La guerrera

Jane Feather · Capítulo 16 de 26

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La guerrera

Capítulo 14

Brian abrió la boca para responder pero luego empujó su silla hacia atrás con tal violencia que la volcó en el suelo. Salió corriendo del salón, mientras un gemido brotaba de sus labios.

Cato empezaba a alarmarse.

–Tal vez debas enviarle al médico, Diana.

–Sí. Sí, lo haré de inmediato – dijo ella y salió deprisa. Portia dijo:

–Si me disculpa, lord Granville, creo que debo ir a la guardería a ayudar a Jane con las pequeñas.

Olivia se levantó de un salto, se excusó y salió, pegada a los talones de Portia, dejando a su padre solo en la mesa del desayuno.

–¿Qué has puesto en la cerveza? – preguntó Portia en un risueño murmullo, empujando a Olivia hacia una ventana que había en el corredor.

–Una generosa dosis de sen – respondió Olivia, lanzando una carcajada-Él se pa… pasará to… todo el día en la silla del excusado, pu…

purgándose.

–Oh, qué muchacha astuta – dijo Portia, en tono de aprobación-Has estado brillante.

Olivia resplandeció de gusto.

–Yo supongo que él se marchará muy pronto – dijo Portia-Es raro que una persona se quede mucho tiempo en los lugares donde ha hecho el ridículo… o donde le han hecho hacer el ridículo – agregó, con aire pensativo-Será conveniente que vaya y me porte bien con Janet.

Se alejó saludando con la mano, y Olivia llevó la suya al medallón que colgaba de su cuello. Lo abrió y sacó el anillo de cabello trenzado de tres colores. La amistad era la fuerza más poderosa. Era capaz de ahuyentar a los demonios, incluso.

14

¿Qué estarían llevando al interior del castillo? Portia se arrastró hacia delante para poder tener una vista mejor del foso a través del sumidero del excusado. Estaba presenciando la misma escena que había visto antes: hombres que descargaban mulas y desaparecían con su carga bajo el puente levadizo, pasando por la entrada escondida a los sótanos. Igual que la vez anterior, la operación se desarrolló en absoluto silencio, bajo la supervisión de Giles Crampton.

Portia reptó hacia atrás y se incorporó en ese estrecho espacio. Lo que había visto le fascinaba e intrigaba, al mismo tiempo. Sin duda, estaría relacionado con la guerra. Cato estaba reuniendo algo para contribuir al esfuerzo bélico. Pero ¿qué era?

Las expediciones que Portia hacía cada noche la tenían absorbida desde que había regresado al castillo Granville y la ignominiosa huida de Brian Morse. Ella era consciente de que siempre estaba buscando alguna señal de Rufus o de sus hombres. Una silueta familiar que se escurriese en las sombras, una voz conocida que susurrara en la oscuridad. Un hombre viejo, de espalda encorvada, que anduviese por allí arrastrando los pies, vestido con ropa de campesino, de tela casera. Si Rufus era capaz de espiar en el corazón mismo de los dominios de Cato no era imposible imaginar que él o alguno de sus hombres estuviese por allí observando, bajo alguna forma o figura. Portia no sabía qué haría si llegaba a divisar a alguno de ellos… o al propio Rufus. ¿Los enfrentaría? ¿Se ofrecería a ayudarlos en su espionaje?

Ridículo: ella era el enemigo. Rufus no aceptaría su ayuda.

Con amargura, se dijo esto mismo muchas veces; aun así, sus acciones no cambiaron. En ocasiones, su rapto le parecía un sueño, y la necesidad de recordarse que aquello había sucedido en realidad – que de verdad había pasado todo lo que había desencadenado aquel rapto- era como una comezón que debía rascarse.

Por eso, se deslizaba por el castillo imaginando que estaba reuniendo información para Rufus Decatur, aun sabiendo que jamás podría transmitirle esa información. Con todo, eso le daba un propósito, le proporcionaba cierto sentido, aunque torcido, en medio de su confusión y dolor.

Ella se arrebujó en su capa, salió deprisa del agujero y echó a andar junto a las almenas. Bajó a la carrera un tramo de escalera de piedra cortada en el muro de cortina, para salir al patio exterior. El viento de la noche movía la llama de las antorchas que proyectaban sombras fantasmales sobre los adoquines.

Portia se deslizó pegada a las paredes, buscando los charcos de sombra, hasta que llegó al portillo. Estaba abierto y así ella pudo oír los sonidos que provenían del foso más abajo. El centinela, junto con los hombres de Giles, estaba descargando las mulas.

Ella se escabulló por la puerta. Entre los muros y el foso sólo había una franja cubierta de hierba, de unos quince centímetros de ancho, apenas.

Portia se aplastó contra la pared y avanzó de costado, de puntillas hasta que llegó al punto donde estaba a salvo de la luz de las antorchas que iluminaban el puente levadizo. Allí permaneció inmóvil, pegada a la pared, y escuchó. Desde el grupo que estaba abajo, trabajando, le llegaban las voces quedas pero nítidas.

–Ésta es la última mula, sargento.

–Está bien. Cierre la puerta al salir.

–Sí, señor.

Se oyó un chirrido de goznes que pedían aceite, luego un golpe sordo y la luz de la antorcha se apagó. Desde la oscuridad llegó un tintineo de arneses y Portia dedujo que se estaban llevando las mulas ya descargadas.

Oyó pasos sobre el puente levadizo, luego se cerró el portillo y ella quedó sola, fuera del castillo.

¿Y ahora, qué haría? Se sentó y resbaló sobre su trasero por la orilla, hasta el foso cubierto de hielo. La oscuridad era absoluta y el bulto enorme del puente levadizo se cernía sobre su cabeza. Encontró el camino a tientas por la pared, sintiendo el frío y la humedad de las gruesas piedras, hasta que quedó directamente debajo del puente. En algún punto del muro estaba la puerta secreta. Sin luz, la fina línea no se distinguía, pero ella ya la había visto y sabía que no estaba a más de un metro sobre la superficie del foso.

Se quitó los guantes para tantear la pared y los dedos se le enfriaron de inmediato.

Ah; ahí estaba. Una línea casi imperceptible entre las piedras. Era demasiado recta para que fuese una rajadura casual. La recorrió hasta su borde horizontal y luego bajó por los costados, palpando en busca de un picaporte, una palanca, algo que permitiese abrirla desde fuera.

Nada. Las piedras no eran más que duros e inflexibles bloques de hielo.

¡Y ella había quedado fuera del castillo a las dos de la madrugada!

Mientras se mordía el labio inferior, Portia extendió su búsqueda pasando las palmas sobre las piedras a lo largo de la línea. Todavía, nada.

Tenía las manos tan frías que no podía percibir nada. Se puso otra vez los guantes, temblando violentamente y se apoyó en la pared tratando de pensar qué haría a continuación.

La pared se abrió a su espalda. Fue tan repentino que cayó hacia atrás.

No había dintel y ella se tambaleó hacia atrás, en un vacío negro, agitando las manos para aferrarse a algo. A duras penas logró mantenerse en pie aferrándose a la losa de piedra que giraba pesadamente hacia dentro.

Estaba dentro del castillo, mirando hacia fuera, hacia el foso. A sus espaldas, todo era negrura absoluta; delante, la oscuridad menos intensa de la noche. En cuanto cerrara la puerta, quedaría a ciegas.

Permaneció inmóvil, aguzando el oído en la oscuridad que había atrás de ella. Pudo oír la sangre rugiendo en los oídos, el corazón golpeando en las costillas. ¿Haría suficiente tiempo que los hombres se habían marchado?

¿Corría peligro de toparse con ellos? Miró hacia atrás y sólo pudo ver un túnel bajo y estrecho que desaparecía en la oscuridad.

Todo estaba en silencio. Un silencio tan completo que era aterrador.

Portia tuvo que emplear más valor que el que ella creía poseer para cerrar la puerta, pero lo logró. El mismo chirrido, el mismo golpe sordo, y ya estaba de pie, en medio de la más absoluta oscuridad y el más completo silencio.

Se volvió, apoyó las manos a ambos lados en las paredes y echó a andar, bajando la cabeza y los hombros. Poco a poco, el cielo raso subía y pronto pudo erguirse. La oscuridad se hizo menos densa a medida que sus ojos se habituaban a ella y, al escudriñar ante sí, le pareció detectar un matiz gris en medio de la negrura.

Entonces, vio un parpadeo de luz: una antorcha. Se paralizó, apretándose contra la pared al mismo tiempo que su corazón se aligeraba al ver signos de aproximarse a lugares habitados. No se oía ningún sonido y la luz seguía en el mismo sitio, parpadeando como a influjos de una brisa.

Avanzó deslizándose, otra vez, manteniéndose junto a la pared. El túnel comenzó a abrirse y ella vio la entrada a poca distancia, delante de ella.

Entonces, oyó voces: la de Cato y la de Giles Crampton.

–Pienso que por ahora tenemos bastante, Giles – decía Cato en un tono que vibraba de satisfacción.

–Sí, milord. Es un buen botín – dijo Crampton riendo entre dientes – Me parece que no debe de quedar un solo cáliz de plata aquí ni en York.

¿Cuándo lo enviaremos?

–El viernes que viene, por la ruta de Durham, ya que mi hijastro no se interpone más en el camino…

–Me dio la impresión de que se fue con cierta prisa – comentó Giles-Parecía bastante demacrado, como si no pudiera tenerse sobre el caballo.

–Ahá – admitió Cato secamente. La abrupta partida de Brian no había sido muy amistosa. Peor aun, Cato tenía la inquietante sensación de que su hijastro albergaba un evidente resentimiento contra el castillo de Granville.

Había visto algo muy desagradable en sus inexpresivos ojos castaños, algo amenazador, casi, para alguien dado a las fantasías. Pero Cato no lo era.

Tenía cosas mucho más interesantes de qué ocuparse que de las menudas maldades de Brian.

–El viernes, cuando el tesoro salga de aquí, tendremos que cerciorarnos de que Rufus Decatur sepa exactamente cuándo sale y qué camino toma –

dijo Cato en tono frío, aunque aún se percibía en él la misma satisfacción de antes.

–No sé si lo entiendo, señor – dijo Giles, inseguro-Es lógico que él lo robará para el Rey en cuanto le ponga los ojos encima.

–De eso se trata. Porque, cuando lo haga, caerá en una trampa – afirmó Cato, con esa misma, helada certeza-Atacará el cargamento y nosotros estaremos esperándolo. Veré a Rufus Decatur colgando de las almenas de mi castillo antes de que acabe el mes, puedes estar seguro de ello, Giles.

–Es un buen plan pero ¿cómo lo atraeremos?

Giles era hombre de imaginación limitada y su perplejidad era evidente para la persona que escuchaba en el túnel.

–Haremos circular un rumor sobre el cargamento – dijo Cato, paciente-El campo hierve de espías de Decatur. Él recibirá la información y…

Hizo una pausa. Portia se acercó, sigilosa, olvidando el peligro en su ansiedad por no perder una palabra.

–Además, yo creo que tenemos un espía aquí mismo. Si no me equivoco, la señorita Worth trasmitirá la información por cualquier canal que le hayan indicado que usara.

Giles silbó.

–Entonces, ¿usted cree que ella se está volviendo mala?

–No sé si mala o, más bien, ingenua – dijo Cato-Si estoy en lo cierto, ella trasmitirá la información en cuanto la oiga; de todos modos nos encargaremos de que ella la escuche.

Portia se sintió descompuesta. Tuvo la sensación de que se le erizaba el cabello y se le contraía el cuero cabelludo.

Percibió que las voces se alejaban, luego se apagó la luz, y aun así ella permaneció apretada contra la pared del túnel hasta que el silencio fue completo otra vez. Cuando estuvo segura de que estaba sola de nuevo, salió del túnel y se encontró en una gran sala. Sentía el olor del aceite de la lámpara que acababan de apagar. Aunque estaba muy oscuro, pudo distinguir los contornos de los cofres apilados contra las paredes. Abrió uno y se quedó mirando, boquiabierta, el intenso resplandor de la plata, el brillo más tenue del oro, el chisporrotear de las gemas que parecían emitir luz en la oscuridad.

Tocó los objetos: candelabros, cálices, fuentes de plata. También había joyas. Sortijas y broches. Todo un tesoro constituido por retablos, muebles domésticos y alhajas personales. Y todo ello hecho en metales y piedras preciosos. Ese tesoro estaba destinado a enriquecer las arcas del Parlamento. En tiempos de guerra, mantener un ejército era muy costoso. El Rey estaba tan urgido económicamente como los rebeldes. En primavera, cuando comenzara la lucha, esta hucha podría dar la ventaja a cualquiera de los dos bandos.

Rufus Decatur daría cualquier cosa por poner sus manos sobre ese botín, y Cato lo sabía.

Portia dejó caer la tapa del cofre. El golpe sordo resonó en la vasta cámara como un tambor, y el corazón de la muchacha se aceleró. Pero volvió a reinar el silencio. Pudo divisar la sombra de una abertura en la pared opuesta y fue hacia ella. Hacia delante se extendía otro túnel, pero era más ancho y alto que el que partía desde el foso. Echó a andar por él, mientras su cerebro trabajaba furiosamente.

Tenía que advertir a Rufus sobre la trampa. Cato tenía razón. Su enemigo debía de tener ojos y oídos alertas diseminados por todo el campo.

A Rufus Decatur no se le escapaba nada de lo que intentaba hacer Cato Granville. Él intentaría apoderarse del tesoro de Cato y sería capturado. El túnel terminaba al pie de un tramo de empinada escalera de piedra.

En la cima había una puerta de roble. Cuando posó su mano sobre el tirador, Portia sintió un escalofrío de ansiedad. ¿Y si estaba cerrada por el otro lado? Sin embargo, se abrió con facilidad, y ella pasó para encontrarse en uno de los fregaderos contiguos a la cocina.

No se oía otro sonido que el fuerte tictac del alto reloj de pie de la cocina y el siseo de un leño encendido en el inmenso hogar. Portia se dirigió

hacia su propia, helada habitación, a través de la escalera del fondo y, una vez allí, se sentó sobre la cama después de haber cerrado la puerta, con las manos apretadas sobre el regazo, pensando con desesperación.

De modo que Cato creía que ella era una espía. Una ingenua crédula que no sabía lo que estaba haciendo. Al pensar en el modo en que él pensaba utilizarla, la inundó una oleada de indignación. ¡Ella sería el cebo de su trampa! De acuerdo; pero, a pesar de cualquier lazo de sangre, ella iba a hacer lo contrario.

Pero ¿cómo? Por desgracia, ella no contaba con los canales de comunicación con la aldea Decatur que lord Granville suponía que tenía.

Tampoco se podría decir que había mensajeros amistosos, dispuestos a llevar un mensaje tan peligroso por el ventoso paraje de las Cheviot Hills, en medio de una guerra. Ella no tenía manera de descubrir a uno de los espías de Rufus y no podía vagabundear por la comarca dejando caer indicios, con la esperanza de que llegasen a los oídos propicios.

La respuesta era simple, por supuesto: tendría que ir ella misma. En su mente surgió, claro, este pensamiento: una vez que hubiese dejado la casa de Cato en cumplimiento de semejante cometido, no podría volver nunca más. Quedaría por completo a la deriva.

Aun así, sabía que no tenía alternativa. No podía hacerse a un lado y ver cómo Rufus marchaba hacia su muerte.

Se metió bajo las mantas y dormitó, inquieta, temblando. A la dura luz grisácea del amanecer se levantó y comenzó a moverse por la habitación, reuniendo sus escasas pertenencias. Tendría que ir andando. Y aunque fuese una perspectiva que atemorizaba, sabía que no podría apoderarse de uno de los caballos de Cato y que a Penny la habían enviado de vuelta a su dueño inmediatamente después de haberla almohazado y hecho descansar. Cato no había informado a Portia sobre el contenido del mensaje que había enviado junto con la yegua, y Portia prefería no conocerlo.

A caballo, había cuatro horas hasta la aldea Decatur, de modo que andando demoraría unas doce horas. y, cuando ella hubiese llegado a los sombríos parajes de las Cheviot Hills, no tendría hitos que la ayudaran a situarse, sólo los indicios que pudiese brindarle su propia memoria. Aunque podría buscar las hogueras de los centinelas. Ese anillo de fuego que se veía en las cimas de las colinas le serviría de guía desde una considerable distancia.

Necesitaría vino y alimento. A lo largo del camino podría encontrar agua. Aún le quedaba algo de dinero del que Giles le había dado en Edimburgo, pero la conciencia le prohibía que lo usara con ese propósito. A desgana, dejó los dos chelines de plata sobre el lavabo. Y luego fue a la cocina a rebuscar entre las sobras. Como aún era muy temprano, sólo había allí un somnoliento mozo de cocina, atizando el fuego y bostezando hasta descoyuntarse las mandíbulas, que no registró la presencia de Portia.

Parecía ser muy breve el tiempo que había entre el momento de la decisión y aquel en que estuviese lista para partir, sin embargo, para tan importante cometido, sus preparativos fueron mínimos. Envolvió un botellón de vino y un poco de pan, queso y carne fría dentro de un paño.

Debajo de su falda de montar tenía pantalones. Dos pares de calcetines. Una gruesa capa de lana y guantes. Sus escasos recuerdos estaban distribuidos en los bolsillos.

Ahora, sólo le faltaba despedirse de Olivia e ingeniárselas para salir del castillo sin llamar la atención. Mientras se encaminaba hacia la habitación de Olivia, Portia sabía que su segunda tarea sería más fácil.

Olivia aún estaba dormida pero se despertó en cuanto Portia le sacudió el hombro suavemente.

–¿Qué haces levantada tan temprano? – preguntó, sentándose en la cama y mirando a Portia con aire perplejo-¿Por qué estás vestida como para salir?

Portia se sentó en un costado de la cama.

–Tengo que volver a la aldea Decatur – le respondió-Tu padre ha tendido una trampa a Rufus y yo no puedo permitir que él caiga en ella.

–No, cIa… claro que no – confirmó Olivia, posando su mirada interrogante sobre el rostro de Portia-Pero ¿qué trampa?

Portia se lo explicó y Olivia escuchó con las cejas unidas sobre sus ojos hundidos.

–¿ Volverás? – preguntó. Pero el tono valiente de su voz y el dolor que leía en sus ojos le dijeron a Portia que la muchacha ya conocía la respuesta.

–Tú sabes que no podré regresar. Tu padre jamás me recibirá de nuevo –

dijo Portia, inclinándose sobre Olivia y dándole un beso en la mejilla-Sin embargo, esto no es un adiós. No sé por qué, pero estoy segura de que no lo es. No sé adónde iré después de haber advertido a Rufus, pero intentaré hacerte llegar un mensaje para que sepas qué ha sucedido.

Pensativa, frunció el entrecejo hasta que una idea la asaltó:

–Te diré qué haremos: te dejaré mensajes en la isla del foso, bajo ese peñasco donde se refugian los patos cuando llueve. Busca allí cada vez que puedas. ¿Me lo prometes?

–Te lo prometo – respondió Olivia, forzando una sonrisa-¡Vete!

Portia le dio otro rápido beso y se levantó, tragando para Oliviar el nudo que sentía en la garganta.

–Una sola cosa más – dijo, con voz apremiante y mirada intensa-Olivia, tienes que fingir que no sabes nada sobre mí ni sobre el motivo por el que me marché ni adónde fui. ¿Puedes hacerlo?

–Desde luego – replicó la otra, indignada de que Ponia pudiese haberlo dudado-Y ahora, vete, a… antes de que emp… empiece a llorar.

Portia titubeó un segundo y después se marchó, para no darse tiempo de soltar las lágrimas que se apretaban en sus ojos.

Salió del castillo por el portillo de la torre norte, diciéndole al guardia que iba a dar de comer a los patos. Era algo tan corriente que el hombre no hizo más que asentir, intercambiaron un par de frases con respecto al tiempo y la dejó salir.

Ya era pleno día. El cielo estaba despejado y había muy poco viento.

Resultaba un tiempo auspicioso para la caminata que ella tenía por delante.

El camino bajaba abruptamente hacia el valle, luego serpenteaba a lo largo de varios kilómetros, atravesando el suelo del valle para luego trepar las primeras estribaciones de las colinas que llegaban hasta las Cheviot.

Portia caminaba con agilidad, balanceando los brazos, canturreando para mantener elevado el ánimo. Cuando podía, andaba en línea paralela al camino, oculta por los setos. Una mujer solitaria sería fácil presa de cualquiera que tuviese intenciones hostiles, por no hablar de los grupos de soldados que veía a intervalos regulares. Por fortuna, el golpeteo de pies, el son de gaitas y el sonar rítmico del tambor anunciaban el acercamiento de aquéllos con tiempo suficiente para que ella se escondiera.

Al mediodía, Portia comió una parte de su magra provisión de alimentos y descansó un rato, aunque hacía demasiado frío para quedarse sentada mucho tiempo sobre el duro suelo, a pesar de que a sus espaldas un cerco la protegía del viento. Pasó cerca de algunas aldehuelas y de varias chozas abandonadas; poco a poco, comenzó a darse cuenta de que las sombras se alargaban a medida que la luz se escurría lentamente del cielo. Había estado

caminando desde las ocho de esa mañana y cada paso iba convirtiéndose en un esfuerzo. No tenía noción de la distancia que le faltaba recorrer y, cuando oscureciera, no sólo le sería imposible encontrar su camino sino que, por añadidura, la temperatura, ya bastante baja, descendería aún más.

Tenía que encontrar cobijo. Estaba segura de que algún aldeano la recibiría.

Hasta ese momento, eran escasas las señales de guerra que se veían en el campo, pero eso se modificó poco después de que Portia llegara a la concIusión de que necesitaba un refugio. Iba caminando por un estrecho sendero flanqueado de por altos cercos. En el aire perduraba un lejano olor a humo y ella lo atribuyó a la hoguera de algún granjero o a los últimos tocones que se quemaban hasta que, de repente, el cerco cedió su lugar a unos campos abiertos a ambos lados.

Los campos habían sido arrasados por el fuego hasta dejar la tierra desnuda; los árboles que, con tanto trabajo, habían sido plantados como protección contra los crueles vientos que soplaban desde las colinas y los pantanos que había más allá estaban convertidos en negros esqueletos, recortados contra el cielo oscurecido. De las ramas colgaban trapos que, cuando Portia se acercó, resultaron ser cadáveres que colgaban de lazos y se retorcían a impulsos del viento frío. Habían estado allí, colgados, durante varios días y llevaban las insignias de las tropas realistas de Newcastle.

Portia se volvió de lado, haciendo arcadas por la repugnancia que le provocaba el hedor de la putrefacción, las cuencas de los ojos vacías, y las grandes bandadas de cuervos negros que volaban en círculo, graznando, alrededor de su festín de carroña.

Desde una zanja que corría a lo largo del campo donde estaban las horcas llegó un patético gemido, mientras Portia se alejaba, dando tumbos, de esa escena atroz. Trató de ignorar ese ruido pero éste siguió, patético e insistente al mismo tiempo, con una especie de desesperación definitiva hasta que, por fin, ella se volvió, evitando mirar las horcas y tratando de encontrar el origen del sonido.

El gemido provenía de un cachorro de no más de cinco o seis semanas, a juicio de Portia. Ciertamente, no estaba lo bastante crecido para ser separado de su madre. Estaba en la zanja y, con sus líquidos ojos castaños, la miraba desde abajo de un flequillo rizado. Su pelaje, de un poco corriente color mostaza, era un embrollo de espinos y rizos enredados.

–Oh, qué pequeño poco simpático eres – murmuró Portia, sintiendo un instantáneo lazo con ese mestizo abandonado.

Se agachó para recogerlo, y lo sintió temblar contra ella, puro pellejo, hueso y pelo mojado. Un harapo de tela flameaba alrededor de su cuello flaco: era un trozo de bandera realista.

Sin querer, Portia echó una mirada al campo de batalla. ¿Este cachorro habría sido una mascota de las tropas? Era probable. Una mascota abandonada, que moriría de hambre después de la atroz carnicería.

–Ven, cachorro. No sé por qué, pero tengo la impresión de que tú y yo pertenecemos a la misma categoría.

Metió al animalillo bajo la capa, sobre el corazón, y sintió el veloz latido del perro y los temblores involuntarios, que fueron desvaneciéndose a medida que el animal entró en calor.

Ahora, tendría que encontrar refugio para los dos. Ya había oscurecido por completo y el escaso calor que había reinado durante el día había sido disipado por el viento, cada vez más fuerte. Portia siguió andando con dificultad por el campo, cada vez más afligida. Era probable que los bárbaros soldados de la tropa parlamentaria que habían cometido semejante atrocidad estuvieran aún por las cercanías y, aun cuando ya se hubiesen ido hacía tiempo, los habitantes de la región tendrían miedo y sospecharían más que de costumbre de una desconocida.

Después de andar unos tres kilómetros, llegó a una aldea junto al camino. Las chozas estaban cerradas y sólo las finas guedejas de humo que brotaban de las chimeneas daban cuenta de que estaban habitadas. Eligió la choza que estaba más cerca de la pequeña iglesia y, con una audacia que no sentía, llamó a la puerta.

No hubo respuesta. Volvió a llamar y esperó. Ningún sonido, ninguna sensación de vida. Sin embargo, ella sabía que debía de haber alguien sentado ante el fuego, pues el humo se rizaba elevándose sobre el techo.

Golpeó de nuevo y llamó en voz baja, tranquilizadora. Era probable que, si oían una voz de mujer, abrieran.

Nada. Volvió al callejón e inspeccionó la casa, que se acurrucaba en un pequeño terreno desnudo. Las persianas de las ventanas estaban cerradas y no se veía ni una mota de luz.

Portia se estremeció. Nunca, hasta entonces, se había sentido tan sola y estaba muy asustada. Le daba miedo el frío, la imposibilidad de pasar una

cruel noche de invierno sin abrigo, y también la posibilidad de un ataque humano. El cachorro gimió. Debía de tener hambre. ¿Sería lo bastante grande para comer pan, carne y queso?

Pero antes tendrían que salir de la intemperie. El cielo estaba cubierto de nubes, no tenía ni un poco de luz, y el viento arreciaba. La iglesia les daría cobijo. Sería frío y duro pero no tendrían que soportar el viento y estarían a salvo de intromisiones humanas.

Portia abrió la entrada con techado y avanzó por el sendero, hasta la puerta de la iglesia. Era una pequeña iglesia normanda, un amontonamiento de piedra gris, con una ventana en roseta sobre la puerta con arcada. Portia levantó el pasador y empujó, rogando que no estuviese cerrada con llave.

La puerta chirrió con ruido y se abrió a un vestíbulo oscuro, húmedo y frío.

Permaneció quieta, acostumbrando sus ojos a la oscuridad y, poco a poco, fueron cobrando forma la pila, las largas hileras de bancos, el resplandor del altar. Quizás hubiese ropa del sacerdote en la sacristía, algo con lo que ella pudiese envolverse, al menos. Estaba el paño del altar, pero eso le pareció un tanto sacrílego.

Se acercó al altar y se sentó sobre el último escalón, junto a la barandilla de la comunión, desenvolvió la capa y levantó al cachorro.

–¿Y de qué sexo serás tú?

Estaba demasiado oscuro para verlo; tanteando con los dedos, pronto encontróla respuesta: era una hembra. La pequeña criatura le lamióla mano y volvió a gemir.

Portia la dejó en el suelo y abrió el paño donde había envuelto la comida. La perrilla se abalanzó, frenética, al oler la carne. Portia sacó el cuchillo de la bota y cortó la carne en trozos, lo más pequeños que pudo, y los puso sobre un peldaño del altar. La perra pareció olfatear, y la carne desapareció.

–Tengo la impresión de que tu necesidad es mayor que la mía –

murmuró Portia, mientras cortaba un poco más.

Dio toda la carne al cachorro y ella bebió el vino, sintiendo que, al menos la entibiaba por dentro. Pensó en encender las velas del altar pero dedujo que no sería muy prudente tener luz allí. Ella no sabía qué clase de recibimiento le darían los habitantes de la aldehuela y, a juzgar por lo que había visto en las cerradas chozas, era lógico suponer que no sería amistoso.

El cachorro, con la barriga llena, se alejó al trote hacia la oscuridad.

Portia adivinó lo que se proponía y se precipitó tras ella.

–Espera, no puedes aliviarte en una iglesia. La levantó y la llevó fuera.

En el patio de la iglesia, bajo el abrigo de un árbol de tejo, ambas satisficieron sus necesidades naturales y luego volvieron a la iglesia.

En la sacristía, Portia encontró una deshilachada sotana y se envolvió con ella. Se sentó, apoyó la espalda contra el altar y cerró los ojos. La perrilla trepó a su regazo y se sumergió bajo la capa y la sotana, buscando calor.

–Para algunos, está muy bien – dijo Ponia temblando. En la expedición al exterior había perdido todo el beneficio del vino; ahora sólo le quedaba un trago.

Ya no le pareció sacrílego usar el paño del altar. No creyó que Dios fuese a ofenderse si salvaba a una de sus criaturas de morir congelada.

Aun abrigada por el paño del altar, tenía demasiado frío para poder dormir. Sentía la fatiga hasta en la médula de los huesos; todos sus músculos estaban tensos por el profundo dolor que le causaba el frío.

–¿Sabes una cosa, Juno? Si ese sinvergüenza malhumorado de Decatur se muestra ingrato después de mis desvelos, le clavaré el cuchillo en la garganta – musitó, con la boca pegada al cuello del cachorro, y halló cierto consuelo en hablar en voz alta, por más que lo hiciera con un animal que no podía responderle.

¿Por qué había decidido llamar «Juno» a esa bestezuela poco agraciada?

La pregunta sobrevoló su cerebro sin detenerse para ser respondida. Su mente empezó a hacerle jugarretas. Creyó estar de vuelta en su cama, en el castillo de Cato. Luego, se vio otra vez en la calle St. Stephen, de Edimburgo, oyendo a Jack que la maldecía profusamente porque ella no le había llevado suficiente coñac para que él pudiese mantener a raya a sus demonios. Luego, ella se veía en un prado soleado, junto a la orilla del Loire. Sentía el calor del sol en la espalda, entibiándole los huesos, y Jack estaba sentado a cierta distancia de ella, jugando a los dados con un par de vendedores ambulantes que, en ese momento, empezaban a caer en la cuenta de que el hombre a quien habían creído una presa fácil, iba a despojarlos de todas sus posesiones, hasta las botas con que se calzaban.

Portia espantó a una mosca que zumbaba sobre su mejilla, perturbando el disfrute del glorioso letargo que le producía el calor del sol, la

encantadora negrura salpicada de manchas rojas que veía tras los párpados cerrados. El zumbido continuó. Irritada, lanzó una palmada y algo le mordisqueó el dedo con suficiente fuerza como para hacerla volver, bruscamente, a la torva realidad.

Confundida, se quedó mirando a Juno, que le devolvía la mirada con sus líquidos ojos castaños colmados de ansiedad. La perrita había estado lamiéndole la mejilla al sentir que ella iba deslizándose hacia una comarca de la que, tal vez, no pudiera regresar.

Tras un violento escalofrío, Portia se levantó de un salto y se arrebujó apretadamente en la tela del altar mientras comenzaba a pasearse por la nave de un extremo a otro, hasta que estuvo bien despierta y con la sangre circulando, un poco demorada, en las venas. Todavía seguía sintiendo más frío que el que jamás recordaba haber sentido, pero estaba despierta y viva.

Fue hasta la puerta y espió fuera. La oscuridad iba disipándose un poco, pero el cielo seguía estando muy cubierto.

–Me parece que es mejor que nos pongamos en movimiento, Juno.

Preferiría enfrentarme con una banda de ladrones que morir congelada aquí.

Volvió a poner el paño en el altar y la sotana donde la había encontrado, comió los últimos mendrugos de pan, dio el queso a Juno y luego expuso su cara al viento, con el cachorro acurrucado bajo el brazo.

Cuando amaneció del todo, había comenzado a nevar y ahora Portia debía atravesar los páramos de las Cheviot, teniendo como únicos testigos de su paso a unas pocas, desdichadas ovejas acurrucadas bajo la magra protección de unos árboles sin hojas. Como tenía sed, ella hizo un hoyo en el hielo que cubría un pequeño arroyo. Juno bebió con avidez, pero el agua estaba tan helada que le provocó a Portia un fuerte dolor de cabeza. De sus ojos brotaron involuntarias e inesperadas lágrimas de desdicha y desesperación, lágrimas que se congelaron en sus mejillas. Echó a temblar de manera convulsiva, sintiendo que sus ropas no la protegían del frío más que si estuviese desnuda. Lo único que la animaba a seguir adelante era la perrita, que mantenía un pequeño punto de calor junto a su pecho.

La nieve se hizo más densa y ella casi no podía ver a un paso más adelante; ya no sabía si iba en la dirección correcta o si estaba dando vueltas en círculos. Ya no le importaba nada que no fuese poner un pie delante del otro, en medio de la nieve empujada por el viento.

Portia vio el primer resplandor difuso de luz a través del velo blanco que la ahogaba, y no le prestó atención casi. Había olvidado qué era lo que buscaba… había olvidado quién era. Sólo existía una fuerza elemental que hacía poner un pie delante del otro.

Sus pies la llevaron hacia el resplandor, sin que su cerebro les diese una orden consciente. Tropezó con una cueva de conejos y cayó pesadamente, torciéndose un tobillo. Quedó allí, tendida, sollozando de dolor, de frío, de terror, sabiendo que iba a morir envuelta en una mortaja de nieve.

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