La guerrera

Jane Feather · Capítulo 25 de 26

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La guerrera

Capítulo 23

cuello y las orejas, como solía hacer, al tiempo que olía el agradable olor del caballo y el cuero.

Era el último día de junio. Portia montó y aspiró hondamente el aire de la mañana. Todavía era temprano pero ya se anunciaba otro día caluroso.

Hizo girar a Penny hacia las colinas y la yegua trotó con vivacidad cuesta arriba, saliendo de la fortificación Decatur pasando junto al puesto del centinela, ahora abandonado.

Tomaron el camino de York. El sol ascendió, caliente y enceguecedor, la tierra estaba dura y el aire tenía un olor como a quemado. Penny estaba ansiosa de avanzar rápidamente y le temblaban las orejas pues sabía que el ejército iba delante de ella y ella sabía que allí estaba su sitio. Pero Portia no tenía prisa alguna por alcanzado. Sería fácil seguir el camino y como ella no quería correr el riesgo de que la descubriesen antes de tiempo hizo que la yegua avanzara a un trote tranquilo.

La ladera parecía pintada de amarillo y de púrpura con las retamas y los brezos, y el corazón de Portia cantaba, jubiloso, como el de las alondras que volaban sobre las fragantes flores.

Rufus la escucharía. Ella estaba segura de ello.

23

Los dos hombres fueron caminando entre los árboles hasta el río. Tras ellos se elevaba en el aire de la tarde el humo de las hogueras donde se cocinaba y los ruidos que hacía un gran ejército instalando su campamento.

Portia los siguió, saliendo silenciosa del escondite de árboles y arbustos, sin perderlos de vista pero sin acercarse tanto como para correr el peligro de ser descubierta. Durante los dos últimos días, desde que había abandonado la aldea Decatur, había seguido a Rufus cada vez que tuvo ocasión. Se metía en los amontonamientos de gente y salía de ellos, buscándolo ansiosamente con la mirada, aguzando el oído para detectar el sonido de su voz. Era un tormento estar tan lejos de él y, al mismo tiempo, el más dulce de los tormentos observarlo de este modo, sin que él la viese a ella.

Durante la marcha que los había llevado a este lugar, los jinetes de Decatur habían permanecido en la vanguardia, con la infantería del príncipe Rupert detrás, y una pequeña fuerza de caballería cerrando la retaguardia.

Habían hecho vivac durante la noche junto a las murallas de York y, en el

transcurso de esa misma noche, se unió a ellos el resto de la fuerza realista, que llegaba desde distintos puntos, bajo el mando de sus respectivos jefes.

Portia se había mezclado con los recién llegados para no ser reconocida.

No era difícil eludir la atención, pues ella tenía suficiente experiencia, sabía cómo conducirse en medio de una compañía de soldados y nadie discutió sus dichos de que ella pertenecía a una compañía que estaba en otro punto de la fila.

Cada vez que veía a Rufus se le oprimía el estómago y su cuerpo se proyectaba hacia delante como espoleado por el anhelo. Sentía la necesidad de correr hacia él, de sentir que sus brazos la rodeaban, de oler su piel y su pelo, de pasar sus dedos por la sedosa barba dorado rojiza, regodearse en la cálida luz de sus ojos. Esos ojos se habían mostrado tan fríos, tan distantes la última vez que se posaron en ella que Portia a duras penas podía contener la urgencia por disipar ese recuerdo, por reemplazarlo por la mirada amorosa, tierna, llena de humor que era la única que le hacía sentirse completa.

Cada vez que lo observaba, temía que, a pesar de la distancia que los separaba, él sintiese el calor de su mirada, percibiera lo inmenso de su necesidad, tan fuerte que debía de hacer vibrar el aire alrededor de Rufus, imaginaba Portia, como una corriente que fluyese desde ella hacia él en olas cada vez más fuertes. En ocasiones, le parecía imposible que él no sintiera su presencia con cada aliento. Sin embargo, él no volvió la vista ni una sola vez en dirección a ella, y el miedo de enfrentarlo, el terror de que él la rechazara otra vez la llevaban a demorarse, a observar desde lejos, a satisfacer su necesidad sólo con la vista.

En tanto aguardaba, temerosa, hacía planes y postergaba el momento de mostrarse a él, un nuevo temor, negro y frío se enredaba en su alma durante las horas de vigilia. Tendría que enfrentarse con él antes del amanecer, antes de la inminente batalla. De lo contrario, podría ser demasiado tarde.

Mientras se movía en medio de los racimos de hombres, siempre en la periferia de cada grupo, percibió el disgusto de los soldados que, hacía meses, no recibían su paga. Supo que los hombres comenzaban a encontrar inútil sacrificarse por una causa que tenía escasa o ninguna importancia para ellos. Y supo que Rufus experimentaría la misma preocupación que ella. Estos hombres no estaban con ánimo para luchar con todo su corazón.

Dondequiera que mirasen, veían a sus jefes engalanados de cintas y encajes

montados en sus magníficos caballos y no se sentían identificados con ellos, no les transmitían orgullo ni lealtad. No les daban motivo alguno para ofrendar sus vidas para que estos hombres pudiesen seguir con su vida de riqueza y privilegios.

Ahora, estaban acampados cerca del sitio que el príncipe Rupert y sus comandantes habían designado como el campo de batalla donde se conquistaría una victoria decisiva para el Rey. A pocos kilómetros al norte de York, Marston Moor era una lúgubre extensión de páramos donde dos ejércitos podrían maniobrar de acuerdo con la rígida formación de la batalla campal.

Había pasado la mitad de la tarde cuando Portia siguió a Will y a Rufus hasta el río que fluía en la base de un pequeño otero salpicado de árboles.

La compañía Decatur había quedado preparando la comida en el campamento mientras el resto del ejército realista se hallaba a una breve jornada de marcha. Los estandartes de las fuerzas del Parlamento podían divisarse con ayuda de un anteojo; allí flameaban entre las tiendas, en la parte más alejada del páramo. En el campamento del Rey se vivía un ambiente tenso, y Portia se preguntó cómo se sentiría el enemigo mientras se preparaba para enfrentar la siniestra realidad que llegaría con el alba.

Will y Rufus no hablaban demasiado, al parecer, si bien Portia estaba demasiado lejos para oírlos si hubiesen estado hablando. Llegaron a la orilla del río y Portia se acercó con sigilo, agachándose tras un arbusto de acebo.

Ahora sí estaba lo bastante cerca para oírlos, pero ellos no se dijeron nada; se quitaron la ropa y se metieron juntos en el río.

Portia observó, con placer sin cortapisas, los deleites de una voyeusse.

Tenía la impresión de que hacía mucho tiempo que no veía a Rufus desnudo. Se preguntó si habría adelgazado. Le pareció que sus costillas se notaban más, su espalda era más magra. Pero su trasero era tan firme y de músculos tan flexibles como siempre, su cintura igual de estrecha, sus caderas, tan esbeltas como de costumbre. Sintió la agitación del deseo entre las piernas cuando él se dobló para salpicarse agua en la cara y sus nalgas se pusieron tensas y se ondularon los músculos de los muslos. Will también tenía un excelente cuerpo masculino, con la flexible delgadez de la juventud, pero no podía compararse con Rufus, con la potencia, la fuerza, la contenida autoridad que emanaba de su cuerpo.

Los dos nadaron unos diez minutos, disputando carreras a través del río, aunque a la observadora que los miraba desde la orilla le pareció que aquél era un ejercicio sin alegría. Era algo que los dos necesitaban, pero sólo por motivos mecánicos, prácticos. Cuando Rufus salió del agua y su cuerpo fue elevándose sobre la superficie a cada paso, el agua chorreando, Portia hizo un inventario de su persona, de todo aquello que tanto placer le había brindado, que la había llenado de un deleite tan trascendental.

Amó su vientre plano, los afilados huesos de sus caderas, el suave vello de su pecho amplio. Y adoró su ombligo. Su lengua imitó los movimientos que había hecho cuando sorbió vino de ese maravilloso hueco, hundiendo su lengua, acariciándolo con ella, haciéndole cosquillas. Él se retorcía al contacto de su lengua, sus muslos se ponían tensos, los músculos de su estómago se contraían. Aún podía sentir en su lengua el sabor salado de la punta de su pene, podía sentir la dureza de los músculos cuando se lo metía dentro de la boca, enroscando su lengua alrededor de él.

Allí oculta, agazapada tras el arbusto de acebo, Portia observó cómo se secaba Rufus, distraído, con su camisa y se sintió invadida por un incontrolable ramalazo de deseo, al punto que le temblaron las manos, se le aflojaron las rodillas y tuvo que sentarse sobre el musgo húmedo que cubría el suelo, donde el sol no llegaba casi nunca.

Will salió del agua chapoteando, de una manera mucho más ruidosa que su primo, y se tendió sobre la hierba. Su voz llegó con claridad hasta Portia.

–Si eres tan pesimista con respecto al resultado de la batalla de mañana,

¿por qué participarás en ella, Rufus?

Hubo un momento de silencio, y luego Rufus replicó:

–Por dos motivos: me he comprometido, yo y mis hombres, con la causa del Rey y, al menos en esta batalla, me atendré a mi compromiso… –

Hizo una pausa y luego añadió-: Liberaré a todo hombre de Decatur de la lealtad que le debe a mi estandarte, si prefiere no arriesgar su vida.

–Tú sabes que nadie hará semejante cosa – objetó Will con cierta vehemencia-. Ellos serían capaces de dar su vida por ti.

–Sí pero, ¿por qué darían su vida por una causa perdida? – replicó Rufus encogiéndose de hombros-. En ambos bandos debe de haber hombres que sientan lo mismo.

–¿Y el segundo motivo? – quiso saber Will.

Rufus habló sin expresión:

–Quiero encontrarme con Cato Granville en medio de la lucha.

–Y si lo matas, te sentirás feliz – dijo Will, pero no hubo interrogación en su tono.

Rufus se acostó sobre la hierba con las manos unidas bajo la cabeza.

–Habré cumplido con mi deber.

–¿Cumplido con tu deber? ¿Sólo eso? – preguntó Will en tono incrédulo.

Rufus se volvió de costado y empujó con delicadeza a una hormiga hacia una hoja de hierba.

–Creo que he perdido mi capacidad de interesarme por algo, Will.

–¿A causa de Portia? – preguntó Will, vacilante.

Aunque el tema había sido tabú, él percibió que había recibido algo semejante a una invitación.

Rufus guardó silencio nuevamente. Luego, se sentó y tomó su camisa mojada.

–He llegado a una conclusión, Will: un hombre sólo puede entregarse una vez a una mujer, darle su corazón y su alma. Y si la entrega es despreciada, le queda muy poco interés por el futuro.

Se puso los pantalones.

–Vamos, es hora de que volvamos al campamento.

En su voz ya había un tono práctico, totalmente carente de emoción, que no invitaba a cuestionamientos.

Will captó la señal, se vistió también, y los dos regresaron caminando al campamento, en el mismo silencio en que habían llegado al río.

Portia permaneció acurrucada tras el arbusto largo rato antes de regresar, ella también, junto a las hogueras del campamento.

–Y bien, ¿qué piensa?

Cato bajó su anteojo y se volvió hacia el hombre que había hablado junto a él. Oliver Cromwell era un hombre robusto, de cabello revuelto y un aspecto general de desaliño. Llevaba el cuello sucio, el jubón manchado de grasa, el pelo adherido al cráneo.

–Aún quedan unas cuatro horas de luz – respondió Cato, pensativo-. Y, por las hogueras encendidas para cocinar, los sorprenderemos.

–Eso mismo – dijo Cromwell, frotándose las manos, satisfecho-. ¿Qué opina, Fairfax?

Lord Fairfax alzó la augusta nariz y olfateó el aire.

–Me parece que no es de un caballero – comentó-, caer sobre el enemigo cuando está reunido en torno al fuego, a punto de empezar a comer. Aunque eso nos dará una ventaja decisiva, sin duda.

–Así es; no se puede decir que la guerra sea un asunto de caballeros –

repuso Cato.

Levantó de nuevo su anteojo y miró al otro lado del páramo, donde estaban las hogueras del enemigo. ¿Estaría Rufus Decatur entre los integrantes de la fuerza realista? Era probable; en ese caso, si los dos sobrevivían a los azares de la batalla, existía la posibilidad de que se encontrasen en el campo. Ese encuentro daría fin, de un modo u otro, al conflicto de los padres de ambos. Si él mismo moría ese día, ya fuese a manos de Decatur o en el campo de batalla, no quedarían herederos que perpetuasen el conflicto. Ésa no era una carga que cayera sobre los hombros de las hijas. Y, por el mismo motivo, Rufus Decatur no tenía herederos legítimos que cargasen con el peso de la venganza en nombre de la casa Rothbury.

Cato no tenía conciencia de que sus labios estaban fuertemente apretados cuando salió de su concentración para reanudar la conversación que se desarrollaba junto a él.

–Ellos deben de tener sus anteojos enfocados sobre nosotros, del mismo modo que nosotros los observamos a ellos – comentó lord Leven, y cerró la boca para poder pensar-. Ellos verán cualquier preparativo de ataque que se haga abiertamente.

Los ojos de Cromwell chisporrotearon de entusiasmo y, cuando habló con convicción y autoridad, sus oyentes supieron con certeza que había trazado hacía tiempo su plan de batalla.

–Si Fairfax conduce a su fuerza en un ataque por el flanco derecho, el bosque ocultará su avance, y si los escoceses atacan por el flanco izquierdo, a lo largo de los primeros cien metros, quedarán ocultos por aquella colina –

dijo, señalando la pequeña elevación a la que aludía-. El cuerpo principal del ejército hará un ataque frontal en cuanto vosotros hayáis sorprendido al enemigo.

–Sí, de ese modo, ellos estarán demasiado concentrados en nosotros para advertir vuestra presencia – dijo lord Leven frotándose las manos y riendo entre dientes-. Yo calculo que, con las últimas luces del día, habremos ganado.

No era frecuente que el sombrío escocés adoptase una actitud tan optimista, sin embargo, los tres hombres sintieron un impulso de confianza mientras imaginaban cómo se transformaba en pánico y desorden la apacible escena de un ejército reunido en torno a sus hogueras cuando se producía un ataque inesperado y total.

–Adelante, pues.

Cromwell lo dijo en tono decidido y, tras un breve apretón de manos, los cuatro se separaron para ocuparse de sus respectivos arreglos.

Portia estaba en cuclillas junto a una hoguera, comiendo una salchicha ensartada en su daga, mientras jugaba a los dados con los hijos de dos granjeros de Cumbria, ambos aterrorizados ante la perspectiva de la batalla que se aproximaba pues era su bautismo de fuego. La conversación despreocupada de Portia, sumada al hecho de que estaba ganando constantemente en el juego, contribuyó a que ellos apartaran la mente del miedo; eso hizo pensar a Portia que estaba ofreciendo un buen servicio a la comunidad, al mismo tiempo que forraba sus vacíos bolsillos.

La conversación que había captado entre Rufus y Will le provocaba, alternativamente, cimas de esperanza y abismos de desesperación. Rufus había dicho que la amaba. Pero también había hablado con cruda llaneza de la destrucción de ese amor. Y el tiempo estaba acabándose. Esa noche, ella tendría que encontrarse con él. Se prometió que terminaría esa partida e iría a verlo.

Los primeros sonidos confusos, gritos, disparos de fuego de mosquete, el batir de miles de cascos, el entrechocar de aceros llegó en el preciso momento en que ella estaba recogiendo un puñado de monedas acompañada por los vigorosos juramentos de sus compañeros de juegos. El grupo de hombres que estaba reunido alrededor del fuego se levantó de un salto, abandonando comida y jarros de cerveza y asiendo sus armas que estaban sobre la hierba junto a ellos. Se produjo un pandemonio en el que cientos de soldados corrían de un lado a otro como gallinas decapitadas, hasta que el sargento bramó pidiendo orden y entonces se detuvieron, mientras seguían oyéndose los ruidos del ataque desde atrás del pequeño grupo de árboles donde habían hecho su vivac.

Portia se escabulló entre los árboles sin ser vista. Ella no había ido a Marston Moor a pelear y morir en el campo de batalla, a exponer a su hijo, aún no nacido, a un peligro sin sentido. Descubrió que su mente pensaba

con prístina claridad, su cuerpo se movía con fluidez en medio de los árboles a medida que se aproximaba al lugar de la lucha.

Para ella fue evidente que el ejército rebelde había lanzado un ataque sorpresa, y sus pensamientos estaban ahora concentrados, con mortífera precisión, en los hombres de Decatur. Ella sabía que habían hecho vivac en el flanco derecho de la línea y podía oír la ferocidad de la batalla que llegaba desde aquella dirección mientras enfilaba hacia esa posición.

Un caballo pasó sin jinete entre las malezas y un magnífico potro negro de pelea caracoleó ante ella. El oficial de caballería que lo montaba resplandecía de sedas y encajes, y trazó un floreo con su espada curva.

–¡Eh, tú! – Se levantó sobre los estribos, mientras su caballo avanzaba y retrocedía, sujeto a rienda corta-. ¿De qué batallón eres?

–Del de Decatur – respondió Portia.

–Entonces, ¿por qué no estás con ellos?

Su espada trazó un amplio arco en el aire que habría cortado a Portia en dos si ella no hubiese retrocedido de un salto. El rostro del militar estaba enrojecido de furia y de pánico y sus ojos, inyectados en sangre y salvajes.

–Estaba visitando otro vivac, señor – boqueó ella. El hombre la había tomado por un desertor-. Iba de regreso a mi compañía. ¿Qué sucede, señor?

–Vuelve con tu compañía. Tu sargento te dirá lo que necesitas saber.

Hizo girar a su caballo y se alejó galopando por entre los árboles.

Portia se encaramó a un roble, sintiendo que su sangre le golpeaba en los oídos, y que su boca se resecaba de miedo. No sentía miedo por sí misma. Después de haber trepado hasta la mitad del árbol, se acomodó en una curva del tronco, a horcajadas sobre una gruesa rama. Si apartaba la cortina de hojas que tenía delante podía tener una buena vista del páramo.

Al principio, no pudo entender qué estaba sucediendo. La escena era apocalíptica. No podía distinguir a los realistas de los rebeldes en medio del caos. El humo de los mosquetes y los cañones oscurecía sectores del campo y se despejaba de repente dejando ver el suelo sembrado de cuerpos de hombres y caballos que se retorcían. Los caballos sin jinete echaban a galopar a campo traviesa, presas del pánico, pisoteando a los muertos y a los heridos bajo sus cascos herrados; los infantes vagaban, aturdidos, en círculos entre los combatientes, buscando a sus compañeros, sin advertir

que presentaban un blanco para los caballos al galope, y las espadas de la caballería que dispensaban la muerte desde arriba.

Portia, sumida en un trance de repulsión y espanto, observaba la batalla sintiendo que invadía sus narices el horrible olor de la sangre, perforaban sus oídos los gritos de los heridos, los gritos ebrios de sangre de los atacantes. Vio a un oficial realista, con la cara bañada en sangre, su gorguera de encaje desgarrada, su jubón de cuero rasgado desde el cuello a la cintura por una espada olvidada y, quizá, no advertida, que gritaba a un grupo de lanceros, haciéndolos formar una línea. Ellos echaron a correr, con las lanzas en ristre, abalanzándose sobre una hilera de la infantería rebelde que, de inmediato, hizo una descarga de mosquetes; cuando el humo se disipó, vio los cadáveres de los lanceros que yacían sobre el suelo enrojecido como muñecos rotos y el cuerpo sin cabeza del oficial que los había conducido, a pocos metros, al frente de ellos.

Ahora, Portia ya podía diferenciar a los dos bandos opuestos. Y ahora veía, con horrible claridad, que el ejército realista estaba siendo superado por completo. De todos modos, eran superados en número y, al ser tomados por sorpresa, no tenían posibilidad de rehacerse, ni de repeler el abrumador ataque de un número mayor de soldados.

Y Portia sólo podía ver una parte del campo de batalla, el sector donde estaban los hombres de Decatur. Desde su puesto de observación no podía distinguir a cada uno de ellos pero sabía que Rufus y sus hombres debían de estar allí, luchando en ese campo ensangrentado.

Y entonces vio el estandarte de Decatur, el águila orgullosa de la casa de Rothbury que se elevaba por encima de la carnicería. Quiso estar allí, en el campo, luchando con sus amigos y camaradas bajo ese estandarte. Había perdido la oportunidad de aclarar las cosas entre ellos antes de la batalla, y ahora, lo único que les quedaba era compartir este terrible peligro, de estar junto a su amado, junto al padre de su hijo por nacer. Y fue un deseo tan intenso que le pareció que iba a llevarla, como un viento fuerte, al centro de la batalla sin la menor participación de músculos y articulaciones.

Pero se quedó donde estaba, sobre la rama, su mano protectora apoyada en el vientre, sus ojos fijos en la carnicería, su corazón desbordante de un miedo indecible.

Rufus veía caer a los hombres a su alrededor. Vio caer a George, el hombre que tanto le había enseñado en lo que se refería al mando de los

hombres, de las cuestiones básicas de la batalla, el que le había enseñado cómo enfrentar las duras realidades de la vida y a apropiarse de ellas, estando fuera de la ley.

Rufus se abrió paso a la fuerza en medio de ese caos rojo, el espantoso brillo de la muerte, para llegar junto al caído. Pero George estaba muerto, con los ojos vueltos hacia arriba, hacia el cielo anaranjado, mientras su estoico realismo y su plácida sabiduría se escapaba de él en la sangre que se coagulaba bajo su cabeza.

Rufus cerró los ojos de George y se enderezó lentamente. Ajax coceó, alzó la nariz al viento y puso los ojos en blanco. Rufus hizo girar a su caballo, de vuelta hacia la batalla. Vio que Paul, que portaba el estandarte Decatur, caía de su caballo abatido por un sablazo de un «Cabeza redonda», Ajax, azuzado por las espuelas, atravesó el cerco de hombres que rodeaban al caído.

Rufus se inclinó y levantó el estandarte que había caído de los dedos laxos de Paul. Ahora, Rufus sólo luchaba por la vida de los hombres que habían estado bajo el estandarte Decatur. Los hombres que habían compartido su vida de bandido, que habían tomado su lucha como propia.

Él los había arrastrado a ella en persecución de sus propios fines, y les debía todo, tanto a los vivos como a los muertos: la victoria final de la casa de Rothbury.

Guió a su caballo hacia lo más denso de la lucha. Hirió a los enemigos del Rey que se interponían en su camino, participó en escaramuzas cada vez que se requería su ayuda, pero en ningún momento dejó de buscar. Un disparo de mosquete silbó junto a su oído, unas espadas relucieron tan cerca que sintió el viento que agitaba su cabello, pero él y Ajax siguieron avanzando por el lodo revuelto y la sangre del campo de batalla hasta que, por fin, Rufus vio el estandarte de la casa de Granville.

Vio a Cato, marqués de Granville, montando un potro tordo, arengando a sus hombres con grandes gritos de triunfo, levantándose sobre sus estribos mientras los exhortaba a dar la embestida final que derrotaría al ejército del Rey de una vez y para siempre.

–¡En este campo de Marston Moor se asegurarán los derechos de los agricultores honestos de Inglaterra!

La voz de Cato se elevó, vibrante, llena de convicción, y sus hombres respondieron con un rugido a la convocatoria. Se abalanzaron sobre las filas

dispersas de las fuerzas realistas y, al mismo tiempo que el caballo de Cato avanzaba delante de ellos, Rufus Decatur guió a Ajax, cruzándolo directamente en la trayectoria del tordo.

Hubo un momento de confusión, pero pasó. A Cato se le aclaró la visión, pudo controlar a su caballo y los dos hombres se enfrentaron cara a cara, en medio del torbellino de muerte, que se esfumó en la distancia como los cencerros de las vacas en un campo de pasturas alpino.

–Muy bien, Decatur – dijo Cato en medio del silencio que los rodeaba, apartándolos del mundo como las espinosas zarzas que cubrieron el castillo de la Bella Durmiente.

–Granville.

Bastó con ese parco saludo. Rufus hizo girar a Ajax hacia un lado y se apartó de la refriega. Cato lo siguió. Ahora, los dos hombres estaban concentrados en la culminación del conflicto personal que había teñido su vida, sus decisiones, sus emociones desde la niñez.

Llegaron a una esquina tranquila del campo de batalla. Por tácito y mutuo consentimiento, tiraron de las riendas y desmontaron.

Rufus hincó el estandarte Decatur en el blando suelo y se quitó el yelmo y el peto. Cato se quitó la armadura y, cuando ambos estuvieron cubiertos sólo con los pantalones y el jubón de cuero, se volvieron y quedaron cara a cara.

–¿Espada? – preguntó Cato, casi indiferente-. ¿O espada y daga?

–No tiene importancia – dijo Rufus, con la misma remota cortesía.

Cato dijo:

–Sólo espada, entonces.

Sacó la daga cuya vaina colgaba de su cinturón y la arrojó al suelo, a unos metros de él.

Rufus hizo lo mismo. Y luego, sacó la espada. Quedaron uno frente al otro.

Portia no sabía qué la movía cuando bajó de su puesto de observación.

Había instintos y premoniciones que la controlaban, y ella no los discutía.

Sólo entendía que la batalla estaba perdida para los soldados del Rey. Y no se trataba de una pérdida poco importante, de una pérdida que pudiera ser negociada sino de una aplastante derrota que acabaría con la causa del Rey en el Norte, si no en todo el país.

Pero también entendía que en alguna parte de ese ensangrentado campo encontraría a Rufus, vivo o muerto. Si estaba muerto, ella hallaría su cadáver. Era suyo. Sería todo cuanto a ella le quedaría. No había habido reconciliación, pero ella hallaría su cuerpo y haría las paces como pudiese.

Él había sido su amor. Y ahora ella llevaba dentro de sí una parte de él.

Portia echó a andar sobre el campo de batalla de Marston Moor. La estrella vespertina se veía, aunque pálida. En poniente, el cielo se había puesto rojo. Anduvo entre los cadáveres, en medio de los heridos, entre pequeños grupos que aún peleaban, como si fuese un fantasma, invisible e intocable. No oía las quejas de los heridos, los gritos que pedían agua, los relinchos de los caballos caídos. No sentía el olor de la sangre, no percibía la tierra empapada bajo sus pies. Caminó hasta que vio el estandarte Decatur que se agitaba en el viento, cada vez más fuerte.

Oyó el choque de las espadas. En la quietud fantasmagórica del atardecer, al principio sólo se oía ese sonido. Después, Portia percibió el resuello, la respiración profunda, pesada de hombres que se esforzaban en algo. Oyó el ruido sordo de pies calzados con botas que se movían, decididos, sobre el suelo blando. Pero no oyó voces.

Del mismo modo instintivo en que había bajado del roble media hora antes, Portia avanzó hacia esos ruidos con pasos silenciosos, y su cuerpo iba deslizándose en la media luz del atardecer.

Vio a los dos hombres en su complicada danza de la muerte. Las espadas eran como peces de plata que se entrelazaban, bailaban, saltaban enmarcadas por la luz muriente. Sus cuerpos poderosos habían perdido fuerza y sustancia, en cierto modo, para la observadora, y se habían convertido en algo más parecido a espíritus que bailaban una danza, mortal pero bella.

Entonces, irrumpió la lucidez, haciendo pedazos el extraño trance en que Portia estaba sumida, arrojándola otra vez con fuerza explosiva al mundo de la realidad viviente. Y ella pudo ver lo bien emparejados que estaban y comprendió cómo debía terminar esta danza. Uno de ellos debía morir. O los dos.

En ese momento, Portia sintió que la invadía una ira tan feroz que eclipsó cualquier otro sentimiento. ¿Acaso no entendían cuánto se los amaba? ¿No entendían que muchas personas dependían de su fuerza, de su compasión, de su amor? ¿No comprendían cuánto debían a las personas que

los amaban y que dependían de ellos, y de cuyo amor y comprensión ellos, a su vez, dependían?

Metió la mano en su bota y sacó el cuchillo. Lo sostuvo con aplomo, con sus ojos entrecerrados, enfocados en las espadas idénticas. Los dos hombres no advirtieron su presencia en las sombras; no advertían nada que no estuviese relacionado con esta pelea. Portia, en cambio, sentía su cabeza lúcida como nunca la había sentido. Ella era un soldado planeando una intervención, y observó con frialdad, sin emoción, esperando el momento justo.

Y cuando ese momento llegó, ella lo supo. No vaciló. El cuchillo salió disparado de su mano chocando con la espada de Cato y provocando una explosión de chispas, en el preciso momento en que él atacaba debajo de la guardia de su rival. La espada de Cato resultó desviada y Portia se abalanzó hacia el espacio que había entre ambos hombres. Cayó de rodillas e inclinó la cabeza bajo las espadas en equilibrio.

Un silencio atónito envolvió a los tres. Rufus bajó la espada y dio un paso atrás. Cato hizo lo mismo. Portia levantó la cabeza.

Rufus arrojó su espada. Se inclinó, sujetó a Portia por las axilas y la obligó a ponerse de pie. Sin soltarla, la sacudió. La apoyó sobre sus pies, la tomó de los hombros y la sacudió hasta que ella creyó que su cabeza iba a rodar por los hombros.

–¡Cómo te atreves! ¡Cómo te atreves a hacer algo tan temerario, tan indeciblemente estúpido! – vociferó-. ¡Podría haberte matado!

La apretó contra su cuerpo, estrechándola en el cerco de sus brazos, dejando fluir su furia en torrencial elocuencia sobre la coronilla de Portia, al mismo tiempo que le acariciaba el pelo, le apretaba la nuca, la aferraba por los delgados hombros.

Portia forcejeó para soltarse pues su propia ira aún seguía creciendo.

Sollozó de rabia y recordó su frustración y su intensa alegría al saber que Rufus la amaba. La sintió en sus manos, a pesar de su rudeza, y en su voz, a pesar del salvajismo de su tono. Pero no podía distinguir sus propias emociones, y siguió dominando en ella la cólera ante lo que había acabado al dar con ellos en ese lugar.

–¿Cómo pudiste hacer esto? – exclamó ella, soltándose por fin de los brazos de Rufus-. ¡Los dos!, ¿cómo pudisteis? ¿No ha habido suficiente muerte por hoy? – Se volvió hacia el atónito Cato, haciendo un ademán que

lo abarcaba todo-. ¿Qué importancia tiene que vuestros padres se odiaran?

¿Qué peso puede tener en la balanza de vuestras vidas? ¿En la vida de vuestros hijos?

–Un minuto… – dijo Cato, alzando una mano en imperativo gesto, pidiendo silencio, pero a Portia ya nadie podría detenerla.

–¿Qué le sucederá a Olivia? – quiso saber ella-. Si usted muere en este enfrentamiento sin sentido con Rufus, ¿qué pasará con sus hijos? ¿Acaso creéis que a ellos les importa un comino lo que ha ocurrido hace treinta afios? Ellas quieren a su padre, ellas necesitan…

–¡Cierra la boca! – exclamó Cato, recuperando el sentido e interrumpiendo su discurso con tanta fuerza que, pese a la energía que le daba su convicción, Portia se detuvo en mitad de una frase-. ¡No permitiré que una mocosa me hable de ese modo! – dijo-. Por todos los diablos, ¿de dónde has salido tú?

–¿Qué importancia tiene eso? – replicó ella, haciendo un gesto desdeñoso con la mano al tiempo que se volvía hacia Rufus.

Sus ojos eran de fuego verde; su cabello ardía con energía propia; lo intenso de su necesidad de detener esa locura hacía vibrar todo su cuerpo.

–¿Qué me dices de los niños, Rufus? ¿Estás dispuesto a dejarlos huérfanos, como fuiste tú? ¿Exiliados sin casa ni familia? ¿Quiénes serán ellos? ¿Qué tendrán, después de que tú hayas entregado la vida por una estúpida venganza?

Ella lo miró a los ojos, vio cómo cobraban vida los demonios, pero los ignoró, se acercó a él y alzó la cara para poder dominar a esos demonios.

–¿Y qué me dices de este niño, Rufus? – preguntó, apoyando una mano en el vientre-. Yo no estoy dispuesta a tener un hijo sin padre.

Esa llana declaración quedó suspendida entre los dos. Cato dio un paso atrás, como si se apartase de algo donde no había sitio para él.

Rufus oyó las palabras de Portia. Vio la mano apoyada en el vientre. Y

recordó a su madre en esa misma actitud, protegiendo al hijo sin padre que llevaba dentro de sí. Recordó a su hermana recién nacida azulada, cerosa, manchada de sangre.

–¿Mi hijo?

Su voz resonó extrañamente hueca, como si no pudiese captar la idea.

Portia sólo percibió el signo de interrogación.

–¿De quién podría ser si no? – le espetó ella, sintiendo que se le cerraba la garganta-. ¿O acaso crees que he estado acostándome con toda la aldea Decatur?

Hubo un momento de silencio y pareció que los tres contenían el aliento en esa oscuridad que los encerraba.

Hasta que Rufus dijo, en voz baja:

–Tal vez yo merezca muchas cosas, patito, pero eso no.

Portia se volvió de espaldas a él haciendo un gesto vago.

–¿Cuánto hace que lo sabes? – preguntó Rufus, apoyando una mano sobre el hombro de ella, pero sin obligarla a girar hacia él.

–Desde el sitio… o poco antes, creo. Pero, como no sé mucho de estas cuestiones, no estaba segura.

Se volvió a medias hacia él, aunque su voz seguía siendo tensa.

–¿Por qué no me lo dijiste, amor?

–Primero, no estaba segura, y después, tú no estabas demasiado receptivo – replicó, asombrada de no poder aplastar esa amargura. Se preguntó por qué, ahora que todo iba a arreglarse entre ellos, el dolor que había sufrido las dos semanas anteriores caía sobre ella abrumándola con una renovada pena que ella necesitaba superar-. Esa noche, no me habrías escuchado, ¿no es cierto? ¿Lo habrías hecho?

–No.

Ese monosílabo encerraba toda una vida de remordimientos. Rufus sintió un fuerte impulso de abrazarla, de aliviar la herida que reflejaba la crispación de su frente, de borrar la amargura que reflejaban sus ojos, de rogarle que lo perdonara, pero ella se mantenía alejada de él, rodeándose de agudas espinas de dolor y de ira que formaban un cerco protector a su alrededor.

–Yo fui al castillo porque quería… necesitaba… hablar con…

Portia calló, se pasó las manos por el pelo apartándolo de su frente. Su ira se había agotado y los muros protectores cayeron a sus pies, hechos polvo.

–¿Olivia?

Portia asintió. Rufus no encontró palabras con que expresar su pena, pero supo que ya podía abrazarla. La atrajo hacia él, aferrándole de nuevo la nuca con la mano del modo que ella conocía, y que le brindaba tanta paz y tanto contento.

–Perdóname- dijo, en voz ronca, sintiéndose culpable por lo que le había hecho en su ceguera y su amargura-. Yo no sabía qué era el amor hasta que te conocí.

Cato había permanecido a un lado, en silencio, escuchando sin moverse.

Había muchas cosas que no entendía de qué modo sucedían entre estas dos personas y, sin embargo, la fuerza de las emociones que vinculaban a la hija de su hermano con Rufus Decatur era casi palpable. Envainó su espada, destruyendo la intensidad del momento con una serena pregunta:

–Decatur, ¿debo entender que mi sobrina está preñada con un hijo suyo?

–Así parece, Granville – respondió Decatur, posando su intensa mirada azul, un tanto burlona, sobre el marqués de Granville, por encima del brillante halo naranja que rodeaba la cabeza de Portia-. Yo diría que nos une algo más que la sangre derramada.

–Portia es digna hija de su padre – comentó Cato, sonriendo también con cierta ironía, encontrando con su mirada la del conde de Rothbury-. Y, tal como su padre, ha labrado su propio destino sin tener en cuenta formalidades ni costumbres. Me gustaría desearos felicidad, Decatur, pero dudo de que la acepte…

Se encogió de hombros y se quedó sin palabras.

–Mi padre no era un hombre amable. Él estaba convencido de que uno tenía que cumplir con su deber sin consideración a las emociones ni a los lazos sentimentales. Su padre se puso en contra del Rey… el mío aceptó un cometido que le confió el Rey para ejecutar la justicia en desmedro de su padre.

Cato lanzó una breve carcajada.

–En nuestras actuales circunstancias, parece una ironía. Mi padre no habría tenido escrúpulos en entregarme al verdugo por la postura que he adoptado ahora, en contra del Rey.

–Pero yo sé que cada soberano de ganancia proveniente de las propiedades Rothbury está contabilizado, desde la muerte de su padre. Le pido que lo crea. Yo no puedo deshacer el daño que mi padre pueda haber hecho al suyo, haya sido real o imaginario. Pero puedo olvidar el conflicto entre ellos en nombre de este niño por nacer, si usted también puede hacerlo.

Aunque su tono era seco, el sentimiento que expresaba era generoso.

Rufus sintió a Portia moverse contra él. Sintió ondular su piel, sintió que

aspiraba bruscas bocanadas de aire. Y entonces, por fin, comprendió que aquellos demonios que habían gobernado su vida no eran suyos sino de su padre, un hombre de temperamento impaciente y precipitado, pronto a ver la ofensa donde nadie había tenido intenciones de ofender, y pronto a sospechar traición.

Dos temperamentos inflexibles habían chocado treinta años antes, y ya no era necesario que los escombros de aquella colisión perturbasen la vida de sus hijos y de sus nietos. No sería fácil arrancar de sí aquellos aspectos de la vida de su padre que habían contribuido a generar la tragedia que causara tantas pérdidas y arruinara tantas vidas. Pero lo haría.

Rufus tomó la mano de Portia.

–Granville, ¿quiere usted dar a su sobrina en matrimonio al conde de Rothbury?

–No estoy seguro de que me corresponda hacerlo – respondió Cato sonriendo; su rostro se había transformado, ahora mostraba una expresión casi maliciosa. Tomó la mano libre de Portia-. Esta dama tiene voluntad propia. ¿Tú deseas esta unión, Portia?

–Sí.

Esa palabra fue más que suficiente.

Rufus sintió que ése era el momento hacia el cual lo habían conducido el resto de los momentos de su vida. Además, se sintió ligero como el aire.

–Entonces, lo haremos ahora – dijo, decidido-. Granville, ¿podría buscar un capellán?

–Una boda al son de los parches – dijo Cato, pensativo, sin abandonar esa sonrisa pícara-. Me suena bastante apropiado para una novia en pantalones – dijo, yendo hacia su caballo-. Estaré de vuelta dentro de media hora.

–¡No podemos casarnos aquí! – protestó Portia-. Yo no quiero ser una novia en pantalones.

–Mi querido patito, yo no estoy dispuesto a dejar pasar una hora más antes de dar un comienzo más correcto a esta trajinada unión – aseguró Rufus, en tono tan decidido como antes-. Por otra parte, tú siempre llevas pantalones; por lo tanto, no veo qué importancia puede tener lo que lleves ahora.

–Pero yo no estoy hecha de la madera necesaria para ser condesa –

repuso Portia, sin saber por qué seguía interponiendo objeciones y no podía

contenerse-. ¡Soy la hija ilegítima de un bastardo Granville! ¿Cómo podría convertirme en la condesa de Rothbury?

Rufus la hizo girar hacia él, le tomó la cara con ambas manos y la miró atentamente a la luz cada vez más tenue del anochecer.

–Portia, ¿qué tontería es ésta?

Ella se encogió de hombros.

–No sé. ¿Es una tontería, Rufus?

–Una redomada tontería – confirmó él-. Y será mucho mejor para los dos que nunca más vuelvas a permitírtela.

–Claro que, tú tampoco estás hecho de la madera de que se hacen los condes – observó Portia con súbita sonrisa.

–Muy cierto – dijo él, acariciándole la cara, recorriéndole con los dedos enguantados la curva del mentón; cuando volvió a hablar, su voz era suave e intensa-. Tú eres el aliento de la vida para mí, mi amor. No puedo soportar el recuerdo del daño que te he hecho, pero te juro que te honraré, te amaré y te cuidaré hasta el día en que me muera.

Más tarde, Portia respondió a aquellos votos con los suyos, bajo las instrucciones de un capellán un tanto desconcertado, a la luz titilante de una lámpara apoyada sobre un tambor dado vuelta. Ella sintió que la mano de Cato oprimía con firmeza sus dedos cuando entregó su mano a Decatur, y que Rufus la asía con la misma firmeza. Éste deslizó en su dedo su propio anillo de sello, con el águila de Rothbury grabada en el oro. El anillo se deslizó con holgura por su dedo largo y fino, y ella lo sujetó con el pulgar para no perderlo.

Su noche de bodas con Rufus transcurrió buscando a los hombres que habían luchado bajo la bandera Decatur; cuando rompió el alba, ella se quedó dormida sobre la silla de Ajax, sostenida por su esposo, mientras Will conducía a Penny como había sucedido antes, en una fría noche de invierno, cuando la causa del Rey todavía era fuerte.

Rufus condujo a su derrotada fuerza de regreso a la aldea Decatur; allí, en renovada e inexpresable gratitud, tomó a su novia, la poseyó y fue poseído, a su vez. Y cuando ella yacía sobre su pecho, en ese glorioso momento entre el sueño y el despertar, su piel humedecida por la pasión, su cuerpo laxo por la culminación, Rufus sintió una dicha y una certidumbre que nunca hubiese creído posibles.