabas muerta. Qué ropa extraordinaria llevas.

–Resulta práctica para la clase de vida que tengo últimamente – repuso Portia con una sonrisa.

–Olivia pensó que te convertirías en la querida de lord Rothbury. ¿A él le gusta verte en pantalones? – preguntó, por pura curiosidad.

–En la cama, no – respondió Portia, maliciosa.

–¡Tienes una espada! – exclamó Olivia-¿Por qué?

–Porque soy un soldado – respondió Portia, paciente – Yo siempre lo había querido.

–Sí, eso habías dicho en Londres – comentó Phoebe – Yo lo recuerdo.

Fue en aquella ocasión, cuando juramos ser fieles a nuestras ambiciones y no ser comunes.

–Bueno, creo que yo no he roto el pacto – dijo Portia-No hay nada de común en ser soldado.

–Yo no he llegado muy lejos con mi ambición – dijo Phoebe, con cierto pesar-Estoy intentando escribir poesía, pero no estoy muy satisfecha con mis esfuerzos. Me da la impresión de que siempre falta algo a mis poemas.

No puedo hacer buenos trabajos en tanto no podamos salir del castillo por culpa de la guerra.

Olivia no prestaba atención a la conversación.

–¿Sa… sabes usar la espada? – preguntó a Portia, con mirada incrédula.

–Por supuesto.

–Haznos una demostración.

Portia comprendió hasta qué punto se había alejado de la vida de Olivia.

–No es un juguete – dijo con voz tranquila y cambió de tema-Y bien, Phoebe, ¿a qué has venido al norte?

–¡Oh, es por mi padre! Él se ha decidido por el Parlamento; en consecuencia, ha traído aquí su propia milicia para unirla a la del general Fairfax, y le pareció que yo estaría más segura en el castillo Granville, con Diana – dijo Phoebe, disgustada.

–Sí, Portia. Di… Diana la odia a ella aún más que a mí.

–Por Dios, debe de ser duro para ti – dijo Portia.

–Es horrible – afirmó Phoebe – Mi hermana es una persona espantosa.

Yo creía que, al casarse y tener hijos, se volvería más bondadosa, pero no ha sido así. Oh, mira, ¿cómo me he manchado aquí?

Acongojada, se sacudió unas manchas de su capa.

–Y el volante de tu enagua está roto – informó Olivia.

–¡Oh, Dios! – gimió Phoebe-¿Cómo ha sido?

–Fue cuando te caíste en el hielo.

–Yo no sé patinar bien – dijo Phoebe, con un suspiro contrariado-Al caminar, ya me enredo en mis propios pies; ¿cómo, entonces, puedo pretender mantenerme en pie con estas cosas en las botas?

Para explicarlo, levantó un pie donde llevaba sujeta la hoja de hueso.

–De cualquier modo, no podrías seguir patinando mucho tiempo. El hielo se está poniendo muy fino – dijo Portia, con la intención de consolarla.

–Sí y, con mi mala suerte, me caería por un agujero – dijo Phoebe –

Estoy muy gorda. Diana dice que parezco un elefante.

Portia examinó a Phoebe con mirada crítica.

–No estás gorda. Eres redondeada.

–Yo no podría usar pantalones – aseguró Phoebe-¿Te imaginas qué aspecto tendría?

Olivia emitió una breve risa ahogada y Portia dijo:

–¿Para qué querrías usarlos?

–No quiero – dijo Phoebe-Por fortuna.

A continuación, estalló en una ola de alegres carcajadas que cambiaron su semblante y disiparon una expresión que manifestaba su desprecio por sí misma.

–Bien, me alegra saber que haces compañía a Olivia – dijo Portia-Estaba preocupada por ella.

–He contado a Phoebe lo que tú hiciste a Bradford – le confesó alivia, ahogándose de risa otra vez.

Portia sonrió.

–Fuimos las dos, patito – dijo, y se puso seria-¿Qué dijo tu padre…

cuando yo desaparecí?

Olivia sacudió la cabeza.

–Estaba muy enfadado. Y yo le dije que no sabía adónde habías ido ni por qué. Al parecer, me ha creído. Luego, sucedió algo malo, aunque yo no sé de qué se trata. Pero sé que él te culpa a ti por ello.

Portia asintió: era lo que ella esperaba.

–Tengo que irme – dijo, de repente-Me alegra que tengas a Phoebe contigo, Olivia. Adiós.

Se alejó sigilosamente antes de que ellas pudiesen comprender del todo que se marchaba tan repentinamente. Les dirigió un breve saludo con la mano, corrió hacia el hielo y cruzó rápidamente el foso para desaparecer entre los arbustos del otro lado.

Portia trepó la colina. Un instante antes de dejar el grupo de árboles y salir hacia la cuesta donde Paul había quedado durmiendo, oyó un tintineo de las bridas y un murmullo quedo de voces. Aminoró el paso y siguió trepando, con el corazón martilleándole contra sus costillas. Habría estado ausente por lo menos una hora. ¿Paul habría sido víctima de una emboscada?

Sin embargo, lo que vio le hizo maldecir para sus adentros. Will y su grupo habían llegado antes de lo esperado. Todavía estaban montados, menos Will, que estaba concentrado en su conversación con Paul y, a juzgar por el modo en que ambos movían los brazos, no era una conversación apacible. Portia se preparó para ser interrogada y salió de entre los árboles.

–Falta una hora para el atardecer – comentó-Lo han hecho rápido. ¿Han tenido buena suerte?

Will giró en redondo.

–¿Dónde has estado? Paul dice que has estado ausente durante horas.

–Paul estaba dormido – dijo Portia, asumiendo un riesgo calculado –

Me he ido y he vuelto varias veces.

Una fugaz mirada a Paul la tranquilizó: su expresión era insegura.

–¿Adónde has ido?' – insistió Will, ceñudo.

–Creo que he comido algo que no me ha sentado bien – dijo Portia –

Espero que no quieras que entre en detalles.

Un par de semanas atrás, Will se habría ruborizado hasta las orejas, pero ya no. Ahora, se sentía tan cómodo con Portia como con cualquiera de sus camaradas, y no tenía el menor inconveniente en ignorar la relación entre ella y Rufus. Su rango dentro de la milicia le daba autoridad sobre ella y, desde el momento en que la propia Portia no cuestionaba esa autoridad y, además, Rufus la respaldaba, el trato entre ellos se había tornado fluido y amistoso. Él replicó, sencillamente:

–Bueno, espero que por tu causa no tengamos que detenemos en el camino de regreso. El campo hierve de «cabezas redondas».

Portia montó a Penny y guió a la yegua hasta quedar junto al caballo de Will. Veía que a Will le inquietaba algo, además de su ausencia.

–¿Has encontrado algo más de lo que esperabas con los hombres de Granville?

Will guardó silencio durante un minuto, y entonces dijo, sin ganas:

–Nosotros los habíamos puesto en fuga, pero llegó un batallón de canallas rebeldes por la loma. Nos superaba en número; no tuvimos más remedio que abandonar la persecución.

–Oh, lo siento – dijo Portia, inclinándose sobre él y tocando su mano enguantada en un breve gesto de simpatía. Ella había adivinado lo mucho que significaba esta excursión para él – Con todo, en primera instancia tú llevabas las de ganar.

La expresión de Will se aligeró.

–¡Oh, tendrías que haberlos visto correr, Portia! Volvieron grupas como si fuesen conejos huyendo del desollador. Podríamos haberlos hecho prisioneros a todos.

–Ya habrá otra oportunidad – lo consoló Portia-Y un buen comandante sabe cuándo retirarse de una batalla. Rufus lo repite siempre.

–Sí, lo dice, ¿no es cierto? – confirmó Will, con expresión mucho más feliz-Paul me ha dicho que os habéis apoderado de despachos que llevaban esos correos.

–¿Te dijo lo que dice en esos documentos?

–No; estábamos demasiado ocupados preguntándonos qué te habría sucedido a ti.

–Como te decía… – Portia arqueó una ceja y luego se inclinó de lado para aflojar su alforja. Rebuscó dentro durante un instante y extrajo el pergamino enrollado -Juzga por ti mismo.

Willleyó, ansioso, el pergamino y exhaló un silbido bajo.

–Movimiento de tropas. Esto tiene que ser enviado de inmediato a York.

–Eso mismo pensé yo – dijo Portia.

Al notar el brillo de excitación en los ojos de Will, Portia dedujo que había olvidado su anterior decepción ante la perspectiva de llevar un documento tan vital a su comandante.

Ya había oscurecido por completo cuando pasaron ante las hogueras de los centinelas y se detuvieron, fatigados, en el patio del establo. Will desmontó y Portia, tras entregar a Penny a uno de los moros de cuadra, dijo:

–¿ Vendrás a la cabaña, Will? Supongo que Rufus estará allí.

Will vaciló. Portia había sido la que había tenido el mérito de conseguir esa inapreciable información pero él, como jefe de la expedición, tenía el derecho de quedarse con el crédito.

–Llévala tú, si quieres.

Metió la mano dentro de su jubón.

–No, ve tú. Yo iré a buscar a los niños; espero que Juno esté con ellos.

Ya ha pasado la hora de la cena y estoy segura de que todavía no están en casa.

Era una suposición discreta. Luke y Toby sólo se hallaban en casa cuando estaban durmiendo y, por añadidura, no siempre. Rufus no creía necesario inculcarles una rutina, y Portia estaba convencida de que eso no era asunto suyo.

Will la vio alejarse y, en comparación con la actitud considerada de la muchacha, se sintió egoísta e infantil. Él sabía lo impaciente que estaba ella por saludar a Rufus. Siempre se ponía inquieta cuando se acercaban a la aldea después de un tiempo de ausencia, y él percibía con qué ansiedad galopaba adelantándose a todos, en lugar de trotar decorosamente, como parte de la tropa que era. Y ahora, por el bien de él, postergaba el momento que había estado aguardando la pasada hora.

Sin embargo, su entusiasmo pronto dominó a su conciencia y se sorprendió corriendo hacia la cabaña de Rufus. Él estaba en la entrada, mirando hacia la calle, cuando Will se acercó.

–¿Dónde está Portia?

Will captó el tono áspero y comprendió que Rufus también había estado esperando con ansias el regreso de ella, tanto como la propia Portia. Se ruborizó y dijo:

–Ha ido a buscar a los niños y a Juno. Dijo que vendrá en unos minutos.

Rufus frunció el entrecejo y entró en la cabaña iluminada.

–¿Has tenido una jornada provechosa?

–Hemos interceptado a unos correos – dijo Will, entregándole el pergamino y tratando de disimular su excitación-¡Detalle de movimientos de tropas!

Rufus recorrió el mensaje con la vista.

–¿Cómo conseguiste esto?

La vacilación de Will fue casi imperceptible, cuando dijo:

–Portia y Paul lo consiguieron.

Le relató, con meticuloso detalle y con absoluta honestidad, los hechos de la jornada y las decisiones que había adoptado.

Rufus escuchó con seriedad. En una o dos ocasiones, una crispación fugaz de su frente alteró la serena mirada azul pero, al final, sonrió y dijo:

–Una expedición realizada con completo éxito, Will.

Te felicito. Will resplandeció de gusto.

–Y bien, ¿enviaremos la información a York?

–Sí; tiene que ser esta misma noche – respondió Rufus, volviéndose hacia la mesa y sirviendo cerveza para los dos.

–Yo la llevaré.

Rufus negó con la cabeza.

–No, muchacho, tú has estado cabalgando todo el día. George puede llevarla.

La expresión de Will fue de desilusión pero resignada. Bebió su cerveza y dejó el jarro sobre la mesa.

–Entonces, me marcho.

Rufus asintió.

–Antes de que vayas a descansar, lleva este despacho a George y dale instrucciones.

Will dio muestras de sentirse gratificado. Había creído que Rufus se encargaría de un asunto de tan vital importancia.

–¿Debe partir de inmediato?

–De inmediato – confirmó Rufus. Se inclinó hacia el otro y le dio unas palmadas en el hombro- -Lo has hecho bien, Will.

–Sí, lo ha hecho bien, ¿no es así? – canturreó la voz de Portia desde la entrada mientras contemplaba a los dos hombres con leve sonrisa, que no hacía nada por disimular el resplandor sensual con que sus ojos se posaban sobre Rufus – Los niños han ido río abajo con Silas, a visitar a un amigo de él, al parecer. Y se han llevado a Juno con ellos. No se puede saber cuándo van a regresar. No puedo menos que sentir que es demasiado tarde para que estén fuera.

–Oh, Silas los cuidará – dijo Will, despreocupado. Salió, saludando a Portia al pasar.

Ella siguió de pie en la entrada, inmóvil, con la vista todavía clavada en Rufus.

–¿No te parece que es demasiado tarde para que estén fuera? – dijo. –

Me parece que la ausencia de perro y niños es muy afortunada.

Se acercó a ella con lentitud, llenando cada paso de su avance de silenciosas promesas. Portia tembló por adelantado, y se maravilló de que él pudiese hacerle semejante cosa. Cómo, por el solo hecho de estar en la misma habitación con él pudiera hacer que sus entrañas se derritiesen, le provocara tal debilidad entre las piernas, tan intensa corriente de lascivia en el vientre.

Rufus se detuvo ante ella sin tocarla. Pasó un brazo por alrededor, cerró la puerta y el pestillo retumbó como una afirmación en medio de ese silencio, de ese ambiente entibiado por el fuego e iluminado por las velas.

Estaba tan cerca de ella que casi podía sentir el latido de su corazón, el perfume de su piel le llenaba las narices, y era una rica fragancia terrenal en la que se mezclaban el sudor, el olor del caballo y el aire fresco, unidos a su propio perfume personal, un perfume que él nunca podría cansarse de sentir, estaba seguro. Era juvenil, delicado y, al mismo tiempo, daba impresión de salud y armonizaba con la exquisita suavidad de su piel y con la salvaje e indómita energía de su pelo y con la luz de vida que emanaba de sus ojos.

Él levantó una mano y le quitó la gorra. La brillante masa de rizos anaranjados se esparció con vida propia y el rostro pálido quedó rodeado de

ese halo flamígero. Ella tenía una mancha de tierra en la mejilla.

Como al descuido, él trazó el contorno de su mejilla con el dedo índice, presionó con suavidad la punta saliente de su mentón, pasó la yema del pulgar sobre la boca de Portia. Durante todo ese tiempo, ella permaneció inmóvil, sin apartar jamás la vista del rostro de él, sus labios un poco entreabiertos como si estuviese a punto de hablar y algo impidiese que las palabras fuesen pronunciadas.

Él desabrochó su capa y la arrojó a un lado, después le quitó, primero un guante, luego el otro. Fueron a dar junto a la capa. Desenganchó la hebilla de su cinturón, colgó el estoque alIado de su propia espada de caballería. Luego, la alzó, la sentó sobre el borde de la mesa y procedió a quitarle las botas y los calcetines.

Portia cayó hacia atrás, sobre la superficie dura y plana de la mesa.

Levantó las caderas para que él pudiera quitarle los pantalones y los calzones y llevó sus manos detrás de la cabeza para sujetarse del otro borde de la mesa. Rufus, sin apartar sus ojos de ella, se desabotonó los pantalones, Portia adivinó lo que quería de ella y enlazó sus piernas en la cintura de él. La enhiesta pica de carne se deslizó dentro del cuerpo de ella, tan fácil como la tentación. Ella asió con más fuerza aun el borde de la mesa y alzó sus caderas, moviéndose contra él que estaba de pie, sujetando los tobillos de ella a su espalda, contemplándola con aquella honda sonrisa reflejada en sus ojos. Portia rió de pura euforia y ese sonido fue como una sacudida, quebrando la potente intensidad del silencio de ambos.

Rufus rió entre dientes, sujetó los tobillos de Portia con una sola mano y pasó la otra hacia delante. En una larga caricia abrasiva, le pasó el pulgar por el clítoris y un ardiente fuego de placer la hizo gritar. Sus caderas se arquearon sobre la dura superficie que la sustentaba, sus ojos se cerraron para gozar mejor de la ola de placer que se abatía sobre ella y su aliento se hizo rápido e irregular.

Rufus la sujetaba sobre el borde, sintiendo las pequeñas ondulaciones de sus músculos en su propia carne, hundida tan profundamente en ella. Él contempló su rostro, y adoró la maravillosa transparencia que mostraba su piel a medida que se aproximaba el orgasmo. Ella abrió de golpe los ojos, se encontró con la mirada intensa de él, y ésa fue su perdición. Se impulsó hacia arriba acercándolo a él más hacia sí, sintiendo el palpitante latir de su carne contra su matriz. Con sus dedos tironeó, apremiante, del vello rojizo

que tenía en su espalda, oyendo los suaves gemidos de deleite que quedaban amortiguados porque la boca de él estaba pegada a su hombro.

–Bienvenida al hogar, patito – murmuró Rufus, mientras se erguía lentamente-Te doy las buenas noches.

–Igual para usted, lord Rothbury – contestó ella con pícara sonrisa, al tiempo que se sentaba sobre la mesa-Debo decir que no esperaba tan vigorosa bienvenida.

–Es una señal de inteligencia aprender de la experiencia – comentó él, volviendo a abotonarse los pantalones.

–Ah, sin embargo, cuando estoy contigo me olvido de todo lo que he aprendido alguna vez – dijo ella, dejándose resbalar hasta el suelo- Estoy segura de que no debo verme muy bonita en este momento. Debo apestar a caballo y a sudor.

Cubierta sólo con la camisa, fue a la despensa a buscar la palangana. La llenó con agua caliente de la olla y, tras quitarse la camisa, se dedicó a lavarse con práctica eficiencia.

Rufus se apoyó en la repisa de la chimenea y la observó. Ella estaba delgada como siempre, pese a gozar de una dieta más regular y generosa, pero él amaba las angulosidades de su cuerpo, los afilados huesos de sus caderas, la estrechez de su tórax donde las costillas se delineaban con claridad, el hueco de su garganta sobre el collar de su clavícula, la forma de sus omóplatos que se desplazaban bajo la piel blanca.

–Por lo que sé, hoy has vivido toda una aventura – comentó él.

Portia interrumpió sus abluciones, y el paño de lavar quedó en suspenso sobre un brazo levantado.

–¿Qué te contó Will?

–Que tú y Paul habíais salido solos en pos de los correos y que habían logrado apoderarse de sus documentos. Documentos que son vitales, como imagino que sabías.

–Claro que lo sabía – respondió ella, reanudando su lavado-Paul y yo les tendimos una bonita emboscada. Paul fingió que su caballo había perdido una herradura en mitad del camino y lo atravesó de tal modo que ellos tuvieron que detenerse…

Ella le entregó el paño de lavar y le dio la espalda. Rufus la complació, mientras ella continuaba relatando:

–Y él los enganchó en la discusión más inútil que puedas imaginarte, en el acento más cerrado de Yorkshire que se te ocurra, por lo cual ellos no entendieron una sola palabra y, mientras estaban distraídos, ¡yo me lancé sobre ellos!

–Separa las piernas.

Ella lo obedeció y él pasó el paño por el surco entre sus nalgas y por los pliegues internos de sus muslos. La voz de Portia vaciló.

–¿Qué estabas diciendo? – preguntó Rufus, mientras ponía el paño de lavar sobre el hombro de ella y retornaba su indolente posición, apoyado en la repisa.

–Disparé mi mosquete y eso asustó a los caballos de los correos.

Cuando los animales retrocedieron, Paul dio un salto y asió las bridas de los dos. Todavía estaban tratando de sacar la espada cuando yo me acerqué con mi caballo y apunté a uno con mi estoque y al otro con mi cuchillo.

–¿Y los mataste?

–No; eso habría sido matar a sangre fría. No podíamos hacer eso – dijo ella con sencillez. Se puso otra vez la camisa y la abotonó rápidamente-Los desarmamos, los atamos y los dejamos en un gallinero que habíamos visto antes, después soltamos a sus caballos.

–Parece un trabajo muy pulcro – dijo Rufus, inclinándose para recoger los calzones y los pantalones de ella y arrojándoselos a través de la distancia – ¿Y ésa fue tu única aventura?

Como estaba poniéndose los pantalones, Portia tenía la cabeza baja.

–Sí, claro – respondió-Paul y yo esperamos a Will y a los demás, y volvimos todos juntos.

Se abotonó la cintura, percatándose de que sus dedos se habían vuelto torpes, de repente.

–Estoy muerta de hambre. Paul se comió todo el pollo y a mí sólo me quedó el pan y el queso.

–Ahora mismo iremos al comedor. Will me contó que tú no estabas en el punto de encuentro cuando él llegó.

La observaba con mucha atención, percibiendo la torpe manipulación de sus dedos, aunque su voz seguía siendo despreocupada y seguía apoyado en la repisa, un brazo extendido sobre ella, sus dedos asiendo flojamente el asa de su jarra.

–¿Y también te dijo que tenía el estómago revuelto y que, mientras Paul dormía como un lirón, yo pasé buena parte de la tarde tras un arbusto? –

preguntó ella, mientras se alisaba el pelo pasando los dedos por él, con el rostro un poco ladeado.

–No, no ha mencionado eso – contestó él, bebiendo un sorbo de cerveza, sin que sus ojos apartaran su mirada del rostro de ella. Un rubor tiñó la palidez de sus altos pómulos y su boca estaba desusadamente tensa –

El punto de encuentro estaba muy cerca del castillo Granville – siguió diciendo él con calma-¿Pudiste ver algo interesante mientras esperabas?

Portia negó con la cabeza, manteniendo el rostro apartado.

–Nada fuera de lo ordinario. El puente levadizo estaba bajado y había grupos de soldados que iban y venían. Todo muy atareado, como de costumbre.

Rufus supo, con absoluta certeza, que ella no estaba diciéndole la verdad. Se había quedado perplejo cuando Will le contó la inexplicable ausencia de Portia, tan cerca del castillo Granville. Él había tenido la intención de presionarla un poco para que le diese una explicación, pero su perplejidad cedió lugar, rápidamente, a la inquietud. En sus respuestas había algo falso. Y él no tenía interés en revelarlo con delicadeza.

–Estás mintiendo – afirmó, sin rodeos. E! rubor inundó las mejillas de ella.

–No sé por qué dices eso.

–A mí no me mientas, Portia – dijo él, en tono cortante, mientras la preocupación dejaba su lugar a la ira, que acechaba bajo la superficie de aparente calma – ¿Qué hiciste cuando dejaste solo a Paul?

Entonces, Portia lo miró de frente y vio que tenía los puños apretados y lanzaba rayos por los ojos. Tuvo la sensación de que ese hombre que la había amado con tanta pasión hacía sólo unos momentos, estaba a punto de ser presa, otra vez, de sus demonios, y el temor le provocó un escalofrío en la espalda. Y ella no podría soportarlo nuevamente.

Tragó con dificultad y luego, haciendo acopio de todo el coraje que pudo, dijo:

–Yo quería dejar un mensaje para Olivia. Yo le había prometido hacerle saber que estaba a salvo; hasta ese momento, no había tenido la ocasión.

–¿Tú estás en contacto con Granville?

La voz de Rufus fue muy suave, pero su expresión fue tan terrible como siempre.

–Con Olivia – respondió ella, percibiendo la desesperación que sonaba en su voz – Sólo con Olivia. Ella es mi amiga, Rufus. Estaba preocupada por mí y yo había prometido dejarle una nota. Fui a hacer eso y, casualmente, ella y Phoebe se acercaron mientras yo estaba allí; entonces, conversamos. Eso es todo.

–¿Phoebe?

–La cuñada de Cato. Ella también es amiga mía.

Portia alzó la barbilla y sus propias palabras renovaron su coraje y su fuerza. Nadie, ni siquiera Rufus Decatur iba a indicarle quiénes serían sus amigos.

–Mujeres Granville – dijo él.

–Oh, que el diablo te lleve, Rufus – explotó Portia – A Olivia le importa un comino todo este conflicto que tú tienes con su padre, y tampoco le importa a Phoebe. ¡Yo estuve cinco minutos con ellas y no hablamos de ese asunto ni una sola vez! Tal vez eso te sorprenda, pero…

–¡Calla y ven aquí! – la interrumpió él apartándose súbitamente de la repisa, sus ojos relucientes.

Hizo un gesto imperativo con una mano. Portia, por su parte, retrocedió.

–Antes, preferiría meterme entre un cerdo encabritado y una marrana en celo – aseguró, cuidando de que la mesa se interpusiera entre ella y Rufus.

–i Ven aquí!

Portia negó con la cabeza y, cuando él avanzó hacia ella, a paso mesurado, sus ojos desbordantes de decisión, ella pasó la mano hacia atrás y aferró el asa de la jarra de cobre con cerveza.

–¡No me toques, Rufus!

Él no dio muestras de haberla oído. Siguió adelante, apartando la mesa de su camino con alarmante facilidad. Portia le arrojó el contenido de la jarra, la cerveza voló en forma de chorro espumoso y cayó en cascada sobre la cabeza del hombre, derramándose por sus hombros. Pero dio resultado pues lo hizo detenerse en el acto.

Su expresión era de tal incredulidad, tenía un aspecto tan atónito además de la cerveza chorreando hasta dentro de las botas, que Portia sintió una urgente necesidad de reír.

Entonces, él se abalanzó hacia ella emitiendo un sonido muy similar a un rugido. Portia saltó a un costado y comprendió, tarde, que así se había alejado de la puerta, su única vía de salida. En la cabaña no había ningún otro lugar adonde ir. Corrió hacia la escalera pero él se lanzó a un costado y llegó en el mismo instante que ella. Extendió un brazo impidiéndole el paso hacia arriba. Guiada por el instinto, ella se agachó debajo del brazo y saltó hacia el primer peldaño, aun sabiendo que era inútil. Arriba no tendría dónde refugiarse.

Unos dedos se cerraron en su tobillo. Un decidido tirón la tumbó hacia atrás, y quedó atrapada junto a él, con el cuerpo duro como el hierro y sintiendo su humedad en la espalda. El olor de la cerveza era abrumador.

–¡Maldita sea, Rufus! ¿Qué piensas hacer? No te atrevas a tocarme.

Ella luchó con desesperación, pero él no hizo otra cosa que sujetarla más fuerte levantándola en vilo de modo que quedó forcejeando y dando de patadas como una mosca atrapada en la tela de una araña, mientras la cazadora, interesada y hambrienta, observaba sus estertores de muerte.

Entonces, él la llevó a cuestas a la planta alta, mientras ella seguía debatiéndose. La dejó caer, boca abajo, sobre la cama y ella reptó hacia el borde, pero él le apoyó una rodilla en la parte baja de la espalda, clavándola allí como a una mariposa en una vitrina.

–¡Suéltame, pedazo de bruto!

En lugar de hacerle caso, él trepó a la cama y se puso a horcajadas de ella, sentándose con firmeza sobre su trasero. Le atrapó las muñecas, las sujetó en la parte baja de su espalda y las sostuvo con una sola mano. Ella hizo fuerza para sacárselo de encima sacudiendo las piernas, aun sabiendo que estaba tan indefensa como una recién nacida.

Rufus aguardó, paciente, hasta que ella agotó sus fuerzas y luego cambió de posición y la hizo rodar hasta tenerla boca arriba.

–Dios querido – dijo él-Si hubiese sabido que te gustaba jugar al hombre de las cavernas, te habría dado el gusto hacía rato.

Portia se sintió sacudida al caer en la cuenta de que él no sólo ya no estaba enfadado sino que, además, estaba riéndose de ella.

–¡Hijo de perra! – exclamó ella-Eres un canalla sin excusas… un escarabajo estercolero… un comemierda… un… un… – Se le acabó la inventiva-¡Y apestas como una destilería de cerveza!

–Entonces, bebe más – dijo él, inclinándose sobre ella, levantando la cabeza sobre sus manos unidas y acercando su boca a la de ella.

Ella no se sentía a gusto y el beso no fue tierno… ni siquiera especialmente amoroso. Pero tenía relación con el juego brusco de los últimos minutos, en el límite de la irritación que los había arrastrado a los dos.

Cuando él la soltó y dejó que su cabeza cayera hacia atrás, sobre la cama, Portia sentía los labios hinchados como si los hubiese picado un enjambre de abejas. Su corazón golpeaba con fuerza y casi no podía recuperar el aliento. Tenía la sensación de haber corrido un maratón o de haber perdido una pelea. Y así era, en realidad.

–Eso era lo que yo tenía intenciones de hacer desde el principio –

declaró Rufus-Y lo habrías descubierto si hubieses venido a mí cuando yo te lo pedí en lugar de comportarte como si hubieses estado en una guarida de leones.

Rodó saliendo de encima de ella y empezó a despojarse de su ropa pes tilente.

–¿Todo el tiempo quisiste besarme? – preguntó ella, sin poder disimular su incredulidad.

–Quería besarte para borrar esa expresión de indignación de tu cara –

respondió él-Fue un maravilloso y valiente intento de ponerme en mi lugar

– añadió, sacudiendo la cabeza y esbozando una sonrisa irónica-¿Qué creíste tú que iba a hacerte?

–No sé – contestó ella con sencillez-Después de la última vez.

Rufus volvió a la cama y su semblante estaba sombrío otra vez.

–Quizá merezca eso. Me esforzaré mucho por no volver a merecerlo.

–¿Y no te importa que Olivia sea mi amiga?

Era como tocar una herida todavía abierta, pero Portia estaba convencida de que no se podía hacer a un lado esa cuestión sin haberla aclarado. Él sabía que su sangre Granville aún era un conflicto para él, a pesar de que ella le hubiese entregado su lealtad incondicional. Hasta que él no la aceptara tal como era, ella siempre se encontraría desgarrada entre la amistad, el parentesco y el amor.

Rufus guardó silencio un instante, con la camisa mojada de cerveza colgando de su mano, olvidada. Y luego dijo: