La guerrera
Capítulo 5
Antes de poder encontrar respuesta a esa pregunta, habría que pelear una guerra. y, a pesar del entusiasmo que reinaba entre los hombres que salían de la plaza de armas, a pesar del júbilo del propio Cato, el marqués veía la sombra de una muerte sangrienta proyectada sobre el futuro de todos ellos.
5
-Bueno, bueno, bueno, mira eso – dijo Rufus, sonriendo en medio de su barba pelirroja, aunque sus brillantes ojos azules eran duros como diamantes.
Detuvo a su caballo y tendió la mirada hacia las colinas bajas que se extendían ante él en la dirección del castillo Granville, erguido en una colina más alta que las otras, con las banderas del Parlamento flameando en sus almenas y contrafuertes.
–Gallo de un montón de estiércol- dijo, desdeñoso-Que se jacta y cacarea, desafiante y orgulloso.
–Parece que están celebrando alguna fiesta – observó Will, protegiéndose los ojos con la mano-Se huele la carne asada desde aquí.
En su voz sonó una nota de añoranza; habían partido de la aldea Decatur después del alba y ya era casi mediodía.
–Sí, y la mitad de los campesinos se unirán a ellos, al parecer – musitó su acompañante.
Los tres hombres observaron en silencio la escena que se desarrollaba más abajo. Pobladores en ropa dominguera cruzaban el puente levadizo y entraban en el castillo, los niños haciendo cabriolas y correteando, y se elevaba el sonido de tamboriles y pífanos, en una música que era marcial y alegre al mismo tiempo.
–Supongo que celebran el apoyo de Granville al Parlamento.
–Así parece, George – admitió Rufus, distraído.
Golpeteó la fusta contra la bota, sus ojos clavados en la actividad desplegada más abajo, las banderas que flameaban, un par de patinadores en el foso congelado, un barril de cerveza que un grupo de jóvenes exuberantes empujaban, rodando, por el puente levadizo.
–Así parece – murmuró otra vez.
William lo miró de reojo y su expresión se tornó alerta: él conocía ese tono. Y cuando Rufus volvió sus intensos ojos azules hacia él, a Will le dio
un vuelco el corazón. En esas esferas serenas y sonrientes se veía una malicia pura y la boca de labios llenos rodeada de la barba dorada y rojiza trazaba una curva que llenó a Will de un conocido presentimiento.
–¿En qué estás pensando, Rufus? – preguntó, inquieto. La sonrisa de Rufus se hizo más ancha.
–Oh, se me ocurre que tal vez podamos pedir algo de hospitalidad a nuestro amigo Granville. Ha pasado mucho tiempo desde el desayuno y, por cierto, esa carne le hace a uno la boca agua.
–¿Irá allí, milord? – preguntó George, más resignado que horrorizado-Deduzco que podría usted perderse entre la multitud.
–¿Por qué no?
Rufus se encogió de hombros en gesto despreocupado y espoleó a su zaino para que se pusiera en marcha. Fue descendiendo hacia el valle, hasta la mitad de la colina que coronaba el castillo Granville; los otros lo siguieron.
Rufus tiró de las riendas ante una pantalla formada por arbustos de acebo y comentó:
–Aquí estamos lo más cerca que podemos llegar.
–¡Estás loco! – exclamó Will-Granville te colgará de la almena más alta.
–Lo haría, si supiera que estoy aquí – admitió Rufus, tranquilo. Se apeó del caballo y soltó las correas que sujetaban una manta enrollada a su silla-Dame una mano con esto, George.
George desmontó. Él sabía exactamente qué se esperaba de él. Entre otros talentos, Rufus Decatur era un maestro del disfraz.
Rufus se quitó la capa y formó un acolchado con la manta. Con ayuda de George, se sujetó esa almohadilla en los hombros, bajo la mirada resignada de Will.
–Y bien, ¿cómo lo ves?
Rufus pasó la capa oscura de tela casera sobre un hombro, alzó la caperuza y la sujetó bien al cuello: quedó transformado. De pronto, su cuerpo alto y fuerte parecía frágil, doblado, con un hombro más alto que el otro y una joroba que desfiguraba el recto contorno de su espalda.
–Podrás pasar – dijo William, sonriendo a su pesar. Había visto muchas veces el disfraz y seguía asombrándolo. Era muy sencillo; se trataba de transformar las características más distintivas de Rufus Decatur: su altura y
su presencia imponente. Sin esos rasgos, el apellido Decatur no acudiría a la mente.
George cortó una fuerte estaca de un árbol joven y se la entregó al amo Decatur: así, la transformación fue completa. Encorvado y apoyado en la estaca, con sus prendas de tela casera, capa, justillo y pantalones, con la caperuza bien baja sobre los ojos, Rufus se había convertido en un aldeano de la región.
–Iré solo – dijo, desechando con un ademán las protestas de Will-Es menos arriesgada la intrusión de uno que de tres.
–¿Por qué? – quiso saber Will-¿Qué esperas obtener corriendo un riesgo como éste?
–Creí que tenías hambre – dijo Rufus, con burlona sorpresa-Yo, por mí parte, sí. Voy a aprovechar el banquete de Cato… ¿qué otra cosa podría hacer?
–Claro, ¿qué otra cosa? – murmuró Will, observando a Rufus cuando se apartaba disimuladamente del refugio de los arbustos-Él se propone alguna otra cosa, ¿no es cierto, George?
–Supongo que sí – coincidió George, con aire flemático-Con todo, no me vendría mal un poco de esa carne. Desde aquí, huele condenadamente bien.
Olfateó con deleite cuando el viento trajo el sabroso aroma de la carne asada, mezclado con el del humo de leña, que excitaron sus papilas gustativas. Rufus avanzó solo unos cinco minutos, nada más, luego se mezcló con la corriente de personas que trepaban la colina desde la aldea que se asentaba en su base; a Will empezó a costarle bastante distinguirlo mientras trepaba arrastrando los pies, apoyándose pesadamente en su bastón. Cuando el grupo de gente llegó al puente levadizo, Rufus desapareció de la vista y Will quedó royéndose las uñas de ansiedad.
Rufus echó un vistazo a un lado y a otro del foso al tiempo que cruzaba el puente. Las dos figuras que había visto antes aún estaban patinando. La extraña sacudida de reconocimiento que experimentó en la boca del estómago al ver a Portia Worth trazando giros en el hielo, con la caperuza de su capa pardusca echada hacia atrás y su cabello anaranjado reluciendo en un rayo de ese sol débil, lo tomó desprevenido.
No lo había sorprendido verla; él sabía que ella debía de estar en alguna parte del castillo. Y, sin embargo, fue consciente de una peculiar
perturbación, del inquietante pensamiento de que él, en realidad, había ido al castillo Granville a verla a ella. Claro que ésa era una idea ridícula.
Ella se había ido, había desaparecido debajo del puente levadizo, él había traspuesto el rastrillo levantado y entrado en territorio enemigo; por lo tanto, necesitaba que sus cinco sentidos estuviesen muy alertas.
En el centro de la guardia exterior ardían grandes hogueras y, sobre ellas, se asaban trozos de solomillo, ovejas enteras y cochinillos, parejas de muchachos hacían girar los espetones y sus mejillas estaban enrojecidas por el calor y por los jarros de cerveza que bebían para refrescarse, sus ojos lagrimeando a causa del humo.
En una esquina de la guardia tocaba un violinista, y un conjunto de bailarines de Morris, esa danza popular, entretenía a la concurrencia con sus melodiosas campanillas, en medio de los gritos y vivas entusiastas del público. Había mesas de caballete cargadas con montañas de patatas, panes, tortas, quesos y ruedas de mantequilla dorada apoyadas contra las paredes, aunque la mayor actividad se centraba en torno de los barriles de cerveza.
Rufus se confundió con la gente. Will había estado en lo cierto al deducir que el amo de Decatur tenía pensado algo más que una pura travesura al tramar esta estratagema. Procuraba obtener información.
Cualquier dato insignificante, cualquier habladuría, cualquier cosa que le diese una idea de las dimensiones de la milicia de Cato Granville y una vislumbre de sus intenciones, de cómo iría a proceder para dar curso a su apoyo al Parlamento.
Rufus se acercó a los barriles de cerveza y aceptó un pichel que le pasó alegremente un granjero de rostro rubicundo que sostenía una patata asada entre el índice y el pulgar, protegidos por un guante, y que daba grandes mordiscos mientras obsequiaba a un grupo de festejantes con un cuento bastante procaz.
Rufus no vio rastros de Cato y se le ocurrió que quizás a él le pareciera por debajo de su dignidad mezclarse con los campesinos. En tanto que estaba dispuesto a proveerles de los medios para celebrar una decisión que traería como consecuencia llenar de viudas y huérfanos las tierras de los Granville, él se mantendría a distancia.
Pero, entonces, Rufus lo vio, en el otro extremo del recinto y se le aceleró el pulso. Cato estaba conversando con tres de los terratenientes más prominentes que había entre Lammermuir y Yorkshire. Eso sólo podía
significar una cosa: que el vizconde de Charter, el conde de Fairoaks y sir Graham Preston seguirían a Granville y que se unirían a las fuerzas del Parlamento. La conversación entre ellos, a juicio de Rufus Decatur, podría resultar interesante para alguien que la escuchara sin ser notado.
Avanzó entre la multitud, arrastrando los pies, bebiendo su cerveza, protegiendo su cuerpo entre los grupos de personas, desplazándose como una sombra, tan inadvertido que la gente casi no notaba su paso.
En el foso, Portia, que continuaba patinando, frenó contra el muro del castillo entre dos baluartes. Se reía tratando de recuperar el equilibrio, disfrutando con la embriagadora sensación de libertad que le daba el patinaje, con la helada frescura del aire, en comparación con los fétidos antros urbanos donde había estado viviendo los últimos años. Ella no había tenido muchas oportunidades de patinar; estos patines de hueso tenían un filo maravilloso.
Todo se sumaba a su euforia aun cuando fuera evidente su falta de destreza.
–Cualquier día de éstos voy a tener que aprender a frenar sin chocarme con algo – le gritó a Olivia quien, siendo una patinadora mucho más experta, se detuvo con elegancia a su lado.
Portia levantó la vista y, al ver la muchedumbre que seguía pasando por el puente entrecerró sus ojos.
–¿Qué te parecería si nos sumáramos a los festejos, Olivia?
Olivia se mostró sorprendida.
–Pero, si no he… hemos sido invitadas.
–Es cierto, pero como tú eres la hija del amo, ¿no crees que tendrías que desempeñar un poco el papel de anfitriona?
Portia se alisó los guantes en los dedos con aire despreocupado, esperando a ver cómo respondería Olivia a su novedosa sugerencia.
–Nunca lo he hecho – dijo Olivia, dubitativa-Eso corresponde a Di…
Diana.
–Hoy, Diana no saldrá de su dormitorio – señaló Portia.
Estaba reclinada contra la pared, con los brazos cruzados, los ojos verdes luminosos, interrogantes y sumamente perspicaces. Olivia guardó silencio, mientras absorbía esa información. Levantó la mirada hacia los muros grises del castillo que se cernían sobre ella. Desde el patio externo llegaban en oleadas los sonidos de la música, de las voces fuertes y alegres.
–Si yo hiciera eso quedaría en evidencia el descuido de Diana – dijo, articulando lentamente.
–De eso se trata – dijo Portia, riendo entre dientes-Ven – le dijo, patinando hacia la orilla, seguida por Olivia; las dos se sentaron para quitarse los patines-Además, yo quedaré fuera del alcance de las garras de Janet Beckton más tiempo durante esta mañana.
Olivia rió de un modo que era, a la vez, nerviosa y excitada mientras se encaminaban hacia el puente levadizo para volver a entrar en el castillo.
A Cato lo sorprendió ver a las niñas que se mezclaban con los celebrantes en la guardia externa pero, por otra parte, lo alegró ver el modo confiado en que Olivia supervisaba que no faltara nada en las mesas. Daba la impresión de saber lo que estaba haciendo.
Portia llegó a la conclusión de que Olivia no necesitaba de su ayuda en el ejercicio de su control doméstico y enfiló hacia las hogueras, atraída por el aroma de la carne asada. El hambre seguía siendo un recuerdo tan vivo que Portia jamás dejaba pasar la oportunidad de comer cada vez que se le presentaba.
Un poco a empujones, se abrió paso entre el gentío que rodeaba el espetón donde un cochinilllo daba vueltas sobre las llamas. Un hombre anciano, con la espalda encorvada bajo una capa de tela casera, estaba de pie a un lado del asador, cortando tajadas de la dorada carne de cerdo, pinchando los sabrosos bocados en la punta de su cuchillo y ofreciéndoselos a los que tenía cerca.
–Yo quisiera una tajada, buen hombre – dijo Portia alegremente, quitándose los guantes y acercando las manos al calor del fuego, mientras esperaba la carne.
Estaba muy cerca del hombre y sintió una extrañísima sensación en la piel, erizándosele el vello, como si un fantasma se hubiese atravesado en su camino. Se paralizó, sus manos extendidas quedaron inmóviles, la respiración se le atascó en el pecho. Sintió en las venas el restallar de un reconocimiento que era imposible.
–¿Le gusta a usted la piel crujiente, señora? – preguntó el hombre en voz vieja y cascada, con pronunciado acento de Yorkshire, mientras hundía el cuchillo en el cuerpo humeante del animal y cortaba una gruesa rebanada cubierta de una piel tostada.
Giró hacia ella y sus ojos, semiocultos por la caperuza que llevaba bien baja sobre la frente, eran chispas azules.
Portia clavó la mirada en el rostro de Rufus Decatur, sin poder creer lo que veía. ¿Qué estaría haciendo él allí? El enemigo mortal de lord Granville estaba de pie allí, despreocupado como el que más, dentro de los muros del castillo, sirviéndose alegremente carne de Granville. Ella dio un paso atrás, apartándose del círculo que rodeaba el fuego, sin saber si lo hacía para protegerse a ella misma o a Decatur. Pero Rufus Decatur retrocedió junto con ella sin dejar de ofrecerle el trozo de carne sujeto en la punta de la daga.
–¿Se ha vuelto loco? – susurró ella, haciéndose eco, sin saberlo, de las palabras de Will.
Rufus dio la impresión de pensarlo, aunque sus ojos no tenían nada de serio, posando su mirada sobre el rostro de ella, que estaba vuelto hacia arriba. Él se reía de ella, y Portia se convenció de que la invitaba a compartir la broma.
–¿Está loco? – repitió ella, en un murmullo, tratando de apartar su mirada del imán de la mirada de él.
–No lo creo, señorita Worth – dijo él, pensativo-Aun así, sería más seguro que abandonara esa expresión de conejo hipnotizado. Me temo que así atraerá una atención no querida, y yo me he esforzado mucho por pasar inadvertido.
Él sonrió con aire de disculpa, aunque sus ojos seguían siendo risueños y no se apartaban de ella.
Portia no pudo menos que lanzar una mirada culpable a la gente que los rodeaba y Rufus, por su parte, chasqueó la lengua a modo de reproche.
–De ese modo, es inevitable llamar la atención – murmuró él. Él movió un brazo, su capa onduló como el ala de un murciélago y, sin que Portia supiera cómo había sucedido, ella se había desplazado colocándose al abrigo de esa capa. Aturdida, pensó que era movida a ello más que hacerlo por su propia voluntad. Y, cuando se detuvo sin quererlo tampoco, se encontró en un rincón apartado del patio, oculta a la vista de la multitud por la saliente de un contrafuerte.
–¿Qué quiere? – preguntó ella, entre dientes. Ella todavía estaba metida dentro del ala ondulante de la capa de él, tan cerca de él que sentía el calor de su cuerpo, el olor del cuero de su chaquetón de ante, la aspereza de la lana de su camisa y sus pantalones. El mundo se había encogido hasta
quedar reducido a ese punto pequeño, lleno de olores, y los ruidos producidos por el gentío que festejaba parecían llegar desde muy lejos.
Rufus no respondió. Se limitó a ofrecerle la carne que todavía llevaba en la punta de su cuchillo. Ella, sin pensarlo, lo tomó y lanzó un grito cuando le quemó los dedos desnudos.
–¡Con cuidado! – advirtió él, aparentemente preocupado. Tomó la carne con su mano, que tampoco llevaba guante, y la sopló-Prueba ahora.
Acercó el suculento bocado a los labios de ella y Portia, como en un ensueño, abrió su boca para recibirlo. Era delicioso: la piel crujiente y un poco tostada, y la carne jugosa y tierna. La saboreó con la delicadeza propia de las personas que realmente disfrutan con la comida, olvidando todo lo que la rodeaba en ese momento de placer, hasta el punto de no notar el brillo de admiración que aparecía en los ojos de su acompañante mientras la contemplaba.
–¿Está bueno? – preguntó él, en voz tan baja que acrecentó la sensación de intimidad, en ese patio lleno de gente ruidosa.
Él se lamió los dedos y luego, con el ceño apenas crispado, frotó los labios y la barbilla de Portia con la yema del pulgar, por donde el jugo había corrido. La piel del dedo era áspera; ese roce firme y flexible, a la vez, a ella le cosquilleó en la boca. Por un instante, la palma de Rufus encerró la mejilla de la muchacha y ella pudo sentir los callos de espadachín que pasaban sobre su piel delicada. Se le erizaron los cabellos de la nuca, saltó en su vientre una corriente de tensión y, entonces, la mano de él se retiró de su cara. Arrobada, ella vio cómo él volvía a lamer su pulgar con intención, para luego envainar su daga y volver a ponerse el guante.
Poco a poco, el mundo dejó de girar y ella se debatió, intentando recuperar su asidero a la realidad.
–¿Qué busca aquí? – le preguntó de nuevo.
–Oh, yo soy… ¿cómo era que lo expresaba el bardo? «Un cazador irreflexivo que anda tras de fruslerías» – respondió él, con un gesto que abarcaba toda la escena, restándole importancia.
–¿Está espiando?
–Sí, si prefieres decirlo así – admitió él.
–¡Lord Granville hará que lo cuelguen!
Portia evocó una súbita imagen de los soldados de Granville que se abalanzaban sobre ellos, en ese rincón tranquilo. Un hombre solo, aunque
fuese tan poderoso como éste, sería reducido a la impotencia. Antes de colgarIo lo golpearían hasta transformarlo en una pulpa sanguinolenta…
Ella había visto ahorcamientos.
Sabía qué aspecto tenía un cuerpo que colgaba de un patíbulo: la cabeza colgaba en un ángulo antinatural, la lengua sobresalía, el rostro se azulaba, los ojos se salían de las órbitas… Sintió náuseas y la carne que había comido con tanto placer, hacía instantes, pareció transformarse en plomo grasiento en su barriga.
–Para eso, Granville tendría que descubrirme – dijo Rufus, recorriendo con sus ojos el semblante de ella, donde las pecas se destacaban contra la palidez que acentuaba la intensidad de su expresión-¿Qué sucede? –
preguntó él, sin querer, al ver el horror pintado en esos rasgados ojos verdes-Tienes la cara como si hubieses visto al diablo.
–Tal vez lo haya visto – repuso ella, volviendo bruscamente en sí-El diablo encarnado en Rufus Decatur. ¿No se da cuenta de que me bastaría alzar el meñique para que los hombres de lord Granville cayeran sobre usted como moscas sobre un cadáver?
–Pero tú no vas a traicionarme, ¿no es verdad, señorita Worth?
Él movió el brazo y los pliegues de la capa rodearon otra vez a Portia que de ese modo quedó más cerca aún del cuerpo de él.
Esa extraña y perturbadora cercanía le hacía sentirse cómplice de la presencia de él en el corazón del territorio enemigo. Con esfuerzo, trató de deshacerse de ese sentimiento y preguntó:
–¿Por qué cree que no lo haría?
–Oh, por varias razones – respondió él con una pequeña sonrisa-Para empezar, no creo que seas capaz de condenar a muerte a un hombre.
–Podría condenar a Decatur – replicó ella, deseando poder alejarse. Pero no podía porque tenía el muro a sus espaldas, el cuerpo de él delante de ella como un escudo, y la capa y el contrafuerte que la separaban del resto del mundo, aislándola en ese íntimo encierro. – Olvida que soy una Granville, lord Rothbury.
Él sacudió la cabeza.
–No, no lo olvido. De cualquier manera… – La sonrisa se ensanchó y ella vio las pequeñas arrugas que se le formaban alrededor de los ojos, destacándose en blanco contra la piel bronceada-De cualquier manera, tú y
yo tenemos algo en común – dijo con suavidad-Yo no pertenezco a este lugar, y tú tampoco, mi dulce.
Era una verdad tan deslumbrante que Portia no pudo hacer otra cosa que mirarlo con los ojos muy abiertos. Rufus rió entre dientes.
–¿Te comieron la lengua los ratones?
Apresó el mentón de la muchacha con un dedo y, con un movimiento veloz, se inclinó y le dio un beso en la boca.
–Esto es para sellar un acuerdo entre descastados – dijo, mientras se enderezaba.
Al mismo tiempo, dejó caer la capa sin encerrarla a ella dentro y se apartó del contrafuerte, como si abriese de nuevo la puerta que daba al mundo.
La sensación de aislamiento, la recuperación del espacio fueron tan súbitos que, por un instante, Portia quedó aturdida. Le daba vueltas la cabeza. No encontraba el sentido a lo que acababa de suceder, del mismo modo que no hubiese podido leer en chino.
Rufus miró alrededor y dijo, en tono casual:
–¿Ésa es la hija de Granville? ¿La muchacha de la capa azul?
La pregunta quebró el encantamiento que había tenido a Portia en trance. Recordó, con un ramalazo de pánico, quién era este individuo: un enemigo mortal, una amenaza letal para el bienestar de cualquiera de los Granville.
–¿Por qué quiere saberlo? – preguntó, en voz chillona, mientras se aclaraba la garganta.
–Es una cuestión que me interesa.
–¿Qué interés puede tener en Olivia?
Portia se movió como si pudiera, de alguna forma, interponerse para que Decatur no viera a Olivia, aunque ella sabía que era inútil.
–No mucho – repuso él, encogiéndose de hombros como al descuido-La hija de Granville no me interesa demasiado. En caso de que él concibiera un varón, eso sería otra cosa. – Se encogió de hombros otra vez-Adiós, señorita Worth.
De repente, él le dio la espalda y se alejó arrastrando los pies entre el gentío con la capa echada sobre su espalda encorvada y su joroba, como la encarnación de un verdadero campesino, viejo y frágil.
Portia permaneció inmóvil en medio del estrepitoso bullicio, tratando de reencontrarse consigo misma. Se sentía flotar en un torbellino de confusión.
Sólo una cosa estaba clara para ella; había sido manipulada. Rufus Decatur había torcido el curso de sus emociones, había acicateado sus sentidos y, al mismo tiempo, se había reído de ella. La había tratado con la descuidada familiaridad de un hombre que estaba seguro de poder hacer bailar a cualquier mujer alrededor de su dedo meñique. Y ella le había permitido que lo hiciera. Sin embargo, ella sabía bastante sobre la conducta de los hombres con las mujeres como para haber percibido lo que estaba pasando y, de todos modos, había permitido que Rufus Decatur se burlara de ella.
Furiosa consigo misma y con Decatur, se encaminó hacia donde estaba Olivia, con los ojos en llamas. En ese momento, hubiese traicionado a Rufus Decatur sin titubear, pero no veía por ninguna parte al viejo de la capa de tela casera.
La habitación cuadrada que había en la planta baja de la cabaña de Rufus estaba brillantemente iluminada y caldeada, gracias a los grandes troncos que ardían en la chimenea. Después de una cabalgata de tres horas desde el castillo de Granville, en la última de las cuales había caído una intensa nevada que había dejado a hombres y caballos cubiertos de nieve, como figuras fantasmales en la oscuridad puntuada de blanco, aquello era una delicia.
–¿Quién está cuidando a los niños? – preguntó Will, sacudiéndose la nieve de la capa en la entrada de la cabaña.
–Esta noche, están con Silas… al menos, eso espero – agregó Rufus, cerrando la puerta tras de sí-Se supone que deberían estar allí.
Fue hacia el fregadero que había en la parte trasera de la habitación a buscar una jarra de aguamiel.
Will rió entre dientes mientras se quitaba las empapadas prendas exteriores.
–Alguien les echará una mirada.
–Sí.
Rufus llenó dos tazas de aguamiel y dio una a su primo. No le preocupaba el paradero de sus hijos. Debían de estar en alguna parte del campamento, bajo la vigilancia de alguien. Ellos comían sentados a la mesa que tenían más cerca cuando les daba hambre y caían hechos un ovillo
donde los sorprendía el sueño. Era un método más bien azaroso de crianza, pero a Rufus no se le ocurría que pudiera causarles algún daño.
–Bebe, que dentro de poco iremos a comer al comedor común – dijo, alzando su jarro a modo de brindis.
Will vio que la expresión de su primo era reflexiva, hasta sombría y se preparó para oír lo que Rufus había averiguado durante su expedición al castillo Granville.
Rufus estaba de pie ante el fuego, con un pie apoyado en la reja. La nieve derretida había formado un charco en el suelo limpio y él no lo notaba.
–Granville y sus hombres están haciendo una colecta para el Parlamento
– dijo, y luego se llevó el jarro a la boca.
–¿Adónde?
–En todo el condado. Charter, Fairoaks y Preston pueden llegar a cualquier sitio.
–¿Se han unido a Granville? – dijo Will, y sus ojos se agrandaron cuando empezó a comprender las implicaciones de ese dato.
–Sí. En nombre del Parlamento, arrasarán York, Nottingham, Bradford y Leeds. Ellos saben muy bien a quién recurrir, saben a quién pueden influir para volcarlo a su favor.
Rufus llenó de nuevo su jarro e indicó con un gesto a Will que también se sirviera. La boca del barón era una línea fina que casi no se veía en medio deja barba y su voz carecía de expresión.
–Fairoaks hablaba de recoger cosas de plata en las iglesias… cálices y objetos por el estilo. Yo diría que llegarán a reunir un bonito botín.
Will sintió que los hombros se le ponían tensos de aprensión. Lo inquietaba el modo en que Rufus estaba hablando; ya no quedaba en él ni pizca de humor, de la despreocupada diversión, y tanto su voz como su semblante eran duros como el mármol. Todo este relato sobre sus descubrimientos iba llevando a Rufus hacia algún punto, pero Will aún no podía saber cuál era. Pero sabía que no se trataba de un destino dichoso.
–Las esposas de los burgueses donarán sus joyas; los mercaderes aportarán fuentes de plata, de peltre, de oro, de cualquier material que se pueda fundir o vender. Y Granville recogerá hierro y plomo para hacer proyectiles y cañones.
Los ojos azules, posados sobre el rostro de Will, eran sendos enigmas.
–¿A qué otro sitio te parece que irá Granville a buscar donaciones, Will?
Will tragó saliva, inquieto bajo esa mirada implacable. Su primo esperaba de él una respuesta, pero a él no se le ocurría cuál podría ser la correcta.
Mientras aguardaba a que Will captara el sentido de lo que él había dicho, Rufus tamborileaba con los dedos sobre la repisa y sus uñas cortas repiqueteaban sobre la madera. Tras unos instantes de silencio, lo animó suavemente.
–Se supone que Granville contribuirá con sus propios recursos.
–Bueno, desde luego, supongo que será así – dijo Will, ceñudo, y siguió esforzándose por hallar una respuesta que satisficiera a su primo-Él ha reclutado su propia milicia y eso costará sus buenos dineros. Y si ha organizado su propia armería…
–Sí, yo diría que Cato tiene intenciones de hacer lo que le parezca con cualquier fuente de contribuciones a la que pueda echar mano – dijo Rufus, en un tono que hubiese sido capaz de corroer el oro de un alquimista.
Will empezaba a comprender qué quería decirle y clavó su vista en él.
–¿Tú… tú crees que utilizará Rothbury?
La mirada de Rufus estaba fija en algún punto que se encontraba sobre la cabeza de Will y, aun así, hizo temblar al más joven con el fatal veneno que chispeaba sobre la fría superficie azul.
–¿Por qué no iba a hacerlo? – dijo Rufus, en el mismo tono corrosivo-
¿Por qué no? – repitió, avanzando con brusquedad hacia la mesa y empujando, sin querer, un taburete que resbaló por el suelo de lajas y cayó de costado, contra la pared – Cato Granville conserva el puesto de mayordomo administrador de las propiedades Rothbury. ¿Por qué motivo iba a dejar de usar la renta que da para apoyar su propia causa?
Como Rufus había aprendido, hacía años, a controlar su temperamento casi legendario, Will rara vez había sido testigo de una explosión. Sintió que, en ese momento, Rufus estaba muy cerca del límite y pudo comprender la razón.
–Conserva la mayordomía para la corona – dijo, inseguro-No creo que pueda distraer esos fondos y usarlos en contra de la corona.
–¿Por qué no? – preguntó Rufus-Si es un tramposo, un mentiroso, un traidor. Ha roto su juramento de fidelidad a su soberano. ¿Qué código moral crees tú que respeta? ¡No seas ingenuo!
Empezó a pasearse por la habitación y, a medida que su poderosa presencia y su ánimo colérico llenaban el espacio, Will sintió como si las paredes se cerraran sobre él hasta dar la impresión de que ya no podrían contenerlo.
De súbito, Rufus estrelló un puño apretado contra la pared, y un anaquel con objetos de loza que estaba más alto se estremeció, haciendo entrechocar piezas de peltre y de barro cocido. A pesar de que Will sabía que su propia persona estaba a salvo de cualquier explosión, empezó a desear poder escabullirse de la casa sin ser notado.
–No lo permitiré – dijo Rufus, en un tono tan bajo y venenoso como la lengua de una víbora-Ese canalla no utilizará la renta de Rothbury para sus propios fines. Yo la recuperaré para el Rey. Y, una vez que él haya reunido su tesoro, yo también me apoderaré de él. Me quedaré con cada pieza de plata, guinea de oro, joya, bala de plomo y pica de acero que él recoja. Las reservaré para el Rey.
Will no sabía si debía responder. Al parecer, su primo no estaba hablándole directamente a él; su promesa, dicha en voz baja y cruel, era algo personal. Pero no pudo contenerse y, en medio del silencio que siguió, dijo:
–¿Cómo lo harás?
Rufus regresó junto a la mesa con sus ojos iluminados, ahora, y la aterradora tensión de su ira contenida había abandonado su cuerpo potente.
–Tengo un plan tan malévolo y perverso como el del propio Cato Granville, Will.
Levantó su jarro y lo vació, luego enganchó un dedo en el asa de una jarra de loza y, levantándola del anaquel, la apoyó sobre el hombro mientras arrancaba el corcho con sus fuertes dientes blancos.
–¿Eres lo bastante hombre como para esto, Will?– Indicó con un gesto la jarra, hablando con tono burlón; Will comprendió que se refería a alguna otra cosa, además de su capacidad para beber el potente aguardiente escocés hecho con cebada malteada, y que podía voltear a un hombre fuerte en el término de una hora.
Empujó su pichel hacia Rufus, y éste lo llenó hasta la mitad.
–Tendrás que vivir unos años más hasta que puedas tolerar más cantidad que ésa, muchacho – dijo, encaramándose en el borde de la mesa y
bebiendo un gran trago antes de poner el jarro a su lado-Bueno, ¿qué tiene Cato que pueda valorar por sobre todas las demás cosas?
Acompañó la pregunta alzando una de sus tupidas cejas rojizas.
Cauteloso, Will sorbió un trago del licor.
–No lo sé. ¿Cómo podría saberlo, yo o cualquiera?
–Tiene una hija – murmuró Rufus, casi como para sí-En realidad, creo que tiene tres hijas… ¿No tiene una bella esposa?
Miró a Will con la ceja aún levantada.
Will comenzaba a sentirse aturdido, aunque no creía que eso se debiera sólo a la bebida. Rufus hablaba por medio de acertijos. Guardó silencio, y se quedó mirando a su primo con recelo. Rufus levantó de nuevo su pichel.
–Es muy simple, muchacho. Cato me entregará el dinero de Rothbury a cambio de su hija mayor.
Llevó el jarro a su boca bajo la mirada atónita de Will: por fin, el plan de Rufus comenzaba a cobrar sentido.
–Un secuestro… retendrás a la niña y pedirás rescate, como se hace en un secuestro.
–Exacto – dijo Rufus, apoyando su jarro y limpiándose la boca con el dorso de la mano-A cambio de Rothbury, de las ganancias producidas por mi propia herencia. Por esas ganancias, el padre de él traicionó al mío y ahora yo negociaré su recuperación con una moneda de intercambio a la que él no podrá ignorar. Son mías, Will- dijo, en un salvaje tono quedo-Mías. Y no toleraré que sean usadas por una rata de albañal como Granville.
Will tragó el contenido de su jarro y sufrió un violento ahogo, doblándose sobre sí mismo mientras sus ojos y su nariz chorreaban y sentía un calor que le quemaba la garganta. Rufus le dio unas palmadas en la espalda con fuerza controlada.
–Poco a poco, Will, poco a poco – le aconsejó, en una voz que ya había perdido su intensidad y que era, una vez más, ligera y divertida.
Willlo miró por entre las lágrimas.
–¿Cómo lograrás eso?
–Todavía no lo sé bien, pero ya se me ocurrirá. Y ahora, ve en busca de tu cena. Yo tengo mucho en qué pensar.
Will dejó solo a su primo con sus pensamientos y con la jarra de loza.
Rufus removió el fuego y se sentó aliado. El licor había infundido calor y flojedad a su cuerpo, pero no había logrado apagar la ira que bullía en su